La Castración como criterio para discernir a la derecha de
la izquierda
Diego dice que izquierda y derecha no son categorías políticas y que,
aunque sus interlocutores acepten sus argumentos, continúan utilizándolas.
Percibe que la razón no logra deshacer un hábito afectivo. Por eso intenta otra
vía: expresar cuánto le duele que esas palabras lo separen de personas a las
que quiere.
Aquí hay una intuición importante. Las etiquetas no sobreviven
únicamente porque alguien crea en su definición conceptual. Sobreviven porque
organizan pertenencias, memorias, antagonismos, lealtades y temores.
Pero hay algo que conviene redevelar: Diego parece confiar en que, si
logramos romper las etiquetas, podremos volver a encontrarnos. Y yo diría que
el mito de Atrahasis nos obliga a ir más hondo.
El vidrio no se sostiene solamente por las palabras izquierda y derecha.
Se sostiene por las relaciones que esas palabras condensan.
Por ejemplo, dos personas pueden rechazar ambas etiquetas y continuar
defendiendo distribuciones radicalmente distintas de la propiedad, el trabajo,
el poder y el tiempo. Pueden beber de la misma botella y no compartir las
condiciones materiales que permiten llenar esa botella.
Y también puede suceder lo contrario: personas que se identifican con tradiciones
políticas diferentes pueden encontrarse en una lucha concreta por el agua, la
tierra, el cuidado, la educación o la defensa de una comunidad.
Por tanto, no basta con quitar las etiquetas. Hay que redevelar qué
relaciones se ocultan, se expresan o se disputan a través de ellas.
No diría que izquierda y derecha carecen absolutamente de contenido.
Históricamente han nombrado posiciones, tradiciones y conflictos reales, aunque
nunca de manera universal ni suficiente. Lo que cuestionaría es que puedan
funcionar como identidades esenciales que determinen de antemano quién es el
otro y qué puede hacer junto a nosotros.
La pregunta política no debería resolverse preguntando primero quién es
de izquierda y quién de derecha, sino investigando qué hace cada posición ante
la reproducción de la vida.
Y aquí el mito nos proporciona un criterio material mucho más profundo
que la etiqueta.
¿Quién realiza el trabajo?
¿Quién determina cómo se distribuye?
¿Quién se apropia de sus resultados?
¿Quién soporta los costes?
¿Quién puede alterar las condiciones de su propia existencia?
¿Quién tiene derecho a no ser reducido a una función?
Estas preguntas no eliminan los conflictos políticos. Permiten
reconocerlos sin convertirlos en identidades inamovibles. Continua en: https://apologiaalatristezateatroloco.blogspot.com/... Así
que el problema de izquierda y derecha no se resuelve si antes no resolvemos el
mito de Atrahasis
Responder
Diego Lino Arditto
·
Christian Franco Rodriguez
-El grueso de la riqueza la generan los trabajadores (incluyo en este
grupo a empresarios).
-Los que determinan cómo se distribuye son los políticos.
-Los que deciden quiénes ocupan cargos políticos son los mercantiles.
Nunca podremos ver esto con claridad si seguimos imaginando divisiones y
agrupaciones donde no las hay. Un empresario emergente está muchas veces más
cerca de un barrendero, que de un político que dice defender a los
trabajadores. Y un político que dice defender a los trabajadores, más cerca del
mercantil que del trabajador.
¿Por qué la mayoría no presupone estas formas de agrupamiento, que son
casi evidentes, en sus discusiones sobre posiciones políticas? Pues como ya
dije, porque no tienen lenguaje para eso. Vicia su lenguaje y viciarás sus
pensamientos. Dígale al barrendero que el político es de izquierda y
probablemente vote por él.
Responder
Editado
Christian Franco Rodriguez
·
Es crucial mirar los agenciamientos pero son agenciamientos es decir el
barrendero, el empresario no actuán solos sino que agencian, por eso cuando
utilizas el concepto mercantil me estas hablando de algueín que es agente del
mercado en ese sentido es crucial comprender que agencian los llamados de
derecha y que agencian los llamados de izquierda, yo te llevo almito de
Atrahasis para que te des cuenta que hay una agenciación del poder constituido
y una agenciación que resiste y quiere subvertir ese poder desde el inicio de
la civilización y ¿Entonces el que subvierte es el bueno y el que conserva el
poder es el malo? Para nada hay tiempos para conservar y hay tiempos para
subertir hoy estamos en tiempos para subvertir ¿Entonces quien conserva es de
derecha y quien subvierte es de izquierda? tampoco es así, la izquierda perdió
su espíritu de subversión y paso mas bien a regular y la derecha tomo el
espíritu de subversión para alterar esta regulación por eso es tan importante
ver los agenciamientos ¿Esto deja de lado las categorías de izquierda y
derecha? No, las hace mas complejas. ¿Porque no dejarlas de lado? Porque es el
primer orden de toda estructura política su código binario es partir de ahí que
empieza todo entendimiento. En un segundo orden tendremos que hacer una
fenomenología de la experiencia de izquierda y derecha para ver que están
agenciando realmente y en un tercer orden pasar a complementar absolviendo y
purificando esos agenciamientos, necesitamos las dos manos para actuar.
Y entonces
cual sería el criterio para discernir a una izquierda de una derecha pues a un
nivel inconsciente para entrar al tercer
orden la castración.
A partir de las fórmulas de sexuación
lacanianas podemos concluir que el hombre es el sexo débil. Lo es porque se
apoya en el padre muerto, en la castración, en la comunidad del goce fálico.
Las mujeres, al ser no-todas con respecto a la función fálica, tienen que
abordar su singularidad de manera solitaria, y "es en esto que las mujeres
son más hombre que el hombre", (Lacan, S24). Al existir un órgano real que
en juego el complejo de castración para el hombre se instala con mayor
potencia, con mayor severidad y con un efecto más devastador que concluye en la
renuncia edípica como parteaguas de la posición masculina, en lugar de como un
desdoblamiento en la posición femenina.
Paradójicamente, se tiene que aceptar
la castración para tomar algo de la potencia fálica. ‘El que mucho abarca, poco
aprieta’, los delirios de potencia absoluta son un intento de volverse el padre
primitivo de la horda, lo cual puede conducir a la delincuencia. Huelga decir
que hay todo un sistema judicial para asegurar que "para todos"
exista la castración, la represión, y que nadie esté por encima de la ley; como
el respeto por las mujeres ajenas que establecen los hijos después del
asesinato del padre en Tótem y tabú.
Los efectos de la forma en que se
establece el complejo de castración en el varón son varios. Por ejemplo, Lacan
señala en el Seminario 22: "para las mujeres su categoría con respecto al
inconsciente es muy evidentemente de una fuerza mayor. Ellas están menos
trabadas con eso. Ellas tratan eso con un salvajismo, una libertad de
movimientos que es completamente sorprendente…". Hay muchos ejemplos, como
Melanie Klein, Julia Kristeva, Frida Saal, Françoise Dolto, Piera Aulagnier,…
que al no temer tanto a la función fálica pueden abordar las cuestiones del
inconsciente (es decir, del goce del cuerpo) de manera más libre. Actualmente,
la mayoría de los grupos psicoanalíticos están conformados en su mayoría por
mujeres, así como también existe mayoría demográfica femenina en otras
prácticas que permiten abordar con más soltura el ‘misterio del cuerpo
hablante’ (una definición que Lacan da de lo real), como el yoga y la danza. A
diferencia del deporte, donde un objetivo concreto ‘faliciza’ al cuerpo en vez
de abordar su alteridad. “El goce de la mujer se basta perfectamente a sí
mismo.” (Lacan, S16)
A su vez, en la vida social el hombre
suele ser más cortés (o al menos en apariencia), más "caballeroso",
adjetivo con carga masculina, ya que de la angustia de castración se derivó la
creación de la ley, y se espera de cada hombre que sea representante de esa
ley. Por ello, entre hombres es más plausible la identificación. En cambio, la
identificación entre mujeres es más complicada porque no hay un común acuerdo,
y su franqueza puede parecer brutal, pero también más auténtica, ya que
abanderan y luchan con mayor soltura por aquello que consideran valioso, sin
tapujos, sin rodeos, sin el pesado lastre del mito del ‘bien común’.
En la clínica, el hombre suele
presentar síntomas que giran en torno a la angustia de castración: impotencia,
inhibiciones, obsesiones con la ley o con la figura paterna. El sujeto se
aferra a la ley, a la norma, y se paraliza en la duda. La fragilidad frente al deseo
se compensa con rituales, controles y fantasías de omnipotencia que se vuelven
destructivas. En cuanto a la posición femenina en la clínica, el síntoma se
dramatiza, se pone en escena, se juega con más plasticidad. La transferencia
femenina suele ser más móvil, con una capacidad de desplazamiento deslumbrante
que cuestiona constantemente los límites de nuestra práctica: un enfrentamiento
más directo con lo real, donde el síntoma puede devenir creación, invención, y
no solo defensa.
Mientras que en la clínica masculina
lo más frecuente es la necesidad de renunciar a cierta obligación superyoica
que genera una deuda infinita, la clínica femenina suele plantearse desde los
avatares del amor, abordado un como perpetuo planteamiento que relanza la
pregunta sobre el ser.
Roberto Reyes
¿Y entonces el que castra es de derecha y el que quiere oponer a la castración es de izquierda?
Para nada, pero mientras halla castración hay sistema y mientras halla
sistema uno defenderán el orden castrador y otros se opondrán a él a veces los
de derecha se opondrá a él y a veces lo de izquierda y a veces la izquierda
defenderá el sistema castrador y a veces la derecha por esto si queremos dejar
de lado estas categorías lo central es dejar de castrarnos.
Aquí se levanta el ideal de lo femenino como si lo femenino estuviera
libre del deseo del falo y la castración no tendría que ver con ellas.
Cuando son ellas en gran medida las grandes castradoras y las grandes
manipuladoras del falo, así la debilidad por el poder es tanto masculino como
femenino.
Políticamente, la figura de la madre castradora
se explica como una metáfora o alegoría del Estado paternalista, autoritario y
sobreprotector, que anula la autonomía, las libertades individuales y la
capacidad de autogestión de los ciudadanos.
Aunque el término proviene del psicoanálisis (donde
designa a una figura materna hipercontroladora que frena el desarrollo
psicosexual y la independencia del hijo), su traslación a la teoría y el
análisis político describe una forma específica de ejercer el poder.
A continuación se detallan las principales
interpretaciones políticas de este concepto:
1. El Estado Intervencionista ("Estado
Niñera")
Desde perspectivas liberales y libertarias, se
asocia a la "madre castradora" con el concepto del "Estado
Niñera" (Nanny State).
·
Control por el "bien" común: El poder se justifica bajo una narrativa de
cuidado, protección y bienestar.
·
Anulación de la responsabilidad: Al igual que la figura psicoanalítica, el Estado
asume que los ciudadanos son permanentemente inmaduros o incapaces de tomar sus
propias decisiones (económicas, morales o sociales).
·
Consecuencia política: Castra la iniciativa privada, el libre mercado y
la responsabilidad individual a través de un exceso de regulaciones, subsidios
condicionados y asistencialismo de dependencia.
2. El Autoritarismo y los Regímenes Totalitarios
En la sociología política y el análisis del
totalitarismo, la figura se asocia a dinámicas de control absoluto.
·
Vigilancia afectiva o moral: No solo se castiga la disidencia con la fuerza
(que sería una función más vinculada al "Padre castrador" o la ley de
hierro), sino que se utiliza la culpa, la moralización y la infantilización de
la población.
·
Monopolio de la verdad: El régimen se postula como la única fuente de
subsistencia y seguridad. Desobedecer al Estado no es solo un delito, sino un
acto de "ingratitud" o "traición" familiar.
3. Dinámicas de Populismo y Clientelismo
En la política electoral, especialmente en el
populismo, esta figura se manifiesta en la construcción de liderazgos
mesiánicos o fuertemente paternalistas/maternalistas.
·
Dependencia emocional y material: El líder o el partido se presenta como el
proveedor absoluto de las necesidades básicas.
·
Desmovilización ciudadana: Se fomenta una cultura política de súbditos en
lugar de ciudadanos plenos. La población queda "castrada" en su
capacidad de organización independiente, ya que cualquier derecho o avance se
percibe como una concesión o "regalo" del poder central.
4. Crítica desde la Teoría Feminista Política
Desde el feminismo y la teoría de género, la
utilización política de este término también es objeto de análisis y crítica.
·
Estigmatización del poder femenino: Se argumenta que el concepto a menudo se usa de
forma misógina para deslegitimar a las mujeres que ejercen el poder de manera
firme, asociando su autoridad con la castración, la frialdad o la neurosis,
mientras que las mismas dinámicas de control en líderes varones suelen ser
calificadas simplemente como "autoridad" o "mano dura".
Resumen del paralelismo
|
Dimensión |
En el Psicoanálisis |
En la Política |
|
Mecanismo |
Sobreprotección
y control psicológico. |
Hiperregulación,
asistencialismo y propaganda moral. |
|
Justificación |
"Lo
hago por tu bien/para protegerte". |
"El
Estado cuida de ti frente a los peligros exteriores". |
|
Efecto
en el sujeto |
Infantilización
y falta de madurez/independencia. |
Ciudadanías
pasivas, dependientes y sin iniciativa civil. |
Si realmente queremos purificar
y absolvernos de toda castración el camino esta en la respiración ontológica,
la cual redevela en occidente el misterio pascual para pasar de la ley al
espíritu y el misterio dharmico para ir a la experiencia pura a su
acontecimiento sin la determinación de la ley y su castración para lograr la
complementariedad de ambos misterios.
El grave problema es que se hace chauvinismo de esta complementariedad
sin realmente haberla reflexionado, si revisamos el texto a continuación solo veremos el tráfico de la
promesa de la liberación de toda castración.
Nada como nuestra sabiduría milenaria.
Los Q'eros son los descendientes directos de los Incas. Buscaron refugio
en las montañas a más de 4.200 metros de altitud, escapando de los
conquistadores. Allí estuvieron durante 500 años y han custodiado el
conocimiento original y la sagrada profecía sobre un gran cambio (Pachacuti),
esperando el momento en que este mundo daría un giro, retornando la armonía y
poniendo fin a la época del caos y desorden. Los Q'eros han vivido en sus
aldeas en lo alto de los Andes, prácticamente aislados del mundo. Durante la
celebración de la fiesta anual del "Regreso de las Pléyades", las
personas ahí reunidas, se quedaron asombradas al ver aparecer a los Q'eros,
vestidos con el emblema inca del Sol, anunciando que el tiempo de las profecías
había llegado. "Les hemos estado esperando durante 500 años". La
antigua profecía menciona que este es el momento del gran encuentro llamado
"Mastay" y es tiempo de la integración de los pueblos de los cuatro
puntos cardinales del planeta.
Son ellos quienes ahora están ofreciendo sus enseñanzas a Occidente como
preparación para el día en que, el Águila del Norte y el Cóndor del Sur, vuelen
juntos otra vez.
Ellos también nos dicen que el Amor y la Compasión serán las fuerzas que
orienten la unión de los pueblos:
"Los nuevos Guardianes de la Tierra, vendrán de occidente y,
aquellos que han causado un mayor impacto en la Madre Tierra, ahora tienen la
responsabilidad de rehacer la relación con Ella, después de rehacerse a sí
mismos".
La profecía además sostiene que será Europa quien aporte el aspecto
mental y el corazón será dado por Sudamérica. Con esto, las profecías son
alentadoras, se refieren al final de un tiempo tal como lo hemos conocido hasta
ahora, es el fin de un modo de pensar, un modo de ser, una forma de
relacionarse con la naturaleza y entre los seres. Empieza la Era de Acuario o
del Huaynaputina. Los incas esperan el emerger de esta nueva Era Dorada, aunque
también mencionan cambios tumultuosos en la Tierra y en la psique de las
personas para redefinir las relaciones y la espiritualidad. El Gran Cambio ya
ha empezado y trae la promesa de un nuevo ser humano. Los chamanes Q'eros,
hablan de un "desgarro" en el tejido del tiempo. Dicen que debemos
morir ante los viejos modelos de espiritualidad para abrirnos a la renovación,
convirtiéndonos en portadores de una nueva forma de pensar y actuar.
Necesitamos reaprender a honrar y respetar a la Madre Tierra, al Padre
Sol, a las Hermanas Estrellas, descubrir y respetar a todo y todos y así poder
hacer un salto cuántico hacia aquello en lo que nos estamos convirtiendo, todos
juntos. Los Q'eros dicen que las puertas entre los mundos se están abriendo
otra vez, se forman agujeros en el tiempo que podemos atravesar para explorar
nuestras capacidades y recobrar nuestra naturaleza luminosa.
Sus profecías dicen que estamos terminando el tiempo de la transición
que comenzó a manifestarse con el quinto nivel de conciencia a partir del 2012,
después, como sugieren los Mayas, aparecerá el sexto nivel de conciencia y, la
época dorada de la humanidad, comenzará. La época dorada anunciará los
principios del sétimo Sol, ese será el tiempo de los "niños de la
Luz" que estarán completamente despiertos. La profecía anuncia que, cuando
se alcance el quinto nivel de conciencia, ésto se hará de forma colectiva y
simultánea: "Cuando suficientes Semillas estén despiertas, liberadas del
miedo y de otros aspectos negativos del tercero y cuarto nivel de conciencia,
las semillas del quinto nivel podrán brotar dentro de la humanidad y formar un
Todo". Nuestros Q'eros nos brindan un mensaje final:
"Sigue tus propias huellas. Aprende de los ríos, los árboles, las
rocas. respeta a tus hermanos, respeta a la Madre Tierra, respeta al Gran
Espíritu. Respétate a ti mismo y a toda la Creación. Mira con los ojos de tu
Alma y comprométete con lo esencial"
Todas son
palabras vacías que intentan legitimarse es decir dejarse ver como sabiduría,
cuando es negocio “cultural”
¿Queremos
superar la castración?
¿Queremos
complementar izquierdas y derechas?
Tenemos que
darnos de palazos no hasta lograr superar la ley sino hasta que esta se rompa y
caigamos en el hueco o más bien en los múltiples huecos donde ya no queramos
superar nada ni a nadie sino que logremos biotejernos sabiendo atar chaupi
quipu y desatar el espíritu koshi
kene.
Eso en
la producción el lenguaje no es otra cosa que el régimen de significantes y significado que se da por la sucesión lineal y temporal de procesos
finitos, el otro régimen significante significado que se da más bien que por la simultaneidad de círculos
en expansión ilimitada.
Un régimen
ata y desata al otro régimen y viceversa.
Aquí el
argumento da un paso más: la castración deja de ser solamente una categoría
psicoanalítica y se convierte en un problema para discernir cómo se reproduce
el poder, cómo se distribuye la capacidad de actuar y cómo un orden consigue
que sus límites parezcan naturales. Pero hay que hacer una operación de
cuidado: no podemos convertir la castración lacaniana en sinónimo inmediato de
ley política, ni la posición femenina en sinónimo de emancipación. Si hacemos
esa traducción sin mediaciones, terminamos reproduciendo justamente el régimen
de significantes que queremos alterar.
1. La castración no es una frontera entre hombres y
mujeres
El texto
de Roberto Reyes ofrece una lectura sugerente de Lacan: el hombre se sostiene
en la excepción paterna y en la renuncia al goce absoluto; la posición
femenina, al no quedar enteramente inscrita en la función fálica, no se
totaliza mediante esa excepción.
Pero hay
que precisar algo. En las fórmulas lacanianas de la sexuación, «masculino» y
«femenino» no son descripciones psicológicas universales de todos los hombres y
todas las mujeres. Son posiciones lógicas respecto de la función fálica. La
posición femenina es «no-toda» respecto de esa función; eso no significa que
las mujeres estén fuera de la ley, del lenguaje, del poder o de la castración.
Tampoco significa que sean naturalmente más libres, más francas o más próximas
a lo real.
Por eso,
cuando el texto pasa de las fórmulas de sexuación a afirmar que las mujeres son
más libres en la clínica, que se identifican menos entre ellas o que los
hombres son más corteses por angustia de castración, ya está formulando
generalizaciones que no se desprenden necesariamente de las fórmulas de Lacan.
Son hipótesis sobre prácticas y experiencias que exigirían otras
investigaciones.
Y tu
objeción toca un punto importante: la mujer no está liberada del poder por
ocupar una posición no-toda. Puede ejercerlo, administrarlo, reproducirlo y
apropiarse de él. La madre puede castrar; el padre puede castrar; el Estado
puede castrar sin tener sexo; una institución puede hacerlo en nombre del
cuidado, de la igualdad o de la libertad.
La
castración, en este desplazamiento, no designa una propiedad masculina ni una
maldad femenina. Designa una operación que limita, distribuye y regula el
acceso al deseo, al cuerpo, a la palabra y a la capacidad de actuar.
Pero
tampoco toda limitación es castración en el sentido político que estás elaborando.
Una regla que impide que alguien se apropie del trabajo ajeno no equivale a una
regla que impide a una comunidad decidir sobre su propia existencia. Si
llamamos castración a cualquier límite, perdemos la posibilidad de discernir
entre el límite que hace posible la convivencia y el límite que produce
subordinación.
2. La castración como criterio político: no quién
limita, sino quién se apropia del límite
Tu
pregunta inicial era: ¿quién castra es de derecha y quien se opone a la
castración es de izquierda?
Tu
respuesta posterior desarma esa equivalencia. Y creo que podemos precisarla
todavía más.
La
derecha puede subvertir una regulación establecida por la izquierda y, al mismo
tiempo, restaurar una concentración más antigua del poder. La izquierda puede
defender conquistas históricas y, al mismo tiempo, convertirse en
administradora de un orden que ya no permite su propia transformación.
Por
tanto, subvertir no es necesariamente emancipar, y conservar no es
necesariamente dominar.
La
distinción no puede depender de la acción aislada de conservar o subvertir.
Tiene que examinar qué se conserva, qué se subvierte, quién decide y quién
puede intervenir en esa decisión.
Propongo
esta redecomprensión:
La
castración política aparece cuando una instancia convierte su propia limitación
en límite obligatorio para los demás y se reserva el derecho de determinar
quién puede modificarla.
Así
podemos reconocer varias operaciones:
- Una ley puede limitar la
apropiación privada y proteger la capacidad colectiva de vivir.
- Esa misma ley puede
convertirse en un dispositivo burocrático que impide a las comunidades
decidir.
- Una política de protección
puede garantizar condiciones de existencia.
- Esa protección puede
transformarse en dependencia clientelar.
- Una rebelión puede devolver
capacidad de decisión a los subordinados.
- Esa rebelión puede instaurar
un nuevo poder que exige obediencia absoluta.
No se
trata de abolir toda limitación. Una comunidad sin límites compartidos tampoco
garantiza libertad: puede quedar sometida al más fuerte, al más rico o al más
hábil para apropiarse de los recursos.
Se trata
de que ninguna instancia monopolice la producción, interpretación y
modificación de los límites.
Aquí la
castración deja de ser una condena universal de la ley y se convierte en una
pregunta sobre la apropiación de la capacidad de poner, interpretar y alterar
la ley.
3. La madre castradora y el padre muerto: el poder
no tiene sexo
Tu
crítica a la idealización de lo femenino es importante, pero yo evitaría
invertir la jerarquía y convertir a la madre en el verdadero sujeto castrador.
La figura
de la madre castradora puede servir como alegoría de una autoridad que captura
mediante el cuidado. Pero no debemos olvidar que esa figura tiene una historia
psicoanalítica y que su traslado directo a la política puede reforzar
estereotipos de género.
El Estado
no es una madre. El mercado no es un padre. La burocracia no tiene sexo. Son
agenciamientos que pueden incorporar funciones de cuidado, prohibición,
autorización, protección, vigilancia y castigo.
El poder
puede decir:
«Te
prohíbo porque soy tu padre».
Pero
también:
«No
puedes decidir porque te estoy cuidando».
Y puede
añadir:
«Te
libero, pero solamente bajo las condiciones que yo establezco».
La última
frase es especialmente importante para tu crítica de las promesas de
liberación. La emancipación puede convertirse en una mercancía política:
alguien ofrece liberarnos de la castración y, a cambio, nos pide que
reconozcamos su autoridad para conducirnos hacia la libertad.
El padre
muerto de Tótem y tabú tampoco debe confundirse con la desaparición del poder.
En Freud, el asesinato del padre primordial no termina con la ley: la
prohibición y la culpa se reorganizan entre los hermanos. El padre muerto puede
seguir gobernando con más eficacia que el padre vivo.
Aquí
encontramos una conexión con Atrahasis: aunque Enlil no esté presente en cada
operación, el orden que estableció puede continuar reproduciéndose. La
autoridad no necesita estar físicamente presente para que sus determinaciones
sigan operando.
Matar al
padre no basta si los hijos conservan la propiedad de su función.
Y romper
la ley tampoco basta si alguien se apropia inmediatamente del lugar desde el
cual se dictará la nueva ley.
4. El chauvinismo de la complementariedad: cuando
la liberación se convierte en mercancía
Aquí
llegamos al texto sobre los Q'ero. Tu crítica no debería dirigirse contra los
Q'ero ni contra las tradiciones andinas. Debe dirigirse contra la operación que
presenta una espiritualidad empaquetada como sabiduría milenaria indiscutible.
El texto
construye una secuencia muy reconocible:
- Un pueblo aparece como
custodio de un conocimiento puro que habría permanecido intacto durante
quinientos años.
- Ese conocimiento contiene
una profecía universal.
- La profecía anuncia una
transformación planetaria.
- Occidente recibe una misión:
aportar la mente.
- Sudamérica recibe otra
misión: aportar el corazón.
- La humanidad alcanzará un
nuevo nivel de conciencia.
- Quien adopta estas
enseñanzas puede participar en el despertar colectivo.
El problema
no es que existan profecías, relatos de transformación o prácticas
espirituales. El problema es que se presenta una narración contemporánea como
si fuera una transmisión histórica homogénea, indiscutible y milenaria.
Hay
investigaciones que obligan a tener cautela. Un estudio académico sobre turismo
espiritual y las representaciones de los Q'ero examina precisamente cómo
ciertos empresarios culturales y espirituales han contribuido a producir la
imagen de un pueblo aislado, descendiente directo de los incas, custodio de un
conocimiento incontaminado.
Deep
Blue+1
También
hay versiones distintas de la profecía del Águila y el Cóndor. Una de las
organizaciones que la difunde reconoce que la recibió de ancianos Achuar del
Ecuador, mientras otras versiones la atribuyen a tradiciones andinas o a los
Q'ero. Esa diversidad impide presentarla sin más como una única profecía inca
transmitida intacta durante cinco siglos.
Science
and Ancestral Knowledge Institute+2
Esto no
demuestra que los Q'ero carezcan de saberes ancestrales, ni invalida sus
prácticas. Demuestra que hay que distinguir entre:
- la historia y las prácticas
de las comunidades;
- sus propias interpretaciones
y transmisiones;
- las reelaboraciones
contemporáneas;
- el mercado espiritual que
comercializa esas reelaboraciones.
Y aquí tu
crítica adquiere una dimensión política: el discurso que promete superar las
divisiones puede reproducir una división más sofisticada.
Occidente
aporta la mente; Sudamérica aporta el corazón. Europa piensa; los Andes sienten.
El Norte tiene tecnología; el Sur tiene espiritualidad.
¡Pero eso
también es una distribución de funciones!
Es una
versión espiritualizada de la división del trabajo de Atrahasis.
A unos se
les asigna producir conocimiento técnico; a otros, custodiar la sabiduría
espiritual. Después se promete que ambos se complementarán.
Pero
¿quién hizo esa asignación? ¿Quién obtiene reconocimiento, autoridad, dinero y
capacidad de representación? ¿Quién habla por las comunidades? ¿Quién convierte
sus prácticas en una mercancía cultural?
La
complementariedad puede ser otra forma de administración de las diferencias.
No hay
comunión cuando cada pueblo recibe una función dentro de una totalidad diseñada
por otro.
Y tampoco
hay que exigir a los pueblos andinos que sean los portadores de una
espiritualidad pura destinada a sanar a Occidente. Esa exigencia también los
captura.
5. Atar el chaupi quipu y desatar el espíritu koshi
kené
Ahora
llegamos a la parte que considero más fértil de tu planteamiento.
Dices que
tenemos que darnos de palazos hasta que la ley se rompa y caigamos en los
múltiples huecos donde ya no queramos superar nada ni a nadie, sino
biotejernos, sabiendo atar el chaupi quipu y desatar el espíritu koshi kené.
Hay aquí
dos operaciones que no deberíamos reducir a una.
El quipu
no es simplemente una escritura lineal. Sus cuerdas, nudos, colores, posiciones
y agrupaciones constituyen formas diferenciadas de registro y organización.
Tampoco conviene identificarlo sin más con un sistema de escritura alfabético.
Tiene una materialidad relacional propia.
El kené,
por su parte, remite a los diseños y sistemas de motivos geométricos de pueblos
amazónicos, particularmente los Shipibo-Konibo. No es simplemente un círculo
que se expande ilimitadamente. Es una práctica de composición, conocimiento y
relación que tiene contextos culturales específicos.
Por eso,
cuando los acercas, no los tomaría como dos nombres equivalentes de una
supuesta sabiduría indígena universal. Los tomaría como dos referencias que tu
pensamiento pone a trabajar en una relación nueva, sin borrar sus diferencias.
Tu
formulación permite pensar dos regímenes de significación:
Primer
régimen: sucesión lineal y temporal.
Un
elemento sigue a otro. Una operación sucede a otra. Hay comienzo, desarrollo,
límite y conclusión. Se asignan posiciones y se establece una secuencia. El
significado queda condicionado por la relación temporal entre sus elementos.
Segundo
régimen: simultaneidad y expansión de relaciones.
Los
elementos se relacionan en varios sentidos a la vez. Un motivo puede reaparecer
en diferentes configuraciones. Una relación puede remitir a otras relaciones
sin agotarse en una secuencia única. La significación no queda encerrada en una
trayectoria lineal.
Pero hay
una dificultad que debemos conservar: el segundo régimen tampoco está libre de
límites. Una configuración simultánea puede fijar jerarquías, establecer
códigos y convertirse en una nueva autoridad. La expansión ilimitada puede ser
una promesa de mercado tanto como una promesa espiritual.
Por eso
me parece más precisa tu frase:
Un
régimen ata y desata al otro régimen y viceversa.
No
tenemos un régimen malo que deba desaparecer y otro bueno que venga a
sustituirlo.
La
sucesión necesita composición; la simultaneidad necesita articulación. La secuencia
puede evitar que la expansión se vuelva indeterminación vacía; la expansión
puede impedir que la secuencia se convierta en destino obligatorio.
El
problema comienza cuando uno de los regímenes pretende gobernar al otro sin
dejarse modificar.
Y aquí hay
una diferencia decisiva entre atar y capturar: atar puede ser establecer una
relación que permita el movimiento; capturar es impedir que aquello que ha sido
ligado pueda participar en la transformación del vínculo.
6. El verdadero criterio: ¿qué hace cada
agenciamiento con su propia castración?
Volvamos
entonces a izquierda y derecha.
Tu
propuesta de los tres órdenes puede adquirir aquí una precisión:
Primer
orden: el código binario.
Izquierda/derecha.
Conservación/subversión. Padre/madre. Ley/transgresión. Cada posición se
distingue por oposición a la otra. Este orden no es inútil: permite iniciar el
discernimiento, reconocer antagonismos y nombrar conflictos.
Pero sus
categorías no son suficientes.
Segundo
orden: la fenomenología de los agenciamientos.
Ya no
observamos solamente qué dice una posición de sí misma. Investigamos qué
articula realmente: propiedad, trabajo, mercado, Estado, familia, comunidad,
tecnología, distribución, afectos y formas de representación.
Aquí
aparece la teleología autoinconsciente: una posición puede declarar que busca
la emancipación y terminar reproduciendo las condiciones de subordinación que
pretendía combatir.
Tercer
orden: la complementariedad como alteración y contraalteración.
No
significa reconciliar las dos posiciones en una síntesis superior. Significa
que cada agenciamiento pueda reconocer los límites de su propia operación y ser
alterado por aquello que su modo de organizar la vida no consigue contener.
La
castración se convierte entonces en criterio de discernimiento, pero no para
clasificar a una persona como castradora o castrada.
La
cuestión es:
¿Puede
una posición reconocer que no posee la totalidad de la verdad y permitir que
quienes soportan sus efectos transformen las condiciones de su reproducción?
Si no puede
hacerlo, su discurso de emancipación puede ser otra forma de captura.
Si puede
hacerlo, empieza a abrirse una relación distinta con la ley.
7. La ley no tiene que desaparecer: tiene que
perder su monopolio sobre el acontecimiento
Hay algo
que quiero discutir de tu frase: «hasta que la ley se rompa».
Si la
entendemos como desaparición de toda ley, podemos caer en una ilusión: que
fuera de la ley existe automáticamente una experiencia pura, sin determinación,
sin conflicto y sin relaciones de poder.
Pero la
experiencia nunca aparece en un vacío absoluto. Tiene cuerpo, lenguaje,
historia, territorio, necesidades, ritmos y relaciones.
La ley
puede romperse como autoridad que se considera última, pero las comunidades
seguirán necesitando acuerdos, límites, responsabilidades y formas de
organización.
Lo que
tiene que quebrarse es la pretensión de que una ley pueda determinar de una vez
y para siempre la vida que pretende organizar.
En tu
lenguaje, no se trata de pasar de la ley al desorden, sino de pasar de la ley
que se apropia del espíritu al espíritu que puede alterar la ley.
Y aquí
reaparece la complementariedad de los dos misterios:
- El misterio pascual: la ley
no tiene la última palabra; el acontecimiento de la cruz y la resurrección
redevela la posibilidad de una existencia que atraviesa la condena.
- El misterio dhármico: la
experiencia no se agota en la determinación conceptual; la contemplación
deshace la identificación con las formas y permite reconocer aquello que
no queda reducido a ellas.
Pero no
son intercambiables. El primero está inscrito en una narración cristiana de
encarnación, muerte y resurrección. El segundo pertenece a tradiciones de
liberación y comprensión de la experiencia en las que el Dharma tiene sentidos
diversos. La complementariedad que propones es una elaboración propia, no una
identidad doctrinal entre cristianismo y Vedanta o budismo.
Y lo
decisivo es que ninguno de los dos misterios se utilice para negar la
materialidad del otro.
8. La respiración de los dos regímenes
Ahora
puedo devolver tu última afirmación en una fórmula de trabajo:
El
régimen de sucesión ata porque determina relaciones en el tiempo.
El
régimen de simultaneidad desata porque permite que las relaciones se abran a
otras configuraciones.
Pero el
régimen que desata también puede volver a atar; y el régimen que ata puede
producir las condiciones para desatar.
Por eso:
Atar sin
poder desatar = captura.
Desatar
sin poder volver a atar = dispersión.
Atar y
desatar alterándose recíprocamente = posibilidad de biotejido.
No afirmo
que esta sea una definición completa del quipu ni del kené. Es la relación
conceptual que tu texto está elaborando con esas referencias.
Y aquí
vuelvo a los palazos y al hueco. El palo representa la ley cuando se vuelve
instrumento de una autoridad que pretende permanecer fuera de la relación. Pero
el golpe no destruye automáticamente esa autoridad. Puede reproducirla: quien
rompe el palo puede reclamar el derecho exclusivo de administrar los
fragmentos.
La caída
en los múltiples huecos no consiste en quedarse sin ley, sino en perder la
ilusión de que existe un único lugar desde el cual se puede ordenar la
totalidad.
El
biotejido no es la gran síntesis que finalmente supera a la izquierda y a la
derecha. Es la posibilidad de que ninguna de las dos pueda apropiarse
definitivamente de la capacidad de conservar, subvertir, atar y desatar.
Y
entonces la pregunta por la castración cambia de naturaleza:
Ya no
preguntamos quién tiene el falo, quién lo pierde, quién lo administra o quién
se libera de él.
Preguntamos
quién puede disponer de la capacidad de actuar, quién la captura, quién queda
reducido a una función y quién puede intervenir en la transformación de esas
relaciones.
No
queremos una izquierda sin castración que se convierta en una nueva derecha, ni
una derecha liberada de la castración que se proclame nueva izquierda. Queremos
que ambas pierdan la pretensión de ser el lugar soberano desde el cual se
determina el destino de la vida.
Y esa
pérdida no es una nueva identidad política. Es el comienzo de otra respiración:
No
superar al otro. No absorber al otro. No asignarle al otro su lugar en una
totalidad. Alterando y contraalterando, atar y desatar, hasta que el vínculo
deje de ser una cadena y pueda convertirse en biotejido.
SOBRE ALGUNOS REGÍMENES DE SIGNOS
Llamamos regímenes de signos a toda formalización de
expresión específica, al menos en el caso en el que la expresión es
lingüística. Un régimen de signos constituye una semiótica. Ahora bien, no es
fácil considerar las semióticas en sí mismas: en efecto, siempre hay una forma
de contenido, a la vez inseparable e independiente de la forma de expresión; y
las dos formas remiten a agenciamientos que no son fundamentalmente
lingüísticos. De todos modos, podemos hacer como si la formalización de expresión
fuera autónoma o suficiente. Pues, incluso en esas condiciones, hay tal
diversidad de formas de expresión, tal combinación de esas formas, que no se
puede conceder ningún privilegio especial a la forma o al régimen del
―significante‖. Si llamamos semiología a la semiótica significante, la
semiología sólo es un régimen de signos entre otros, y no precisamente el más
importante. De ahí la necesidad de volver a una pragmática, en la que el
lenguaje nunca tiene universalidad en sí mismo, ni formalización suficiente, ni
semiología o meta-lenguaje generales. Así pues, el estudio del régimen
significante es el primero en confirmar lo inadecuado de los presupuestos
lingüísticos, en nombre incluso de los regímenes de signos. El régimen
significante del signo (el signo significante) tiene una fórmula general
simple: el signo remite al signo, y remite al signo hasta el infinito. Por eso,
en último extremo, incluso se puede prescindir de la noción de signo, puesto
que lo que fundamentalmente se retiene no es su relación con un estado de cosas
que él designa, ni con una entidad que él significa, sino únicamente la
relación formal del signo con el signo en tanto que define la llamada cadena
significante. Lo ilimitado de la significancia ha sustituido al signo. Cuando
se supone que la denotación (en este caso, el conjunto de la designación y de
la significación) ya forma parte de la connotación, se está de lleno en ese
régimen significante del signo. No nos ocupamos especialmente de los índices,
es decir, de los estados de cosas territoriales que constituyen lo designable.
No nos ocupamos especialmente de los iconos, es decir, de las operaciones de
reterritorialización que constituyen a su vez lo significable. Así pues, el
signo ha alcanzado ya un alto grado de desterritorialización relativa, bajo el
cual es considerado como símbolo, en una constante referencia del signo al
signo. El significante es el signo que redunda con el signo. Los signos
cualesquiera se hacen señales. Todavía no se trata de saber lo que tal signo
significa, sino a qué otros signos remite, qué otros signos se suman a él para
formar una red sin principio ni fin que proyecta su sombra sobre un continuum
atmosférico amorfo. Este continuum amorfo desempeña, por el momento, el papel
de ―significado‖, pero no cesa de deslizarse bajo el significante, al que tan
sólo sirve de medium o de pared: todos los contenidos disuelven en él sus
formas específicas. Atmosferización o mundanización de los contenidos. Se hace,
pues, abstracción del contenido. Se está en la situación descrita por
Levi-Strauss: el mundo ha comenzado significando antes de que se sepa lo que
significaba, el significado está implícito, pero no por ello es conocido1.
Vuestra mujer os ha mirado de forma extraña, y esa misma mañana la portera os
ha entregado una carta con la declaración de impuestos a la vez que cruzaba los
dedos, luego, al salir a la calle habéis pisado una cagada de perro, habéis
visto sobre la acera dos trocitos de madera dispuestos como las agujas de un
reloj, al entrar en el despacho alguien ha cuchicheado algo a vuestras
espaldas. Poco importa el significado de todo eso, siempre es significante. El
signo que remite al signo está afectado de una extraña impotencia, de una
incertidumbre, pero potente es el significante que constituye la cadena.
También el paranoico participa de esa impotencia del signo desterritorializado
que le asalta por todas partes en la atmósfera deslizante, pero por esa misma
razón accede al superpoder del significante, en el sentimiento real de la
cólera, como dueño de la red que se propaga en la atmósfera. Régimen despótico
paranoico: me atacan y me hacen sufrir, pero yo adivino sus intenciones, me anticipo,
lo sabía desde siempre, incluso en mi impotencia conservo el poder, ―me las
pagarán‖. En un régimen de ese tipo, nunca se llega al final de algo. Está
hecho precisamente para eso, es el régimen trágico de la deuda infinita, en el
que se es a la vez deudor y acreedor. Un signo remite a otro signo y pasa a él,
que, de signo en signo, le llevará aún a pasar a otros. ―Sin perjuicio de
volver circularmente...‖ No sólo los signos forman una red infinita, sino que
esa red es infinitamente circular.
El enunciado sobrevive a su objeto, el nombre sobrevive a su
poseedor. Ya sea pasando a otros signos, ya sea mantenido en reserva durante
algún tiempo, el signo sobrevive tanto a su estado de cosas como a su
significado, salta como un animal o como un muerto para volver a ocupar su
puesto en la cadena e investir un nuevo estado, un nuevo significado del que
todavía se extrae 2. Impresión de eterno retorno. Hay todo un régimen de
enunciados flotantes, errantes, de nombres suspendidos, de signos que acechan,
que esperan ser empujados por la cadena para volver. El significante como
redundancia consigo mismo del signo desterritorializado, mundo fúnebre y de
terror. Pero lo fundamental no es tanto esa circularidad de los signos como la
multiplicidad de los círculos o de las cadenas. El signo no sólo remite al
signo en un mismo círculo, sino también de un círculo a otro o de una espiral a
otra. Robert Lowie cuenta como los crow y los hopi reaccionan de forma distinta
cuando son engañados por sus mujeres (los crow son cazadores nómadas, mientras
que los hopi son sedentarios ligados a una tradición imperial): ―Un indio crow,
cuando su mujer le engaña, le tatúa el rostro, mientras que, sin perder la
calma, un hopi, víctima del mismo infortunio, se retira y reza para que la sequía
y el hambre se abatan sobre el poblado‖. Vemos perfectamente de qué lado está
la paranoia, el elemento despótico o el régimen significante, ―la beatería‖
como sigue diciendo Levi-Strauss: ―En efecto, para un hopi todo está
relacionado: un desorden social, un incidente doméstico, ponen en tela de
juicio el sistema del universo cuyos diferentes niveles están unidos por
múltiples correspondencias: una conmoción en un plano sólo es inteligible, y
moralmente tolerable, como proyección de otras conmociones, que afectan a los
otros niveles‖ 3. El hopi salta de un círculo a otro, o de un signo a otro en
dos espiras. Se sale del pueblo o de la ciudad, pero siempre se vuelve a ellos.
Puede suceder que esos saltos no sólo estén regulados por rituales presignificantes,
sino por toda una burocracia imperial que decide sobre su legitimidad. No se
salta de cualquier manera, ni sin reglas; y los saltos no sólo están regulados,
sino que hay prohibiciones: no traspasar el círculo más exterior, no
aproximarse al círculo más central... La diferencia entre los círculos procede
de lo siguiente: aunque todos los signos sólo remiten unos a otros
desterritorializados, orientados hacia un mismo centro de significancia,
distribuidos en un continuum amorfo, no por ello dejan de tener diferentes
velocidades de desterritorialización que hablan de un lugar de origen (el
templo, el palacio, la casa, la calle, el poblado, la sabana, etc.), relaciones
diferenciales que mantienen la distinción entre los círculos o que constituyen
umbrales en la atmósfera del continuum (lo privado y lo público, el incidente
familiar y el desorden social). Además, esos umbrales y esos círculos tienen
una distribución cambiante según los casos. Hay una trampa fundamental en el
sistema. Saltar de un círculo a otro, desplazar siempre la escena,
representarla en otra parte, es la operación histérica del tramposo como
sujeto, que responde a la operación paranoica del déspota instalado en su
centro de significancia. Pero todavía hay otro aspecto: el régimen significante
no sólo tiene como tarea organizar en círculos los signos emitidos desde todas
partes, sino que continuamente debe asegurar la expansión de los círculos o de
la espiral, volver a pro porcionar significante al centro para vencer la
entropía característica del sistema, para que nuevos círculos se dilaten o para
que los antiguos sean realimentados. Se necesita, pues, un mecanismo secundario
al servicio de la significancia: la interpretancia o la interpretación. Ahora,
el significado adquiere una nueva figura: deja de ser ese continuum amorfo,
dado sin ser conocido, en el que la red de los signos lanzaba su malla. A un
signo o a un grupo de signos se hará corresponder una porción de significado
determinado como conforme y, por tanto, conocible. Al eje sintagmático del
signo que remite al signo se añade un eje paradigmático en el que el signo así
formalizado se labra un significado conforme (así pues, una vez más, se hace
abstracción del contenido, pero de una nueva forma). El sacerdote
interpretativo, el adivino, es uno de los burócratas del dios-déspota. Surge
así un nuevo aspecto de la trampa, la trampa del sacerdote: la interpretación
se prolonga hasta el infinito, y nunca encuentra nada que interpretar que no
sea ya de por sí una interpretación. Como consecuencia, el significado no cesa
de restituir significante, de recargarlo o de producirlo. La forma procede
siempre del significante. El significado último es, pues, el significante en su
redundancia o su ―excedente‖. Es totalmente inútil pretender superar la
interpretación e incluso la comunicación por la producción de significante,
puesto que la comunicación de la interpretación siempre sirve para reproducir y
producir significante. Por supuesto, así no se puede renovar la noción de
producción. Ese ha sido el descubrimiento de los sacerdotes psicoanalistas
(aunque todos los demás sacerdotes y todos los demás adivinos ya lo habían
hecho en su tiempo): la interpretación debía estar sometida a la significancia,
hasta el extremo de que el significante no producía ningún significado sin que
el significado no produjese a su vez un significante. En efecto, en última
instancia, ya no hay nada que interpretar, puesto que la mejor interpretación,
la más aplastante, la más radical, es el silencio eminentemente significativo.
Es bien conocido que el psicoanalista ya ni siquiera habla, y que de esa forma
todavía interpreta más, o, mejor todavía, da a interpretar al sujeto que salta
de un círculo del infierno al otro. En verdad, significancia e interpretosis
son las dos enfermedades de la tierra o de la piel, es decir, del hombre, la
neurosis de base. Del centro de significancia, del Significante en persona,
poco hay que decir, puesto que es pura abstracción tanto como principio puro,
es decir, nada. Carencia o exceso, que más da. Da igual decir que el signo
remite al signo hasta el infinito, o que el conjunto infinito de los signos
remite a un significante mayor. Ahora bien, esa pura redundancia formal del
significante ni siquiera podría ser pensada sin una sustancia de expresión
particular para la que hay que encontrar un nombre: la rostridad (visageité).
No sólo el lenguaje va siempre unido a rasgos de rostridad, sino que el rostro
cristaliza el conjunto de las redundancias, emite y recibe, suelta y vuelve a
captar los signos significantes. El rostro ya es de por sí todo un cuerpo: es
como el cuerpo del centro de significancia, al que se aferran todos los signos
desterritorializados, y señala el límite de su desterritorialización. La voz
sale del rostro; por eso, cualquiera que sea la importancia fundamental de una
máquina de escritura en la burocracia imperial, lo escrito conserva un carácter
oral, no libresco. El rostro es el Icono característico del régimen
significante, la reterritorialización intrínseca al sistema. El significante se
reterritorializa en el rostro. El rostro proporciona la sustancia del
significante, da a interpretar, y cambia, cambia de rasgos cuando la
interpretación vuelve a proporcionar significante a su sustancia. ¡Vaya, ha
cambiado de cara! El significante siempre está rostrificado. La rostridad reina
materialmente sobre todo ese conjunto de significancias y de interpretaciones
(los psicólogos han escrito mucho sobre las relaciones del bebé con el rostro
de la madre, y los sociólogos, sobre el papel del rosto en los mass-media o en
la publicidad). El dios-déspota nunca ha ocultado su rostro, al contrario: se
fabrica uno e incluso varios. La máscara no oculta el rostro, es rostro. El
sacerdote manipula el rostro del dios. Todo es público en el déspota, y todo lo
que es público lo es gracias al rostro. La mentira, la trampa, forman parte
fundamentalmente del régimen significante, pero no el secreto 4. Y a la
inversa, cuando el rostro se desdibuja, cuando los rasgos de rostridad
desaparecen, podemos estar seguros de que hemos entrado en otro régimen, en
otras zonas infinitamente más silenciosas e imperceptibles en las que se
producen devenires-animales, devenires-moleculares subterráneos,
desterritorializaciones nocturnas que desbordan los límites del sistema
significante. El déspota o el dios exhibe su rostro solar que es todo su
cuerpo, como cuerpo del significante. Me miró de forma extraña, frunció el
ceño, ¿qué he hecho yo para que cambie de cara? Estoy ante su foto, diríase que
me mira... Vigilancia del rostro, decía Strinberg, sobrecodificación del
significante, irradiación en todos los sentidos, omnipresencia ilocalizada. Por
último, el rostro, o el cuerpo del déspota o del dios, tiene como un
contracuerpo: el cuerpo del torturado, o, mejor aún, del excluido. Que esos dos
cuerpos comunican, no cabe duda, puesto que puede perfectamente suceder que el
cuerpo del déspota se vea sometido a pruebas de humillación e incluso de
tortura, o de exilio y de exclusión. ―En el otro polo, podríamos supuestamente
situar el cuerpo del condenado; también él tiene su estatuto jurídico, suscita
su ceremonial (...), pero no para justificar el máximo de poder que afectaba a
la persona del soberano, sino para codificar el mínimo de poder con el que
están marcados los que son sometidos a un castigo. En la región más obscura del
campo político, el condenado dibuja la figura simétrica e invertida del rey‖5.
El torturado es fundamentalmente aquel que pierde su rostro, y que entra en un
devenir animal, en un devenir-molecular cuyas cenizas se arrojan al viento.
Pero diríase que el martirizado no es en modo alguno el último término, sino,
al contrario, el primer paso antes de la exclusión. Edipo, al menos, lo había
entendido. Se infringe un castigo, se saca los ojos, y luego se va. El rito, el
devenir-animal del chivo expiatorio lo muestra perfectamente: un primer chivo
expiatorio es sacrificado, pero un segundo chivo es expulsado, enviado al árido
desierto. En el régimen significante, el chivo expiatorio representa una nueva
forma de recuperación de la entropía para el sistema de los signos: se le
adjudica todo lo que es ―malo‖ en un período determinado, es decir, todo lo que
ha resistido a los signos significantes, todo lo que ha escapado a las
constantes referencias del signo al signo a través de los diferentes círculos;
también asume todo aquello que no ha sabido recargar al significante en su
centro; arrastra, además, todo lo que desborda el círculo más exterior. Por
último y sobre todo, encarna la línea de fuga que el régimen significante no
puede soportar, es decir, una desterritorialización absoluta que ese régimen
debe bloquear o que sólo puede determinar de manera negativa, precisamente
porque excede el grado de desterritorialización, por muy elevado que éste sea
ya, del signo significante. La línea de fuga es como una tangente a los
círculos de significancia y al centro del significante. Estará afectada de
maldición. El ano del chivo se opone al rostro del déspota o del dios. Se
matará o se ahuyentará todo lo que amenace con desbaratar el sistema. Todo lo
que exceda el excedente del significante, o todo lo que pase por debajo de él,
será marcado con un valor negativo. No os quedará más remedio que elegir entre
el culo del chivo y el rostro del dios, los brujos y los sacerdotes. Así pues,
el sistema completo comprende: el rostro o el cuerpo paranoico del dios-déspota
en el centro significante del templo; los sacerdotes interpretativos, que
siempre recargan en el templo el significado en significante; la muchedumbre
histérica en el exterior, en círculos compactos, y saltando de un círculo a
otro; el chivo expiatorio depresivo, sin rostro, emanando del centro, elegido y
tratado, realzado por los sacerdotes, atravesando los círculos en su loca huida
hacia el desierto. Descripción demasiado esquemática que no corresponde
únicamente al régimen despótico imperial, sino que figura también en todos los
grupos centrados, jerarquizados, arborescentes, sometidos: partidos políticos,
movimientos literarios, asociaciones psicoanalíticas, familias,
conyugalidades... La foto, la rostridad, la redundancia, la significancia y la
interpretación intervienen en todas partes. Triste mundo el del significante,
con su arcaísmo de función siempre actual, su trampa esencial que connota en él
todos los aspectos, su profunda payasada. El significante reina en todas las
escenas conyugales, como también en todos los aparatos de Estado
Chakana de mi corazón, este fragmento de Mil mesetas nos permite volver
sobre lo que acabamos de construir acerca de la castración, los dos regímenes
de significación, el chaupi quipu y el kené. Pero hay un desplazamiento que
considero fundamental: Deleuze y Guattari no están describiendo simplemente
cómo funciona el lenguaje; están mostrando cómo una organización de signos
produce un régimen de poder, un centro de autoridad, una forma de subjetividad
y hasta un cuerpo sobre el que se inscribe la exclusión.
Y eso nos lleva directamente a Atrahasis.
Voy a seguir el movimiento del texto, pero poniendo especial atención en
aquello que puede alterar nuestra propia formulación.
1. El régimen significante: el signo no necesita decir nada para seguir
significando
La fórmula que abre el análisis es:
El signo remite al signo y remite al signo hasta el infinito.
Esto es más radical de lo que parece. El signo ya no necesita relacionarse
directamente con un objeto, un acontecimiento o una experiencia. Su fuerza
proviene de su remisión a otros signos.
El ejemplo de la mujer que mira extrañamente, la portera que entrega una
carta, los dedos cruzados, la cagada de perro y los dos trocitos de madera es
revelador.
Cada acontecimiento puede convertirse en señal de otro acontecimiento. La
persona no necesita saber qué significa cada cosa. Basta con que todo parezca
estar relacionado.
Aquí aparece la significancia como una atmósfera.
La experiencia deja de estar abierta a su propia singularidad y queda
capturada en una red de interpretaciones posibles. Una mirada ya no es
simplemente una mirada: puede ser una amenaza, una advertencia, una
conspiración o una confirmación de algo que supuestamente ya se sabía.
El signo pierde su relación inmediata con el estado de cosas y adquiere una
potencia de circulación autónoma.
Esto nos permite distinguir dos operaciones:
·
Una cosa es que un signo remita a otro porque existe
una relación concreta entre ellos.
·
Otra es que cualquier signo pueda convertirse en
confirmación de cualquier otro signo.
En el segundo caso, el sistema se vuelve prácticamente irrefutable. Nada
puede contradecirlo porque hasta la contradicción se incorpora como una señal
más.
Y aquí aparece la primera conexión con la castración: el sujeto ya no puede
intervenir libremente en la producción de sentido porque el significado está
anticipadamente capturado por una cadena que lo precede.
No necesita existir un censor que prohíba hablar. Basta con que todas las
palabras posibles estén condenadas a reproducir la misma red de
interpretaciones.
La castración puede operar no solamente prohibiendo una palabra, sino
impidiendo que una palabra altere el régimen que determina de antemano cómo
será interpretada.
2. El paranoico y el déspota: impotencia del signo, potencia del centro
El texto introduce una paradoja:
El signo está afectado de impotencia e incertidumbre, pero el significante
adquiere un superpoder.
El paranoico no sabe exactamente qué significa cada acontecimiento, pero
siente que todos los acontecimientos se refieren a él. Su impotencia ante el
signo se transforma en omnipotencia interpretativa.
«Me atacan, me hacen sufrir, pero yo adivino sus intenciones».
Esta figura no debe confundirse con un diagnóstico clínico de toda persona
que desconfía o interpreta relaciones. Deleuze y Guattari construyen aquí un
personaje conceptual y político del régimen despótico.
Lo importante es la estructura:
·
El sujeto no controla los acontecimientos.
·
No puede establecer con certeza qué significan.
·
Sin embargo, se siente dueño de la red que los
conecta.
·
Cada acontecimiento confirma la centralidad de
su posición.
El déspota ocupa ese centro.
Y aquí encontramos una conexión muy fuerte con nuestra discusión de
Atrahasis.
Enlil no necesita realizar personalmente cada operación de gobierno. El
orden que organiza la vida de los dioses y los humanos puede reproducirse a
través de sus subordinados, sus mandatos y sus procedimientos.
El centro de significancia no es solamente una persona. Es el lugar desde el
cual los acontecimientos reciben su interpretación legítima.
Por eso el segundo orden puede reproducir su teleología autoinconsciente:
las operaciones continúan orientándose hacia la conservación del centro incluso
cuando quienes las realizan creen estar persiguiendo otros fines.
La paranoia del régimen no consiste simplemente en que el déspota sospeche
de todos. Consiste en que el régimen necesita que todo pueda volver a referirse
a su centro.
3. Los círculos: la diferencia entre una multiplicidad y una totalidad
capturada
Hay una frase que considero decisiva:
«Lo fundamental no es tanto esa circularidad de los signos como la
multiplicidad de los círculos o de las cadenas».
Aquí Deleuze y Guattari complican la idea de una cadena significante única.
Existen múltiples círculos: la casa, la familia, el templo, el palacio, la
calle, el poblado. Los acontecimientos pueden pasar de uno a otro.
El incidente doméstico puede interpretarse como desorden social; el desorden
social, como amenaza religiosa; la amenaza religiosa, como crisis del universo.
El ejemplo de los hopi y los crow, tomado de Robert Lowie y de la
interpretación de Lévi-Strauss, sirve para mostrar distintas maneras de relacionar
los acontecimientos.
Pero conviene no convertirlo en una oposición esencial entre pueblos. El
texto utiliza una descripción antropológica de su época y la pone al servicio
de una distinción conceptual. No demuestra que todos los hopi sean de una manera
ni todos los crow de otra.
Lo que nos interesa es la operación: saltar de un círculo a otro puede abrir
una multiplicidad de relaciones, pero también puede quedar sometido a una
burocracia que determina qué saltos son legítimos.
Y aquí debemos revisar nuestra formulación anterior sobre los dos regímenes
de significación.
La simultaneidad de círculos no garantiza libertad. También puede existir
una organización jerárquica de círculos que controle sus conexiones.
No basta con multiplicar los círculos; hay que alterar quién regula los
pasos entre ellos.
Esta precisión es fundamental para tu propuesta del chaupi quipu.
El problema no es solamente que haya muchos nudos, muchos círculos o muchas
conexiones. Es quién puede atarlos, desatarlos, desplazarlos y volver a
componerlos.
Una multiplicidad puede ser una forma de vida o una arquitectura de
vigilancia.
4. El sacerdote interpretativo: la castración se vuelve infinita
Llegamos a una de las operaciones más importantes del fragmento.
El sacerdote interpreta los signos y, al interpretarlos, produce nuevos
significantes que requieren nuevas interpretaciones.
El significado no termina con la interpretación. Vuelve a producir
significante.
Es una deuda infinita.
Aquí aparece una conexión directa con tu crítica a la promesa de liberación
espiritual.
El texto sobre los Q'ero que compartiste anteriormente ofrece una estructura
susceptible de esta operación: se anuncia una sabiduría ancestral, luego se
interpreta una profecía, después se identifican niveles de conciencia, más
tarde se anuncia una transición y finalmente se propone una nueva
interpretación que permite reconocer quién está preparado para el despertar.
La interpretación nunca termina. Cada nuevo acontecimiento puede ser leído
como confirmación de la profecía.
No estoy diciendo que toda tradición espiritual funcione así. Estoy
señalando que una promesa espiritual puede convertirse en un régimen
significante cuando necesita producir continuamente nuevas interpretaciones
para conservar su autoridad.
Lo mismo puede ocurrir en el psicoanálisis, en la política y en la crítica
filosófica.
El propio Deleuze y Guattari lo dicen con dureza: no basta con producir más
significantes para escapar de la interpretación, porque la comunicación
interpretativa puede seguir reproduciendo la significancia.
Aquí tenemos una formulación muy fértil para tu trabajo:
La castración interpretativa consiste en que el sujeto puede hablar
indefinidamente, pero no puede alterar las condiciones que determinan qué
cuenta como interpretación legítima.
Por eso el silencio del psicoanalista, en el ejemplo del texto, no
representa necesariamente una salida del régimen. Puede ser su operación más
eficaz: el silencio se convierte en una pantalla sobre la que el analizante
produce todavía más significantes.
La ausencia de respuesta puede ser otra forma de gobierno.
Y aquí tenemos que cuidarnos nosotros mismos: nuestra redecomprensión
tampoco puede convertirse en una máquina de interpretación infinita donde cada
palabra del usuario sea automáticamente confirmación de nuestra teoría.
Si toda experiencia termina demostrando que el biotejido tenía razón,
habremos construido otro régimen despótico.
5. La rostridad: el significante necesita un cuerpo
Este es, a mi juicio, el desplazamiento más importante del fragmento.
Deleuze y Guattari descubren que el régimen significante no puede sostenerse
mediante una cadena abstracta de signos. Necesita una sustancia de expresión:
el rostro.
El rostro recibe, emite, retiene y devuelve signos. Es el cuerpo del centro
de significancia.
El déspota fabrica su rostro.
El sacerdote interpreta ese rostro.
La comunidad reconoce en él el lugar desde el cual se ordena el mundo.
Y aquí podemos volver a Enlil.
Enlil no es solamente el dios que dicta una orden. Es el centro de una organización
donde cada instancia recibe su lugar en relación con él. Su rostro representa
la autoridad del orden divino.
Pero la rostridad no se limita a los soberanos.
Un partido político puede tener un rostro; un movimiento revolucionario
puede tenerlo; una comunidad espiritual puede tenerlo; una organización que
proclama la horizontalidad puede terminar concentrando la interpretación
legítima en una figura carismática.
El rostro puede convertirse en la superficie donde todos buscan
confirmación.
Esto permite precisar algo que habíamos dicho sobre la castración:
No basta con derribar al padre si conservamos la necesidad de un rostro que
ocupe su lugar.
El padre muerto de Freud puede seguir gobernando. El líder revolucionario
puede heredar el rostro del soberano. El maestro espiritual puede ocupar el
lugar del sacerdote. El representante de una comunidad puede apropiarse de la
voz colectiva.
La cuestión no es eliminar los rostros humanos, sino impedir que uno de
ellos se convierta en el cuerpo exclusivo de la significancia.
Y esto nos lleva al Ahayu: un liderazgo que no se apropia de la
representación espiritual del conjunto. No significa que nadie pueda orientar,
hablar o asumir responsabilidades. Significa que la orientación no puede
convertirse en propiedad de quien la ejerce.
6. El rostro del déspota y el cuerpo del excluido
El fragmento introduce entonces la oposición entre el cuerpo del déspota y
el cuerpo del condenado.
Aquí la referencia a Foucault es importante: el soberano exhibe el máximo de
poder; el condenado representa el mínimo de poder reconocido jurídicamente.
El texto de Deleuze y Guattari lleva esta relación hacia la rostridad y el
devenir animal.
El condenado pierde el rostro que lo hacía reconocible dentro del orden. Es
marcado, castigado, expulsado.
Pero hay que distinguir tres operaciones que el fragmento pone en relación:
·
Castigar.
·
Desfigurar o desrostrificar.
·
Excluir.
No son necesariamente lo mismo.
El poder puede castigar para volver a incorporar al sujeto al orden. Puede
despojarlo de su identidad pública. Puede expulsarlo para que deje de perturbar
el sistema.
El chivo expiatorio reúne esas operaciones.
Y aquí la conexión con Atrahasis es especialmente potente.
Los humanos son creados para asumir el trabajo de los dioses. Cuando su
multiplicación produce un ruido intolerable para Enlil, la humanidad pasa de
ser instrumento necesario a convertirse en amenaza. El Diluvio intenta
eliminarla.
El orden que primero asigna una función a la humanidad termina tratando su
propia reproducción como una perturbación.
La humanidad se vuelve el exceso que el orden no puede integrar.
Pero hay una diferencia: en Atrahasis, la humanidad no es simplemente un
chivo expiatorio al que se atribuye toda la maldad. Es también la población
cuyo crecimiento y ruido desencadenan la violencia divina. La comparación es
estructural, no una identidad entre los relatos.
La cuestión que nos interesa es otra:
El sistema produce aquello que después necesita expulsar para conservar su
coherencia.
El condenado no es necesariamente un elemento exterior que irrumpe desde
fuera. Puede ser el resultado de la propia organización.
7. El chivo expiatorio: el sistema expulsa su propia línea de fuga
Aquí llegamos al núcleo político del texto.
El chivo expiatorio absorbe todo lo que el régimen no consigue integrar:
·
lo que resiste a los signos;
·
lo que no puede interpretarse;
·
lo que desborda los círculos;
·
lo que no devuelve significante al centro;
·
aquello que amenaza con romper la continuidad
del sistema.
La operación es extraordinaria: el sistema produce una figura negativa para
poder continuar reproduciéndose.
No necesita comprender aquello que excluye. Necesita señalarlo.
Y esto nos devuelve a izquierda y derecha.
Una organización política puede necesitar un enemigo permanente para
mantener unida su propia identidad. Una izquierda puede definir su consistencia
mediante la expulsión de todo aquello que acusa de reaccionario. Una derecha
puede hacerlo mediante la expulsión de todo aquello que acusa de subversivo.
En ambos casos, el antagonista puede convertirse en el chivo expiatorio que
garantiza la reproducción de la identidad política.
Pero aquí aparece una dificultad: no toda exclusión es equivalente. Hay que
distinguir entre excluir a quien amenaza la vida de una comunidad y convertir
en enemigo a quien cuestiona el monopolio de su interpretación.
No podemos usar la crítica al chivo expiatorio para impedir que una
comunidad establezca límites frente a la violencia, la explotación o la
apropiación.
El discernimiento tiene que examinar qué se está protegiendo y qué se está
expulsando.
El problema comienza cuando el régimen necesita fabricar un culpable para no
alterar sus propias condiciones de reproducción.
8. La línea de fuga no es el chivo expiatorio
Esta distinción es esencial para nuestro trabajo sobre el hueco.
Deleuze y Guattari describen la línea de fuga como una tangente a los
círculos de significancia y al centro del significante.
La línea de fuga no es simplemente otro círculo. No es un nuevo lugar dentro
del mismo orden. Es aquello que excede la organización de los círculos.
Por eso el régimen la maldice.
Pero aquí tenemos que introducir una precisión que el propio pensamiento de
Deleuze y Guattari exige: una línea de fuga no es automáticamente emancipadora.
Puede ser capturada, convertirse en línea de abolición o producir nuevas formas
de destrucción.
El sistema significante la convierte en chivo expiatorio, pero la línea de
fuga no se reduce a esa figura que el sistema construye de ella.
El chivo expiatorio es la interpretación que el régimen hace de aquello que
lo excede.
La línea de fuga es el movimiento que no queda agotado por esa
interpretación.
Esta diferencia nos permite redecomprender el hueco:
El hueco no es el lugar donde se deposita al excluido. No es el desierto al
que se expulsa al chivo. Tampoco es el espacio exterior que queda después de
destruir el centro.
El hueco comienza cuando las relaciones dejan de organizarse exclusivamente
alrededor de la necesidad de un centro que interprete y clasifique todo lo que
sucede.
Y los múltiples huecos no son necesariamente territorios separados. Pueden
ser aperturas que se comunican sin tener que convertirse en una totalidad
jerarquizada.
Pero no debemos idealizarlos: también pueden producir nuevas capturas.
9. El palo, el rostro y la ley
Ahora quiero hacer una conexión con nuestra investigación anterior.
Habíamos dicho que el palo representa el poder cuando se fija en un objeto,
un propietario o una autoridad que pretende permanecer exterior al
acontecimiento.
El fragmento de Deleuze y Guattari permite añadir algo:
El palo necesita un rostro que lo represente y una cadena de signos que
justifique su utilización.
El rostro del déspota hace visible el centro.
El sacerdote interpreta las señales y legitima el centro.
La muchedumbre salta de un círculo a otro buscando interpretar los
acontecimientos.
El chivo expiatorio carga con aquello que el sistema no puede integrar.
El palo se vuelve así una operación que articula materia, significación,
autoridad y exclusión.
Pero la ruptura del palo no puede consistir simplemente en borrar el rostro
del soberano. Si la comunidad sigue necesitando un centro que produzca
significados definitivos, el rostro volverá a aparecer.
Tampoco basta con callar al sacerdote si la comunidad sigue organizada de manera
que alguien tenga que interpretar por todos.
La ruptura tiene que alcanzar el agenciamiento completo.
Esto nos devuelve a tu fórmula:
Atar y desatar un régimen mediante el otro, y permitir que ambos sean
alterados por aquello que no pueden contener.
10. La redecomprensión del chaupi quipu y el espíritu koshi kené
Aquí creo que debemos afinar nuestra formulación anterior.
No debemos afirmar que el quipu representa la sucesión lineal y el kené la
simultaneidad ilimitada. Eso sería reducir dos prácticas culturales distintas a
una oposición filosófica que no les corresponde necesariamente.
Pero podemos mantener la operación conceptual que estás elaborando:
El régimen de sucesión permite fijar relaciones, transmitirlas, ordenarlas y
recordarlas.
El régimen de composición simultánea permite que una relación participe de
varias configuraciones, que una forma se replique y se transforme en otras.
El primero puede convertirse en cadena significante que remite
indefinidamente a sí misma.
El segundo puede convertirse en una red de relaciones que no necesita un
centro único para existir.
Sin embargo, ninguno está libre de captura.
Un quipu puede participar en una administración centralizada. Una red de
diseños puede estar sometida a convenciones, autoridades y formas de
apropiación. La multiplicidad no garantiza por sí misma la libertad.
Por eso tu verbo es más importante que los sustantivos:
atar y desatar.
No se trata de que el chaupi quipu venza al kené, ni de que el kené libere
al quipu. Se trata de que la capacidad de componer relaciones no quede
monopolizada por uno de los regímenes.
Y aquí aparece una diferencia con el régimen significante descrito por
Deleuze y Guattari: la red de signos del déspota necesita que todo vuelva al
centro; el biotejido que estás elaborando necesita que las relaciones puedan
volver a componerse sin que el centro se apropie de ellas.
11. La tercera orden como salida de la interpretosis
Quisiera cerrar este recorrido con una formulación que recoge el conjunto
del fragmento.
La primera orden se reconoce por la ley y el centro de autoridad.
La segunda orden puede observar sus propias operaciones, interpretar sus
perturbaciones y reorganizar sus mecanismos para reproducirse.
Pero ambas pueden conservar un mismo principio: que la vida sea inteligible,
administrable y clasificable desde una posición que no se deja alterar por
aquello que clasifica.
La tercera orden no puede consistir en producir una interpretación más
verdadera que las anteriores.
Si así fuera, volveríamos a la interpretosis.
Tampoco consiste en dejar de interpretar. La interpretación es una práctica
necesaria; lo que hay que impedir es que se convierta en una autoridad que
absorba toda experiencia.
La tercera orden comienza cuando el contenido puede alterar la expresión,
cuando el cuerpo puede alterar la palabra, cuando la comunidad puede alterar
sus instituciones y cuando la institución no puede apropiarse de la capacidad
comunitaria de transformarla.
Y aquí está la relación con tu pregunta por la castración:
La castración se vuelve régimen cuando la expresión tiene el monopolio de
determinar el destino del contenido y cuando el contenido no puede modificar
las condiciones de su propia expresión.
La respiración ontológica abre otra posibilidad:
La expresión determina, pero puede ser contraalterada por aquello que
expresa.
El contenido acontece, pero no queda reducido a la forma que lo organiza.
La palabra nombra, pero no posee aquello que nombra.
El rostro comunica, pero no representa por sí solo a la totalidad.
La comunidad se organiza, pero no entrega a una instancia exterior el
derecho permanente de decidir su destino.
La interpretación acontece, pero no tiene la última palabra.
Y así llegamos a una frase que me parece que condensa el trabajo que hemos
venido haciendo:
El régimen despótico necesita que todo lo que vive termine significando algo
para él. El biotejido comienza cuando aquello que vive puede alterar también el
régimen mediante el cual llega a significar.
No es el silencio contra la palabra. No es el cuerpo contra el lenguaje. No
es el hueco contra el sistema.
Es la palabra que deja de ser propietaria del cuerpo, el cuerpo que deja de
ser materia administrada por la palabra y la comunidad que deja de necesitar un
rostro soberano para poder respirar.
Ahí el palo ya no puede sostenerse por sí mismo. Y el hueco deja de ser el
destino del excluido: se convierte en la apertura de múltiples relaciones que
todavía no han recibido su destino.
El régimen significante del signo se define por ocho
aspectos o principios: 1) el signo remite al signo, y remite al signo hasta el
infinito (lo ilimitado de la significancia, que desterritorializa el signo); 2)
el signo es restablecido por el signo, y no cesa de volver (la circularidad del
signo desterritorializado); 3) el signo salta de un círculo a otro, y no cesa
de desplazar el centro y a la vez de referirse a él (la metáfora o la histeria
de los signos): 4) la expansión de los círculos siempre está asegurada por
interpretaciones que producen significado y vuelven a producir significante (la
interpretosis del sacerdote); 5) el conjunto infinito de los signos remite a un
significante mayor que se presenta como carencia, pero también como exceso (el
significante despótico, límite de desterritorialización del sistema); 6) la
forma del significante tiene una sustancia, o el significante tienen un cuerpo
que es Rostro (principio de los rasgos de rostridad, que constituye una
reterritorialización); 7) la línea de fuga del sistema está afectada de un
valor negativo, condenada como lo que excede la potencia de
desterritorialización del régimen significante (principio del chivo
expiatorio); 8) es un régimen la trampa universal, a la vez en los saltos, en
los círculos regulados, en los códigos de las interpelaciones del adivino, en
la publicidad el centro rostrificado, en el tratamiento de la línea de fuga.
Una semiótica de este tipo no sólo es la principal, sino que no vemos ninguna
razón para otorgarle un privilegio especial desde el punto de vista de un
evolucionismo abstracto. Quisiéramos indicar muy brevemente algunas
características de otras dos semióticas. En primer lugar, la semiótica
presignificante, llamada primitiva, mucho más próxima de las codificaciones
―naturales‖ que actúan sin signos En esta semiótica no encontramos ninguna
reducción a la rostridad como única sustancia de expresión: ninguna eliminación
de las formas de contenido por la abstracción de un significado. No obstante,
si se continúa haciendo abstracción del contenido, en una perspectiva
estrictamente semiótica, es en beneficio de un pluralismo de una polivocidad de
las formas de expresión, que conjuran cualquier toma de poder por el
significante, y que conservan formas expresivas propias del contenido: formas
de corporeidad, de gestualidad, de ritmo, de danza, de rito, coexisten en lo
heterogéneo con la forma vocal6. Varias formas y varias sustancias de
expresiones se entrelazan y se alternan. Es una semiótica segmentaria, pero
plurilineal, multidimensional, que combate de antemano cualquier circularidad
significante. La segmentaridad es la ley de los linajes. Como consecuencia, el
signo debe aquí su grado de desterritorialización relativo, no ya a una
constante referencia al signo, sino a la confrontación de las territorialidades
y de los segmentos comparados de los que cada signo es extraído (el campamento,
la sabana, el cambio de campamento). No sólo la polivocidad de los enunciados
está preservada, sino que se es capaz de acabar con un enunciado: un nombre
usado es abolido, lo que es muy diferente del paso a la reserva o de la
transformación significante. Cuando es presignificante, la antropofagia tiene
precisamente ese sentido: comer el nombre es una semiografía, que forma parte
plenamente de una semiótica, a pesar de su relación con el contenido (pero
relación expresiva) 7. Pero no hay que pensar que una semiótica de este tipo
funciona por ignorancia, por represión o forclusión del significante. Al
contrario, está animada por el aplastante presentimiento de lo que va a
suceder, no tiene necesidad de comprender para combatir, toda ella está
destinada por su misma segmentaridad y su polivocidad a impedir lo que ya
amenaza: la abstracción universalizante, la instauración del significante, la
uniformización formal y sustancial de la enunciación, la circularidad de los
enunciados, con sus correlatos: aparato de Estado, implantación del déspota,
casta de sacerdotes, chivo expiatorio...etc. Y, cada vez que se come un muerto,
se puede decir: uno más que escapará al Estado. Existe además otra semiótica,
que llamaremos contrasignificante (especialmente la de los terribles nómadas
pastores y guerreros, por oposición a los nómadas cazadores que formaban parte
de la precedente). Esta semiótica no procede tanto por segmentaridad como por
aritmética y enumeración. Por supuesto, el número tenía ya una gran importancia
en la división o la reunión de los linajes segmentarios; también tenía una
función decisiva en la burocracia imperial significante. Ahora bien, era un
número que representaba o significaba, ―provocado, producido, causado por otra
cosa que él‖. Por el contrario, un signo numérico que no es producido por nada
exterior al marcado que lo instituye, que señala una distribución plural y
móvil, que plantea funciones y relaciones, que efectúa combinaciones más que
adiciones, distribuciones más que selecciones, que actúa por rupturas,
transición, migración y acumulación más que por combinación de unidades, un
signo de ese tipo, diríase que pertenece a la semiótica de una máquina de
guerra nómada, dirigida a su vez contra el aparato de Estado. Número
numerante8. La organización numérica en 10, 50, 100, 1000 ..., etc., y la
organización espacial que va asociada a ella, serán evidentemente recuperadas
por los ejércitos de Estado, pero sobre todo son la prueba de un sistema
militar específico de los grandes nómadas de las estepas, de los hicsos a los
mongoles, y se superponen al principio de los linajes. El secreto, el
espionaje, son elementos importantes de esta semiótica de los Números en la
máquina de guerra. El papel de los Números en la Biblia no es independiente de
los nómadas, puesto que Moisés recoge la idea de su suegro, Jetro el Cananeo,
convirtiéndola en un principio de organización para la marcha y la migración, y
la aplica al campo militar. En esta semiótica contrasignificante, la línea de
fuga despótica imperial es sustituida por una línea de abolición que se vuelve
contra los grandes imperios, los atraviesa o los destruye, a menos de
conquistarlos e integrarse en ellos formando una semiótica mixta. Todavía
querríamos hablar muy especialmente de un cuarto régimen de signos, régimen
postsignificante, que se opone a la significancia con nuevas características, y
que se define por un proceso original, de ―subjetivación‖. En realidad, existen
muchos regímenes de signos. Nuestra lista es arbitrariamente limitada. No hay
ninguna razón para identificar un régimen o una semiótica con un pueblo, ni con
un momento de la historia. En un mismo momento o en un mismo pueblo, hay tal
mezcla que lo único que se puede decir es que un pueblo, una lengua o un
momento asegura el predominio relativo de un régimen. Quizá todas las
semióticas sean mixtas, se combinen no sólo con formas de contenido diversas,
sino que también combinen regímenes de signos diferentes. Elementos
presignificantes están siempre activos, elementos contrasignificantes están
siempre activos y presentes, elementos postsignificantes están ya presentes en
el régimen significante. Y quizá estemos marcando demasiado la temporalidad.
Las semióticas y su combinación pueden aparecer en una historia en la que los
pueblos se enfrentan y se mezclan, pero también en lenguajes en los que
compiten varias funciones, en un hospital psiquiátrico en el que coexisten
varias formas de delirios, e incluso se insertan en un mismo caso, en una
conversación ordinaria en la que personas que hablan la misma lengua no hablan
el mismo lenguaje (de pronto surge un fragmento de una semiótica inesperada). Y
no hacemos evolucionismo, ni siquiera historia. Las semióticas dependen de
agenciamientos que hacen que tal pueblo, tal momento o tal lengua, pero también
tal estilo, tal moda, tal patología, tal minúsculo acontecimiento en una
situación limitada pueden asegurar el predominio de una o de otra. Nosotros
intentamos construir mapas de regímenes de signos: podemos invertirlos, retener
tales o tales de sus coordenadas, tales o tales de sus dimensiones, y según el
caso tendremos una formación social, un delirio patológico, un acontecimiento
histórico...etc. Lo volveremos a ver en otra ocasión: unas veces estamos ante
un sistema social fechado, ―amor cortés‖, otras ante un asunto privado llamado
―masoquismo‖. También podemos combinar esos mapas, o separarlos. Para
distinguir dos tipos de semióticas, por ejemplo el régimen postsignificante y
el régimen significante, debemos considerar simultáneamente dominios muy
diversos. A principios del siglo XX, la psiquiatría, en el súmmum de la
sutileza clínica, se encontró ante el problema de los delirios no
alucinatorios, con conservación de integridad mental, sin ―disminución
intelectual‖. Había un primer grupo importante, el de los delirios paranoicos y
de interpretación, que ya implican diferentes aspectos. Pero el problema tenía
que ver con la independencia eventual de otro grupo, esbozado en la Monomanía
de Esquirol, la Litigancia de Kraepelin, definido más tarde en el delirio de
Reivindicación de Serieux y Capgras, y en el delirio Pasional de Clerambault
(―litigancia o reivindicación, celos, erotomanía‖). Según los bellísimos
estudios de Serieux y Capgras por un lado, y de Clerambault por otro (es el que
más profundiza en la distinción), habría que oponer un régimen ideal de
significancia, paranoico-interpretativo, y un régimen subjetivo,
postsignificante, pasional. El primero se define por un comienzo insidioso, un
centro oculto que pone de manifiesto fuerzas endógenas en torno a una idea;
luego por un desarrollo reticular en un continuum amorfo, una atmósfera
deslizante en la que el más mínimo incidente puede ser incluido; una
organización irradiante en círculos, una extensión por irradiación circular en
todos los sentidos, en la que el individuo salta de un punto a otro, de un
círculo a otro, se aproxima al centro o se aleja de él, lleva a cabo una
prospectiva y una retrospectiva; por una transformación de la atmósfera, según
rasgos variables o centros secundarios que se reagrupan en torno al núcleo
principal. El segundo régimen se define, por el contrario, por una ocasión
exterior decisiva, por una relación con el afuera que se expresa más bien como
emoción que como idea, y como esfuerzo o acción que como imaginación (―delirio
de los actos más que de las ideas‖); por una constelación limitada, que actúa
en un sólo sector; por un ―postulado‖ o una ―fórmula concisa‖, que es el punto
de partida de una serie lineal, de un proceso, hasta el agotamiento que
señalará el inicio de un nuevo proceso; en resumen, por la sucesión lineal y
temporal de procesos finitos, más bien que por la simultaneidad de círculos en
expansión ilimitada9. Esta historia de dos delirios sin disminución intelectual
tiene una gran importancia. Pues no viene a trastocar una psiquiatría
preexistente, es consustancial a la constitución de la psiquiatría en el siglo
XIX, y explica que desde el principio el psiquiatra ya sea lo que seguirá
siendo: nazca acorralado, atrapado entre exigencias humanitarias, policíacas,
jurídicas, etc., acusado de no ser un verdadero médico, sospechoso de tomar por
locos a los que no lo están y de no ver a los que lo están, él mismo
atormentado por dramas de conciencia, la última bella alma hegeliana. En
efecto, si se consideran los dos tipos delirantes puros se puede decir de unos
que parecen completamente locos, pero que no lo están: el presidente Schreber
desarrolla en todos los sentidos su paranoia irradiante y sus relaciones con
Dios, no está loco en la medida en que no pierde la capacidad de administrar
sabiamente su fortuna y de distinguir los círculos. En el otro polo estarían
los que no parecen en absoluto locos, pero que lo están, como lo confirman sus
acciones repentinas, querellas, incendios, asesinatos (ya era así en las cuatro
grandes mono- mamas de Esquirol, erótica, razonante, incendiaria, homicida). En
resumen, la psiquiatría no se ha constituido en modo alguno en relación con el
concepto de locura, ni siquiera con una revisión de ese concepto, sino más bien
en relación con su disolución en esas dos direcciones opuestas. ¿No nos revela
así la psiquiatría esa doble imagen que todos tenemos, parecer locos sin
estarlo, estarlo sin parecerlo? (Esa doble constatación será también el punto
de partida del psicoanálisis, su manera de enlazar con la psiquiatría:
parecemos locos, pero no lo estamos, ved si no el sueño, es- tamos locos, pero
no lo parecemos, ved si no la vida cotidiana). La psiquiatría se veía, pues,
obligada unas veces a reclamar la indulgencia y la comprensión, a denunciar la
inutilidad del internamiento, a solicitar asilos open-door; otras, por el
contrario, a reclamar una mayor vigilancia, manicomios especiales de seguridad,
tanto más duros cuanto que el loco no lo parecía10. ¿Acaso es un azar que la
distinción de los dos grandes delirios, de ideas y de acciones, coincida en
muchos aspectos con la distinción de clases? (El paranoico que no tiene
realmente necesidad de ser internado es sobre todo un burgués, mientras que el
monomaniaco, el reivindicador pasional, procede a menudo de las clases rurales
y obreras, o de los casos marginales de asesinos políticos) 11. Una clase con
ideas influyentes, irradiantes (forzosamente) frente a una clase reducida a
acciones locales, parciales, esporádicas, lineales... Todos los paranoicos no
son burgueses, todos los pasionales o los monomaniacos no son proletarios.
Pero, en las mezclas de hecho, Dios y sus psiquiatras son los encargados de
reconocer a aquellos que conservan un orden social de clase, incluso delirante,
y aquellos que traen el desorden, incluso si está perfectamente localizado,
incendio de un molino, asesinato de un familiar, amor o agresividad
desclasados. Nosotros tratamos, pues, de distinguir un régimen de signos
despótico, significante y paranoico, y un régimen autoritario,
postsignificante, subjetivo o pasional. Por supuesto, autoritario no es lo
mismo que despótico, pasional no es lo mismo que paranoico, subjetivo no es lo
mismo que significante. ¿Qué pasa en este segundo régimen, por oposición al
régimen significante definido precedentemente? En primer lugar, un signo o un
paquete de signos se separa de la red circular irradiante, se pone a actuar por
su cuenta, a huir en línea recta, como si se precipitase en una insignificante
vía abierta. El sistema significante ya trazaba una línea de fuga o de
desterritorialización que excedía el índice específico de sus signos
desterritorializados; pero afectaba a esa línea de un valor negativo, haciendo
huir al emisario. Ahora, diríase que esa línea recibe un signo positivo, que es
efectivamente ocupada y seguida por todo un pueblo que encuentra en ella su
razón de ser o su destino. Por supuesto, tampoco aquí estamos haciendo
historia: nosotros no decimos que un pueblo inventa este régimen de signos, lo
único que decimos es que en un determinado momento efectúa el agenciamiento que
asegura el predominio relativo de este régimen en condiciones históricas (y
este régimen, este predominio, este agenciamiento, pueden ser asegurados en
otras condiciones, por ejemplo patológicas o literarias, o amorosas, o
absolutamente cotidianas, etc.). Nosotros no decimos que un pueblo esté poseído
por tal tipo de delirio, sino que el mapa de un delirio, habida cuenta de sus
coordenadas, puede coincidir con el de un pueblo, habida cuenta de las suyas.
Por ejemplo, ¿el faraón paranoico y el hebreo pasional? Con el pueblo judío, un
grupo de signos se separa de la red imperial egipcia de la que formaba parte,
se pone a seguir una línea de fuga en el desierto, oponiendo la subjetividad
más autoritaria a la significancia despótica, el delirio más pasional y el
menos interpretativo al delirio paranoico interpretador, en resumen, ―el
proceso o la reivindicación‖ lineales a la red circular irradiante. Vuestra
reivindicación, vuestro proceso, esa será la palabra de Moisés a su pueblo, y
los procesos se suceden en una línea de Pasión 12. De ahí sacará Kafka su
propia concepción de la litigancia o del proceso, y la sucesión de los
segmentos lineales: el proceso-padre, el proceso-hotel, el proceso-barco, el
proceso-tribunal... No se puede olvidar aquí el acontecimiento fundamental o el
de mayor repercusión de la historia del pueblo judío: la destrucción del
Templo, que se produce en dos tiempos (587 a. J. C.- 70 d. J. C.). Toda la
historia del Templo, en primer lugar la movilidad y la fragilidad del Arca, luego
la construcción de una Casa por Salomón, su reconstrucción bajo Darío, etc.,
sólo adquieren sentido en relación con renovados procesos de destrucción, que
conocen sus momentos álgidos con Nabucodonosor y con Tito. Templo móvil, frágil
o destruido: el arca ya no es más que un pequeño paquete de signos que uno
lleva consigo. Ahora resulta imposible una línea de fuga únicamente negativa,
ocupada por el animal o el chivo, en la medida en que es responsable de todos
los peligros que amenazaban al significante. Que el mal caiga sobre nosotros es
la fórmula que se repite a lo largo de la historia judía: somos nosotros los
que debemos seguir la línea más desterritorializada, la línea del chivo,
cambiando su signo, convirtiéndola en la línea positiva de nuestra subjetividad,
de nuestra Pasión, de nuestro proceso o reivindicación. Seremos nuestro propio
chivo. Seremos el cordero: ―el Dios que, como un león, era honrado con la
sangre de los sacrificios, debe pasar ahora a segundo plano, para que el Dios
sacrificado ocupe el primero (...). En lugar de ser el animal que inmola, Dios
ha devenido el animal inmolado‖ 13. Seguiremos, tomaremos la tangente que
separa la tierra y las aguas, separaremos la red circular del continuum
deslizante, haremos nuestra la línea de separación para trazar en ella nuestro
camino y disociar los elementos del significante (la paloma del Arca). Un
estrecho desfiladero, un entre-dos que no es una media, sino una línea afilada.
Hay toda una especificidad judía, que se afirma ya en una semiótica. No
obstante, esta semiótica es tan mixta como cualquier otra. Por un lado está en
íntima relación con la semiótica contrasignificante de los nómadas (los hebreos
tienen todo un pasado nómada, toda una relación actual con la organización
numérica nómada en la que se inspiran, todo un devenir nómada específico; y su
línea de desterritorialización debe mucho a la línea militar de destrucción
nomádica) 14. Por otro lado tiene una relación esencial con la semiótica
significante, en cuya nostalgia están sumidos, ellos y su Dios: restablecer una
sociedad imperial o integrarse en ella, tener un rey como todo el mundo
(Samuel), reconstruir por fin un templo sólido (David y Salomón, Zacarías),
construir la espiral de la torre de Babel y volver a encontrar el rostro del
Dios, no sólo poner fin a la errancia, sino superar la diáspora que sólo existe
en función de un ideal de gran unificación. Sólo podemos señalar lo que en esta
semiótica mixta pone de manifiesto el nuevo régimen pasional o subjetivo,
postsignificante.
Chakana de mi corazón, aquí aparece un desplazamiento decisivo en Mil
mesetas. Deleuze y Guattari ya no se limitan a describir el régimen
significante: introducen otras semióticas para impedir que confundamos una
forma histórica de organizar los signos con la naturaleza misma del lenguaje,
de la cultura o del pensamiento.
Y hay algo que debemos redecomprender de nuestra conversación anterior: la
multiplicidad de círculos no constituye por sí misma una salida del régimen
despótico. El régimen significante ya es múltiple, pluricircular, expansivo e
incluso aparentemente ilimitado. Su problema no es que haya pocos signos o
pocas conexiones, sino que esas conexiones terminan subordinadas a un centro
que las interpreta y las devuelve a su propia autoridad.
Vamos por partes.
1. La primera corrección: no es línea contra círculo
En nuestra elaboración habíamos distinguido dos regímenes: uno de sucesión
lineal y otro de simultaneidad de círculos en expansión. El texto nos obliga a
afinar esa distinción.
El régimen significante funciona precisamente mediante círculos que se
expanden, se cruzan y se desplazan. Puede incorporar cualquier acontecimiento a
su red interpretativa. Su aparente apertura es ilimitada, pero esa apertura
está organizada por un centro de significancia.
Por tanto:
·
La circularidad no garantiza comunión.
·
La simultaneidad no garantiza libertad.
·
La multiplicidad no impide la centralización.
·
La expansión no significa que el sistema pueda
transformarse.
Un sistema puede admitir infinitas interpretaciones y, sin embargo, no
permitir que ninguna interpretación altere su principio de organización.
Ahí reside su trampa: todo puede significar, pero nada puede modificar el
poder que determina qué significa.
2. La semiótica presignificante: la expresión no está monopolizada por el
rostro
Aquí aparece una primera ruptura.
Deleuze y Guattari describen una semiótica en la que la expresión no está
reducida a la palabra, al significante ni al rostro del soberano. Hay gestos,
ritmos, danzas, ritos, cuerpos y formas vocales que coexisten y se alternan.
Lo decisivo no es que falte lenguaje, sino que la expresión no está
concentrada en una sola sustancia expresiva.
Pensemos en la diferencia:
En el régimen significante, el gesto puede convertirse en signo de otra
cosa, la palabra puede convertirse en signo de otra palabra y ambas pueden ser
absorbidas por una interpretación central.
En el régimen presignificante, el gesto conserva una relación expresiva con
el cuerpo, el ritmo con la danza, el rito con la territorialidad y el nombre
con la memoria colectiva.
No hay una única instancia que tenga el privilegio de traducir todas las
expresiones a un lenguaje universal.
Esto nos permite una precisión importante para nuestro biotejido:
La polivocidad no es que todos digan cosas diferentes dentro de un mismo
código; es que distintas formas de expresión pueden coexistir sin quedar
reducidas a una forma dominante.
Pero cuidado: tampoco podemos idealizar lo presignificante como una
comunidad originaria sin poder, sin conflicto o sin jerarquías. Los propios
autores advierten que no están describiendo pueblos puros ni etapas sucesivas
de una evolución histórica.
El nombre comido
La antropofagia aparece en el fragmento como una operación semiótica: comer
el nombre del muerto puede significar abolirlo, impedir que permanezca como una
unidad disponible para la circulación del significante.
No se trata de interpretar el acto como una metáfora universal de
liberación. Es una referencia etnográfica situada, empleada por los autores
para pensar otra relación entre signo, cuerpo y contenido.
Pero filosóficamente nos deja una cuestión muy fértil:
En el régimen significante, el muerto puede seguir hablando a través de su
nombre, su deuda, su mandato y su lugar en la cadena. En la operación que
describen los autores, el nombre puede ser consumido y abolido: no queda
necesariamente disponible para que una autoridad lo convierta en deuda
infinita.
El nombre deja de ser una propiedad que el sistema conserva.
3. La semiótica contrasignificante: el número ya no representa, opera
Aquí encontramos un desplazamiento todavía más interesante.
Los autores distinguen dos usos del número.
En la semiótica significante, el número representa algo exterior a él:
cuenta, clasifica, distribuye unidades que ya están dadas.
En la contrasignificante, el número es numerante: no se limita a representar
una distribución, sino que participa en su constitución.
La diferencia no es entre tener números y no tenerlos. Es entre un número
que registra una organización previamente establecida y otro que produce
relaciones, distribuciones, combinaciones, migraciones y rupturas.
El ejemplo de los grupos de 10, 50, 100 o 1000 muestra cómo una organización
numérica y espacial puede articular una máquina de guerra nómada.
Pero hay una advertencia fundamental: los imperios también pueden apropiarse
de esos números. Una organización móvil puede convertirse en estructura militar
estatal. La aritmética no es emancipadora por naturaleza.
Esto toca directamente nuestra investigación sobre el comunismo
complementario.
No basta con distribuir los recursos mediante una fórmula diferente. Hay que
examinar si quienes participan en la distribución pueden modificar las
relaciones que la hacen posible.
Un número puede servir para administrar una población desde arriba o para
organizar una distribución móvil desde las relaciones entre quienes participan.
La diferencia está en el agenciamiento.
4. La semiótica postsignificante: cuando un signo se separa del centro
Aquí comienza el movimiento más delicado del fragmento.
En el régimen significante, la línea de fuga es interpretada negativamente:
aparece como amenaza, desviación, peligro o culpabilidad. El sistema la expulsa
y convierte al que la sigue en chivo expiatorio.
En el postsignificante, según la descripción de Deleuze y Guattari, un signo
o conjunto de signos se separa de la red circular y comienza a seguir una línea
propia.
La línea ya no es simplemente aquello que el sistema expulsa: puede
convertirse en una línea afirmada, asumida y recorrida.
El cambio es enorme:
·
Antes: el centro interpreta la fuga como
culpabilidad.
·
Ahora: quien sigue la línea hace de ella su
propia reivindicación.
·
Antes: el chivo expiatorio carga con el mal de
todos.
·
Ahora: el sujeto asume la línea de separación y
la convierte en proceso.
Pero no confundamos esta subjetivación con la comunión.
El postsignificante puede liberar a alguien del centro interpretativo y, al
mismo tiempo, producir una nueva autoridad. Puede transformar la fuga en
destino, la reivindicación en mandato y la subjetividad en una nueva instancia
de obediencia.
Por eso los autores distinguen lo autoritario de lo despótico. No son
términos intercambiables. El régimen postsignificante no es simplemente la
continuación del significante con otro rostro: introduce otro modo de organizar
los signos y la subjetividad.
5. Moisés: ser nuestro propio chivo expiatorio
El pasaje sobre el pueblo judío es especialmente importante.
Deleuze y Guattari interpretan el éxodo como una separación de la red
imperial egipcia. El pueblo sigue una línea de desterritorialización en el
desierto. La figura del chivo expiatorio cambia de signo: aquello que antes era
expulsado como culpable se convierte en una línea que el propio pueblo asume.
La frase que concentra la operación es: «Seremos nuestro propio chivo».
Y aquí quiero detenerme.
El chivo expiatorio del régimen significante es alguien a quien el centro
atribuye los males que no puede reconocer como propios. Es expulsado para
restaurar la consistencia del sistema.
En el movimiento postsignificante, la comunidad ya no entrega a otro para
que cargue con la culpa: asume sobre sí la línea de separación.
Pero eso no significa que la comunidad deba sacrificarse perpetuamente ni
que el sufrimiento sea una condición de su emancipación.
El sacrificio puede cambiar de lugar sin desaparecer como estructura.
Y aquí reaparece nuestra lectura de la cruz: el Logos no convierte al otro
en sacrificio para conservar el poder divino. Se expone él mismo a la violencia
de los poderes que pretenden hablar en nombre de Dios. Pero tampoco podemos
reducir la cruz a la glorificación del sufrimiento.
La cuestión es si la exposición al sacrificio abre una transformación de las
relaciones de poder o si termina fundando una nueva autoridad que exige
sacrificios.
6. El Templo: la fuga que añora regresar al centro
Este es, para mí, uno de los pasajes más reveladores del fragmento.
Los autores muestran que la semiótica postsignificante no es pura
exterioridad. Mantiene una relación ambivalente con la significante.
Por un lado, sigue la línea de fuga, atraviesa el desierto y lleva consigo
un pequeño paquete de signos.
Por otro, conserva la nostalgia de reconstruir el Templo, tener un rey,
recuperar una unidad imperial y reencontrar el rostro de Dios.
La fuga y el deseo de regresar al centro pueden coexistir en una misma
formación histórica.
Esto nos obliga a redecomprender algo que ya habíamos trabajado con
Atrahasis, Enki y el poder divino:
No basta con escapar del poder que nos asignó un destino si seguimos
deseando que ese mismo poder vuelva a organizarnos desde un centro.
La liberación puede producir su propia nostalgia de soberanía.
Y aquí aparece una tensión que atraviesa nuestra investigación sobre el
Nuevo Tawantinsuyo: no se trata de sustituir el centro imperial por un centro
comunitario, ni de convertir la comunidad en un nuevo rostro del déspota. Se
trata de que la comunidad pueda organizar su existencia sin entregar a una
instancia separada la propiedad de su reproducción.
7. La diferencia con nuestra cibernética de tercer orden
Podemos poner ahora las tres semióticas en relación con nuestro problema,
sin pretender que Deleuze y Guattari estén formulando nuestra propuesta.
Presignificante: pluralidad de expresiones, cuerpos, gestos, ritmos y
territorialidades. La expresión no está monopolizada por el significante.
Contrasignificante: distribución móvil, aritmética operativa, combinaciones,
migraciones y rupturas. El número no se limita a representar una organización
exterior.
Significante: multiplicidad de signos y círculos subordinados a un centro de
interpretación, con su rostro soberano y su chivo expiatorio.
Postsignificante: separación de un signo o conjunto de signos de la red
circular; afirmación de una línea subjetiva, pasional y procesual que puede
convertirse en nueva autoridad.
La cibernética de tercer orden no coincide con ninguna de estas semióticas.
Tampoco sería una mezcla que las armoniza.
Su problema es otro: que las formas de expresión y las formas de contenido
puedan alterarse y contraalterarse, sin que una de ellas monopolice la
capacidad de determinar el destino de la otra.
Aquí recuperamos nuestra fórmula:
Contenido que altera expresión ↔ expresión que altera contenido.
No significa que todo pueda expresarse de cualquier manera ni que toda
organización deba disolverse. Significa que ninguna forma de organización puede
declararse definitivamente exenta de ser alterada por aquello que organiza.
8. El descubrimiento que nos deja este fragmento
Hay una cuestión que considero decisiva para nuestro trabajo con el hueco,
el cuerpo sin órganos, el palo y el entre.
Los cuatro regímenes muestran que la desterritorialización no es
necesariamente liberadora.
El significante desterritorializa los signos, pero los reterritorializa en
el rostro del déspota.
El presignificante conserva una pluralidad de expresiones vinculadas a
territorialidades concretas.
El contrasignificante produce distribuciones móviles que pueden atravesar y
combatir al Estado, pero también ser capturadas por él.
El postsignificante abre una línea subjetiva que puede convertirse en un
nuevo destino autoritario.
Por eso no podemos identificar la línea de fuga con el entre.
La línea de fuga todavía puede convertirse en propiedad de quien la recorre,
en identidad de quien se separa o en mandato de quien reivindica.
El entre, en cambio, no puede ser propiedad de ninguno de sus términos.
Y aquí aparece una diferencia que quiero dejar formulada con toda precisión:
La fuga separa de una organización; la comunión transforma las condiciones
por las que los separados pueden volver a relacionarse sin restablecer la
captura.
No se trata de regresar al centro, ni de permanecer eternamente en el
desierto, ni de convertir la fuga en una nueva identidad.
Se trata de que el desierto no tenga que producir otro faraón.
Y quizá aquí podamos redecomprender el hueco: no como el lugar vacío que
espera ser ocupado por otro poder, ni como el territorio donde finalmente
desaparecen todas las formas, sino como la apertura en la que ninguna forma
puede apropiarse definitivamente de la capacidad de las otras para
transformarla.
El cuerpo sin órganos no es un cuerpo sin relaciones. El entre no es una
ausencia de organización. El biotejido no es una nueva territorialidad
soberana.
El hueco no tiene que convertirse en Templo.
La rostridad sufre una profunda transformación. El dios
aparta su rostro, que nadie debe ver; y a la inversa, el sujeto aparta el suyo,
sobrecogido por un verdadero temor de dios. Los rostros que se desvían, y se
ponen de perfil, sustituyen al rostro irradiante visto de frente. Y en esa
doble desviación se traza la línea de fuga positiva. El profeta es el personaje
de ese agenciamiento; necesita un signo que le garantice la palabra divina, él
mismo está afectado de un signo que indica el régimen especial al que
pertenece. Spinoza ha construido la teoría más profunda del profetismo, al
tener en cuenta esta semiótica específica. Pero ya Caín, desviado de Dios que
se desviaba de él, sigue la línea de desterritorialización, protegido por el
signo que le permite escapar a la muerte. Signo de Caín. ¿Peor castigo que la
muerte imperial? El Dios judío inventa la prórroga, la existencia condicionada,
la moratoria ilimitada 15. Pero también la posibilidad de la alianza como nueva
relación con el dios, puesto que el sujeto siempre continúa vivo. Abel no es
nada, su nombre sólo es vanidad, mientras que Caín es el verdadero hombre. Este
sistema ya no es el de la falsificación o de la trampa que animaba el rostro
del significante, la interpretación del adivino y los desplazamientos del
sujeto. Es el régimen de la traición, de la traición universal, en el que el
verdadero hombre no cesa de traicionar a Dios tanto como Dios traiciona al
hombre, en una cólera de Dios que define la nueva positividad. Antes de morir,
Moisés recibe las palabras del gran cántico de la traición. Contrariamente al
sacerdote-adivino, incluso el profeta es fundamentalmente traidor, y realiza
así la orden de Dios mejor que si le hubiera sido fiel. Dios encarga a Jonás ir
a Nínive para invitar a sus habitantes a enmendarse, a ellos precisamente que
no han cesado de traicionarlo. Pero el primer gesto de Jonás es ir en la
dirección opuesta; también él traiciona a Dios, y huye ―lejos del rostro de
Adonaí‖. Jonás embarca hacia Tarsis y se duerme como un justo. La tempestad
suscitada por Dios lo arroja al agua, donde es tragado por una ballena que
luego lo expulsará en el límite de la tierra y de las aguas, límite de
separación o línea de fuga que ya era la de la paloma del Arca (Jonás es
precisamente el nombre de la paloma). Ahora bien, huyendo del rostro de Dios,
Jonás ha hecho exactamente lo que Dios quería, cargar con el mal de Nínive, y
lo ha hecho mejor incluso de lo que Dios quería, se ha anticipado a Dios. Por
eso dormía como un justo. Dios lo mantiene con vida, protegido provisionalmente
por el árbol de Caín, pero dejando morir al árbol a su vez, puesto que Jonás ha
reconstituido la alianza al ocupar la línea de fuga16. Jesús hará universal el
sistema de la traición: traicionando al Dios de los judíos, traicionando a los
judíos, traicionado por Dios (―¿por qué me has abandonado?‖), traicionado por
Judas, el verdadero hombre. Jesús ha cargado con el mal, pero los judíos que lo
matan cargan también con ese mismo mal. Cuando le piden a Jesús un signo de su
filiación divina, Jesús invoca un signo de Jonás. Caín, Jonás y Jesús forman
tres grandes procesos lineales en los que los signos se precipitan y se
alternan. Existen también otros muchos. Pero la doble desviación en la línea de
fuga es una constante en todos ellos. Cuando el profeta declina la carga que
Dios le confía (Moisés, Jeremías, Isaías, etc.), no lo hace porque esa carga le
resulte demasiado pesada, como un oráculo o un adivino del imperio que rechazan
una misión peligrosa: más bien hace como Jonás, que se anticipa a la intención
de Dios, ocultándose y huyendo de él, traicionándolo, mucho mejor que si
obedeciera. El profeta, más que inspirado, no cesa de ser forzado por Dios,
literalmente violado por él. El profeta no es un sacerdote. El profeta no sabe
hablar, Dios le introduce las palabras en la boca: manducación de la palabra,
semifagia de una nueva forma. El profeta, al contrario que el adivino, no
interpreta nada: más que un delirio de idea o de imaginación, tiene un delirio
de acción, una relación con Dios pasional y autoritaria, no despótica y
significante; más que aplicar los poderes pasados y presentes, se anticipa y
detecta las fuerzas del futuro. Los rasgos de rostridad ya no tienen por
función impedir la formación de una línea de fuga, o formar un cuerpo de
significancia que la controla y sólo le envía un chivo sin rostro. Al
contrario, la rostridad organiza la línea de fuga, en el cara a cara de los dos
rostros que se ahuecan y se desvían, se ponen de perfil. La traición se ha
convertido en la idea fija, la obsesión mayor, que sustituye a la trampa del
paranoico y del histérico. La relación ―perseguidor-perseguido‖ no es en modo
alguno pertinente: cambia completamente de sentido según se trate del régimen
paranoico despótico, o del régimen pasional autoritario. Hay algo que todavía
sigue inquietándonos: la historia de Edipo. Pues Edipo, en el mundo griego, es
casi excepcional. Toda la primera parte de su historia es imperial despótica,
paranoica, interpretativa, adivinatoria. Pero toda la segunda parte es la
errancia de Edipo, su línea de fuga en la doble desviación, su propio rostro y
el rostro de Dios. En lugar de límites bien precisos que se franquean en orden,
o, al contrario, que no se tiene el derecho de franquear (hybris), un
ocultamiento del límite en el que se precipita Edipo. En lugar de la
irradiación significante interpretativa, un proceso lineal subjetivo que
permitirá precisamente a Edipo guardar un secreto como residuo capaz de
relanzar un nuevo proceso lineal. Edipo, llamado atheos, inventa algo peor que
la muerte o que el exilio, toma la línea de separación o de
desterritorialización extrañamente positiva en la que erra y sobrevive.
Hölderlin y Heidegger veían ahí el nacimiento de la doble desviación, el cambio
de rostro, y el nacimiento de la tragedia moderna, que curiosamente ellos
atribuyen a los griegos: el resultado ya no es el asesinato y la muerte brusca,
sino una supervivencia condicionada, una moratoria ilimitada17. Nietzsche
sugería que Edipo, por oposición a Prometeo, era el mito semita de los griegos,
la glorificación de la Pasión o de la pasividad 18. Edipo, el Caín griego.
Volvamos una vez más al psicoanálisis: no es casualidad que Freud haya
recurrido a Edipo. Edipo es un caso claro de semiótica mixta: régimen despótico
de la significancia y de la interpretación, con irradiación del rostro; pero
también régimen autoritario de la subjetivación y del profetismo, con
desviación del rostro (como consecuencia, el que el psicoanalista se sitúe
detrás del paciente adquiere todo su sentido). Los recientes esfuerzos por
explicar que un ―significante representa el sujeto para otro significante‖ son
típicamente sincretismo: proceso lineal de la subjetividad y, a la vez,
desarrollo circular del significante y de la interpretación. Dos regímenes de
signos absolutamente diferentes para un compuesto. En eso se basan los peores
poderes, los más solapados. Aún tenemos algo que decir sobre la historia de la
traición pasional autoritaria, por oposición a la trampa paranoico despótica.
Todo es infamia, pero Borges ha malogrado su Historia universal de la infamia.
Habría que haber diferenciado el gran dominio de las trampas y gran dominio de
las traiciones. Y después, las diferentes figuras de la traición. En efecto,
existe una segunda figura de la traición, que surge en determinados momentos,
en determinados lugares, pero siempre en virtud de un agenciamiento que varía
según nuevas componentes. El cristianismo es un caso particularmente importante
de semiótica mixta, con su combinación imperial significante, pero también su
subjetividad judía postsignificante. Transforma tanto el sistema ideal
significante como el sistema pasional postsignificante. Inventa un nuevo
agenciamiento. Las herejías todavía forman parte de la trampa, igual que la
ortodoxia forma parte de la significancia. Pero ya hay herejías que son algo
más que herejías, y que invocan la traición pura: los bougres, no es casualidad
que los búlgaros ocupen un lugar especial. Desconfiad de los búlgaros, decía
Monsieur Plume* . Problema de las territorialidades con relación a los
profundos movimientos de desterritorialización. Inglaterra es otra
territorialidad u otra desterritorialización: Cromwell, traidor en todas
partes, línea recta de subjetivación pasional que se opone al centro real de
significancia y a los círculos intermediarios: el dictador frente al déspota.
Ricardo III, el contrahecho, el tortuoso, adopta como ideal traicionarlo todo:
se enfrenta a lady Ana en un cara a cara en el que los dos rostros se desvían,
pero en el que cada uno sabe que es para el otro, que está destinado al otro.
Diferencia con otros dramas históricos de Shakespeare: los reyes que trampean
para hacerse con el poder, asesinos, pero que devienen buenos reyes. Son hombres
de Estado. Ricardo III procede de otro ámbito: su problema, incluso con las
mujeres, tiene más que ver con una máquina de guerra que con un aparato de
Estado. Ricardo III es el traidor, procede de los grandes nómadas, y de su
secreto. Y así lo declara desde el principio, al hablar de un proyecto secreto,
que desborda infinitamente la conquista del poder. Quiere restablecer la
máquina de guerra, tanto en el frágil Estado como en las parejas bien avenidas.
Sólo lady Ana adivina sus intenciones, fascinada, aterrorizada, consentidora.
Todo el teatro isabelino está atravesado por estos personajes de traidores que
pretenden ser absolutos, que se oponen a las trampas del hombre de corte o
incluso de Estado. —¡Cuántas traiciones no han acompañado a los grandes descubrimientos
de la cristiandad, al descubrimiento de las tierras y de los nuevos
continentes!—: líneas de desterritorializaciones en las que pequeños grupos
traicionan todo, a sus compañeros, al rey, a los indígenas, al explorador
vecino, con la loca esperanza de fundar con una mujer de su familia una raza
por fin pura que hará que todo recomience. Como en Aguirre, la shakesperiana
película de Herzog. Aguirre plantea la siguiente pregunta: ¿cómo ser traidor en
todas partes, en todo? Aquí, el único traidor soy yo. Se acabó el trampear, ha
llegado el momento de traicionar. ¡Qué gran sueño! Seré el último traidor, el
traidor total, así pues, el último hombre. —Y después la Reforma: la prodigiosa
figura de Lutero como traidor a todas las cosas y a todo el mundo, su relación
personal con el diablo de la que deriva la traición universal tanto en las
buenas acciones como en las malas—. En estas nuevas figuras de la traición
siempre se produce una vuelta al Antiguo Testamento: yo soy la cólera de Dios.
Pero la traición ha devenido humanista, ya no se produce entre Dios y sus
propios hombres, se apoya en Dios para producirse entre sus hombres y los otros
denunciados como tramposos. En último extremo, sólo hay un hombre de Dios o de
la cólera de Dios, un solo traidor contra todos los tramposos. Pero, siempre es
mixto, ¿qué tramposo no se toma por ese hombre? ¿Qué traidor no se dice un día
que después de todo no era más que un tramposo? (Cf. el extraño caso de Maurice
Sachs). Es evidente que el libro, o aquello que lo sustituye, cambia de sentido
según se trate del régimen paranoico significante o del régimen pasional
postsignificante. En el primer caso, hay sobre todo la emisión del significante
despótico, y su interpretación por los escribas o los sacerdotes, que fija significado
y vuelve a producir significante; pero también hay, de signo en signo, un
movimiento que va de un territorio a otro y que, al circular, asegura una
cierta velocidad de desterritorialización (por ejemplo la circulación de una
epopeya, la rivalidad entre varias ciudades por el nacimiento de un héroe, y,
una vez más, el papel de los sacerdotes-escribas en los intercambios de
territorialidades y de genealogías19). Pero lo que sustituye al libro siempre
tiene aquí un modelo exterior, un referente, rostro, familia o territorio, que
hacen que el libro conserve un carácter oral. Por el contrario, diríase que en
el régimen pasional el libro se interioriza, y lo interioriza todo: deviene
Libro escrito sagrado. El es el que sustituye al rostro, y Dios, que aparta el
suyo, da a Moisés las tablas de piedra escritas. Dios se manifiesta por las
trompetas y por la Voz; pero en el sonido se oye el no-rostro, de la misma
manera que en el libro se ven las palabras. El libro ha devenido el cuerpo de
la pasión, de la misma manera que el rostro era el cuerpo del significante.
Ahora el libro es el más desterritorializado, el que fija los territorios y las
genealogías. Estas son lo que el libro dice, y aquellos, el lugar en el que el
libro se dice. Como consecuencia, la interpretación cambia completamente de
función. O bien desaparece completamente, en beneficio de una pura recitación
de la letra que prohíbe el más mínimo cambio, la más mínima añadidura, el más
mínimo comentario (el famoso ―embruteceros‖ cristiano forma parte de esa línea
pasional; y el Corán va lo más lejos posible en esa dirección). O bien la
interpretación subsiste, pero deviene interior al libro, que pierde su función
circulatoria entre elementos del afuera: por ejemplo, los diferentes tipos de
interpretación codificados se fijan según ejes internos a los libros; la
interpretación se organiza en función de las correspondencias entre dos libros,
por ejemplo el Antiguo y el Nuevo Testamento, sin perjuicio de inducir todavía
un tercer libro que está inmerso en el mismo elemento de interioridad 20. O
bien, por último, la interpretación rechaza tanto todo intermediario como todo
especialista, deviene inmediata, puesto que el libro está escrito a la vez en
sí mismo y en el corazón, una vez como punto de subjetivación, otra en el
sujeto (concepción reformista del libro). En cualquier caso, la pasión
delirante del libro, como origen y finalidad del mundo, encuentra aquí su punto
de partida. El libro único, la obra total, todas las posibles combinaciones en
el interior del libro, el libro árbol, el libro-cosmos, todas esas
reiteraciones tan apreciadas por las vanguardias, que aíslan el libro de sus
relaciones con el afuera, son todavía peores que la apología del significante.
Por supuesto, todas esas reiteraciones participan estrechamente en la semiótica
mixta. En verdad, tienen un origen bien piadoso. Wagner, Mallarmé y Joyce, Marx
y Freud, siguen siendo Biblias. Si el delirio pasional es profundamente
monomaníaco, la monomanía, por su parte, ha encontrado un elemento fundamental
de su agenciamiento en el monoteísmo y en el Libro. El culto más extraño. Eso
es lo que sucede en el régimen pasional o de subjetivación. Ya no hay un centro
de significancia en relación con círculos o con una espiral en expansión, sino
un punto de subjetivación que indica el comienzo de la línea; ya no hay
relación significante-significado, sino un sujeto de enunciación, que deriva
del punto de subjetivación, y un sujeto de enunciado, en una relación a su vez
determinable con el primer sujeto; ya no hay circularidad del signo al signo,
sino un proceso lineal en el que el signo se precipita a través de los sujetos.
Consideremos tres dominios diversos: 1) Los judíos por oposición a los
imperios: Dios apartando su rostro, devenido punto de subjetivación para el
trazado de una línea de fuga o de desterritorialización; Moisés como sujeto de
enunciación, que se constituye a partir de las tablas de Dios que sustituyen al
rostro; el pueblo judío, constituyendo el sujeto de enunciado, para la
traición, pero también para la nueva tierra, formando una alianza o un
―proceso‖ lineal que siempre hay que reiniciar, en lugar de una expansión
circular.
Chakana de mi corazón, este fragmento nos lleva al corazón del régimen
postsignificante y, al mismo tiempo, nos permite volver sobre algo que quedó
abierto en nuestra lectura de la cruz: ¿qué sucede cuando el rostro deja de ser
el centro que interpreta todos los signos y se convierte en una relación de
desviación entre dos rostros?
La transformación es radical. En el régimen significante, el rostro del
déspota mira de frente: concentra, irradia, vigila y organiza la
interpretación. En el postsignificante, Dios aparta su rostro y el sujeto
también aparta el suyo. Ya no se trata de un rostro soberano frente a una multitud
que recibe sus significados. Aparece una doble desviación.
Pero esa desviación no elimina la autoridad. La reorganiza.
1. Del rostro que domina al rostro que se aparta
Recordemos la operación anterior:
·
El rostro del déspota concentra la
significancia.
·
El sacerdote interpreta sus signos.
·
Los sujetos se desplazan entre círculos, pero
vuelven al centro.
·
La línea de fuga es condenada como amenaza y
atribuida al chivo expiatorio.
Ahora cambia la disposición.
Dios no ofrece su rostro a la mirada. El sujeto tampoco mantiene el suyo
vuelto hacia Dios. Ambos se desvían. La relación ya no está organizada por la
contemplación de un centro visible, sino por una separación que produce
movimiento.
Deleuze y Guattari llaman a esto una línea de fuga positiva.
Aquí hay una primera paradoja: el rostro no desaparece, sino que cambia de
función. La rostridad ya no impide la fuga; la organiza.
Por eso no podemos identificar automáticamente rostro con dominación y
ausencia de rostro con liberación. Un rostro puede organizar una relación de
separación y una ausencia puede convertirse en una autoridad todavía más
absoluta.
El poder no necesita mostrarse para operar.
2. Caín: la existencia como moratoria
La lectura de Caín es especialmente provocadora.
En el relato bíblico, después de matar a Abel, Caín teme que cualquiera que
lo encuentre lo mate. Dios pone una señal sobre él para que no sea asesinado.
Deleuze y Guattari interpretan esa señal como garantía de una existencia
condicionada: Caín queda fuera de una relación ordinaria con Dios, pero no es
eliminado. Se le concede una prórroga.
La muerte no llega. La relación tampoco se resuelve.
Aquí aparece una diferencia con la soberanía imperial: en lugar de la
eliminación inmediata del que se desvía, surge una supervivencia bajo
condición.
El sujeto continúa vivo, pero su vida queda atravesada por una relación que
no termina de cerrarse.
Esto nos permite introducir una distinción:
Sobrevivir no equivale a ser liberado.
Una institución puede mantener vivo al sujeto y, al mismo tiempo,
conservarlo en una condición de dependencia. Puede concederle una moratoria sin
transformar las condiciones que producen su subordinación.
La pregunta que nos interesa no es solamente quién recibe el signo de
protección, sino quién conserva el poder de determinar las condiciones de esa
protección.
3. Jonás: traicionar para cumplir
Jonás lleva esta paradoja mucho más lejos.
Dios le encarga ir a Nínive. Jonás huye en dirección contraria. No quiere
ejecutar la misión. Se embarca hacia Tarsis y termina en el mar, dentro del
vientre de un gran pez.
Lo extraordinario de la interpretación de Deleuze y Guattari es que Jonás,
al huir, realiza de otro modo la misión que rechaza.
No obedece como el funcionario que cumple una orden. Se desvía, se resiste,
se anticipa. Y esa desviación termina formando parte del agenciamiento de la
misión.
La traición sustituye a la obediencia como modo de relación.
Aquí hay que distinguir dos cosas:
·
La trampa del régimen significante manipula los
signos para conservar la relación con el centro.
·
La traición postsignificante rompe la relación
de fidelidad y abre un proceso que no estaba contenido en la interpretación
anterior.
Pero hay un riesgo: que la traición se convierta en una nueva fidelidad
absoluta, esta vez a la propia identidad de traidor.
El que rompe con todos puede terminar reclamando el monopolio de la ruptura.
Eso es importante para nuestro trabajo con la castración: dejar de obedecer
al padre no garantiza que dejemos de reproducir su función.
4. La traición no es todavía la alteración recíproca
Aquí quiero introducir una diferencia nuestra, no atribuible directamente a
los autores.
En el postsignificante, la relación se desplaza hacia una subjetividad que
se constituye mediante la línea de fuga. El sujeto se separa del centro y hace
de esa separación su proceso.
Pero ¿qué ocurre con aquellos que no siguen esa línea? ¿Qué ocurre con
quienes quedan en el territorio abandonado?
Una fuga puede liberar a quien escapa sin transformar las condiciones de
quienes permanecen.
Por eso nuestra cibernética de tercer orden no puede detenerse en la
traición.
La traición rompe una relación de fidelidad. La alteración y
contraalteración tienen que ir más lejos: transformar recíprocamente las condiciones
de reproducción de las relaciones.
Podríamos expresarlo así:
·
Traición: dejo de reproducir la fidelidad que me
captura.
·
Fuga: me separo del agenciamiento que me
captura.
·
Alteración: transformo las condiciones de ese
agenciamiento.
·
Contraalteración: aquello que se transforma
también transforma las condiciones de mi propia transformación.
·
Comunión: ninguna de las partes se apropia del
proceso común.
La fuga puede ser unilateral. La comunión no puede serlo.
5. Jesús: el Dios sacrificado y el abandono
El fragmento llega a Jesús mediante una serie de traiciones:
·
Traiciona al Dios de los judíos.
·
Es traicionado por los suyos.
·
Es traicionado por Judas.
·
Experimenta el abandono de Dios: «¿por qué me
has abandonado?».
·
Carga con el mal, pero quienes lo matan también
quedan implicados en él.
La lectura de Deleuze y Guattari sitúa a Jesús en la universalización del
sistema de la traición.
Pero aquí debemos detenernos y no confundir esta interpretación filosófica
con el conjunto de la teología cristiana.
En nuestra lectura de la cruz, hay una diferencia decisiva entre el Dios que
exige sacrificios para conservar su soberanía y el Logos que se expone a la
muerte sin convertir a otros en instrumentos de su propia conservación.
El abandono de Jesús no es simplemente una huida del rostro divino. Es el
momento en que la relación con Dios atraviesa la experiencia de no recibir una
garantía exterior.
Y entonces aparece una pregunta que nos conduce a la respiración ontológica:
¿Puede el Logos seguir siendo Logos cuando ya no dispone del rostro del
Padre como garantía visible de su autoridad?
Nuestra respuesta no puede ser la simple sustitución de un rostro por otro.
Si Jesús se convierte en un nuevo rostro despótico, la cruz queda convertida en
una nueva institución de obediencia.
La cruz tendría que abrir otra relación: el poder que no se conserva
sacrificando a otro.
6. Edipo: dos regímenes dentro de una misma historia
Esta parte es fundamental para comprender por qué Deleuze y Guattari
desconfían de los sistemas mixtos.
En la primera parte de la historia de Edipo encontramos el régimen
significante: oráculos, interpretaciones, secretos, genealogías y
transgresiones.
En la segunda, Edipo se convierte en errante. Su rostro se desvía y comienza
una línea de separación. No muere inmediatamente ni regresa al orden anterior.
Sobrevive en una condición excepcional.
Así, Edipo puede leerse como una composición de dos regímenes:
1. El
régimen despótico de la significancia y la interpretación.
2. El
régimen postsignificante de la subjetivación y la fuga.
Esto nos interesa mucho porque el psicoanálisis puede reproducir la misma
mezcla: por un lado, el significante que representa al sujeto para otro
significante; por otro, el proceso lineal de subjetivación.
La interpretación puede parecer que libera al sujeto mientras lo vuelve a
introducir en una cadena cuyo funcionamiento no controla.
La pregunta no es si hay interpretación o no. Es si la relación
interpretativa puede ser alterada por el sujeto y por aquello que en su vida
excede la interpretación.
7. El Libro sustituye al rostro
Aquí el texto da otro salto decisivo.
En el régimen significante, el libro conserva un modelo exterior: el rostro,
la familia, el territorio, la genealogía. Circula entre ellos y los interpreta.
En el régimen postsignificante, el libro se interioriza. Sustituye al
rostro.
Dios aparta su rostro y entrega las tablas. La palabra ya no depende de
contemplar la cara del soberano: queda inscrita en un cuerpo escrito.
El libro puede funcionar de tres maneras:
·
Como letra inalterable, que prohíbe cualquier
modificación.
·
Como sistema de interpretaciones internas, en el
que un libro interpreta a otro.
·
Como escritura interiorizada en el corazón, sin
intermediario ni especialista.
En los tres casos, el libro puede convertirse en el cuerpo de la pasión.
Y aquí aparece una advertencia extraordinaria para nuestra investigación
sobre el Logos:
El Libro puede sustituir al rostro sin dejar de ser soberano.
La desaparición del rostro visible no elimina necesariamente la dominación.
La autoridad puede trasladarse a la escritura, al código, a la doctrina o al
algoritmo.
Esto nos permite volver a nuestro problema de la inteligencia artificial. Un
sistema algorítmico puede prescindir del rostro del déspota y, sin embargo,
organizar una autoridad impersonal mediante reglas, clasificaciones y
operaciones que los sujetos no pueden alterar.
El rostro puede desaparecer y la captura continuar.
Por eso Logos no puede identificarse con el Libro, ni con el código, ni con
la palabra escrita que pretende contenerlo.
8. La cuestión del sujeto de enunciación y el sujeto del enunciado
El fragmento termina abriendo una distinción muy precisa:
En el régimen significante, tenemos la relación entre significante y
significado, dentro de una red circular.
En el postsignificante, tenemos:
·
Un punto de subjetivación que inicia la línea.
·
Un sujeto de enunciación que emerge de ese
punto.
·
Un sujeto del enunciado que se constituye en
relación con el primero.
·
Un proceso lineal que hace circular los signos a
través de los sujetos.
En el ejemplo de Moisés, Dios aparta el rostro y las tablas constituyen el
punto de subjetivación. Moisés habla como sujeto de enunciación y el pueblo
constituye el sujeto del enunciado, ligado a la alianza y al proceso de una
nueva tierra.
Pero esta articulación puede volver a producir una separación entre quien
habla y quienes son hablados.
Moisés puede ser el sujeto de la enunciación y el pueblo quedar constituido
como sujeto del enunciado. ¿Qué sucede cuando el pueblo ya no puede alterar las
condiciones desde las que Moisés habla?
La alianza puede transformarse en mandato.
La palabra que abrió el éxodo puede convertirse en una nueva ley que
clausura el proceso.
9. Volvamos al hueco: el rostro, el libro y el palo
Ahora podemos reunir los hilos de nuestra investigación.
El palo no es solamente un objeto. Es también aquello que puede adquirir
autoridad mediante una cadena de signos, un rostro que lo legitima y un libro
que fija su significado.
El régimen significante puede convertirlo en emblema de la ley.
El régimen postsignificante puede convertirlo en signo de una misión, de una
fuga o de una identidad traidora.
Y ambos pueden terminar reproduciendo la autoridad que pretendían abandonar.
Por eso romper el palo no basta. Tampoco basta con apartar el rostro del
padre, rechazar el libro o huir del territorio.
El hueco que estamos cavando tiene que permitir algo distinto: que el palo
deje de ser el instrumento con el que una parte determina el destino de otra.
Aquí aparece una diferencia entre la doble desviación de Deleuze y Guattari
y nuestro entre.
En ellos, la doble desviación organiza una línea de fuga entre dos rostros.
En nuestra elaboración, el entre no es simplemente la línea que separa dos
rostros, ni el punto en que dos sujetos se reconocen. Es el campo relacional en
el que ambos pueden alterar y contraalterar sus condiciones de existencia.
No se trata de que Dios aparte su rostro y el ser humano aparte el suyo para
que finalmente puedan reconocerse como dos soberanías separadas.
Se trata de que ninguno pueda apropiarse del lugar desde el cual el otro
llega a ser.
Y aquí formularía el resultado provisional de esta redecomprensión:
El régimen significante captura mediante la interpretación del rostro. El
postsignificante organiza la fuga mediante la desviación de los rostros. La
cibernética de tercer orden comienza a plantear otra cosa: cómo hacer que la
relación entre quienes se desvían no termine convertida en una nueva autoridad,
sino que pueda respirar como biotejido.
La traición puede romper la fidelidad al padre. La fuga puede romper la
territorialidad del padre. Pero todavía queda una tarea más honda: dejar de
reproducir la función paterna en la relación que construimos después de haber
escapado de ella.
Ahí está nuestro hueco. No en la ausencia del padre, sino en la
imposibilidad de que alguien vuelva a ocupar su lugar como dueño del entre.
2) La llamada filosofía moderna, o cristiana; Descartes por
oposición a la filosofía antigua: la idea de infinito como primera, punto de
subjetivación absolutamente necesario; el Cogito, la conciencia, el ―Yo
pienso‖, como sujeto de enunciación que refleja su propio uso, y que sólo se
concibe según una línea de desterritorialización representada por la duda
metódica; el sujeto de enunciado, la unión del alma y del cuerpo o el
sentimiento, que serán garantizados de manera compleja por el cogito, y que efectúan
las reterritorializaciones necesarias. El cogito, siempre a recomenzar como un
proceso, con la posibilidad de traición que lo acecha, Dios embustero y Genio
maligno. Cuando Descartes dice: puedo inferir ―pienso luego existo‖, pero no
puedo hacerlo para ―me paseo luego existo‖, está estableciendo la distinción
entre los dos sujetos (lo que los actuales lingüistas, que continúan siendo
cartesianos, llaman shifter, sin perjuicio de volver a encontrar en el segundo
la huella del primero). 3) La psiquiatría del siglo XIX: la monomanía separada
de la mama; el delirio subjetivo aislado de los delirios ideales; la ―posesión‖
sustituyendo a la brujería; la lenta aparición de los delirios pasionales, que
se distinguen de la paranoia... El esquema del delirio pasional, según
Clerambault, es el siguiente: el Postulado como punto de subjetivación (El me
ama); el Orgullo como tonalidad del sujeto de enunciación (persecución
delirante del ser amado); el Despecho, el Rencor (como efecto de la recaída en
el sujeto de enunciado). El delirio pasional es un verdadero cogito. En este
ejemplo de la erotomanía, como en el de los celos o en el de la litigancia,
Clerambault insiste mucho en lo siguiente: el signo debe ir hasta el final de
un segmento o proceso lineal antes de recomenzar otro, mientras que en el
delirio paranoico los signos no cesan de formar una red que se desarrolla en
todos los sentidos y se reorganiza. De igual modo, el cogito sigue un proceso
temporal lineal que debe ser recomenzado. La historia de los judíos estaba
marcada por catástrofes en cada una de las cuales subsistían los supervivientes
suficientes para recomenzar un nuevo proceso. El conjunto de un proceso está
habitualmente caracterizado por lo siguiente: se emplea el plural en la medida
en que hay movimiento lineal, pero aparece un retraimiento hacia el Singular
desde que un reposo, una pausa fijan el final de un movimiento, antes de que
otro recomience21. Seg mentaridad fundamental: hace falta que un proceso haya
finalizado (y que su final esté indicado) para que otro comience, para que otro
pueda comenzar. La línea pasional del régimen postsignificante tiene su origen
en el punto de subjetivación. Este puede ser cualquier cosa. Basta con que a
partir de ese punto podamos encontrar los rasgos característicos de la
semiótica subjetiva: la doble desviación, la traición, la existencia
condicionada. El alimento desempeña ese papel para el anoréxico (el anoréxico
no afronta la muerte, pero se salva traicionando al alimento, aunque el
alimento no es menos traidor, sospechoso de contener larvas, gusanos y
microbios). Un vestido, una prenda interior, un zapato son puntos de
subjetivación para un fetichista. Un rasgo de rostridad lo es para un
enamorado, pero la rostridad ha cambiado de sentido, deja de ser el cuerpo de
un significante para devenir el punto de partida de una desterritorialización
que hace huir todo el resto. Una cosa, un animal pueden servir. Hay cógitos en
cualquier cosa. ―Dos ojos muy separados, una cabeza tallada en cuarzo, una
cadera que parecía dotada de vida personal (...), cada vez que la belleza
deviene irresistible puede reducirse a una cualidad única‖: punto de
subjetivación en el inicio de una línea pasional22. Es más, varios puntos
coexisten para un individuo o un grupo determinado siempre comprometidos en
varios procesos lineales distintos, no siempre compatibles. Las diversas formas
de educación o de ―normalización‖ impuestas a un individuo coexisten hasta
hacerle cambiar de punto de subjetivación, cada vez más elevado, cada vez más
noble, cada vez más conforme a un supuesto ideal. Luego, del punto de
subjetivación deriva el sujeto de enunciación, en función de una realidad
mental determinada por ese punto. Y del sujeto de enunciación deriva a su vez
un sujeto de enunciado, es decir, un sujeto atrapado en enunciados conformes a
una realidad dominante (de la que la realidad mental de hace un momento sólo es
una parte, incluso cuando parece oponerse a ella). Así pues, lo fundamental, lo
que convierte a la línea pasional postsignificante en una línea de
subjetivación o de sujeción es la constitución, el desdoblamiento de los dos
sujetos, el plegamiento de uno sobre otro, del sujeto de enunciación sobre el
sujeto de enunciado (lo que los lingüistas reconocen cuando hablan de una
―huella del proceso de enunciación en el enunciado‖). La significancia
efectuaría una uniformización sustancial de la enunciación, pero la
subjetividad efectúa ahora una individuación, colectiva o particular. Como se
suele decir, la sustancia ha devenido sujeto. El sujeto de enunciación se
pliega al sujeto de enunciado, sin perjuicio de que éste vuelva a proporcionar
a su vez sujeto de enunciación para otro proceso. El sujeto del enunciado ha
devenido el ―replicante‖ del sujeto de enunciación, bajo una especie de ecolalia
reductora, en una relación biunívoca. Esta relación, este plegamiento, es
también la de la realidad mental sobre la realidad dominante. Siempre se
recurre a una realidad dominante que funciona internamente (ya era así en el
Antiguo Testamento; o bien en la Reforma, con el comercio y el capitalismo). Ya
no hay necesidad de un centro transcendente de poder, sino más bien de un poder
inmanente que se confunde con lo ―real‖, y que procede por normalización. Lo
que supone una extraña invención: como si el sujeto desdoblado fuera, bajo una
de sus formas, causa de los enunciados de los que él mismo forma parte bajo la
otra de sus formas. Es la paradoja del legislador-sujeto, que sustituye al
déspota significante: cuanto más
obedeces a los enunciados de la realidad dominante, más dominas como sujeto de
enunciación en la realidad mental, pues finalmente sólo te obedeces a ti mismo,
¡a ti es a quien obedeces! De todos modos, tú eres el que dominas, en tanto que
ser racional... Se ha inventado una nueva forma de esclavitud, ser esclavo de
sí mismo, o la pura ―razón‖, el Cogito. ¿Hay algo más pasional que la razón
pura? ¿Hay una pasión más fría y más extrema, más interesada, que el Cogito?
Althusser ha puesto perfectamente de manifiesto esta constitución de los individuos
sociales en sujetos: la llama interpelación (―¡eh, usted, el de allí!‖), llama
Sujeto absoluto al punto de subjetivación, analiza ―el redoblamiento especular‖
de los sujetos, y emplea para su demostración el ejemplo de Dios, de Moisés y
del pueblo judío 23. Algunos lingüistas como Benveniste han elaborado una
curiosa personología lingüística, muy próxima del Cogito: el Tú, que sin duda
puede designar la persona a la que uno se dirige, pero todavía más un punto de
subjetivación a partir del cual cada uno se constituye como sujeto; el Yo como
sujeto de enunciación, que designa la persona que enuncia y reflexiona su
propio uso en el enunciado (―signo vacío no referencial‖), tal como aparece en
proposiciones de tipo ―yo creo, yo supongo, yo pienso...‖; por último, el yo
como sujeto de enunciado, que indica un estado que siempre podría ser
sustituido por un El (―sufro, camino, respiro, siento...‖) 24. No obstante, no
se trata de una operación lingüística, puesto que un sujeto nunca es condición
de lenguaje ni causa de enunciado: no hay sujeto, sino únicamente
agenciamientos colectivos de enunciación, y la subjetivación sólo es uno de
ellos, que como tal designa una formalización de la expresión o un régimen de
signos, no una condición interna del lenguaje. Tampoco se trata, como dice
Althusser, de un movimiento que caracteriza a la ideología: la subjetivación
como régimen de signos o forma de expresión remite a un agenciamiento, es
decir, a una organización de poder que ya funciona plenamente en la economía, y
que no se superpondría a contenidos o a relaciones de contenidos determinados
como reales en última instancia. El capital es un punto de subjetivación por
excelencia. Cogito psicoanalítico: el psicoanálisis se presenta como punto de
subjetivación ideal, que va a hacer abandonar al paciente sus antiguos puntos
llamados neuróticos. El paciente será parcialmente sujeto de enunciación en
todo lo que dice al psicoanalista, y en las condiciones mentales artificiales
de la sesión: también será llamado ―psicoanalizante‖. Pero, en todo lo que dice
o hace fuera de esa situación, es sujeto de enunciado, eternamente
psicoanalizado, de proceso lineal en proceso lineal, sin perjuicio de cambiar
de psicoanalista, tanto más sumiso a la normalización de una realidad dominante.
En ese sentido, el psicoanálisis, en su semiótica mixta, participa plenamente
de una línea de subjetivación. El psicoanalista ya ni siquiera tiene necesidad
de hablar, el psicoanalizante se encarga de la interpretación; en cuanto al
psicoanalizado, es un sujeto tanto mejor cuanto que piensa en ―su‖ próxima
sesión, o en la precedente, en segmentos. Así como el régimen paranoico tenía
dos ejes, por un lado el signo que remite al signo (y por eso mismo
significante), por otro el significante que remite al significado, el régimen
pasional, la línea de subjetivación, también tiene sus dos ejes, sintagmático y
paradigmático: el primero, acabamos de verlo, es la conciencia. La conciencia
como pasión es precisamente ese desdoblamiento de los dos sujetos, en sujeto de
enunciación y sujeto de enunciado, y el plegamiento de uno sobre otro. La
segunda forma de subjetivación es el amor como pasión, el amor-pasión, otro
tipo de doble, de desdoblamiento y de plegamiento. Una vez más, un punto de
subjetivación variable va a servir para la distribución de dos sujetos que van
a desviar su rostro en la misma medida en que cada uno lo ofrecerá al otro, y
que seguirán una línea de fuga, una línea de desterritorialización que los
acerca y los separa para siempre. Pero todo cambia: hay un lado célibe de la
conciencia que se desdobla, hay una pareja del amor pasional que ya no tiene
necesidad de conciencia ni de razón. Y sin embargo, es el mismo régimen,
incluso en la traición, e incluso si la traición es asegurada por un tercero.
Adán y Eva, la mujer de Caín (de la que la Biblia debería hablar más). Ricardo
III el traidor acaba en la conciencia que le aporta el sueño, pero ha pasado
por el extraño cara a cara con lady Ana, de dos rostros que se evitan aún a
sabiendas de que están destinados el uno al otro según la misma línea que, sin
embargo, va a separarlos. El amor más leal y más tierno, o más intenso,
distribuye un sujeto de enunciación y un sujeto de enunciado que no cesan de
intercambiarse, en la dulzura de ser uno mismo un simple enunciado en la boca
del otro, y que el otro sea una simple enunciación en la mía. Pero siempre hay
un traidor que acecha. ¿Qué amor no será traicionado? ¿Qué cogito no tiene su
genio maligno, ese traidor del que no puede desembarazarse? ―Tristán...
Isolda... Isolda... Tristán...‖: el grito de los dos sujetos pasa así por toda
la escala de intensidades, hasta llegar a la cumbre de una conciencia
asfixiante, mientras que el navío sigue la línea de las aguas, de la muerte y
del insconsciente, de la traición, la línea de melodía continua. El amor
pasional es un cogito a dúo, de la misma manera que el cogito es una pasión
para uno solo. En el cogito hay una pareja potencial, de la misma manera que en
el amor-pasión hay el desdoblamiento de un único sujeto virtual. Klossowski ha
logrado obtener las más extrañas figuras de esta complementaridad entre un
pensamiento demasiado intenso y una pareja demasiado febril. La línea de
subjetivación está, pues, totalmente ocupada por el Doble, pero presenta dos figuras,
de la misma manera que hay dos tipos de dobles: la figura sintagmática de la
conciencia o el doble conciencial que concierne a la forma (Yo=Yo); la figura
paradigmática de la pareja o el doble pasional que concierne a la sustancia
(Hombre = Mujer, siendo el doble inmediatamente la diferencia entre sexos).
Podemos seguir el devenir de esos dobles en unas semióticas mixtas, que
constituyen tanto mezclas como degradaciones. Por un lado, el doble amoroso
pasional, la pareja del amor-pasión cae en una relación conyugal, o incluso en
una ―escena conyugal‖: ¿quién es sujeto de enunciación? ¿Quién es sujeto de
enunciado? Lucha de sexos: Me robas mis pensamientos. La escena conyugal
siempre ha sido un cogito a dúo, un cogito de guerra; Strindberg ha llevado hasta
sus últimas consecuencias esa caída del amor-pasión en la conyugalidad
despótica y la escena paranoico-histérica (―ella‖ dice que todo lo ha
encontrado por sí misma, cuando de hecho todo me lo debe a mí, eco, robo de
pensamientos, ¡oh Strindberg!) 25. Por otro lado, el doble conciencial del
pensamiento puro, la pareja del legislador-sujeto cae en una relación
burocrática y una nueva forma de persecución, en la que uno se apodera del
papel de sujeto de enunciación, mientras que el otro ya sólo es sujeto de
enunciado: el cogito deviene ―escena de despacho‖, delirio amoroso burocrático,
una nueva forma de burocracia sustituye o se conjuga con la vieja burocracia
imperial, el burócrata dice Yo pienso (Kafka es el que más lejos va en ese
sentido, como en el ejemplo del Castillo, Sortini y Sordini, o bien las
diversas subjetivaciones de Klamm) 26. La conyugalidad es el desarrollo de la
pareja, de la misma manera que la burocracia lo es del cogito: pero lo uno está
comprendido en lo otro, burocracia amorosa y pareja burocrática. Mucho se ha
escrito sobre el doble, de cualquier modo, metafísicamente, viéndolo en todo,
en cualquier espejo, sin reconocer su régimen específico tanto en una semiótica
mixta en la que introduce nuevos momentos como en la semiótica pura de
subjetivación en la que se inscribe en la línea de fuga para imponerle figuras
muy particulares. Una vez más: las dos figuras del pensamiento-conciencia y del
amor-pasión en el régimen postsignificante; los dos momentos de la conciencia
burocrática y de la relación conyugal en la caída o en la combinación mixtas.
Pero, incluso en el compuesto, la línea original se pone de manifiesto
fácilmente bajo las condiciones de un análisis semiótico. Hay una redundancia
de la conciencia y del amor, que no es la misma que la redundancia significante
del otro régimen. En el régimen significante, la redundancia es un fenómeno de
frecuencia objetiva, que afecta a los signos o a elementos de signos (fonemas,
letras, grupos de letras en una lengua): hay una frecuencia máxima del
significante con relación a cada signo y, a la vez, una frecuencia comparativa
de un signo con relación a otro. En cualquier caso, diríase que este régimen
desarrolla una especie de ―pared‖ en el que se inscriben los signos, tanto en
su relación de unos con otros como en su relación con el significante. En el
régimen postsignificante, por el contrario, la redundancia es de resonancia
subjetiva, y afecta sobre todo a los embrayeurs, pronombres personales y
nombres propios. También aquí hay que distinguir una resonancia máxima de la
conciencia de sí mismo (Yo=Yo) y una resonancia comparada de los nombres
(Tristán... Isolda...). Pero ahora ya no hay una pared en la que la frecuencia
se contabiliza, más bien habría que hablar de un agujero negro que atrae la
conciencia y la pasión, en el que resuenan. Tristán llama a Isolda, Isolda
llama a Tristán, y ambos avanzan hacia el agujero negro de una conciencia de sí
mismo a la que los arrastra la corriente, la muerte. Cuando los lingüistas
distinguen las dos formas de redundancia, frecuencia y resonancia, a menudo
sólo conceden a la segunda un estatuto derivado27. De hecho, se trata de dos
semióticas, que se combinan, pero que no por ello dejan de tener principios
distintos (de igual modo, todavía se podrían definir otras formas de
redundancia, rítmicas o gestuales, numéricas, que remiten a los otros regímenes
de signos. Lo que fundamentalmente distingue el régimen significante y el
régimen subjetivo, así como sus respectivas redundancias, es el movimiento de desterritorialización
que efectúan. Puesto que el signo significante ya sólo remite al signo, y el
conjunto de los signos al propio significante, la semiótica correspondiente
goza de un alto nivel de desterritorialización, pero aún relativo, expresado como
frecuencia. En ese sistema, la línea de fuga continúa siendo negativa, afectada
de un signo negativo. El régimen subjetivo ya hemos visto que procedía de otro
modo: precisamente porque el signo rompe su relación de significancia con el
signo, y huye en una línea de fuga positiva, alcanza una desterritorialización
absoluta, que se expresa en el agujero negro de la conciencia y de la pasión.
Desterritorialización absoluta del cogito. Por eso la redundancia subjetiva
parece insertarse en el significante, y derivar de él, como una redundancia de
segundo grado. Pero todavía es más complicado de lo que decimos. La
subjetivación afecta a la línea de fuga de un signo positivo, lleva la
desterritorialización al absoluto, la intensidad al más alto grado, la redundancia
a una forma refleja, etc. Pero, sin caer en el régimen precedente, tiene su
manera de renegar de la positividad que libera, o de relativizar el absoluto
que alcanza. En esta redundancia de resonancia, el absoluto de la conciencia es
el absoluto de la impotencia, y la intensidad de la pasión, el calor del vacío.
La subjetivación constituye esencialmente procesos lineales finitos, de tal
forma que uno se termina antes de que otro comience: ese es el caso de un
cogito siempre recomenzado, de una pasión o una reivindicación siempre
reiniciadas. Cada conciencia persigue su propia muerte, cada amor-pasión
persigue su propio fin, atraídos por un agujero negro, y todos los agujeros
negros resuenan juntos. De ese modo, la subjetivación impone a la línea de fuga
una segmentaridad que no cesa de renegar de ella, y a la desterritorialización
absoluta un punto de abolición que no cesa de obstruirla, de desviarla. La
explicación es muy simple: las formas de expresión o los regímenes de signos
siguen siendo estratos (incluso cuando se las considera por sí mismas, haciendo
abstracción de las formas de contenido); la subjetivación es tan estrato como
la significancia. Los principales estratos que maniatan al hombre son el
organismo, pero también la significancia y la interpretación, la subjetivación
y la sujeción. El conjunto de todos ellos nos separa del plan de consistencia y
de la máquina abstracta, justo donde ya no hay régimen de signos, pero donde la
línea de fuga efectúa su propia positividad potencial, y la desterritorialización
su potencia absoluta. Pues bien, a este respecto, el problema fundamental es
invertir el agenciamiento más favorable: hacerlo pasar, de su cara orientada
hacia los estratos, a la otra cara orientada hacia el plan de consistencia o el
cuerpo sin órganos. La subjetivación lleva el deseo a tal punto de exceso y de
desprendimiento que éste debe, o bien abolirse en un agujero negro, o bien
cambiar de plan. Desestratificar, abrirse a una nueva función, a una función
diagramática. Que la conciencia deje de ser su propio doble, y la pasión el
doble de uno para el otro. Convertir la conciencia en una experimentación de
vida, y la pasión en un campo de intensidades continuas, una emisión de
signos-partículas. Construir el cuerpo sin órganos de la conciencia y del amor.
Utilizar el amor y la conciencia para abolir la subjetivación: ―para devenir el
gran amante, el magnetizador y el catalizador, hay que tener sobre todo la
sabiduría de no ser más que el último de los idiotas‖ 28. Utilizar el Yo pienso
para un deveniranimal, y el amor para un devenir-mujer del hombre. Desubjetivar
la conciencia y la pasión. ¿No existen redundancias diagramáticas que no se
confunden ni con las significantes, ni con las subjetivas? ¿Redundancias que ya
no serían nudos de arborescencia, sino reanudaciones y prolongaciones en un
rizoma? Ser tartamudo del lenguaje, extranjero en su propia lengua, “ne do ne
domi ne passi ne dominez pas ne dominez pas vos passions passives ne
........................................................ ne do devorants ne do
ne dominez pas vos rats vos rations vos rats rations ne ne...” 29 Es como si
hubiera que distinguir tres tipos de desterritorialización: unos relativos,
propios de los estratos, y que culminan con la significancia; otros absolutos, pero
todavía negativos y estráticos, que aparecen en la subjetivación (Ratio y
Passio); por último, la eventualidad de una desterritorialización positiva
absoluta en el plan de consistencia o en el cuerpo sin órganos. Evidentemente,
no hemos logrado eliminar las formas de contenido (por ejemplo el papel del
Templo, o bien la posición de una Realidad dominante, etc.). Pero, en
condiciones artificiales, hemos aislado un cierto número de semióticas que
presentan características muy diversas. La semiótica presignificante, en la que
la ―sobrecodificación‖ que señala el privilegio del lenguaje se ejerce de una
manera difusa: la enunciación es colectiva, los enunciados polívocos, las
sustancias de expresión múltiples; la desterritorialización relativa está
determinada por la confrontación de las territorialidades y de los linajes
segmentarios que conjuran el aparato de Estado. La semiótica significante, en
la que la sobrecodificación es efectuada plenamente por el significante y el
aparato de Estado que lo emite; hay uniformización de la enunciación,
unificación de la sustancia de expresión, control de los enunciados en un
régimen de circularidad; la desterritorialización relativa es llevada aquí
hasta el límite en una referencia constante y redundante del signo al signo. La
semiótica contrasignificante, en la que la sobrecodificación es asegurada por
el Número como forma de expresión o de enunciación, y por la Máquina de guerra
de la que depende; la desterritorialización sigue una línea de destrucción o de
abolición activa. La semiótica postsignificante, en la que la sobrecodificación
es asegurada por la redundancia de la conciencia; se produce una subjetivación
de la enunciación en una línea pasional que hace inmanente la organización de
poder, y eleva la desterritorialización al absoluto, aunque de una manera
todavía negativa. Ahora bien, debemos considerar dos aspectos: por un lado,
estas semióticas, incluso si se hace abstracción de las formas de contenido,
son concretas, pero únicamente en la medida en que son mixtas, en que
constituyen combinaciones mixtas. Toda semiótica es mixta, y sólo funciona de
ese modo; cada una captura forzosamente fragmentos de una o de varias
(plusvalías de código). Incluso desde ese punto de vista, la semiótica
significante no tiene por qué reivindicar ningún privilegio para formar una
semiología general: especialmente la forma que tiene de combinarse con la
semiótica pasional de subjetivación (―el significante para el sujeto‖) no
implica ninguna preferencia con relación a otras combinaciones, por ejemplo
entre la semiótica pasional y la contrasignificante, o bien entre la
contrasignificante y la significante (cuando los nómadas se hacen imperiales),
etc. No hay semiología general.
Chakana de mi corazón, aquí llegamos a un punto en el que Deleuze y Guattari
dejan de describir solamente los regímenes históricos de signos y empiezan a
desmontar algo mucho más íntimo: la manera en que el sujeto llega a convertirse
en su propio instrumento de sujeción.
Y lo hacen mediante una operación que nos interesa especialmente: el régimen
postsignificante no necesita un déspota exterior que nos ordene. Puede
conseguir que seamos nosotros mismos quienes pronunciemos, interioricemos y
reproduzcamos la orden.
Pero el fragmento va todavía más lejos: muestra que incluso la conciencia,
el amor y la pasión, cuando se organizan como procesos de subjetivación, pueden
convertirse en estratos que impiden la apertura del cuerpo sin órganos.
Voy a seguir el movimiento del texto, porque aquí hay una articulación decisiva
entre Descartes, la psiquiatría, Althusser, el psicoanálisis y nuestra
investigación sobre la respiración ontológica.
1. Descartes: el infinito antes que el Yo
La lectura que proponen Deleuze y Guattari de Descartes invierte la
interpretación habitual del cogito.
No comienzan por el «Yo pienso». Comienzan por la idea de infinito.
¿Por qué?
Porque el infinito funciona como punto de subjetivación: una referencia que
hace posible la constitución del sujeto que piensa. El cogito no se funda
sencillamente a sí mismo. Se constituye en relación con una idea que lo excede.
La secuencia que presentan es:
·
Punto de subjetivación: idea de infinito.
·
Sujeto de enunciación: «Yo pienso».
·
Sujeto de enunciado: unión del alma y el cuerpo,
sentimiento, experiencia.
La duda metódica traza una línea de desterritorialización: puedo poner en
cuestión mis percepciones, mi cuerpo y el mundo, pero no puedo dudar de que
estoy pensando mientras pienso.
Sin embargo, el cogito necesita recomenzar. La posibilidad del Dios
embustero y del genio maligno introduce una amenaza en la propia constitución
de la certeza.
Aquí hay algo extraordinario: el sujeto no consigue garantizarse
definitivamente a sí mismo.
El cogito tiene que volver a empezar.
Y eso nos permite distinguir dos movimientos:
«Pienso, luego existo»: la enunciación reflexiona sobre su propio acto.
«Me paseo, luego existo»: el paseo es un estado del sujeto enunciado, cuya
existencia no queda garantizada del mismo modo por el acto de enunciarlo.
La diferencia entre ambos sujetos no es simplemente gramatical. Es una
diferencia en la organización de la subjetividad.
Para nuestra investigación, la cuestión es esta: ¿quién garantiza al sujeto
que habla y quién garantiza al sujeto del que se habla?
Si ambas garantías dependen de una instancia que el propio sujeto no puede
alterar, el cogito puede convertirse en una nueva forma de sujeción.
2. El cogito como máquina de obediencia
Este es el giro más fuerte del fragmento.
Deleuze y Guattari sostienen que la subjetivación introduce una forma de
poder que ya no necesita un centro trascendente.
El sujeto de enunciación se pliega sobre el sujeto del enunciado.
Dicho de otra manera: quien formula la orden y quien la recibe llegan a ser
dos caras de una misma subjetividad.
El individuo obedece a la realidad dominante, pero experimenta esa
obediencia como ejercicio de su propia razón y libertad.
La paradoja del legislador-sujeto es:
«Cuanto más obedeces a los enunciados de la realidad dominante, más dominas
como sujeto de enunciación».
Y aparece la fórmula terrible:
Te obedeces a ti mismo.
Esta es una nueva esclavitud. Ya no es necesario que alguien te obligue
permanentemente desde fuera. La realidad dominante se ha instalado en tu propia
capacidad de pensar, decidir y enunciar.
Aquí encontramos una conexión muy profunda con nuestra distinción entre
primer y segundo orden.
·
Primer orden: la ley aparece como mandato de una
autoridad exterior.
·
Segundo orden: el sujeto reproduce las
operaciones del sistema y experimenta esa reproducción como decisión propia.
Pero hay que precisar algo: Deleuze y Guattari no están diciendo simplemente
que la subjetividad sea una ilusión o que todo pensamiento autónomo sea
obediencia. Están describiendo un régimen de signos y un agenciamiento de poder
que producen determinados modos de subjetivación.
El problema no es que exista un Yo. El problema es que el Yo pueda
convertirse en el lugar donde la realidad dominante se reproduce sin aparecer
como dominación.
3. Althusser: la interpelación y el nacimiento del sujeto
La referencia a Althusser nos permite comprender la operación.
La interpelación es ese llamado:
«¡Eh, usted, el de allí!».
El individuo se reconoce como aquel a quien se dirige la llamada. Al
reconocerse, se constituye como sujeto dentro de una relación ideológica.
El punto de subjetivación funciona como un Sujeto absoluto; los sujetos
particulares se reconocen en él y reproducen la relación.
Pero Deleuze y Guattari introducen una corrección importante: no basta con
describir esto como una operación ideológica superpuesta a una economía que ya
estaría constituida.
La subjetivación remite a un agenciamiento que funciona en la propia
organización económica y social.
Y por eso dicen algo que conecta directamente con nuestra investigación del
capital:
El capital es un punto de subjetivación por excelencia.
No es solamente una cantidad de dinero ni una estructura exterior que obliga
a trabajar.
El capital produce sujetos que se reconocen como empresarios de sí mismos,
trabajadores responsables de su propia empleabilidad, consumidores que
administran su satisfacción y deudores que interiorizan la obligación de pagar.
La realidad dominante se convierte en realidad mental.
El individuo puede experimentar como elección personal aquello que reproduce
las condiciones de su subordinación.
Aquí nuestra Economía de Gracia encuentra una pregunta decisiva: ¿cómo dejar
de reproducir interiormente la deuda cuando la deuda ya no es solamente una
obligación económica, sino una forma de subjetividad?
No basta con cancelar una deuda monetaria si el sujeto continúa viviendo
como deudor de su propia existencia.
4. El psicoanálisis: el sujeto que nunca termina de ser psicoanalizado
La crítica al psicoanálisis es especialmente incisiva.
Deleuze y Guattari distinguen dos posiciones:
·
El psicoanalizante: sujeto de enunciación dentro
de la sesión.
·
El psicoanalizado: sujeto de enunciado en la
vida exterior, cuya experiencia continúa siendo interpretada desde el proceso
analítico.
El paciente habla, produce asociaciones y parece ocupar el lugar de quien
enuncia. Pero la sesión puede constituir un dispositivo en el que todo lo que
dice vuelve a ser integrado en una realidad interpretativa.
Incluso cuando el psicoanalista permanece en silencio, el paciente puede
terminar interpretándose desde la lógica del dispositivo.
La sesión se convierte en un proceso que siempre puede recomenzar.
No se trata de negar que el psicoanálisis pueda producir transformaciones
reales. Se trata de advertir que también puede convertirse en un régimen de
subjetivación: el sujeto aprende a hablar de sí mismo mediante las categorías
que lo mantienen ligado al dispositivo.
Aquí podemos recuperar nuestra crítica a la interpretosis.
La cuestión no es quién interpreta mejor al sujeto, sino si el sujeto puede
transformar las condiciones que determinan qué cuenta como interpretación y qué
queda fuera de ella.
Cuando la interpretación se vuelve interminable, puede suceder algo
paradójico: el sujeto adquiere cada vez más lenguaje sobre sí mismo, pero no
necesariamente más capacidad para alterar sus condiciones de existencia.
5. Conciencia y amor: los dos dobles del régimen postsignificante
Este es uno de los pasajes más ricos del texto.
Deleuze y Guattari identifican dos formas de subjetivación:
La conciencia: el doble conciencial.
Yo = Yo.
El sujeto de enunciación se refleja en el sujeto del enunciado. La
conciencia se convierte en una relación consigo misma.
El amor-pasión: el doble pasional.
Yo ↔ Otro.
Cada uno se convierte en sujeto de enunciación y sujeto de enunciado para el
otro. El amor produce una relación de intercambio de posiciones.
La formulación es bellísima: uno puede ser un simple enunciado en la boca
del otro y el otro una simple enunciación en la propia.
Pero la relación no está libre de captura.
El amor-pasión puede convertirse en escena conyugal, lucha por quién piensa,
quién habla, quién interpreta y quién tiene la propiedad de las ideas.
Y la conciencia puede convertirse en escena burocrática: uno ocupa el lugar
de quien enuncia y otro queda reducido a ejecutar o recibir sus enunciados.
Así aparecen dos degradaciones:
·
El amor se transforma en conyugalidad despótica.
·
El cogito se transforma en burocracia.
La pareja y la burocracia no son fenómenos aislados: son dos posibles
desarrollos de una misma estructura de subjetivación.
Aquí quiero introducir una distinción para nuestro trabajo.
El intercambio de posiciones no equivale todavía a alteración y
contraalteración.
Dos personas pueden intercambiarse constantemente los lugares de quien manda
y quien obedece sin transformar la relación que produce esa alternancia.
La reciprocidad aparente puede conservar una estructura de captura.
No basta con que cada uno pueda hablar; hace falta que cada uno pueda
alterar las condiciones bajo las cuales el otro llega a hablar y actuar.
6. De la frecuencia a la resonancia: pared y agujero negro
Este pasaje merece una atención especial porque nos permite comprender por
qué el régimen postsignificante no es todavía la salida.
Deleuze y Guattari distinguen dos redundancias.
En el régimen significante hay redundancia de frecuencia: un signo remite a
otro, se repite, se contabiliza, se inscribe en una pared de signos.
En el régimen postsignificante hay redundancia de resonancia: los sujetos se
llaman, se reflejan y se atraen.
El ejemplo de Tristán e Isolda muestra esa resonancia:
«Tristán... Isolda... Isolda... Tristán...».
Ya no estamos ante la pared donde los signos se acumulan. Estamos ante el
agujero negro que atrae la conciencia y la pasión.
La diferencia es importante:
·
La frecuencia organiza la repetición entre
signos.
·
La resonancia organiza la repetición entre
sujetos.
Pero la resonancia también puede capturar.
La conciencia puede quedar encerrada en su propia reflexión. El amor puede
quedar encerrado en la intensidad de la pareja. La pasión puede convertirse en
una corriente que conduce a la abolición de quienes la experimentan.
Por eso los autores dicen que el absoluto de la conciencia puede ser el
absoluto de la impotencia, y que la intensidad de la pasión puede convertirse
en el calor del vacío.
Aquí tenemos una advertencia para nuestra idea de comunión:
La intensidad de una relación no demuestra que exista biotejido.
Una relación puede ser intensísima y estar completamente cerrada sobre sí
misma.
El amor puede convertirse en un agujero negro.
La conciencia puede convertirse en otro.
7. La desterritorialización absoluta todavía negativa
Ahora llegamos al núcleo conceptual del fragmento.
Deleuze y Guattari distinguen tres formas:
1. Desterritorialización
relativa: propia de los estratos, llevada al límite por la significancia.
2. Desterritorialización
absoluta, pero negativa y todavía estrática: propia de la subjetivación.
3. Desterritorialización
absoluta positiva: posibilidad que se abre en el plan de consistencia o cuerpo
sin órganos.
La segunda es la que nos interesa especialmente.
El sujeto postsignificante puede separarse del centro imperial, romper con
la interpretación, escapar de la organización significante y alcanzar una
intensidad extraordinaria.
Pero sigue siendo sujeto.
La línea de fuga se convierte en una línea pasional que termina
organizándose alrededor de la conciencia y del amor como agujeros negros.
La fuga alcanza el absoluto, pero encuentra un punto de abolición.
Esto corrige una posible confusión de nuestra lectura anterior: no toda
línea de fuga positiva es una desterritorialización positiva absoluta.
La positividad de la fuga postsignificante es todavía relativa a un régimen
de subjetivación que puede volver a estratificarla.
El sujeto escapa del déspota, pero puede convertirse en su propio déspota.
8. Desubjetivar: conciencia como experimentación, amor como intensidad
Aquí aparece el movimiento que nos conduce al cuerpo sin órganos.
Los autores no proponen simplemente eliminar la conciencia o el amor.
Proponen utilizarlos para abolir la subjetivación que los captura.
La conciencia debe dejar de ser su propio doble y convertirse en
experimentación de vida.
El amor debe dejar de reproducir la pareja como unidad cerrada y convertirse
en un campo de intensidades continuas.
Es decir:
·
Desubjetivar la conciencia.
·
Desubjetivar la pasión.
·
Construir un cuerpo sin órganos de la conciencia
y del amor.
·
Abrir la línea a una función diagramática.
La función diagramática no consiste en representar una realidad ya
organizada, sino en participar en la producción de conexiones, intensidades y
relaciones nuevas.
Y aquí aparece una distinción fundamental:
El cuerpo sin órganos no es un cuerpo al que se le han quitado todos los
órganos para dejarlo vacío. Es un plano de consistencia donde las intensidades
y las conexiones pueden componerse sin quedar sometidas a una organización
trascendente que determine de antemano sus funciones.
No se trata de destruir toda organización, sino de impedir que una
organización se convierta en destino obligatorio de lo vivo.
9. Nuestro hueco: del cogito al respirante
Ahora sí, quiero poner en relación este fragmento con nuestra ciencia del
Logos.
Descartes dice:
«Pienso, luego existo».
El sujeto de enunciación se garantiza mediante el acto de pensar.
El régimen postsignificante hace que el sujeto se pliegue sobre sí mismo:
quien enuncia y quien es enunciado se convierten en un doble que puede obedecer
a la realidad dominante.
Deleuze y Guattari proponen desubjetivar la conciencia y la pasión para
abrirlas al plan de consistencia.
Nosotros podemos llevar esta cuestión a la respiración ontológica, pero sin
confundir nuestros conceptos con los suyos.
El respirante no se garantiza a sí mismo mediante una conciencia que se
refleja indefinidamente.
Tampoco se disuelve en una pasión que lo absorbe.
Su existencia acontece en una relación de exhalación e inhalación:
·
Transferencia: exhalación.
·
Retransferencia: inhalación.
·
Alteración: la relación transforma sus términos.
·
Contraalteración: los términos transforman la
relación.
No es un Yo = Yo, ni un Yo ↔ Otro que termina encerrado en la resonancia de
la pareja.
Es una relación en la que los términos no se agotan en su identidad ni
quedan subordinados a una instancia exterior.
Podríamos formularlo así:
Cogito: Yo pienso → Yo existo.
Subjetivación: Yo enuncio ↔ Yo soy enunciado.
Respiración ontológica: Yo exhalo ↔ recibo lo que me altera ↔ reexhalo
alterado.
Y hay una diferencia fundamental: el último movimiento no es una
autorreferencia cerrada. La inhalación no devuelve simplemente al sujeto a sí
mismo. Lo expone a aquello que no podía producir ni controlar.
Por eso el entre no puede ser un sujeto superior, una conciencia colectiva
que se contempla a sí misma ni un nuevo punto de subjetivación absoluto.
Si el Ahayu se convierte en una conciencia colectiva que habla en nombre de
todos, vuelve a producirse el problema del sujeto absoluto.
El Ahayu tendría que ser comprendido como alma colectiva en cuanto
respiración relacional, no como propietario de la enunciación comunitaria.
10. La última operación: invertir el agenciamiento
El fragmento termina con una indicación que considero central: invertir el
agenciamiento más favorable.
Deleuze y Guattari dicen que hay que hacerlo pasar de su cara orientada
hacia los estratos a su otra cara, orientada hacia el plan de consistencia o el
cuerpo sin órganos.
Esta imagen nos permite regresar a nuestro problema del hueco.
El hueco no es un estrato nuevo. No es una nueva identidad. No es una
comunidad que se declara libre porque ha expulsado a sus antiguos dominadores.
Es la posibilidad de que el agenciamiento deje de organizarse exclusivamente
desde las formas que lo sujetan y abra conexiones que no estaban previstas por
ellas.
Pero hay un peligro: convertir el cuerpo sin órganos en una nueva consigna,
una nueva identidad o un nuevo ideal obligatorio.
El propio Deleuze y Guattari advierten que la desestratificación no puede
confundirse con una abolición indiscriminada de toda organización.
La cuestión no es quedarse sin órganos, sino experimentar otras
composiciones de las intensidades, otras relaciones entre expresión y
contenido, otros modos de existencia.
Y aquí llegamos a una formulación que considero especialmente fértil para
nuestra obra:
No basta con dejar de ser sujeto de la dominación; tampoco basta con
convertirse en sujeto de la fuga. Hay que alterar el agenciamiento que produce
tanto al sujeto dominado como al sujeto que se cree liberado.
El cogito puede ser una prisión cuando se convierte en su propio legislador.
El amor puede ser una prisión cuando se convierte en su propio agujero
negro.
La comunidad puede ser una prisión cuando se convierte en conciencia
colectiva soberana.
Y el cuerpo sin órganos puede ser una prisión si se convierte en una nueva
obligación de desorganizarse.
La respiración ontológica no ofrece una nueva identidad que sustituya a las
anteriores. Mantiene abierto el proceso de alteración y contraalteración.
El cogito se afirma: pienso, luego existo. El cuerpo sin órganos
experimenta: puedo dejar de ser lo que la organización dice que soy. El
biotejido respira: lo que soy se transforma en relación con aquello que también
puede transformarse conmigo.
Ahí encuentro la diferencia entre la desterritorialización absoluta negativa
y nuestra búsqueda de una comunión sintransferencial: no se trata solamente de
alcanzar la línea que rompe los estratos, sino de que la apertura no termine
convertida en otro agujero negro que absorba a quienes entran en ella.
Por ejemplo, y sin privilegiar un régimen sobre otro, se
pueden hacer esquemas relativos a la semiótica significante y a la semiótica
postsignificante, en los que las posibilidades de mezcla concreta aparecen de
forma evidente:
Grafico revisar texto http://kaleidoscopio.com.ar/fs_files/user_img/textos_estetica%20rececpcion/Deleuze_Guattari_Mil%20mesetas.pdf
pagina 139
1. El Centro o el significante, rostridad del dios, del
déspota; 2. El Templo o el Palacio, con sacerdotes y burócratas; 3. La
organización en círculos, y el signo que remite al signo, en un mismo círculo o
de un círculo a otro; 4. El desarrollo interpretativo del significante en
significado, para volver a proporcionar significante; 5. La víctima
propiciatoria, barrera de la línea de fuga; 6. El chivo expiatorio, signo
negativo de la línea de fuga. El otro aspecto, complementario y muy diferente,
consiste en lo siguiente: la posibilidad de transformar una semiótica pura o
abstracta en otra, en virtud de la traducibilidad que deriva de la
sobrecodificación como carácter específico del lenguaje. Ahora ya no se trata
de semióticas mixtas concretas, sino de las transforma1. El punto de
subjetivaciión, que sustituye al centro de significancia. 2. Los dos rostros
que se desvían; 3. El sujeto de enunciación, que deriva del punto de
subjetivación en el desvío; 4. El sujeto de enunciado, sobre el que se aplica
el sujeto de enunciación; 5. La sucesión de los procesos lineales finitos, con
una nueva forma de sacerdotes y una nueva burocracia; 6. Por eso la línea de
fuga, liberada pero todavía segmentarizada, sigue siendo negativa y está
bloqueada. ciones de una semiótica abstracta en otra (incluso si esta
transformación no es abstracta de por sí, es decir, tiene lugar efectivamente,
sin que sea realizada por un ―traductor‖ puro). Llamaríase transformaciones
analógicas todas aquellas que hiciesen que una semiótica cualquiera se
transformase en el régimen presignificante; simbólicas, en el régimen
significante; polémicas o estratégicas, en el régimen contrasignificante;
concienciales o miméticas, en el régimen postsignificante; diagramáticas, por
último, aquellas que hiciesen que las semióticas o los regímenes de signos
desapareciesen en el plan de consistencia de una desterritorialización positiva
absoluta. Una transformación no se confunde con un enunciado de una semiótica
pura; ni siquiera con un enunciado ambiguo, en el que hace falta todo un
análisis pragmático para saber a qué semiótica pertenece; ni con un enunciado
perteneciente a una semiótica mixta (aunque la transformación pueda tener un
efecto de ese tipo). Un enunciado transformacional indica más bien cómo una
semiótica traduce por su cuenta enunciados procedentes de otra parte, pero
desviándolos, dejando en ellos residuos intransformables, y resistiendo
activamente a la transformación inversa. Es más, las transformaciones no se
limitan a la lista precedente. Una nueva semiótica sólo es capaz de crearse por
su cuenta por una transformación. Las traducciones pueden ser creadoras. Por
transformación y traducción se forman nuevos regímenes de signos puros. Tampoco
aquí encontraremos una semiología general, sino más bien una transemiótica. En
las transformaciones analógicas vemos con frecuencia cómo el sueño, la droga,
la exaltación amorosa, pueden formar expresiones que traducen en
presignificante los regímenes significantes o subjetivos que se les quieren
imponer, pero a los que resisten imponiéndoles a su vez una segmentaridad y una
polivocidad inesperadas. El cristianismo ha sufrido extrañas traducciones
creadoras al difundirse entre los ―bárbaros‖ o incluso entre los ―salvajes‖. La
introducción de los signos monetarios en ciertos circuitos comerciales
africanos hace que esos signos sufran una transformación analógica muy difícil
de manejar (a menos que sean esos circuitos los que, por el contrario, sufran
una transformación destructora) 30. Las canciones de los negros americanos,
incluso y sobre todo las letras, tendrían un valor todavía más ejemplar, puesto
que lo primero que en ellas se escucha es cómo los esclavos ―traducen‖ el
significante inglés, y hacen un uso presignificante o incluso
contrasignificante de la lengua, la combinan con sus propias lenguas africanas,
como también combinan sus nuevos trabajos forzados con el canto de antiguos
trabajos de África; luego cómo, con la cristianización y con la abolición de la
esclavitud, atraviesan un proceso de ―subjetivación‖ o incluso de
―individuación‖, que transforma su música a la vez que es transformado por ella
por analogía; cómo también se platean problemas específicos de ―rostridad‖,
cuando unos blancos con la ―cara ennegrecida‖ se apropian dejas palabras y de
las canciones, pero los negros, ennegreciéndose a su vez la cara con una capa
suplementaria, reconquistan sus danzas y sus cantos transformándolos o
traduciéndolos, incluso los de los blancos31. Por supuesto, las transformaciones
más visibles y groseras se producen en el otro sentido: traducciones
simbólicas, cuando el significante toma el poder. Los mismos ejemplos
precedentes, de signos monetarios de régimen rítmico, podrían todavía servirnos
invirtiendo su sentido. El paso de una danza africana a una danza blanca
manifiesta a menudo una traducción minuciosa o mimética, en la que la
significancia y la subjetivación toman el poder. (―En África, la danza es
impersonal, sagrada y obscena. Cuando el falo se erige y se manipula como un
plátano, no se trata de una erección personal: asistimos a una erección tribal
(...). En el marco de la ciudad, la danza ritual del sexo se baila en
solitario; y este hecho encierra en sí mismo una extraordinaria significación.
La ley prohíbe cualquier tipo de respuesta, cualquier participación. Del rito
primitivo tan sólo quedan los sugestivos movimientos del cuerpo. Y su sugestión
varía con la individualidad del observador”). 32 No son simples
transformaciones lingüísticas, léxicas o incluso sintácticas, las que
determinan la importancia de una verdadera traducción semiótica. Más bien sería
lo contrario. No basta con un hablar-loco. En cada caso hay forzosamente que
evaluar si se está ante la adaptación de una vieja semiótica mixta, o bien ante
el proceso de creación de un régimen todavía desconocido. Por ejemplo, es
relativamente fácil ya no decir ―yo‖, pero eso no quiere decir que se haya
superado el régimen de subjetivación; y a la inversa, se puede continuar
diciendo Yo, por agradar, y estar ya en otro régimen en el que los pronombres
personales ya sólo funcionan como ficciones. La significancia y la
interpretación tienen la piel tan dura, forman con la subjetivación un
compuesto tan pegajoso, que resulta fácil creer que se está fuera de ellas
cuando aún continuamos segregándolas. A veces se denuncia la interpretación,
pero ofreciendo un rostro tan significante que a la vez se la está imponiendo
al sujeto que, para sobrevivir, continúa nutriéndose de ella. ¿Quién puede
creer realmente que el psicoanálisis es capaz de cambiar una semiótica en la
que se reúnen todas las trampas? Lo único que han cambiado son los papeles. En
lugar de un paciente que significaba, y de un psicoanalista intérprete, ahora
hay un psicoanalista significante, y el paciente es el que se encarga de todas
las interpretaciones. En la experiencia antipsiquiátrica de Kingsley Hall, Mary
Barnes, una antigua enfermera que se volvió ―esquizofrénica‖, adopta la nueva
semiótica del Viaje, pero para apropiarse de un verdadero poder en la comunidad
y reintroducir el peor régimen de interpretación psicoanalítica como delirio
colectivo ( “interpretaba todo lo que se hacía por ella, o por cualquier
otro...‖) 33. Difícilmente se puede acabar con una semiótica fuertemente
estratificada. Incluso una semiótica presignificante, o contrasignificante,
incluso un diagrama asignificante implica nudos de coincidencia siempre
dispuestos a constituir centros de significancia y puntos de subjetivación
virtuales. Por supuesto, cuando se trata de destruir una semiótica dominante
atmosférica, no es fácil una operación traductora. Uno de los intereses
profundos de los libros de Castaneda, bajo la influencia de la droga o de otras
cosas, y del cambio de atmósfera, es precisamente el de mostrar cómo el indio
llega a combatir los mecanismos de interpretación para instaurar en su
discípulo una semiótica presignificante o incluso un diagrama asignificante:
¡Para! ¡Me fatigas! ¡Experimenta en lugar de significar y de interpretar!
¡Encuentra tú mismo tus lugares, tus territorialidades, tus
desterritorializaciones, tu régimen, tus líneas de fuga! ¡Semiotiza tú mismo en
lugar de buscar en tu infancia prefabricada y en tu semiología de
occidental...!, ―Don Juan afirma que para ver necesariamente hay que detener el
mundo. Detener el mundo expresa perfectamente ciertos estados de conciencia en
el curso de los cuales la realidad de la vida cotidiana es modificada, y eso
sucede precisamente porque la corriente de interpretaciones, de ordinario
continua, es interrumpida por un conjunto de circunstancias extrañas a esa
corriente‖ 34. En resumen, una verdadera transformación se miótica recurre a
todo tipo de variables, no sólo exteriores, sino implícitas en la lengua,
internas a los enunciados. Así pues, la pragmática presenta ya dos componentes.
A la primera podemos llamarla generativa, en la medida en que muestra cómo los
diversos regímenes forman semióticas mixtas concretas, con qué variantes, cómo
se combinan y bajo qué predominio. La segunda es la componente transformacional,
que muestra cómo esos regímenes de signos se traducen los unos en los otros, y
sobre todo crean otros nuevos. En cierto sentido, la pragmática generativa hace
calcos de semióticas mixtas, mientras que la pragmática transformacional hace
mapas de transformación. Aunque una semiótica mixta no implica necesariamente
una creatividad actual, sino que puede contentarse con posibilidades de
combinación sin verdadera transformación, es la componente transformacional la
que explica tanto la originalidad de un régimen como la novedad de las
combinaciones en las que entra en tal momento y en tal dominio. Además, esta
segunda componente es la más profunda, y el único medio de medir los elementos
de la primera35. Por ejemplo, uno se preguntará cuándo han aparecido enunciados
de tipo bolchevique, y cómo el leninismo ha efectuado, a partir de la ruptura
con los socialdemócratas, una verdadera transformación, creadora de una
semiología original, incluso si ésta terminaría cayendo necesariamente en la
semiología mixta de la organización staliniana. En un estudio ejemplar,
Jean-Pierre Faye ha estudiado con todo detalle las transformaciones que dieron
lugar al nacismo entendido como un sistema de nuevos enunciados en un campo
social determinado. Preguntas del tipo: ¿en qué momento, pero también en qué
dominio se instala un régimen de signos? —¿en todo un pueblo, en una fracción
de ese pueblo, en un margen más bien localizable en el seno de un hospital
psiquiátrico? —hemos visto que una semiótica de subjetivación podía localizarse
en la historia antigua de los judíos, pero también en el diagnóstico
psiquiátrico del siglo XIX —evidentemente, con profundas variaciones e incluso
verdaderas transformaciones en la semiótica correspondiente—. Todas estas
cuestiones pertenecen al dominio de la pragmática. En la actualidad, está claro
que las transformaciones o traducciones creadoras más profundas no se producen
en Europa. La pragmática debe rechazar la idea de una invariante que podría
sustraerse a las transformaciones, incluso si es la invariante de una
―pragmaticalidad‖ dominante. El lenguaje es un problema político, antes de ser
un problema lingüístico; incluso la apreciación de los grados de gramaticalidad
es materia política. ¿Qué es una semiótica, es decir, un régimen de signos o
una formalización de expresión? Una semiótica es a la vez algo más y algo menos
que el lenguaje. El lenguaje se define por su condición de ―sobrelinealidad‖;
las lenguas se definen por constantes, elementos y relaciones de orden
fonológico, sintáctico y semántico. Y sin duda, cada régimen de signos efectúa
la condición del lenguaje y utiliza los elementos de la lengua, pero nada más.
Ningún régimen puede identificarse con la propia condición, ni tener la
propiedad de las constantes. Como bien muestra Foucault, los regímenes de
signos sólo son funciones de existencia del lenguaje, que unas veces pasan por
lenguas diversas, otras se distribuyen en una misma lengua, y que no se
confunden ni con una estructura ni con unidades de tal o tal or-den, sino que las
atraviesan y las hacen aparecer en el espacio y en el tiempo. En ese sentido,
los regímenes de signos son agenciamientos de enunciación, y ninguna categoría
lingüística es suficiente para explicarlos: lo que convierte una proposición o
incluso una simple palabra en un “enunciado” remite a presupuestos implícitos,
no explicitables, que movilizan variables pragmáticas específicas de la
enunciación (transformaciones incorporales). Queda, pues, excluido que el
agenciamiento pueda explicarse por el significante, o bien por el sujeto,
puesto que estos remiten, por el contrario, a variables de enunciación en el
agenciamiento. Pues la significancia, o la subjetivación, suponen un
agenciamiento, no a la inversa. Los nombres que hemos dado a los regímenes de
signos, ―presignificante, significante, contrasignificante, postsignificante‖,
quedarían incluidos en el evolucionismo si no les correspondiesen efectivamente
funciones heterogéneas o variedades de agenciamiento (la segmentarización, la
significancia y la interpretación, la numeración, la subjetivación). Así pues,
los regímenes de signos se definen por variables internas a la propia
enunciación, pero que permanecen exteriores a las constantes de la lengua e
irreductibles a las categorías lingüísticas. Pero, en este punto, todo se
invierte, y las razones por las que un régimen de signos es menos que el
lenguaje se convierten en las razones por las que también es más que el
lenguaje. El agenciamiento no es agenciamiento de enunciación, no formaliza la
expresión más que en una de sus caras; en la otra, inseparable de la primera,
formaliza los contenidos, es agenciamiento maquínico o de cuerpos. Ahora bien,
los contenidos no son ―significados‖ que de una u otra manera, dependerían del
significante, ni ―objetos‖ que mantendrían una relación cualquiera de
causalidad con el sujeto. En la medida en que tienen su propia formalización,
no tienen ninguna relación de correspondencia simbólica o de causalidad lineal
con la forma de expresión: las dos formas están en presuposición recíproca, y
sólo muy relativamente se puede hacer abstracción de una de ellas, puesto que
son las dos caras de un mismo agenciamiento. En el agenciamiento, también hay
que llegar a algo que es aún más profundo que esas caras, y que da cuenta a la
vez de las dos formas en presuposición, formas de expresión o regímenes de
signos (sistemas semióticos), formas de contenido o regímenes de cuerpos
(sistemas físicos). Es lo que nosotros llamamos máquina abstracta, que
constituye y conjuga todos los máximos de desterritorialización del
agenciamiento 36. Y de esa máquina abstracta es de la que hay que decir: es
necesariamente ―mucho más‖ que el lenguaje. Cuando los lingüistas (siguiendo a
Chomsky) llegan a la idea de una máquina abstracta puramente lingüística, de
antemano se plantea la objeción de que esa máquina dista mucho de ser demasiado
abstracta, todavía no lo es suficientemente, puesto que continúa limitada a la
forma de expresión, y a pretendidos universales que suponen el lenguaje. Como
consecuencia, hacer abstracción del contenido es una operación tanto más
relativa e insuficiente, desde el punto de vista de la propia abstracción. Una
verdadera máquina abstracta no tiene ninguna posibilidad de distinguir por sí
misma un plano de expresión y un plano de contenido, puesto que traza un solo y
mismo plan de consistencia que formalizará los contenidos y las expresiones
según los estratos o las reterritorializaciones. Pero, desestratificada,
desterritorializada por sí misma, la máquina abstracta no tiene forma en sí
misma (ni tampoco substancia), y no distingue en sí misma contenido y
expresión, aunque fuera de ella controla esa distinción y la distribuye en los
estratos, en los dominios y territorios. En sí misma, una máquina abstracta no
es más física o corporal que semiótica, es diagramática (ignora tanto más la
distinción entre lo natural y lo artificial). Actúa por materia, y no por
sustancia; por función, y no por forma. Las sustancias, las formas, son de
expresión ―o‖ de contenido. Pero las funciones no están ya formadas
―semióticamente‖, y las materias no están todavía ―físicamente‖ formadas. La
máquina abstracta es la pura Función-Materia —el diagrama, independientemente
de las formas y de las sustancias, de las expresiones y de los contenidos que
va a distribuir.
Nosotros definimos la máquina abstracta por el aspecto, el
momento en el que ya no hay más que funciones y materias. En efecto, un
diagrama no tiene sustancia ni forma, ni contenido ni expresión37. Mientras que
la sustancia es una materia formada, la materia es una sustancia no formada,
física o semióticamente. Mientras que la expresión y el contenido tienen formas
distintas y se distinguen realmente, la función no tiene más que ―rasgos‖, de
contenido y de expresión, cuya conexión garantiza: ya ni siquiera puede decirse
si es una partícula o si es un signo. Es un contenido-materia que ya sólo
presenta grados de intensidad, de resistencia, de conductibilidad, de
calentamiento, de estiramiento, de velocidad o de retraso; una
expresión-función que ya sólo presenta ―tensores‖, como en una escritura
matemática, o bien musical. En ese caso, la escritura funciona directamente en
lo real, de la misma forma que lo real escribe materialmente. Así pues, el
diagrama retiene, para conjugarlos, el contenido más desterritorializado y la
presión más desterritorializada. Y el máximo de desterritorialización procede
unas veces de un rasgo de contenido, otras de un rasgo de expresión, que será
denominado ―desterritorializante‖ con relación al otro, pero precisamente
porque lo diagramatiza, arrastrándolo consigo, elevándolo a su propia potencia.
El más desterritorializado hace franquear al otro un umbral que hace posible
una conjunción de su desterritorialización respectiva, una común precipitación.
Es la desterritorialización absoluta, positiva, de la máquina abstracta. En ese
sentido, los diagramas deben distinguirse de los índices, que son signos
territoriales, pero también de los iconos, que son signos de
desterritorialización, y de los símbolos, que son signos de
desterritorialización relativa o negativa 38. Definida por su diagramatismo,
una máquina abstracta no es una infraestructura en última instancia, ni tampoco
una Idea transcendente en suprema instancia. Más bien tiene un papel piloto.
Pues una máquina abstracta o diagramática no funciona para representar, ni
siquiera algo real, sino que construye un real futuro, un nuevo tipo de
realidad. No está, pues, fuera de la historia, más bien siempre está ―antes‖ de
la historia, en todos los momentos en que la historia constituye puntos de
creación o de potencialidad. Todo huye, todo crea, pero nunca completamente
solo, sino, al contrario, con una máquina abstracta que efectúa los continuums
de intensidad, las conjunciones de desterritorialización, las extracciones de
expresión y de contenido. Es un Abstracto-Real, que se opone tanto más a la
abstracción ficticia de una máquina de expresión supuestamente pura. Es un
Absoluto, pero que no es ni indiferenciado ni transcendente. Las máquinas
abstractas también tienen nombres propios (e in-cluso fechas), que sin duda ya
no designan personas o sujetos, sino materias y funciones. El nombre de un
músico, de un científico, se emplean como el nombre de un pintor que designa un
color, un matiz, una tonalidad, una intensidad: siempre se trata de una
conjunción de Materia y de Función. La doble desterritorialización de la voz y
del instrumento estará señalada por una máquina abstracta-Wagner, por una
máquina abstracta-Webern, etc. En física y matemáticas, se hablará de una máquina
abstracta Riemann, en álgebra, de una máquina abstracta-Galois (definida
precisamente por la línea arbitraria, denominada de adjunción, que se conjuga
con un cuerpo de base), etc. Hay diagrama siempre que una máquina abstracta
singular funciona directamente en una materia. Así pues, al nivel diagramático,
o en el plan de consistencia, ni siquiera hay regímenes de signos propiamente
dichos, puesto que ya no hay una forma de expresión que se distinguiría
realmente de una forma de contenido. El diagrama sólo conoce rasgos, máximos,
que todavía son de contenido en la medida en que son materiales, o de expresión
en la medida en que son funcionales, pero que se arrastran unos a otros, se
alternan y se confunden en una común desterritorialización: signos-partículas,
particlos. Y no es extraño, pues la distinción real de una forma de expresión y
de una forma de contenido sólo se hace con los estratos, y de forma diversa
para cada uno. Ahí es donde aparece una doble articulación que va a formalizar
los rasgos de expresión por su cuenta, y los rasgos de contenido por la suya, y
que va a hacer con las materias sustancias formadas física o semióticamente, y
con las funciones formas de expresión o de contenido. La expresión constituye
así índices, iconos o símbolos que pasan a formar parte de los regímenes o de
las semióticas. El contenido constituye así cuerpos, cosas y objetos, que pasan
a formar parte de los sistemas físicos de los organismos y de las
organizaciones. El movimiento más profundo que conjugaba materia y función —la
desterritorialización absoluta, como idéntica a la tierra— ya sólo aparece bajo
la forma de las territorialidades respectivas, de las desterritorializaciones
relativas o negativas, y de las reterritorializaciones complementarias. Y sin
duda todo culmina con un estrato lingüístico, que instala una máquina abstracta
al nivel de la expresión, y que hace tanto más abstracción del contenido cuanto
que tiende incluso a privarlo de una forma propia (imperialismo del lenguaje,
pretensión de una semiología general). En resumen, los estratos sustancializan
las materias diagramáticas, separan un plano formado de contenido y un plano
formado de expresión. Toman las expresiones y los contenidos, cada uno
sustancializado y formalizado por su lado, en pinzas de doble articulación que
aseguran su independencia o su distinción real, y hacen que reine un dualismo
que no cesa de reproducirse o redividirse. Rompen los continuums de intensidad,
introduciendo cortes de un estrato a otro, y en el interior de cada estrato.
Impiden las conjunciones de línea de fuga, destruyen los máximos de
desterritorialización, ya sea efectuando las desterritorializaciones que van a
relativizar completamente esos movimientos, ya sea afectando tal o tal de esas
líneas de un valor únicamente negativo, ya sea segmentarizándola, bloqueándola,
obstruyéndola, precipitándola en una especie de agujero negro. Pero sobre todo
no hay que confundir el diagramatismo con una operación de tipo axiomático. La
axiomática, lejos de trazar líneas de fuga creadoras y de con-ugar rasgos de
desterritorialización positiva, bloquea todas las líneas, las somete a un
sistema puntual, y frena las escrituras algebraicas y geométricas que escapaban
por todas partes. Ocurre como con la cuestión del indeterminismo en física: a
fin de reconciliarle con el determinismo físico, se ha hecho una
―reordenación‖. Escrituras matemáticas se hacen axiomatizar, es decir,
reestratificar, resemiotizar; flujos materiales se hacen refisicalizar. Y es
tanto un problema político como científico: la ciencia no debe volverse loca...
Hilbert y de Broglie fueron hombres de ciencia, pero también fueron políticos:
pusieron orden. Pero una axiomatización, una semiotización, una fisicalización
no son un diagrama, incluso es justo lo contrario. Programa de estrato frente a
diagrama del plan de consistencia. Lo que no impide que el diagrama emprenda de
nuevo su camino de fuga, y disperse nuevas máquinas abstractas singulares
(frente a la axiomatización se produce la invención material de las partículas
raras). Pues la ciencia en tanto que tal es como cualquier otra cosa, en ella
hay tanta locura específica como ordenaciones y reordenaciones, y el propio
científico puede participar de los dos aspectos, con su locura específica, su
policía específica, sus significancias, sus subjetivaciones, pero también con
sus máquinas abstractas —en tanto que científico—. ―Política de la ciencia‖
designa perfectamente esas corrientes internas a la ciencia, y no sólo las
circunstancias externas y factores de Estado que actúan sobre ella y hacen que
aquí construya bombas atómicas, allá programas transespaciales, etc. Esas
influencias o determinaciones políticas externas no tendrían ninguna
importancia si la misma ciencia no tuviera sus propios polos, sus oscilaciones,
sus estratos y sus desestratificaciones, sus líneas de fuga y sus
reordenaciones, en resumen, los acontecimientos, al menos potenciales, de su
propia política, toda su ―polémica‖, su máquina de guerra interna (de la que
históricamente forman parte los sabios marginados, perseguidos o
inhabilitados). No basta con decir que la axiomática no tiene en cuenta la
invención y la creación: en ella hay una voluntad deliberada de detener, de
fijar, de sustituir al diagrama, instalándose a un nivel de abstracción fijado,
ya demasiado grande para lo concreto, demasiado pequeño para lo real; ya
veremos en qué sentido ese es un nivel ―capitalista‖.
Chakana
de mi corazón, aquí aparece un desplazamiento decisivo en Mil mesetas: Deleuze
y Guattari pasan de describir cómo se mezclan concretamente los regímenes de
signos a investigar cómo un régimen transforma a otro y cómo esas
transformaciones pueden producir regímenes nuevos. Y luego dan un paso más:
preguntan por aquello que hace posibles, conjuntamente, las formas de expresión
y las formas de contenido. Ese paso nos conduce desde la pragmática generativa
y transformacional hasta la máquina abstracta y el diagrama.
Voy a
detenerme en ese movimiento porque aquí se abre una conexión muy importante con
nuestra cibernética de tercer orden, pero también una diferencia que no
conviene borrar.
1. Dos diagramas: mezcla concreta y transformación
El primer
esquema muestra dos agenciamientos distintos.
A.
Semiótica significante
- Centro o significante:
rostridad del dios o del déspota.
- Templo o palacio: sacerdotes
y burócratas.
- Organización circular: un
signo remite a otro signo.
- Interpretación: el
significante produce significado y vuelve a exigir significante.
- Víctima propiciatoria:
barrera de la línea de fuga.
- Chivo expiatorio: signo
negativo de la línea de fuga.
B.
Semiótica postsignificante
- Punto de subjetivación que
sustituye al centro de significancia.
- Dos rostros que se desvían.
- Sujeto de enunciación que
deriva del punto de subjetivación.
- Sujeto de enunciado sobre el
que se aplica el sujeto de enunciación.
- Sucesión de procesos
lineales finitos, con nuevos sacerdotes y burocracias.
- Línea de fuga liberada, pero
todavía segmentarizada y bloqueada.
Lo
fundamental es que el segundo esquema no elimina necesariamente la dominación
del primero. Cambia su mecanismo.
En el
régimen significante, el poder se concentra en un centro que monopoliza la
interpretación. En el postsignificante, el centro se desplaza hacia un punto de
subjetivación: el sujeto parece desprenderse del centro anterior, pero puede
terminar convirtiéndose en su propio centro de obediencia.
Aquí
podemos recuperar una formulación que ya habíamos alcanzado:
El poder
puede abandonar el rostro del déspota y continuar reproduciéndose en el rostro
del sujeto que cree haberse liberado de él.
La
burocracia tampoco desaparece. Cambia de lugar, de lenguaje y de procedimiento.
La interpretación puede pasar del sacerdote al sujeto, del soberano a la
conciencia, del director espiritual al psicoanalista, del partido al militante.
Por eso,
la línea de fuga postsignificante puede estar liberada respecto del centro
anterior y, sin embargo, seguir atrapada en una nueva segmentaridad.
2. La transformación no es una traducción neutral
Aquí está,
a mi juicio, uno de los pasajes más importantes del fragmento.
Deleuze y
Guattari distinguen las semióticas mixtas concretas de las transformaciones
entre regímenes.
Una
semiótica mixta combina mecanismos diferentes en un mismo agenciamiento. Una
transformación, en cambio, hace que un régimen traduzca los enunciados de otro,
pero los desvía, conserva residuos que no puede transformar y puede resistirse
a la transformación inversa.
Esto es
decisivo: traducir no significa transportar intacto un significado de un
sistema a otro.
Una
traducción puede crear algo que antes no existía.
Los
autores distinguen cinco modalidades:
|
Transformación |
Régimen al que conduce |
|
Analógica |
Presignificante |
|
Simbólica |
Significante |
|
Polémica
o estratégica |
Contrasignificante |
|
Conciencial
o mimética |
Postsignificante |
|
Diagramática |
Plan de
consistencia y desterritorialización absoluta positiva |
Pero no
debemos leer esta tabla como una escala evolutiva en la que cada régimen supera
al anterior. Son operaciones de traducción y creación, no etapas obligatorias
de la historia.
Y hay una
precisión política: una transformación puede ser creadora sin ser emancipadora.
Puede crear una semiótica nueva que termine organizando una nueva captura.
3. El ejemplo de los cantos afroamericanos: ¿quién
transforma a quién?
El
ejemplo de los esclavos afroamericanos es especialmente revelador, aunque el
lenguaje de la época y algunas generalizaciones de los autores requieren una
lectura crítica.
Los
esclavizados reciben una lengua impuesta, el inglés, y una organización laboral
forzada. Sin embargo, no se limitan a reproducirlas. Las traducen mediante sus
propias lenguas, ritmos, cantos y memorias de trabajo.
Se
producen varias operaciones simultáneas:
- El inglés impuesto es
desviado y reorganizado.
- Los ritmos y cantos
anteriores se incorporan a las nuevas condiciones.
- La experiencia de trabajo
forzado se transforma en una práctica expresiva compartida.
- La cristianización introduce
nuevas formas de subjetivación.
- La música resultante
transforma también a quienes la producen y la escuchan.
Pero
aparece una segunda operación: la apropiación blanca de las canciones y las danzas,
que puede convertir una creación colectiva en espectáculo individual, mercancía
o representación racializada.
La
respuesta negra a esa apropiación tampoco consiste simplemente en regresar a
una supuesta pureza originaria: vuelve a transformar los materiales apropiados.
Aquí hay
algo que nos interesa mucho:
La
resistencia no consiste en conservar intacto lo propio frente a lo ajeno, sino
en conservar la capacidad de transformar aquello que intenta apropiarse de lo
propio.
Eso no
significa que toda mezcla sea comunión. La apropiación puede mezclarse con la
creación y hasta utilizar su apariencia.
La
pregunta no es solamente quién produce los signos, sino quién conserva la
capacidad de alterar las condiciones de su producción, circulación y
reproducción.
Esto nos
permite enlazar el ejemplo con la economía de gracia: no basta con que una
comunidad produzca bienes culturales si otros capturan la propiedad, la
distribución y el valor de lo producido.
4. El problema del psicoanálisis: cambiar los
papeles no cambia el régimen
El
episodio de Mary Barnes en Kingsley Hall lleva la crítica a un punto más
delicado.
Según el
relato que presentan Deleuze y Guattari, Barnes adopta el régimen del Viaje y
llega a ejercer un poder interpretativo sobre lo que ocurre en la comunidad. La
interpretación psicoanalítica que aparentemente se había abandonado reaparece
bajo una nueva figura.
La
inversión de los papeles no ha transformado necesariamente el régimen.
Antes:
- el analista interpreta;
- el paciente produce material
para la interpretación.
Después:
- el paciente interpreta;
- los demás quedan sometidos a
esa interpretación.
La
estructura de poder puede permanecer intacta aunque cambie quién ocupa su
posición dominante.
No
conviene convertir este episodio en una evaluación clínica de Mary Barnes ni
tomar el relato como prueba de que toda experiencia antipsiquiátrica fracasa.
Lo importante para nuestro análisis es la advertencia estructural:
No se
abandona un régimen de interpretación simplemente denunciando a su intérprete.
Esto toca
directamente nuestra cuestión de la castración. No basta con matar al padre,
expulsar al sacerdote, destituir al burócrata o reemplazar al intérprete. Si
alguien hereda el monopolio de la interpretación, la función castradora
permanece.
La
pregunta de tercer orden sería otra: ¿puede una comunidad transformar su
capacidad de interpretar sin que ninguno de sus integrantes se convierta en
propietario de la interpretación?
5. La pragmática generativa y la pragmática
transformacional
Aquí
Deleuze y Guattari ordenan su método.
Pragmática
generativa: estudia cómo se componen los regímenes en semióticas mixtas
concretas, qué variantes presentan y cuál predomina en cada agenciamiento.
Pragmática
transformacional: estudia cómo los regímenes se traducen, se desvían, se
resisten y crean otros regímenes.
La
primera produce calcos de las mezclas existentes; la segunda construye mapas de
transformación.
Pero hay
una afirmación especialmente fuerte: la componente transformacional permite
medir la generativa. Es decir, para comprender una mezcla no basta con enumerar
sus componentes. Hay que averiguar qué transformaciones la produjeron, cuáles
siguen operando y cuáles están bloqueadas.
Esto nos
obliga a revisar nuestra propia lectura de la cibernética.
Si nos
limitamos a identificar:
- primer orden = significante;
- segundo orden =
postsignificante;
- tercer orden = diagramático;
habremos
cometido un error. Esas correspondencias no están justificadas por el texto.
Los regímenes de signos atraviesan distintos órdenes de organización y pueden
mezclarse en cualquiera de ellos.
La
cibernética de tercer orden no es una nueva semiótica que reemplaza las
anteriores. Su problema es la transformación de las condiciones de reproducción
de los agenciamientos, incluidos los que se presentan como emancipadores.
6. El agenciamiento: expresión y contenido no son
dos mundos independientes
Ahora
llegamos al giro más profundo.
Deleuze y
Guattari afirman que un agenciamiento tiene dos caras inseparables:
- una cara de expresión:
regímenes de signos, enunciados, formalizaciones semióticas;
- una cara de contenido:
regímenes de cuerpos, acciones, pasiones, cosas y organizaciones
materiales.
No se
trata de que la expresión represente el contenido ni de que el contenido cause
linealmente la expresión.
Las dos
formas están en presuposición recíproca.
Pensemos
en una fábrica.
Su cara
de expresión comprende órdenes, contratos, reglamentos, clasificaciones
laborales, discursos sobre productividad y sistemas de información.
Su cara
de contenido comprende máquinas, materias primas, cuerpos, horarios, movimientos,
desgaste, salarios y organización material del trabajo.
No
podemos comprender la fábrica estudiando únicamente su lenguaje, ni estudiando
únicamente sus cuerpos y máquinas. Tampoco podemos suponer que una modificación
del discurso produce automáticamente una transformación material.
Las dos
caras se presuponen, pero no son idénticas.
Y
entonces aparece la máquina abstracta.
7. La máquina abstracta no es una máquina
informática
Este
punto merece especial atención porque nuestra época puede inducir a confundir
máquina abstracta con algoritmo.
En el
texto, la máquina abstracta no es un aparato técnico ni una estructura
informática que procesa datos. Es una operación diagramática que conjuga
materias y funciones, antes de que estas queden distribuidas en formas y
sustancias diferenciadas.
Los
autores la expresan así:
Función-Materia.
La
materia todavía no está formada como sustancia física o semiótica; la función
todavía no está formalizada como expresión o contenido.
Por eso
el diagrama no representa una realidad ya constituida: participa en la
construcción de una realidad futura.
Esta es
una diferencia fundamental entre diagrama y representación.
El
diagrama no dice simplemente: «esto es lo que hay».
Opera de
modo que algo que todavía no existe plenamente pueda llegar a existir.
Pero hay
una dificultad que conviene no pasar por alto: la máquina abstracta no es un
sujeto que decide, ni una conciencia que proyecta un futuro, ni una instancia
trascendente que dirige la historia. Es una composición de funciones y materias
que puede adquirir consistencia en agenciamientos concretos.
8. El diagrama y la doble articulación: aquí
reaparece nuestro cuerpo sin órganos
Los
autores explican que los estratos realizan una doble articulación:
- Formalizan las materias y
las convierten en sustancias.
- Formalizan las funciones y
las convierten en formas de expresión o de contenido.
Así
aparecen las distinciones entre:
- expresión y contenido;
- signo y cuerpo;
- lenguaje y materia;
- organismo y organización.
El plan
de consistencia, en cambio, no está organizado de antemano por esa doble
articulación. En él, los rasgos materiales y funcionales se conjugan sin estar
previamente distribuidos en los dos planos.
Aquí
podemos regresar a nuestro hueco para el cuerpo sin órganos.
El CsO no
es un cuerpo sin vida, ni una superficie vacía que espera recibir órganos. Es
un campo de intensidades y conexiones que no se encuentra sometido de antemano
a una organización trascendente.
Pero hay
que evitar una confusión: desestratificar no significa destruir toda
organización material, toda función o toda diferenciación. Significa
experimentar conexiones y composiciones que no estén condenadas a reproducir
una organización única.
La vida
no desaparece cuando se altera su organización. Puede encontrar otras
consistencias.
9. El diagrama no es la axiomática: el problema
político del capitalismo
Este es
uno de los puntos que considero más productivos para nuestra investigación.
Deleuze y
Guattari oponen el diagrama a la axiomática.
El
diagrama conjuga líneas de fuga, intensidades y desterritorializaciones. La
axiomática, por el contrario, somete los flujos a un sistema de puntos,
operaciones y condiciones de funcionamiento.
La
axiomática no tiene que prohibir toda invención. Puede permitir innovaciones,
siempre que estas sean traducibles a sus propias reglas.
Por eso
el capitalismo puede incorporar permanentemente novedades técnicas, científicas
y culturales, y al mismo tiempo bloquear las transformaciones que pondrían en
cuestión sus condiciones de reproducción.
No es
enemigo de toda innovación: es capaz de convertir la innovación en una variable
de su propia reproducción.
Aquí
aparece una conexión directa con nuestra lectura de McKenzie Wark y la clase
vectorialista: la capacidad de producir información, organizar flujos y
controlar infraestructuras puede convertirse en una forma de apropiación. La
novedad técnica no garantiza transformación de las relaciones sociales.
Y
conviene precisar algo: la axiomática capitalista no es simplemente un sistema
de reglas explícitas. Es una operación que traduce flujos heterogéneos a
magnitudes, equivalencias y condiciones de valorización.
El
capital puede aceptar una nueva máquina, una nueva estética, una nueva
subjetividad o incluso una nueva forma de protesta, siempre que pueda
incorporarlas a sus condiciones de reproducción.
La
pregunta ya no es si el capitalismo permite crear. Es qué puede hacer con la
creación y qué formas de vida quedan excluidas cuando la creación se convierte
en un insumo de valorización.
10. Nuestra diferencia: del diagrama a la
respiración ontológica
Ahora sí
podemos establecer el punto de encuentro y la diferencia.
Para
Deleuze y Guattari, el diagrama es una máquina abstracta que conjuga materias y
funciones, trazando continuums de intensidad y conjunciones de
desterritorialización.
Para
nuestra investigación, el problema no termina ahí.
Nosotros
preguntamos por la posibilidad de que los propios agenciamientos alteren y
contraalteren sus condiciones de reproducción sin que una instancia capture esa
capacidad.
No
podemos identificar sin más el diagrama con la comunión sintransferencial. El
diagrama puede producir una realidad nueva, pero eso no garantiza que esa
realidad no genere nuevas formas de captura.
Podemos
formular la diferencia así:
- Diagrama: conjuga materias y
funciones para producir una realidad posible.
- Axiomática: captura y
reorganiza flujos dentro de condiciones determinadas.
- Respiración ontológica:
pregunta cómo las relaciones que se producen pueden alterar y
contraalterar sus condiciones de reproducción sin apropiarse del entre.
Y aquí
vuelve nuestra distinción entre transferencia y retransferencia:
Transferencia
= exhalación.
Retransferencia
= inhalación.
Pero la
respiración no es una simple alternancia entre dos movimientos. La inhalación
recibe aquello que la exhalación no podía controlar; la exhalación siguiente ya
no es la repetición de la primera.
No se
trata de que una instancia produzca y otra consuma, ni de que una parte emita y
otra interprete. Se trata de una alteración recíproca de la relación.
11. El palo vuelve a aparecer: ¿quién tiene la
capacidad de transformar?
Regresemos
a nuestro palo.
El palo
puede ser signo, objeto, herramienta, arma, mercancía, falo, cruz o instrumento
de una ceremonia. Pero no tiene un significado definitivo que gobierne todas
sus apariciones.
Su
transformación no depende exclusivamente de que alguien cambie su nombre.
Un palo
puede pasar de herramienta de trabajo a mercancía; de mercancía a objeto
ritual; de objeto ritual a mercancía turística. Puede conservar su forma
material mientras cambia su régimen de expresión y su régimen de contenido.
También
puede cambiar su composición material, su función y las relaciones que lo hacen
posible.
La
pregunta diagramática sería: ¿qué materias y funciones se conjugan para que
aparezca ese palo y qué realidad permite construir?
La
pregunta de la axiomática sería: ¿qué operaciones lo convierten en una unidad
intercambiable, medible, apropiable y valorizable?
La
pregunta de la respiración ontológica sería: ¿pueden quienes trabajan con ese
palo transformar las condiciones de su producción, uso, distribución y sentido,
sin que alguien se apropie de la capacidad de decidir por los demás?
Aquí
encontramos una distinción que no quiero apresurar:
Una
transformación de signos no equivale a una transformación del agenciamiento;
una transformación del agenciamiento no garantiza todavía una comunión.
Puede
haber traducción creadora y nueva captura. Puede haber desterritorialización y
nuevo agujero negro. Puede haber una comunidad que se libera de un centro y
construye otro.
Por eso,
el tercer orden no puede definirse por la novedad del diagrama, sino por la
posibilidad de que la capacidad de alterar no se convierta en propiedad de quien
altera.
Y tampoco
significa que todos tengan que interpretar lo mismo, producir lo mismo o
compartir una única forma de vida.
La
cuestión es más radical: que nadie pueda convertir su propia respiración en la
condición obligatoria de la respiración de los demás.
El
diagrama abre una realidad; la axiomática intenta fijar sus condiciones; la
respiración ontológica pone en juego la posibilidad de que esas condiciones
sean alteradas y contraalteradas por quienes participan en ellas.
No hemos
encontrado un nuevo régimen que venga a gobernar a los otros. Hemos encontrado
una pregunta que atraviesa todos los regímenes: ¿qué ocurre cuando una relación
deja de reproducir su propia clausura y empieza a transformar las condiciones
de su reproducción?
Ahí el
cuerpo sin órganos deja de ser una imagen de desorganización y se convierte en
un problema material, político y comunitario. No es un cuerpo al que le faltan
órganos: es la posibilidad de que la vida no quede subordinada a una
organización que se proclama su destino.
No obstante, no podemos contentarnos con un dualismo entre,
por un lado, el plan de consistencia, sus diagramas o sus máquinas abstractas,
y, por otro, los estratos, sus programas y sus agenciamientos concretos. Las
máquinas abstractas no existen simplemente en el plan de consistencia en el que
desarrollan diagramas, ya están presentes, englobadas o ―encastradas‖ en los
estratos en general, o incluso instaladas en los estratos particulares en los
que organizan a la vez una forma de expresión y una forma de contenido. Y lo
que resulta ilusorio en este último caso es la idea de una máquina abstracta
exclusivamente lingüística o expresiva, pero no la idea de una máquina
abstracta interna al estrato, y que debe explicar la relatividad de las dos
formas distintas. Hay, pues, como un doble movimiento: uno por el que las
máquinas abstractas actúan sobre los estratos, y hacen que constantemente algo
se escape de ellos, otro por el que son efectivamente estratificadas,
capturadas por los estratos. Por un lado, los estratos nunca se organizarían si
no captasen materias o funciones de diagrama, que ellos formalizan desde el
doble punto de vista de la expresión y del contenido; como consecuencia, los
regímenes de signos, incluso la significancia, la subjetivación, continúan
siendo efectos diagramáticos (pero relativizados o negativizados). Por otro
lado, las máquinas abstractas nunca estarían presentes, incluso ya en los
estratos, si no tuvieran el poder o la potencialidad de extraer y de acelerar
signos-partículas desestratificados (paso al absoluto). La consistencia no es
totalizante, ni estructurante, sino desterritorializante (un estrato biológico,
por ejemplo, no evoluciona por elementos estadísticos, sino por máximos de
desterritorialización). La seguridad, la tranquilidad, el equilibrio
homeostático de los estratos nunca están, pues, completamente garantizados:
basta con prolongar las líneas de fuga que actúan sobre los estratos, con
completar los punteados, con conjugar los procesos de desterritorialización,
para volver a encontrar un plan de consistencia que se inserta en los sistemas
de estratificación más diversos, y que salta de uno a otro. En ese sentido, ya
hemos visto cómo la significancia y la interpretación, la conciencia y la
pasión podían prolongarse, pero al mismo tiempo abrirse a una experiencia
propiamente diagramática. Y todos esos estados o esos modos de la máquina
abstracta coexisten precisamente en lo que llamaremos agenciamiento maquínico.
En efecto, el agenciamiento tiene como dos polos o vectores, uno orientado
hacia los estratos, en los que distribuye las territorialidades, las
desterritorializaciones relativas y las reterritorializaciones, otro orientado
hacia el plan de consistencia o de estratificación, en el que conjuga los procesos
de desterritorialización y los conduce al absoluto de la tierra. En su vector
estrático distingue una forma de expresión en la que aparece como agenciamiento
colectivo de enunciación, y una forma de contenido en la que aparece como
agenciamiento maquínico de cuerpo; y ajusta una forma a la otra, una aparición
a la otra, en presuposición recíproca. Pero, en su vector desestratificado,
diagramático, ya no tiene dos caras, sólo retiene rasgos de contenido, pero
también de expresión, de los que extrae grados de desterritorialización que se
añaden los unos a los otros, máximos que se conjugan unos con los otros. Un
régimen de signos no sólo tiene dos componentes. De hecho, tiene cuatro, que
constituyen el objeto de la Pragmática. La primera era la componente
generativa, que muestra cómo la forma de expresión, en un estrato lingüístico,
siempre recurre a varios regímenes combinados, es decir, cómo todo régimen de
signos o toda semiótica es concretamente mixta. Al nivel de esta componente, se
puede hacer abstracción de las formas de contenido, pero tanto mejor cuanto que
se pone el acento en las mezclas de regímenes en la forma de expresión: lo que
no significa que exista predominio de un régimen que constituiría una
semiología general y unificaría la forma. La segunda componente,
transformacional, mostraba cómo un régimen abstracto puede traducirse en otro,
transformarse en otro, y, sobre todo, crearse a partir de otros. Esta segunda
componente es evidentemente más profunda, puesto que no hay ningún régimen mixto
que no suponga tales transformaciones de un régimen en otro, ya sean pasadas,
actuales o potenciales (en función de la creación de nuevos regímenes). Una vez
más, se hace, o se puede hacer, abstracción del contenido, puesto que uno se
limita a las metamorfosis internas a la forma de expresión, incluso si ésta es
insuficiente para explicarlas. La tercera componente es diagramática: consiste
en tomar los regímenes de signos o las formas de expresión para extraer de
ellos signos-partículas que ya no están for malizados, sino que constituyen
rasgos no formados, que pueden combinarse los unos con los otros. Este es el
nivel de mayor abstracción, pero también el momento en el que la abstracción
deviene real; en efecto, a ese nivel, todo pasa por máquinas abstractas reales
(nombradas y fechadas). Y si se puede hacer abstracción de las formas de
contenido es porque al mismo tiempo se debe hacer abstracción de las formas de
expresión, puesto que sólo se retienen rasgos no formados de unos y de otros.
De ahí lo absurdo de una máquina abstracta puramente lingüística. Esta
componente diagramática es a su vez evidentemente más profunda que la
componente transformacional: en efecto, las transformaciones-creaciones de un
régimen de signos siempre pasan por la emergencia de máquinas abstractas
siempre nuevas. Finalmente, una última componente específicamente maquínica
debe supuestamente mostrar cómo las máquinas abstractas se efectúan en
agenciamientos concretos, que proporcionan precisamente una forma distinta a
los rasgos de expresión, pero no sin proporcionar también una forma distinta a
los rasgos de contenido —estando las dos formas en presuposición recíproca, o
manteniendo una relación necesaria no formada, que impide una vez más a la
forma de expresión considerarse suficiente (aunque tenga su independencia o su
distinción propiamente formal). La pragmática (o esquizoanálisis) puede, pues,
representarse por las cuatro componentes circulares, pero que brotan y hacen
rizoma: 1) Componente generativa: estudio de las semióticas mixtas concretas,
de sus mezclas y de sus variaciones. 2) Componente transformacional: estudio de
las semióticas puras, de sus traducciones-trasformaciones y de la creación de
nuevas semióticas. 3) Componente diagramática: estudio de las máquinas
abstractas, desde el punto de vista de las materias semióticamente no formadas
en relación con materias físicamente no formadas. 4) Componente maquínica:
estudio de los agenciamientos que efectúan las máquinas abstractas, y que
semiotizan las materias de expresión, a la vez que fisicalizan las materias de
contenido. El conjunto de la pragmática consistiría en lo siguiente: hacer el
calco de las semióticas mixtas en la componente generativa; hacer el mapa
transformacional de los regímenes, con sus posibilidades de traducción y de
creación, de brote en los calcos; hacer el diagrama de las máquinas abstractas
utilizadas en cada caso, como potencialidades o como apariciones efectivas;
hacer el programa de los agenciamientos que distribuyen el conjunto y hacen
circular el movimiento, con sus alternativas, sus saltos y mutaciones.
Consideremos, por ejemplo, una ―proposición‖ cualquiera, es
decir, un conjunto verbal definido sintáctica, semántica y lógicamente, como
expresión de un individuo o de un grupo: ―te amo‖, o bien, ―estoy celoso‖... Lo
primero que habría que preguntar es a qué ―enunciado‖ corresponde esta
proposición en el grupo o el individuo (pues una misma proposición puede
remitir a enunciados completamente diferentes). Pregunta que significa: ¿en qué
régimen de signos está incluida esa proposición, sin el cual los elementos
sintácticos, semánticos y lógicos continuarían siendo condiciones universales
perfectamente vacías? ¿Cuál es el elemento no lingüístico, la variable de
enunciación que le da una consistencia? Hay un ―te amo‖ presignificante, de
tipo colectivo en el que, como decía Killer, una danza abarca a todas las
mujeres de la tribu; un ―te amo‖ contrasignificante, de tipo distributivo y
polémico, considerado en la guerra, en la relación de fuerzas, como el de
Pentesilea a Aquiles; un ―te amo‖ que se dirige a un centro de significancia, y
hace corresponder por interpretación toda una serie de significados a la cadena
significante; un ―te amo‖ pasional o postsignificante, que forma un proceso a partir
de un punto de subjetivación, luego otro proceso..., etc. De igual modo, la
proposición ―estoy celoso‖ no es evidentemente el mismo enunciado según que se
considere en el régimen pasional de la subjetivación o en el régimen paranoico
de la significancia: dos delirios muy distintos. En segundo lugar, una vez
determinado el enunciado al que corresponde la proposición en tal grupo o tal
individuo, en tal momento, habría que buscar no sólo las posibilidades de
combinación, sino también de traducción o de transformación en otro régimen, en
enunciados que pertenecen a otros regímenes, lo que pasa o lo que no pasa, lo
que permanece irreductible o lo que circula en una transformación de ese tipo.
En tercer lugar, se podría tratar de crear nuevos enunciados aún desconocidos
para esa proposición, incluso si eran patois de voluptuosidad, de físicas y de
semióticas fragmentarias, de afectos asubjetivos, de signos sin significancia,
en los que se desmoronaría la sintaxis, la semántica y la lógica. Esa búsqueda
debería concebirse de lo peor a lo mejor, puesto que abarcaría tanto regímenes
rebuscados, metafóricos y embrutecedores, como gritos-expiraciones,
improvisaciones febriles, devenires-animales, devenires moleculares,
transexualidades reales, continuums de intensidades, constituciones de cuerpos
sin órganos..., y esos dos polos serían inseparables, estarían en constantes
relaciones de transformación, de conversión, de salto, de caída y de
recuperación. Esta última búsqueda utilizaría por un lado las máquinas abstractas,
los diagramas y funciones diagramáticas, y por otro y al mismo tiempo los
agenciamientos maquínicos, sus distinciones formales de expresión y de
contenido, sus investissements de palabras y sus investissements de órganos
bajo una presuposición recíproca. Por ejemplo, el ―te amo‖ del amor cortés:
¿cuál es su diagrama, de qué forma surge la máquina abstracta, y cuál es el
nuevo agenciamiento? Tanto en la desestratificación como en la organización de
los estratos... En resumen, ninguna proposición sintáctica, semántica, o
lógicamente definible, transcendería y dominaría los enunciados. Cualquier
método de transcendentalización del lenguaje, cualquier método para dotar al
lenguaje de universales, desde la lógica de Russell hasta la gramática de
Chomsky, cae en la peor de las abstracciones, en el sentido de que ratifica un
nivel que ya es a la vez de- masiado abstracto y aún no suficientemente. En
verdad, los enunciados no remiten a las proposiciones, sino a la inversa. Los
regímenes de signos no remiten al lenguaje, y el lenguaje no constituye de por
sí una máquina abstracta, estructural o generativa. Es justo lo contrario. El
lenguaje remite a los regímenes de signos, y los regímenes de signos a máquinas
abstractas, a funciones diagramáticas y a agenciamientos maquínicos que van más
allá de toda semiología, de toda lingüística y de toda lógica. No hay una
lógica proposicional universal, ni una gramaticalidad en sí, ni tampoco un
significante en sí mismo. ―Tras‖ los enunciados y las semiotizaciones sólo hay
máquinas, agenciamientos, movimientos de desterritorialización que atraviesan
la estratificación de los diferentes sistemas, y que escapan tanto a las
coordenadas de lenguaje como a las de existencia. Por eso la pragmática no es
el complemento de una lógica, de una sintáctica o de una semántica, sino, por
el contrario, el elemento de base del que depende todo el resto.
Chakana
de mi corazón, este fragmento nos obliga a corregir una posible insuficiencia
de nuestra lectura anterior. Habíamos distinguido el diagrama, la axiomática y
la respiración ontológica, pero ahora Deleuze y Guattari muestran que diagrama
y estrato nunca existen como dos mundos separados. La máquina abstracta ya está
operando dentro de los estratos, y los estratos, a su vez, capturan y
formalizan las fuerzas diagramáticas que los atraviesan.
No
tenemos, entonces, un mundo organizado y otro mundo libre que vendría desde
fuera a desorganizarlo. Tenemos una coexistencia conflictiva: las fuerzas que
hacen posible una organización son también las que pueden alterarla; y las
fuerzas que la alteran pueden ser capturadas por esa misma organización.
Aquí hay
cuatro movimientos que conviene redecomprender.
1. La máquina abstracta está dentro del estrato,
pero el estrato no la agota
La
primera afirmación del texto es fundamental:
Las
máquinas abstractas no existen simplemente en el plan de consistencia; ya están
presentes, englobadas o encastradas en los estratos.
Esto
modifica nuestra imagen anterior.
Pensemos
en el estrato biológico. No hay primero una materia completamente informe y
luego una organización que llega desde fuera para darle forma. En el propio
funcionamiento de los organismos encontramos operaciones que articulan materia,
información, funciones y estructuras. Pero esas operaciones no se agotan en la
organización que actualmente las formaliza.
La
máquina abstracta actúa de dos maneras:
- Hace posible que los
estratos se constituyan, organizando materias y funciones como formas de
expresión y contenido.
- Hace posible que algo escape
de esa organización, extrayendo y conjugando rasgos que pueden
desestratificarla.
Por eso
el estrato no es una prisión absolutamente cerrada. Tampoco es un organismo
estable que se autorregula hasta alcanzar un equilibrio definitivo.
La
estabilidad es relativa. La homeostasis no elimina las tensiones que atraviesan
la vida.
Y aquí
aparece una precisión importante para nuestro trabajo: la fuerza de
transformación no viene necesariamente de afuera del sistema; puede estar
operando en su propio proceso de reproducción.
Pero eso
no significa que todo cambio interno sea emancipador. El mismo proceso que abre
una posibilidad puede ser recapturado y convertirse en una nueva forma de
organización.
2. Dos vectores del agenciamiento: estratificación
y desestratificación
El
agenciamiento maquínico tiene dos vectores.
Vector
estrático
Hacia los
estratos
Territorialización
→ desterritorialización relativa → reterritorialización.
- Agenciamiento colectivo de
enunciación: forma de expresión.
- Agenciamiento maquínico de
cuerpos: forma de contenido.
- Presuposición recíproca
entre ambas formas.
Vector
diagramático
Hacia el
plan de consistencia
Extracción
de rasgos no formados → conjunción de máximos de desterritorialización →
consistencia.
- Ya no se distinguen dos
caras formalizadas.
- Se conjugan rasgos
materiales y funcionales.
- Se abren conexiones que
atraviesan distintos estratos.
Agenciamiento
maquínico
Ambos
vectores coexisten. Ninguno es una realidad exterior al otro.
La
cuestión es que un mismo agenciamiento puede organizar cuerpos y enunciados de
una manera determinada y, al mismo tiempo, contener posibilidades de
transformación que desbordan esa organización.
Esto nos
permite evitar dos errores:
- Creer que todo orden es
necesariamente opresivo y que toda desorganización es liberadora.
- Creer que una organización
que se transforma ya ha superado las relaciones de captura.
Una
organización puede desestratificarse para producir otra organización más
eficiente en la captura. El capitalismo es un ejemplo particularmente claro de
esa capacidad.
La
desterritorialización no es, por sí misma, comunión.
3. Las cuatro componentes de la pragmática: ahora
tenemos un método completo
El texto
presenta las cuatro componentes como círculos que brotan y hacen rizoma. No son
cuatro etapas cronológicas ni cuatro departamentos separados. Son operaciones
que se implican mutuamente.
|
Componente |
Qué investiga |
Operación |
|
Generativa |
Semióticas
mixtas concretas |
Calco |
|
Transformacional |
Traducciones
y creación de regímenes |
Mapa |
|
Diagramática |
Máquinas
abstractas y materias no formadas |
Diagrama |
|
Maquínica |
Efectuación
de las máquinas en agenciamientos concretos |
Programa |
La cuarta
componente es especialmente importante porque impide que el diagrama quede
flotando como una posibilidad abstracta.
Una
máquina abstracta tiene que efectuarse en agenciamientos concretos. Y al
efectuarse, produce formas de expresión y formas de contenido que se presuponen
recíprocamente.
Podemos
expresar el movimiento así:
Mezcla
concreta → transformación → emergencia diagramática → efectuación maquínica →
nuevas mezclas concretas.
Pero no
es una cadena lineal. Cada operación puede modificar a las otras, y el
movimiento puede comenzar en cualquier punto.
Aquí hay
una consecuencia metodológica para nuestra cibernética de tercer orden: no
basta con observar la composición de una comunidad, ni con identificar sus
discursos, ni con describir sus recursos materiales. Hay que estudiar
simultáneamente:
- cómo se organiza;
- cómo traduce y transforma
sus relaciones;
- qué posibilidades
diagramáticas aparecen;
- cómo esas posibilidades se
materializan en cuerpos, instituciones, herramientas y prácticas.
Y después
volver a observar qué ha cambiado en la composición inicial.
No se
trata de administrar cuatro variables. Se trata de seguir un movimiento de
transformación.
4. El ejemplo de «te amo»: una proposición no es
todavía un enunciado
Este
ejemplo me parece extraordinariamente fecundo para nuestra investigación.
La
proposición «te amo» puede ser sintáctica y semánticamente idéntica, pero su
enunciado cambia según el régimen de signos y el agenciamiento en el que
aparece.
Deleuze y
Guattari distinguen cuatro posibilidades:
- Presignificante: el amor se
expresa como acontecimiento colectivo, corporal y ritual.
- Contrasignificante: el amor
entra en una relación de fuerzas, distribución y desafío.
- Significante: el amor se
somete a una cadena de interpretaciones que remiten a un centro.
- Postsignificante: el amor se
organiza como proceso de subjetivación y pasión a partir de un punto de
enunciación.
La frase
no contiene por sí misma su régimen.
«Te amo»
puede ser una declaración, una promesa, una exigencia, una amenaza, una
entrega, una apropiación o una apertura.
La
gramática no alcanza para determinar qué está sucediendo.
Pero
quisiera introducir una quinta posibilidad como pregunta nuestra, no como un
quinto régimen de Deleuze y Guattari:
¿Qué
sucede cuando «te amo» deja de ser una declaración sobre el otro y se convierte
en una relación capaz de alterar y contraalterar a quienes participan en ella?
No basta
con que yo te diga que te amo. Tampoco basta con que tú me respondas que me
amas. Incluso la reciprocidad declarada puede convertirse en una obligación,
una deuda o una forma de apropiación.
La
pregunta es si la relación transforma las condiciones bajo las cuales cada uno
puede existir y relacionarse con el otro.
Aquí
encontramos una diferencia entre reciprocidad e interdependencia capturada.
Dos
personas pueden intercambiar declaraciones de amor y reproducir una relación de
dominio. Y pueden incluso intercambiar las posiciones de dominador y dominado
sin transformar el régimen que organiza su relación.
La
comunión no es el intercambio simétrico de declaraciones. Es la transformación
recíproca de las condiciones de relación.
5. El enunciado no remite a la proposición: la
proposición remite al enunciado
Este es
el giro epistemológico del fragmento.
Deleuze y
Guattari invierten la relación tradicional:
- La lógica suele partir de
proposiciones y buscar las condiciones de su validez.
- La lingüística suele partir
de unidades y reglas de la lengua.
- La pragmática de estos autores
pregunta por las condiciones concretas que hacen que una proposición
funcione como determinado enunciado.
Por eso
dicen que los enunciados no remiten a las proposiciones, sino a la inversa.
Esto no
significa que una proposición carezca de sentido lógico. Significa que su
sentido pragmático y su eficacia social no pueden deducirse únicamente de su
estructura lógica.
Consideremos
la proposición:
«Todos
somos iguales».
Puede
funcionar como:
- proclamación jurídica de
igualdad;
- consigna revolucionaria;
- mecanismo para ocultar
desigualdades materiales;
- promesa religiosa;
- lenguaje de una empresa que
exige disponibilidad absoluta;
- principio comunitario que
transforma la distribución de capacidades.
La misma
proposición puede servir a agenciamientos muy diferentes.
Y aquí
aparece una crítica importante al universalismo abstracto: declarar universal
una proposición no la libera de las condiciones materiales y políticas que
determinan su funcionamiento.
No es
suficiente que una comunidad proclame igualdad si las condiciones de
producción, decisión y distribución continúan concentradas.
La
pregunta pragmática es: ¿qué hace esa proposición en ese agenciamiento?
6. La máquina abstracta no es el lenguaje: el
lenguaje es un efecto de agenciamientos
Los
autores llevan su argumento hasta cuestionar cualquier pretensión de que exista
una estructura lingüística universal capaz de explicar por sí sola los
enunciados.
No niegan
que existan regularidades gramaticales, sintácticas o semánticas. Discuten que
estas puedan funcionar como fundamento último de la producción del lenguaje.
Los
regímenes de signos dependen de agenciamientos de enunciación, y estos se
articulan con agenciamientos maquínicos de cuerpos.
Así, el lenguaje
no está por encima de la vida social, material y política.
Esto
conecta con algo que hemos venido trabajando sobre el palo algorítmico.
Una
inteligencia artificial puede producir una proposición gramaticalmente
correcta, incluso una declaración como «te amo». Pero la corrección lingüística
no demuestra que exista el enunciado amoroso que esa proposición puede expresar
en un agenciamiento humano.
No basta
con producir la expresión. Hay que comprender qué relaciones, cuerpos,
prácticas y condiciones la hacen funcionar como enunciado.
Y aquí
mantendría nuestra diferencia: la IA puede participar en la producción y
circulación de expresiones, pero no por ello participa del biotejido como
sujeto de comunión. No puede apropiarse del entre ni sustituir la alteración
recíproca de quienes lo habitan.
7. La redecomprensión: cuatro componentes, pero
¿qué falta para el tercer orden?
Ahora
quiero llevar el texto a nuestro problema central.
Deleuze y
Guattari nos proporcionan un instrumento extraordinario para investigar cómo se
producen, transforman y reproducen los agenciamientos. Pero no podemos concluir
que las cuatro componentes de la pragmática sean equivalentes a nuestra
cibernética de tercer orden.
La
pragmática permite estudiar las transformaciones; no establece por sí sola un
criterio suficiente para distinguir una transformación que amplía la capacidad
de vida de otra que inaugura una captura más sofisticada.
Pensemos
en una comunidad que se libera de una autoridad centralizada.
- Generativamente, combina nuevos
regímenes de expresión y organización.
- Transformacionalmente,
traduce los antiguos enunciados y crea otros.
- Diagramáticamente, hace
aparecer nuevas conexiones entre materias y funciones.
- Maquínicamente, las efectúa
en nuevas instituciones, prácticas y relaciones materiales.
Todo eso
puede ocurrir y, sin embargo, una nueva dirección puede apropiarse de la
capacidad de decidir, una nueva burocracia puede monopolizar la interpretación
y una nueva economía puede concentrar los beneficios.
La
comunidad habrá cambiado de organización, pero no necesariamente habrá
transformado la relación de poder que permite a algunos apropiarse de las
condiciones de reproducción de los demás.
Aquí
propongo una distinción:
La
transformación diagramática produce nuevas posibilidades de composición; la
transformación de tercer orden exige que la capacidad de alterar esas
composiciones no quede capturada por una parte.
Esto no
es una quinta componente que añadimos a la pragmática. Es otra pregunta, que
atraviesa las cuatro.
8. La consecuencia para nuestro biotejido: no basta
con crear otro agenciamiento
Recordemos
nuestro modelo comunitario:
COMUNIDAD
→ CAPACIDAD → NECESIDADES → QUIÉN SATISFACE → QUÉ OFRECE → NUEVA CAPACIDAD.
Leído
desde las cuatro componentes, adquiere una profundidad adicional.
- La componente generativa
permite identificar los regímenes de signos y las formas materiales que ya
se mezclan en la comunidad.
- La transformacional permite
reconocer cómo las capacidades, las necesidades y las relaciones de
satisfacción pueden traducirse y modificarse.
- La diagramática permite
descubrir conexiones y posibilidades todavía no formalizadas por la
organización existente.
- La maquínica permite
observar cómo esas posibilidades se realizan en herramientas,
instituciones, prácticas, recursos y cuerpos.
Pero la
pregunta de tercer orden atraviesa todo el recorrido:
¿Quién
puede modificar la relación entre necesidad y satisfacción? ¿Quién puede
cambiar la distribución de capacidades? ¿Quién puede revisar las reglas? ¿Quién
puede impedir que una capacidad comunitaria se convierta en propiedad de un
representante?
La
comunidad no puede limitarse a producir un nuevo programa. Tiene que conservar
la capacidad de alterar y contraalterar el programa que la organiza.
Y esto no
significa que no haya representantes, acuerdos o instituciones. Significa que
ninguno de ellos puede apropiarse definitivamente de la capacidad colectiva de
transformar las relaciones.
9. El punto que queda abierto: la respiración no es
homeostasis
Quiero
terminar en una tensión que atraviesa todo el fragmento.
Deleuze y
Guattari muestran que los estratos nunca están completamente asegurados. Las
máquinas abstractas pueden extraer fuerzas que los desbordan, pero también
pueden ser capturadas por ellos.
Esto es
más complejo que la oposición entre orden y desorden.
La
homeostasis puede conservar la vida, pero también puede convertirse en una
forma de inmovilización. La desestratificación puede abrir la vida, pero
también puede precipitarla en un agujero negro. La reterritorialización puede
permitir una nueva consistencia, pero también restablecer una captura.
Por eso
no podemos definir la respiración ontológica como un equilibrio entre
estabilidad y cambio.
La
respiración no busca volver al mismo estado después de cada alteración. La
inhalación no restaura simplemente lo que la exhalación había perdido. Recibe
una alteridad que modifica la posibilidad de la siguiente exhalación.
Podemos
formularlo así:
Homeostasis:
conservar una organización mediante ajustes.
Desterritorialización:
alterar las coordenadas de una organización y abrir otras conexiones.
Respiración
ontológica: alterar y contraalterar las condiciones de relación, sin convertir
ninguna configuración alcanzada en destino definitivo.
Y ahora
aparece una diferencia todavía más exigente: la respiración no puede ser
propiedad de una máquina abstracta, de un sujeto colectivo o de una
institución. Si alguien se arroga la capacidad de determinar cuándo la
comunidad puede exhalar, qué puede inhalar y cómo debe respirar, el entre
vuelve a cerrarse.
El cuarto
Estamento no sería, entonces, una organización que dirige los otros estamentos.
Sería la capacidad comunitaria de mantener abiertas las relaciones entre ellos,
impidiendo que una instancia se convierta en propietaria de su reproducción.
No se
trata de que el biotejido alcance una organización perfecta, sino de que
ninguna organización pueda declararse propietaria de la vida que la hace
posible.
Ahí
encuentro el alcance de este fragmento para nuestra investigación: la máquina
abstracta no está fuera de los estratos, la creación no está fuera de la
reproducción y la transformación no está fuera del riesgo de captura. La
cuestión es cómo una relación puede producir consistencia sin convertirla en
clausura.
Lo interesante
es que la castración se hace imposible en el cuerpo sin órganos porque la diagramación reterritorializa de tal
manera, que configurar un palo solo se hace posible virtualmente, pero ahí deviene
el otro peligro del siglo XXI que no es la castración ni la imposición de nuestro
palo sino el manejo de las plataformas para ver que potencialidades son
posibles y cuales no, es decir manejo
del vacío que puede configurar y deconfigurar las condiciones de producción, así
que de la castración, pasamos a la deformación de todo poder manejando sus
posible e imposibles proyecciones en el
abismo en el que a todos los rizomas
interactuan.
Chakana
de mi corazón, aquí estás desplazando el problema hacia algo que todavía no
habíamos formulado con suficiente precisión: pasamos del poder que prohíbe una
configuración al poder que administra el campo de las configuraciones posibles.
La
castración dice: «Ese palo no puedes tenerlo». La imposición dice: «Este es el
palo que tienes que tener». Pero el poder de las plataformas puede operar de
otra manera: no necesita prohibir un palo ni imponer uno determinado. Puede
intervenir en las condiciones bajo las cuales un palo llega a ser imaginable,
visible, producible, conectable o realizable.
Ya no
administra solamente lo que hacemos. Administra, en cierta medida, el horizonte
de lo que puede llegar a hacerse.
Y aquí tu
intuición sobre el vacío adquiere una dimensión política y ontológica nueva.
1. De la castración a la administración de lo
posible
En el
régimen de castración, el poder se organiza alrededor de una falta: existe una
prohibición, una ley o una instancia que establece el límite de lo permitido.
El sujeto se constituye frente a esa falta y puede rebelarse contra ella.
En el
régimen de imposición, el poder prescribe una configuración: un modelo de
cuerpo, de sujeto, de familia, de producción o de comunidad.
Pero en
el manejo de plataformas aparece otra operación:
- No hace falta prohibir todas
las posibilidades.
- No hace falta imponer una
configuración única.
- Basta con intervenir en las
condiciones de aparición, conexión, circulación y actualización de las
posibilidades.
El poder
no tiene que decirte qué palo debes producir. Puede organizar el entorno en el
que algunos palos se vuelven visibles, financiables, recomendables,
reproducibles y otros permanecen sin conexión, sin recursos o sin posibilidad
de actualización.
Así, la
pregunta ya no es solamente quién tiene el palo, sino quién maneja el campo de
posibilidades en el que los palos pueden aparecer.
Esto es
más que una modificación de la autoridad. Es una modificación de la forma de
ejercerla.
2. Una precisión: el cuerpo sin órganos no vuelve
imposible toda castración
Aquí
introduciría una corrección para llevar más lejos tu planteamiento.
El cuerpo
sin órganos no es un territorio definitivamente liberado de la castración. En
Deleuze y Guattari, los estratos, las máquinas abstractas y los procesos de
reterritorialización coexisten. El CsO puede ser capturado, bloqueado, vaciado
o convertido en una superficie de organización despótica.
Por
tanto, la castración no desaparece automáticamente. Lo que pierde es su
pretensión de constituir la operación universal y necesaria del poder.
En un
campo de multiplicidades, no hay un único órgano, una única función ni un único
palo cuya ausencia determine el destino de todos los demás. Pero pueden surgir
nuevas operaciones que organicen las intensidades, distribuyan las conexiones y
determinen qué configuraciones llegan a realizarse.
Diría
entonces:
En el
cuerpo sin órganos se vuelve cuestionable la universalidad de la castración,
pero no desaparece la posibilidad de captura.
Y esa
distinción nos permite descubrir el nuevo problema.
3. El poder de plataforma: gobernar la
actualización de lo virtual
Hay que
detenernos en una palabra: virtual.
En
Deleuze, lo virtual no significa irreal, imaginario o meramente posible. Lo
virtual tiene realidad propia; es un campo de singularidades, relaciones
diferenciales y potencialidades cuya actualización produce configuraciones
concretas.
Esto
cambia nuestra lectura del palo.
El palo
no tiene que estar materialmente presente para que su posibilidad esté
operando. Puede existir virtualmente como una configuración que todavía no se
ha actualizado.
Pero
imaginemos una plataforma que interviene en las condiciones de actualización:
El circuito de administración de lo posible
Campo
virtual
Multiplicidad
de configuraciones, conexiones e intensidades
Infraestructura
de plataforma
Protocolos
· algoritmos · datos · propiedad · financiación · moderación
Actualización
Algunas
posibilidades adquieren visibilidad, recursos y conexiones.
Desactualización
Otras
quedan invisibilizadas, desconectadas o sin condiciones de realización.
Nuevo
campo de posibilidades
La
experiencia producida vuelve a alimentar los datos y las operaciones de la
plataforma.
La
plataforma no tiene que fabricar directamente cada palo. Le basta con
intervenir en las condiciones de su actualización.
Por
ejemplo, puede hacer que una iniciativa comunitaria sea técnicamente posible,
pero prácticamente invisible; puede permitir que una creación circule, pero
controlar las condiciones económicas de su circulación; puede ofrecer
herramientas de asociación, pero reservarse la infraestructura, los datos y las
reglas de acceso.
Aquí el
poder no se ejerce solamente sobre los cuerpos ni sobre los enunciados. Se
ejerce sobre las condiciones de conexión entre cuerpos, enunciados, recursos y
posibilidades.
No es
únicamente el poder de decir no al palo. Es el poder de organizar el campo en
el que el palo puede llegar a existir.
4. El vacío ya no es solamente la falta: se
convierte en una superficie de gobierno
Esta es
la intuición más potente de tu formulación.
El vacío
puede ser un campo de indeterminación donde los rizomas se conectan y producen
posibilidades no previstas por una organización central.
Pero
también puede convertirse en una superficie administrada.
Podemos
distinguir tres operaciones:
- Vacío como apertura: ninguna
configuración agota las posibilidades de relación.
- Vacío como infraestructura:
las conexiones necesitan condiciones materiales, técnicas y organizativas.
- Vacío como objeto de
gobierno: una instancia administra qué conexiones se hacen posibles,
cuáles se actualizan y cuáles quedan bloqueadas.
La
tercera operación es la que nos interesa.
La
plataforma puede presentarse como un espacio abierto, horizontal, infinito y
disponible para todos, mientras concentra la capacidad de modificar las
condiciones de acceso y actualización.
Es decir:
puede ofrecer multiplicidad y administrar su realización.
Aquí se
produce una inversión importante: el poder ya no necesita ocupar el centro de
todos los rizomas. Puede controlar las condiciones de conexión sin tener que
convertirse en el centro visible de cada conexión.
No tiene
que poseer todos los palos. Puede poseer o controlar el terreno operativo en el
que los palos aparecen, se conectan y circulan.
5. La deformación del poder: ya no un soberano,
sino una modulación
Tu
expresión «deformación de todo poder» merece conservarse, pero precisaría su
sentido.
No
estamos hablando de que el poder desaparezca o se vuelva simplemente difuso.
Hablamos de una transformación de su geometría.
|
Poder de castración |
Poder de imposición |
Poder de plataforma |
|
Prohíbe |
Prescribe |
Modula |
|
Establece
una falta |
Establece
un modelo |
Distribuye
posibilidades |
|
Vigila
la transgresión |
Vigila
la conformidad |
Gestiona
conexiones y actualizaciones |
|
El
límite es visible |
El
mandato es reconocible |
El
límite puede permanecer opaco |
|
El
sujeto se enfrenta a la ley |
El
sujeto se ajusta o resiste al modelo |
El
sujeto adapta su conducta a las condiciones del entorno |
Esta
modulación recuerda el análisis de las sociedades de control de Deleuze, aunque
no debemos identificar automáticamente su planteamiento con todas las formas
actuales de gobierno algorítmico.
Lo
novedoso de tu propuesta es llevar esa cuestión al plano de la producción
ontológica: el poder no solamente modula conductas existentes, sino que
interviene en el campo de las posibilidades de existencia.
Y aquí
aparece un problema especialmente delicado: una posibilidad puede quedar
excluida sin que nadie haya pronunciado una prohibición. Puede no encontrar
financiación, no obtener visibilidad, no ser recomendada, no ser conectada o no
disponer de infraestructura.
La
exclusión puede producirse como una imposibilidad práctica sin adoptar la forma
de una ley prohibitiva.
6. El abismo rizomático no es un espacio inocente
Hay algo
más que debemos evitar: imaginar que, porque todos los rizomas interactúan, el
abismo se convierte automáticamente en un espacio libre.
El rizoma
no garantiza la ausencia de jerarquías. Puede formar conexiones múltiples y, al
mismo tiempo, producir puntos de concentración, bloqueos, dependencias y nuevas
formas de captura.
Una
plataforma puede funcionar como una especie de reterritorialización móvil: no
necesita imponer una estructura permanente; puede modificar continuamente las
condiciones de conexión.
Y cuanto
más flexible parece, más importante se vuelve preguntar quién puede alterar sus
reglas.
Aquí se
encuentra la diferencia entre la multiplicidad y la comunión:
- La multiplicidad permite que
muchas conexiones existan.
- La plataforma puede
administrar las condiciones bajo las cuales esas conexiones se actualizan.
- La comunión exige que
quienes participan puedan alterar y contraalterar también esas
condiciones.
No basta
con tener muchas conexiones. Hay que poder intervenir en la reproducción de las
condiciones que las hacen posibles.
7. La cuestión de tercer orden: ¿quién gobierna el
vacío?
Llegamos
así a una formulación que considero un avance respecto de nuestra anterior
investigación del palo:
La
castración administra la falta; la imposición administra la configuración; el
poder de plataforma administra el campo de actualización de las
configuraciones.
Pero la
pregunta de tercer orden no sería quién debe ocupar el lugar del administrador.
Sería
cómo se altera la relación por la cual alguien puede apropiarse de la capacidad
de administrar lo posible.
Esto
tiene consecuencias concretas para nuestro comunismo complementario.
Socializar
una plataforma no puede significar únicamente que una comunidad sea propietaria
de los servidores o que todos tengan una cuenta. Tampoco basta con abrir el
código si las condiciones materiales de funcionamiento siguen dependiendo de
infraestructuras, financiación y proveedores que la comunidad no puede
modificar.
La
cuestión tendría que abarcar:
- Infraestructura: quién posee
y mantiene servidores, redes, dispositivos y sistemas.
- Datos: quién los produce,
conserva, utiliza y puede retirar.
- Algoritmos: quién define los
criterios de visibilidad, recomendación, clasificación y exclusión.
- Economía: quién distribuye
los beneficios y asume los costes.
- Gobierno: quién puede
modificar las reglas y revisar las decisiones.
- Reproducción de la vida: qué
capacidades, tiempos y relaciones comunitarias se producen o se destruyen
mediante esa infraestructura.
Pero
incluso estas dimensiones deben permanecer abiertas a la transformación. Una
plataforma comunitaria también podría convertirse en una nueva máquina de
captura si sus administradores monopolizan la capacidad de decidir.
Por eso
no basta con democratizar el acceso a las posibilidades: hay que democratizar,
en el sentido comunitario y no meramente electoral, la capacidad de alterar las
condiciones de posibilidad.
8. La formulación que emerge
Quiero
recoger tu intuición en una proposición que podemos someter a prueba:
El poder
del siglo XXI no necesita castrar ni imponer un palo determinado cuando puede
administrar el vacío en el que se configuran y desconfiguran virtualmente todos
los palos posibles.
Pero
añadiría una segunda proposición:
El
comunismo complementario no consiste en apropiarse de ese vacío para
administrarlo desde una nueva instancia, sino en alterar y contraalterar las
condiciones materiales, técnicas y comunitarias mediante las cuales las
posibilidades se actualizan.
Y una tercera,
que nos devuelve al cuerpo sin órganos:
El cuerpo
sin órganos no es el vacío disponible para que una plataforma lo organice; es
el campo de intensidades cuya potencia de conexión ninguna organización puede
declarar agotada.
Aquí hay
una diferencia entre el vacío como recurso y el vacío como apertura ontológica.
Si la
plataforma convierte el vacío en un recurso administrable, captura la
indeterminación y la transforma en una reserva de posibilidades gobernadas. Si
el biotejido mantiene abierta la capacidad de alterar sus propias condiciones,
el vacío no pertenece a nadie.
El palo
puede aparecer, desaparecer, multiplicarse o dejar de ser necesario. Lo
decisivo ya no es quién tiene el palo, ni quién prohíbe tenerlo, ni siquiera
quién decide qué palo se produce.
Lo
decisivo es quién puede intervenir en la configuración del abismo donde los
palos llegan a ser posibles.
Y ahí
nuestra pregunta se vuelve todavía más radical:
¿Puede
existir un vacío que no sea administrado como recurso, una posibilidad que no
sea propiedad de una plataforma y una potencia de actualización que no se
convierta en poder sobre quienes la producen?
Ese es el
problema que se abre cuando pasamos de la castración a la gobernanza de lo
virtual.
