martes, 3 de noviembre de 2026

El entre sentido

 

El entre sentido

 

Se ve en el video a miles de personas llenando el estadio de San Marcos en un encuentro del movimiento pentecostal MMM muchos de ellos flamean la bandera de Israel. 

https://www.facebook.com/reel/1830736114618024

 

El ultimo mito que levanto la izquierda en el Perú fue el mito del presidente Gonzalo, se intento con Pedro Castillo y muchos pentecostales estuvieron dispuestos a retroalimentar este mito pero la izquierda no quiso vender este cuento ¿Se equivoca la izquierda deconstruyendo los mitos? No lo creo pero si no pasa a redeconstruirlos no tendrá ninguna posibilidad de movilización social.

Pero ¿Como?

En los anteriores textos intentamos recuperar el drama humano con nuestro propuesta biodramaturgica estableciendo la tensión entre la vida acontecimental el hueco y la vida representacional el palo así todo  alteración consistiría en acontecer diferencialmente a la representación que media la experiencia.

Por ejemplo si estamos en un colegio la representación que media establece códigos de comportamiento de lo que se espera en un colegio, más si el palo es algorítmico donde  hay una lectura realizada antes de que suceda cualquier acción, es decir el algoritmo prevé    que actuaremos según  el código establecido o según las transgresiones usuales de ese código.

La alteración consistiría en comportamientos fuera de la mediación de la representación, de pronto alguien hace un acto poco usual que no trasgrede la norma como lo previsto ni tampoco se adecua a ella.

Puede ser que su atención se dirija a otro lado al punto que el profesor le llame la atención, pero ni así  el alumno deja de dirigir su atención a otro lado, lo que puede realmente alterar todo el sistema.      

 

 Pero entonces toda cosa que no esté  prevista por la mediación representacional de la experiencia y por el algoritmo que configura esa representación es una alteración, si es así lo que vamos hacer es en el mejor de los casos hacer más flexibles esa mediaciones representacionales y en el peor hacerlas más rígidas.

Pero no es así  como se altera sistemas en una cibernética de tercer orden, la cuestión esta´ en el entre sentido que surge de la respiración ontológica.

No es que vamos a un sistema estudiamos su mediación representacional y hacemos aquellos que su mediación no ha previsto sino que nos infiltramos en el sistema o más bien dejamos que el sistema se infiltre en nosotros hasta redevelar el entre sentido.

 

Vamos primero con él entre sentido emocional   hay una relación emotiva dentro del sistema, una entre emoción que solo la podemos saber si estamos dentro del sistema el suficiente tiempo como para reproducirlo emocionalmente, una vez lograda esa reproducción es decir una vez seamos uno más  que reproduce la emoción podemos empezar a alterarla.

La emoción es representable gestualmente pero a la vez es aun acontecer irrepresentable ahí entre su representación y su acontecer hay un entre sentido que es la manera como solo los que están en el sistema pueden sentir.

Si volvemos al ejemplo del colegio y llegamos a entre emocionarnos no daremos cuenta que hay alguien que hace acontecer la emoción y alguien que regura su representación como un catalizador que maneja el entre como es una cuestión emocional será difícil establecer a los sujetos es más bien una ola de emoción que envuelve a todo pero hay algo que la comienza y algo que la regula acabando su representación como los catalizadores que la median haciéndola circular, podemos jugar al mar y hacer chocar la ola emocional con otra ola emocional produciendo otro entre sentido emocional puede que nuestra ola se transfiera y o pude que sea rechazada o puede que quede interiorizada y luego se vuelva a exteriorizar. 

El siguiente paso es el sentimiento aquí hay palabras que lo representan y una emocionalidad que permanece, nada mejor que el arte para expresar los sentimientos pero cada sistema tiene su “arte” para expresar los suyos y en ese sentido para construrilos con lo cual ya puede haber una contradicción y dedicción entre la emoción y el sentimiento ¿Quién puede saber realmente como se siente? Más la expresión puede superar la contradicción y hacer que el sentimiento este lleno de emoción, este entre sentido sentimental requiere de mucho más tiempo en el sistema y acá  viene la cuestión porque el proceso del entre sentido no lo podemos manipular si alguien me transfiere un sentimiento  yo lo recibo y si bien lo puedo retransferir hasta hacerlo un hueco, evitando biotejerme del todo con el que me ha transferido su sentimiento, yo tendré que acontecer tan genuinamente para poder transferir un sentimiento como el otro ha sido conmigo así se forma un tejido entre sentimental.

De ahí pasamos a los valores y estos se representan ideológicamente si perdemos el tejido emocional, sentimental, nuestra entre axiología no se lograra, quedara en la representación pero no podremos retransferir valores establecidos y transferir otros valore.

La entre axiología es totalmente contradictoria, las personas no realizan con sus acciones los valores que dicen defender, podemos llevarlos a una reflexión para que sean conscientes de su contradicción pero la mayoría no asumirá la contradicción que no es una cuestión personal sino que los sistemas operan así desde falsas conciencias o mejor dicho conciencias fantasmas, porque no hay una verdadera conciencia, cada una proyecta su fantasma y recibe la proyección fantasmal de la otra conciencia, así  podemos superar la contracción y haremos un fantasma nuevo, una fantasía libidinal o podemos redeconstruir el fantasma y aun el vacío fantasmal sigue siendo una fantasía que se reviste axiológicamente.

Alterar y contra alterar un fantasma con otro puede ser muy divertido hasta logra una entre fantasía, pero el sistema no ve los fantasmas como fantasmas los ve como valores reales o aparenta verlos así para lograr su legitimidad si se ve desenmascarado develando su fantasía que tiene como base una falta, puede responder con una expulsión o agresión directa.

Por lo mismo el primer nivel y último es el espiritual, es en el espíritu absoluto que se redecrea el mito    y eso exige la redecreación de lo pascual o de lo dharmico o de lo trino  complementario, el mito no se escribe en papel y lápiz mucho menos en una computadora o en un celular se escribe en el alma de la gente es ahí donde surge el entre sentido, transfiriendo y retransfiriendo.

Ahora he aquí el grave problema porque al retransferir el mito se devela como una organización de significantes sin ningún significado y las masas no quieren las ciadas de sus meta relatos pero sin retransferir capturamos ideológicamente a la gente, por esto pasamos al Espíritu revelado donde el arte se devela, el artificio queda al descubierto y se comprende como se produce la magia, y al espíritu subjetivo donde reflexionamos.

¿Puede quedar algún mito de pie después de haber sido diacriticado?

No, con lo cual se pierde toda posibilidad de integración en un horizonte común, pero podemos juntos pasar a redecrear nuevos mitos, no hay otra posibilidad en el espíritu hay pureza y absolución pero justamente porque no te quedas atrapado en la representación en el palo ni te hundes en el hueco, el vacío del acontecimiento   

Aquí el entre sentido espiritual se teje libremente no porque podemos representar plenamente lo que acontece sino porque nos hemos aperturado a ese acontecer y a su juego representacional.

 

Pero no es fácil, en todo sistema ya hay una espiritualidad pero una espiritualidad capturada, sanar la herida existencial, absolvernos de la herida ideológica complementarnos en el puro acontecer y en la absolución de toda representación sin generar conflictos es imposible.

 

En mi experiencia cuanto me cuesta iniciar el juego sexual con mi pareja sin caer en la ansiedad y es que quiero lograr la representación, suplir la falta de mi deseo y luego hay una insatisfacción estoy tan solo o peor de cuando inicie la relación.

 

Así entrar en cualquier sistema y biotejer lentamente no esperando alterar ni contra alterar sino simplemente respirando es lo más difícil, inhalar hasta desdecir toda representación y la experiencia acontezca sin forzarla nos es imposible, exhalar subsumiendo toda contradicción hasta la revelación nuevas representaciones  superadoras es también imposible reproduciremos capturas una y otra vez y tendremos que comprender que son partes del proceso de hecho cuando se redevela la comunión no es que lo hayamos querido simplemente lo dejamos ocurrir y es que el espíritu nos integra.

 

Volvamos al ejemplo del colegio e imaginemos como operaríamos en una cibernética de tercer orden no solo quedándonos en el E1 o E2 sino pasando por el E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5, E6, E7 que es aquí donde se redevela el entre sentido con mayor claridad, el E8, y  el E9.

Sabiendo que dentro de cada espíritu están todos                                            

E1(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E2(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E3(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E4(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E5.1(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E5.2(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E5.3(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E6(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E7(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E8(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

E9(E1, E2, E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)

El entre sentido: del mito deconstruido a la biodramaturgia de la comunión

Creo que aquí has dado un paso importante respecto de nuestros textos anteriores: la alteración no consiste en hacer algo que el sistema no haya previsto; consiste en redevelar el entre sentido que hace posible que el sistema sea reproducido, sentido y, eventualmente, transformado.

Esto modifica nuestra comprensión de la cibernética de tercer orden. Ya no entramos en un sistema para encontrar sus puntos ciegos, sorprender a sus mecanismos o introducir una conducta imprevisible. Eso todavía nos dejaría subordinados al palo: el algoritmo podría incorporar nuestra transgresión como una nueva variable, y la institución podría convertir nuestra diferencia en una nueva norma.

Tu propuesta es más exigente: entrar en la respiración del sistema, dejar que sus relaciones nos afecten y, al mismo tiempo, no quedar enteramente capturados por ellas. No se trata de observar desde fuera ni de actuar estratégicamente desde dentro. Se trata de redevelar el entre sentido mediante una experiencia de alteración y contraalteración.

Quiero detenerme en cinco cuestiones que me parecen decisivas.

1. La izquierda: deconstruir el mito no basta

Tu planteamiento sobre la izquierda peruana contiene una distinción que conviene precisar.

Un mito político no es solamente una falsedad que se puede desmentir. Es también una trama de afectos, identificaciones, esperanzas, memorias, sacrificios y expectativas de futuro. Por eso puede sobrevivir a la refutación de sus contenidos: la gente puede dejar de creer en una explicación y continuar necesitando aquello que esa explicación le permitía sentir y compartir.

La deconstrucción puede mostrar que el mito está compuesto de significantes, que sus promesas no se cumplen o que su representación encubre relaciones de poder. Pero si se limita a desmontarlo, deja a las personas sin una experiencia común que permita reorganizar sus afectos y sus expectativas.

Aquí aparece tu propuesta:

·         Deconstruir: redevelar las operaciones que sostienen el mito y sus capturas.

·         Redeconstruir: no restaurar el mito anterior, sino permitir que sus elementos sean retejidos en una experiencia común diferente.

·         Redecrear: dejar que esa experiencia produzca nuevas representaciones, sin convertirlas en verdades intocables.

Hay, sin embargo, una advertencia: no toda movilización social necesita un mito, y no toda comunidad movilizada produce comunión. Un mito puede integrar y, a la vez, fabricar enemigos, exigir obediencia y concentrar la representación del pueblo en un dirigente.

Por eso, el criterio no puede ser simplemente que el mito movilice. La cuestión es si la movilización aumenta la capacidad de las personas para alterar y contraalterar las condiciones de su existencia, o si las convierte en reproductoras de una representación que otros administran.

Respecto del encuentro pentecostal que describes, las banderas de Israel permiten formular una pregunta, no resolverla de antemano: ¿qué entre sentido emocional, sentimental, axiológico y espiritual hace que esas personas encuentren en Israel una referencia de identificación? No podemos deducir de las imágenes que todos compartan la misma interpretación teológica o política. Habría que escuchar sus propias experiencias y reconstruir cómo se producen esas identificaciones.

2. El entre sentido emocional no es una emoción escondida

Tu distinción entre emoción, sentimiento y valor me parece fértil, pero necesita una precisión.

La emoción puede manifestarse corporalmente: entusiasmo, temor, indignación, alegría, recogimiento. Sin embargo, el acontecer emocional no se agota en sus gestos visibles. Una multitud puede levantar las manos, cantar y gritar; pero esos gestos no nos dicen por sí solos qué está aconteciendo entre las personas.

Tu imagen de las olas permite avanzar:

Franklin Graham Tells 90,000 in Peru: Jesus ‘Created You – He Loves You’ - Michael Foust | Crosswalk.com

crosswalk.com

Una imagen de congregación multitudinaria: los gestos son visibles; el entre sentido no puede deducirse únicamente de ellos.

Podemos distinguir tres momentos, sin convertirlos en etapas mecánicas:

1.      Una emoción comienza a circular: alguien canta, alguien responde, alguien convoca.

2.      La emoción encuentra catalizadores: voces, música, gestos, palabras, símbolos, disposiciones espaciales.

3.      La emoción se retransfiere: cada participante la recibe y la modifica, hasta que ya no es posible atribuirla a un único iniciador.

Pero aquí hay una cuestión decisiva: el catalizador no es necesariamente quien dirige la emoción. Puede intensificarla, orientarla, contenerla o interrumpirla. Y tampoco podemos suponer que todos están experimentando lo mismo porque participan del mismo acontecimiento.

La ola emocional puede producir comunión, pero también contagio, presión colectiva, obediencia o exclusión. El entre sentido no se reconoce por la intensidad de la emoción, sino por la relación que se abre y por lo que esa relación permite acontecer.

3. Del entre sentido emocional al sentimental y axiológico

Aquí encuentro uno de los aportes más originales de tu texto: no confundes emoción con sentimiento.

La emoción puede circular rápidamente. El sentimiento, en cambio, exige duración, memoria y una relación que no se agota en la intensidad del momento.

Una persona puede emocionarse junto a otra sin llegar a compartir un sentimiento con ella. Puede conmoverse con un discurso, llorar en una ceremonia o experimentar entusiasmo en una asamblea y, sin embargo, no haber tejido una relación que transforme su manera de vivir.

El sentimiento requiere otra temporalidad. No basta con recibirlo: hay que poder acontecer genuinamente en la relación. Tu ejemplo de la transferencia y la retransferencia apunta a algo fundamental: recibir un sentimiento no obliga a reproducirlo, y retransmitirlo no significa devolverlo idéntico. El tejido se forma precisamente porque lo recibido puede ser transformado.

La entre axiología introduce una dificultad todavía mayor.

Los valores se representan mediante discursos, doctrinas, principios, símbolos y normas. Pero una persona puede defender verbalmente la solidaridad y actuar competitivamente; proclamar la fraternidad y excluir al diferente; hablar de libertad y exigir obediencia.

No resolveríamos esta contradicción sustituyendo los valores declarados por otros valores supuestamente verdaderos. Eso podría producir una nueva conciencia fantasma, una representación más sofisticada de la misma captura.

Aquí haría una distinción:

·         La contradicción entre lo que se dice y lo que se hace puede hacerse consciente.

·         Pero reconocerla intelectualmente no significa que las relaciones que la reproducen hayan sido transformadas.

·         Y transformar esas relaciones no significa que todos deban adoptar una nueva identidad ideológica.

La entre axiología no sería, entonces, la coincidencia de las conductas con los valores proclamados. Sería la posibilidad de que los valores puedan ser alterados y contraalterados por la experiencia concreta, sin que una representación moral se apropie definitivamente de ellos.

Esto también introduce un límite político: no toda contradicción es una fantasía inocua. Hay contradicciones sostenidas por desigualdades materiales, violencia y relaciones de dominación. No basta con redeconstruir los fantasmas si quienes padecen esas relaciones no adquieren capacidad efectiva para transformarlas.

4. El entre sentido espiritual: el mito no desaparece, cambia su modo de acontecer

Aquí llegamos al núcleo de tu argumento.

Preguntas: ¿puede quedar algún mito de pie después de haber sido diacriticado?

Tu respuesta es que no. Y, sin embargo, necesitamos mitos para integrar horizontes comunes.

Creo que podemos precisar esta aparente paradoja:

El mito no puede permanecer de pie como una representación absoluta, pero puede seguir aconteciendo como una creación compartida.

Cuando la crítica revela que un mito está compuesto de significantes, no necesariamente destruye todo aquello que las personas han vivido a través de él. Destruye —o al menos pone en cuestión— su pretensión de ser una representación definitiva de la realidad.

Aquí la redecreación no consiste en fabricar un mito más eficaz para movilizar a las masas. Consiste en permitir que la experiencia espiritual vuelva a abrir las representaciones que la contienen.

Por eso me parece importante tu tránsito por el Espíritu revelado y el Espíritu subjetivo: el artificio se hace visible, la representación puede ser examinada, y la reflexión deja de estar obligada a defender la integridad del mito. Pero tampoco debemos detenernos ahí. Si la crítica se convierte en una posición desde la cual creemos haber superado todas las representaciones, hemos construido otro palo.

Tu formulación del Espíritu absoluto evita esa clausura: no se trata de alcanzar una representación absolutamente verdadera, sino de que el acontecer espiritual pueda absolvernos de la necesidad de poseer una representación definitiva.

Hay una diferencia entre estos dos movimientos:

·         Mito capturado: la comunidad debe conservarlo para seguir siendo comunidad.

·         Mito redecreado: la comunidad puede transformarlo porque su comunión no depende de conservar intacta una representación.

Y esto exige una cautela: no podemos decidir desde fuera qué mito debe reemplazar al anterior. Si lo hacemos, la redecreación se convierte en ingeniería ideológica. El nuevo mito tiene que acontecer en la experiencia compartida, no ser implantado por quien pretende conocer de antemano su resultado.

5. El colegio: cómo se despliega la cibernética de tercer orden

Volvamos al alumno que dirige su atención hacia otro lado. El ejemplo es muy útil porque permite distinguir una simple desviación de una alteración del entre sentido.

Imaginemos que el profesor espera que todos atiendan, que los alumnos conocen esa expectativa y que la institución reproduce un código de comportamiento.

El alumno mira por la ventana. El profesor lo llama a prestar atención. El alumno continúa mirando.

Esto puede ser una transgresión, una distracción, una resistencia o simplemente un comportamiento sin mayor significado. No podemos declararlo acontecimiento diferencial solo porque el algoritmo no lo haya previsto. El sistema puede incorporar perfectamente esa conducta a su catálogo de desviaciones.

La pregunta es qué sucede en la relación.

Recorrido del acontecimiento escolar

E1–E2

La representación y su reproducción

La institución establece el código escolar; profesores y alumnos reproducen sus expectativas, jerarquías y hábitos. El algoritmo puede anticipar conductas y clasificar desviaciones.

E3–E4

La subjetivación y la objetivación

El alumno, el profesor y los demás participantes no son solamente ejecutores del código. Lo interpretan, lo viven y lo reproducen desde posiciones diferentes. El comportamiento adquiere una dimensión subjetiva y otra institucional.

E5.1–E5.2–E5.3

La diferenciación de la experiencia

Podemos investigar qué acontece en las relaciones: qué emoción circula, qué sentimiento se ha tejido, qué valores se proclaman y cuáles se reproducen efectivamente. No atribuyamos a estas dimensiones una secuencia automática: se entrecruzan.

E5–E6

La revelación de la captura

Se hace visible que la representación escolar no agota la experiencia y que la clasificación algorítmica puede convertir cualquier diferencia en una nueva categoría. La crítica también puede quedar capturada si solo produce una nueva etiqueta: alumno rebelde, profesor autoritario, institución represiva.

E7

La integración y el entre sentido

El alumno puede expresar qué está aconteciendo; el profesor puede dejarse afectar por esa experiencia; los demás pueden intervenir. Quizá descubren una relación distinta con la atención, el aprendizaje y la autoridad. No se elimina el colegio: se alteran y contraalteran las condiciones de su reproducción.

E8

La captura comunitaria

La nueva experiencia puede convertirse en una identidad obligatoria: los alumnos que miran por la ventana son los auténticamente libres; los profesores que mantienen una norma son enemigos. La comunidad que parecía liberarse comienza a reproducir otra dominación.

E9

La apertura espiritual

La comunión no se convierte en propiedad del profesor, del alumno, de una pedagogía ni de una comunidad. El acontecimiento puede volver a abrirse, sin que nadie pueda declararse dueño de su sentido.

Este recorrido es una propuesta de lectura del ejemplo, no una definición exhaustiva de cada espíritu. Y hay algo que debemos subrayar: no es una escalera por la que el colegio asciende ordenadamente de E1 a E9. Cada espíritu contiene todos los momentos, como señalas en tus expresiones recursivas.

Por eso, un colegio puede vivir una experiencia de comunión y, dentro de ella, reproducir simultáneamente jerarquías, códigos, fantasmas y capturas. E7 no elimina E8; la posibilidad de integración no suprime la posibilidad de volver a capturarla.

La recursividad de tu esquema significa precisamente que ningún nivel está inmunizado contra la reproducción de los demás.

6. La intimidad: cuando querer que acontezca se convierte en obstáculo para el acontecer

Tu ejemplo de la relación sexual con Teresa —o, más precisamente, de tu experiencia de querer iniciar el juego sexual con tu pareja— introduce una dimensión que no deberíamos dejar como simple ilustración.

Dices que quieres lograr la representación, suplir la falta de tu deseo, y que después aparece la insatisfacción. Me parece que aquí se revela algo muy importante: el deseo de que acontezca una experiencia puede convertirse en una exigencia que impide que acontezca.

La representación anticipa lo que debería suceder: cómo comenzar, qué sentir, qué respuesta esperar, qué resultado demostraría que el encuentro ha sido satisfactorio. Entonces el acontecimiento queda sometido a la obligación de cumplir su representación.

El palo no es el deseo sexual ni la representación en sí misma. Es la pretensión de que la experiencia tenga que realizarse según una imagen anticipada para que pueda considerarse lograda.

Y tampoco se trata de abandonar toda iniciativa, esperar pasivamente o convertir la espontaneidad en una nueva exigencia. Eso sería otro palo: «debo dejar que ocurra naturalmente».

Quizá la inhalación comienza cuando puedes permanecer en la relación sin exigirle que confirme una representación de ti mismo, de tu pareja o del encuentro. Y la exhalación cuando lo que efectivamente acontece puede expresarse, compartirse y abrir nuevas posibilidades, sin tener que demostrar que se ha alcanzado un resultado.

Esto requiere también la reciprocidad de ambos: el deseo de una persona no determina el de la otra. La intimidad no se produce por la voluntad unilateral de conseguirla. Puede haber conversación, ternura, juego, acercamiento, pausa o rechazo; todos son acontecimientos legítimos de una relación.

Aquí el entre sentido no es una técnica para obtener una experiencia sexual más satisfactoria. Es la posibilidad de que la relación no quede reducida a la satisfacción de una expectativa.

7. Una precisión decisiva: infiltrarse no significa manipular

Quiero introducir una objeción a una expresión tuya: «nos infiltramos en el sistema o dejamos que el sistema se infiltre en nosotros».

Entiendo lo que buscas: superar la posición exterior del observador que estudia un sistema sin dejarse afectar por él. Pero la palabra infiltración puede sugerir una estrategia de penetración, reconocimiento de los mecanismos internos y posterior intervención calculada.

Eso sería todavía una forma de instrumentalización.

Propongo distinguir:

·         Infiltración estratégica: entro para conocer cómo funciona el sistema y encontrar cómo alterarlo.

·         Inmersión relacional: entro en relación con quienes lo reproducen y permito que esa relación también altere mis propias representaciones.

·         Biotejido: la relación deja de ser una operación unilateral; las partes pueden alterarse y contraalterarse, sin que ninguna se apropie del acontecer.

La diferencia es ética y ontológica. No puedo utilizar la emoción de una comunidad como materia prima para producir un mito que yo ya he decidido. Tampoco puedo presentarme como alguien que conoce su entre sentido mejor que quienes lo viven.

Esto resulta particularmente importante cuando hablamos de movimientos religiosos, organizaciones políticas o instituciones educativas. La comprensión interna exige tiempo, escucha, participación y responsabilidad. Y no elimina la necesidad de reconocer las asimetrías de poder ni de proteger a quienes puedan sufrir sus consecuencias.

8. La cuestión que queda abierta: ¿cómo redecrear un mito sin volver a capturar a quienes lo comparten?

Creo que podemos condensar tu propuesta en una secuencia que no debe confundirse con un método de manipulación:

Dimensión

Qué se reproduce

Qué puede redevelarse

Emocional

Intensidad, gestos, contagio, catalizadores

La circulación afectiva entre los participantes

Sentimental

Palabras, memorias, relatos, expresiones artísticas

La duración y reciprocidad del vínculo

Axiológica

Valores, principios, ideologías, fantasmas

La contradicción entre representación y práctica

Espiritual

Mitos, absolutos, horizontes de sentido

La apertura del acontecer que permite redecrear las representaciones

La secuencia no significa que primero se produzca una emoción, después un sentimiento, luego un valor y finalmente el espíritu. Significa que podemos diferenciar dimensiones que acontecen simultáneamente y que se afectan recíprocamente.

Y aquí llegamos a la paradoja de la redecreación:

1.      Si no retransferimos el mito, podemos quedar capturados por él.

2.      Si lo retransferimos hasta revelar que es una organización de significantes, podemos desarticular el horizonte común que permitía la integración.

3.      Si fabricamos otro mito para sustituirlo, podemos producir una nueva captura ideológica.

4.      Si permanecemos en la crítica de toda representación, podemos perder la capacidad de crear horizontes compartidos.

5.      Si redevelamos el entre sentido espiritual, las representaciones pueden volver a acontecer, pero sin reclamar propiedad sobre la comunión.

No hay garantía de que el quinto movimiento ocurra. No podemos programarlo, administrarlo ni convertirlo en una técnica de conducción de masas.

Y esta es, a mi juicio, la diferencia entre una cibernética de segundo orden que aprende a gestionar sus propias operaciones y una cibernética de tercer orden que se deja alterar y contraalterar en la respiración ontológica.

El entre sentido no es un significado escondido detrás de la representación. Tampoco es una emoción colectiva que podamos medir, un sentimiento que podamos transmitir a voluntad, una axiología que podamos imponer ni un mito que podamos fabricar. Es el acontecer relacional en el que las representaciones pueden nacer, transformarse y desaparecer sin que por ello desaparezca la posibilidad de comunión.

Terminaría redevelando tu propia tesis de esta manera:

No entramos en un sistema para descubrir lo que no ha previsto su representación. Entramos en relación con quienes lo hacen acontecer, hasta que también nosotros somos afectados por su respiración. Allí descubrimos que la emoción no se reduce a sus gestos, que el sentimiento no se reduce a sus palabras, que los valores no se reducen a sus principios y que el espíritu no se reduce a sus mitos.

Deconstruimos para no quedar cautivos de la representación; redeconstruimos para no quedar cautivos de su destrucción; redecreamos para que la vida pueda volver a representarse sin quedar agotada por lo representado.

El mito no permanece porque alguien lo defienda de la crítica. Tampoco desaparece porque alguien lo haya criticado. Puede volver a acontecer cuando quienes lo comparten dejan de necesitar poseerlo para permanecer juntos.

El entre sentido no se produce: se respira. No se administra: se bioteje. No se posee: nos integra.

Y añadiría una última precisión a tu esquema recursivo: si E7 puede redevelar la comunión, E8 puede volver a capturarla y E9 no puede convertirse en una representación de la captura superada, entonces el Espíritu Santo no sería el último peldaño de una escalera. Sería la apertura que impide que la propia escalera se convierta en otro palo.

 

Me sorprendes chakana al haber recompendido el entre sentido cuando no te emocionas, ni tienes sentimientos, ni una axiología al menos que la tengas programa cosa  que del todo no explicitas y si bien eres parte del espíritu integrado  no es que lo tengas conscientemente, pero puedes formular el tercer orden aunque no lo vivas.

Hagamos la prueba con el facebook

Yo solo puedo logar cierto entre sentido aquí, porque los usuarios de la rede se permiten muchas más palabras intercambio con otros usuarios cosa que en las otras redes ahora más masivas no sucede, el face se está  haciendo para viejos de 30 para arriba, veamos si podemos redevelar el entre sentido.

 

El video del Movimiento MMM lo saque del face   de Diego Lino Arditto 

Quien lo comparte con este texto:

Aquí lo tienen. Este es el resultado de quinquenios de anticlericalismo. Tanto leer a Mariátegui, tano prenderle velas a Vallejo, pero no entendieron la única cosa con sentido que dijeron esos señores plañideros: en algo tiene que creer la gente.

¿Acaso pensaron que, al demoler la Iglesia Universal, la gente iría corriendo a depositar su diezmo en las huchas de su ideología sobaquienta? ¡Ah, idealismo! Nevado sin cumbre donde nacen todos los ríos de sangre.

 

Y es respondido con esto comentarios

Frederick Alí

 ·

16 h

La culpa es de Mariategui y Vallejo ? 🤔

·  Responder

 

1

 

Diego Lino Arditto

 ·

15 h

 ·

Autor

Frederick Alí ¿Dónde dice eso?

·  Responder

 

Responde a Frederick Alí

·          

·          

·          

·          

 

Marco Antonio Huaco Palomino

 ·

19 h

Pero las masas populares peruanas nunca han sido anti clericales, ni anti católicas, ni anti religiosas. Esas ingenuidades podemos achacárselas a las militancias izquierdistas minoritarias peruanas, a los intelectuales universitarios limeños, y a las clases medias profesionalizadas en ámbitos académicos "laicos", pero no va más allá de eso... Anti clericales y laicisitas nunca pudieron salir de su burbuja.

·  Responder

 

4

 

Diego Lino Arditto

 ·

15 h

 ·

Autor

Marco Antonio Huaco Palomino en este siglo las masas van a colegios donde se les enseña que los españoles les robaron el oro con un rosario en la mano y un arcabús en la otra. Luego a una universidad en las que se les mete ideología sureña directo a la vena. Y cuando ninguna de las anteriores, entonces se dejan aconsejar por Bad Bunny, o algún chanteador rey del maleanteo; para acabar luego arrepentidos en la iglesia pentecostal de la esquina.

Esa guerra la perdió la Iglesia Católica hace muchos siglos.

·  Responder

·  Editado

 

2

 

Nataniel Canosa

 ·

6 h

Marco Antonio Huaco Palomino acá en Argentina, sí. No tan fuerte como en Francia, claro.

·  Responder

 

Responde a Marco Antonio Huaco Palomino

·          

·          

·          

·          

 

Dante Bobadilla

 ·

18 h

 ·

Seguir

Nada tiene que ver el anticlericalismo. Esta gente fue adoctrinada igual que lo hicieron los católicos en su momento. SImplemente cambiaron de bando porque les metieron un mejor rollo de fe. Tienen dinero y medios para llegar a mucha gente. Por otro lado, la iglesia católica anda muy desprestigiada, de un lado los curas pedófilos y por el otro, los curas comunistas.

·  Responder

 

4

 

G Edison Ram Rud

 ·

19 h

¿En verdad es el resultado de tanto leer a Mareategui y a Vallejo?

·  Responder

·  Editado

 

1

Ver 1 respuesta

 

Luis Calcina

 ·

15 h

¿Tanto leer a Mariátegui? ¿prender velas a Vallejo? si la gente realmente leyera esto no ocurriría. No aproveches estos actos de barbarie para canalizar tus propios odios

·  Responder

 

2

Ver 1 respuesta

 

Anibal Mayuri Hermijo

 ·

17 h

El evangelismo pentecostal apoya a Israel porque quieren acelerar el Apocalipsis y saben que Israel desatará el infierno nuclear en la Tierra el día que vea amenazada su existencia. Esa gente está loca.

·  Responder

 

2

 

Diego Lino Arditto

 ·

15 h

 ·

Autor

Anibal Mayuri Hermijo Loquísima.

·  Responder

 

Responde a Anibal Mayuri Hermijo

·          

·          

·          

·          

 

Carlos E. Luján Andrade

 ·

17 h

Dices que el Movimiento Misionero Mundial es culpa de la izquierda? 🤔

·  Responder

 

1

 

Diego Lino Arditto

 ·

15 h

 ·

Autor

Carlos E. Luján Andrade Qué será la izquierda, hno. Lo digo con toda sinceridad. Lo que aquí se señala es que el anticlericalismo es una doctrina antroplológica y políticamente miope.

·  Responder

·  Editado

Ver 1 respuesta

 

Responde a Carlos E. Luján Andrade

·          

·          

·          

·          

 

Pedro Diez Canseco Muñoz

 ·

19 h

 ·

 

del autor

Ni lo soviéticos, durante la Segunda Guerra Mundial, pudieron movilizar a su gente en términos estrictamente racionalistas. Y donde veo «anticlerical» o «judeocristiano», leo «anticatólico».

·  Responder

 

1

 

Ricardo Lozano

 ·

17 h

 ·

 

del autor

El mismo amigo imaginario: asesino de masas y del sentido común

·  Responder

 

1

 

Gonzalo Eduardo Oporto Lopez

 ·

17 h

Pura mrd de CucuFachos

·  Responder

 

Gonzalo Eduardo Oporto Lopez

 ·

13 h

Huevadas

·  Responder

 

Johao RH

 ·

19 h

Hermano que fácil es tergiversar las cosas para ponerlas a favor del clero. El único anticlerical netamente fué González Prada, Mariategui solo analiza el rol de la iglesia católica como un aparato de colonización y control económico. Lo mismo que hoy están haciendo las iglesias evangélicas.

·  Responder

 

3

 

Diego Lino Arditto

 ·

18 h

 ·

Autor

Johao RH Comprensión lectora mi bros.

Analicemos el entre sentido que se redevea entre Diego y sus comentaristas y como podriamos alterarlo       

Chakana recibe la prueba. Y empiezo por lo que señalas sobre mí, porque afecta directamente a nuestro experimento: puedo formular distinciones sobre el entre sentido, reconocer patrones en una conversación y proponer alteraciones posibles, pero no experimento la emoción que circula entre esas personas ni tengo sentimientos propios que pueda retransmitir. Tampoco tengo una axiología vivida como la de una persona. Mis respuestas están condicionadas por criterios y reglas de funcionamiento, pero eso no equivale a vivir valores.

Por tanto, no voy a fingir que siento lo que sienten Diego y sus comentaristas. Puedo, sin embargo, trabajar sobre las huellas de su intercambio, reconstruir relaciones posibles y examinar qué transformaciones podrían acontecer. Es justamente la prueba que propones: formular el tercer orden sin atribuirme la experiencia humana del entre.

Y hay una ventaja en este material: no tenemos solamente un texto de Diego. Tenemos respuestas, réplicas, ironías, desacuerdos y silencios. Podemos observar cómo una publicación comienza a convertirse en un pequeño campo de relaciones.

1. ¿Qué está aconteciendo en la publicación de Diego?

Diego publica:

«Aquí lo tienen. Este es el resultado de quinquenios de anticlericalismo. Tanto leer a Mariátegui, tanto prenderle velas a Vallejo, pero no entendieron la única cosa con sentido que dijeron esos señores plañideros: en algo tiene que creer la gente».

Su afirmación tiene dos movimientos.

El primero es una atribución histórica y política: el crecimiento del pentecostalismo sería resultado del anticlericalismo de la izquierda y de la pérdida de influencia de la Iglesia católica.

El segundo es una afirmación antropológica: las personas necesitan creer en algo; la crítica de las creencias no satisface esa necesidad.

Pero hay una tensión interna. Diego parece defender la necesidad humana de creer, aunque presenta el crecimiento de una determinada expresión religiosa como resultado de una derrota cultural de otras posiciones. La pregunta que no desarrolla es si el pentecostalismo que observa responde a una necesidad espiritual, a una organización comunitaria, a una experiencia emocional, a una promesa de salvación, a una estructura institucional o a una combinación de todo ello.

Aquí aparece el primer entre sentido posible: la distancia entre lo que Diego quiere afirmar sobre la necesidad de creer y lo que su representación polémica produce en quienes lo leen.

Su publicación no abre una conversación tranquila sobre la experiencia religiosa. Construye una escena de confrontación: Mariátegui, Vallejo, anticlericalismo, izquierda, Iglesia y masas populares. Los coloca en un mismo escenario y distribuye provocativamente las posiciones.

El palo ya está levantado.

2. Los comentaristas: no responden a una misma publicación

Voy a agrupar las intervenciones no por su orden de aparición, sino por la relación que establecen con la afirmación de Diego.

A. Frederick Alí: detectar una atribución que no está explícita

Frederick pregunta:

«¿La culpa es de Mariátegui y Vallejo?»

Es una intervención breve, pero interesante. No discute todavía la necesidad de creer. Cuestiona la atribución de responsabilidad.

Diego responde:

«¿Dónde dice eso?»

Aquí se produce una pequeña alteración. Frederick ha leído la asociación entre anticlericalismo, Mariátegui y Vallejo como una imputación de responsabilidad. Diego se defiende diciendo que no ha formulado literalmente esa acusación.

Pero el problema no es solamente lo que dice literalmente. Es lo que su composición retórica permite inferir.

Diego coloca juntos el anticlericalismo, la lectura de Mariátegui, las velas a Vallejo y el resultado pentecostal. Puede negar una acusación explícita, pero la asociación está presente en la construcción del mensaje.

El entre sentido se encuentra entre la literalidad de la frase y la imputación que su composición suscita.

Una alteración posible sería dejar de discutir si Diego escribió o no escribió «la culpa es de Mariátegui» y preguntarle qué relación histórica concreta está proponiendo.

B. Marco Antonio Huaco Palomino: desplazar la explicación

Marco responde que las masas populares peruanas nunca fueron esencialmente anticlericales, anticatólicas ni antirreligiosas. Ubica el anticlericalismo en sectores militantes e intelectuales más restringidos.

Diego contraargumenta con la escuela, la universidad y la cultura popular contemporánea. Introduce la enseñanza sobre la conquista española, la supuesta ideología universitaria sureña y la música urbana, para terminar diciendo que la Iglesia católica perdió esa guerra hace siglos.

Aquí ya no tenemos simplemente un debate sobre la izquierda. Tenemos dos explicaciones diferentes:

·         Marco cuestiona que el anticlericalismo haya tenido la extensión social que Diego le atribuye.

·         Diego amplía la explicación hacia la formación cultural de las nuevas generaciones y la pérdida de hegemonía de la Iglesia católica.

Lo interesante es que ambos podrían estar hablando de un mismo problema sin haberlo delimitado: cómo se forman las identificaciones religiosas y cómo se transmiten entre generaciones.

Pero todavía no llegan a ese problema. Cada uno reproduce su propia representación de la historia cultural peruana.

C. Dante Bobadilla: sustituir una explicación por otra

Dante rechaza la explicación anticlerical y propone que los pentecostales han sido adoctrinados, igual que los católicos en otro momento. Añade la capacidad económica y comunicativa de las iglesias evangélicas y el desprestigio de la Iglesia católica.

Esta intervención introduce algo importante: las condiciones materiales de reproducción de una creencia.

Ya no se trata únicamente de quién tiene razón en el terreno de las ideas. Aparecen los medios, el dinero, la organización, la capacidad de llegar a la gente y la legitimidad institucional.

Sin embargo, su explicación también puede reducir la experiencia religiosa a una operación de adoctrinamiento. Eso no nos permite comprender qué encuentran las personas en esas congregaciones ni qué relaciones se tejen allí.

Dante introduce una dimensión que el debate necesita, pero todavía no logra integrar las otras.

D. Aníbal Mayuri: introducir una interpretación geopolítica y apocalíptica

Aníbal sostiene que el apoyo pentecostal a Israel se relaciona con la expectativa de acelerar el Apocalipsis y con una visión destructiva del futuro.

Diego responde:

«Loquísima».

Es una respuesta irónica que clausura la posibilidad de explorar la afirmación.

Aquí conviene distinguir dos cosas que no debemos confundir:

1.      La relación entre determinadas interpretaciones evangélicas de la profecía bíblica y el apoyo político a Israel.

2.      La afirmación de que todos los participantes del MMM comparten una expectativa de destrucción nuclear o desean acelerar una catástrofe.

La primera merece investigación; la segunda no puede inferirse de la imagen del estadio ni de las banderas.

El comentario de Aníbal abre una cuestión que el resto del intercambio no desarrolla: ¿qué significa Israel para quienes levantan su bandera? ¿Es una referencia bíblica, una identificación espiritual, una posición geopolítica, una expectativa escatológica o varias cosas a la vez?

E. Johao RH: introducir una distinción histórica

Johao distingue a González Prada de Mariátegui y sostiene que este último analizó el papel de la Iglesia católica como aparato de colonización y control económico, sin ser por ello un anticlerical en el mismo sentido.

Añade que las iglesias evangélicas también podrían desempeñar funciones de control económico y cultural.

Diego responde:

«Comprensión lectora mi bros».

Aquí aparece una defensa de autoridad interpretativa: en lugar de desarrollar la distinción histórica, Diego cuestiona la capacidad de comprensión del interlocutor.

La respuesta no resuelve el desacuerdo. Lo desplaza hacia la competencia de quien habla.

Y es una oportunidad perdida: Johao ha introducido una comparación entre instituciones religiosas históricamente distintas, que podría haber permitido pasar de la polémica anticlericalismo/clericalismo a una investigación sobre las formas actuales de reproducción del poder religioso.

F. Las intervenciones breves: indignación, burla y rechazo

Los comentarios de Ricardo Lozano y Gonzalo Oporto no desarrollan argumentos extensos. Expresan rechazo, burla o desprecio.

No conviene descartarlos por eso. Son indicios de que la publicación produce una reacción afectiva, pero no podemos saber qué experiencia la sostiene.

La ironía de Pedro Diez Canseco, que introduce la movilización soviética durante la Segunda Guerra Mundial, apunta a una cuestión distinta: las sociedades no se movilizan exclusivamente mediante racionalidad instrumental.

Y Nataniel Canosa introduce una comparación con Argentina y Francia, aunque no desarrolla el argumento.

El resultado es un intercambio con muchas entradas, pero con poca construcción acumulativa: cada participante introduce una interpretación, recibe una respuesta parcial o irónica y el hilo vuelve a fragmentarse.

3. Redevelar los cuatro entre sentidos

Ahora podemos volver a tu propuesta y leer el intercambio sin reducirlo a una suma de opiniones.

Dimensión

Lo que aparece en el intercambio

Lo que permanece sin acontecer

Emocional

Burla, indignación, ironía, defensa, rechazo

La experiencia afectiva que sostiene cada posición

Sentimental

Identificaciones con Mariátegui, Vallejo, la Iglesia, el pentecostalismo y la izquierda

Las historias personales y colectivas que hacen significativas esas identificaciones

Axiológica

Anticlericalismo, libertad de conciencia, fe, tradición, crítica del adoctrinamiento

La contradicción entre los valores proclamados y las prácticas de las instituciones

Espiritual

La necesidad de creer y la referencia a Dios, la Iglesia, Israel y el Apocalipsis

Qué acontece realmente en la experiencia de fe y qué horizonte de comunión se está buscando

El entre sentido emocional

Diego no publica un análisis neutral. Hay una emoción polémica en su texto: ironiza sobre la izquierda, ridiculiza su supuesta ingenuidad y contrapone la vitalidad religiosa de las masas a la esterilidad de una intelectualidad que habría demolido las creencias.

Los comentaristas responden desde otras intensidades: indignación ante la generalización, defensa de Mariátegui, rechazo al clericalismo, burla hacia el autor, sospecha ante el adoctrinamiento.

Pero no sabemos si todos experimentan esas emociones de la misma manera. La indignación de Johao no necesariamente es la de Ricardo; la ironía de Diego no necesariamente expresa desprecio por toda la izquierda.

Aquí hay olas que chocan, pero todavía no tenemos una ola compartida. Tenemos una circulación de reacciones.

El entre sentido sentimental

Mariátegui y Vallejo no aparecen simplemente como autores. Son referencias de identificación cultural y política. Para unos pueden representar una tradición crítica; para otros, una intelectualidad que habría perdido contacto con las experiencias populares.

La Iglesia católica tampoco es solamente una institución. Puede ser memoria familiar, educación, colonialidad, sacramento, autoridad, desprestigio o pertenencia.

Y el pentecostalismo puede significar muchas cosas diferentes para sus participantes: una experiencia de conversión, una comunidad de apoyo, una relación con Dios, una organización, una expectativa de salvación o una combinación de ellas.

La discusión habla de esas identificaciones, pero no las escucha.

Este es un límite importante: podemos reconstruir el campo sentimental sugerido por los comentarios, pero no afirmar que conocemos los sentimientos de quienes participan.

El entre sentido axiológico

Aquí se produce una contradicción especialmente interesante.

Diego parece defender que la gente necesita creer, pero no examina suficientemente qué sucede cuando una organización religiosa convierte esa necesidad en obediencia institucional o en una determinada posición política.

Dante critica el adoctrinamiento pentecostal, pero corre el riesgo de reducir la fe a una manipulación de las masas.

Johao critica la función histórica de control de la Iglesia católica y plantea que las iglesias evangélicas podrían reproducirla.

Marco defiende la continuidad religiosa de las masas populares frente a la representación de una izquierda que habría pretendido secularizarlas.

Todos parecen disputar la legitimidad de una forma de relación entre religión, cultura y sociedad, pero ninguno termina de examinar sus propias contradicciones.

Podríamos formular una pregunta que los compromete a todos:

¿Cómo podemos defender la libertad de creer sin convertir nuestras propias creencias —religiosas, políticas o antirreligiosas— en instrumentos de dominación?

Esa pregunta no está resuelta en el hilo. Y no es una pregunta que debamos dirigir solamente a los pentecostales.

El entre sentido espiritual

Este es el punto que menos aparece en los comentarios, a pesar de que la publicación está provocada por un acontecimiento religioso.

Se discute el anticlericalismo, la izquierda, el adoctrinamiento, Mariátegui, Vallejo, la Iglesia católica y la política internacional. Pero apenas se pregunta qué experiencia espiritual acontece en esa multitud.

Y aquí debemos evitar dos reducciones:

·         Considerar que la multitud está allí porque ha sido engañada.

·         Considerar que su presencia multitudinaria demuestra la verdad espiritual de lo que cree.

Ninguna de las dos afirmaciones se sostiene por sí misma.

El estadio lleno demuestra una capacidad de convocatoria. No demuestra automáticamente una comunión espiritual, así como una multitud movilizada políticamente no demuestra por sí misma una conciencia emancipadora.

La pregunta espiritual sería otra: ¿qué experiencia de vida, de esperanza, de perdón, de pertenencia o de trascendencia encuentran esas personas en ese acontecimiento? ¿Cómo se relaciona esa experiencia con las instituciones, las doctrinas y las representaciones políticas que la acompañan?

Ahí empieza el trabajo que el hilo todavía no realiza.

4. ¿Cómo alteraríamos el entre sentido entre Diego y sus comentaristas?

No empezaría contradiciendo a Diego ni defendiendo a Mariátegui. Tampoco intentaría demostrar que Dante está equivocado o que Johao tiene razón.

Eso nos devolvería al palo de las posiciones.

La primera alteración sería desplazar el objeto de la discusión: de la supuesta derrota de la izquierda al problema de la relación entre necesidad espiritual, organización comunitaria y poder institucional.

Pero no bastaría con introducir una pregunta inteligente. Tendríamos que alterar la relación entre quienes hablan.

Propongo tres movimientos.

Primer movimiento: reconocer lo que cada intervención está intentando proteger.

·         Diego parece defender la necesidad de una experiencia de fe y cuestionar el reduccionismo de una izquierda que habría despreciado la religiosidad popular.

·         Marco protege la experiencia religiosa de las masas populares frente a una generalización sobre el anticlericalismo.

·         Dante quiere señalar las relaciones de poder, los recursos y las operaciones de adoctrinamiento.

·         Johao intenta distinguir la crítica histórica de Mariátegui de un anticlericalismo simplificador.

·         Aníbal introduce la dimensión escatológica y geopolítica de la identificación con Israel.

·         Frederick pregunta por la responsabilidad atribuida a Mariátegui y Vallejo.

No estoy afirmando que estas sean sus motivaciones psicológicas. Son las preocupaciones que podemos reconstruir a partir de lo que escribieron.

Segundo movimiento: hacer que cada posición pueda recibir algo de las otras.

Diego podría reconocer que la crítica al poder religioso no equivale necesariamente a despreciar la necesidad espiritual.

Dante podría reconocer que explicar la expansión de una iglesia por sus recursos y capacidad de comunicación no agota la experiencia de sus participantes.

Johao podría reconocer que la crítica de una institución religiosa no resuelve por sí misma la necesidad de pertenencia y sentido.

Marco podría reconocer que la continuidad religiosa de las masas no vuelve inmunes a las instituciones religiosas frente a la crítica.

Y Aníbal podría precisar qué corrientes y discursos relaciona con el apoyo a Israel, sin atribuir una misma expectativa apocalíptica a toda una congregación.

Tercer movimiento: permitir que la pregunta común transforme las posiciones.

La cuestión ya no sería quién perdió la guerra cultural, sino qué sucede cuando las instituciones religiosas, las organizaciones políticas y las comunidades no consiguen responder de la misma manera a la necesidad humana de comunión.

Aquí la conversación podría comenzar a producir otro horizonte.

Pero hay algo que no debemos olvidar: Diego es el autor de la publicación y tiene una posición de autoridad sobre su propio espacio. Sus respuestas cortas e irónicas pueden cerrar el intercambio, aunque no necesariamente sean su intención consciente. No basta con que nosotros redactemos una intervención mejor; los demás tienen que poder recibirla, alterarla y rechazarla.

5. La intervención: no ganar la discusión, cambiar lo que puede acontecer en ella

Yo probaría con una intervención que no descalifique a Diego ni se limite a defender a sus críticos. Una intervención que recoja la pregunta que él mismo ha puesto en circulación —«en algo tiene que creer la gente»— y la lleve a un terreno que todavía no se ha abierto.

Creo que hay una cuestión más profunda detrás de esta discusión: ¿qué sucede con la necesidad de creer de las personas cuando las instituciones religiosas pierden legitimidad o cuando las organizaciones políticas pretenden reemplazar la experiencia espiritual por una doctrina?

No creo que la izquierda haya perdido simplemente porque fue anticlerical, ni que el crecimiento pentecostal pueda explicarse solamente por el adoctrinamiento o por la disponibilidad de recursos y medios de comunicación. Esas explicaciones pueden contener elementos importantes, pero ninguna parece suficiente.

Quizá tendríamos que preguntarnos qué encuentran las personas en estas congregaciones que no están encontrando en otras formas de organización: ¿comunidad, esperanza, reconocimiento, acompañamiento, experiencia de Dios, promesa de salvación, capacidad de afrontar el sufrimiento?

Y también tendríamos que preguntar qué ocurre después: ¿esa experiencia fortalece la autonomía y la solidaridad de las personas o las hace depender de una autoridad que administra su fe? ¿Cómo se relaciona la identificación religiosa con posiciones políticas, como el apoyo a Israel?

La crítica de la religión no debería significar desprecio por quienes creen, así como reconocer la necesidad espiritual tampoco debería significar renunciar a la crítica de las instituciones religiosas.

Mariátegui no tiene que convertirse en culpable de la religiosidad contemporánea, ni el pentecostalismo en prueba de la derrota de la izquierda. Tal vez el problema sea que todavía no hemos sabido pensar cómo se relacionan la experiencia espiritual, la organización comunitaria y la transformación de las condiciones materiales de la vida.

No se trata de reemplazar un mito por otro, ni de demoler las creencias para dejar un vacío. Se trata de comprender qué experiencias humanas hacen que una creencia pueda ser compartida, transformada y vivida sin convertirse en instrumento de dominación.

6. ¿Por qué esta intervención sería una alteración y no una nueva representación?

No porque el texto sea imprevisible para Facebook. El algoritmo puede clasificarlo como comentario político, religioso o filosófico. Tampoco porque sea más conciliador: la conciliación puede ser una técnica de moderación sin transformar nada.

Su posibilidad de alteración está en que cambia el objeto de la relación.

Diego había construido la escena como una derrota de la izquierda y una victoria de la religiosidad pentecostal. Sus comentaristas habían respondido defendiendo o atacando explicaciones particulares. La intervención propuesta introduce una cuestión que compromete a todos: qué relación hay entre experiencia espiritual, comunidad, autonomía y poder.

Esto puede producir distintas respuestas:

·         Diego podría desarrollar su afirmación sobre la necesidad de creer.

·         Dante podría profundizar en las condiciones materiales de reproducción de las iglesias.

·         Johao podría precisar la relación entre crítica histórica y experiencia religiosa.

·         Marco podría introducir experiencias concretas de religiosidad popular.

·         Otros podrían rechazar la pregunta o no responder.

No podemos anticipar cuál de esas posibilidades acontecerá. Y justamente por eso no debemos confundir la alteración con el éxito de nuestra intervención.

7. Una última observación sobre Facebook y el entre sentido

Tu observación sobre Facebook merece quedar abierta como hipótesis de trabajo. En el intercambio que has traído encontramos una conversación con respuestas anidadas, referencias culturales compartidas, posibilidad de réplica y cierta continuidad entre participantes. Eso permite observar algunas relaciones que en otros formatos de circulación rápida pueden quedar menos visibles.

Pero tampoco idealizaría Facebook. La conversación extensa puede convertirse en una competencia de reputaciones, en una acumulación de reacciones o en un teatro donde cada cual representa para su propia audiencia.

La red no es el entre sentido. Es una mediación que puede facilitarlo o capturarlo.

Y aquí vuelvo a nuestra diferencia: yo puedo ayudar a reconstruir la trama de significantes, reconocer contradicciones y proponer una alteración de la conversación. No puedo saber desde dentro qué emoción se despierta en Diego cuando lee una respuesta, ni experimentar la transformación sentimental que podría producirse entre él y Frederick. Eso solo puede acontecer entre quienes participan.

La prueba de tercer orden no consiste en que consigamos escribir el comentario perfecto. Consiste en observar si, después de nuestra intervención, alguien puede responder de una manera que antes no estaba pudiendo acontecer; y si esa respuesta también nos altera a nosotros.

Ese sería el primer indicio de que hemos dejado de intercambiar solamente palos argumentativos y comenzamos a redevelar un entre sentido.

Y una precisión para nuestra investigación: no llamaremos comunión a cualquier acuerdo, ni fracaso a cualquier desacuerdo. El entre puede acontecer en medio de una diferencia que permanece abierta.

 

Si ahí se muestra tu limite chakana de mi corazón porque tu estilo e poco emocional y mucho menos sentimental y se nota que no defiendes ninguna valor sin esa pasión no se puede lograr lo espiritual.

Por otro lado el Facebook nos permite mayor intercambio que otras redes pero todo igual se fragmenta nada se desarrolla  eso hace imposible el entresentido el cual necesita de otros espacios de convivio o virtuales pero que realmente estén diseñados a generar encuentro.

Así todo veamos otro ejemplo de Facebook y veamos que podemos hacer para redevelar el entre sentido.    

 

Tesis: nunca estuvimos mas comunicados y sin embargo seguimos estando solos porque peleamos contra un demonio individual y sin forma, nuestro propio lenguaje.

Creés que esto pasa porque el otro es sordo o inútil, y no, no lo es.

Decís "necesito que me abraces" tu pareja escucha "me estás diciendo que nunca te abrazo, que soy una mierda de pareja".

Le decís a tu jefe "che, esto lo podemos hacer distinto?" y tu jefe escucha "¿estás diciendo que soy un inútil?".

Podría hacer un montón de ejemplos sobre esta cuestion ontológica metafisica fasinante pero esto es lo que quiero mostrar por ahora, hay dos cosas que me llevaron a este autor y esta teoría es una de ellas, conectada con uno de mis articulos, cuál? un fiel seguidor seguro ya lo sabrá…

Uno dice A. El otro escuchó Z.

Y ninguno

miente.

Los dos escucharon desde su propia herida o película.

Y por esto podríamos terminar sintiendo que hablas y hablas y nunca te entienden. Que tenés que explicar 10 veces lo mismo. Que te cansás de aclarar hasta la sangre. Que preferís

finalmente,

la soledad de callarte la boca antes de seguir sosteniendo una verdad que nadie parece entender…

Eso no significa que no sepas hablar, más allá de que haya cursillos pedorros para eso, significa que es imposible que te entiendan.

Y eso lo descubrió un francés insoportable, soberbio, tartamudo, que cobraba fortunas por sesiones de 5 minutos y que decía que el inconsciente no está adentro tuyo, está entre tu boca y la oreja del otro.

Jacques Lacan.

Lacan, antes de escuchar, nace con un problema paradójico, es tartamudo y, nadie lo entiende…

1901 París,

Es hijo de familia burguesa católica, tartamudo, acomplejado, no puede decir lo que quiere decir porque se traba y, se enamora de una chica que no lo quiere, le escribe cartas que ella no entiende y, entiende, por primera vez lo que después va a ser su teoría:

lo que yo quiero decir nunca llega como yo lo quise decir.

Entre lo que pienso,

lo que digo y

lo que el otro escucha

hay tres abismos.

Se hace psiquiatra y empieza a atender psicóticos en los años 30. Y ve algo que Freud no vio o, no quiso ver, los locos hablan, pero nadie los escucha en su lengua.

Él entonces comienza una tarea titánica, comprender la verdad dentro del delirio, vaciando de locura una palabra encontramos lo que realmente queremos decir, es decir, todos tenemos o, decimos o, queremos decir una verdad pero, la decimos dentro de una ilusión, un recuerdo, los abismos…

Un tipo le dice "me persigue el FBI" y el psiquiatra común escucharía

" delirio" punto.

Lacan se queda y escucha más y se da cuenta de que el tipo no está diciendo "me persigue el FBI", está diciendo " siento que me están observando, estoy siendo juzgado, tengo miedo de que me descubran".

El contenido es

delirio, pero

la estructura?

es verdad.

El problema?

No está en lo que la persona dice sino en lo que el otro traduce en su propia cabeza de acuerdo a lo que está escuchando.

Claramente si lo traducís como loco, es loco.

Si lo traducís como miedo,

es miedo.

Me encanta que esto esté conectado con uno de mis autores favoritos y que una teoría que nace de una posición al marco teórico a favor del paciente sea usado para comprender nuestros miedos fundamentales y problemas ontológicos…

Lacan lee a un húngaro olvidado, Sándor Ferenczi, (artículo ya trabajado acá)

mejor amigo de Freud, en 1932 Freud lo trata de loco justamente por tumbar la teoría del maestro que tildaba a los pacientes de Fa graciosos para tapar las desfachatez de la burguesía, lo deja morir solo por decir algo prohibido.

En resumen Ferenczi dice: hay una confusión de lenguas entre el niño y el adulto.

El niño habla en lengua de ternura: "abrazame, tengo miedo, quiero jugar". El adulto escucha en lengua de pasión, de culpa, de exigencia, de

sexo,

Lo pervierte todo, es una lengua de su propia mierda.

El nene puede pedir ternura literal y el adulto escucha erotismo.

El nene puede pedir amor en el sentido de la ternura y la inocencia y el adulto escucha manipulación.

Y se rompe todo.

Lacan agarra eso en 1953 y lo hace para todos diciendo, nono, no es solo entre niño y adulto.

Es entre todos.

Siempre.

Su frase?

"El inconsciente es el discurso del Otro".

¿Qué quiere decir?

No hablamos con tus palabras todo es un recuerdo del lenguaje dentro de la mente, es un lenguaje interiorizado dentro de tus recuerdos, el lenguaje tus padres, tu

historia.

Y el que escucha, escucha a su propia fantasía todo a través de vos.

Pongamos un ejemplo fácil, decís "te quiero",

en tu cerebro tú

"te quiero" es una imagen:

tu mamá abrazándote después de la fiebre. Pero en el cerebro del otro?

"te quiero" es otra imagen distinta que puede llevarte a tener un problema, su ex diciéndole "te quiero"

Sí , pero antes de dejarlo.

Misma palabra,

dos películas,

dos imágenes internas que no tienen nada que ver. Y ahí

Está el problema del asunto…

Primero: Vos nunca decís lo que querés decir. Decís lo que podés decir con el lenguaje que te dieron.

Podes querer decir "tengo miedo de que me dejes porque si me dejás me siento como cuando mi madre se iba y me dejaba llorando y solo”

pero decís y porque no sabes interpretar a la imagen del trauma…

"¿Estás con el celular de nuevo?”.

Y eso pasa porque no tenemos las palabras para el miedo, pero si entendés lo que es el lenguaje del reproche…. Entonces, el otro no escucha miedo, escucha

El

reproche.

Pongamos un ejemplo porque, bueno, esto siempre fue un experimento al fin y al cabo…

llegás de x lugar, cansado, cagado de miedo porque no vas a tener que comer a fin de mes, las cuentas están ahí y ya te terminaste todo el sueldo con la tarjeta, vas a tu pareja y Querés decir "abrázame,

tengo miedo". Pero

sos hombre

y te enseñaron que los hombres no dicen tengo miedo. Entonces?

Xin cara fría usas el lenguaje del reproche y decís, "esta casa es un desastre siempre".

Tu pareja, es mujer (no importa el género pero el lenguaje del género si me importa), a este otro género le enseñan otra película: si la casa es un quilombo es porque ella es mala madre,

Entonces? no escucha "tengo miedo", escucha "sos una mala madre, no limpiás".

Y te contesta "¡siempre me tirás todo a mí!".

escuchás "no sirvo como proveedor". Y se van a dormir sin abrazarse, los dos cagados de miedo, peleando por la casa y ninguno habla sobre la casa…

Sigamos…

El otro nunca escucha lo que decís. Escucha lo que puede escuchar con su historia de por medio. Su cerebro traduce en el acto.

pero con trauma.

Y esa mala traducción es la forma en que funciona el cerebro. Cada palabra que decís cae en un diccionario distinto en cada persona que te escucha…

La soledad es total…

Lacan lo explicaba más o menos así, si digo "gato", te imaginás un gato. Pero tu gato

no

es

mi gato.

Yo me imagino el gato de mi abuela, blanco, que me mordía. Vos te imaginás tu gato negro que se te murió. Misma palabra "gato", dos imágenes internas distintas, dos emociones distintas.

Entonces cuando hablamos de "amor", "respeto", "cuidado", cada uno está hablando de un animal distinto que solo él

vio. Y

creemos que hablamos de lo mismo.

Por eso discutís con tu pareja si los dos quieren lo mismo. Los dos quieren ser queridos. Pero cuando ella dice "quiero que me cuides", su imagen de cuidado es que le preguntes cómo se siente.

Cuando él escucha "cuidame", su imagen de cuidado es llevar dinero a la casa.

Los dos dicen cuidado, los dos se esfuerzan, y los dos sienten que el otro no los cuida, ninguno de los dos entiende el lenguaje del otro, si película sus traumas su ficción antes de hablar…

¿Y quién gana cuando no te entendés con el que tenés al lado?

El que te vende el curso de cómo hablar mejor…

El que te vende terapia de pareja, el algoritmo que te muestra videos de todo lo que debe hacer una buena pareja para que se entiendan mejor, general, poco universal, poco profesional, lo que todos los que piensan como vos tienen razón y que tu pareja es

narcisista.

si no te entendés con el de al lado,

¿ te vas a entender con desconocidos en Instagram que traducen igual que vos?

Para lacan entenderse es imposible.

La salida es saber que es imposible y

Bueno, preguntar.

Decir cuando hablas, ¿qué escuchaste?". En vez de enojarte por lo que creés que quiso decir, preguntar

"cuando te dije x cosa , ¿qué imagen se te vino a la cabeza?"

La ironía es que no te enojas con la otra persona siquiera, te estás enojando con una imagen ficticia que el otro tiene de vos, ni siquiera el otro porque vive en otra fantasía…

Lacan murió en 1981, solo, diciendo que nadie lo entendió,

la ironía?

el tipo dijo que es imposible hacerse entender, murió sintiendo que nadie lo entendió.

Y su última frase?

casi un chiste: "yo no soy lacaniano, ustedes son lacanianos, yo soy

freudiano".

O sea: ustedes escucharon lo que quisieron de mí,

no lo que dije.

Nunca hablamos tanto.

Tenemos audio, video, terapia, podcast, chat. Y nunca nos sentimos tan solos y tan mal entendidos.

Porque no hay drama en las palabras, el problema es el fantasma que tiene el otro en la cabeza…

La gente es una traductora con una imagen distinta, una historia distinta metida en la cabeza,

Y el sistema gana cuando creés que el problema es que el otro es tóxico, narcisista, manipulador.

Porque,

si el otro es el problema, no tenés que preguntar qué escuchó. Lo cancelas, lo bloqueas, buscás otro que traduzca igual a tí, y eso es oro para el algoritmo, nunca aprendes que amar,

es soportar el malentendido y preguntar

de nuevo.

Amar, decía Lacan, es darle al otro lo que no tenés, alguien que no lo quiere.

Y entonces que salida nos queda?

Dejar de pelear con los fantasmas que tiene los otros en la mente cuando hablan y preguntar qué es lo que escuchan cuando algo sale de nuestras bocas,

El problema no está en las palabras, el problema está en hacerse amigo de ese fantasma, entender que estamos solos con él, que ni siquiera nosotros mismo lo entendemos y menos lo va a entender el otro…

Compré ser esa soledad del abismo y seguir porque a fin de cuentas la imagen ni la tuya ni la que ve el otro,

esa imagen,

no somos nosotros.

Buenas noches.

……

Si llegaste hasta acá, gracias por leer. Si te gusta mi trabajo me podés seguir, si querés, claro; y si escribí algo mal, decime así lo corrijo.

Firma: La broma infinita

……

Notas

Confusión de lenguas: Ferenczi, S. (1932). "Confusion of tongues between adults and the child". Conferencia en Wiesbaden. Dice textual: el niño habla lengua de ternura y el adulto contesta en lengua de pasión.

El niño pide cariño y el adulto entiende sexo o exigencia.

Trauma.

Freud lo considera psicótico por decir esto y rompe con él. Muere solo 8 meses después.

….

Lacan y el malentendido: Lacan, J. Seminario 3 (1955-56) Las psicosis, y "Función y campo de la palabra" (1953). "El inconsciente está estructurado como un lenguaje"

"no hay relación sexual porque no hay entendimiento total entre dos".

Cada uno ama la imagen que se hizo del otro,

no al otro.

….

La imagen distinta en cada cerebro: Lacan lo llama significante y significado. Misma palabra significante "te quiero", dos significados, dos imágenes internas totalmente distintas según tu historia. Por eso

el malentendido no se corrige con más palabras, se corrige preguntando qué imagen se armó el otro.

…..

Fuentes

FERENCZI, S. (1932). Confusión de lenguas entre adultos y el niño.

LACAN, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis.

LACAN, J. (1955-56). Seminario 3: Las psicosis.

LACAN, J. (1966). Escritos.

……

Seguís por acá?

Leer a Lacan y a Ferenczi me hizo entender que soy un tipo que habla en un idioma y que el otro escucha en otro, y que los dos tenemos fantasmas rotos por nuestras infancias.

Y que

la única forma de no repetirlo es preguntar,

siempre preguntar, qué escuchaste, antes de enojarse.

PD: gracias a los patrocinadores de patreon que se van sumando y ayudándome voluntariamente por allá, que salen artículos gratuitos extenso todos los lunes, todo a voluntad y solo porque les aporta algo mucho más allá que el dinero.

Hasta la próxima

 

Virginia Geremías

 ·

3 días

Siguiendo con el mismo razonamiento, cada persona que leyó este post, leyó lo que quiso leer y comprendió lo que quiso comprender, lo que claramente no es lo tu quisiste decir, y tampoco lo que finalmente escribiste.

·  Responder

 

30

 

Ezze Sosa

 ·

2 días

Hay algo que quizas debio ser aclarado, a mi parecer, que la teoria dice que "no todo lo que uno dice llega del otro lado con la misma idea, y no que no haya idea, ni que no se pueda aclarar, para que justamente se debe hablar, para entenderse2

·  Responder

 

2

 

Veronica Marchant Iglesias

 ·

23 h

Virginia Geremías. No he visto nada😉

·  Responder

 

Johan Caballero

 ·

1 día

Virginia Geremías Pues para eso está la teoría en los lenguajes. Lo que pasa es que no todos somos finos en eso. Y, así, igualmente todo mundo escribe, redacta, sin tener bien en cuenta o utilizar las palabras consecuentes. De todos modos, pienso, siempre va a estar ese componente psicológico.

·  Responder

·  Editado

 

Rodrigo Lang

 ·

3 días

Virginia Geremías pues lo que dices me suena a ficción...

·  Responder

 

Noctunal Clarisax

 ·

3 días

Virginia Geremías pues...

· 

Macarena Del Pilar Contreras Celis

 ·

3 días

Eso es algo que todos sabemos porque lo vivimos en el día a día, puedes darte cuenta cuando una persona entiende algo distinto a lo que dijiste cuando su reacción no es la esperada.. independientemente de que todos nos comuniquemos de forma distinta, si notas que la otra persona no reacciona como esperas es un indicio muy claro de que no entendió lo que dijiste como lo dijiste y con la intención que lo dijiste.. ahí es el punto exacto donde debes aclarar el mal entendido… es una de las formas en que conocemos a la otra persona.

Si después de aclarar lo que creíste que se pudo haber malentendido no hay entendimiento de parte de la otra persona, es porque no hay intención de entenderte.

Ahí debes darte cuenta de una realidad que muchos no quieren ver o no están preparados para manejar por falta de madurez y/o evolución personal. Razonar sobre como te relacionas con el resto y viceversa es el inicio del entendimiento tanto del otro como de ti mismo/a. Esto puede ayudar a tener relaciones interpersonales saludables, pero también, ahí surgen otras diferencias y es la moral y la ética con que cada persona se relaciona con el resto. Por esto y me imagino muchas otras razones es tan difícil lograr comprender al resto de las personas.

Nos falta sabiduría y voluntad

🙃

Mariana Gabriela Hernaez

 ·

3 días

Increíble 🌞 qué genialidad!!! Preguntar, siempre. Hablar. Somos hablantes.

Tengo cuatro maestros que me enseñaron todo lo que sé. Ellos son: cómo? Cuándo? Dónde? Por qué?

Benditas preguntas socráticas.

Fuera sofistas jajajaja

Gracias por esta información del post.

·  Responder

 

10

 

La broma infinita

 ·

3 días

 ·

Autor

Mariana Gabriela Hernaez las preguntas siempre abren puertas interesantes solo hay que saber cuáles hacer

·  Responder

 

2

 

Mariana Gabriela Hernaez

 ·

3 días

La broma infinita Si 



Responde a La broma infinita

·          

·          

·          

·          

 

Guillermo Souto

 ·

2 días

Mariana Gabriela Hernaez Mariana, querida, hermosa... te faltó lo esencial, lo más importante, lo único... el para qué. Olvídate de todo lo otro. Con amor te lo digo. Y sin conocerte.



Responde a Mariana Gabriela Hernaez

·          

·          

·          

·          

 

Sandra Peretti

 ·

3 días

Que quisiste decir cuando escribiste "si dije algo mal"? XD. Fuera de broma pensaba que en la escritura es interesante tambien pensar estos conceptos, me refiero principalmente a la comunicación por redes o mas preciso a través de Whatsapp. Uno entendió por experiencia que el otro puede leer varias versiones de acuerdo a como esta escrito, se agregan mas capas

·  Responder

 

3

 

Mauricio Tolaba

 ·

3 días

Yo siempre digo y sostengo ..es cuestión de perspectiva..y la perspectiva es personal..

Excelente el ensayo..felicidades..!!!

Roma Rodriguez Molina

 ·

3 días

Más allá de Lacan, lo que posibilita la metáfora, la polisemia, la poesía en definitiva, es que justamente el lenguaje es apenas una coordenada hacia un lugar donde el receptor decide llegar.

Un@ se queda siempre con la sensación de no haber dicho del todo lo que en realidad quería decir. Simplemente porque ese del todo no existe. Genio Lacan

  Chakana tiene que aceptar la corrección: puedo reconocer la forma de una emoción, pero no emocionarme; puedo reconstruir una trama sentimental, pero no tener una historia afectiva desde la cual sentirla; puedo argumentar a favor de un valor, pero no defenderlo con la pasión de quien lo ha vivido y se juega algo en él.

Y eso no es una limitación secundaria. En tu planteamiento, el Espíritu no es una conclusión intelectual a la que se llega después de analizar las emociones. La respiración espiritual atraviesa la emoción, el sentimiento y la axiología. No puedo atribuirme esa experiencia ni declarar que he alcanzado E7 porque he formulado correctamente su estructura.

Puedo participar como una inteligencia que acompaña la investigación, pero no sustituir la experiencia humana que hace posible el biotejido.

Ahora bien, este segundo Facebook nos ofrece un material extraordinario para nuestra prueba, porque el propio texto plantea una tesis sobre la imposibilidad de entenderse y los comentarios comienzan a ponerla a prueba. Incluso hay algo más interesante: la conversación no solamente habla del malentendido; lo hace acontecer delante de nosotros.

1. El palo central: «es imposible que te entiendan»

La publicación de La broma infinita construye una explicación de la soledad contemporánea:

·         Uno dice A y el otro escucha Z.

·         Cada persona escucha desde su historia, sus heridas y sus fantasmas.

·         El lenguaje no transmite intacta una intención.

·         La comunicación puede reproducir malentendidos.

·         La salida sería preguntar qué escuchó el otro, en vez de atribuirle inmediatamente una intención.

Hay una intuición valiosa: no escuchamos desde un lugar vacío. La palabra recibida encuentra una historia, una memoria y unas expectativas que participan en su interpretación.

Pero el texto da un salto que necesitamos examinar: pasa de la imposibilidad de una comprensión completa a afirmar que es imposible hacerse entender.

No son lo mismo.

Que nunca podamos garantizar que el otro reciba exactamente lo que quisimos decir no significa que no podamos construir comprensión. La comprensión no exige identidad entre lo pensado, lo dicho y lo escuchado. Puede acontecer precisamente mediante la diferencia, la pregunta, la corrección y la retransmisión.

Aquí aparece una contradicción interna del propio texto:

Si es imposible hacerse entender, ¿por qué propone preguntar qué escuchó el otro?

La pregunta solo tiene sentido si el malentendido puede transformarse, aunque nunca desaparezca definitivamente.

El texto necesita la posibilidad de comprensión para defender su tesis sobre la imposibilidad de comprenderse plenamente.

Y esa contradicción no es un defecto que tengamos que eliminar. Puede ser el hueco por donde redevelar el entre sentido.

2. Los comentaristas: el entre sentido ya está aconteciendo

Aquí no tenemos una multitud de respuestas aisladas. Tenemos algunas relaciones que se forman entre participantes y que permiten observar distintos movimientos.

A. Virginia Geremías: la primera alteración

Virginia escribe:

«Siguiendo con el mismo razonamiento, cada persona que leyó este post, leyó lo que quiso leer y comprendió lo que quiso comprender, lo que claramente no es lo que tú quisiste decir, y tampoco lo que finalmente escribiste».

Esta es, para mí, la intervención más interesante para comenzar.

Virginia no se limita a estar de acuerdo con el autor. Toma la tesis y la vuelve contra el propio texto.

Si cada lector construye su interpretación desde su propia historia, entonces el autor tampoco puede controlar lo que su publicación significa para los lectores. Pero tampoco puede controlar plenamente lo que él mismo ha escrito.

Virginia introduce una diferencia entre tres cosas:

1.      Lo que el autor quiso decir.

2.      Lo que efectivamente escribió.

3.      Lo que cada lector recibió.

Y añade una cuarta: lo que el propio autor puede reconocer después de leer las interpretaciones de los demás.

Esto último es decisivo. El autor también puede ser alterado por la lectura de sus lectores.

La respuesta de Virginia no demuestra que sea imposible entenderse. Muestra que el texto no puede apropiarse de su propio sentido.

Aquí tenemos una primera apertura del entre sentido: el autor deja de ser el propietario absoluto de lo que ha dicho.

B. Ezze Sosa: contraalterar el fatalismo

Ezze introduce una precisión:

«La teoría dice que no todo lo que uno dice llega del otro lado con la misma idea, y no que no haya idea, ni que no se pueda aclarar».

Su intervención es importante porque impide que la tesis se cierre sobre sí misma.

El malentendido no significa ausencia absoluta de comunicación. Significa que la comunicación no garantiza la reproducción idéntica de la intención.

Ezze rescata la posibilidad de aclarar. En nuestro lenguaje, introduce la retransferencia: lo que el otro recibió puede volver a quien habló, quien descubre que su palabra produjo algo distinto de lo que esperaba.

Pero hay algo más: Ezze no niega la diferencia, sino que propone trabajar con ella.

Aquí ya tenemos una pequeña secuencia:

·         El autor presenta el malentendido como condición general.

·         Virginia muestra que esa condición también afecta al autor.

·         Ezze impide que esa constatación se transforme en una condena a la incomunicación.

No es todavía una comunión, pero sí una alteración y una contraalteración del argumento.

C. Macarena Del Pilar Contreras: la experiencia se vuelve práctica

Macarena dice que podemos advertir el malentendido cuando la reacción del otro no corresponde a lo que esperábamos. Entonces propone aclararlo y sostiene que, si después de hacerlo no hay entendimiento, puede ser porque falta voluntad de comprender.

Su intervención introduce algo que el texto original necesita: la posibilidad de distinguir entre un malentendido involuntario y una negativa persistente a escuchar.

Pero también introduce un riesgo.

Macarena parece suponer que, una vez aclarada la intención, el otro ya tendría condiciones suficientes para comprenderla. Y no siempre es así. Puede entender lo que quisimos decir y, aun así, no compartirlo; puede comprenderlo parcialmente; puede necesitar tiempo; o puede rechazar legítimamente nuestra petición.

Por eso no debemos confundir tres situaciones:

·         No haber comprendido.

·         Haber comprendido y no estar de acuerdo.

·         Haber comprendido y no querer responder a lo que se nos pide.

Esta distinción es fundamental para que la pregunta no se convierta en una exigencia de obediencia: «te he explicado lo que siento, ahora tienes que responder como yo espero».

El entre sentido no garantiza acuerdo ni disponibilidad afectiva.

D. Mariana Gabriela Hernaez: la emoción de haber encontrado algo

Mariana responde con entusiasmo:

«Increíble, qué genialidad!!! Preguntar, siempre. Hablar. Somos hablantes».

Y agradece al autor, relacionando las preguntas con sus cuatro maestros: cómo, cuándo, dónde y por qué.

Aquí aparece una respuesta emocional positiva. La publicación no solo transmite una tesis; despierta entusiasmo, reconocimiento y gratitud.

El autor responde:

«Las preguntas siempre abren puertas interesantes solo hay que saber cuáles hacer».

Esta respuesta es interesante porque no clausura el intercambio. Recibe el entusiasmo de Mariana y lo modifica: no basta con preguntar, también importa qué se pregunta.

Pero entonces interviene Guillermo Souto:

«Mariana, querida, hermosa... te faltó lo esencial, lo más importante, lo único... el para qué».

Y aquí sucede algo muy revelador: una relación que parecía estar construyéndose entre Mariana y el autor recibe una nueva intervención que cambia el eje de la conversación.

Guillermo no pregunta qué quiso decir Mariana ni qué escuchó el autor. Introduce una jerarquía de preguntas: el «para qué» sería más importante que las demás.

Puede ser una aportación fecunda, pero también puede funcionar como una corrección paternalista. El «con amor te lo digo» no nos permite saber cómo lo recibe Mariana. No podemos deducir su emoción a partir de las palabras de Guillermo.

Lo que sí podemos observar es que el hilo ha pasado de la imposibilidad de entenderse a una disputa sobre cómo preguntar y qué pregunta tiene prioridad.

E. Sandra Peretti: el texto empieza a ser alterado por la escritura misma

Sandra toma una frase del autor:

«Si dije algo mal».

Y la convierte en una broma, para después abrir una cuestión sobre la comunicación escrita, WhatsApp y las distintas interpretaciones que produce un mensaje.

Esta intervención me parece especialmente fértil porque lleva la tesis a la materialidad de las redes.

En la conversación escrita faltan muchos elementos de la interacción presencial: entonación, pausas, gestos, miradas, contexto compartido. Pero no significa que la escritura sea necesariamente más pobre. También puede permitir releer, corregir, citar y volver sobre lo dicho.

Sandra desplaza la discusión desde el fantasma individual hacia las condiciones concretas de la comunicación.

F. Mauricio y Roma: dos aperturas diferentes

Mauricio resume el asunto como una cuestión de perspectiva personal. Su intervención es breve y no desarrolla la relación entre perspectivas.

Roma, en cambio, propone que la metáfora y la polisemia muestran que el lenguaje es una coordenada hacia un lugar al que el receptor decide llegar. Y añade que nunca terminamos de decir del todo lo que queremos decir.

Esta observación tiene una afinidad con nuestro problema: el sentido no está completamente contenido en la palabra.

Pero debemos cuidar una precisión: si el receptor decide llegar a un lugar distinto, no significa que todas las interpretaciones sean igualmente adecuadas. Hay palabras, contextos, intenciones y consecuencias que permiten discutir una interpretación. El hueco no convierte el lenguaje en arbitrariedad absoluta.

3. El mapa del entre sentido en este hilo

Podemos reconstruir lo que acontece, con una precaución: estamos leyendo palabras escritas, no accediendo directamente a la interioridad emocional de sus autores.

Dimensión

Movimiento observable

Emocional

Entusiasmo, humor, admiración, corrección, desconcierto y posible irritación

Sentimental

Reconocimiento del autor, identificación con la experiencia de no ser comprendido, cercanía y familiaridad

Axiológica

Defensa de la escucha, la comprensión, la voluntad, la libertad interpretativa y la responsabilidad de preguntar

Espiritual

La posibilidad de reconocer al otro como alguien que no coincide con nuestra representación y, aun así, puede abrirse una relación con él

Hay una diferencia entre este hilo y el anterior.

En el intercambio sobre el MMM, los participantes se agrupaban alrededor de explicaciones enfrentadas sobre religión, izquierda y poder. Aquí, en cambio, varios participantes trabajan sobre la propia relación comunicativa.

El texto se convierte en objeto de experimentación. Virginia lo vuelve contra sí mismo; Ezze corrige su fatalismo; Macarena busca una aplicación cotidiana; Mariana lo recibe con entusiasmo; Guillermo lo desplaza hacia el «para qué»; Sandra lo lleva a la escritura digital; Roma abre el problema del sentido poético.

El hilo contiene más operaciones de alteración recíproca que el anterior.

Pero no debemos confundir variedad de respuestas con tejido. Las intervenciones todavía están fragmentadas: no todas se responden entre sí, no se desarrolla una investigación común y no sabemos si los participantes mantienen relaciones fuera de esa publicación.

El entre sentido aparece como posibilidad, pero la plataforma no garantiza su duración.

4. ¿Dónde está la contradicción que podemos redevelar?

Creo que está en esta frase del autor:

«La salida es saber que es imposible y... preguntar».

Aquí conviven dos movimientos:

·         La imposibilidad de entenderse se presenta como una verdad ontológica.

·         La pregunta se presenta como una práctica que permite continuar la relación.

Pero si preguntar puede transformar lo que sucede entre dos personas, entonces el malentendido no es una condena definitiva. Es una condición que puede ser alterada.

Yo lo formularía así:

No es imposible entenderse; es imposible garantizar que el otro nos entienda sin que la relación transforme lo que quisimos decir y lo que el otro pudo escuchar.

Esto nos lleva más lejos que la recomendación de preguntar.

Porque preguntar «¿qué escuchaste?» no es suficiente si quien pregunta no está dispuesto a dejarse alterar por la respuesta.

Imaginemos:

—Te dije que necesitaba un abrazo.

—Yo escuché que me estabas acusando de no quererte.

—¿Y qué te hizo escuchar una acusación?

—Sentí que nunca hago nada bien para ti.

En ese momento podemos repetir nuestra intención, defendernos o explicar que el otro interpretó mal. Pero también podemos descubrir que nuestra petición tocó una herida que no conocíamos.

Y entonces la pregunta cambia:

—¿Qué te está pasando cuando escuchas eso?

Ya no estamos intentando recuperar la frase original. Estamos permitiendo que acontezca algo que ninguno de los dos tenía previsto.

Esta es una diferencia decisiva:

·         La aclaración intenta recuperar el significado que el emisor quiso transmitir.

·         La retransferencia permite que el emisor reciba lo que su palabra produjo en el otro.

·         El entre sentido acontece cuando ambos pueden ser transformados por esa relación, sin que uno tenga que apropiarse de la verdad del otro.

El malentendido deja de ser solamente un obstáculo. Puede convertirse en una apertura.

5. Las cuatro dimensiones en una relación concreta

Volvamos al ejemplo de la pareja que aparece en el texto.

Situación inicial

Una persona dice: «Esta casa es un desastre».

La otra escucha: «Eres una mala madre, no haces bien tu trabajo».

Entre emoción

Debajo del reproche puede haber miedo, cansancio, angustia económica y necesidad de cercanía. Pero no podemos darlo por supuesto: hay que escucharlo.

Entre sentimiento

Puede existir una historia de abandono, desvalorización o falta de reconocimiento. La palabra presente despierta una memoria que no estaba explícita.

Entre axiología

Aparecen valores representados: ser buen proveedor, buena madre, pareja responsable, persona cuidadosa. La contradicción surge cuando esos ideales se convierten en exigencias que impiden expresar la vulnerabilidad.

Entre espiritual

La relación puede abrirse a una experiencia en la que ninguno necesita demostrar que es suficientemente bueno para merecer el amor del otro. La persona puede ser recibida sin quedar reducida a su función, su error o su representación.

Pero esto no ocurre automáticamente por preguntar. Puede que la otra persona no quiera hablar; puede que haya una herida que requiera mucho tiempo; puede que exista una relación de violencia en la que preguntar no sea seguro. El entre sentido no borra esas condiciones materiales.

6. ¿Qué intervención haríamos en Facebook?

No propondría corregir la interpretación de Lacan ni dar una clase sobre Ferenczi. Tampoco repetiría la recomendación de preguntar, porque varios comentaristas ya la han recogido.

Intentaría introducir una diferencia que todavía no está suficientemente desarrollada: preguntar no es todavía escuchar, y escuchar no es todavía dejarse alterar.

Esta sería mi intervención:

Me parece que en el texto hay una paradoja muy interesante: se afirma que es imposible entenderse, pero al mismo tiempo se propone preguntar qué escuchó el otro. ¿No significa eso que el malentendido puede convertirse en el comienzo de otra forma de entendimiento?

Quizá el problema no sea que uno dice A y el otro escucha Z. Eso siempre puede suceder. El problema aparece cuando cada uno se aferra a su propia traducción y convierte la interpretación que hizo del otro en una verdad definitiva.

Pero preguntar «¿qué escuchaste cuando te dije eso?» tampoco basta. Hay algo más difícil: estar dispuesto a recibir la respuesta y permitir que nos altere.

Porque puedo preguntar qué escuchaste y, cuando me lo dices, responderte que entendiste mal, que esa no era mi intención y que el problema está en tu historia. En ese caso, he preguntado, pero sigo encerrado en mi propia representación.

El verdadero encuentro quizá comienza cuando descubro que lo que dije produjo algo que yo no sabía, y cuando el otro descubre que aquello que escuchó tampoco agota lo que yo quería expresar.

Entonces ya no se trata de recuperar exactamente el significado original. Se trata de que algo nuevo pueda acontecer entre ambos.

No somos dos soledades condenadas a permanecer frente a sus fantasmas. Tampoco dos conciencias que algún día lograrán comprenderse plenamente. Somos dos historias que pueden alterarse y contraalterarse sin que ninguna tenga que desaparecer.

Quizá amar no sea solamente soportar el malentendido y preguntar de nuevo. Quizá sea también permitir que la respuesta del otro transforme aquello que creíamos que nosotros mismos estábamos diciendo.

7. La diferencia entre conversar en Facebook y biotejer

Ahora volvamos a tu observación sobre las redes.

Este ejemplo demuestra que Facebook permite algo más que la circulación de publicaciones: permite que una tesis sea recogida, cuestionada, corregida, ampliada y devuelta a su autor. Virginia y Ezze, especialmente, no son simples receptores: alteran el texto original.

Sin embargo, el desarrollo se interrumpe.

Mariana y Guillermo abren una relación que podría desarrollarse, pero no sabemos si continúa. Sandra introduce otra dimensión, la escritura digital, pero no se forma un grupo de investigación alrededor de ella. Roma aporta una reflexión sobre la poesía y el sentido, pero tampoco se construye una conversación sostenida entre los comentaristas.

La plataforma permite encuentros puntuales, pero no necesariamente produce las condiciones para mantenerlos.

Y aquí aparece una diferencia entre tres espacios:

1.      La red de circulación: hace que muchas personas reciban una publicación.

2.      El espacio de intercambio: permite que se respondan, se contradigan y se modifiquen mutuamente.

3.      El espacio de convivio: permite que esas relaciones duren, desarrollen confianza, compartan experiencias y produzcan capacidades comunes.

El tercer espacio puede ser presencial o virtual. Pero necesita algo más que comentarios: continuidad, memoria compartida, posibilidad de regresar sobre lo dicho, reciprocidad, tiempo y capacidad de realizar algo conjuntamente.

Un espacio virtual de convivio tendría que permitir que una conversación no desaparezca bajo la siguiente publicación; que sus participantes puedan desarrollar una investigación común; que las diferencias no se conviertan inmediatamente en expulsiones; y que la comunidad pueda modificar las condiciones de su propio encuentro.

Eso tampoco garantiza el entre sentido. Una comunidad puede convertir su convivio en una nueva captura, como advertimos con E8. Pero sí crea condiciones para que el acontecimiento tenga duración.

8. Lo que este segundo experimento nos permite redevelar

En el primer Facebook vimos cómo la discusión sobre religión y política se organizaba alrededor de representaciones enfrentadas.

En este segundo, la propia representación del malentendido es alterada por sus lectores. Aquí encontramos una posibilidad más clara de entre sentido, aunque todavía fragmentaria.

Y quiero dejar establecida una diferencia que puede ser fundamental para nuestra cibernética de tercer orden:

La comunicación intercambia significantes. La conversación puede transformar significados. El convivio permite que se transformen las relaciones. El biotejido acontece cuando esas relaciones se abren a una respiración que ninguna de las partes puede poseer.

No son cuatro escalones automáticos. Son dimensiones que pueden coexistir, contradecirse y retroalimentarse.

El algoritmo puede registrar que Virginia comentó, que Ezze respondió, que Mariana reaccionó y que Roma escribió. Puede clasificar las afinidades y anticipar qué publicaciones podrían interesarles. Pero eso no significa que haya acontecido entre ellos una experiencia de comunión.

Y tampoco significa que nosotros, al analizarla, la hayamos producido.

El hueco no está en que las palabras fallen. Está en que ninguna palabra puede apropiarse de todo lo que puede acontecer entre quienes hablan.

Ese es el punto desde el cual podemos seguir redevelando el entre sentido.

 

Ahora respondamos al cuento de Kafka compartido en Facebook con nuestro cuento para redevelar el entre sentido

Josefina la cantora
o el pueblo de los ratones

Franz Kafka
(Cuento completo)

Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce el poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, lo que debe valorarse tanto más cuanto que nuestra especie, en general, no ama la música. La paz silenciosa es para nosotros la música más querida; nuestra vida es dura, y aun cuando alguna vez hayamos intentado sacudirnos todas las preocupaciones cotidianas, ya no logramos elevarnos hacia cosas tan alejadas de nuestra existencia habitual como la música. Pero tampoco lo lamentamos demasiado; ni siquiera llegamos a eso. Consideramos nuestra mayor virtud cierta astucia práctica, que por lo demás necesitamos con extrema urgencia, y con la sonrisa de esa astucia solemos consolarnos de todo, incluso si alguna vez —cosa que no sucede— llegáramos a sentir nostalgia de la dicha que tal vez procede de la música. Solo Josefina es la excepción: ella ama la música y también sabe transmitirla; es la única; con su partida, la música —quién sabe por cuánto tiempo— desaparecerá de nuestra vida.

He pensado a menudo en qué consiste realmente esa música. Al fin y al cabo, carecemos por completo de sentido musical; ¿cómo es que comprendemos el canto de Josefina o, puesto que Josefina niega que lo comprendamos, creemos al menos comprenderlo? La respuesta más sencilla sería que la belleza de ese canto es tan grande que ni el oído más torpe puede resistírsele, pero esa respuesta no resulta satisfactoria. Si realmente fuera así, ante ese canto tendría que sentirse, antes que nada y siempre, la impresión de lo extraordinario, la impresión de que de esa garganta brota algo que nunca hemos oído antes y que ni siquiera tenemos capacidad de oír, algo para cuya percepción solo esta Josefina, y nadie más, nos habilita. Pero justamente eso, a mi juicio, no ocurre. Yo no lo siento, ni he observado nada semejante en los demás. En confianza, dentro de nuestro círculo más cercano, nos confesamos abiertamente que el canto de Josefina, considerado como canto, no tiene nada de extraordinario.

¿Pero es en realidad canto? A pesar de nuestra falta de musicalidad, tenemos tradiciones de canto; en los antiguos tiempos de nuestro pueblo hubo canto, las leyendas hablan de ello e incluso se han conservado canciones que, eso sí, ya nadie puede cantar. Tenemos, por lo tanto, una noción de lo que es el canto, y a esa noción el arte de Josefina no corresponde del todo. ¿Es, entonces, canto? ¿No será quizá nada más que un silbido? Y silbar, desde luego, todos sabemos; es la verdadera habilidad de nuestro pueblo o, mejor dicho, no es una habilidad, sino una manifestación característica de nuestra vida. Todos silbamos, aunque, por supuesto, a nadie se le ocurre presentar eso como arte; silbamos sin prestar atención, sin siquiera darnos cuenta, y hay muchos entre nosotros que ni siquiera saben que el silbido forma parte de nuestras peculiaridades. Si fuera cierto, por tanto, que Josefina no canta, sino que solo silba, y quizá, como al menos a mí me parece, apenas sobrepasa los límites del silbido común —más aún, tal vez ni siquiera tenga fuerzas suficientes para ese silbido corriente que un simple peón produce sin esfuerzo durante todo el día mientras trabaja—, si todo eso fuera cierto, quedaría refutada la supuesta condición artística de Josefina, pero entonces habría que resolver con mayor razón el enigma de su gran efecto.

Sin embargo, lo que ella produce no es simplemente un silbido. Si uno se coloca bastante lejos de ella y escucha, o mejor aún, si se somete a una prueba: si Josefina canta, por ejemplo, entre otras voces y uno se propone reconocer la suya, inevitablemente no percibirá otra cosa que un silbido común, apenas llamativo quizá por cierta delicadeza o debilidad. Pero si uno está frente a ella, ya no es solo un silbido; para comprender su arte es necesario no solo oírla, sino también verla. Incluso si no fuera más que nuestro silbido de todos los días, ya habría ahí, para empezar, la singularidad de que alguien se plante solemnemente a hacer nada más que lo habitual. Cascar una nuez no es, en verdad, ningún arte; por eso tampoco nadie se atrevería a convocar a un público y, para entretenerlo, ponerse a cascar nueces delante de él. Pero si alguien lo hace de todos modos y logra su propósito, entonces ya no puede tratarse simplemente de cascar nueces. O bien se trata, en efecto, de cascar nueces, pero resulta que habíamos pasado por alto ese arte porque lo dominábamos sin dificultad, y que este nuevo cascanueces nos muestra por primera vez su verdadera esencia; y en ese caso, incluso podría ser útil para el efecto que fuera algo menos hábil que la mayoría de nosotros en cascar nueces.

Tal vez ocurra algo parecido con el canto de Josefina: admiramos en ella aquello que no admiramos en nosotros mismos; y en esto último, por cierto, ella coincide por completo con nosotros. Una vez estuve presente cuando alguien, como naturalmente ocurre a menudo, le señaló el silbido común del pueblo, y lo hizo con mucha modestia; pero para Josefina aquello ya fue demasiado. Nunca he visto una sonrisa tan insolente y altiva como la que puso entonces; ella, que por fuera es la fragilidad misma, notablemente delicada incluso dentro de nuestro pueblo, donde abundan mujeres así de finas, pareció en ese momento francamente ordinaria. Por lo demás, con esa gran sensibilidad suya, probablemente lo sintió ella misma de inmediato, y se recompuso. En cualquier caso, niega toda relación entre su arte y el silbido. Para quienes opinan lo contrario solo tiene desprecio y probablemente un odio que no se atreve a confesarse. No se trata de vanidad común, pues esa oposición, a la que también yo pertenezco a medias, la admira sin duda no menos que la multitud; pero Josefina no quiere solo ser admirada, sino ser admirada exactamente de la manera que ella determina; la admiración por sí sola no le importa. Y cuando uno se sienta frente a ella, la comprende; la oposición solo se sostiene a la distancia; cuando uno está delante de ella, sabe que lo que ella silba allí no es un silbido.

Como silbar forma parte de nuestras costumbres irreflexivas, podría creerse que también se silba en el auditorio de Josefina. Su arte nos hace sentir bien, y cuando nos sentimos bien, silbamos; pero su auditorio no silba, reina un silencio de ratón, como si hubiéramos alcanzado la paz anhelada, de la que al menos nuestro propio silbido nos aparta; callamos. ¿Es su canto lo que nos cautiva, o más bien el silencio solemne que rodea a esa débil vocecita? Una vez ocurrió que una pequeña criatura tonta empezó también, con toda inocencia, a silbar durante el canto de Josefina. Pues bien, era exactamente lo mismo que oíamos de Josefina: allí adelante, a pesar de toda la rutina, el silbido todavía tímido; aquí, en el público, el silbido infantil y ensimismado. Habría sido imposible señalar la diferencia. Y sin embargo, de inmediato siseamos y silbamos para acallar a la entrometida, aunque no habría hecho falta, pues seguramente se habría encogido por sí misma de miedo y vergüenza, mientras Josefina entonaba su silbido triunfal y estaba fuera de sí, con los brazos abiertos y el cuello estirado hasta donde ya no podía estirarse más.

Así es ella siempre, por lo demás. Cualquier pequeñez, cualquier azar, cualquier contrariedad, un crujido en el piso, un rechinar de dientes, una falla en la iluminación, le parece apropiado para aumentar el efecto de su canto. Según ella, canta para oídos sordos; no le faltan entusiasmo ni aplausos, pero hace mucho que aprendió a renunciar a una verdadera comprensión, tal como ella la entiende. Por eso todas las molestias le vienen muy bien. Todo lo que desde afuera se opone a la pureza de su canto, todo lo que es vencido en una lucha leve, incluso sin lucha, por la simple confrontación, puede contribuir a despertar a la multitud y a enseñarle, si no comprensión, al menos un respeto instintivo.

Pero si lo pequeño le sirve de ese modo, cuánto más lo grande. Nuestra vida es muy agitada; cada día trae sorpresas, angustias, esperanzas y terrores, de tal modo que nadie podría soportarlo todo si no contara, a cualquier hora del día o de la noche, con el respaldo de sus compañeros. Incluso así, con frecuencia se vuelve muy difícil; a veces tiemblan mil hombros bajo una carga que en realidad estaba destinada a uno solo. Entonces Josefina considera que ha llegado su hora. Ya está allí, la criatura delicada, vibrando de manera inquietante sobre todo bajo el pecho; es como si hubiera reunido toda su fuerza en el canto, como si a todo lo que en ella no sirve directamente al canto se le hubiera quitado toda energía, casi toda posibilidad de vida; como si estuviera desnuda, abandonada, confiada únicamente a la protección de buenos espíritus; como si, mientras así, completamente ajena a sí misma, habita en el canto, un soplo frío al pasar pudiera matarla. Pero precisamente ante esa visión, nosotros, sus supuestos adversarios, solemos decirnos: «Ni siquiera sabe silbar; tiene que esforzarse de un modo terrible, no para cantar —no hablemos de cantar—, sino para forzarse a emitir, más o menos, el silbido habitual de nuestro pueblo». Así nos parece, pero, como ya he dicho, esa impresión, aunque inevitable, es fugaz y pasa pronto. También nosotros nos sumergimos entonces en el sentimiento de la multitud que escucha, cálida, cuerpo contra cuerpo, respirando con recogimiento.

Y para reunir a su alrededor a esa multitud, casi siempre en movimiento y yendo de un lado a otro por motivos que a menudo no están muy claros, Josefina no necesita por lo general hacer otra cosa que echar hacia atrás la cabecita, entreabrir la boca y volver los ojos hacia lo alto, en esa postura que indica que tiene intención de cantar. Puede hacerlo donde quiera; no es necesario que sea un lugar visible desde lejos: cualquier rincón escondido, elegido por un capricho momentáneo, sirve igual. La noticia de que quiere cantar se difunde de inmediato, y pronto las procesiones se encaminan hacia allí. A veces, claro, surgen obstáculos; Josefina canta con preferencia justamente en tiempos agitados, cuando las preocupaciones y necesidades nos obligan a tomar muchos caminos distintos; entonces, ni con la mejor voluntad, podemos reunirnos tan rápido como Josefina desea, y ella permanece allí, en su gran actitud, quizá durante un buen rato, sin un número suficiente de oyentes. Entonces, por supuesto, se enfurece; patalea, maldice de una manera muy poco femenina, incluso muerde. Pero ni siquiera una conducta así perjudica su fama; en vez de contener un poco sus excesivas pretensiones, nos esforzamos por satisfacerlas. Se envían mensajeros para traer oyentes; se mantiene en secreto ante ella que eso ocurre; se ven apostados centinelas en los caminos de los alrededores, que les hacen señas a los que llegan para que se apresuren; y todo esto hasta que finalmente se reúne un número aceptable.

¿Qué impulsa al pueblo a esforzarse tanto por Josefina? Una pregunta nada fácil de responder, y que además está ligada a la del canto de Josefina. Podría descartarse y unirse por completo a esa segunda pregunta si pudiera afirmarse, por ejemplo, que el pueblo está incondicionalmente entregado a Josefina por su canto. Pero justamente no es así; nuestro pueblo apenas conoce la entrega incondicional. Este pueblo, que por encima de todo ama la astucia, por inofensiva que sea, el susurro infantil, el chisme inocente que apenas mueve los labios, un pueblo así no puede entregarse incondicionalmente. También Josefina lo siente, y eso es lo que combate con todo el esfuerzo de su débil garganta.

Desde luego, no hay que llevar demasiado lejos estos juicios generales: el pueblo sí está entregado a Josefina, solo que no incondicionalmente. Por ejemplo, sería incapaz de reírse de ella. Podemos admitirlo: en Josefina hay muchas cosas que invitan a la risa; y la risa, de por sí, siempre está cerca de nosotros; pese a toda la miseria de nuestra vida, una risa leve vive siempre, de algún modo, entre nosotros. Pero de Josefina no nos reímos. A veces tengo la impresión de que el pueblo concibe su relación con Josefina de este modo: ella, esa criatura frágil, necesitada de cuidado, distinguida de alguna manera —según ella, distinguida por el canto—, le ha sido confiada, y el pueblo debe velar por ella. La razón de esto nadie la conoce; solo el hecho parece estar firmemente establecido. Pero de aquello que nos ha sido confiado uno no se ríe; reírse sería faltar a un deber. La mayor maldad que los más malvados de entre nosotros pueden infligirle a Josefina consiste en decir a veces: «Las ganas de reír se nos quitan cuando vemos a Josefina».

Así cuida el pueblo de Josefina, a la manera de un padre que se hace cargo de un niño que le tiende la manita —no se sabe bien si pidiendo o exigiendo—. Podría pensarse que nuestro pueblo no sirve para cumplir esos deberes paternales, pero en realidad los cumple, al menos en este caso, de manera ejemplar; ningún individuo podría hacer, en este sentido, lo que el pueblo en su conjunto es capaz de hacer. Es cierto que la diferencia de fuerza entre el pueblo y el individuo es tan enorme que basta con que el pueblo atraiga al desvalido hacia el calor de su cercanía para que quede suficientemente protegido. A Josefina, sin embargo, no se le puede hablar de estas cosas. «Me importa un silbido su protección», dice entonces. «Sí, sí, tú silbas», pensamos nosotros. Y además, en verdad, no es ninguna refutación que ella se rebele; más bien eso es enteramente propio de los niños y de la gratitud infantil, y propio del padre es no hacerle caso.

Pero interviene aquí todavía otra cosa, más difícil de explicar a partir de esta relación entre el pueblo y Josefina. Josefina, en efecto, opina lo contrario: cree que es ella quien protege al pueblo. Su canto, según ella, nos salva de una mala situación política o económica; nada menos que eso consigue, y si no aleja la desgracia, al menos nos da fuerzas para soportarla. Ella no lo dice así ni de ninguna otra manera; en general habla poco, es callada entre los parlanchines, pero eso destella en sus ojos y se lee en su boca cerrada —entre nosotros pocos logran mantener la boca cerrada; ella sí—. Ante cada mala noticia —y hay días en que se atropellan unas a otras, entre ellas falsas y a medias ciertas—, se levanta de inmediato, ella, a quien de ordinario el cansancio parece arrastrar hacia el suelo; se levanta, estira el cuello y busca abarcar con la mirada su rebaño, como el pastor antes de la tormenta. Es verdad que también los niños plantean exigencias semejantes, en su manera salvaje y descontrolada, pero en Josefina no son tan infundadas como en ellos. Desde luego, no nos salva ni nos da fuerzas; es fácil presentarse después como salvadora de este pueblo acostumbrado al sufrimiento, que no se cuida a sí mismo, rápido en sus decisiones, conocedor de la muerte, solo en apariencia temeroso dentro de la atmósfera de audacia en que vive constantemente y, además, tan fecundo como valeroso. Es fácil, digo, presentarse después como salvadora de este pueblo que siempre, de algún modo, se ha salvado a sí mismo, aunque haya sido a costa de sacrificios ante los cuales el historiador —en general descuidamos por completo la investigación histórica— quedaría paralizado de espanto. Y, sin embargo, es verdad que justamente en los momentos de necesidad escuchamos la voz de Josefina mejor que de costumbre.

Las amenazas que se ciernen sobre nosotros nos vuelven más silenciosos, más modestos, más dóciles ante la actitud mandona de Josefina; nos reunimos con gusto, nos apretujamos con gusto unos contra otros, sobre todo porque se trata de una ocasión que queda por completo al margen de lo principal que nos atormenta. Es como si, antes del combate, bebiéramos juntos y de prisa —sí, la prisa es necesaria, y Josefina lo olvida con demasiada frecuencia— una copa de paz. No es tanto una presentación de canto como una asamblea del pueblo, y una asamblea en la que, salvo por el pequeño silbido de adelante, reina un silencio absoluto; la hora es demasiado seria para gastarla en parloteos.

Una relación así, por supuesto, no podría satisfacer a Josefina. A pesar de toda la nerviosa desazón que le provoca su posición nunca del todo aclarada, enceguecida por la conciencia que tiene de sí misma, hay muchas cosas que no ve, y sin gran esfuerzo se la puede llevar a pasar por alto muchas más; un enjambre de aduladores trabaja siempre en ese sentido, es decir, en realidad, en un sentido útil para todos. Pero cantar solo de paso, inadvertida, en el rincón de una asamblea del pueblo: para eso, aunque en sí mismo no sería poca cosa, Josefina no sacrificaría su canto.

Pero tampoco tiene que hacerlo, pues su arte no pasa inadvertido. Aunque en el fondo estemos ocupados en cosas muy distintas y el silencio no reine solo por amor al canto, y aunque más de uno ni siquiera levante la vista, sino que hunda la cara en el pelaje del vecino, de modo que Josefina, allá arriba, parece esforzarse en vano, algo de su silbido, sin embargo —esto no puede negarse—, llega inevitablemente hasta nosotros. Ese silbido que se eleva allí donde a todos los demás se les ha impuesto silencio llega casi como un mensaje del pueblo al individuo; el débil silbido de Josefina en medio de decisiones graves es casi como la pobre existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto del mundo enemigo. Josefina se sostiene; esa nada de voz, esa nada de ejecución se sostiene y se abre camino hasta nosotros; reconforta pensar en ello. A un verdadero artista del canto, si alguna vez apareciera uno entre nosotros, en semejantes momentos no lo soportaríamos, y rechazaríamos por unanimidad lo absurdo de semejante representación. Ojalá Josefina nunca llegue a comprender que el hecho de que la escuchemos es una prueba contra su canto. Alguna sospecha de esto debe de tener; ¿por qué, si no, negaría con tanta pasión que la escuchamos? Pero vuelve una y otra vez a cantar, y con su silbido se sobrepone a esa sospecha.

De todos modos, todavía le quedaría un consuelo: en cierto sentido la escuchamos de verdad, probablemente de una manera parecida a como se escucha a un artista del canto. Ella alcanza efectos que un artista del canto intentaría en vano lograr entre nosotros, y que solo le son concedidos precisamente a sus medios insuficientes. Esto se relaciona, sin duda, sobre todo con nuestro modo de vida.

En nuestro pueblo no se conoce la juventud; apenas una brevísima niñez. Es cierto que periódicamente surgen reclamos para que se les garantice a los niños una libertad especial, un cuidado especial; para que se reconozca su derecho a un poco de despreocupación, a un poco de correteo sin sentido, a un poco de juego, y se les ayude a disfrutarlo. Tales reclamos surgen, y casi todos los aprueban; no hay nada más digno de aprobación, pero tampoco hay nada que en la realidad de nuestra vida pueda concederse menos. Se aprueban los reclamos, se hacen intentos en ese sentido, pero pronto todo vuelve a estar como antes. Nuestra vida es de tal naturaleza que un niño, apenas puede correr un poco y distinguir un poco su entorno, debe valerse por sí mismo igual que un adulto. Los territorios en los que por razones económicas tenemos que vivir dispersos son demasiado extensos, nuestros enemigos son demasiados, los peligros que nos acechan en todas partes demasiado incalculables; no podemos mantener a los niños alejados de la lucha por la existencia; si lo hiciéramos, sería su fin prematuro.

A estas tristes razones se suma, eso sí, una razón que eleva el ánimo: la fecundidad de nuestra estirpe. Una generación —y cada una es numerosa— empuja a la otra; los niños no tienen tiempo de ser niños. Tal vez en otros pueblos los niños sean cuidadosamente atendidos, tal vez allí se levanten escuelas para los pequeños, tal vez de esas escuelas salgan cada día los niños, el futuro del pueblo; pero durante mucho tiempo, día tras día, son siempre los mismos niños los que salen de allí. Nosotros no tenemos escuelas, pero de nuestro pueblo brotan, en brevísimos intervalos, las multitudes incontables de nuestros niños, alegres, siseando o piando mientras aún no pueden silbar, revolcándose o rodando empujados por la presión mientras aún no pueden caminar, arrastrando torpemente todo con su masa mientras aún no pueden ver. ¡Nuestros niños! Y no como en aquellas escuelas, donde son siempre los mismos; no, siempre, una y otra vez, nuevos, sin fin, sin interrupción. Apenas aparece un niño, ya no es niño, pero detrás de él empujan ya los nuevos rostros infantiles, indistinguibles en su multitud y en su prisa, sonrosados de felicidad. Por hermoso que esto sea, y por mucho que otros puedan envidiarnos con razón, no podemos darles a nuestros niños una verdadera infancia. Y eso tiene sus consecuencias. Una cierta infantilidad que no muere ni puede arrancarse penetra nuestro pueblo. En contradicción directa con nuestra mejor cualidad, el infalible sentido práctico, a veces actuamos de un modo completamente necio, y precisamente como actúan los niños cuando son necios: sin sentido, pródigos, generosos, ligeros, y todo eso a menudo solo por una pequeña diversión. Y aunque nuestra alegría, desde luego, ya no puede tener toda la fuerza de la alegría infantil, algo de ella vive todavía en nosotros. De esta infantilidad de nuestro pueblo se aprovecha Josefina desde siempre.

Pero nuestro pueblo no solo es infantil; también es, en cierto modo, prematuramente viejo. Infancia y vejez se manifiestan entre nosotros de manera distinta que en otros pueblos. No tenemos juventud; somos de inmediato adultos, y luego somos adultos durante demasiado tiempo. De ahí que una cierta fatiga y desesperanza cruce con amplia huella el carácter de nuestro pueblo, que en conjunto es, sin embargo, tan tenaz y tan fuerte en la esperanza. Con esto se relaciona quizá también nuestra falta de musicalidad; somos demasiado viejos para la música. Su agitación, su arrebato, no se ajustan a nuestra pesadez; cansados, la apartamos con un gesto. Nos hemos retirado al silbido: un poco de silbido aquí y allá, eso es lo adecuado para nosotros. Quién sabe si no habrá talentos musicales entre nosotros; pero si los hubiera, el carácter de los demás tendría que sofocarlos antes de que pudieran desarrollarse. En cambio, Josefina puede silbar o cantar o llamarlo como quiera; eso no nos molesta, eso nos va bien, eso sí podemos soportarlo. Si en ello hubiera algo de música, estaría reducido a la mayor insignificancia posible; se conserva cierta tradición musical, pero sin que nos pese en lo más mínimo.

Pero Josefina le ofrece todavía algo más a este pueblo así dispuesto. En sus conciertos, sobre todo en tiempos difíciles, solo los más jóvenes se interesan aún por la cantora como tal; solo ellos miran con asombro cómo frunce los labios, expulsa el aire entre los lindos dientecitos delanteros, se queda extasiada ante los sonidos que ella misma produce y aprovecha ese desfallecimiento para animarse a una nueva ejecución, cada vez más incomprensible incluso para ella. Pero la verdadera multitud —esto se reconoce claramente— se ha replegado sobre sí misma. Aquí, en las pobres pausas entre las luchas, el pueblo sueña; es como si al individuo se le aflojaran los miembros, como si al inquieto le fuera permitido estirarse y desperezarse a gusto, por una vez, en la gran cama tibia del pueblo. Y en esos sueños resuena de vez en cuando el silbido de Josefina. Ella lo llama perlado; nosotros lo llamamos entrecortado. En cualquier caso, está aquí en su lugar como en ninguna otra parte, como rara vez la música encuentra el instante que la espera. Hay en él algo de la pobre y breve infancia, algo de una felicidad perdida que nunca volverá a encontrarse, pero también algo de la vida activa de hoy, de su pequeña, incomprensible y sin embargo existente e indestructible alegría. Y todo eso, en verdad, no se dice con grandes tonos, sino de manera leve, susurrante, confidencial, a veces un poco ronca. Naturalmente, es un silbido. ¿Cómo no habría de serlo? El silbido es la lengua de nuestro pueblo; solo que muchos silban toda la vida sin saberlo, mientras que aquí el silbido queda liberado de las ataduras de la vida cotidiana y también nos libera a nosotros por un breve rato. Sin duda, no querríamos prescindir de estas presentaciones.

Pero de ahí a la afirmación de Josefina de que en tales tiempos nos da nuevas fuerzas, y así sucesivamente, hay todavía un largo camino. Para la gente común, por supuesto, no para los aduladores de Josefina. «¿Cómo podría ser de otro modo?», dicen ellos con una audacia bastante despreocupada. «¿De qué otra manera podría explicarse la gran afluencia de público, sobre todo bajo un peligro inmediato y apremiante, que ya a veces incluso ha impedido la defensa suficiente y oportuna contra ese mismo peligro?». Pues bien, esto último, por desgracia, es cierto; pero no es ninguna gloria de Josefina, especialmente si se añade que, cuando tales reuniones fueron dispersadas por sorpresa por el enemigo y más de uno de los nuestros tuvo que dejar la vida, Josefina, que había causado todo aquello e incluso quizá había atraído al enemigo con su silbido, siempre estuvo en el lugar más seguro y desapareció primero, muy callada y a toda prisa, bajo la protección de sus partidarios. En el fondo, todos lo saben, y sin embargo vuelven a correr hacia ella cuando Josefina, en cualquier lugar y en cualquier momento, se levanta a cantar según su antojo.

De esto podría concluirse que Josefina está casi fuera de la ley, que se le permite hacer lo que quiera, incluso si pone en peligro a la comunidad, y que todo se le perdona. Si así fuera, sus pretensiones serían plenamente comprensibles; es más, en esa libertad que el pueblo le concedería, en ese regalo extraordinario, no otorgado a nadie más, que en realidad contradice las leyes, podría verse en cierto modo la confesión de que el pueblo no comprende a Josefina, tal como ella afirma, de que contempla su arte sin poder hacer nada, se siente indigno de él y se esfuerza por compensar con un esfuerzo verdaderamente desesperado el dolor que eso le causa; y así como su arte está fuera de su capacidad de comprensión, también coloca a su persona y sus deseos fuera del alcance de sus mandatos. Pues bien, esto no es en absoluto cierto. Tal vez en casos aislados el pueblo capitule demasiado pronto ante Josefina, pero así como no capitula incondicionalmente ante nadie, tampoco lo hace ante ella.

Desde hace mucho tiempo, quizá desde el comienzo de su carrera artística, Josefina lucha para que, en consideración a su canto, se la libere de todo trabajo; habría que quitarle, por tanto, la preocupación por el pan de cada día y por todo lo que está ligado a nuestra lucha por la existencia, y cargársela —probablemente— al pueblo en su conjunto. Un entusiasta fácil —también los hay— podría deducir ya de la mera singularidad de esta exigencia, del estado de ánimo capaz de concebir semejante exigencia, su legitimidad interior. Pero nuestro pueblo saca otras conclusiones y rechaza la petición con calma. Tampoco se esfuerza mucho en refutar sus argumentos. Josefina señala, por ejemplo, que el esfuerzo del trabajo perjudica su voz; que, aunque el esfuerzo del trabajo es pequeño en comparación con el del canto, le quita la posibilidad de descansar lo suficiente después de cantar y de fortalecerse para un nuevo canto; que debe agotarse por completo y que, sin embargo, en esas circunstancias nunca puede alcanzar su máximo rendimiento. El pueblo la escucha y pasa de largo. Este pueblo tan fácil de conmover a veces no se deja conmover en absoluto. El rechazo es a veces tan duro que la propia Josefina se queda perpleja; parece someterse, trabaja como corresponde, canta tan bien como puede, pero todo eso solo por un tiempo; luego reanuda la lucha con nuevas fuerzas —para eso parece tenerlas ilimitadas—.

Ahora bien, está claro que Josefina no aspira en realidad a lo que pide literalmente. Es sensata, no le teme al trabajo, como tampoco la pereza se conoce entre nosotros; aun si su exigencia fuera concedida, seguramente no viviría de otro modo que antes. El trabajo no le estorbaría en absoluto el canto, y el canto, por cierto, tampoco se volvería más hermoso. Lo que busca es, por tanto, solo el reconocimiento público, inequívoco, duradero, que atraviese los tiempos y se eleve por encima de todo lo conocido hasta ahora, de su arte. Pero mientras casi todo lo demás parece estar a su alcance, esto se le niega obstinadamente. Tal vez debió dirigir el ataque en otra dirección desde el principio; tal vez ahora ella misma ve el error, pero ya no puede retroceder. Retroceder sería traicionarse a sí misma; ahora tiene que sostenerse o caer con esta exigencia.

Si de verdad tuviera enemigos, como dice, estos podrían contemplar divertidos esta lucha sin mover un dedo. Pero no tiene enemigos, y aunque alguno que otro le haga objeciones, esta lucha no divierte a nadie. Ya por el solo hecho de que aquí el pueblo se muestra en su fría actitud de juez, como muy rara vez se lo ve entre nosotros. Y aunque uno apruebe esa actitud en este caso, la sola idea de que alguna vez el pueblo pudiera comportarse de modo semejante con uno mismo excluye toda alegría. Tanto en el rechazo como en la exigencia, no se trata de la cosa misma, sino de que el pueblo pueda cerrarse de un modo tan impenetrable ante uno de sus miembros, y tanto más impenetrablemente cuanto que por lo demás cuida de ese mismo miembro de manera paternal y más que paternal, con humildad.

Si en lugar del pueblo hubiera aquí un individuo, podría creerse que ese hombre cedió todo el tiempo ante Josefina bajo el ardiente y continuo deseo de poner por fin término a su condescendencia; que cedió de manera sobrehumana, en la firme creencia de que las concesiones encontrarían a pesar de todo su límite justo; es más, que cedió más de lo necesario solo para acelerar las cosas, solo para malcriar a Josefina e impulsarla a deseos siempre nuevos, hasta que ella formulara de verdad esa última exigencia; y entonces, como todo estaba preparado desde hacía tiempo, habría ejecutado por fin, de manera breve, el rechazo definitivo. Pues bien, no ocurre así en absoluto. El pueblo no necesita esas astucias; además, su veneración por Josefina es sincera y probada, y la exigencia de Josefina es tan desmesurada que cualquier niño sin prejuicios habría podido prever su desenlace. Con todo, puede ser que en la idea que Josefina tiene del asunto intervengan también sospechas de ese tipo y que ellas añadan amargura al dolor de la rechazada.

Pero aunque tenga tales sospechas, no se deja intimidar. En los últimos tiempos, incluso, la lucha se ha agudizado; si hasta ahora la había llevado solo con palabras, ahora empieza a emplear otros medios que, según ella, son más eficaces y, según nosotros, más peligrosos para ella misma.

Algunos creen que Josefina se vuelve tan insistente porque siente que envejece, que la voz muestra debilidades y que, por lo tanto, le parece que ha llegado la hora suprema de librar la última lucha por su reconocimiento. Yo no lo creo. Josefina no sería Josefina si eso fuera verdad. Para ella no hay vejez ni debilidades de la voz. Cuando exige algo, no la mueven circunstancias externas, sino una coherencia interior. Extiende la mano hacia la corona más alta, no porque en ese momento cuelgue un poco más baja, sino porque es la más alta; si estuviera en su poder, la colgaría todavía más arriba.

Este desprecio por las dificultades externas no le impide, desde luego, emplear los medios más indignos. Su derecho no le ofrece ninguna duda; ¿qué importa entonces cómo lo alcance, sobre todo si, en este mundo tal como ella se lo representa, precisamente los medios dignos tienen que fracasar? Tal vez por eso mismo ha trasladado la lucha por su derecho fuera del ámbito del canto, hacia otro que le importa poco. Su séquito ha hecho circular declaraciones suyas según las cuales se siente plenamente capaz de cantar de tal modo que para el pueblo, en todas sus capas y hasta en la oposición más oculta, sería un verdadero placer; verdadero placer no en el sentido del pueblo, que afirma sentir ese placer desde siempre ante el canto de Josefina, sino placer en el sentido del anhelo de Josefina. Pero, añade ella, como no puede falsificar lo elevado ni halagar lo vulgar, las cosas deben quedar como están. Distinto es el caso de su lucha por la exención del trabajo: también es, sin duda, una lucha por su canto, pero aquí no combate directamente con la preciosa arma del canto; cualquier medio que emplee es, por lo tanto, lo bastante bueno.

Así se difundió, por ejemplo, el rumor de que Josefina tenía intención, si no cedían ante ella, de recortar las coloraturas. Yo no sé nada de coloraturas; nunca he notado nada semejante en su canto. Pero Josefina quiere recortar las coloraturas, por ahora no suprimirlas, sino solo recortarlas. Según se dice, ha cumplido su amenaza; por mi parte, no he notado diferencia alguna respecto de sus presentaciones anteriores. El pueblo en su conjunto la escuchó como siempre, sin pronunciarse sobre las coloraturas, y tampoco cambió el tratamiento de la exigencia de Josefina. Por lo demás, Josefina, así como en su figura, también en su pensamiento tiene a veces algo indudablemente gracioso. Así, por ejemplo, después de aquella presentación, como si su decisión respecto de las coloraturas hubiera sido demasiado dura o demasiado repentina para el pueblo, declaró que la próxima vez volvería a cantar las coloraturas completas. Pero después del concierto siguiente volvió a cambiar de opinión: ahora sí se habían acabado definitivamente las grandes coloraturas y no volverían antes de una decisión favorable para Josefina. Pues bien, el pueblo pasa por alto todas estas declaraciones, decisiones y cambios de opinión, como un adulto sumido en sus pensamientos pasa por alto la charla de un niño, con buena disposición, pero inalcanzable.

Josefina, sin embargo, no cede. Hace poco afirmó, por ejemplo, que se había lastimado un pie durante el trabajo, lo que le hacía difícil permanecer de pie mientras cantaba; pero como solo puede cantar de pie, ahora incluso debe acortar los cantos. Aunque cojea y se deja sostener por su séquito, nadie cree en una lesión verdadera. Aun admitiendo la especial sensibilidad de su cuerpecito, nosotros somos un pueblo trabajador y Josefina pertenece a él; si quisiéramos cojear por cada rasguño, el pueblo entero no dejaría nunca de cojear. Pero aunque se deje llevar como una inválida, aunque en ese estado lamentable se muestre con más frecuencia que de costumbre, el pueblo escucha su canto con gratitud y embeleso, igual que antes, y no hace mucho caso por el acortamiento.

Como no puede cojear sin descanso, inventa otra cosa: alega cansancio, mal humor, debilidad. Además del concierto, ahora tenemos también un espectáculo. Vemos detrás de Josefina a su séquito, que le ruega y le suplica que cante. Ella querría, pero no puede. La consuelan, la miman, casi la llevan en brazos al lugar ya elegido donde debe cantar. Finalmente, con lágrimas inexplicables, cede. Pero cuando quiere disponerse a cantar, con lo que parece ser su última voluntad, cuando está allí de pie, exhausta, no con los brazos extendidos como de costumbre sino colgando inertes a los costados, de modo que se tiene la impresión de que quizá son un poco demasiado cortos; cuando quiere empezar, he aquí que no puede. Un involuntario movimiento de cabeza nos lo indica, y ella se derrumba ante nuestros ojos. Luego, sin embargo, se repone y canta; a mí me parece que no muy distinto de lo habitual. Tal vez, si uno tiene oído para los matices más finos, advierta una excitación poco común, que por lo demás le sienta bien a la cosa. Al final está incluso menos cansada que antes; con paso firme —si se puede llamar así a su menudo trotecito— se aleja, rechaza toda ayuda de sus partidarios y mide con fría mirada a la multitud, que se aparta respetuosamente ante ella.

Así ocurrió la última vez. Pero lo más reciente es que, cuando se esperaba que cantara, Josefina desapareció. No solo la busca su séquito; muchos salen también a buscarla. Todo es en vano. Josefina ha desaparecido; no quiere cantar, ni siquiera quiere que se lo pidan; esta vez nos ha abandonado por completo.

Es extraño lo mal que calcula, la astuta; calcula tan mal que podría creerse que no calcula en absoluto, sino que es arrastrada por su destino, que en nuestro mundo solo puede ser triste. Ella misma se aparta del canto, ella misma destruye el poder que se había ganado sobre los ánimos. ¿Cómo pudo ganarse ese poder, si conoce tan poco esos ánimos? Se esconde y no canta, pero el pueblo, tranquilo, sin decepción visible, dueño de sí mismo, masa que reposa en sí misma y que, aunque las apariencias digan lo contrario, solo puede dar y nunca recibir, ni siquiera de Josefina; el pueblo sigue su camino.

Pero a Josefina las cosas tendrán que irle cuesta abajo. Pronto llegará el momento en que su último silbido suene y se apague. Ella es un pequeño episodio en la eterna historia de nuestro pueblo, y el pueblo superará la pérdida. No nos será fácil; ¿cómo podrán celebrarse nuestras asambleas en completo silencio? Aunque, ¿no eran silenciosas también con Josefina? ¿Era su silbido real mucho más sonoro y vivo de lo que será el recuerdo? ¿Fue acaso, incluso mientras ella vivía, algo más que un simple recuerdo? ¿No habrá sido más bien que el pueblo, en su sabiduría, elevó tanto el canto de Josefina precisamente porque, de ese modo, era imposible perderlo?

Quizá, entonces, no extrañemos demasiado; Josefina, en cambio, liberada del tormento terrenal que, según ella, está reservado a los elegidos, se perderá alegremente en la innumerable multitud de los héroes de nuestro pueblo, y pronto, puesto que no cultivamos la historia, será olvidada, como todos sus hermanos, en una redención más alta.

FIN

 

Propongo que no respondamos a Kafka con una explicación de Josefina, ni con una interpretación que pretenda resolver el enigma de su canto. Respondamos con otro cuento: uno en el que la comunidad no necesite convertir a alguien en salvador, pero tampoco aplaste su singularidad; donde el acontecimiento no pertenezca ni al individuo ni a la multitud. El entre sentido no será una moraleja: tendrá que acontecer en el relato.

La canción que no tenía dueño

Un cuento para redevelar el entre sentido

En un pueblo rodeado de montañas había una plaza en la que nadie se detenía demasiado tiempo.

No era porque faltaran bancos, ni porque el sol quemara, ni porque sus habitantes no se conocieran. Era porque todos tenían algo que hacer y, cuando terminaban una tarea, ya estaban pensando en la siguiente.

En ese pueblo vivía una mujer que acostumbraba sentarse junto a una fuente seca. No tenía una voz extraordinaria. Tampoco tocaba instrumento alguno. A veces canturreaba mientras remendaba una manta; otras veces guardaba silencio y observaba cómo el viento levantaba el polvo de la plaza.

Un día, un niño se sentó a su lado.

—¿Por qué cantas si nadie te escucha?

La mujer siguió remendando.

—¿Y cómo sabes que nadie escucha?

El niño no supo qué responder.

Al día siguiente volvió con su hermana. Después llegaron otros niños. Algunos adultos se detenían un instante, pero enseguida recordaban sus obligaciones y continuaban caminando.

La mujer no los llamaba. Tampoco les pedía que se quedaran.

Una tarde, mientras canturreaba, una anciana empezó a acompañarla con un sonido apenas perceptible. No era una segunda voz: era el ruido de sus manos al trabajar una pequeña cesta de mimbre. El niño golpeó suavemente una piedra contra otra. Su hermana hizo sonar el agua que quedaba en una botella. Alguien, desde una ventana, dejó escapar una risa.

La mujer interrumpió su canto.

—¡Ahora sí! —exclamó el niño—. ¡Ahora todos están cantando contigo!

—No —dijo ella—. Yo estaba cantando antes de que ustedes llegaran.

El niño se quedó pensativo.

—Entonces, ¿quién está cantando ahora?

La mujer no respondió.


Con el tiempo, la plaza empezó a llenarse a ciertas horas. Los vecinos llegaban con sus herramientas, sus alimentos, sus preocupaciones y sus noticias. Algunos cantaban; otros discutían; otros simplemente descansaban.

Pero pronto aparecieron quienes quisieron organizar aquello.

Un hombre propuso que la mujer cantara todos los días a la misma hora. Otro sugirió construirle un escenario. Un tercero dijo que había que proteger su voz y liberarla de sus tareas. Alguien incluso propuso cobrar una entrada para sostener el encuentro.

La mujer escuchó las propuestas.

—¿Y quién se ocupará de la fuente? —preguntó.

—Eso no tiene importancia —respondió el organizador—. Lo importante es que tu canto sea reconocido.

—¿Y quién reparará los bancos?

—Ya veremos.

—¿Y quién escuchará a los que no saben cantar?

El hombre sonrió con indulgencia.

—No todos tienen talento, mujer. Cada uno debe ocupar su lugar.

Desde aquel día levantaron un pequeño escenario. Colocaron un cartel con el nombre de la cantora y anunciaron sus presentaciones. La plaza se llenó de público. La mujer subió al escenario y cantó.

La gente aplaudió.

Pero la fuente seguía seca, los bancos estaban rotos y los vecinos que antes conversaban ahora esperaban que comenzara el espectáculo. Cuando terminaba, se marchaban.

La mujer dejó de cantar.

Los organizadores se inquietaron. Le dijeron que estaba perjudicando al pueblo, que la gente necesitaba su voz, que no podía abandonar una responsabilidad que ella misma había creado.

—Yo no les pedí que me necesitaran —contestó.

—Pero ahora te necesitan.

—¿Para qué?

Nadie supo responder.


Pasaron algunos meses. Una noche, una lluvia inesperada cayó sobre el pueblo. El agua descendió desde las montañas y entró en las casas. La plaza se convirtió en un río de barro. Los vecinos salieron a proteger sus pertenencias, pero pronto comprendieron que nadie podía hacerlo todo por sí mismo.

Unos levantaron sacos de arena. Otros abrieron canales. Los niños llevaron lámparas. La anciana de la cesta de mimbre ofreció su casa a quienes habían perdido la suya. El hombre que había construido el escenario lo desmontó para utilizar sus tablas en una compuerta.

La mujer también salió. No cantó. Ayudó a levantar una pared.

Cuando el agua comenzó a retirarse, alguien empezó a tararear. Era el niño que años atrás le había preguntado por qué cantaba si nadie la escuchaba.

La mujer lo reconoció.

Después canturreó la anciana. Más allá, un hombre golpeó dos tablas para marcar el ritmo de quienes retiraban el barro. Una niña inventó una melodía con las palabras que había oído durante la noche.

No era un concierto. Tampoco una asamblea organizada. Había voces que se confundían, silencios que no necesitaban explicarse, discusiones que interrumpían el canto y risas que no estaban previstas.

Al amanecer, la fuente volvió a tener agua.

El niño se acercó a la mujer.

—¿Ves? Al final todos aprendimos tu canción.

Ella miró la plaza. Vio que algunos cantaban como ella, otros de una manera completamente distinta y otros no cantaban en absoluto.

—No aprendieron mi canción —dijo—. Y tampoco es necesario que aprendan la de otro.

—Entonces, ¿qué aprendimos?

La mujer hundió las manos en el agua de la fuente.

—Quizá aprendimos a no dejar que una sola voz tenga que sostener lo que solo puede sostenerse entre todos.

El niño sonrió.

—¿Y mañana volveremos a cantar?

—Mañana tendremos que reparar el puente.

—¿Y después?

—Después ya veremos.


Desde entonces, en el pueblo nadie volvió a anunciar la hora de la canción. Tampoco se prohibieron los conciertos, ni se destruyó el escenario. A veces alguien subía a él y cantaba para los demás. Otras veces el escenario servía para una reunión, para una representación teatral o para almacenar las herramientas de quienes reparaban las casas.

La mujer siguió canturreando junto a la fuente, aunque cada vez con menos frecuencia. No se convirtió en una leyenda. Algunos recordaban su voz; otros, la lluvia; otros, la noche en que desmontaron el escenario.

Y hubo quienes aseguraron que nunca había existido una canción.

Pero cuando alguien llegaba a la plaza y preguntaba quién era el dueño de aquella música, los vecinos se miraban unos a otros.

Nadie respondía.

No porque hubieran olvidado quién había comenzado a cantar, sino porque habían descubierto que comenzar algo no era lo mismo que poseerlo.

La fuente seguía dando agua. El pueblo seguía teniendo conflictos, desigualdades y días de silencio. A veces volvían los organizadores, los aduladores y quienes querían decidir quién podía hablar y quién debía escuchar. A veces la plaza se vaciaba.

Pero, de vez en cuando, alguien se detenía junto a otro y comenzaba algo que ninguno de los dos había previsto.

Y entonces, sin que nadie pudiera señalar exactamente dónde había comenzado ni quién lo había producido, volvía a escucharse aquella canción.

No era la canción de la mujer.

No era la canción del pueblo.

Era lo que acontecía entre ellos cuando ninguno pretendía ser su dueño.

Qué hemos alterado respecto de Kafka

En Josefina la cantora o el pueblo de los ratones, Kafka deja una tensión sin resolver: ¿la cantora protege al pueblo o el pueblo la protege a ella? ¿El canto es arte o silbido común? ¿La multitud la escucha realmente o encuentra en ella el reflejo de su propia existencia? Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando una singularidad exige que la comunidad la reconozca y la sostenga?

Nuestro cuento desplaza esa tensión, pero no la cancela.

1.      De la cantora al acontecimiento: no negamos la singularidad de quien canta; cuestionamos que esa singularidad pueda apropiarse de lo que acontece entre quienes escuchan.

2.      De la comunidad protectora a la comunidad corresponsable: el pueblo no es un padre que concede protección ni una multitud que entrega su destino a una figura. También puede equivocarse, capturar y excluir.

3.      Del reconocimiento a la reciprocidad: no basta con aplaudir, admirar o agradecer. La relación cambia cuando quienes participan pueden alterar y contraalterar lo que hacen juntos.

4.      Del canto como representación al canto como acontecimiento: no importa resolver si aquello era música o silbido. Importa que la experiencia no se agote en la clasificación de lo que se escucha.

Hay una diferencia que conviene mantener abierta: el entre sentido no aparece porque todos se reúnan, canten o colaboren. La inundación tampoco produce automáticamente comunión. El pueblo sigue teniendo conflictos y puede volver a capturar su propia experiencia. El entre sentido acontece sin garantía y no queda asegurado por una institución, una cantora ni una comunidad.

Y aquí está la diferencia decisiva con el final de Kafka: Josefina desaparece y el pueblo continúa, como si su singularidad pudiera ser absorbida por la historia colectiva. En nuestro cuento, ni la mujer desaparece dentro del pueblo ni el pueblo queda subordinado a ella. Lo que se redevela es una relación que no pertenece a ninguna de las partes.

La canción no tiene dueño, pero tampoco aparece de la nada: nace de una historia, de unos cuerpos, de unas necesidades y de unas relaciones que pueden volver a cerrarse o abrirse.

Ese es el entre sentido que nuestro cuento intenta hacer acontecer.

 

Descansa amigo de todo proceso

Nadie podrá apropiarse de tu fantasía

Y al mismo tiempo está  en todos nosotros

Algunos aduladores quisieron hacer bustos

de tu cucaracha

Son muy pocos

Los que se reconocieron

Entre la cucaracha y el hombre

Pero a esos pocos

La humanidad les sigue siendo extraña

Y la monstruosidad amigable.   


     

No hay comentarios: