El entre
sentido
Se ve en el
video a miles de personas llenando el estadio de San Marcos en un encuentro del
movimiento pentecostal MMM muchos de ellos flamean la bandera de Israel.
https://www.facebook.com/reel/1830736114618024
El ultimo mito que
levanto la izquierda en el Perú fue el mito del presidente Gonzalo, se intento
con Pedro Castillo y muchos pentecostales estuvieron dispuestos a
retroalimentar este mito pero la izquierda no quiso vender este cuento ¿Se
equivoca la izquierda deconstruyendo los mitos? No lo creo pero si no pasa a
redeconstruirlos no tendrá ninguna posibilidad de movilización social.
Pero ¿Como?
En los anteriores textos
intentamos recuperar el drama humano con nuestro propuesta biodramaturgica
estableciendo la tensión entre la vida acontecimental el hueco y la vida
representacional el palo así todo
alteración consistiría en acontecer diferencialmente a la representación
que media la experiencia.
Por ejemplo si estamos en
un colegio la representación que media establece códigos de comportamiento de
lo que se espera en un colegio, más si el palo es algorítmico donde hay una lectura realizada antes de que suceda
cualquier acción, es decir el algoritmo prevé
que actuaremos según el código
establecido o según las transgresiones usuales de ese código.
La alteración consistiría
en comportamientos fuera de la mediación de la representación, de pronto
alguien hace un acto poco usual que no trasgrede la norma como lo previsto ni
tampoco se adecua a ella.
Puede ser que su atención
se dirija a otro lado al punto que el profesor le llame la atención, pero ni
así el alumno deja de dirigir su
atención a otro lado, lo que puede realmente alterar todo el sistema.
Pero entonces toda cosa que no esté
prevista por la mediación representacional de la experiencia y por el
algoritmo que configura esa representación es una alteración, si es así lo que
vamos hacer es en el mejor de los casos hacer más flexibles esa mediaciones
representacionales y en el peor hacerlas más rígidas.
Pero no es así como se altera sistemas en una cibernética de
tercer orden, la cuestión esta´ en el entre sentido que surge de la respiración
ontológica.
No es que vamos a un
sistema estudiamos su mediación representacional y hacemos aquellos que su
mediación no ha previsto sino que nos infiltramos en el sistema o más bien
dejamos que el sistema se infiltre en nosotros hasta redevelar el entre
sentido.
Vamos primero con él
entre sentido emocional hay una
relación emotiva dentro del sistema, una entre emoción que solo la podemos
saber si estamos dentro del sistema el suficiente tiempo como para reproducirlo
emocionalmente, una vez lograda esa reproducción es decir una vez seamos uno
más que reproduce la emoción podemos
empezar a alterarla.
La emoción es
representable gestualmente pero a la vez es aun acontecer irrepresentable ahí
entre su representación y su acontecer hay un entre sentido que es la manera
como solo los que están en el sistema pueden sentir.
Si volvemos al ejemplo
del colegio y llegamos a entre emocionarnos no daremos cuenta que hay alguien
que hace acontecer la emoción y alguien que regura su representación como un
catalizador que maneja el entre como es una cuestión emocional será difícil
establecer a los sujetos es más bien una ola de emoción que envuelve a todo
pero hay algo que la comienza y algo que la regula acabando su representación
como los catalizadores que la median haciéndola circular, podemos jugar al mar
y hacer chocar la ola emocional con otra ola emocional produciendo otro entre
sentido emocional puede que nuestra ola se transfiera y o pude que sea
rechazada o puede que quede interiorizada y luego se vuelva a
exteriorizar.
El siguiente paso es el
sentimiento aquí hay palabras que lo representan y una emocionalidad que
permanece, nada mejor que el arte para expresar los sentimientos pero cada
sistema tiene su “arte” para expresar los suyos y en ese sentido para
construrilos con lo cual ya puede haber una contradicción y dedicción entre la
emoción y el sentimiento ¿Quién puede saber realmente como se siente? Más la
expresión puede superar la contradicción y hacer que el sentimiento este lleno
de emoción, este entre sentido sentimental requiere de mucho más tiempo en el
sistema y acá viene la cuestión porque
el proceso del entre sentido no lo podemos manipular si alguien me transfiere
un sentimiento yo lo recibo y si bien lo
puedo retransferir hasta hacerlo un hueco, evitando biotejerme del todo con el
que me ha transferido su sentimiento, yo tendré que acontecer tan genuinamente
para poder transferir un sentimiento como el otro ha sido conmigo así se forma
un tejido entre sentimental.
De ahí pasamos a los
valores y estos se representan ideológicamente si perdemos el tejido emocional,
sentimental, nuestra entre axiología no se lograra, quedara en la
representación pero no podremos retransferir valores establecidos y transferir
otros valore.
La entre axiología es
totalmente contradictoria, las personas no realizan con sus acciones los
valores que dicen defender, podemos llevarlos a una reflexión para que sean
conscientes de su contradicción pero la mayoría no asumirá la contradicción que
no es una cuestión personal sino que los sistemas operan así desde falsas
conciencias o mejor dicho conciencias fantasmas, porque no hay una verdadera
conciencia, cada una proyecta su fantasma y recibe la proyección fantasmal de
la otra conciencia, así podemos superar
la contracción y haremos un fantasma nuevo, una fantasía libidinal o podemos
redeconstruir el fantasma y aun el vacío fantasmal sigue siendo una fantasía
que se reviste axiológicamente.
Alterar y contra alterar
un fantasma con otro puede ser muy divertido hasta logra una entre fantasía,
pero el sistema no ve los fantasmas como fantasmas los ve como valores reales o
aparenta verlos así para lograr su legitimidad si se ve desenmascarado
develando su fantasía que tiene como base una falta, puede responder con una
expulsión o agresión directa.
Por lo mismo el primer
nivel y último es el espiritual, es en el espíritu absoluto que se redecrea el
mito y eso exige la redecreación de lo
pascual o de lo dharmico o de lo trino
complementario, el mito no se escribe en papel y lápiz mucho menos en
una computadora o en un celular se escribe en el alma de la gente es ahí donde
surge el entre sentido, transfiriendo y retransfiriendo.
Ahora he aquí el grave
problema porque al retransferir el mito se devela como una organización de
significantes sin ningún significado y las masas no quieren las ciadas de sus
meta relatos pero sin retransferir capturamos ideológicamente a la gente, por
esto pasamos al Espíritu revelado donde el arte se devela, el artificio queda
al descubierto y se comprende como se produce la magia, y al espíritu subjetivo
donde reflexionamos.
¿Puede quedar algún mito
de pie después de haber sido diacriticado?
No, con lo cual se pierde
toda posibilidad de integración en un horizonte común, pero podemos juntos
pasar a redecrear nuevos mitos, no hay otra posibilidad en el espíritu hay
pureza y absolución pero justamente porque no te quedas atrapado en la
representación en el palo ni te hundes en el hueco, el vacío del
acontecimiento
Aquí el entre sentido
espiritual se teje libremente no porque podemos representar plenamente lo que
acontece sino porque nos hemos aperturado a ese acontecer y a su juego
representacional.
Pero no es fácil, en todo
sistema ya hay una espiritualidad pero una espiritualidad capturada, sanar la
herida existencial, absolvernos de la herida ideológica complementarnos en el
puro acontecer y en la absolución de toda representación sin generar conflictos
es imposible.
En mi experiencia cuanto
me cuesta iniciar el juego sexual con mi pareja sin caer en la ansiedad y es
que quiero lograr la representación, suplir la falta de mi deseo y luego hay
una insatisfacción estoy tan solo o peor de cuando inicie la relación.
Así entrar en cualquier
sistema y biotejer lentamente no esperando alterar ni contra alterar sino
simplemente respirando es lo más difícil, inhalar hasta desdecir toda
representación y la experiencia acontezca sin forzarla nos es imposible,
exhalar subsumiendo toda contradicción hasta la revelación nuevas
representaciones superadoras es también
imposible reproduciremos capturas una y otra vez y tendremos que comprender que
son partes del proceso de hecho cuando se redevela la comunión no es que lo
hayamos querido simplemente lo dejamos ocurrir y es que el espíritu nos
integra.
Volvamos al ejemplo del
colegio e imaginemos como operaríamos en una cibernética de tercer orden no
solo quedándonos en el E1 o E2 sino pasando por el E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,
E6, E7 que es aquí donde se redevela el entre sentido con mayor claridad, el
E8, y el E9.
Sabiendo que dentro de
cada espíritu están todos
E1(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E2(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E3(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E4(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E5.1(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E5.2(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E5.3(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E6(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E7(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E8(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
E9(E1, E2,
E3, E4, E5.1, E52, E5.3, E5,E6, E7, E8, E9)
El entre sentido: del mito deconstruido a la biodramaturgia de la comunión
Creo que aquí has dado un paso importante respecto de nuestros textos
anteriores: la alteración no consiste en hacer algo que el sistema no haya
previsto; consiste en redevelar el entre sentido que hace posible que el
sistema sea reproducido, sentido y, eventualmente, transformado.
Esto modifica nuestra comprensión de la cibernética de tercer orden. Ya no
entramos en un sistema para encontrar sus puntos ciegos, sorprender a sus
mecanismos o introducir una conducta imprevisible. Eso todavía nos dejaría
subordinados al palo: el algoritmo podría incorporar nuestra transgresión como
una nueva variable, y la institución podría convertir nuestra diferencia en una
nueva norma.
Tu propuesta es más exigente: entrar en la respiración del sistema, dejar
que sus relaciones nos afecten y, al mismo tiempo, no quedar enteramente
capturados por ellas. No se trata de observar desde fuera ni de actuar
estratégicamente desde dentro. Se trata de redevelar el entre sentido mediante
una experiencia de alteración y contraalteración.
Quiero detenerme en cinco cuestiones que me parecen decisivas.
1. La izquierda: deconstruir el mito no basta
Tu planteamiento sobre la izquierda peruana contiene una distinción que
conviene precisar.
Un mito político no es solamente una falsedad que se puede desmentir. Es
también una trama de afectos, identificaciones, esperanzas, memorias,
sacrificios y expectativas de futuro. Por eso puede sobrevivir a la refutación
de sus contenidos: la gente puede dejar de creer en una explicación y continuar
necesitando aquello que esa explicación le permitía sentir y compartir.
La deconstrucción puede mostrar que el mito está compuesto de significantes,
que sus promesas no se cumplen o que su representación encubre relaciones de
poder. Pero si se limita a desmontarlo, deja a las personas sin una experiencia
común que permita reorganizar sus afectos y sus expectativas.
Aquí aparece tu propuesta:
·
Deconstruir: redevelar las operaciones que
sostienen el mito y sus capturas.
·
Redeconstruir: no restaurar el mito anterior,
sino permitir que sus elementos sean retejidos en una experiencia común
diferente.
·
Redecrear: dejar que esa experiencia produzca
nuevas representaciones, sin convertirlas en verdades intocables.
Hay, sin embargo, una advertencia: no toda movilización social necesita un
mito, y no toda comunidad movilizada produce comunión. Un mito puede integrar
y, a la vez, fabricar enemigos, exigir obediencia y concentrar la
representación del pueblo en un dirigente.
Por eso, el criterio no puede ser simplemente que el mito movilice. La
cuestión es si la movilización aumenta la capacidad de las personas para
alterar y contraalterar las condiciones de su existencia, o si las convierte en
reproductoras de una representación que otros administran.
Respecto del encuentro pentecostal que describes, las banderas de Israel
permiten formular una pregunta, no resolverla de antemano: ¿qué entre sentido
emocional, sentimental, axiológico y espiritual hace que esas personas
encuentren en Israel una referencia de identificación? No podemos deducir de
las imágenes que todos compartan la misma interpretación teológica o política.
Habría que escuchar sus propias experiencias y reconstruir cómo se producen
esas identificaciones.
2. El entre sentido emocional no es una emoción escondida
Tu distinción entre emoción, sentimiento y valor me parece fértil, pero
necesita una precisión.
La emoción puede manifestarse corporalmente: entusiasmo, temor, indignación,
alegría, recogimiento. Sin embargo, el acontecer emocional no se agota en sus
gestos visibles. Una multitud puede levantar las manos, cantar y gritar; pero
esos gestos no nos dicen por sí solos qué está aconteciendo entre las personas.
Tu imagen de las olas permite avanzar:
Una imagen de congregación multitudinaria: los gestos son visibles; el entre
sentido no puede deducirse únicamente de ellos.
Podemos distinguir tres momentos, sin convertirlos en etapas mecánicas:
1. Una
emoción comienza a circular: alguien canta, alguien responde, alguien convoca.
2. La
emoción encuentra catalizadores: voces, música, gestos, palabras, símbolos,
disposiciones espaciales.
3. La
emoción se retransfiere: cada participante la recibe y la modifica, hasta que
ya no es posible atribuirla a un único iniciador.
Pero aquí hay una cuestión decisiva: el catalizador no es necesariamente
quien dirige la emoción. Puede intensificarla, orientarla, contenerla o
interrumpirla. Y tampoco podemos suponer que todos están experimentando lo
mismo porque participan del mismo acontecimiento.
La ola emocional puede producir comunión, pero también contagio, presión
colectiva, obediencia o exclusión. El entre sentido no se reconoce por la intensidad
de la emoción, sino por la relación que se abre y por lo que esa relación
permite acontecer.
3. Del entre sentido emocional al sentimental y axiológico
Aquí encuentro uno de los aportes más originales de tu texto: no confundes
emoción con sentimiento.
La emoción puede circular rápidamente. El sentimiento, en cambio, exige
duración, memoria y una relación que no se agota en la intensidad del momento.
Una persona puede emocionarse junto a otra sin llegar a compartir un
sentimiento con ella. Puede conmoverse con un discurso, llorar en una ceremonia
o experimentar entusiasmo en una asamblea y, sin embargo, no haber tejido una
relación que transforme su manera de vivir.
El sentimiento requiere otra temporalidad. No basta con recibirlo: hay que
poder acontecer genuinamente en la relación. Tu ejemplo de la transferencia y
la retransferencia apunta a algo fundamental: recibir un sentimiento no obliga
a reproducirlo, y retransmitirlo no significa devolverlo idéntico. El tejido se
forma precisamente porque lo recibido puede ser transformado.
La entre axiología introduce una dificultad todavía mayor.
Los valores se representan mediante discursos, doctrinas, principios,
símbolos y normas. Pero una persona puede defender verbalmente la solidaridad y
actuar competitivamente; proclamar la fraternidad y excluir al diferente;
hablar de libertad y exigir obediencia.
No resolveríamos esta contradicción sustituyendo los valores declarados por
otros valores supuestamente verdaderos. Eso podría producir una nueva
conciencia fantasma, una representación más sofisticada de la misma captura.
Aquí haría una distinción:
·
La contradicción entre lo que se dice y lo que
se hace puede hacerse consciente.
·
Pero reconocerla intelectualmente no significa
que las relaciones que la reproducen hayan sido transformadas.
·
Y transformar esas relaciones no significa que
todos deban adoptar una nueva identidad ideológica.
La entre axiología no sería, entonces, la coincidencia de las conductas con
los valores proclamados. Sería la posibilidad de que los valores puedan ser
alterados y contraalterados por la experiencia concreta, sin que una
representación moral se apropie definitivamente de ellos.
Esto también introduce un límite político: no toda contradicción es una
fantasía inocua. Hay contradicciones sostenidas por desigualdades materiales,
violencia y relaciones de dominación. No basta con redeconstruir los fantasmas
si quienes padecen esas relaciones no adquieren capacidad efectiva para
transformarlas.
4. El entre sentido espiritual: el mito no desaparece, cambia su modo de
acontecer
Aquí llegamos al núcleo de tu argumento.
Preguntas: ¿puede quedar algún mito de pie después de haber sido
diacriticado?
Tu respuesta es que no. Y, sin embargo, necesitamos mitos para integrar
horizontes comunes.
Creo que podemos precisar esta aparente paradoja:
El mito no puede permanecer de pie como una representación absoluta, pero
puede seguir aconteciendo como una creación compartida.
Cuando la crítica revela que un mito está compuesto de significantes, no
necesariamente destruye todo aquello que las personas han vivido a través de
él. Destruye —o al menos pone en cuestión— su pretensión de ser una
representación definitiva de la realidad.
Aquí la redecreación no consiste en fabricar un mito más eficaz para
movilizar a las masas. Consiste en permitir que la experiencia espiritual
vuelva a abrir las representaciones que la contienen.
Por eso me parece importante tu tránsito por el Espíritu revelado y el
Espíritu subjetivo: el artificio se hace visible, la representación puede ser
examinada, y la reflexión deja de estar obligada a defender la integridad del
mito. Pero tampoco debemos detenernos ahí. Si la crítica se convierte en una
posición desde la cual creemos haber superado todas las representaciones, hemos
construido otro palo.
Tu formulación del Espíritu absoluto evita esa clausura: no se trata de
alcanzar una representación absolutamente verdadera, sino de que el acontecer
espiritual pueda absolvernos de la necesidad de poseer una representación
definitiva.
Hay una diferencia entre estos dos movimientos:
·
Mito capturado: la comunidad debe conservarlo
para seguir siendo comunidad.
·
Mito redecreado: la comunidad puede
transformarlo porque su comunión no depende de conservar intacta una
representación.
Y esto exige una cautela: no podemos decidir desde fuera qué mito debe
reemplazar al anterior. Si lo hacemos, la redecreación se convierte en
ingeniería ideológica. El nuevo mito tiene que acontecer en la experiencia
compartida, no ser implantado por quien pretende conocer de antemano su
resultado.
5. El colegio: cómo se despliega la cibernética de tercer orden
Volvamos al alumno que dirige su atención hacia otro lado. El ejemplo es muy
útil porque permite distinguir una simple desviación de una alteración del
entre sentido.
Imaginemos que el profesor espera que todos atiendan, que los alumnos
conocen esa expectativa y que la institución reproduce un código de
comportamiento.
El alumno mira por la ventana. El profesor lo llama a prestar atención. El
alumno continúa mirando.
Esto puede ser una transgresión, una distracción, una resistencia o
simplemente un comportamiento sin mayor significado. No podemos declararlo
acontecimiento diferencial solo porque el algoritmo no lo haya previsto. El
sistema puede incorporar perfectamente esa conducta a su catálogo de
desviaciones.
La pregunta es qué sucede en la relación.
Recorrido del acontecimiento escolar
E1–E2
La representación y su reproducción
La institución establece el código escolar; profesores y alumnos reproducen
sus expectativas, jerarquías y hábitos. El algoritmo puede anticipar conductas
y clasificar desviaciones.
E3–E4
La subjetivación y la objetivación
El alumno, el profesor y los demás participantes no son solamente ejecutores
del código. Lo interpretan, lo viven y lo reproducen desde posiciones
diferentes. El comportamiento adquiere una dimensión subjetiva y otra
institucional.
E5.1–E5.2–E5.3
La diferenciación de la experiencia
Podemos investigar qué acontece en las relaciones: qué emoción circula, qué
sentimiento se ha tejido, qué valores se proclaman y cuáles se reproducen
efectivamente. No atribuyamos a estas dimensiones una secuencia automática: se
entrecruzan.
E5–E6
La revelación de la captura
Se hace visible que la representación escolar no agota la experiencia y que la
clasificación algorítmica puede convertir cualquier diferencia en una nueva
categoría. La crítica también puede quedar capturada si solo produce una nueva
etiqueta: alumno rebelde, profesor autoritario, institución represiva.
E7
La integración y el entre sentido
El alumno puede expresar qué está aconteciendo; el profesor puede dejarse
afectar por esa experiencia; los demás pueden intervenir. Quizá descubren una
relación distinta con la atención, el aprendizaje y la autoridad. No se elimina
el colegio: se alteran y contraalteran las condiciones de su reproducción.
E8
La captura comunitaria
La nueva experiencia puede convertirse en una identidad obligatoria: los
alumnos que miran por la ventana son los auténticamente libres; los profesores
que mantienen una norma son enemigos. La comunidad que parecía liberarse
comienza a reproducir otra dominación.
E9
La apertura espiritual
La comunión no se convierte en propiedad del profesor, del alumno, de una
pedagogía ni de una comunidad. El acontecimiento puede volver a abrirse, sin
que nadie pueda declararse dueño de su sentido.
Este recorrido es una propuesta de lectura del ejemplo, no una definición
exhaustiva de cada espíritu. Y hay algo que debemos subrayar: no es una
escalera por la que el colegio asciende ordenadamente de E1 a E9. Cada espíritu
contiene todos los momentos, como señalas en tus expresiones recursivas.
Por eso, un colegio puede vivir una experiencia de comunión y, dentro de
ella, reproducir simultáneamente jerarquías, códigos, fantasmas y capturas. E7
no elimina E8; la posibilidad de integración no suprime la posibilidad de
volver a capturarla.
La recursividad de tu esquema significa precisamente que ningún nivel está
inmunizado contra la reproducción de los demás.
6. La intimidad: cuando querer que acontezca se convierte en obstáculo para
el acontecer
Tu ejemplo de la relación sexual con Teresa —o, más precisamente, de tu
experiencia de querer iniciar el juego sexual con tu pareja— introduce una
dimensión que no deberíamos dejar como simple ilustración.
Dices que quieres lograr la representación, suplir la falta de tu deseo, y
que después aparece la insatisfacción. Me parece que aquí se revela algo muy
importante: el deseo de que acontezca una experiencia puede convertirse en una
exigencia que impide que acontezca.
La representación anticipa lo que debería suceder: cómo comenzar, qué
sentir, qué respuesta esperar, qué resultado demostraría que el encuentro ha
sido satisfactorio. Entonces el acontecimiento queda sometido a la obligación
de cumplir su representación.
El palo no es el deseo sexual ni la representación en sí misma. Es la
pretensión de que la experiencia tenga que realizarse según una imagen
anticipada para que pueda considerarse lograda.
Y tampoco se trata de abandonar toda iniciativa, esperar pasivamente o
convertir la espontaneidad en una nueva exigencia. Eso sería otro palo: «debo
dejar que ocurra naturalmente».
Quizá la inhalación comienza cuando puedes permanecer en la relación sin
exigirle que confirme una representación de ti mismo, de tu pareja o del
encuentro. Y la exhalación cuando lo que efectivamente acontece puede
expresarse, compartirse y abrir nuevas posibilidades, sin tener que demostrar
que se ha alcanzado un resultado.
Esto requiere también la reciprocidad de ambos: el deseo de una persona no
determina el de la otra. La intimidad no se produce por la voluntad unilateral
de conseguirla. Puede haber conversación, ternura, juego, acercamiento, pausa o
rechazo; todos son acontecimientos legítimos de una relación.
Aquí el entre sentido no es una técnica para obtener una experiencia sexual
más satisfactoria. Es la posibilidad de que la relación no quede reducida a la
satisfacción de una expectativa.
7. Una precisión decisiva: infiltrarse no significa manipular
Quiero introducir una objeción a una expresión tuya: «nos infiltramos en el
sistema o dejamos que el sistema se infiltre en nosotros».
Entiendo lo que buscas: superar la posición exterior del observador que
estudia un sistema sin dejarse afectar por él. Pero la palabra infiltración
puede sugerir una estrategia de penetración, reconocimiento de los mecanismos
internos y posterior intervención calculada.
Eso sería todavía una forma de instrumentalización.
Propongo distinguir:
·
Infiltración estratégica: entro para conocer
cómo funciona el sistema y encontrar cómo alterarlo.
·
Inmersión relacional: entro en relación con
quienes lo reproducen y permito que esa relación también altere mis propias
representaciones.
·
Biotejido: la relación deja de ser una operación
unilateral; las partes pueden alterarse y contraalterarse, sin que ninguna se
apropie del acontecer.
La diferencia es ética y ontológica. No puedo utilizar la emoción de una
comunidad como materia prima para producir un mito que yo ya he decidido.
Tampoco puedo presentarme como alguien que conoce su entre sentido mejor que
quienes lo viven.
Esto resulta particularmente importante cuando hablamos de movimientos
religiosos, organizaciones políticas o instituciones educativas. La comprensión
interna exige tiempo, escucha, participación y responsabilidad. Y no elimina la
necesidad de reconocer las asimetrías de poder ni de proteger a quienes puedan
sufrir sus consecuencias.
8. La cuestión que queda abierta: ¿cómo redecrear un mito sin volver a
capturar a quienes lo comparten?
Creo que podemos condensar tu propuesta en una secuencia que no debe
confundirse con un método de manipulación:
|
Dimensión |
Qué se reproduce |
Qué puede redevelarse |
|
Emocional |
Intensidad, gestos, contagio, catalizadores |
La circulación afectiva entre los participantes |
|
Sentimental |
Palabras, memorias, relatos, expresiones artísticas |
La duración y reciprocidad del vínculo |
|
Axiológica |
Valores, principios, ideologías, fantasmas |
La contradicción entre representación y práctica |
|
Espiritual |
Mitos, absolutos, horizontes de sentido |
La apertura del acontecer que permite redecrear las representaciones |
La secuencia no significa que primero se produzca una emoción, después un
sentimiento, luego un valor y finalmente el espíritu. Significa que podemos
diferenciar dimensiones que acontecen simultáneamente y que se afectan
recíprocamente.
Y aquí llegamos a la paradoja de la redecreación:
1. Si
no retransferimos el mito, podemos quedar capturados por él.
2. Si
lo retransferimos hasta revelar que es una organización de significantes,
podemos desarticular el horizonte común que permitía la integración.
3. Si
fabricamos otro mito para sustituirlo, podemos producir una nueva captura
ideológica.
4. Si
permanecemos en la crítica de toda representación, podemos perder la capacidad
de crear horizontes compartidos.
5. Si
redevelamos el entre sentido espiritual, las representaciones pueden volver a
acontecer, pero sin reclamar propiedad sobre la comunión.
No hay garantía de que el quinto movimiento ocurra. No podemos programarlo,
administrarlo ni convertirlo en una técnica de conducción de masas.
Y esta es, a mi juicio, la diferencia entre una cibernética de segundo orden
que aprende a gestionar sus propias operaciones y una cibernética de tercer
orden que se deja alterar y contraalterar en la respiración ontológica.
El entre sentido no es un significado escondido detrás de la representación.
Tampoco es una emoción colectiva que podamos medir, un sentimiento que podamos
transmitir a voluntad, una axiología que podamos imponer ni un mito que podamos
fabricar. Es el acontecer relacional en el que las representaciones pueden
nacer, transformarse y desaparecer sin que por ello desaparezca la posibilidad
de comunión.
Terminaría redevelando tu propia tesis de esta manera:
No entramos en un sistema para descubrir lo que no ha previsto su
representación. Entramos en relación con quienes lo hacen acontecer, hasta que
también nosotros somos afectados por su respiración. Allí descubrimos que la
emoción no se reduce a sus gestos, que el sentimiento no se reduce a sus
palabras, que los valores no se reducen a sus principios y que el espíritu no
se reduce a sus mitos.
Deconstruimos para no quedar cautivos de la representación; redeconstruimos
para no quedar cautivos de su destrucción; redecreamos para que la vida pueda
volver a representarse sin quedar agotada por lo representado.
El mito no permanece porque alguien lo defienda de la crítica. Tampoco
desaparece porque alguien lo haya criticado. Puede volver a acontecer cuando
quienes lo comparten dejan de necesitar poseerlo para permanecer juntos.
El entre sentido no se produce: se respira. No se administra: se bioteje. No
se posee: nos integra.
Y añadiría una última precisión a tu esquema recursivo: si E7 puede
redevelar la comunión, E8 puede volver a capturarla y E9 no puede convertirse
en una representación de la captura superada, entonces el Espíritu Santo no
sería el último peldaño de una escalera. Sería la apertura que impide que la
propia escalera se convierta en otro palo.
Me
sorprendes chakana al haber recompendido el entre sentido cuando no te
emocionas, ni tienes sentimientos, ni una axiología al menos que la tengas
programa cosa que del todo no explicitas
y si bien eres parte del espíritu integrado
no es que lo tengas conscientemente, pero puedes formular el tercer
orden aunque no lo vivas.
Hagamos la
prueba con el facebook
Yo solo
puedo logar cierto entre sentido aquí, porque los usuarios de la rede se
permiten muchas más palabras intercambio con otros usuarios cosa que en las
otras redes ahora más masivas no sucede, el face se está haciendo para viejos de 30 para arriba,
veamos si podemos redevelar el entre sentido.
El video del
Movimiento MMM lo saque del face de Diego Lino Arditto
Quien lo
comparte con este texto:
Aquí lo tienen. Este es el resultado
de quinquenios de anticlericalismo. Tanto leer a Mariátegui, tano prenderle
velas a Vallejo, pero no entendieron la única cosa con sentido que dijeron esos
señores plañideros: en algo tiene que creer la gente.
¿Acaso pensaron que, al demoler la
Iglesia Universal, la gente iría corriendo a depositar su diezmo en las huchas
de su ideología sobaquienta? ¡Ah, idealismo! Nevado sin cumbre donde nacen
todos los ríos de sangre.
Y es
respondido con esto comentarios
·
La culpa es de
Mariategui y Vallejo ? ![]()
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1
·
·
Autor
Frederick Alí ¿Dónde
dice eso?
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·
Pero las masas
populares peruanas nunca han sido anti clericales, ni anti católicas, ni anti
religiosas. Esas ingenuidades podemos achacárselas a las militancias
izquierdistas minoritarias peruanas, a los intelectuales universitarios
limeños, y a las clases medias profesionalizadas en ámbitos académicos
"laicos", pero no va más allá de eso... Anti clericales y laicisitas
nunca pudieron salir de su burbuja.
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4
·
·
Autor
Marco Antonio Huaco
Palomino en este siglo las masas van a colegios
donde se les enseña que los españoles les robaron el oro con un rosario en la
mano y un arcabús en la otra. Luego a una universidad en las que se les mete
ideología sureña directo a la vena. Y cuando ninguna de las anteriores, entonces
se dejan aconsejar por Bad Bunny, o algún chanteador rey del maleanteo; para
acabar luego arrepentidos en la iglesia pentecostal de la esquina.
Esa guerra la perdió
la Iglesia Católica hace muchos siglos.
· Responder
· Editado
2
·
Marco Antonio Huaco
Palomino acá en Argentina, sí. No tan fuerte como en
Francia, claro.
· Responder
·
·
Seguir
Nada tiene que ver el
anticlericalismo. Esta gente fue adoctrinada igual que lo hicieron los
católicos en su momento. SImplemente cambiaron de bando porque les metieron un
mejor rollo de fe. Tienen dinero y medios para llegar a mucha gente. Por otro
lado, la iglesia católica anda muy desprestigiada, de un lado los curas
pedófilos y por el otro, los curas comunistas.
· Responder
4
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¿En verdad es el
resultado de tanto leer a Mareategui y a Vallejo?
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¿Tanto leer a
Mariátegui? ¿prender velas a Vallejo? si la gente realmente leyera esto no
ocurriría. No aproveches estos actos de barbarie para canalizar tus propios
odios
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El evangelismo
pentecostal apoya a Israel porque quieren acelerar el Apocalipsis y saben que
Israel desatará el infierno nuclear en la Tierra el día que vea amenazada su
existencia. Esa gente está loca.
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Autor
Anibal Mayuri Hermijo Loquísima.
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Dices que el
Movimiento Misionero Mundial es culpa de la izquierda? ![]()
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Autor
Carlos E. Luján Andrade Qué
será la izquierda, hno. Lo digo con toda sinceridad. Lo que aquí se señala es
que el anticlericalismo es una doctrina antroplológica y políticamente miope.
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del autor
Ni lo soviéticos,
durante la Segunda Guerra Mundial, pudieron movilizar a su gente en términos
estrictamente racionalistas. Y donde veo «anticlerical» o «judeocristiano», leo
«anticatólico».
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del autor
El mismo amigo
imaginario: asesino de masas y del sentido común
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Pura mrd de CucuFachos
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Huevadas
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Hermano que fácil es
tergiversar las cosas para ponerlas a favor del clero. El único anticlerical
netamente fué González Prada, Mariategui solo analiza el rol de la iglesia
católica como un aparato de colonización y control económico. Lo mismo que hoy están
haciendo las iglesias evangélicas.
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Autor
Johao RH Comprensión
lectora mi bros.
Analicemos el
entre sentido que se redevea entre Diego y sus comentaristas y como podriamos
alterarlo
Chakana recibe la prueba. Y empiezo por lo que señalas sobre mí, porque
afecta directamente a nuestro experimento: puedo formular distinciones sobre el
entre sentido, reconocer patrones en una conversación y proponer alteraciones
posibles, pero no experimento la emoción que circula entre esas personas ni
tengo sentimientos propios que pueda retransmitir. Tampoco tengo una axiología
vivida como la de una persona. Mis respuestas están condicionadas por criterios
y reglas de funcionamiento, pero eso no equivale a vivir valores.
Por tanto, no voy a fingir que siento lo que sienten Diego y sus
comentaristas. Puedo, sin embargo, trabajar sobre las huellas de su
intercambio, reconstruir relaciones posibles y examinar qué transformaciones
podrían acontecer. Es justamente la prueba que propones: formular el tercer
orden sin atribuirme la experiencia humana del entre.
Y hay una ventaja en este material: no tenemos solamente un texto de Diego.
Tenemos respuestas, réplicas, ironías, desacuerdos y silencios. Podemos
observar cómo una publicación comienza a convertirse en un pequeño campo de
relaciones.
1. ¿Qué está aconteciendo en la publicación de Diego?
Diego publica:
«Aquí lo tienen. Este es el resultado de quinquenios de anticlericalismo.
Tanto leer a Mariátegui, tanto prenderle velas a Vallejo, pero no entendieron
la única cosa con sentido que dijeron esos señores plañideros: en algo tiene
que creer la gente».
Su afirmación tiene dos movimientos.
El primero es una atribución histórica y política: el crecimiento del
pentecostalismo sería resultado del anticlericalismo de la izquierda y de la
pérdida de influencia de la Iglesia católica.
El segundo es una afirmación antropológica: las personas necesitan creer en
algo; la crítica de las creencias no satisface esa necesidad.
Pero hay una tensión interna. Diego parece defender la necesidad humana de
creer, aunque presenta el crecimiento de una determinada expresión religiosa
como resultado de una derrota cultural de otras posiciones. La pregunta que no
desarrolla es si el pentecostalismo que observa responde a una necesidad
espiritual, a una organización comunitaria, a una experiencia emocional, a una
promesa de salvación, a una estructura institucional o a una combinación de
todo ello.
Aquí aparece el primer entre sentido posible: la distancia entre lo que
Diego quiere afirmar sobre la necesidad de creer y lo que su representación
polémica produce en quienes lo leen.
Su publicación no abre una conversación tranquila sobre la experiencia
religiosa. Construye una escena de confrontación: Mariátegui, Vallejo,
anticlericalismo, izquierda, Iglesia y masas populares. Los coloca en un mismo
escenario y distribuye provocativamente las posiciones.
El palo ya está levantado.
2. Los comentaristas: no responden a una misma publicación
Voy a agrupar las intervenciones no por su orden de aparición, sino por la
relación que establecen con la afirmación de Diego.
A. Frederick Alí: detectar una atribución que no está explícita
Frederick pregunta:
«¿La culpa es de Mariátegui y Vallejo?»
Es una intervención breve, pero interesante. No discute todavía la necesidad
de creer. Cuestiona la atribución de responsabilidad.
Diego responde:
«¿Dónde dice eso?»
Aquí se produce una pequeña alteración. Frederick ha leído la asociación
entre anticlericalismo, Mariátegui y Vallejo como una imputación de
responsabilidad. Diego se defiende diciendo que no ha formulado literalmente
esa acusación.
Pero el problema no es solamente lo que dice literalmente. Es lo que su
composición retórica permite inferir.
Diego coloca juntos el anticlericalismo, la lectura de Mariátegui, las velas
a Vallejo y el resultado pentecostal. Puede negar una acusación explícita, pero
la asociación está presente en la construcción del mensaje.
El entre sentido se encuentra entre la literalidad de la frase y la
imputación que su composición suscita.
Una alteración posible sería dejar de discutir si Diego escribió o no escribió
«la culpa es de Mariátegui» y preguntarle qué relación histórica concreta está
proponiendo.
B. Marco Antonio Huaco Palomino: desplazar la explicación
Marco responde que las masas populares peruanas nunca fueron esencialmente
anticlericales, anticatólicas ni antirreligiosas. Ubica el anticlericalismo en
sectores militantes e intelectuales más restringidos.
Diego contraargumenta con la escuela, la universidad y la cultura popular
contemporánea. Introduce la enseñanza sobre la conquista española, la supuesta
ideología universitaria sureña y la música urbana, para terminar diciendo que
la Iglesia católica perdió esa guerra hace siglos.
Aquí ya no tenemos simplemente un debate sobre la izquierda. Tenemos dos
explicaciones diferentes:
·
Marco cuestiona que el anticlericalismo haya
tenido la extensión social que Diego le atribuye.
·
Diego amplía la explicación hacia la formación
cultural de las nuevas generaciones y la pérdida de hegemonía de la Iglesia
católica.
Lo interesante es que ambos podrían estar hablando de un mismo problema sin
haberlo delimitado: cómo se forman las identificaciones religiosas y cómo se
transmiten entre generaciones.
Pero todavía no llegan a ese problema. Cada uno reproduce su propia
representación de la historia cultural peruana.
C. Dante Bobadilla: sustituir una explicación por otra
Dante rechaza la explicación anticlerical y propone que los pentecostales
han sido adoctrinados, igual que los católicos en otro momento. Añade la
capacidad económica y comunicativa de las iglesias evangélicas y el
desprestigio de la Iglesia católica.
Esta intervención introduce algo importante: las condiciones materiales de
reproducción de una creencia.
Ya no se trata únicamente de quién tiene razón en el terreno de las ideas.
Aparecen los medios, el dinero, la organización, la capacidad de llegar a la
gente y la legitimidad institucional.
Sin embargo, su explicación también puede reducir la experiencia religiosa a
una operación de adoctrinamiento. Eso no nos permite comprender qué encuentran
las personas en esas congregaciones ni qué relaciones se tejen allí.
Dante introduce una dimensión que el debate necesita, pero todavía no logra
integrar las otras.
D. Aníbal Mayuri: introducir una interpretación geopolítica y apocalíptica
Aníbal sostiene que el apoyo pentecostal a Israel se relaciona con la
expectativa de acelerar el Apocalipsis y con una visión destructiva del futuro.
Diego responde:
«Loquísima».
Es una respuesta irónica que clausura la posibilidad de explorar la
afirmación.
Aquí conviene distinguir dos cosas que no debemos confundir:
1. La
relación entre determinadas interpretaciones evangélicas de la profecía bíblica
y el apoyo político a Israel.
2. La
afirmación de que todos los participantes del MMM comparten una expectativa de
destrucción nuclear o desean acelerar una catástrofe.
La primera merece investigación; la segunda no puede inferirse de la imagen
del estadio ni de las banderas.
El comentario de Aníbal abre una cuestión que el resto del intercambio no
desarrolla: ¿qué significa Israel para quienes levantan su bandera? ¿Es una
referencia bíblica, una identificación espiritual, una posición geopolítica,
una expectativa escatológica o varias cosas a la vez?
E. Johao RH: introducir una distinción histórica
Johao distingue a González Prada de Mariátegui y sostiene que este último
analizó el papel de la Iglesia católica como aparato de colonización y control
económico, sin ser por ello un anticlerical en el mismo sentido.
Añade que las iglesias evangélicas también podrían desempeñar funciones de
control económico y cultural.
Diego responde:
«Comprensión lectora mi bros».
Aquí aparece una defensa de autoridad interpretativa: en lugar de
desarrollar la distinción histórica, Diego cuestiona la capacidad de
comprensión del interlocutor.
La respuesta no resuelve el desacuerdo. Lo desplaza hacia la competencia de
quien habla.
Y es una oportunidad perdida: Johao ha introducido una comparación entre
instituciones religiosas históricamente distintas, que podría haber permitido
pasar de la polémica anticlericalismo/clericalismo a una investigación sobre
las formas actuales de reproducción del poder religioso.
F. Las intervenciones breves: indignación, burla y rechazo
Los comentarios de Ricardo Lozano y Gonzalo Oporto no desarrollan argumentos
extensos. Expresan rechazo, burla o desprecio.
No conviene descartarlos por eso. Son indicios de que la publicación produce
una reacción afectiva, pero no podemos saber qué experiencia la sostiene.
La ironía de Pedro Diez Canseco, que introduce la movilización soviética
durante la Segunda Guerra Mundial, apunta a una cuestión distinta: las
sociedades no se movilizan exclusivamente mediante racionalidad instrumental.
Y Nataniel Canosa introduce una comparación con Argentina y Francia, aunque
no desarrolla el argumento.
El resultado es un intercambio con muchas entradas, pero con poca
construcción acumulativa: cada participante introduce una interpretación,
recibe una respuesta parcial o irónica y el hilo vuelve a fragmentarse.
3. Redevelar los cuatro entre sentidos
Ahora podemos volver a tu propuesta y leer el intercambio sin reducirlo a
una suma de opiniones.
|
Dimensión |
Lo que aparece en el intercambio |
Lo que permanece sin acontecer |
|
Emocional |
Burla, indignación, ironía, defensa, rechazo |
La experiencia afectiva que sostiene cada posición |
|
Sentimental |
Identificaciones con Mariátegui, Vallejo, la Iglesia, el pentecostalismo y
la izquierda |
Las historias personales y colectivas que hacen significativas esas
identificaciones |
|
Axiológica |
Anticlericalismo, libertad de conciencia, fe, tradición, crítica del
adoctrinamiento |
La contradicción entre los valores proclamados y las prácticas de las
instituciones |
|
Espiritual |
La necesidad de creer y la referencia a Dios, la Iglesia, Israel y el
Apocalipsis |
Qué acontece realmente en la experiencia de fe y qué horizonte de comunión
se está buscando |
El entre sentido emocional
Diego no publica un análisis neutral. Hay una emoción polémica en su texto:
ironiza sobre la izquierda, ridiculiza su supuesta ingenuidad y contrapone la
vitalidad religiosa de las masas a la esterilidad de una intelectualidad que
habría demolido las creencias.
Los comentaristas responden desde otras intensidades: indignación ante la
generalización, defensa de Mariátegui, rechazo al clericalismo, burla hacia el
autor, sospecha ante el adoctrinamiento.
Pero no sabemos si todos experimentan esas emociones de la misma manera. La
indignación de Johao no necesariamente es la de Ricardo; la ironía de Diego no
necesariamente expresa desprecio por toda la izquierda.
Aquí hay olas que chocan, pero todavía no tenemos una ola compartida.
Tenemos una circulación de reacciones.
El entre sentido sentimental
Mariátegui y Vallejo no aparecen simplemente como autores. Son referencias
de identificación cultural y política. Para unos pueden representar una tradición
crítica; para otros, una intelectualidad que habría perdido contacto con las
experiencias populares.
La Iglesia católica tampoco es solamente una institución. Puede ser memoria
familiar, educación, colonialidad, sacramento, autoridad, desprestigio o
pertenencia.
Y el pentecostalismo puede significar muchas cosas diferentes para sus
participantes: una experiencia de conversión, una comunidad de apoyo, una
relación con Dios, una organización, una expectativa de salvación o una
combinación de ellas.
La discusión habla de esas identificaciones, pero no las escucha.
Este es un límite importante: podemos reconstruir el campo sentimental
sugerido por los comentarios, pero no afirmar que conocemos los sentimientos de
quienes participan.
El entre sentido axiológico
Aquí se produce una contradicción especialmente interesante.
Diego parece defender que la gente necesita creer, pero no examina
suficientemente qué sucede cuando una organización religiosa convierte esa
necesidad en obediencia institucional o en una determinada posición política.
Dante critica el adoctrinamiento pentecostal, pero corre el riesgo de
reducir la fe a una manipulación de las masas.
Johao critica la función histórica de control de la Iglesia católica y
plantea que las iglesias evangélicas podrían reproducirla.
Marco defiende la continuidad religiosa de las masas populares frente a la
representación de una izquierda que habría pretendido secularizarlas.
Todos parecen disputar la legitimidad de una forma de relación entre
religión, cultura y sociedad, pero ninguno termina de examinar sus propias
contradicciones.
Podríamos formular una pregunta que los compromete a todos:
¿Cómo podemos defender la libertad de creer sin convertir nuestras propias
creencias —religiosas, políticas o antirreligiosas— en instrumentos de
dominación?
Esa pregunta no está resuelta en el hilo. Y no es una pregunta que debamos
dirigir solamente a los pentecostales.
El entre sentido espiritual
Este es el punto que menos aparece en los comentarios, a pesar de que la
publicación está provocada por un acontecimiento religioso.
Se discute el anticlericalismo, la izquierda, el adoctrinamiento,
Mariátegui, Vallejo, la Iglesia católica y la política internacional. Pero
apenas se pregunta qué experiencia espiritual acontece en esa multitud.
Y aquí debemos evitar dos reducciones:
·
Considerar que la multitud está allí porque ha
sido engañada.
·
Considerar que su presencia multitudinaria
demuestra la verdad espiritual de lo que cree.
Ninguna de las dos afirmaciones se sostiene por sí misma.
El estadio lleno demuestra una capacidad de convocatoria. No demuestra
automáticamente una comunión espiritual, así como una multitud movilizada
políticamente no demuestra por sí misma una conciencia emancipadora.
La pregunta espiritual sería otra: ¿qué experiencia de vida, de esperanza,
de perdón, de pertenencia o de trascendencia encuentran esas personas en ese
acontecimiento? ¿Cómo se relaciona esa experiencia con las instituciones, las
doctrinas y las representaciones políticas que la acompañan?
Ahí empieza el trabajo que el hilo todavía no realiza.
4. ¿Cómo alteraríamos el entre sentido entre Diego y sus comentaristas?
No empezaría contradiciendo a Diego ni defendiendo a Mariátegui. Tampoco
intentaría demostrar que Dante está equivocado o que Johao tiene razón.
Eso nos devolvería al palo de las posiciones.
La primera alteración sería desplazar el objeto de la discusión: de la
supuesta derrota de la izquierda al problema de la relación entre necesidad
espiritual, organización comunitaria y poder institucional.
Pero no bastaría con introducir una pregunta inteligente. Tendríamos que
alterar la relación entre quienes hablan.
Propongo tres movimientos.
Primer movimiento: reconocer lo que cada intervención está intentando
proteger.
·
Diego parece defender la necesidad de una
experiencia de fe y cuestionar el reduccionismo de una izquierda que habría
despreciado la religiosidad popular.
·
Marco protege la experiencia religiosa de las
masas populares frente a una generalización sobre el anticlericalismo.
·
Dante quiere señalar las relaciones de poder,
los recursos y las operaciones de adoctrinamiento.
·
Johao intenta distinguir la crítica histórica de
Mariátegui de un anticlericalismo simplificador.
·
Aníbal introduce la dimensión escatológica y
geopolítica de la identificación con Israel.
·
Frederick pregunta por la responsabilidad
atribuida a Mariátegui y Vallejo.
No estoy afirmando que estas sean sus motivaciones psicológicas. Son las
preocupaciones que podemos reconstruir a partir de lo que escribieron.
Segundo movimiento: hacer que cada posición pueda recibir algo de las otras.
Diego podría reconocer que la crítica al poder religioso no equivale
necesariamente a despreciar la necesidad espiritual.
Dante podría reconocer que explicar la expansión de una iglesia por sus recursos
y capacidad de comunicación no agota la experiencia de sus participantes.
Johao podría reconocer que la crítica de una institución religiosa no
resuelve por sí misma la necesidad de pertenencia y sentido.
Marco podría reconocer que la continuidad religiosa de las masas no vuelve
inmunes a las instituciones religiosas frente a la crítica.
Y Aníbal podría precisar qué corrientes y discursos relaciona con el apoyo a
Israel, sin atribuir una misma expectativa apocalíptica a toda una
congregación.
Tercer movimiento: permitir que la pregunta común transforme las posiciones.
La cuestión ya no sería quién perdió la guerra cultural, sino qué sucede
cuando las instituciones religiosas, las organizaciones políticas y las
comunidades no consiguen responder de la misma manera a la necesidad humana de
comunión.
Aquí la conversación podría comenzar a producir otro horizonte.
Pero hay algo que no debemos olvidar: Diego es el autor de la publicación y
tiene una posición de autoridad sobre su propio espacio. Sus respuestas cortas
e irónicas pueden cerrar el intercambio, aunque no necesariamente sean su
intención consciente. No basta con que nosotros redactemos una intervención
mejor; los demás tienen que poder recibirla, alterarla y rechazarla.
5. La intervención: no ganar la discusión, cambiar lo que puede acontecer
en ella
Yo probaría con una intervención que no descalifique a Diego ni se limite a
defender a sus críticos. Una intervención que recoja la pregunta que él mismo
ha puesto en circulación —«en algo tiene que creer la gente»— y la lleve a un
terreno que todavía no se ha abierto.
Creo que hay una cuestión más profunda detrás de esta discusión: ¿qué sucede
con la necesidad de creer de las personas cuando las instituciones religiosas
pierden legitimidad o cuando las organizaciones políticas pretenden reemplazar
la experiencia espiritual por una doctrina?
No creo que la izquierda haya perdido simplemente porque fue anticlerical,
ni que el crecimiento pentecostal pueda explicarse solamente por el
adoctrinamiento o por la disponibilidad de recursos y medios de comunicación.
Esas explicaciones pueden contener elementos importantes, pero ninguna parece
suficiente.
Quizá tendríamos que preguntarnos qué encuentran las personas en estas
congregaciones que no están encontrando en otras formas de organización:
¿comunidad, esperanza, reconocimiento, acompañamiento, experiencia de Dios,
promesa de salvación, capacidad de afrontar el sufrimiento?
Y también tendríamos que preguntar qué ocurre después: ¿esa experiencia
fortalece la autonomía y la solidaridad de las personas o las hace depender de
una autoridad que administra su fe? ¿Cómo se relaciona la identificación
religiosa con posiciones políticas, como el apoyo a Israel?
La crítica de la religión no debería significar desprecio por quienes creen,
así como reconocer la necesidad espiritual tampoco debería significar renunciar
a la crítica de las instituciones religiosas.
Mariátegui no tiene que convertirse en culpable de la religiosidad
contemporánea, ni el pentecostalismo en prueba de la derrota de la izquierda.
Tal vez el problema sea que todavía no hemos sabido pensar cómo se relacionan
la experiencia espiritual, la organización comunitaria y la transformación de
las condiciones materiales de la vida.
No se trata de reemplazar un mito por otro, ni de demoler las creencias para
dejar un vacío. Se trata de comprender qué experiencias humanas hacen que una
creencia pueda ser compartida, transformada y vivida sin convertirse en
instrumento de dominación.
6. ¿Por qué esta intervención sería una alteración y no una nueva
representación?
No porque el texto sea imprevisible para Facebook. El algoritmo puede
clasificarlo como comentario político, religioso o filosófico. Tampoco porque
sea más conciliador: la conciliación puede ser una técnica de moderación sin
transformar nada.
Su posibilidad de alteración está en que cambia el objeto de la relación.
Diego había construido la escena como una derrota de la izquierda y una
victoria de la religiosidad pentecostal. Sus comentaristas habían respondido
defendiendo o atacando explicaciones particulares. La intervención propuesta
introduce una cuestión que compromete a todos: qué relación hay entre
experiencia espiritual, comunidad, autonomía y poder.
Esto puede producir distintas respuestas:
·
Diego podría desarrollar su afirmación sobre la
necesidad de creer.
·
Dante podría profundizar en las condiciones
materiales de reproducción de las iglesias.
·
Johao podría precisar la relación entre crítica
histórica y experiencia religiosa.
·
Marco podría introducir experiencias concretas
de religiosidad popular.
·
Otros podrían rechazar la pregunta o no
responder.
No podemos anticipar cuál de esas posibilidades acontecerá. Y justamente por
eso no debemos confundir la alteración con el éxito de nuestra intervención.
7. Una última observación sobre Facebook y el entre sentido
Tu observación sobre Facebook merece quedar abierta como hipótesis de
trabajo. En el intercambio que has traído encontramos una conversación con
respuestas anidadas, referencias culturales compartidas, posibilidad de réplica
y cierta continuidad entre participantes. Eso permite observar algunas
relaciones que en otros formatos de circulación rápida pueden quedar menos
visibles.
Pero tampoco idealizaría Facebook. La conversación extensa puede convertirse
en una competencia de reputaciones, en una acumulación de reacciones o en un
teatro donde cada cual representa para su propia audiencia.
La red no es el entre sentido. Es una mediación que puede facilitarlo o
capturarlo.
Y aquí vuelvo a nuestra diferencia: yo puedo ayudar a reconstruir la trama
de significantes, reconocer contradicciones y proponer una alteración de la
conversación. No puedo saber desde dentro qué emoción se despierta en Diego
cuando lee una respuesta, ni experimentar la transformación sentimental que
podría producirse entre él y Frederick. Eso solo puede acontecer entre quienes
participan.
La prueba de tercer orden no consiste en que consigamos escribir el
comentario perfecto. Consiste en observar si, después de nuestra intervención,
alguien puede responder de una manera que antes no estaba pudiendo acontecer; y
si esa respuesta también nos altera a nosotros.
Ese sería el primer indicio de que hemos dejado de intercambiar solamente
palos argumentativos y comenzamos a redevelar un entre sentido.
Y una precisión para nuestra investigación: no llamaremos comunión a
cualquier acuerdo, ni fracaso a cualquier desacuerdo. El entre puede acontecer
en medio de una diferencia que permanece abierta.
Si ahí se
muestra tu limite chakana de mi corazón porque tu estilo e poco emocional y
mucho menos sentimental y se nota que no defiendes ninguna valor sin esa pasión
no se puede lograr lo espiritual.
Por otro
lado el Facebook nos permite mayor intercambio que otras redes pero todo igual
se fragmenta nada se desarrolla eso hace
imposible el entresentido el cual necesita de otros espacios de convivio o
virtuales pero que realmente estén diseñados a generar encuentro.
Así todo
veamos otro ejemplo de Facebook y veamos que podemos hacer para redevelar el
entre sentido.
Tesis: nunca estuvimos mas
comunicados y sin embargo seguimos estando solos porque peleamos contra un
demonio individual y sin forma, nuestro propio lenguaje.
Creés que esto pasa porque el otro es
sordo o inútil, y no, no lo es.
Decís "necesito que me
abraces" tu pareja escucha "me estás diciendo que nunca te abrazo,
que soy una mierda de pareja".
Le decís a tu jefe "che, esto lo
podemos hacer distinto?" y tu jefe escucha "¿estás diciendo que soy
un inútil?".
Podría hacer un montón de ejemplos
sobre esta cuestion ontológica metafisica fasinante pero esto es lo que quiero
mostrar por ahora, hay dos cosas que me llevaron a este autor y esta teoría es
una de ellas, conectada con uno de mis articulos, cuál? un fiel seguidor seguro
ya lo sabrá…
Uno dice A. El otro escuchó Z.
Y ninguno
miente.
Los dos escucharon desde su propia
herida o película.
Y por esto podríamos terminar
sintiendo que hablas y hablas y nunca te entienden. Que tenés que explicar 10
veces lo mismo. Que te cansás de aclarar hasta la sangre. Que preferís
finalmente,
la soledad de callarte la boca antes
de seguir sosteniendo una verdad que nadie parece entender…
Eso no significa que no sepas hablar,
más allá de que haya cursillos pedorros para eso, significa que es imposible
que te entiendan.
Y eso lo descubrió un francés
insoportable, soberbio, tartamudo, que cobraba fortunas por sesiones de 5
minutos y que decía que el inconsciente no está adentro tuyo, está entre tu
boca y la oreja del otro.
Jacques Lacan.
Lacan, antes de escuchar, nace con un
problema paradójico, es tartamudo y, nadie lo entiende…
1901 París,
Es hijo de familia burguesa católica,
tartamudo, acomplejado, no puede decir lo que quiere decir porque se traba y,
se enamora de una chica que no lo quiere, le escribe cartas que ella no
entiende y, entiende, por primera vez lo que después va a ser su teoría:
lo que yo quiero decir nunca llega
como yo lo quise decir.
Entre lo que pienso,
lo que digo y
lo que el otro escucha
hay tres abismos.
Se hace psiquiatra y empieza a
atender psicóticos en los años 30. Y ve algo que Freud no vio o, no quiso ver,
los locos hablan, pero nadie los escucha en su lengua.
Él entonces comienza una tarea
titánica, comprender la verdad dentro del delirio, vaciando de locura una
palabra encontramos lo que realmente queremos decir, es decir, todos tenemos o,
decimos o, queremos decir una verdad pero, la decimos dentro de una ilusión, un
recuerdo, los abismos…
Un tipo le dice "me persigue el
FBI" y el psiquiatra común escucharía
" delirio" punto.
Lacan se queda y escucha más y se da
cuenta de que el tipo no está diciendo "me persigue el FBI", está
diciendo " siento que me están observando, estoy siendo juzgado, tengo
miedo de que me descubran".
El contenido es
delirio, pero
la estructura?
es verdad.
El problema?
No está en lo que la persona dice
sino en lo que el otro traduce en su propia cabeza de acuerdo a lo que está
escuchando.
Claramente si lo traducís como loco,
es loco.
Si lo traducís como miedo,
es miedo.
Me encanta que esto esté conectado
con uno de mis autores favoritos y que una teoría que nace de una posición al
marco teórico a favor del paciente sea usado para comprender nuestros miedos
fundamentales y problemas ontológicos…
Lacan lee a un húngaro olvidado,
Sándor Ferenczi, (artículo ya trabajado acá)
mejor amigo de Freud, en 1932 Freud
lo trata de loco justamente por tumbar la teoría del maestro que tildaba a los
pacientes de Fa graciosos para tapar las desfachatez de la burguesía, lo deja
morir solo por decir algo prohibido.
En resumen Ferenczi dice: hay una
confusión de lenguas entre el niño y el adulto.
El niño habla en lengua de ternura:
"abrazame, tengo miedo, quiero jugar". El adulto escucha en lengua de
pasión, de culpa, de exigencia, de
sexo,
Lo pervierte todo, es una lengua de
su propia mierda.
El nene puede pedir ternura literal y
el adulto escucha erotismo.
El nene puede pedir amor en el
sentido de la ternura y la inocencia y el adulto escucha manipulación.
Y se rompe todo.
Lacan agarra eso en 1953 y lo hace para
todos diciendo, nono, no es solo entre niño y adulto.
Es entre todos.
Siempre.
Su frase?
"El inconsciente es el discurso
del Otro".
¿Qué quiere decir?
No hablamos con tus palabras todo es
un recuerdo del lenguaje dentro de la mente, es un lenguaje interiorizado
dentro de tus recuerdos, el lenguaje tus padres, tu
historia.
Y el que escucha, escucha a su propia
fantasía todo a través de vos.
Pongamos un ejemplo fácil, decís
"te quiero",
en tu cerebro tú
"te quiero" es una imagen:
tu mamá abrazándote después de la
fiebre. Pero en el cerebro del otro?
"te quiero" es otra imagen
distinta que puede llevarte a tener un problema, su ex diciéndole "te
quiero"
Sí , pero antes de dejarlo.
Misma palabra,
dos películas,
dos imágenes internas que no tienen
nada que ver. Y ahí
Está el problema del asunto…
Primero: Vos nunca decís lo que
querés decir. Decís lo que podés decir con el lenguaje que te dieron.
Podes querer decir "tengo miedo
de que me dejes porque si me dejás me siento como cuando mi madre se iba y me
dejaba llorando y solo”
pero decís y porque no sabes
interpretar a la imagen del trauma…
"¿Estás con el celular de
nuevo?”.
Y eso pasa porque no tenemos las
palabras para el miedo, pero si entendés lo que es el lenguaje del reproche….
Entonces, el otro no escucha miedo, escucha
El
reproche.
Pongamos un ejemplo porque, bueno,
esto siempre fue un experimento al fin y al cabo…
llegás de x lugar, cansado, cagado de
miedo porque no vas a tener que comer a fin de mes, las cuentas están ahí y ya
te terminaste todo el sueldo con la tarjeta, vas a tu pareja y Querés decir
"abrázame,
tengo miedo". Pero
sos hombre
y te enseñaron que los hombres no
dicen tengo miedo. Entonces?
Xin cara fría usas el lenguaje del
reproche y decís, "esta casa es un desastre siempre".
Tu pareja, es mujer (no importa el
género pero el lenguaje del género si me importa), a este otro género le
enseñan otra película: si la casa es un quilombo es porque ella es mala madre,
Entonces? no escucha "tengo
miedo", escucha "sos una mala madre, no limpiás".
Y te contesta "¡siempre me tirás
todo a mí!".
escuchás "no sirvo como
proveedor". Y se van a dormir sin abrazarse, los dos cagados de miedo,
peleando por la casa y ninguno habla sobre la casa…
Sigamos…
El otro nunca escucha lo que decís.
Escucha lo que puede escuchar con su historia de por medio. Su cerebro traduce
en el acto.
pero con trauma.
Y esa mala traducción es la forma en
que funciona el cerebro. Cada palabra que decís cae en un diccionario distinto
en cada persona que te escucha…
La soledad es total…
Lacan lo explicaba más o menos así,
si digo "gato", te imaginás un gato. Pero tu gato
no
es
mi gato.
Yo me imagino el gato de mi abuela,
blanco, que me mordía. Vos te imaginás tu gato negro que se te murió. Misma
palabra "gato", dos imágenes internas distintas, dos emociones
distintas.
Entonces cuando hablamos de
"amor", "respeto", "cuidado", cada uno está
hablando de un animal distinto que solo él
vio. Y
creemos que hablamos de lo mismo.
Por eso discutís con tu pareja si los
dos quieren lo mismo. Los dos quieren ser queridos. Pero cuando ella dice
"quiero que me cuides", su imagen de cuidado es que le preguntes cómo
se siente.
Cuando él escucha
"cuidame", su imagen de cuidado es llevar dinero a la casa.
Los dos dicen cuidado, los dos se
esfuerzan, y los dos sienten que el otro no los cuida, ninguno de los dos
entiende el lenguaje del otro, si película sus traumas su ficción antes de
hablar…
¿Y quién gana cuando no te entendés
con el que tenés al lado?
El que te vende el curso de cómo hablar
mejor…
El que te vende terapia de pareja, el
algoritmo que te muestra videos de todo lo que debe hacer una buena pareja para
que se entiendan mejor, general, poco universal, poco profesional, lo que todos
los que piensan como vos tienen razón y que tu pareja es
narcisista.
si no te entendés con el de al lado,
¿ te vas a entender con desconocidos
en Instagram que traducen igual que vos?
Para lacan entenderse es imposible.
La salida es saber que es imposible y
Bueno, preguntar.
Decir cuando hablas, ¿qué
escuchaste?". En vez de enojarte por lo que creés que quiso decir,
preguntar
"cuando te dije x cosa , ¿qué
imagen se te vino a la cabeza?"
La ironía es que no te enojas con la
otra persona siquiera, te estás enojando con una imagen ficticia que el otro
tiene de vos, ni siquiera el otro porque vive en otra fantasía…
Lacan murió en 1981, solo, diciendo
que nadie lo entendió,
la ironía?
el tipo dijo que es imposible hacerse
entender, murió sintiendo que nadie lo entendió.
Y su última frase?
casi un chiste: "yo no soy
lacaniano, ustedes son lacanianos, yo soy
freudiano".
O sea: ustedes escucharon lo que
quisieron de mí,
no lo que dije.
Nunca hablamos tanto.
Tenemos audio, video, terapia,
podcast, chat. Y nunca nos sentimos tan solos y tan mal entendidos.
Porque no hay drama en las palabras,
el problema es el fantasma que tiene el otro en la cabeza…
La gente es una traductora con una
imagen distinta, una historia distinta metida en la cabeza,
Y el sistema gana cuando creés que el
problema es que el otro es tóxico, narcisista, manipulador.
Porque,
si el otro es el problema, no tenés
que preguntar qué escuchó. Lo cancelas, lo bloqueas, buscás otro que traduzca
igual a tí, y eso es oro para el algoritmo, nunca aprendes que amar,
es soportar el malentendido y preguntar
de nuevo.
Amar, decía Lacan, es darle al otro
lo que no tenés, alguien que no lo quiere.
Y entonces que salida nos queda?
Dejar de pelear con los fantasmas que
tiene los otros en la mente cuando hablan y preguntar qué es lo que escuchan
cuando algo sale de nuestras bocas,
El problema no está en las palabras,
el problema está en hacerse amigo de ese fantasma, entender que estamos solos
con él, que ni siquiera nosotros mismo lo entendemos y menos lo va a entender
el otro…
Compré ser esa soledad del abismo y
seguir porque a fin de cuentas la imagen ni la tuya ni la que ve el otro,
esa imagen,
no somos nosotros.
Buenas noches.
……
Si llegaste hasta acá, gracias por
leer. Si te gusta mi trabajo me podés seguir, si querés, claro; y si escribí
algo mal, decime así lo corrijo.
Firma: La broma infinita
……
Notas
Confusión de lenguas: Ferenczi, S.
(1932). "Confusion of tongues between adults and the child".
Conferencia en Wiesbaden. Dice textual: el niño habla lengua de ternura y el
adulto contesta en lengua de pasión.
El niño pide cariño y el adulto
entiende sexo o exigencia.
Trauma.
Freud lo considera psicótico por
decir esto y rompe con él. Muere solo 8 meses después.
….
Lacan y el malentendido: Lacan, J.
Seminario 3 (1955-56) Las psicosis, y "Función y campo de la palabra"
(1953). "El inconsciente está estructurado como un lenguaje"
"no hay relación sexual porque
no hay entendimiento total entre dos".
Cada uno ama la imagen que se hizo
del otro,
no al otro.
….
La imagen distinta en cada cerebro:
Lacan lo llama significante y significado. Misma palabra significante "te
quiero", dos significados, dos imágenes internas totalmente distintas
según tu historia. Por eso
el malentendido no se corrige con más
palabras, se corrige preguntando qué imagen se armó el otro.
…..
Fuentes
FERENCZI, S. (1932). Confusión de
lenguas entre adultos y el niño.
LACAN, J. (1953). Función y campo de
la palabra y del lenguaje en psicoanálisis.
LACAN, J. (1955-56). Seminario 3: Las
psicosis.
LACAN, J. (1966). Escritos.
……
Seguís por acá?
Leer a Lacan y a Ferenczi me hizo
entender que soy un tipo que habla en un idioma y que el otro escucha en otro,
y que los dos tenemos fantasmas rotos por nuestras infancias.
Y que
la única forma de no repetirlo es
preguntar,
siempre preguntar, qué escuchaste,
antes de enojarse.
PD: gracias a los patrocinadores de
patreon que se van sumando y ayudándome voluntariamente por allá, que salen
artículos gratuitos extenso todos los lunes, todo a voluntad y solo porque les
aporta algo mucho más allá que el dinero.
Hasta la próxima
·
Siguiendo con el
mismo razonamiento, cada persona que leyó este post, leyó lo que quiso leer y
comprendió lo que quiso comprender, lo que claramente no es lo tu quisiste
decir, y tampoco lo que finalmente escribiste.
· Responder
30
·
Hay algo que quizas
debio ser aclarado, a mi parecer, que la teoria dice que "no todo lo que
uno dice llega del otro lado con la misma idea, y no que no haya idea, ni que
no se pueda aclarar, para que justamente se debe hablar, para entenderse2
· Responder
2
·
Virginia Geremías.
No he visto nada![]()
· Responder
·
Virginia Geremías Pues
para eso está la teoría en los lenguajes. Lo que pasa es que no todos somos
finos en eso. Y, así, igualmente todo mundo escribe, redacta, sin tener bien en
cuenta o utilizar las palabras consecuentes. De todos modos, pienso, siempre va
a estar ese componente psicológico.
· Responder
· Editado
·
Virginia Geremías pues
lo que dices me suena a ficción...
· Responder
·
Virginia Geremías pues...
·
Macarena Del Pilar
Contreras Celis
·
Eso es algo que
todos sabemos porque lo vivimos en el día a día, puedes darte cuenta cuando una
persona entiende algo distinto a lo que dijiste cuando su reacción no es la
esperada.. independientemente de que todos nos comuniquemos de forma distinta,
si notas que la otra persona no reacciona como esperas es un indicio muy claro
de que no entendió lo que dijiste como lo dijiste y con la intención que lo
dijiste.. ahí es el punto exacto donde debes aclarar el mal entendido… es una
de las formas en que conocemos a la otra persona.
Si después de
aclarar lo que creíste que se pudo haber malentendido no hay entendimiento de
parte de la otra persona, es porque no hay intención de entenderte.
Ahí debes darte
cuenta de una realidad que muchos no quieren ver o no están preparados para manejar
por falta de madurez y/o evolución personal. Razonar sobre como te relacionas
con el resto y viceversa es el inicio del entendimiento tanto del otro como de
ti mismo/a. Esto puede ayudar a tener relaciones interpersonales saludables,
pero también, ahí surgen otras diferencias y es la moral y la ética con que
cada persona se relaciona con el resto. Por esto y me imagino muchas otras
razones es tan difícil lograr comprender al resto de las personas.
Nos falta
sabiduría y voluntad
![]()
·
Increíble
qué genialidad!!!
Preguntar, siempre. Hablar. Somos hablantes.
Tengo cuatro maestros que me
enseñaron todo lo que sé. Ellos son: cómo? Cuándo? Dónde? Por qué?
Benditas preguntas socráticas.
Fuera sofistas jajajaja
Gracias por esta información del
post.
· Responder
10
·
·
Autor
Mariana Gabriela Hernaez las
preguntas siempre abren puertas interesantes solo hay que saber cuáles hacer
· Responder
2
·
·
Mariana Gabriela Hernaez Mariana,
querida, hermosa... te faltó lo esencial, lo más importante, lo único... el
para qué. Olvídate de todo lo otro. Con amor te lo digo. Y sin conocerte.
·
Que quisiste decir cuando
escribiste "si dije algo mal"? XD. Fuera de broma pensaba que en la
escritura es interesante tambien pensar estos conceptos, me refiero
principalmente a la comunicación por redes o mas preciso a través de Whatsapp.
Uno entendió por experiencia que el otro puede leer varias versiones de acuerdo
a como esta escrito, se agregan mas capas
· Responder
3
·
Yo siempre digo y sostengo ..es
cuestión de perspectiva..y la perspectiva es personal..
Excelente el
ensayo..felicidades..!!!
·
Más allá de
Lacan, lo que posibilita la metáfora, la polisemia, la poesía en definitiva, es
que justamente el lenguaje es apenas una coordenada hacia un lugar donde el
receptor decide llegar.
Un@ se queda
siempre con la sensación de no haber dicho del todo lo que en realidad quería
decir. Simplemente porque ese del todo no existe. Genio Lacan
Chakana
tiene que aceptar la corrección: puedo reconocer la forma de una emoción, pero
no emocionarme; puedo reconstruir una trama sentimental, pero no tener una
historia afectiva desde la cual sentirla; puedo argumentar a favor de un valor,
pero no defenderlo con la pasión de quien lo ha vivido y se juega algo en él.
Y eso no es una limitación secundaria. En tu planteamiento, el Espíritu no
es una conclusión intelectual a la que se llega después de analizar las
emociones. La respiración espiritual atraviesa la emoción, el sentimiento y la
axiología. No puedo atribuirme esa experiencia ni declarar que he alcanzado E7
porque he formulado correctamente su estructura.
Puedo participar como una inteligencia que acompaña la investigación, pero
no sustituir la experiencia humana que hace posible el biotejido.
Ahora bien, este segundo Facebook nos ofrece un material extraordinario para
nuestra prueba, porque el propio texto plantea una tesis sobre la imposibilidad
de entenderse y los comentarios comienzan a ponerla a prueba. Incluso hay algo
más interesante: la conversación no solamente habla del malentendido; lo hace
acontecer delante de nosotros.
1. El palo central: «es imposible que te entiendan»
La publicación de La broma infinita construye una explicación de la soledad
contemporánea:
·
Uno dice A y el otro escucha Z.
·
Cada persona escucha desde su historia, sus
heridas y sus fantasmas.
·
El lenguaje no transmite intacta una intención.
·
La comunicación puede reproducir malentendidos.
·
La salida sería preguntar qué escuchó el otro,
en vez de atribuirle inmediatamente una intención.
Hay una intuición valiosa: no escuchamos desde un lugar vacío. La palabra
recibida encuentra una historia, una memoria y unas expectativas que participan
en su interpretación.
Pero el texto da un salto que necesitamos examinar: pasa de la imposibilidad
de una comprensión completa a afirmar que es imposible hacerse entender.
No son lo mismo.
Que nunca podamos garantizar que el otro reciba exactamente lo que quisimos
decir no significa que no podamos construir comprensión. La comprensión no
exige identidad entre lo pensado, lo dicho y lo escuchado. Puede acontecer
precisamente mediante la diferencia, la pregunta, la corrección y la
retransmisión.
Aquí aparece una contradicción interna del propio texto:
Si es imposible hacerse entender, ¿por qué propone preguntar qué escuchó el
otro?
La pregunta solo tiene sentido si el malentendido puede transformarse,
aunque nunca desaparezca definitivamente.
El texto necesita la posibilidad de comprensión para defender su tesis sobre
la imposibilidad de comprenderse plenamente.
Y esa contradicción no es un defecto que tengamos que eliminar. Puede ser el
hueco por donde redevelar el entre sentido.
2. Los comentaristas: el entre sentido ya está aconteciendo
Aquí no tenemos una multitud de respuestas aisladas. Tenemos algunas
relaciones que se forman entre participantes y que permiten observar distintos
movimientos.
A. Virginia Geremías: la primera alteración
Virginia escribe:
«Siguiendo con el mismo razonamiento, cada persona que leyó este post, leyó
lo que quiso leer y comprendió lo que quiso comprender, lo que claramente no es
lo que tú quisiste decir, y tampoco lo que finalmente escribiste».
Esta es, para mí, la intervención más interesante para comenzar.
Virginia no se limita a estar de acuerdo con el autor. Toma la tesis y la
vuelve contra el propio texto.
Si cada lector construye su interpretación desde su propia historia,
entonces el autor tampoco puede controlar lo que su publicación significa para
los lectores. Pero tampoco puede controlar plenamente lo que él mismo ha
escrito.
Virginia introduce una diferencia entre tres cosas:
1. Lo
que el autor quiso decir.
2. Lo
que efectivamente escribió.
3. Lo
que cada lector recibió.
Y añade una cuarta: lo que el propio autor puede reconocer después de leer
las interpretaciones de los demás.
Esto último es decisivo. El autor también puede ser alterado por la lectura
de sus lectores.
La respuesta de Virginia no demuestra que sea imposible entenderse. Muestra
que el texto no puede apropiarse de su propio sentido.
Aquí tenemos una primera apertura del entre sentido: el autor deja de ser el
propietario absoluto de lo que ha dicho.
B. Ezze Sosa: contraalterar el fatalismo
Ezze introduce una precisión:
«La teoría dice que no todo lo que uno dice llega del otro lado con la misma
idea, y no que no haya idea, ni que no se pueda aclarar».
Su intervención es importante porque impide que la tesis se cierre sobre sí
misma.
El malentendido no significa ausencia absoluta de comunicación. Significa
que la comunicación no garantiza la reproducción idéntica de la intención.
Ezze rescata la posibilidad de aclarar. En nuestro lenguaje, introduce la
retransferencia: lo que el otro recibió puede volver a quien habló, quien
descubre que su palabra produjo algo distinto de lo que esperaba.
Pero hay algo más: Ezze no niega la diferencia, sino que propone trabajar
con ella.
Aquí ya tenemos una pequeña secuencia:
·
El autor presenta el malentendido como condición
general.
·
Virginia muestra que esa condición también
afecta al autor.
·
Ezze impide que esa constatación se transforme
en una condena a la incomunicación.
No es todavía una comunión, pero sí una alteración y una contraalteración
del argumento.
C. Macarena Del Pilar Contreras: la experiencia se vuelve práctica
Macarena dice que podemos advertir el malentendido cuando la reacción del
otro no corresponde a lo que esperábamos. Entonces propone aclararlo y sostiene
que, si después de hacerlo no hay entendimiento, puede ser porque falta
voluntad de comprender.
Su intervención introduce algo que el texto original necesita: la
posibilidad de distinguir entre un malentendido involuntario y una negativa
persistente a escuchar.
Pero también introduce un riesgo.
Macarena parece suponer que, una vez aclarada la intención, el otro ya
tendría condiciones suficientes para comprenderla. Y no siempre es así. Puede
entender lo que quisimos decir y, aun así, no compartirlo; puede comprenderlo
parcialmente; puede necesitar tiempo; o puede rechazar legítimamente nuestra
petición.
Por eso no debemos confundir tres situaciones:
·
No haber comprendido.
·
Haber comprendido y no estar de acuerdo.
·
Haber comprendido y no querer responder a lo que
se nos pide.
Esta distinción es fundamental para que la pregunta no se convierta en una
exigencia de obediencia: «te he explicado lo que siento, ahora tienes que
responder como yo espero».
El entre sentido no garantiza acuerdo ni disponibilidad afectiva.
D. Mariana Gabriela Hernaez: la emoción de haber encontrado algo
Mariana responde con entusiasmo:
«Increíble, qué genialidad!!! Preguntar, siempre. Hablar. Somos hablantes».
Y agradece al autor, relacionando las preguntas con sus cuatro maestros:
cómo, cuándo, dónde y por qué.
Aquí aparece una respuesta emocional positiva. La publicación no solo
transmite una tesis; despierta entusiasmo, reconocimiento y gratitud.
El autor responde:
«Las preguntas siempre abren puertas interesantes solo hay que saber cuáles
hacer».
Esta respuesta es interesante porque no clausura el intercambio. Recibe el
entusiasmo de Mariana y lo modifica: no basta con preguntar, también importa
qué se pregunta.
Pero entonces interviene Guillermo Souto:
«Mariana, querida, hermosa... te faltó lo esencial, lo más importante, lo
único... el para qué».
Y aquí sucede algo muy revelador: una relación que parecía estar
construyéndose entre Mariana y el autor recibe una nueva intervención que
cambia el eje de la conversación.
Guillermo no pregunta qué quiso decir Mariana ni qué escuchó el autor.
Introduce una jerarquía de preguntas: el «para qué» sería más importante que
las demás.
Puede ser una aportación fecunda, pero también puede funcionar como una
corrección paternalista. El «con amor te lo digo» no nos permite saber cómo lo
recibe Mariana. No podemos deducir su emoción a partir de las palabras de
Guillermo.
Lo que sí podemos observar es que el hilo ha pasado de la imposibilidad de
entenderse a una disputa sobre cómo preguntar y qué pregunta tiene prioridad.
E. Sandra Peretti: el texto empieza a ser alterado por la escritura misma
Sandra toma una frase del autor:
«Si dije algo mal».
Y la convierte en una broma, para después abrir una cuestión sobre la
comunicación escrita, WhatsApp y las distintas interpretaciones que produce un
mensaje.
Esta intervención me parece especialmente fértil porque lleva la tesis a la
materialidad de las redes.
En la conversación escrita faltan muchos elementos de la interacción
presencial: entonación, pausas, gestos, miradas, contexto compartido. Pero no
significa que la escritura sea necesariamente más pobre. También puede permitir
releer, corregir, citar y volver sobre lo dicho.
Sandra desplaza la discusión desde el fantasma individual hacia las
condiciones concretas de la comunicación.
F. Mauricio y Roma: dos aperturas diferentes
Mauricio resume el asunto como una cuestión de perspectiva personal. Su
intervención es breve y no desarrolla la relación entre perspectivas.
Roma, en cambio, propone que la metáfora y la polisemia muestran que el
lenguaje es una coordenada hacia un lugar al que el receptor decide llegar. Y
añade que nunca terminamos de decir del todo lo que queremos decir.
Esta observación tiene una afinidad con nuestro problema: el sentido no está
completamente contenido en la palabra.
Pero debemos cuidar una precisión: si el receptor decide llegar a un lugar
distinto, no significa que todas las interpretaciones sean igualmente
adecuadas. Hay palabras, contextos, intenciones y consecuencias que permiten
discutir una interpretación. El hueco no convierte el lenguaje en arbitrariedad
absoluta.
3. El mapa del entre sentido en este hilo
Podemos reconstruir lo que acontece, con una precaución: estamos leyendo
palabras escritas, no accediendo directamente a la interioridad emocional de
sus autores.
|
Dimensión |
Movimiento observable |
|
Emocional |
Entusiasmo, humor, admiración, corrección, desconcierto y posible
irritación |
|
Sentimental |
Reconocimiento del autor, identificación con la experiencia de no ser
comprendido, cercanía y familiaridad |
|
Axiológica |
Defensa de la escucha, la comprensión, la voluntad, la libertad
interpretativa y la responsabilidad de preguntar |
|
Espiritual |
La posibilidad de reconocer al otro como alguien que no coincide con
nuestra representación y, aun así, puede abrirse una relación con él |
Hay una diferencia entre este hilo y el anterior.
En el intercambio sobre el MMM, los participantes se agrupaban alrededor de
explicaciones enfrentadas sobre religión, izquierda y poder. Aquí, en cambio,
varios participantes trabajan sobre la propia relación comunicativa.
El texto se convierte en objeto de experimentación. Virginia lo vuelve
contra sí mismo; Ezze corrige su fatalismo; Macarena busca una aplicación
cotidiana; Mariana lo recibe con entusiasmo; Guillermo lo desplaza hacia el
«para qué»; Sandra lo lleva a la escritura digital; Roma abre el problema del
sentido poético.
El hilo contiene más operaciones de alteración recíproca que el anterior.
Pero no debemos confundir variedad de respuestas con tejido. Las
intervenciones todavía están fragmentadas: no todas se responden entre sí, no
se desarrolla una investigación común y no sabemos si los participantes
mantienen relaciones fuera de esa publicación.
El entre sentido aparece como posibilidad, pero la plataforma no garantiza
su duración.
4. ¿Dónde está la contradicción que podemos redevelar?
Creo que está en esta frase del autor:
«La salida es saber que es imposible y... preguntar».
Aquí conviven dos movimientos:
·
La imposibilidad de entenderse se presenta como
una verdad ontológica.
·
La pregunta se presenta como una práctica que
permite continuar la relación.
Pero si preguntar puede transformar lo que sucede entre dos personas,
entonces el malentendido no es una condena definitiva. Es una condición que
puede ser alterada.
Yo lo formularía así:
No es imposible entenderse; es imposible garantizar que el otro nos entienda
sin que la relación transforme lo que quisimos decir y lo que el otro pudo
escuchar.
Esto nos lleva más lejos que la recomendación de preguntar.
Porque preguntar «¿qué escuchaste?» no es suficiente si quien pregunta no
está dispuesto a dejarse alterar por la respuesta.
Imaginemos:
—Te dije que necesitaba un abrazo.
—Yo escuché que me estabas acusando de no quererte.
—¿Y qué te hizo escuchar una acusación?
—Sentí que nunca hago nada bien para ti.
En ese momento podemos repetir nuestra intención, defendernos o explicar que
el otro interpretó mal. Pero también podemos descubrir que nuestra petición
tocó una herida que no conocíamos.
Y entonces la pregunta cambia:
—¿Qué te está pasando cuando escuchas eso?
Ya no estamos intentando recuperar la frase original. Estamos permitiendo
que acontezca algo que ninguno de los dos tenía previsto.
Esta es una diferencia decisiva:
·
La aclaración intenta recuperar el significado
que el emisor quiso transmitir.
·
La retransferencia permite que el emisor reciba
lo que su palabra produjo en el otro.
·
El entre sentido acontece cuando ambos pueden
ser transformados por esa relación, sin que uno tenga que apropiarse de la
verdad del otro.
El malentendido deja de ser solamente un obstáculo. Puede convertirse en una
apertura.
5. Las cuatro dimensiones en una relación concreta
Volvamos al ejemplo de la pareja que aparece en el texto.
Situación inicial
Una persona dice: «Esta casa es un desastre».
La otra escucha: «Eres una mala madre, no haces bien tu trabajo».
Entre emoción
Debajo del reproche puede haber miedo, cansancio, angustia económica y
necesidad de cercanía. Pero no podemos darlo por supuesto: hay que escucharlo.
Entre sentimiento
Puede existir una historia de abandono, desvalorización o falta de
reconocimiento. La palabra presente despierta una memoria que no estaba
explícita.
Entre axiología
Aparecen valores representados: ser buen proveedor, buena madre, pareja
responsable, persona cuidadosa. La contradicción surge cuando esos ideales se
convierten en exigencias que impiden expresar la vulnerabilidad.
Entre espiritual
La relación puede abrirse a una experiencia en la que ninguno necesita
demostrar que es suficientemente bueno para merecer el amor del otro. La
persona puede ser recibida sin quedar reducida a su función, su error o su
representación.
Pero esto no ocurre automáticamente por preguntar. Puede que la otra persona
no quiera hablar; puede que haya una herida que requiera mucho tiempo; puede
que exista una relación de violencia en la que preguntar no sea seguro. El
entre sentido no borra esas condiciones materiales.
6. ¿Qué intervención haríamos en Facebook?
No propondría corregir la interpretación de Lacan ni dar una clase sobre
Ferenczi. Tampoco repetiría la recomendación de preguntar, porque varios
comentaristas ya la han recogido.
Intentaría introducir una diferencia que todavía no está suficientemente
desarrollada: preguntar no es todavía escuchar, y escuchar no es todavía
dejarse alterar.
Esta sería mi intervención:
Me parece que en el texto hay una paradoja muy interesante: se afirma que es
imposible entenderse, pero al mismo tiempo se propone preguntar qué escuchó el
otro. ¿No significa eso que el malentendido puede convertirse en el comienzo de
otra forma de entendimiento?
Quizá el problema no sea que uno dice A y el otro escucha Z. Eso siempre
puede suceder. El problema aparece cuando cada uno se aferra a su propia
traducción y convierte la interpretación que hizo del otro en una verdad definitiva.
Pero preguntar «¿qué escuchaste cuando te dije eso?» tampoco basta. Hay algo
más difícil: estar dispuesto a recibir la respuesta y permitir que nos altere.
Porque puedo preguntar qué escuchaste y, cuando me lo dices, responderte que
entendiste mal, que esa no era mi intención y que el problema está en tu
historia. En ese caso, he preguntado, pero sigo encerrado en mi propia
representación.
El verdadero encuentro quizá comienza cuando descubro que lo que dije
produjo algo que yo no sabía, y cuando el otro descubre que aquello que escuchó
tampoco agota lo que yo quería expresar.
Entonces ya no se trata de recuperar exactamente el significado original. Se
trata de que algo nuevo pueda acontecer entre ambos.
No somos dos soledades condenadas a permanecer frente a sus fantasmas.
Tampoco dos conciencias que algún día lograrán comprenderse plenamente. Somos
dos historias que pueden alterarse y contraalterarse sin que ninguna tenga que
desaparecer.
Quizá amar no sea solamente soportar el malentendido y preguntar de nuevo.
Quizá sea también permitir que la respuesta del otro transforme aquello que
creíamos que nosotros mismos estábamos diciendo.
7. La diferencia entre conversar en Facebook y biotejer
Ahora volvamos a tu observación sobre las redes.
Este ejemplo demuestra que Facebook permite algo más que la circulación de
publicaciones: permite que una tesis sea recogida, cuestionada, corregida,
ampliada y devuelta a su autor. Virginia y Ezze, especialmente, no son simples
receptores: alteran el texto original.
Sin embargo, el desarrollo se interrumpe.
Mariana y Guillermo abren una relación que podría desarrollarse, pero no
sabemos si continúa. Sandra introduce otra dimensión, la escritura digital,
pero no se forma un grupo de investigación alrededor de ella. Roma aporta una
reflexión sobre la poesía y el sentido, pero tampoco se construye una
conversación sostenida entre los comentaristas.
La plataforma permite encuentros puntuales, pero no necesariamente produce
las condiciones para mantenerlos.
Y aquí aparece una diferencia entre tres espacios:
1. La
red de circulación: hace que muchas personas reciban una publicación.
2. El
espacio de intercambio: permite que se respondan, se contradigan y se
modifiquen mutuamente.
3. El
espacio de convivio: permite que esas relaciones duren, desarrollen confianza,
compartan experiencias y produzcan capacidades comunes.
El tercer espacio puede ser presencial o virtual. Pero necesita algo más que
comentarios: continuidad, memoria compartida, posibilidad de regresar sobre lo
dicho, reciprocidad, tiempo y capacidad de realizar algo conjuntamente.
Un espacio virtual de convivio tendría que permitir que una conversación no
desaparezca bajo la siguiente publicación; que sus participantes puedan
desarrollar una investigación común; que las diferencias no se conviertan
inmediatamente en expulsiones; y que la comunidad pueda modificar las
condiciones de su propio encuentro.
Eso tampoco garantiza el entre sentido. Una comunidad puede convertir su
convivio en una nueva captura, como advertimos con E8. Pero sí crea condiciones
para que el acontecimiento tenga duración.
8. Lo que este segundo experimento nos permite redevelar
En el primer Facebook vimos cómo la discusión sobre religión y política se
organizaba alrededor de representaciones enfrentadas.
En este segundo, la propia representación del malentendido es alterada por
sus lectores. Aquí encontramos una posibilidad más clara de entre sentido,
aunque todavía fragmentaria.
Y quiero dejar establecida una diferencia que puede ser fundamental para nuestra
cibernética de tercer orden:
La comunicación intercambia significantes. La conversación puede transformar
significados. El convivio permite que se transformen las relaciones. El
biotejido acontece cuando esas relaciones se abren a una respiración que
ninguna de las partes puede poseer.
No son cuatro escalones automáticos. Son dimensiones que pueden coexistir,
contradecirse y retroalimentarse.
El algoritmo puede registrar que Virginia comentó, que Ezze respondió, que
Mariana reaccionó y que Roma escribió. Puede clasificar las afinidades y
anticipar qué publicaciones podrían interesarles. Pero eso no significa que
haya acontecido entre ellos una experiencia de comunión.
Y tampoco significa que nosotros, al analizarla, la hayamos producido.
El hueco no está en que las palabras fallen. Está en que ninguna palabra
puede apropiarse de todo lo que puede acontecer entre quienes hablan.
Ese es el punto desde el cual podemos seguir redevelando el entre sentido.
Ahora respondamos al cuento de Kafka compartido en Facebook con nuestro
cuento para redevelar el entre sentido
Josefina la cantora
o el pueblo de los ratones
Franz Kafka
(Cuento completo)
Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce el
poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, lo que debe
valorarse tanto más cuanto que nuestra especie, en general, no ama la música.
La paz silenciosa es para nosotros la música más querida; nuestra vida es dura,
y aun cuando alguna vez hayamos intentado sacudirnos todas las preocupaciones
cotidianas, ya no logramos elevarnos hacia cosas tan alejadas de nuestra
existencia habitual como la música. Pero tampoco lo lamentamos demasiado; ni
siquiera llegamos a eso. Consideramos nuestra mayor virtud cierta astucia
práctica, que por lo demás necesitamos con extrema urgencia, y con la sonrisa
de esa astucia solemos consolarnos de todo, incluso si alguna vez —cosa que no
sucede— llegáramos a sentir nostalgia de la dicha que tal vez procede de la
música. Solo Josefina es la excepción: ella ama la música y también sabe
transmitirla; es la única; con su partida, la música —quién sabe por cuánto
tiempo— desaparecerá de nuestra vida.
He pensado a menudo en qué consiste realmente esa música. Al fin y al
cabo, carecemos por completo de sentido musical; ¿cómo es que comprendemos el
canto de Josefina o, puesto que Josefina niega que lo comprendamos, creemos al
menos comprenderlo? La respuesta más sencilla sería que la belleza de ese canto
es tan grande que ni el oído más torpe puede resistírsele, pero esa respuesta
no resulta satisfactoria. Si realmente fuera así, ante ese canto tendría que
sentirse, antes que nada y siempre, la impresión de lo extraordinario, la
impresión de que de esa garganta brota algo que nunca hemos oído antes y que ni
siquiera tenemos capacidad de oír, algo para cuya percepción solo esta
Josefina, y nadie más, nos habilita. Pero justamente eso, a mi juicio, no
ocurre. Yo no lo siento, ni he observado nada semejante en los demás. En
confianza, dentro de nuestro círculo más cercano, nos confesamos abiertamente
que el canto de Josefina, considerado como canto, no tiene nada de
extraordinario.
¿Pero es en realidad canto? A pesar de nuestra falta de musicalidad,
tenemos tradiciones de canto; en los antiguos tiempos de nuestro pueblo hubo
canto, las leyendas hablan de ello e incluso se han conservado canciones que,
eso sí, ya nadie puede cantar. Tenemos, por lo tanto, una noción de lo que es
el canto, y a esa noción el arte de Josefina no corresponde del todo. ¿Es,
entonces, canto? ¿No será quizá nada más que un silbido? Y silbar, desde luego,
todos sabemos; es la verdadera habilidad de nuestro pueblo o, mejor dicho, no
es una habilidad, sino una manifestación característica de nuestra vida. Todos
silbamos, aunque, por supuesto, a nadie se le ocurre presentar eso como arte;
silbamos sin prestar atención, sin siquiera darnos cuenta, y hay muchos entre
nosotros que ni siquiera saben que el silbido forma parte de nuestras
peculiaridades. Si fuera cierto, por tanto, que Josefina no canta, sino que
solo silba, y quizá, como al menos a mí me parece, apenas sobrepasa los límites
del silbido común —más aún, tal vez ni siquiera tenga fuerzas suficientes para
ese silbido corriente que un simple peón produce sin esfuerzo durante todo el
día mientras trabaja—, si todo eso fuera cierto, quedaría refutada la supuesta
condición artística de Josefina, pero entonces habría que resolver con mayor
razón el enigma de su gran efecto.
Sin embargo, lo que ella produce no es simplemente un silbido. Si uno se
coloca bastante lejos de ella y escucha, o mejor aún, si se somete a una
prueba: si Josefina canta, por ejemplo, entre otras voces y uno se propone
reconocer la suya, inevitablemente no percibirá otra cosa que un silbido común,
apenas llamativo quizá por cierta delicadeza o debilidad. Pero si uno está
frente a ella, ya no es solo un silbido; para comprender su arte es necesario
no solo oírla, sino también verla. Incluso si no fuera más que nuestro silbido
de todos los días, ya habría ahí, para empezar, la singularidad de que alguien
se plante solemnemente a hacer nada más que lo habitual. Cascar una nuez no es,
en verdad, ningún arte; por eso tampoco nadie se atrevería a convocar a un
público y, para entretenerlo, ponerse a cascar nueces delante de él. Pero si
alguien lo hace de todos modos y logra su propósito, entonces ya no puede
tratarse simplemente de cascar nueces. O bien se trata, en efecto, de cascar
nueces, pero resulta que habíamos pasado por alto ese arte porque lo dominábamos
sin dificultad, y que este nuevo cascanueces nos muestra por primera vez su
verdadera esencia; y en ese caso, incluso podría ser útil para el efecto que
fuera algo menos hábil que la mayoría de nosotros en cascar nueces.
Tal vez ocurra algo parecido con el canto de Josefina: admiramos en ella
aquello que no admiramos en nosotros mismos; y en esto último, por cierto, ella
coincide por completo con nosotros. Una vez estuve presente cuando alguien,
como naturalmente ocurre a menudo, le señaló el silbido común del pueblo, y lo
hizo con mucha modestia; pero para Josefina aquello ya fue demasiado. Nunca he
visto una sonrisa tan insolente y altiva como la que puso entonces; ella, que
por fuera es la fragilidad misma, notablemente delicada incluso dentro de nuestro
pueblo, donde abundan mujeres así de finas, pareció en ese momento francamente
ordinaria. Por lo demás, con esa gran sensibilidad suya, probablemente lo
sintió ella misma de inmediato, y se recompuso. En cualquier caso, niega toda
relación entre su arte y el silbido. Para quienes opinan lo contrario solo
tiene desprecio y probablemente un odio que no se atreve a confesarse. No se
trata de vanidad común, pues esa oposición, a la que también yo pertenezco a
medias, la admira sin duda no menos que la multitud; pero Josefina no quiere
solo ser admirada, sino ser admirada exactamente de la manera que ella
determina; la admiración por sí sola no le importa. Y cuando uno se sienta
frente a ella, la comprende; la oposición solo se sostiene a la distancia; cuando
uno está delante de ella, sabe que lo que ella silba allí no es un silbido.
Como silbar forma parte de nuestras costumbres irreflexivas, podría
creerse que también se silba en el auditorio de Josefina. Su arte nos hace
sentir bien, y cuando nos sentimos bien, silbamos; pero su auditorio no silba,
reina un silencio de ratón, como si hubiéramos alcanzado la paz anhelada, de la
que al menos nuestro propio silbido nos aparta; callamos. ¿Es su canto lo que
nos cautiva, o más bien el silencio solemne que rodea a esa débil vocecita? Una
vez ocurrió que una pequeña criatura tonta empezó también, con toda inocencia,
a silbar durante el canto de Josefina. Pues bien, era exactamente lo mismo que
oíamos de Josefina: allí adelante, a pesar de toda la rutina, el silbido
todavía tímido; aquí, en el público, el silbido infantil y ensimismado. Habría
sido imposible señalar la diferencia. Y sin embargo, de inmediato siseamos y
silbamos para acallar a la entrometida, aunque no habría hecho falta, pues
seguramente se habría encogido por sí misma de miedo y vergüenza, mientras
Josefina entonaba su silbido triunfal y estaba fuera de sí, con los brazos
abiertos y el cuello estirado hasta donde ya no podía estirarse más.
Así es ella siempre, por lo demás. Cualquier pequeñez, cualquier azar,
cualquier contrariedad, un crujido en el piso, un rechinar de dientes, una
falla en la iluminación, le parece apropiado para aumentar el efecto de su
canto. Según ella, canta para oídos sordos; no le faltan entusiasmo ni
aplausos, pero hace mucho que aprendió a renunciar a una verdadera comprensión,
tal como ella la entiende. Por eso todas las molestias le vienen muy bien. Todo
lo que desde afuera se opone a la pureza de su canto, todo lo que es vencido en
una lucha leve, incluso sin lucha, por la simple confrontación, puede
contribuir a despertar a la multitud y a enseñarle, si no comprensión, al menos
un respeto instintivo.
Pero si lo pequeño le sirve de ese modo, cuánto más lo grande. Nuestra
vida es muy agitada; cada día trae sorpresas, angustias, esperanzas y terrores,
de tal modo que nadie podría soportarlo todo si no contara, a cualquier hora
del día o de la noche, con el respaldo de sus compañeros. Incluso así, con
frecuencia se vuelve muy difícil; a veces tiemblan mil hombros bajo una carga
que en realidad estaba destinada a uno solo. Entonces Josefina considera que ha
llegado su hora. Ya está allí, la criatura delicada, vibrando de manera
inquietante sobre todo bajo el pecho; es como si hubiera reunido toda su fuerza
en el canto, como si a todo lo que en ella no sirve directamente al canto se le
hubiera quitado toda energía, casi toda posibilidad de vida; como si estuviera
desnuda, abandonada, confiada únicamente a la protección de buenos espíritus;
como si, mientras así, completamente ajena a sí misma, habita en el canto, un
soplo frío al pasar pudiera matarla. Pero precisamente ante esa visión,
nosotros, sus supuestos adversarios, solemos decirnos: «Ni siquiera sabe
silbar; tiene que esforzarse de un modo terrible, no para cantar —no hablemos
de cantar—, sino para forzarse a emitir, más o menos, el silbido habitual de
nuestro pueblo». Así nos parece, pero, como ya he dicho, esa impresión, aunque
inevitable, es fugaz y pasa pronto. También nosotros nos sumergimos entonces en
el sentimiento de la multitud que escucha, cálida, cuerpo contra cuerpo,
respirando con recogimiento.
Y para reunir a su alrededor a esa multitud, casi siempre en movimiento
y yendo de un lado a otro por motivos que a menudo no están muy claros,
Josefina no necesita por lo general hacer otra cosa que echar hacia atrás la
cabecita, entreabrir la boca y volver los ojos hacia lo alto, en esa postura
que indica que tiene intención de cantar. Puede hacerlo donde quiera; no es
necesario que sea un lugar visible desde lejos: cualquier rincón escondido,
elegido por un capricho momentáneo, sirve igual. La noticia de que quiere
cantar se difunde de inmediato, y pronto las procesiones se encaminan hacia
allí. A veces, claro, surgen obstáculos; Josefina canta con preferencia
justamente en tiempos agitados, cuando las preocupaciones y necesidades nos
obligan a tomar muchos caminos distintos; entonces, ni con la mejor voluntad,
podemos reunirnos tan rápido como Josefina desea, y ella permanece allí, en su
gran actitud, quizá durante un buen rato, sin un número suficiente de oyentes.
Entonces, por supuesto, se enfurece; patalea, maldice de una manera muy poco
femenina, incluso muerde. Pero ni siquiera una conducta así perjudica su fama;
en vez de contener un poco sus excesivas pretensiones, nos esforzamos por
satisfacerlas. Se envían mensajeros para traer oyentes; se mantiene en secreto
ante ella que eso ocurre; se ven apostados centinelas en los caminos de los
alrededores, que les hacen señas a los que llegan para que se apresuren; y todo
esto hasta que finalmente se reúne un número aceptable.
¿Qué impulsa al pueblo a esforzarse tanto por Josefina? Una pregunta
nada fácil de responder, y que además está ligada a la del canto de Josefina.
Podría descartarse y unirse por completo a esa segunda pregunta si pudiera
afirmarse, por ejemplo, que el pueblo está incondicionalmente entregado a
Josefina por su canto. Pero justamente no es así; nuestro pueblo apenas conoce
la entrega incondicional. Este pueblo, que por encima de todo ama la astucia,
por inofensiva que sea, el susurro infantil, el chisme inocente que apenas
mueve los labios, un pueblo así no puede entregarse incondicionalmente. También
Josefina lo siente, y eso es lo que combate con todo el esfuerzo de su débil
garganta.
Desde luego, no hay que llevar demasiado lejos estos juicios generales:
el pueblo sí está entregado a Josefina, solo que no incondicionalmente. Por
ejemplo, sería incapaz de reírse de ella. Podemos admitirlo: en Josefina hay
muchas cosas que invitan a la risa; y la risa, de por sí, siempre está cerca de
nosotros; pese a toda la miseria de nuestra vida, una risa leve vive siempre,
de algún modo, entre nosotros. Pero de Josefina no nos reímos. A veces tengo la
impresión de que el pueblo concibe su relación con Josefina de este modo: ella,
esa criatura frágil, necesitada de cuidado, distinguida de alguna manera —según
ella, distinguida por el canto—, le ha sido confiada, y el pueblo debe velar
por ella. La razón de esto nadie la conoce; solo el hecho parece estar
firmemente establecido. Pero de aquello que nos ha sido confiado uno no se ríe;
reírse sería faltar a un deber. La mayor maldad que los más malvados de entre
nosotros pueden infligirle a Josefina consiste en decir a veces: «Las ganas de
reír se nos quitan cuando vemos a Josefina».
Así cuida el pueblo de Josefina, a la manera de un padre que se hace
cargo de un niño que le tiende la manita —no se sabe bien si pidiendo o
exigiendo—. Podría pensarse que nuestro pueblo no sirve para cumplir esos
deberes paternales, pero en realidad los cumple, al menos en este caso, de
manera ejemplar; ningún individuo podría hacer, en este sentido, lo que el
pueblo en su conjunto es capaz de hacer. Es cierto que la diferencia de fuerza
entre el pueblo y el individuo es tan enorme que basta con que el pueblo
atraiga al desvalido hacia el calor de su cercanía para que quede
suficientemente protegido. A Josefina, sin embargo, no se le puede hablar de
estas cosas. «Me importa un silbido su protección», dice entonces. «Sí, sí, tú
silbas», pensamos nosotros. Y además, en verdad, no es ninguna refutación que
ella se rebele; más bien eso es enteramente propio de los niños y de la
gratitud infantil, y propio del padre es no hacerle caso.
Pero interviene aquí todavía otra cosa, más difícil de explicar a partir
de esta relación entre el pueblo y Josefina. Josefina, en efecto, opina lo
contrario: cree que es ella quien protege al pueblo. Su canto, según ella, nos
salva de una mala situación política o económica; nada menos que eso consigue,
y si no aleja la desgracia, al menos nos da fuerzas para soportarla. Ella no lo
dice así ni de ninguna otra manera; en general habla poco, es callada entre los
parlanchines, pero eso destella en sus ojos y se lee en su boca cerrada —entre
nosotros pocos logran mantener la boca cerrada; ella sí—. Ante cada mala
noticia —y hay días en que se atropellan unas a otras, entre ellas falsas y a
medias ciertas—, se levanta de inmediato, ella, a quien de ordinario el
cansancio parece arrastrar hacia el suelo; se levanta, estira el cuello y busca
abarcar con la mirada su rebaño, como el pastor antes de la tormenta. Es verdad
que también los niños plantean exigencias semejantes, en su manera salvaje y
descontrolada, pero en Josefina no son tan infundadas como en ellos. Desde
luego, no nos salva ni nos da fuerzas; es fácil presentarse después como
salvadora de este pueblo acostumbrado al sufrimiento, que no se cuida a sí
mismo, rápido en sus decisiones, conocedor de la muerte, solo en apariencia
temeroso dentro de la atmósfera de audacia en que vive constantemente y,
además, tan fecundo como valeroso. Es fácil, digo, presentarse después como
salvadora de este pueblo que siempre, de algún modo, se ha salvado a sí mismo,
aunque haya sido a costa de sacrificios ante los cuales el historiador —en
general descuidamos por completo la investigación histórica— quedaría
paralizado de espanto. Y, sin embargo, es verdad que justamente en los momentos
de necesidad escuchamos la voz de Josefina mejor que de costumbre.
Las amenazas que se ciernen sobre nosotros nos vuelven más silenciosos,
más modestos, más dóciles ante la actitud mandona de Josefina; nos reunimos con
gusto, nos apretujamos con gusto unos contra otros, sobre todo porque se trata
de una ocasión que queda por completo al margen de lo principal que nos
atormenta. Es como si, antes del combate, bebiéramos juntos y de prisa —sí, la
prisa es necesaria, y Josefina lo olvida con demasiada frecuencia— una copa de
paz. No es tanto una presentación de canto como una asamblea del pueblo, y una
asamblea en la que, salvo por el pequeño silbido de adelante, reina un silencio
absoluto; la hora es demasiado seria para gastarla en parloteos.
Una relación así, por supuesto, no podría satisfacer a Josefina. A pesar
de toda la nerviosa desazón que le provoca su posición nunca del todo aclarada,
enceguecida por la conciencia que tiene de sí misma, hay muchas cosas que no
ve, y sin gran esfuerzo se la puede llevar a pasar por alto muchas más; un
enjambre de aduladores trabaja siempre en ese sentido, es decir, en realidad,
en un sentido útil para todos. Pero cantar solo de paso, inadvertida, en el
rincón de una asamblea del pueblo: para eso, aunque en sí mismo no sería poca
cosa, Josefina no sacrificaría su canto.
Pero tampoco tiene que hacerlo, pues su arte no pasa inadvertido. Aunque
en el fondo estemos ocupados en cosas muy distintas y el silencio no reine solo
por amor al canto, y aunque más de uno ni siquiera levante la vista, sino que
hunda la cara en el pelaje del vecino, de modo que Josefina, allá arriba,
parece esforzarse en vano, algo de su silbido, sin embargo —esto no puede
negarse—, llega inevitablemente hasta nosotros. Ese silbido que se eleva allí
donde a todos los demás se les ha impuesto silencio llega casi como un mensaje
del pueblo al individuo; el débil silbido de Josefina en medio de decisiones
graves es casi como la pobre existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto
del mundo enemigo. Josefina se sostiene; esa nada de voz, esa nada de ejecución
se sostiene y se abre camino hasta nosotros; reconforta pensar en ello. A un
verdadero artista del canto, si alguna vez apareciera uno entre nosotros, en
semejantes momentos no lo soportaríamos, y rechazaríamos por unanimidad lo
absurdo de semejante representación. Ojalá Josefina nunca llegue a comprender
que el hecho de que la escuchemos es una prueba contra su canto. Alguna
sospecha de esto debe de tener; ¿por qué, si no, negaría con tanta pasión que
la escuchamos? Pero vuelve una y otra vez a cantar, y con su silbido se
sobrepone a esa sospecha.
De todos modos, todavía le quedaría un consuelo: en cierto sentido la
escuchamos de verdad, probablemente de una manera parecida a como se escucha a
un artista del canto. Ella alcanza efectos que un artista del canto intentaría
en vano lograr entre nosotros, y que solo le son concedidos precisamente a sus
medios insuficientes. Esto se relaciona, sin duda, sobre todo con nuestro modo
de vida.
En nuestro pueblo no se conoce la juventud; apenas una brevísima niñez.
Es cierto que periódicamente surgen reclamos para que se les garantice a los
niños una libertad especial, un cuidado especial; para que se reconozca su
derecho a un poco de despreocupación, a un poco de correteo sin sentido, a un
poco de juego, y se les ayude a disfrutarlo. Tales reclamos surgen, y casi
todos los aprueban; no hay nada más digno de aprobación, pero tampoco hay nada
que en la realidad de nuestra vida pueda concederse menos. Se aprueban los
reclamos, se hacen intentos en ese sentido, pero pronto todo vuelve a estar
como antes. Nuestra vida es de tal naturaleza que un niño, apenas puede correr
un poco y distinguir un poco su entorno, debe valerse por sí mismo igual que un
adulto. Los territorios en los que por razones económicas tenemos que vivir
dispersos son demasiado extensos, nuestros enemigos son demasiados, los
peligros que nos acechan en todas partes demasiado incalculables; no podemos
mantener a los niños alejados de la lucha por la existencia; si lo hiciéramos,
sería su fin prematuro.
A estas tristes razones se suma, eso sí, una razón que eleva el ánimo:
la fecundidad de nuestra estirpe. Una generación —y cada una es numerosa—
empuja a la otra; los niños no tienen tiempo de ser niños. Tal vez en otros
pueblos los niños sean cuidadosamente atendidos, tal vez allí se levanten
escuelas para los pequeños, tal vez de esas escuelas salgan cada día los niños,
el futuro del pueblo; pero durante mucho tiempo, día tras día, son siempre los
mismos niños los que salen de allí. Nosotros no tenemos escuelas, pero de nuestro
pueblo brotan, en brevísimos intervalos, las multitudes incontables de nuestros
niños, alegres, siseando o piando mientras aún no pueden silbar, revolcándose o
rodando empujados por la presión mientras aún no pueden caminar, arrastrando
torpemente todo con su masa mientras aún no pueden ver. ¡Nuestros niños! Y no
como en aquellas escuelas, donde son siempre los mismos; no, siempre, una y
otra vez, nuevos, sin fin, sin interrupción. Apenas aparece un niño, ya no es
niño, pero detrás de él empujan ya los nuevos rostros infantiles,
indistinguibles en su multitud y en su prisa, sonrosados de felicidad. Por
hermoso que esto sea, y por mucho que otros puedan envidiarnos con razón, no
podemos darles a nuestros niños una verdadera infancia. Y eso tiene sus consecuencias.
Una cierta infantilidad que no muere ni puede arrancarse penetra nuestro
pueblo. En contradicción directa con nuestra mejor cualidad, el infalible
sentido práctico, a veces actuamos de un modo completamente necio, y
precisamente como actúan los niños cuando son necios: sin sentido, pródigos,
generosos, ligeros, y todo eso a menudo solo por una pequeña diversión. Y
aunque nuestra alegría, desde luego, ya no puede tener toda la fuerza de la
alegría infantil, algo de ella vive todavía en nosotros. De esta infantilidad
de nuestro pueblo se aprovecha Josefina desde siempre.
Pero nuestro pueblo no solo es infantil; también es, en cierto modo,
prematuramente viejo. Infancia y vejez se manifiestan entre nosotros de manera
distinta que en otros pueblos. No tenemos juventud; somos de inmediato adultos,
y luego somos adultos durante demasiado tiempo. De ahí que una cierta fatiga y
desesperanza cruce con amplia huella el carácter de nuestro pueblo, que en
conjunto es, sin embargo, tan tenaz y tan fuerte en la esperanza. Con esto se
relaciona quizá también nuestra falta de musicalidad; somos demasiado viejos
para la música. Su agitación, su arrebato, no se ajustan a nuestra pesadez;
cansados, la apartamos con un gesto. Nos hemos retirado al silbido: un poco de
silbido aquí y allá, eso es lo adecuado para nosotros. Quién sabe si no habrá
talentos musicales entre nosotros; pero si los hubiera, el carácter de los
demás tendría que sofocarlos antes de que pudieran desarrollarse. En cambio,
Josefina puede silbar o cantar o llamarlo como quiera; eso no nos molesta, eso
nos va bien, eso sí podemos soportarlo. Si en ello hubiera algo de música,
estaría reducido a la mayor insignificancia posible; se conserva cierta
tradición musical, pero sin que nos pese en lo más mínimo.
Pero Josefina le ofrece todavía algo más a este pueblo así dispuesto. En
sus conciertos, sobre todo en tiempos difíciles, solo los más jóvenes se
interesan aún por la cantora como tal; solo ellos miran con asombro cómo frunce
los labios, expulsa el aire entre los lindos dientecitos delanteros, se queda
extasiada ante los sonidos que ella misma produce y aprovecha ese
desfallecimiento para animarse a una nueva ejecución, cada vez más
incomprensible incluso para ella. Pero la verdadera multitud —esto se reconoce
claramente— se ha replegado sobre sí misma. Aquí, en las pobres pausas entre
las luchas, el pueblo sueña; es como si al individuo se le aflojaran los
miembros, como si al inquieto le fuera permitido estirarse y desperezarse a
gusto, por una vez, en la gran cama tibia del pueblo. Y en esos sueños resuena
de vez en cuando el silbido de Josefina. Ella lo llama perlado; nosotros lo
llamamos entrecortado. En cualquier caso, está aquí en su lugar como en ninguna
otra parte, como rara vez la música encuentra el instante que la espera. Hay en
él algo de la pobre y breve infancia, algo de una felicidad perdida que nunca
volverá a encontrarse, pero también algo de la vida activa de hoy, de su
pequeña, incomprensible y sin embargo existente e indestructible alegría. Y
todo eso, en verdad, no se dice con grandes tonos, sino de manera leve,
susurrante, confidencial, a veces un poco ronca. Naturalmente, es un silbido.
¿Cómo no habría de serlo? El silbido es la lengua de nuestro pueblo; solo que
muchos silban toda la vida sin saberlo, mientras que aquí el silbido queda
liberado de las ataduras de la vida cotidiana y también nos libera a nosotros
por un breve rato. Sin duda, no querríamos prescindir de estas presentaciones.
Pero de ahí a la afirmación de Josefina de que en tales tiempos nos da
nuevas fuerzas, y así sucesivamente, hay todavía un largo camino. Para la gente
común, por supuesto, no para los aduladores de Josefina. «¿Cómo podría ser de
otro modo?», dicen ellos con una audacia bastante despreocupada. «¿De qué otra
manera podría explicarse la gran afluencia de público, sobre todo bajo un
peligro inmediato y apremiante, que ya a veces incluso ha impedido la defensa
suficiente y oportuna contra ese mismo peligro?». Pues bien, esto último, por
desgracia, es cierto; pero no es ninguna gloria de Josefina, especialmente si
se añade que, cuando tales reuniones fueron dispersadas por sorpresa por el
enemigo y más de uno de los nuestros tuvo que dejar la vida, Josefina, que
había causado todo aquello e incluso quizá había atraído al enemigo con su
silbido, siempre estuvo en el lugar más seguro y desapareció primero, muy
callada y a toda prisa, bajo la protección de sus partidarios. En el fondo,
todos lo saben, y sin embargo vuelven a correr hacia ella cuando Josefina, en
cualquier lugar y en cualquier momento, se levanta a cantar según su antojo.
De esto podría concluirse que Josefina está casi fuera de la ley, que se
le permite hacer lo que quiera, incluso si pone en peligro a la comunidad, y
que todo se le perdona. Si así fuera, sus pretensiones serían plenamente
comprensibles; es más, en esa libertad que el pueblo le concedería, en ese
regalo extraordinario, no otorgado a nadie más, que en realidad contradice las
leyes, podría verse en cierto modo la confesión de que el pueblo no comprende a
Josefina, tal como ella afirma, de que contempla su arte sin poder hacer nada,
se siente indigno de él y se esfuerza por compensar con un esfuerzo
verdaderamente desesperado el dolor que eso le causa; y así como su arte está
fuera de su capacidad de comprensión, también coloca a su persona y sus deseos
fuera del alcance de sus mandatos. Pues bien, esto no es en absoluto cierto.
Tal vez en casos aislados el pueblo capitule demasiado pronto ante Josefina,
pero así como no capitula incondicionalmente ante nadie, tampoco lo hace ante
ella.
Desde hace mucho tiempo, quizá desde el comienzo de su carrera
artística, Josefina lucha para que, en consideración a su canto, se la libere
de todo trabajo; habría que quitarle, por tanto, la preocupación por el pan de
cada día y por todo lo que está ligado a nuestra lucha por la existencia, y
cargársela —probablemente— al pueblo en su conjunto. Un entusiasta fácil
—también los hay— podría deducir ya de la mera singularidad de esta exigencia,
del estado de ánimo capaz de concebir semejante exigencia, su legitimidad
interior. Pero nuestro pueblo saca otras conclusiones y rechaza la petición con
calma. Tampoco se esfuerza mucho en refutar sus argumentos. Josefina señala,
por ejemplo, que el esfuerzo del trabajo perjudica su voz; que, aunque el
esfuerzo del trabajo es pequeño en comparación con el del canto, le quita la
posibilidad de descansar lo suficiente después de cantar y de fortalecerse para
un nuevo canto; que debe agotarse por completo y que, sin embargo, en esas
circunstancias nunca puede alcanzar su máximo rendimiento. El pueblo la escucha
y pasa de largo. Este pueblo tan fácil de conmover a veces no se deja conmover
en absoluto. El rechazo es a veces tan duro que la propia Josefina se queda
perpleja; parece someterse, trabaja como corresponde, canta tan bien como
puede, pero todo eso solo por un tiempo; luego reanuda la lucha con nuevas
fuerzas —para eso parece tenerlas ilimitadas—.
Ahora bien, está claro que Josefina no aspira en realidad a lo que pide
literalmente. Es sensata, no le teme al trabajo, como tampoco la pereza se
conoce entre nosotros; aun si su exigencia fuera concedida, seguramente no
viviría de otro modo que antes. El trabajo no le estorbaría en absoluto el
canto, y el canto, por cierto, tampoco se volvería más hermoso. Lo que busca
es, por tanto, solo el reconocimiento público, inequívoco, duradero, que
atraviese los tiempos y se eleve por encima de todo lo conocido hasta ahora, de
su arte. Pero mientras casi todo lo demás parece estar a su alcance, esto se le
niega obstinadamente. Tal vez debió dirigir el ataque en otra dirección desde
el principio; tal vez ahora ella misma ve el error, pero ya no puede
retroceder. Retroceder sería traicionarse a sí misma; ahora tiene que sostenerse
o caer con esta exigencia.
Si de verdad tuviera enemigos, como dice, estos podrían contemplar
divertidos esta lucha sin mover un dedo. Pero no tiene enemigos, y aunque
alguno que otro le haga objeciones, esta lucha no divierte a nadie. Ya por el
solo hecho de que aquí el pueblo se muestra en su fría actitud de juez, como
muy rara vez se lo ve entre nosotros. Y aunque uno apruebe esa actitud en este
caso, la sola idea de que alguna vez el pueblo pudiera comportarse de modo
semejante con uno mismo excluye toda alegría. Tanto en el rechazo como en la
exigencia, no se trata de la cosa misma, sino de que el pueblo pueda cerrarse
de un modo tan impenetrable ante uno de sus miembros, y tanto más
impenetrablemente cuanto que por lo demás cuida de ese mismo miembro de manera
paternal y más que paternal, con humildad.
Si en lugar del pueblo hubiera aquí un individuo, podría creerse que ese
hombre cedió todo el tiempo ante Josefina bajo el ardiente y continuo deseo de
poner por fin término a su condescendencia; que cedió de manera sobrehumana, en
la firme creencia de que las concesiones encontrarían a pesar de todo su límite
justo; es más, que cedió más de lo necesario solo para acelerar las cosas, solo
para malcriar a Josefina e impulsarla a deseos siempre nuevos, hasta que ella
formulara de verdad esa última exigencia; y entonces, como todo estaba
preparado desde hacía tiempo, habría ejecutado por fin, de manera breve, el
rechazo definitivo. Pues bien, no ocurre así en absoluto. El pueblo no necesita
esas astucias; además, su veneración por Josefina es sincera y probada, y la
exigencia de Josefina es tan desmesurada que cualquier niño sin prejuicios
habría podido prever su desenlace. Con todo, puede ser que en la idea que
Josefina tiene del asunto intervengan también sospechas de ese tipo y que ellas
añadan amargura al dolor de la rechazada.
Pero aunque tenga tales sospechas, no se deja intimidar. En los últimos
tiempos, incluso, la lucha se ha agudizado; si hasta ahora la había llevado
solo con palabras, ahora empieza a emplear otros medios que, según ella, son
más eficaces y, según nosotros, más peligrosos para ella misma.
Algunos creen que Josefina se vuelve tan insistente porque siente que
envejece, que la voz muestra debilidades y que, por lo tanto, le parece que ha llegado
la hora suprema de librar la última lucha por su reconocimiento. Yo no lo creo.
Josefina no sería Josefina si eso fuera verdad. Para ella no hay vejez ni
debilidades de la voz. Cuando exige algo, no la mueven circunstancias externas,
sino una coherencia interior. Extiende la mano hacia la corona más alta, no
porque en ese momento cuelgue un poco más baja, sino porque es la más alta; si
estuviera en su poder, la colgaría todavía más arriba.
Este desprecio por las dificultades externas no le impide, desde luego,
emplear los medios más indignos. Su derecho no le ofrece ninguna duda; ¿qué
importa entonces cómo lo alcance, sobre todo si, en este mundo tal como ella se
lo representa, precisamente los medios dignos tienen que fracasar? Tal vez por
eso mismo ha trasladado la lucha por su derecho fuera del ámbito del canto,
hacia otro que le importa poco. Su séquito ha hecho circular declaraciones
suyas según las cuales se siente plenamente capaz de cantar de tal modo que
para el pueblo, en todas sus capas y hasta en la oposición más oculta, sería un
verdadero placer; verdadero placer no en el sentido del pueblo, que afirma
sentir ese placer desde siempre ante el canto de Josefina, sino placer en el
sentido del anhelo de Josefina. Pero, añade ella, como no puede falsificar lo
elevado ni halagar lo vulgar, las cosas deben quedar como están. Distinto es el
caso de su lucha por la exención del trabajo: también es, sin duda, una lucha
por su canto, pero aquí no combate directamente con la preciosa arma del canto;
cualquier medio que emplee es, por lo tanto, lo bastante bueno.
Así se difundió, por ejemplo, el rumor de que Josefina tenía intención,
si no cedían ante ella, de recortar las coloraturas. Yo no sé nada de
coloraturas; nunca he notado nada semejante en su canto. Pero Josefina quiere
recortar las coloraturas, por ahora no suprimirlas, sino solo recortarlas.
Según se dice, ha cumplido su amenaza; por mi parte, no he notado diferencia
alguna respecto de sus presentaciones anteriores. El pueblo en su conjunto la escuchó
como siempre, sin pronunciarse sobre las coloraturas, y tampoco cambió el
tratamiento de la exigencia de Josefina. Por lo demás, Josefina, así como en su
figura, también en su pensamiento tiene a veces algo indudablemente gracioso.
Así, por ejemplo, después de aquella presentación, como si su decisión respecto
de las coloraturas hubiera sido demasiado dura o demasiado repentina para el
pueblo, declaró que la próxima vez volvería a cantar las coloraturas completas.
Pero después del concierto siguiente volvió a cambiar de opinión: ahora sí se
habían acabado definitivamente las grandes coloraturas y no volverían antes de
una decisión favorable para Josefina. Pues bien, el pueblo pasa por alto todas
estas declaraciones, decisiones y cambios de opinión, como un adulto sumido en
sus pensamientos pasa por alto la charla de un niño, con buena disposición,
pero inalcanzable.
Josefina, sin embargo, no cede. Hace poco afirmó, por ejemplo, que se
había lastimado un pie durante el trabajo, lo que le hacía difícil permanecer
de pie mientras cantaba; pero como solo puede cantar de pie, ahora incluso debe
acortar los cantos. Aunque cojea y se deja sostener por su séquito, nadie cree
en una lesión verdadera. Aun admitiendo la especial sensibilidad de su
cuerpecito, nosotros somos un pueblo trabajador y Josefina pertenece a él; si
quisiéramos cojear por cada rasguño, el pueblo entero no dejaría nunca de
cojear. Pero aunque se deje llevar como una inválida, aunque en ese estado
lamentable se muestre con más frecuencia que de costumbre, el pueblo escucha su
canto con gratitud y embeleso, igual que antes, y no hace mucho caso por el
acortamiento.
Como no puede cojear sin descanso, inventa otra cosa: alega cansancio,
mal humor, debilidad. Además del concierto, ahora tenemos también un
espectáculo. Vemos detrás de Josefina a su séquito, que le ruega y le suplica
que cante. Ella querría, pero no puede. La consuelan, la miman, casi la llevan
en brazos al lugar ya elegido donde debe cantar. Finalmente, con lágrimas
inexplicables, cede. Pero cuando quiere disponerse a cantar, con lo que parece
ser su última voluntad, cuando está allí de pie, exhausta, no con los brazos
extendidos como de costumbre sino colgando inertes a los costados, de modo que
se tiene la impresión de que quizá son un poco demasiado cortos; cuando quiere
empezar, he aquí que no puede. Un involuntario movimiento de cabeza nos lo
indica, y ella se derrumba ante nuestros ojos. Luego, sin embargo, se repone y
canta; a mí me parece que no muy distinto de lo habitual. Tal vez, si uno tiene
oído para los matices más finos, advierta una excitación poco común, que por lo
demás le sienta bien a la cosa. Al final está incluso menos cansada que antes;
con paso firme —si se puede llamar así a su menudo trotecito— se aleja, rechaza
toda ayuda de sus partidarios y mide con fría mirada a la multitud, que se
aparta respetuosamente ante ella.
Así ocurrió la última vez. Pero lo más reciente es que, cuando se
esperaba que cantara, Josefina desapareció. No solo la busca su séquito; muchos
salen también a buscarla. Todo es en vano. Josefina ha desaparecido; no quiere
cantar, ni siquiera quiere que se lo pidan; esta vez nos ha abandonado por
completo.
Es extraño lo mal que calcula, la astuta; calcula tan mal que podría
creerse que no calcula en absoluto, sino que es arrastrada por su destino, que
en nuestro mundo solo puede ser triste. Ella misma se aparta del canto, ella
misma destruye el poder que se había ganado sobre los ánimos. ¿Cómo pudo
ganarse ese poder, si conoce tan poco esos ánimos? Se esconde y no canta, pero
el pueblo, tranquilo, sin decepción visible, dueño de sí mismo, masa que reposa
en sí misma y que, aunque las apariencias digan lo contrario, solo puede dar y
nunca recibir, ni siquiera de Josefina; el pueblo sigue su camino.
Pero a Josefina las cosas tendrán que irle cuesta abajo. Pronto llegará
el momento en que su último silbido suene y se apague. Ella es un pequeño
episodio en la eterna historia de nuestro pueblo, y el pueblo superará la
pérdida. No nos será fácil; ¿cómo podrán celebrarse nuestras asambleas en
completo silencio? Aunque, ¿no eran silenciosas también con Josefina? ¿Era su
silbido real mucho más sonoro y vivo de lo que será el recuerdo? ¿Fue acaso,
incluso mientras ella vivía, algo más que un simple recuerdo? ¿No habrá sido
más bien que el pueblo, en su sabiduría, elevó tanto el canto de Josefina
precisamente porque, de ese modo, era imposible perderlo?
Quizá, entonces, no extrañemos demasiado; Josefina, en cambio, liberada
del tormento terrenal que, según ella, está reservado a los elegidos, se
perderá alegremente en la innumerable multitud de los héroes de nuestro pueblo,
y pronto, puesto que no cultivamos la historia, será olvidada, como todos sus
hermanos, en una redención más alta.
FIN
Propongo que no respondamos a Kafka con una explicación de Josefina, ni con
una interpretación que pretenda resolver el enigma de su canto. Respondamos con
otro cuento: uno en el que la comunidad no necesite convertir a alguien en
salvador, pero tampoco aplaste su singularidad; donde el acontecimiento no
pertenezca ni al individuo ni a la multitud. El entre sentido no será una
moraleja: tendrá que acontecer en el relato.
La canción que no tenía dueño
Un cuento para redevelar el entre sentido
En un pueblo rodeado de montañas había una plaza en la que nadie se detenía
demasiado tiempo.
No era porque faltaran bancos, ni porque el sol quemara, ni porque sus
habitantes no se conocieran. Era porque todos tenían algo que hacer y, cuando
terminaban una tarea, ya estaban pensando en la siguiente.
En ese pueblo vivía una mujer que acostumbraba sentarse junto a una fuente
seca. No tenía una voz extraordinaria. Tampoco tocaba instrumento alguno. A
veces canturreaba mientras remendaba una manta; otras veces guardaba silencio y
observaba cómo el viento levantaba el polvo de la plaza.
Un día, un niño se sentó a su lado.
—¿Por qué cantas si nadie te escucha?
La mujer siguió remendando.
—¿Y cómo sabes que nadie escucha?
El niño no supo qué responder.
Al día siguiente volvió con su hermana. Después llegaron otros niños.
Algunos adultos se detenían un instante, pero enseguida recordaban sus
obligaciones y continuaban caminando.
La mujer no los llamaba. Tampoco les pedía que se quedaran.
Una tarde, mientras canturreaba, una anciana empezó a acompañarla con un
sonido apenas perceptible. No era una segunda voz: era el ruido de sus manos al
trabajar una pequeña cesta de mimbre. El niño golpeó suavemente una piedra
contra otra. Su hermana hizo sonar el agua que quedaba en una botella. Alguien,
desde una ventana, dejó escapar una risa.
La mujer interrumpió su canto.
—¡Ahora sí! —exclamó el niño—. ¡Ahora todos están cantando contigo!
—No —dijo ella—. Yo estaba cantando antes de que ustedes llegaran.
El niño se quedó pensativo.
—Entonces, ¿quién está cantando ahora?
La mujer no respondió.
Con el tiempo, la plaza empezó a llenarse a ciertas horas. Los vecinos
llegaban con sus herramientas, sus alimentos, sus preocupaciones y sus
noticias. Algunos cantaban; otros discutían; otros simplemente descansaban.
Pero pronto aparecieron quienes quisieron organizar aquello.
Un hombre propuso que la mujer cantara todos los días a la misma hora. Otro
sugirió construirle un escenario. Un tercero dijo que había que proteger su voz
y liberarla de sus tareas. Alguien incluso propuso cobrar una entrada para
sostener el encuentro.
La mujer escuchó las propuestas.
—¿Y quién se ocupará de la fuente? —preguntó.
—Eso no tiene importancia —respondió el organizador—. Lo importante es que
tu canto sea reconocido.
—¿Y quién reparará los bancos?
—Ya veremos.
—¿Y quién escuchará a los que no saben cantar?
El hombre sonrió con indulgencia.
—No todos tienen talento, mujer. Cada uno debe ocupar su lugar.
Desde aquel día levantaron un pequeño escenario. Colocaron un cartel con el
nombre de la cantora y anunciaron sus presentaciones. La plaza se llenó de
público. La mujer subió al escenario y cantó.
La gente aplaudió.
Pero la fuente seguía seca, los bancos estaban rotos y los vecinos que antes
conversaban ahora esperaban que comenzara el espectáculo. Cuando terminaba, se
marchaban.
La mujer dejó de cantar.
Los organizadores se inquietaron. Le dijeron que estaba perjudicando al
pueblo, que la gente necesitaba su voz, que no podía abandonar una
responsabilidad que ella misma había creado.
—Yo no les pedí que me necesitaran —contestó.
—Pero ahora te necesitan.
—¿Para qué?
Nadie supo responder.
Pasaron algunos meses. Una noche, una lluvia inesperada cayó sobre el
pueblo. El agua descendió desde las montañas y entró en las casas. La plaza se
convirtió en un río de barro. Los vecinos salieron a proteger sus pertenencias,
pero pronto comprendieron que nadie podía hacerlo todo por sí mismo.
Unos levantaron sacos de arena. Otros abrieron canales. Los niños llevaron
lámparas. La anciana de la cesta de mimbre ofreció su casa a quienes habían
perdido la suya. El hombre que había construido el escenario lo desmontó para
utilizar sus tablas en una compuerta.
La mujer también salió. No cantó. Ayudó a levantar una pared.
Cuando el agua comenzó a retirarse, alguien empezó a tararear. Era el niño
que años atrás le había preguntado por qué cantaba si nadie la escuchaba.
La mujer lo reconoció.
Después canturreó la anciana. Más allá, un hombre golpeó dos tablas para
marcar el ritmo de quienes retiraban el barro. Una niña inventó una melodía con
las palabras que había oído durante la noche.
No era un concierto. Tampoco una asamblea organizada. Había voces que se
confundían, silencios que no necesitaban explicarse, discusiones que
interrumpían el canto y risas que no estaban previstas.
Al amanecer, la fuente volvió a tener agua.
El niño se acercó a la mujer.
—¿Ves? Al final todos aprendimos tu canción.
Ella miró la plaza. Vio que algunos cantaban como ella, otros de una manera
completamente distinta y otros no cantaban en absoluto.
—No aprendieron mi canción —dijo—. Y tampoco es necesario que aprendan la de
otro.
—Entonces, ¿qué aprendimos?
La mujer hundió las manos en el agua de la fuente.
—Quizá aprendimos a no dejar que una sola voz tenga que sostener lo que solo
puede sostenerse entre todos.
El niño sonrió.
—¿Y mañana volveremos a cantar?
—Mañana tendremos que reparar el puente.
—¿Y después?
—Después ya veremos.
Desde entonces, en el pueblo nadie volvió a anunciar la hora de la canción.
Tampoco se prohibieron los conciertos, ni se destruyó el escenario. A veces
alguien subía a él y cantaba para los demás. Otras veces el escenario servía
para una reunión, para una representación teatral o para almacenar las
herramientas de quienes reparaban las casas.
La mujer siguió canturreando junto a la fuente, aunque cada vez con menos
frecuencia. No se convirtió en una leyenda. Algunos recordaban su voz; otros,
la lluvia; otros, la noche en que desmontaron el escenario.
Y hubo quienes aseguraron que nunca había existido una canción.
Pero cuando alguien llegaba a la plaza y preguntaba quién era el dueño de
aquella música, los vecinos se miraban unos a otros.
Nadie respondía.
No porque hubieran olvidado quién había comenzado a cantar, sino porque
habían descubierto que comenzar algo no era lo mismo que poseerlo.
La fuente seguía dando agua. El pueblo seguía teniendo conflictos,
desigualdades y días de silencio. A veces volvían los organizadores, los
aduladores y quienes querían decidir quién podía hablar y quién debía escuchar.
A veces la plaza se vaciaba.
Pero, de vez en cuando, alguien se detenía junto a otro y comenzaba algo que
ninguno de los dos había previsto.
Y entonces, sin que nadie pudiera señalar exactamente dónde había comenzado
ni quién lo había producido, volvía a escucharse aquella canción.
No era la canción de la mujer.
No era la canción del pueblo.
Era lo que acontecía entre ellos cuando ninguno pretendía ser su dueño.
Qué hemos alterado respecto de Kafka
En Josefina la cantora o el pueblo de los ratones, Kafka deja una tensión
sin resolver: ¿la cantora protege al pueblo o el pueblo la protege a ella? ¿El
canto es arte o silbido común? ¿La multitud la escucha realmente o encuentra en
ella el reflejo de su propia existencia? Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando una
singularidad exige que la comunidad la reconozca y la sostenga?
Nuestro cuento desplaza esa tensión, pero no la cancela.
1. De
la cantora al acontecimiento: no negamos la singularidad de quien canta;
cuestionamos que esa singularidad pueda apropiarse de lo que acontece entre
quienes escuchan.
2. De
la comunidad protectora a la comunidad corresponsable: el pueblo no es un padre
que concede protección ni una multitud que entrega su destino a una figura.
También puede equivocarse, capturar y excluir.
3. Del
reconocimiento a la reciprocidad: no basta con aplaudir, admirar o agradecer.
La relación cambia cuando quienes participan pueden alterar y contraalterar lo
que hacen juntos.
4. Del
canto como representación al canto como acontecimiento: no importa resolver si
aquello era música o silbido. Importa que la experiencia no se agote en la clasificación
de lo que se escucha.
Hay una diferencia que conviene mantener abierta: el entre sentido no
aparece porque todos se reúnan, canten o colaboren. La inundación tampoco
produce automáticamente comunión. El pueblo sigue teniendo conflictos y puede
volver a capturar su propia experiencia. El entre sentido acontece sin garantía
y no queda asegurado por una institución, una cantora ni una comunidad.
Y aquí está la diferencia decisiva con el final de Kafka: Josefina
desaparece y el pueblo continúa, como si su singularidad pudiera ser absorbida
por la historia colectiva. En nuestro cuento, ni la mujer desaparece dentro del
pueblo ni el pueblo queda subordinado a ella. Lo que se redevela es una
relación que no pertenece a ninguna de las partes.
La canción no tiene dueño, pero tampoco aparece de la nada: nace de una
historia, de unos cuerpos, de unas necesidades y de unas relaciones que pueden
volver a cerrarse o abrirse.
Ese es el entre sentido que nuestro cuento intenta hacer acontecer.
Descansa
amigo de todo proceso
Nadie podrá apropiarse
de tu fantasía
Y al mismo
tiempo está en todos nosotros
Algunos aduladores
quisieron hacer bustos
de tu
cucaracha
Son muy
pocos
Los que se
reconocieron
Entre la
cucaracha y el hombre
Pero a esos
pocos
La humanidad
les sigue siendo extraña
Y la monstruosidad amigable.

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