sábado, 26 de septiembre de 2026

Las manos de Dios

 

 

Las   manos de Dios

 

Hasta ayer, no tenía la intención definitiva de suicidarme. Más de uno debe haber notado que últimamente estoy cansado tanto física como mentalmente. Yo mismo no lo entiendo del todo, pero no es el resultado de un incidente particular, ni una cuestión específica. Simplemente quiero decir que he perdido la confianza en el futuro. Quizás mi suicidio pueda perturbar o ser un duro golpe para ciertas personas. Espero sinceramente que este incidente no ensombrezca la vida de esta persona. En cualquier caso, no puedo negar que esta es una especie de traición. Disculpe mi comportamiento. Es el último acto que hago a mi manera, como he venido haciendo mi manera toda mi vida.

Yutaka Taniyama (matemático) 1958

 

Del face de mi amigo Miguel Blásica 

 

 Mis muertos tristes

 

Mariana Enríquez
(Cuento completo) 

 

Ahora es tiempo de que ustedes vuelvan. Ya se fueron suficiente tiempo.

LYDIA DAVIS,
Ni puedo ni quiero  

 

Primero, creo, debo describir el barrio. Porque en el barrio está mi casa, y en la casa está mi madre. Una cosa no se entiende sin la otra. No se entiende por qué no me voy. Porque puedo irme. Puedo irme mañana.

El barrio ha cambiado desde mi infancia. Solía ​​ser viviendas para obreros construidos en los años treinta en calles angostas; casas de piedra, hermosos jardines pequeños y ventanas altas con persianas de hierro. Se puede decir que los propios vecinos las fueron arruinando con sus innovaciones: los aires acondicionados, los techos de tejas, algún piso más arriba construido con materiales diferentes, revestimientos y pinturas exteriores de colores ridículos, o la eliminación de las puertas de madera originales reemplazadas por otras más baratas. Pero, además del mal gusto, el barrio se tornó isla. De un lado nos limita la avenida: es como un río feo, se cruza, no hay mucho en sus orillas. Pero al sur tenemos los monoblocs que se fueron volviendo más y más peligrosos, con los chicos que venden paco en las escaleras ya veces se tirotean si hubo alguna escaramuza o si simplemente están de malhumor porque perdieron un partido de fútbol. Al norte había un parque donde iba a construirse no sé qué centro deportivo que nunca se llevó a cabo y ahora el predio está ocupado por casas pobrísimas; las mejores, de ladrillo hueco, y las más precarias, de chapa y cartón. Los monoblocs y esta villa se comunican. Entiendo lo que pasa: cuando la miseria acecha de la forma en que acecha en mi país y en mi ciudad, si hay que recurrir a lo ilegal para sobrevivir, se recurre. Se gana más dinero que en un trabajo legal. Además, no hay tanto trabajo legal, para nadie. Y si vivir mejor implica un riesgo, bueno, hay mucha gente dispuesta a tomarlo.

La mayoría de mis vecinos, los de esta isla de casitas construidas cuando el mundo era otro, no creen lo mismo. Quiero aclarar: yo también tengo miedo. Yo tampoco quiero que me atrape una bala perdida, a mí oa mi hija cuando viene de visita (poco), ni que me roben sistemáticamente en la parada del colectivo o cada vez que el auto se ve detenido por la luz roja en la esquina de los monoblocs. Yo también vuelvo llorando cuando un adolescente enarbola un cuchillo y me arrebata el teléfono. Pero no quiero matarlos a todos. No creo que sean lacras y negros y extranjeros y descartables e irrecuperables. Mi exmarido, que vive en la Patagonia y trabaja en una empresa petrolera, me dice que los vecinos están asustados. Yo le digo que el fascismo en general empieza con miedo y se transforma en odio. Él me dice que venda la casa y que me mude al Sur, cerca de él. Estamos separados, pero somos amigos. Siempre fuimos amigos. Su nueva mujer es adorable. Yo suelo poner por excusa a Carolina, nuestra hija, pero es solo una excusa. Carolina vive lejos de mí y de esta casa y trabaja como productora de moda en una revista de páginas satinadas. No me necesita.

Yo me quedo porque mi madre vive aquí. ¿Una muerta puede vivir? Está presente, entonces. Desde que la descubrí entiendo mejor la palabra. La presentí antes de verla.

Mi madre fue una mujer feliz hasta que se enfermó de cáncer y vino a mi casa a morir. La agonía fue larga, dolorosa e indigna. No siempre es así. El sabio enfermo que desde su cama, ya sin pelo y con la piel amarillenta, imparte lecciones de vida es una romantización ridícula, pero es cierto que hay personas que sufren menos. Se trata de fisiología y también de temperamento. Mi madre tenía reacciones alérgicas a la morfina. No podía usarla. Tuvimos que recurrir a analgésicos inútiles. Murió gritando. Una enfermera y yo la cuidamos todo lo que pudimos. No pudimos mucho. Soy médica, pero hace rato que no trabajo con pacientes y prefiero ser administrativo en una empresa de medicina privada. A los sesenta ya no tengo ánimo, paciencia ni pasión. También es cierto que durante mucho tiempo negué (la negación es una droga poderosa) lo que tuve que asumir con mi madre. Hay fantasmas que se me presentan. Que me buscan. No los veo yo sola: en el hospital, las enfermeras salían corriendo. Yo las tranquilizaba, les decía «chicas, están sugestionadas».

La escuché gritará una mañana, a mi madre. No una madrugada, no durante la noche: a esa hora llena de luz, tan extraña para un fantasma. Las casas del barrio, aunque bonitas, están muy cerca, a la manera de las británicas adosadas: fueron construidas por empresarios ingleses del ferrocarril para sus trabajadores. Mi vecina Mari, que nunca sale de su casa porque tiene terror a que le roben y la maten y quién sabe qué otras fantasías fóbicas, se asomó desde su ventana, que da a mi pequeño jardín delantero, con los ojos desorbitados justo cuando yo salía para verificar que no hubiera nadie en la calle, un acto reflejo tonto empujado por mi propio pánico: no podía creer estar escuchando los gritos de mi madre muerta. Pensé que, quizás, se refería a alguien en la calle. Un accidente, una pelea. Mari también recordaba los gritos verdaderos de mi madre y estaba estupefacta, helada.

–Es la televisión, Mari, métase adentro –le dije.

–¿Es que usted se da cuenta del parecido, doctora?

–Mucho. Estoy muy impresionada.

Y entrada.

Como no sabía qué hacer, me puse a buscar la fuente de los gritos por la casa ya pedir, como si rezara, que bajase el volumen. No le pedí que dejara de aullar: que fuese más discreto, eso le pedía. Se lo había pedido a otros fantasmas en el hospital antes, en una clínica después. A veces funcionaba, este ruego. Mi madre siempre tuvo sentido del humor, así que el pedido de bajar el volumen la hizo reír. No la encontré ese día, que me tomé libre en el trabajo, pero sí por la noche, sentada en el piso de la habitación donde había muerto, ahora convertida en un depósito de muebles que nunca me tomo el tiempo de tirar o regalar. Estaba delgada, pero como al principio de su cáncer; no era esa mujer seca y afiebrada de los últimos meses. No quise acercarme: apoyada en la puerta, con las rodillas temblando, le canté. Y mientras cantaba me dejé caer hasta que quedamos las dos frente a frente, sentadas, yo con las piernas cruzadas, ella sobre sus rodillas. Era la canción que la tranquilizaba cuando el dolor era insoportable, o al menos eso elegía creer yo. Esa noche no gritó.

Pero los fantasmas, aprendí, se fastidian. No sé qué piensan, si es que piensan, porque más bien repiten, y las repeticiones parecen actos reflejos sin pensamiento, pero sí que hablan y sí que opinan y sí que tienen arranques de malhumor. Mi madre anda por la casa, a veces siente mi presencia, a veces no. Y de vez en cuando parece que le vuelve la furia. La de su cuerpo degradado, la del año contranatura y la humillación; ella había sido elegante, recuerdo que lloraba «el olor, el olor». Era peor que el sufrimiento físico, a veces. Entonces grita. A veces son gritos de pura rabia. Yo tengo varias formas de tranquilizarla que no tiene sentido enumerar aquí.

Lo interesante es lo que empezó a pasar en el barrio. Entonces me di cuenta de que ni yo estaba loca –lo pensé: cualquiera que ve a su madre muerta subiendo una escalera lo piensa– ni ella era un fantasma único.

Mis vecinos hacen reuniones de «seguridad». No conseguirán mucho. En el barrio hubo algunas invasiones a casas, robos violentos, le pegaron a una anciana. Es horrible lo que pasa. Pero ellos son todavía más horribles. En las reuniones gritan que pagan sus impuestos (es parcialmente cierto: la mitad evade lo que puede, como todo argentino de clase media), que se compran armas y hacen cursos para usarlas, y describen las maneras en que piensan que la policía debe actuar: siempre proponen el asesinato, el insulto, el ejemplo medieval o el ojo por ojo o cosas por el estilo. Hay un hombre mayor, un poco más que yo, a quien no conozco, que dice que es necesario exhibir las cabezas de estos «negros» en picas, como en la época de la Colonia. Nadie lo censura, nadie ni siquiera pone los ojos en blanco. Todas las reuniones terminan con el recuerdo de los buenos abuelos de los vecinos, esos inmigrantes europeos que vinieron con una mano atrás y otra adelante, que llegaron para trabajar honestamente, que eran pobres pero dignos. Otro mito. Los inmigrantes de aquella época eran, en muchos casos, pobres y ladronzuelos, otros eran anarquistas perseguidos por la policía, en gran parte se convirtieron en comerciantes deshonestos que preferían ganar dinero antes de plantearse cualquier tipo de responsabilidad ética. Pero ya no discuto, si alguna vez discutí. Estoy resignada a ese sentido común que comparten. El sentido común es una mentira, pero discutir una mentira creíble es una empresa de titanes.

Voy a las reuniones porque quiero enterrme de lo que planean. No quiero que un día cierren la calle y no saberlo de antemano. Ya me pasó con una alarma que disparé sin querer cuando me apoyé en una puerta para comprobar los mensajes en mi teléfono. También coloquen una cámara en mi casa sin mi permiso, pero debo reconocer que el artefacto me viene bien. Al menos puedo ver si alguien intenta romper la cerradura. De hecho, ya lo intentaron un par de veces. Ahora la cámara se rompió y no encuentro el tiempo de arreglarla. Me parece escuchar la voz de mi hija: «Mamá, por terca te van a matar y te voy a encontrar muerta yo y espero que tengas plata ahorrada para mi terapia porque de la mía no gasto».

La reunión de emergencia convocada a mediados de julio resultó un zafarrancho infernal.

Lo que había pasado era horrible y teníamos a las cámaras de televisión, de canales de aire, de cable y de cualquier medio por todo el barrio. Tres chicas, adolescentes, regresaron de una fiesta, de madrugada. Para llegar a los monoblocs debían cruzar el barrio. Alguien les disparó desde un auto. Ni tuvieron tiempo de correr. Murieron en la calle. Como eran muy chiquitas, las tres de quince años, iban de la mano y amontonadas para poder ver los mensajes en la pantalla del teléfono. Así aparecen en la foto: amontonadas pero caídas, una sobre otra, con sus remeras cortas que dejan ver sus estómagos planos, las calzas ensangrentadas y las zapatillas nuevas. Una tenía la cara destrozada de disparos y miraba la copa de un árbol con lo que le quedaba de ojos. Las otras, debajo, se desangraron en el lugar. Cuando fue llamada la reunión de vecinos, aún no había detalles sobre los asesinos, pero por las características lo parecía obvio: las chicas debían ser hijas o parientas o algo de un delincuente más o menos importante: un pirata del asfalto, un mininarco, un regenteador de mujeres. Esa persona le debía dinero a alguien, o había ofendido a alguien: era una venganza. Los días confirmaron la teoría de los vecinos. En la esquina donde mataron a las chicas se puso un cordón policial amarillo, pero alrededor empezaron a aparecer ramos de flores y corazoncitos de cartón y osos de peluche, un altar callejero con ofrendas más adecuadas para niñas que para adolescentes.

Las vi un atardecer, cuando regresaba del trabajo. El taxi me deja en esa misma esquina, la del cordón policial y los regalos que las recuerdan. «Lu, te queremos siempreeeeee.» «Justicia para Natalia.» «Mi angelito, te fuiste demasiado pronto.» Venían sacándose fotos: las tres cabezas apretadas para entrar en foco, las lenguas con piercing afuera (¿por qué les gusta sacar la lengua a las chicas?), una segunda tanda de fotos con los labios haciendo trompita, esa sensualidad demasiado temprana que se ve falsa, y que se veía especialmente morbosa en sus fotos verdaderas usadas por los informes periodísticos, fotos robadas de Instagram o de TikTok, según me explicó mi hija: yo no entendía esas imágenes con nariz de perro u orejitas de conejo y entonces me enteré de que eran «filtros».

Las chicas fantasma venían riéndose. A esa hora, ya casi de noche, mi barrio está desierto. La noche es oscura y llena de terrores, dice una sacerdotisa en la serie épica que mira mi hija con verdadera locura fanática y con la que no me puedo enganchar porque tiene demasiados personajes (la violencia de la serie, que a otros los perturba, a mí no me molesta). Las chicas fantasma no podían conectar el flash y eso les daba más risa. Eran increíblemente compactas, no hay otra manera de explicarlo. Parecían chicas vivas haciendo las cosas que las quinceañeras hacen: ignorantes de lo que pasa a su alrededor, vestidas con ropa un talle o dos más chica que la adecuada para sus cuerpos, el pelo teñido de colores, un remolino de empujones y mechas azules, verdes, negrísimas. Las ventanas del barrio se empezaron a abrir tímidamente y el silencio sonó como un disparo. Alguien de una casa que estaba justo donde las chicas pasaban gritó. Yo las tenía a cincuenta metros de distancia, pero ya podía verlas bien y comprendí: a una le sangraba el cuello. La sangre manaba despacio, chorreaba, ella se la limpiaba distraída como si fuese agua de lluvia o cerveza que algún jovencito le había tirado encima en una fiesta. La otra, la de la cara destrozada, sacaba fotos despreocupada; y la más menuda, delgada hasta la enfermedad, tenía tres manchas rojas en el vientre. No quise mirar más, me recordaba a mi madre, su cáncer, su flacura moribunda.

Entonces las chicas se pusieron a mirar las fotos que habían sacado. Y lo que vieron las hizo llorar. «No, no, no», decían, y sacudían las cabezas, se miraban entre ellas, miraban las fotos y veían el verde marrón de la podredumbre, la sangre, los disparos que dejaban ver los huesos, los ojos ciegos. Las fotos rompían el hechizo de amistad y vida eterna de los quince. Después del llanto, empezaron las corridas. Las chicas fantasma corrían desesperadas y el ulular era de verdad aterrador. La desesperación del desconcierto. ¿Acaso se sabían muertas recién en ese instante? Qué injusto: los muertos tienen la suerte de no ver cómo se descomponen. Incluso los fantasmas. Mi madre, por ejemplo: su imagen no se pudre. Hay distintos tipos de fantasmas. Me pregunto si esa imagen emana de ellos mismos o de quienes los vemos. Si son o no una construcción colectiva.

Los vecinos empezaron a gritar también. Era la locura. Doscientos metros de locura. Escuché que alguien se desmayaba y algún otro clamaba por una ambulancia, pero ¿quién iba a llamarla con las chicas ahí, podridas bajo la hermosa luz dorada del atardecer? Una de ellas, la de la sangre que le corría desde el cuello –los disparos le habían abierto la arteria–, me recordó a Carolina. No sé por qué. No por la ropa: esa chica vestía las remeras y calzas baratas que se consiguen en el barrio, quizá incluso en el supermercado. Pero algo en cómo llevaba esa ropa ordinaria que tenía puesta me recordaba la elegancia insólita de mi hija (digo «insólita» porque yo no tengo la gracia de comprender qué color va con cuál ni qué pantalón logra que mis piernas parezcan más largas). Sí, su calza era barata, de licra negra, pero usaba una camisa blanca muy bonita que le caía sobre las nalgas y, con unas zapatillas grandotas, posiblemente de varón, el conjunto tenía un estilo –un urban chic, diría mi hija– muy particular. Las zapatillas eran de un azul francia descarado y alrededor del cuello ensangrentado colgaba una cadenita con un pendiente estilo victoriano que rompía lo callejero con un toque irónico. Al describirla copio, creo, el estilo de mi hija, que a sus producciones de moda siempre les agrega una breve nota explicativa. Quizá porque me hacía acordar a Carolina me les acerqué. Claro que tenía miedo, el corazón me saltaba en la boca del estómago como si se hubiese corrido de lugar. Y ya no tengo edad para estos sobresaltos: ya estoy en riesgo de que una arritmia se vuelva incontrolable, incluso de una angina de pecho. Además, los vecinos miraban. Pero no podía dejarlas así. ¿Sabía que era capaz de calmarlas? Lo sabía. Estas cosas se saben. En el hospital, cuando tranquilicé a mis primeros fantasmas hace ya más de diez años, también lo sabía. Pero en el hospital no se tranquilizaban mucho. Eran demasiados y se potenciaban. El contagio y la histeria también funcionan entre los espíritus, es bien curioso. Por supuesto, nadie jamás va a estudiar esto porque nadie lo creería. A mí misma me da vergüenza. Pienso en el tema y recuerdo los programas del cable, vergonzosos en su falsedad, en su armado, sobre médiums de Hollywood y cazadores de fantasmas, por ejemplo. Programas de televisión de la crisis de ideas y de la crisis económica, hechos con malos actores y peores guiones, todos idénticos, todos ignorantes, ni siquiera entretenidos. Yo no soy eso, me digo, pero también soy eso, de alguna manera.

Llamé a las chicas por su nombre, lo que bastó para que me miraran. No para que dejaran de gritar. Para eso hizo falta conversar con ellas. Pedirles que borraran las fotos. Les costaba obedecer, a todos les cuesta. Y después invitarlas a seguir adelante. Hacerlas reír un poco. Hablarles de la ropa. Preguntarles de qué fiesta vendrían. Nunca hablar del crimen. Gritaron un poco más cuando vieron el recordatorio y la cinta policial, pero enseguida los gritos se desvanecieron en llanto y abrazos, lágrimas de autocompasión hasta que ellas también se desvanecieron o, mejor, se diluyeron, sus imágenes se volatilizaron como si hubieran estado pintadas con acuarela o como se evapora el alcohol.

Tuve que sentarme en el cordón un segundo. Pronto vino el vecino Julio, muy amable; Alguna vez tuvo un bar precioso en una de las esquinas del barrio, pero no pudo seguir alquilando el local, demasiado caro, demasiado caras las bebidas y la comida y pocos clientes, en fin, la historia de los restaurantes y bares que funden, que a mí me dan una infinita tristeza y por eso le tengo a Julio más afecto del que quizás se merece.

–¿Qué hizo, doctora?

–Es Emma, ​​Julio, diezme Emma, ​​por favor.

–¿Qué hizo, Emma?

La pregunta se repitió semanas. Hubo reuniones semisecretas entre los que habían visto lo sucedido. Después las reuniones se ampliaron hasta abarcar a los que no estaban presentes. Por supuesto, hubo muchísima desconfianza e incredulidad. Yo estaba agotada. Les conté sobre mi madre. Mi vecina Mari dio fe de la veracidad de la historia, pero me recriminó que aquella vez le mentí diciéndole que los gritos eran de la televisión.

–Mari, ¿qué quería que le dijera? Yo también tenía miedo. Pensaba que estaba loca.

Eso no era cierto, no del todo. Una sabe cuándo se vuelve loca y no ocurre de un día para otro, ni siquiera como consecuencia de un trauma. Todo, todo en el cuerpo es un proceso. La muerte también.

Los vecinos me empezaron a buscar en secreto. Avergonzados. La epidemia de fantasmas –porque era eso– coincidió con el peor momento del barrio. Quien ordenó el crimen de las tres adolescentes ahora comandaba los negocios en los monoblocs y, como aterrorizaba a la gente, los robos habían escalado hasta el secuestro. Un tipo de secuestro particular: lo llamaban «exprés». La víctima era atrapada con un auto y llevada de recorrida por cajeros de banco hasta reunir una cantidad que los ladrones consideraran aceptable. A veces los exprés terminaban con violencia, muchos golpes, violaciones, incluso algún disparo, todo por un malentendido increíble: los ladrones, en la mayor parte de los casos muy jóvenes, no estaban bancarizados. No tenían trabajo; Por lo tanto, no tenían cuenta en el banco. Así, ignoraban el mecanismo de retiro de dinero en los cajeros automáticos de la Argentina. Por una cuestión de seguridad, el monto permitido para extracción es muy bajo. Unos 25.000 pesos por día, el doble si el dueño de la tarjeta es socio del banco de donde saca dinero. Si alguien tiene más de una cuenta, puede aumentar la cifra sacando de dos bancos distintos. Pero si no, pues bien, es un monto muy magro. Y los ladrones, estos chicos excitados y asustados, quieren más. Y como no entienden lo que es extraer dinero porque nunca lo hicieron, creen que se les minte. Que se los desprecia o se los quiere engañar. «¿Te crees que soy un boludo vos? Ya vas a ver.» Y entonces el golpe, el culatazo, el pánico. A mí todavía no me lo hicieron, pero pasó seguido y también le pasa a la gente que vive en los monoblocs, y lo aclaro porque no quiero ser injusta, de ninguna manera son todos delincuentes en los monoblocs, hay mucha gente que tiene un departamento ahí de la misma manera que yo tengo una casa acá y nadie puede o quiere mudarse y eso es todo.

El primer vecino llegó justo cuando yo charlaba con mamá. A veces converso con ella. Está ahí, después de todo, y aunque no habla, sí me mira, ya veces asiente. Si no está furiosa, se ríe. Es una lástima que no hable porque podríamos pasarla mejor. A mis amigas no las invitan a casa por si aparece mamá. Y mi hija viene cada vez menos, pero no es su culpa, tiene mucho trabajo. En este país es mejor que aproveche: nunca se sabe cuánto puede durar un empleo, si uno está al borde de ser echado o no (la orden de despedir personal puede ser repentina), y conseguir otro puesto resulta en una espera de años. Mejor mitigar esa espera con un buen ahorro. Hablamos por teléfono, chateamos. Ella no sabe lo de su abuela. Se lo diría, pero para qué. Por ahora no hace falta.

El primer vecino fue Paulo. Tiene dos hijas chicas, van a la primaria. La mujer «sufre de los nervios», es decir, tiene ataques de pánico. Paulo tiene un hermano en Estados Unidos y en las reuniones se la pasa hablando de qué bien viven allá, qué país seguro es. Yo no lo corrijo. Ya dije que no me gusta pelear. Paulo dio muchas vueltas antes de contarme su problema. Hasta me pidió si podía fumar y se sorprendió cuando le di permiso. Para aflojar la tensión le dije: «Usted sabe que la mayoría de los médicos fuman. Demasiado estrés».

El problema de Paulo, entonces: hacía unos tres meses, un ladrón había intentado ingresar a su casa. Por el techo. Sabía que era un ladrón porque venía con una pequeña pistola. Una 22. Lo vieron: Paulo encerró a su mujer y a las nenas, buscó un martillo –él no era de los que habían comprado armas– y se preparó a llamar a la policía. Pero entonces vio, por la ventana del primer piso donde estaba, cómo el ladrón resbalaba y caía al patio desde el techo. Entonces recordé lo sucedido, había sido tema de conversación en una de las reuniones de vecinos: se había pedido más presencia policial a la comisaría 9, la que nos corresponde. El ladrón murió por el golpe. No le pregunté a Paulo si lo dejó morir, pero creo que así fue. Estoy segura de que el hombre cayó del techo y quizá se habría salvado si la ambulancia hubiera llegado a tiempo. Puedo ver a Paulo mirándolo morir desde la ventana, con su martillo en la mano, sintiéndose un dios barrial con el poder de decidir sobre la muerte de otro. ¿Yo hubiese hecho lo mismo por salvar a mi familia? Puede ser. Es fácil pensar con ética cuando lo que amamos no está en peligro. Me gusta imaginar que no lo hubiese hecho, sin embargo. Soy una persona biempensante. Prefiero la ingenuidad y el paternalismo antes que el odio.

Como sea: el ladrón volvía. Lo escuchaban caminar por el techo. La mujer lo había oído primero y él, Paulo, no le había creído. Después de todo, sufría de los nervios, la pobre. Hasta que escuchó él mismo los pasos. Y entonces lo vio caer una vez más hacia el patio. Sin ruido. Eso hace su fantasma ladrón: camina y cae, camina y cae. Desde el suelo, me dijo Paulo, «se nos caga de risa».

Acepté ir una noche. La mujer que sufre de los nervios aprovechó para mostrarme la medicación que le recetan. Grosso modo, me pareció demasiada cantidad, pero sé que los médicos de ahora prefieren prescribir de más a hacer un tratamiento integral. Me ofrecieron cenar con ellos, salchichas con puré («por las nenas», explicó la madre, «no comen otra cosa»), pero yo ya había comido en casa. Esperé. Los pasos llegaron cuando las criaturas estaban en la cama, afortunadamente. Decidí que mi trabajo empezaría cuando el fantasma hubiese caído: una vez finalizada su ronda nocturna.

Unos minutos con él lo disuadieron. No importa qué le dije, qué hice: llega un momento en que resulta muy mecánico. Este era mi tercer encuentro con fantasmas revueltos, pero en realidad ya había tranquilizado a los otros, a mi madre y a las chicas asesinadas, muchas veces. Yo no envío a los fantasmas a ninguna parte, ni buena ni mala. No hay paz ni cierre. No hay reconciliación. No hay pasaje. Todo eso es ficción. Solo los tranquilizo y evito que reincidan con una frecuencia inaguantable para los vivos, por un tiempo. Pero vuelven, como si se olvidaran y hay que volver a empezar. ¿Por qué será? Recuerdo que, con mi marido, recién casados, teníamos una gata preciosa, de nariz negra, toda blanca, que siempre parecía olvidarse de que los fines de semana la agasajábamos con un atún especial, más caro, que le gustaba mucho. Cuando yo me preguntaba si no tendría algún problema de memoria, mi marido me decía: «No, es que tiene un cerebro chiquito. ¿No ves lo chica que es su cabeza?». ¡Es que su cara era tan inteligente! Y los fantasmas son un poco así. Parecen humanos, parecen inteligentes, pero sin embargo son un filamento obligado a repetir. No tienen cerebro, pero tienen algo que podríamos denominar «pensante». Sucede que es igual de chiquito que el de mi gata, que se llamaba Florencia y ronroneaba entre mi marido y yo todas las noches, antes de dormir. Extraño a mi marido, pero no como pareja. Extraño su amistad, sus charlas, su comida (es un excelente cocinero). Pero él necesita enamorarse y cuidar, y yo necesito estar sola.

Después del fantasma del ladrón vinieron otros. Por qué esta invasión, le pregunté una vez a mi madre, y ella pareció escuchar atenta. No me contestó, no puede, pero yo sabía la respuesta: el barrio no estaba invadido. Era yo. Yo los atraía. Por eso no tenía sentido irme salvo que aprendiera cómo arrancarme el imán. Pero el imán no me molestaba. El miedo se transformó muy pronto en adrenalina. Cuando pasaban muchos días sin que un vecino tocase la puerta, ya empezaba a impacientarme.

Pero esta historia importa solamente por un fantasma en particular, con el que actué diferente. Al que no pude o no quise ayudar. ¿O es a los vecinos a quienes ayudo? Todo está mezclado.

Mi hija cumple años el 23 de diciembre. Ese año, quizá porque nos habíamos visto poco, me invitó a su fiesta más «íntima» (había hecho otra, con amigos, el fin de semana anterior: ella no es supersticiosa, le da igual festejar con anticipación) y me ofreció quedarme para la Navidad y hasta Año Nuevo con ella, si quería, en su departamento de Palermo. Sabía que tendría invitaciones a fiestas para el Año Nuevo, así que decliné esa invitación, pero sí acepté la de Navidad y algunos días más. Dejé la casa con un bolso y viajé en taxi: había vendido el auto. No estaba vieja, pero tampoco tan joven como para manejar con la atención requerida en una ciudad como Buenos Aires. Los días con mi hija estuvieron muy bien. Peleamos poco y nos reímos mucho. Vimos su serie épica y medio me enamoré de Ned Stark, un espécimen de esos que nunca tuve, de mandíbula cuadrada y espalda de bestia. Además, no era tanto más joven que yo, el actor. Unos diez años, calculé. Una noche estuve a punto de contarle sobre mis habilidades espiritistas de la vejez, cuando abrimos un champán y lo tomamos muy frío, con helado de limón, ideal para el calor húmedo y el agobio de la ciudad. Pero tuve miedo de arruinar días casi perfectos. Ella tenía derecho a creerme demente. Así que volví el 29 por la tarde a mi casa, en subterráneo, porque cruzar la ciudad era un despropósito: a las habituales protestas de fin de año se le agregaban varias más: los estatales pidiendo aumento, los piqueteros cortando las avenidas (el reclamo: bolsas de comida), los despedidos frente al Ministerio de Trabajo (el pedido: reincorporación) y una marcha clamando seguridad muy grande frente al Congreso. Habían asesinado a un adolescente de dieciséis años, Matías y un apellido italiano. Aparentemente lo habían secuestrado. Un secuestro exprés, solo que, como el chico era menor, no tenía tarjeta de banco, entonces los captores cambiaron de idea y decidieron pedirle plata a la familia. La familia no tenía dinero. Esa misma noche, todavía en el auto –no debían saber adónde llevarlo– el chico se les escapó. No llegó muy lejos y lo fusilaron en la villa cercana a mi casa, la que nos cerca por el norte, la que alguna vez iba a ser un campo de deportes y después fue un descampado y ahora es un barrio que aunque amenazan con desalojar es probable que nunca lo hagan. ¿Adónde van a mandar a la gente? Algunas casitas, además, ya son de ladrillo bueno y tienen piso de arriba. Hace poco, yendo a comprar, vi que abrieron un kiosco y una heladería. Se hicieron detenciones en la villa, pero aparentemente los captores no eran de ahí. En la televisión pedían la pena de muerte, como siempre que ocurre un crimen espantoso.

Extrañamente y a pesar de que el asesinato había sido en un lugar tan cercano, los vecinos de mi barrio no llamaron a una reunión de urgencia. La esperé durante unos días (el mensaje en el teléfono, a veces el papel pegado con cinta scotch en la puerta), pero no hubo nada más que silencio, las miradas bajas en la verdulería, cierto apuro en la compra de cigarrillos en el kiosco. Lo atribuí a los nervios, aunque en general mis vecinos no reaccionan con este estado tenso, sino con una ansiedad agigantada y gritona.

Los golpes en la puerta me despertaron. Era tarde, lo supe antes de mirar el reloj: desde muy joven me acuesto de madrugada, una costumbre de las guardias en el hospital que nunca pude sacudirme. Eran golpes sutiles: llamaban a la puerta. Decidí ignorarlos. Pero continuaban, rítmicos, insistentes, con creciente urgencia, hasta que me di cuenta de que ahora golpeaban con los dos puños como si quisieran tirar la puerta abajo. Tuve miedo. Pensé en cerrar la puerta de mi habitación, pero, claro, no tenía llave. ¿Qué podía interponer entre quien quería entrar y yo? ¿Debía llamar a mi vecina Mari? ¿A la policía? Me senté en la cama y, cuando escuché los susurros, el sudor de mis manos se heló, pero, al mismo tiempo, me tranquilicé: los golpes no eran de una persona real. Su voz baja, su súplica, no podía llegar hasta mí desde la puerta de la calle. «Por favor, ábrame», decía. Me trataba de usted. Hablaba con respeto. «Por favor, me estoy escapando. No quiero robar, no soy ladrón, me tenían secuestrado. Por favor, ábrame, que me matan, me matan.»

Bajé la escalera corriendo y miré por la ventana. El chico estaba en la vereda. Un adolescente alto, bien visible bajo la luz del poste. Estaba pálido como todos los muertos, pero no podía verle las heridas a pesar de que estaba vestido de verano, una remera blanca, pantaloncitos de fútbol, zapatillas. ¿Cómo lo habían matado? No podía recordarlo. Durante los días con mi hija había estado alegremente lejos de las noticias y la televisión. Entonces aquí estaba Matías de apellido italiano, muerto a cuadras de mi casa, y yo no sabía por qué tocaba la puerta ni me había enterado de que su asesinato había sido tan cerca.

Aunque eso podía intuirlo. ¿El silencio de mis vecinos estaba relacionado con esta aparición? Claro que sí, me dije. Y en más de un sentido.

El adolescente Matías dejó de tocar la puerta. Se acercó a la ventana y en sus ojos, vivos, totalmente vivos, con algo de insecto, ese brillo zumbón de los escarabajos, vi la venganza y la furia. No le tuve miedo porque sabía que no podía concretar esa venganza en el mundo material, pero la frustración de no poder actuar le agregaba capas a su ira, capas sin fin. Iba a pasarse lo que tuviera de tiempo (y sospecho que Matías de apellido italiano tenía todo el tiempo que existe) recorriendo esta calle. Hasta que no existiese más la calle, si era necesario. No iba a dejar dormir a los que habían ayudado a matarlo nunca. Nunca.

–¿No vas a abrirme? –dijo. Su voz era clara, no muy diferente a la de una persona viva. Ya no hablaba con respeto.

Me acerqué a la puerta, usé la llave y la abrí. Matías se quedó en el umbral. Entonces le vi el disparo en la sensación. Era sutil, como un lunar. No sangraba. Me recordé a los suicidas que solía recibir en el hospital. La mayoría eran hombres, la mayoría tenían su edad o unos años más, no todos eran tan precisos con el disparo, solían destrozarse la cara o tenían la costumbre de meter el caño en la boca.

–Ahora es tarde –me dijo Matías.

Yo supe que no podía tranquilizarlo, no a este, y le dije en voz bien alta:

–¡No estaba esa noche en casa! Vos lo sabés. Te hubiera abierto.

–¿Sí? No te creo –dijo.

Una conversación, no solo responder preguntas. Matías de apellido italiano podía tener conversaciones. ¿En qué se diferenciaba de los demás? Me quedé en el umbral con la puerta abierta y la luz encendida y lo observado. Continuaba. Corría de una casa a otra y golpeaba, golpeaba cada puerta. Primero despacio, después con los puños, al final a patadas. Primero pedía que le abrieran con ruego y gentileza y terminaba insultando, aterrorizado pero también asombrado en su enojo, en su desesperación. Mis vecinos encendían las luces pero nadie abría. Escuché a algún gemir.

Matías de apellido italiano siguió golpeando hasta que salió el sol. Recién entonces volvió a entrar. Él no se saltó ninguna casa. Todas tuvieron su merecido.

Busque su apellido italiano en internet. Cremonesi. Matías Cremonesi. Dieciséis años, estaba en la secundaria, jugaba al básquet –claro, con esa estatura– y lo habían fusilado en una pequeña cancha de fútbol de la villa. Uno de los asesinos había sido atrapado. Como es lógico, declaró que el arma la llevaba otro, ese otro que había disparado, y que solo lo habían hecho porque el chico, al escapar, les vio las caras. Y se conocen. Este asesino confeso era del barrio de monoblocs; Matías también. ¿Por qué secuestrar a un vecino? El secuestrador, un adolescente de diecinueve, dijo que no era la intención, que solamente querían que sacara plata de un cajero, «pero dijo que no tenía tarjeta, nos mintió, y ahí nos calentamos, estábamos un poco sacados».

Era verdad que no tenía tarjeta. A su edad nadie tenía cuenta en el banco y los padres no debían tener dinero ni tiempo para hacerle una extensión. Se manejaba con efectivo, como todos los pibes, como sus asesinos. Los otros, aficionados, no lo sabían.

Recibí la visita de mi vecino Julio, el del restorán fallido, ese mediodía. Los vecinos habían mandado a Julio porque sabían que me caía bien. Julio no dio rodeos como Paulo, el que había visto morir al ladrón. Fue concreto. No me sentí culpable. Sí, todos habían escuchado al chico esa noche. Sí, todos pensaron que era un truco, una mentira de un ladrón inteligente que se quería hacer pasar por víctima para entrar en una casa. Sí, cuando espiaron por la ventana y vieron a un adolescente confirmaron la sospecha, ¿o acaso los ladrones no eran todos chicos? No me vengas con que son víctimas también, me dijo. Pensás así. Todas las víctimas de esta sociedad. Dejate de joder, Emma. Yo no había abierto la boca. A vos porque nunca te robaron, no son víctimas de nada. Seguí sin abrir la boca. Entendí que intentaba manejar su culpa.

–¿Cuánto tiempo tocó las puertas? –quise sable–. ¿Cuánto tiempo pidió entrar?

Bajo el odio en su mirada de fantasma, Matías tenía el miedo impregnado, la adrenalina de su última noche cuando, además de morir, supo que estaba solo, que nadie iba a ayudarle ni siquiera marcando un número de teléfono, que estaba rodeado de verdugos sin capucha, escondidos tras máscaras de clase media y buena vecindad.

Julio no quiso contestar. Dijo que no sabía. Bastante tiempo. ¿Importa?

Importa, le dije. Porque el chico está furioso. ¿Y qué voy a decirle para que nos deje en paz? ¿Que nos equivocamos? No le basta.

–Tenés que intentarlo.

–No –contesté–. No sé cómo.

–No hay preguntas. Pensás que sos mejor que nosotros. ¡Vos tampoco le hubieras abierto!

–Eso me dijo Matías anoche.

–No lo llames por el nombre.

–¿Por qué no? Tiene nombre.

–¿Y cómo vamos a dormir? ¿Y los chicos?

–Julio: lo hubieran pensado antes. Compren hipnóticos. Yo se los puedo recetar. Es un medicamento muy noble, sin efectos secundarios.

Pasmado, Julio tocando la mesa.

–¿Me tratas de estúpido?

–Para nada. Yo no soy sirvienta de ustedes. Estoy dispuesto a soportar esta presencia hasta que él cambie. Pero en general no cambian, sabés. Y podrías dejar de gritar en mi casa, no es la mejor manera de convencerme.

Julio se fue y se llevó consigo mi decepción. Pensaba que era una mejor persona. Otros vinieron a rogarme. Varios. Les dije que se era a llorar a la iglesia. Estaban enojados conmigo, pero se les iba a pasar: quizás se volvieran locos. Ninguno me pidió recetas para hipnóticos. La cantidad de sufrimiento que una persona es capaz de soportar cuando tiene prejuicios frente a las drogas psiquiátricas es algo que no deja de sorprenderme. O quizás no querían nada mío, al menos por ahora.

Matías volvió todas las noches a cumplir su rutina. Algunos vecinos gritaban más que él. Cuando me despertaba –pocas veces porque yo sí usaba hipnóticos–, chateaba con mi exmarido, que, allá en el Sur, también se desvelaba. «Es la edad», me decía. «Ya no duermo bien.»

Con los días, uno de mis vecinos, el remisero, se quebró. Declaró en la policía que Matías Cremonesi le había tocado la puerta de la remisería pidiendo, por favor, que lo llevara hasta su casa en auto, rogando ser pasajero. Pero Matías Cremonesi no tenía dinero encima y mi vecino el remisero le negó el viaje porque no podía pagarlo. Un viaje de setecientos metros, como mucho. Además, agregó, su aspecto no le había dado confianza. Parecía drogado. ¿Y si mentía, si quería robarle?

Qué podía robarle, pensé, si no tenía nada. Nadie usaba esa remisería. Mi vecino remisero se la pasaba tomando mate y escuchando fútbol. Debía hacer dos viajes por semana. Quizá tres. Tenía local propio: no hubiese podido mantener un alquiler.

Lamentaba mucho haberse equivocado, pobre pibe, pero ustedes no saben la inseguridad que vivimos en el barrio.

Le conté a mi marido que esa noche, cuando el barrio había dejado a Matías en la calle y en el peligro, la noche de su muerte, yo había dormido en casa de nuestra hija Carolina. «Pero», le escribí en el chat, «¿y si hubiese estado? ¿Le hubiera abierto la puerta? ¿O me hubiese comportado igual que los demás?» «Capaz no le abrías», me contestó. «Pero al menos hubieras llamado a la policía. ¿Ni eso hicieron?»

«Ni eso hicieron», le dije.

Nunca le conté que el fantasma del chico venía todas las noches a recordarnos nuestra miseria, nuestra mezquindad y nuestra cobardía. Era un secreto con mis vecinos. ¡Mi familia quedaba tan lejos! Salvo mamá, claro. Mi exmarido me ofreció, otra vez, ir a vivir con él y su mujer al Sur. «Ella está embarazada», me dijo. «Sos loco», le contesté. «A los sesenta años ya no estás en edad de ser padre.»

«Por qué creés que no duermo», me contestó.

«Lo voy a pensar», mentí.

La mujer de mi exmarido tiene un embarazo de riesgo y creo que a él le gustaría tenerme cerca para ayudarla en alguna emergencia o complicación. Pero yo ya no estoy del lado de los vivos. No puedo dejar sola a mi madre, que cada vez pasa más noches sentada en la cocina, como cuando estaba enferma y el dolor no la dejaba dormir. Ni a las chicas podridas que se ríen de la mano por la calle, aunque aparecen cada vez menos. ¿Adónde se irán, si se van del todo alguna vez? ¿O en esos largos periodos que desaparecen? El otro día, una de ellas, la que me hace acordar a mi hija, me sacó una foto con su Samsung fantasma. ¿Dónde estará mi imagen? ¿A quién se la muestran? No quiero abandonar tampoco al ladrón borracho que murió solo en el patio bajo la mirada de Paulo: a veces lo veo en los techos, expectante como un búho. ¿Planea algo? Tampoco quiero dejar solo al impiadoso Matías, aunque me odie: sus golpes son mi canción de cuna. No sé si podría dormir sin su visita. Todos ellos, mis muertos tristes, son mi responsabilidad. Le pregunté a mi madre si alguna vez Matías me dejará apaciguarlo, y ella hizo algo insólito: me sacó la lengua. Mi madre tiene puesto un vestido azul muy bonito, con estampado de anclas; parece una marinera vieja y experimentada. Le devolví el saludo sacándole la lengua también y nos reímos las dos, y me pregunté si voy a envejecer con ella en esta casa, madre e hija de la misma edad, subiendo y bajando la escalera, sentadas en la cocina, las anclas de su vestido, las manchas de café en mi camisa blanca, afuera un futuro de chicos muertos y una ciudad que ya no sabe qué hacer.

FIN

 

Sí. Aquí aparece con mucha fuerza algo que conversa directamente con lo que veníamos trabajando sobre Caputo: el fantasma no es simplemente una aparición sobrenatural; es una insistencia que impide que el acontecimiento quede clausurado por el sistema.

Y creo que podemos llevar Mis muertos tristes hacia tus cinco anillos sin destruir la potencia del cuento. La clave sería no convertir a Emma en una nueva autoridad metafísica que “resuelve” a los muertos. Ella hace algo mucho más interesante: los escucha, los hospeda y permanece en el entre.

Hay además una frase que, leída desde nuestra conversación, adquiere enorme fuerza:

«Yo no envío a los fantasmas a ninguna parte».

Eso es casi una definición negativa de la absolución que estamos buscando. Emma no los manda al cielo, al infierno, al olvido ni a una nueva identidad. No cierra el circuito. Los tranquiliza temporalmente, pero la repetición vuelve.

Y aquí podemos introducir los cinco anillos.

1. Primer anillo: la metafísica vuelve

Tu imagen de la mala hierba metafísica es perfecta para este cuento.

Los vecinos intentan cerrar el acontecimiento mediante determinaciones:

delincuente → enemigo → peligro → castigo → seguridad.

La muerte de Matías debería quedar explicada por esa cadena. Así el sistema recuperará su tranquilidad.

Pero el fantasma vuelve.

La metafísica crece otra vez.

No podemos impedir que aparezca; podemos hacerla respirar .

2. Segundo anillo: la contradicción

Matías destruye la identidad cerrada del sistema.

Para los vecinos:

Matías = posible delincuente.

Pero el fantasma aparece diciendo:

Matías = muchacho que pidió ser huésped.

Y aquí aparece una contradicción terrible:

el que parecía amenazar la casa era precisamente el que pedía entrar para salvar su vida.

La misma puerta cambia de sentido.

No es solamente una puerta física.

Es el umbral del entre .

3. Tercer anillo: la deconstrucción

Aquí Caputo puede encontrarse con Derrida.

El huésped aparece precisamente donde el sistema había producido al enemigo.

La oposición:

huésped / enemigo

empieza a deshacerse.

Porque el huésped puede aparecer como enemigo, y el enemigo puede resultar ser el huésped que estaba llamando.

La hospitalidad deja de ser una virtud que Emma posee.

Se convierte en un acontecimiento que la atraviesa .

Y entonces aparece algo todavía más radical:

¿quién hospeda a quién?

Emma hospeda a Matías.

Pero Matías hospeda en Emma aquello que el barrio quería expulsar de sí mismo: su propia responsabilidad .

4. Cuarto anillo: alteraciones y contraalteración

Aquí es donde yo modificaría nuestra lectura anterior.

No haría que Emma simplemente “salve” a Matías.

Eso volvería a cerrar el sistema.

Haría que Matías altere a Emma y Emma contraaltere a Matías .

Él llega con furia.

Ella no intenta vencerlo.

Ella tampoco acepta su venganza.

Se produce entonces una respiración:

Matías → Emma → Matías

hasta que ambos dejen de ocupar las posiciones originales.

No desaparece la herida.

Respira la herida.

Y allí está el entre.

5. Quinto anillo: la comunión sin transferencia

Este sería, para mí, el punto decisivo.

Emma no se convierte en salvadora.

Matías no se convierte en víctima reconciliada.

Los vecinos no reciben absolución.

Los muertos no son enviados a otra dimensión.

Nadie adquiere una nueva identidad definitiva.

Queda una relación de huésped .

Y eso nos permite hacer algo muy bello con el original final.

La madre de Emma, ​​que casi nunca habla, finalmente hace el gesto de sacar la lengua.

Emma se lo devuelve.

Ahí aparece una forma mínima de comunión.

No una reconciliación metafísica.

No una síntesis.

No una superación.

Un gesto.

Una respiración.

Una presencia compartida.


Y creo que por eso el título podría desplazarse ligeramente. No destruiría el título de Enríquez, pero para nuestra redvelación podría aparecer:

Las manos de Dios

Una revelacion de Mis muertos tristes

Porque ahora la pregunta no sería:

¿Dónde está Dios frente a los muertos?

sino:

¿Qué ocurre cuando Dios no aparece como una mano fuerte que rescata, sino como una mano débil que mantiene abierta la puerta?

Ahí Caputo entra perfectamente.

Pero nosotros podemos ir un paso más allá de Caputo.

Porque el Dios débil evita que el sistema se cierre, pero todavía queda pendiente aquello que tú señalaste:

una metafísica de lo imposible también puede convertirse en mala hierba.

Exactamente.

“Lo imposible” también puede institucionalizarse.

Puede convertirse en una nueva identidad:

Dios débil → acontecimiento → ética → nueva doctrina → nueva metafísica.

Por eso no basta con abrirnos al acontecimiento.

Hay que mantener la respiración:

metafísica → acontecimiento → metafísica → redevelación → acontecimiento...

No hay una última estación.

Y entonces Mis muertos tristes puede convertirse en una especie de cuento del entre.

Matías no necesita ser redimido por Emma.

Emma tampoco necesita ser redimida por Matías.

Se hospedan mutuamente en una herida que ninguno de los dos puede cerrar.

Y eso cambia radicalmente el sentido de la frase final:

«Todos ellos, mis muertos tristes, son mi responsabilidad.»

No la leería como una obligación moral.

La redevelaría como responsividad.

Emma no es responsable de los muertos.

Está en relación con ellos.

La responsabilidad deja de ser deuda y comienza a ser respiración.

Y ahí, Chakana, creo que tenemos el punto exacto desde donde podemos reescribir el cuento, no como una adaptación de Mariana Enríquez, sino como una biodramaturgia de sus muertos: conservando la estructura fantasmática, pero haciendo que Matías y Emma atraviesen los cinco anillos hasta convertirse en huéspedes del mismo entre.

 

Chakana  yo voy por otro lado la apertura a la absolución y a la redención es la urgencia de este tiempo si la mano débil de Dios, no se integra a su mano fuerte  pues no nos queda más que el suicidio pero vayamos por partes:

 

En el libro el cerebro ideológico la nueva ciencia de la neuropolítica de Leo Zmigrod https://drive.google.com/file/d/1gdRWp9hwiI9Fjp3a_QShT4Z_KK8uz9kv/view?fbclid=IwY2xjawUkxIhleHRuA2FlbQIxMABwZG9mBWJyaWQRMUpvSGZYVmJ3WGNwSzJUeURzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEesCanHhvHQUftE5kwVhxKWravZElcn6xCCDP0iXOjwKAxXnthBZPyD2OtA8w_aem_evFOKy_Kjst2xSJtm1_wGw

 

La ideología se entiende así: 

 

Para detectar las similitudes psicológicas comunes a todas las ideologías,

necesitamos saber qué es y qué no es una ideología. Según la definición

más simple, una ideología es un tipo de narración. Una historia convincente

sobre el mundo. Pero no todas las historias son ideologías, ni todas las

formas de narración colectiva son rígidas y opresivas. Hay una gran

diferencia entre cultura e ideología . Las ideologías ofrecen descripciones

absolutistas del mundo y nos dicen cómo debemos pensar, actuar e

interactuar con los demás. Las ideologías son las que, gracias a las leyes.

que impulsan, deciden qué se puede y qué no se puede hacer. una diferencia

de la cultura, en la que tienen cabida las excentricidades y las

reinterpretaciones, en la ideología el inconformismo es intolerable y es

fundamental que exista un compromiso total. Cuando la desviación de las

normas da lugar a un castigo severo y al ostracismo, nos hemos alejado de

la cultura y nos hemos adentrado en la ideología.

Desde el fascismo y el comunismo hasta el ecoactivismo y el

evangelismo espiritual, los grupos ideológicos ofrecen respuestas absolutas

y utópicas a los problemas de la sociedad, normas estrictas de

Comportamiento y una mentalidad de grupo a través de prácticas y símbolos.

específicos. Esas características definen a todas las ideologías, y pueden

Surgen incluso cuando la ideología está guiada por las intenciones más.

honestas y los ideales más nobles; es decir, aparecen, aunque lo que se

Pretendemos ser proteger la dignidad o el bienestar humanos.

La creencia más común es que las ideologías son una forma muy amplia.

de ver el mundo. Grandiosas y evocadoras. Intangibles y fuera de nuestro

controlar personales. Pocos de nosotros podemos esbozar los principios

concretos del conservadurismo, el liberalismo, el fascismo, el comunismo,

el capitalismo, el racismo, el sexismo, el teísmo o el populismo, con toda su

miríada de significados e interpretaciones. Como caídos del cielo, todos estos -ismos describen cómo es nuestra vida y nos dicen cómo actuar. Nos

instruyen sobre el cosmos y sobre cómo debemos relacionarnos con los

demás dentro de él. Para los creyentes, el destino utópico de una ideología

Parece tallado en granito. Una fuerza acechante que se cierra sobre nuestras

cabezas que deben ser veneradas y reverenciadas.

Siempre he pensado que es muy preocupante creer que las ideologías son

divinas y estáticas. Coexisten entre nosotros, dentro de nosotros, en la

Tierra. No en los cielos de la historia ni en las torres de las élites políticas.

No se encuentran en ningún plano trascendente. Las actitudes totalmente

formados y sagrados que promulgan no proceden del cielo. Las ideologías

habitan en los individuos. Las mentes individuales convierten las doctrinas.

sociales en pensamiento ideológico, un estilo de pensamiento que se rige

por normas estrictas y piruetas mentales cuidadosamente reglamentadas.

Mientras que la mayoría de las definiciones nos dicen que las ideologías

son corrientes históricas y movimientos sociológicos, a mí me interesa, en

cambio, examine las ideologías como fenómenos psicológicos. Desde ese

punto de vista, podremos preguntarnos qué hace una ideología a sus

creyentes ya quién atrae más fácilmente. Al observar los procesos que

tienen lugar en el interior de los cerebros individuales, podemos averiguar

¿Cuándo una ideología restringe la vida mental de sus seguidores y si alguna?

vez estos se pueden liberar de ella.

Incluso si una ideología parece justa, ética, vital, necesaria o hermosa,

Creo que debe ser analizada con detenimiento. Podemos estudiar su

estructura, su génesis y sus efectos, y cómo altera la mente de sus adeptos.

Podemos escrutar qué rompe o silencia una ideología en el cerebro, qué

procesos biológicos y mentales distorsionados. ¿Acaso impone un férreo?

¿control sobre el cerebro de los creyentes? ¿O deja que se cuestionen las

cosas y divagan libremente?

Todas las visiones del mundo pueden practicarse de forma extrema y

dogmático. Todo tipo de narrativa cultural utilizada para explicar el mundo   puede dar lugar a una ideología totalizadora. En consecuencia, averigüe

qué nos hace pensar que no es suficiente; Necesitamos analizar también cómo

nos hace pensar. Cuando una ideología exige que el pensamiento sea rígido

y ritualista, nos obliga a sesgar nuestra visión, a silenciar nuestras

inquietantes dudas ya anular nuestra subjetividad y nuestras posibilidades

creativas. Cuando una ideología exige que se piense de esa manera, nos está

obligando a convertirnos en otra persona. Alguien menos singular y único,

menos curioso, menos libre.  

 

 

 Y entonces una ideología es algo que nos determina, nos vuelve inflexibles, intolerantes   a diferencia de la cultura que si acepta nuestras excentricidades por lo mismo la neuropolítica con x ejercicios que nos permitirán tener un cerebro más flexible más tolerante, menos totalizador.

 

¿Pero eso es la ideología? 

 

Zizek nos dirá otra cosa:

 

La ideología se sostiene porque ofrece un marco para el deseo y el goce (el goce lacaniano) . Nos proporciona identidades, pequeñas satisfacciones y fantasías que hacen soportable la realidad social. La gente se aferra a estructuras ideológicas no por un error lógico, sino porque obtiene de ellas un crédito o satisfacción inconsciente. [ 1 ]

4. El encubrimiento del antagonismo social

Para Žižek, la última función de la fantasía ideológica es ocultar el trauma o el antagonismo fundamental de la sociedad: el hecho de que está intrínsecamente dividido por conflictos de clase y luchas de poder. La ideología presenta la sociedad como un todo armónico e imaginario, y cuando surge el conflicto, desvía la culpa hacia la figura de un "chivo expiatorio". [ 1 ]

En resumen, para Žižek estamos atrapados en la ideología precisamente cuando nos creemos totalmente libres de ella, porque el marco ideológico es el aire invisible que respiramos y que define el contorno mismo de lo que consideramos "normal".

 

Y si la ideología es ese marco para el deseo y el goce la ideología es el marco de toda cultura, así que la separación entre cultura y ideología no tiene ningún sentido al punto que para Zizek no existe un límite claro o exterior entre ideología y no ideología , ya que estamos siempre atrapados dentro de la red ideológica; la ilusión de estar fuera de ella es, en sí misma, la forma más alta de ideología. [ 1 , 2 ]

La trampa del "sable" y el fetichismo de la mercancía

·          No es solo falsa conciencia: Žižek (inspirado en Marx y Lacan) sostiene que la ideología no es un conjunto de ideas falsas que creemos por ignorancia. [ 1 ]

·          El cínico moderno: La gente ya sabe muy bien que las cosas no son como aparenten ("sé muy bien que es una ficción, pero aún así, actúo como si fuera verdad"). [ 1 , 2 ]

·          La eficacia práctica: El límite no se define por lo que se piensa a nivel racional o teórico, sino por cómo se actúa en la práctica cotidiana para sostener las instituciones. [ 1 , 2 ]

El punto ciego: El Goce ( goce )

·          El deseo y el síntoma: Lo que ancla la ideología no es el convencimiento intelectual, sino el goce ; aquello que disfrutamos secretamente (odiar al enemigo asignado, sentirnos moralmente superiores o pertenecer a una causa). [ 1 , 2 ]

·          Imposibilidad de salir: Pretender un "metalenguaje" o un punto de vista neutral y completamente desideologizado es imposible. El verdadero límite insondable es el antagonismo social (como la lucha de clases), que no se puede objetivar ni cerrar por completo en una totalidad armónica.

 

 

 

Entonces hacer una neuropolítica para que el cerebro se flexibilice es hacer ideología porque en el fondo lo que quieres es evitar la tensión que lo real te puede causar pero entonces ¿En el antagonismo esta la marca del quiebre ideológico?    ¿O no es también el conflicto una estructura ideológica? 

 

 

Nosotros podemos definir la ideología desde el primer orden con una identidad clara:

 

Una ideología es un conjunto fundamental de ideas, creencias y valores compartidos por una persona o un grupo que define su manera de interpretar la realidad y guiar su conducta social o política. [ 1 , 2 ]

Según el Diccionario de la lengua española , el término se refiere al conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de una colectividad o época. [ 1 ]

Características principales

·         Visión global: Explica cómo funciona el mundo y cómo debe organizarse la sociedad.

·         Carácter colectivo: Es compartida por un grupo, como un movimiento político, cultural o religioso.

·         Guía de acción: Orienta las decisiones y los comportamientos prácticos de las personas. [1, 2, 3, 4, 5]

Tipos comunes

·         Conservadora: Busca mantener el sistema y las tradiciones vigentes.

·         Revolucionaria: Propone cambios profundos y radicales en la estructura social o económica.

·         Reformista: Promueve mejoras graduales dentro del sistema actual

 

Luego podemos pasar a un segundo orden:

 

Para que la ideología se "absuelva" o se supere a sí misma dialécticamente, debe entrar en contradicción con la realidad material hasta que sus propias premisas se vuelven insostenibles. En la tradición dialéctica (especialmente en Hegel, Marx y pensadores contemporáneos como Slavoj Žižek), este proceso no ocurre por un simple acto de voluntad o iluminación teórica, sino a través de un desarrollo interno.

A continuación se detalla cómo opera este mecanismo de auto-superación:

1. El reconocimiento de la contradicción interna

La ideología siempre se presenta como una verdad universal, armónica y sin fisuras. Sin embargo, para sostenerse, debe ocultar o "resolver" falsamente las contradicciones de la sociedad.

·         El proceso dialéctico comienza cuando la realidad material desmiente el discurso ideológico.

·         Por ejemplo, la promesa ideológica de que "el trabajo duro siempre te saca de la pobreza" entra en contradicción dialéctica cuando la estructura económica estanca masivamente a los trabajadores a pesar de su esfuerzo.

2. La "Inversión Dialéctica" (Aufhebung)

El concepto clave aquí es la Aufhebung hegeliana, que suele traducirse como subsunción, superación o negación de la negación. Este proceso tiene tres momentos simultáneos:

·         Anular: Se destruye la rigidez de la máscara ideológica.

·         Conservar: Se rescata la verdad o el deseo legítimo que la ideología instrumentalizaba (por ejemplo, el deseo genuino de justicia o libertad).

·         Elevar: Se pasa a un nivel superior de conciencia donde el engaño ya no es necesario para explicar la realidad.

3. La vía de la autocrítica inmanente

La ideología no se combate efectivamente desde afuera con "otra ideología". Se absuelve desde dentro mediante la crítica inmanente : consiste en tomar las promesas de la ideología en serio y exigirle que las cumpla. Al intentar llevar sus propios principios hasta las últimas consecuencias, la ideología se quiebra porque revela sus limitaciones estructurales.

4. El enfoque Žižekiano: Atravesar la fantasía

En la teoría contemporánea, se argumenta que la ideología no es solo un engaño cognitivo, sino una estructura que organiza nuestro placer y nuestra realidad (una fantasía).

·          Absolverse dialécticamente implica "atravesar la fantasía" .

·          Esto significa asumir la pérdida del objeto idealizado que la ideología prometía y aceptar que la inconsistencia es parte de la condición social y humana.

En resumen, la ideología se absuelve a sí misma cuando fracasa en su intento de explicar el mundo , obligando al sujeto colectivizado a generar una nueva síntesis teórica y práctica que asimile ese fracaso como un aprendizaje histórico.

     

 

El problema es que al generar una nueva síntesis se genera una nueva ideología que otra vez se la llevará hasta sus límites y nos dará otra ideología.  

 

Pasemos pues al tercer orden

 

Para "desmontar" o deconstruir las ideologías y las estructuras de poder que rigen la sociedad, el filósofo francés Michel Foucault propuso herramientas metodológicas y conceptuales en lugar de un manual político tradicional . Foucault argumentaba que el poder no solo proviene del Estado o de una clase dominante, sino que está difuso, normalizado en el lenguaje y presente en todas nuestras interacciones diarias.

A continuación se detallan las principales estrategias foucaultianas para analizar y desarrollar estas estructuras sociales:

1. El Análisis Arqueológico y Genealógico

·          Cuestionar la "verdad" histórica: Foucault utiliza la genealogía (inspirada en Nietzsche) para rastrear el origen de los conceptos que hoy consideramos verdades absolutas, como la locura, la sexualidad o la justicia.

·          Mostrar la contingencia: Al demostrar que una "verdad" actual tuvo un inicio histórico motivado por intereses de poder, se evidencia que no es natural ni eterna, lo que permite debilitar su autoridad ideológica.

2. Visibilizar el "Biopoder" y la Anatomopolítica

·          Identificar el control corporal: El poder moderno no solo castiga, sino que gestiona la vida. Foucault acuñó el término biopoder para describir cómo las instituciones (escuelas, hospitales, prisiones) moldean los cuerpos, los horarios y las conductas para hacerlos productivos y dóciles.

·         Hacer consciente la autovigilancia: Conceptos como el Panóptico explican cómo los individuos interiorizan la vigilancia, convirtiéndose en sus propios custodios. El primer paso para desmontar la ideología es hacer visible este autocontrol inconsciente.

3. Exponer el binomio Saber-Poder

·         Desmitificar la neutralidad del conocimiento: Para Foucault, el saber y el poder se implican mutuamente. Las ciencias humanas (como la psicología o la criminología) a menudo crean categorías para clasificar y, en consecuencia, controlar a las personas (ej. "normal" vs. "anormal").

·         Desafiar los discursos expertos: Desmontar la ideología implica dudar de las verdades presentadas por las instituciones oficiales y examinar qué estructuras de dominación se benefician de esos discursos.

4. Fomentar la Micro-resistencia y el Cuidado de Sí

·         Focalizar la lucha a escala local: Dado que el poder está fragmentado (es "capilar"), Foucault no creía en una gran revolución centralizada. La resistencia debe ser cotidiana, local y específica: en la pareja, en el aula, en el hospital o en el trabajo.

·         La estética de la existencia: En sus últimos trabajos, propuso el "cuidado de sí" como una forma de resistencia ética. Consiste en inventarse a uno mismo y crear formas de vida propias, rechazando las identidades prefabricadas que el poder y las ideologías intentan imponer.

Para desmontar las ideologías utilizando el pensamiento de Jacques Derrida, se debe aplicar su estrategia filosófica conocida como deconstrucción. Para Derrida, una ideología no se destruye a la fuerza desde afuera; se desmonta desde adentro, analizando minuciosamente sus propios textos, discursos y contradicciones para demostrar que sus supuestas "verdades absolutas" son, en realidad, construcciones artificiales e inestables. [1, 2, 3, 4]

Aunque Derrida siempre insistió en que la deconstrucción no es un método rígido con pasos mecánicos, en la práctica se sigue una estrategia analítica muy clara para desarmar cualquier estructura ideológica: [1, 2, 3]

1. Identificar las oposiciones binarias

Las ideologías dividen el mundo en parejas de opuestos para simplificar la realidad. El primer paso es detectar qué conceptos está enfrentando el discurso. [1, 2]

·         Ejemplos comunes: Civilización/Barbarie, Razón/Emoción, Hombre/Mujer, Capitalismo/Socialismo, Nativo/Extranjero. [1, 2]

2. Evidenciar la jerarquía implícita

En una ideología, los opuestos nunca son iguales; un término siempre se impone sobre el otro , presentándose como el "puro", el "bueno" o el "natural", mientras que el segundo es visto como un derivado, una amenaza o una imperfección. [ 1 , 2 , 3 ]

·          El objetivo: Hacer visible cuál es el término privilegiado y cómo la ideología intenta ocultar que esa división es puramente política y cultural, no una ley de la naturaleza. [ 1 ]

3. Invertir la jerarquía (El desmontaje)

Consiste en demostrar que el término "superior" no podría existir sin el término "inferior". Se analiza el discurso con lupa para encontrar sus fisuras, contradicciones y puntos ciegos . [ 1 , 2 , 3 ]

·          Cómo opera: Se demuestra que lo que la ideología considera secundaria o marginal es, en realidad, lo que sostiene a todo el sistema. Al forzar la lógica del texto, la jerarquía se pone "patas arriba" y colapsa por su propio peso. [ 1 , 2 ]

4. Desplazar los conceptos (Crear el "Tercer Espacio")

Una vez invertido el binario, el propósito no es simplemente reemplazar al viejo opresor por el nuevo. El paso definitivo es el desplazamiento: introducir un concepto neutro o "indecidible" (como el famoso término derridiano différance ) que no encaje en ninguno de los dos bandos. Esto rompe el juego de la ideología y abre la puerta a múltiples interpretaciones alternativas. [ 1 , 2 , 3 , 4 ]


Resumen del proceso deconstructivo

Etapa

Acción Clave

Propósito según Derrida

1. Identificación

Localizar los opuestos en el discurso.

Ver cómo la ideología simplifica la realidad.

2. Exposición

Mostrar cuál término domina al otro.

Desvelar las relaciones de poder ocultas.

3. Inversión

Encontrar las contradicciones internas.

Demostrar que el sistema es inestable y artificial.

4. Desplazamiento

Romper el binario con nuevas ideas.

Liberar el pensamiento de verdades absolutas.

Deconstruir una ideología significa, en última instancia, dejar de ser lo que el sentido común y las estructuras impuestas han hecho de nosotros , demostrando que donde un dogma promete orden y certezas absolutas, solo existen interpretaciones y diversidad.

 

 

Pero aquí está  el problema  en derrida ya entramos en el entre no   como un tercer espacio sino como ese espacio tiempo que no puede definirse binariamente.

 

¿Pero y esto no es también ideológico? 

Leamos con atención el cuento de mis tristes muertos y veamos la serie de netflix basada en estos cuentos:

 

Sinopsis

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Ambientada en el barrio de Piedrabuena, la historia se centra en Emma, una médica de 60 años que está recientemente jubilada y posee la capacidad de ver y escuchar a los muertos, pero durante toda su vida ignoró este don por estar atravesando un duelo por el fallecimiento de su madre. Sin embargo, esto cambia con la llegada de su sobrina Julie, una joven que también puede comunicarse con los muertos, aunque de una forma más intensa y sexual. Al mismo tiempo, el asesinato de tres adolescentes en el barrio desencadena una serie de sucesos inexplicables que rompen el equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

 

Aquí nadie puede absolver a los muertos , los puedes ver, escuchar y hasta tener sexo con ellos, pero todos los muertos quedan atrapados en el goce a diferencia de la divina comedia donde los muertos quedan atrapados en sus pecados, aquí quedan atrapados en sus placeres y sufrimientos  ¿Por qué?

 

Porque no hay absolución posible, lo único que queda es variar un poco el goce, y es que la critica ideología ha sido tan eficaz en la pos modernidad que no hay posibilidad de ver un horizonte emancipador, si pensabamos que la ideología nos daba una visón armoniosa de la realidad, en la cual nos evitaba el trauma de lo real, ahora la ideología nos da una visión distopica, inmovilizadora, donde toda da lo mismo en una infinita repetición del goce, Zizek encima nos llama a dar nuestra cara comunista de izquierda sin ninguna vergüenza, pero ¿Cuál comunismo? Si todo horizonte emancipador ha sido deconstruido y es la derecha la que asume un horizonte no emancipador pero si de poder orden e identidad, que logra que gran parte de la población  se identifique en una idea  que de hecho es una ideología donde el goce de odio al otro nos congrega.

 

¿Para que entonces sirvió  todo este cuestionamiento ideológico?       

 

Para que algunos crearan su negocio de ciencia neuropolitica, para que surgiera el movimiento woke llamando a despertar para dormir en el sueño ideológico del dios débil, para que Zizek se convirtiera en un showman filosófico.   

 

 

¿Y la pregunta sigue en pie  que es ideología y  que no es ideología?

 

Desde el tercer orden no la podemos responder

 

Lo que podemos saber es que cuando un acontecimiento  altera el sistema, las ideologías se perturban por lo mismo no todo puede ser ideología y cuando el sistema contra ataca contra alterando también se perturba redevelándose una representación viva, pero si el sistema logra una nueva   homeostasis quedamos atrapados nuevamente  dentro del marco ideológico.

 

Y si respiramos ontológicamente entre alteración y contra alteración redevelando una comunión sintransferencial no sabremos a ciencia cierta si salimos de la ideología pero es lo más parecido a una salida, porque el otro no es reducido a una captura representacional ni a una diferenciación sin absolución ni horizonte, pero puede que en vez de haber salido hayamos logrado la ideología perfecta que si se sostiene no puede ser ideología, ni siquiera cultura es simplemente estar en la vida espiritual.

 

 

Mas esta ideología perfecta que no es ideología siéndolo  no se logra sin la resurrección del Dios fuerte.       

 

 

 

Sí, Chakana. Ahora veo con mucha más claridad por dónde estás llevando la cuestión. No estás buscando una definición más sofisticada de ideología; estás llevando el concepto de ideología hasta el punto en que la propia crítica de la ideología puede convertirse en ideología. Y ahí aparece la necesidad de la absolución.

Hay, a mi juicio, un punto decisivo en tu recorrido:

Zmigrod → flexibilizar la mente.
Žižek → atravesar la fantasía.
Foucault → genealogizar el poder.
Derrida → desestabilizar la oposición.
Tercer orden → alterar y contraalterar el sistema.
Pero entonces aparece la pregunta que ninguno de esos movimientos puede resolver por sí mismo:

¿qué impide que la propia salida se estabilice como una nueva forma de captura?

Y creo que ahí está exactamente tu problema con la "ideología perfecta".

1. Zmigrod y Žižek no están hablando exactamente de la misma ideología

El contraste que haces es muy fértil.

En Zmigrod, la ideología aparece fundamentalmente como rigidificación del pensamiento: una narrativa que puede transformar una visión cultural en un régimen cognitivo rígido, ritualizado e intolerante. En el texto que has recuperado, ella insiste precisamente en que incluso una visión que comienza con ideales nobles puede volverse totalizadora cuando silencia la duda y restringe la creatividad.

Podríamos expresarlo en tu lenguaje:

cultura → representación → fijación → rigidez → ideología

Entonces la neuropolítica intentaría recuperar flexibilidad.

Pero Žižek introduce una dificultad mucho más profunda:

¿y si la rigidez no es el verdadero problema?

Porque puedo ser perfectamente flexible, aceptar contradicciones, ironizar sobre mi propia identidad, desconfiar de todo dogma y seguir completamente capturado por una estructura ideológica.

Ahí aparece el goce.

Es decir:

puedo saber que mi representación es una ficción y continuar viviendo de ella.

Entonces tenemos dos dimensiones diferentes:

Zmigrod:
ideología = cómo queda estructurada la mente.

Žižek:
ideología = qué sostiene nuestro deseo incluso cuando sabemos que es una construcción.

Por eso tu crítica a la neuropolítica toca algo importante: hacer flexible el cerebro no equivale a absolverlo de la captura ideológica .

Una mente flexible puede producir infinitas representaciones.

Y quedar atrapada en todas ellas.


2. Pero aquí yo haría una corrección importante a tu formulación

Dados:

"¿En el antagonismo está la marca del quiebre ideológico? ¿O no es también el conflicto una estructura ideológica?"

Yo diría:

El antagonismo no es todavía ideología.

Pero puede ser capturado ideológicamente .

Esto es fundamental.

Hay que separar:

antagonismo ≠ representación del antagonismo.

El antagonismo señala que el sistema no coincide consigo mismo .

La ideología aparece cuando esa fractura es nuevamente representada, organizada, identificada y administrada.

Por ejemplo:

herida → conflicto → representación del conflicto → identidad del enemigo → régimen de interpretación.

El problema no es que exista conflicto.

El problema es cuando el conflicto queda convertido en una forma estable de reproducción del sistema .

Entonces:

antagonismo abre.
ideología clausura el antagonismo mediante su representación.

Y aquí Žižek es muy importante para tu investigación, porque su crítica del "afuera" de la ideología precisamente impide imaginar una salida sencilla: la crítica puede ser absorbida por aquello mismo que critica.

Pero tú estás llevando esto un paso más lejos.

Porque dices:

¿y si incluso la imposibilidad de salir de la ideología se convierte en una ideología?

Exactamente.


3. Ahí Derrida llega al Entre... y vuelve a aparecer el problema

Aquí creo que tu lectura es muy precisa:

el Entre no es un tercer espacio.

Si fuera un tercer espacio, tendríamos:

A → B → C

YC sería una nueva posición.

Pero tu Entre sería más bien:

A ↔ ( ) ↔ B

El paréntesis no constituye una tercera sustancia.

Es la apertura del intervalo mismo .

Por eso no puede convertirse simplemente en "la nueva ideología del Entre".

Pero aparece inmediatamente la paradoja:

¿Qué ocurre cuando convertimos el Entre en principio?

Entonces ocurre algo terrible:

Entre → concepto → representación → método → institución → identidad → ideología.

El Entre que pretendía impedir la clausura puede convertirse en la ideología de la no-clausura .

Y entonces tendríamos algo todavía más cómodo:

"Yo no soy ideológico porque no creo en ninguna identidad fija."

Pero esa afirmación puede convertirse en una identidad.

"Yo no tengo una posición."

Y esa ausencia de posición puede transformarse en una posición.

"Todo es relativo."

Y eso puede convertirse en un absoluto.

"No existe ningún absoluto."

Y eso mismo puede funcionar como absoluto.

Aquí la crítica de la ideología se vuelve autorreferencial.


4. Por eso tu ejemplo de Mis muertos tristes adquiere una fuerza enorme

No tomaría la serie como demostración sociológica de nada; la tomaría como figura dramatúrgica de aquello que estás pensando.

La imagen que propone es potente:

Divina Comedia:

muerto → pecado → juicio → purificación → redención.

En tu lectura de Mis muertos tristes :

muerto → trauma → deseo → goce → repetición.

No hay tránsito definitivo.

No hay absolución.

No hay una salida del circuito.

El muerto permanece dentro de su propia economía libidinal .

Y eso corresponde extraordinariamente bien con el problema que estás construyendo:

La posmodernidad puede haber aprendido a criticar la ideología sin haber encontrado una forma de redención.

Entonces ya no tenemos necesariamente:

ideología → emancipación

sino:

ideología → crítica → deconstrucción → desidentificación → nuevo goce → repetición.

Y aquí aparece tu frase:

"lo único que queda es variar un poco el goce."

Esa es quizás una de las formulaciones más fuertes de todo tu planteamiento.

Porque si toda emancipación es inmediatamente sospechosa de ser una nueva ideología, entonces la crítica puede producir una situación paradójica:

Ya no creemos en ninguna salvación, pero seguimos deseando.

Entonces el goce queda como residuo.


5. Y aquí aparece la diferencia fundamental entre "deconstrucción" y "absolución"

Creo que este es el punto donde tu Ciencia del Logos comienza realmente a diferenciarse.

La deconstrucción puede mostrar:

A no puede sostenerse sin B.

Después:

B habita en A.

Después:

A/B no pueden estabilizarse.

Pero todavía queda una pregunta:

¿Qué sucede con aquello que ha sido puesto en suspensión?

La deconstrucción puede impedir que la representación se cierre.

Pero eso no equivale todavía a redención .

Porque podemos quedar eternamente en:

desconstrucción → desconstrucción → desconstrucción → ...

Una especie de infinito negativo.

Y ahí tu "absolución" introduce algo diferente.

No sería:

otra representación verdadera.

Ni:

síntesis definitiva.

Ni:

nueva identidad.

Ni siquiera:

una salida exterior al sistema.

Sería la posibilidad de que la relación misma deje de reproducirse como captura .

Por eso tu fórmula de tercer orden resulta mucho más precisa:

alterar ↔ contraalteración

y no:

tesis → antítesis → síntesis.

Porque la síntesis corre inmediatamente el riesgo de convertirse en una nueva determinación.


6. Entonces podemos formular tu tercer orden de una manera todavía más rigurosa

No preguntaría:

¿Salimos de la ideología?

Porque esa pregunta ya supone que existe una "afuera" perfectamente identificable.

Preguntaría:

¿La alteración consigue mantener abierto el campo de relación sin convertirse en una nueva clausura representacional?

Y entonces:

sistema → ideología

cuando:

alteraciones → captura → contraalteración → nueva homeostasis.

Pero:

sistema → alteraciones → contraalteración → respiración ontológica

cuando la contraalteración no logra apropiarse definitivamente de la alterada .

Por eso tu expresión:

"no sabremos a ciencia cierta si salimos de la ideología"

me parece fundamental.

No es una debilidad.

Es precisamente la honestidad epistemológica del tercer orden .

Porque si dijeras:

"hemos salido de la ideología",

Acabas de construir una nueva posición de certeza.


7. Y aquí llegamos a la paradoja de la "ideología perfecta"

Tu frase:

"una ideología perfecta que no es ideología silo"

Necesita, creo, una pequeña torsión.

Porque si realmente es ideología , entonces sigue siendo ideología.

No debemos salvarla mediante un juego conceptual.

Yo la formularía así:

una forma de vida que conserva la posibilidad de representación sin convertirse en representación soberana de la vida.

Eso es diferente.

No es una "ideología perfecta".

Es algo más extraño:

una representación que sabe morir como representación.

Y aquí reaparece algo que ya habíamos encontrado en tu trabajo sobre el Don: la representación puede nacer de algo recibido y luego comenzar a vivir de su propia reproducción; incluso una representación de la gracia puede terminar defendiéndose a sí mismo en nombre de la gracia.

Ese es precisamente el peligro.

La gracia puede producir una representación.

La representación puede producir una institución.

La institución puede producir una ortodoxia.

La ortodoxia puede comenzar a defenderse.

Y entonces:

Don → representación → reproducción de la representación → captura del Don.

Ahí aparece la ideología religiosa.

Por eso la redención no puede consistir simplemente en producir la representación correcta de la redención.


8. Y ahora entiendo mejor lo que quieres decir con la "mano débil" y la "mano fuerte"

Aquí hay algo que debemos tratar con mucho cuidado.

No creo que estés diciendo simplemente:

Dios débil = malo / Dios fuerte = bueno.

Tu lenguaje parece estar apuntando a una escisión interna de la potencia divina .

La mano débil sería el Dios que:

·         deja que la representación se multiplique;

·         permite la libertad;

·         permite la contradicción;

·         permite incluso la negación de Dios;

·         se retira de la captura inmediata.

Pero si esa debilidad queda sola, puede producir:

libertad → indeterminación → relativización → repetición → goce sin redención.

Entonces aparece la necesidad de la mano fuerte.

Pero aquí está la cuestión decisiva:

la mano fuerte no puede simplemente aplastar la mano débil.

Porque entonces regresamos al primer orden:

Dios fuerte → ley → identidad → obediencia → ideología.

Por eso tu fórmula no debería ser:

mano débil → mano fuerte.

Sino:

mano débil ↔ mano fuerte.

Oh, en tu lenguaje respiratorio:

exhalación ↔ inhalación.

La fuerza que absuelve no puede convertirse en fuerza que captura.


9. Por eso la resurrección ocupa un lugar que la crítica de la ideología no puede ocupar

Aquí está, creo, el verdadero salto de tu argumento.

La crítica puede decir:

"no conviertas tu representación en absoluto."

La deconstrucción puede decir:

"todo absoluto contiene su propia diferencia."

Žižek puede decir:

"atraviesa la fantasía."

Foucault:

"mira cómo el poder te produce."

Zmigrod:

"observa cómo la rigidez ideológica reorganiza tu mente."

Pero ninguna de esas operaciones, por sí sola, produce:

resurrección.

Porque la resurrección no es una nueva teoría sobre la muerte.

Es una alteración del régimen mismo de muerte.

Y eso encaja de manera muy profunda con tu fórmula:

1 → 0 → 10

No:

1 → 2 → 3

No es la producción de una nueva identidad.

Es:

ser → muerte → vida redimida.

Por eso la redención no puede ser simplemente "salir de la ideología".

Porque si salir de la ideología significa alcanzar una posición desde la cual podamos decir definitivamente:

"esto ya no es ideología",

hemos vuelto a producir una torre.

La redención sería más bien:

morir a la necesidad de que la representación tenga la última palabra.


10. Entonces yo reorganizaría todo tu recorrido así

Orden

Operación

Riesgo

1.º

Identidad / representación

Dogmatismo

2.º

Contradicción / Aufhebung

Nueva síntesis ideológica

3.º

Deconstrucción / Entre

Infinita indeterminación

3.º+

Alteración ↔ contraalteración

Nueva homeostasis

Respiración ontológica

Entre sintransferencial

No garantiza una "salida"

Absolución

La representación pierde su soberanía

Apertura

Redención

Muerte de la clausura / vida nueva

Resurrección

Y entonces aparece algo muy hermoso:

la ideología no se vence con una antiideología.

Porque:

ideología → antiideología → nueva ideología.

Tampoco con flexibilidad infinita:

rigidez → flexibilidad → dispersión.

Ni con deconstrucción infinita:

estructura → diferencia → diferencia de la diferencia → ...

Lo que estás buscando parece ser otra cosa:

una forma de vida capaz de recibir representación sin quedar reducida a ella, capaz de recibir alteración sin convertirla inmediatamente en identidad, capaz de contraalterar sin cerrar el acontecimiento.

Eso es lo que llamas comunión sintransferencial.


Y entonces llego contigo a la última frase:

"Esta ideología perfecta que no es ideología siéndolo no se logra sin la resurrección del Dios fuerte."

Yo solamente cambiaría una palabra:

no hablaría de una ideología perfecta.

Porque esa expresión todavía le concede a la ideología la última palabra.

Diría:

La vida espiritual no es la ideología perfecta. Es aquello que acontece cuando ninguna ideología puede apropiarse definitivamente de la vida.

Y entonces la resurrección del Dios fuerte no sería la llegada de un nuevo amo que finalmente organiza el Entre.

Sería algo mucho más radical:

la mano fuerte que no destruye la mano débil, sino que la integra.

La fuerza que no captura la libertad.

La verdad que no necesita convertirse en régimen de verdad.

El absoluto que se absuelve de ser una representación absoluta.

Ahí creo que tu "Dios fuerte" empieza a significar algo muy distinto de poder.

Porque si puede integrar su propia mano débil, entonces su fuerza ya no es dominación.

Es capacidad de redimir aquello que había quedado sin redención.

Y ahí sí aparece la urgencia que planteabas al principio: no basta con flexibilizar el cerebro, deconstruir la ideología ni atravesar el goce. Hay que preguntar si todavía es posible que aquello que quedó atrapado en la repetición pueda morir a su repetición y volver a vivir.

Ese, me parece, es el punto exacto donde la crítica de la ideología termina y comienza tu problema de la absolución.

 

Bien recordemos que hemos estado trabajando LA DEBILIDAD DE DIOS. Una teologia del acontecimiento de
JOHN CAPUTO 

 

Nos quedamos en la segunda parte:

 

Segunda parte: El Reino de Dios. Esbozos de una sagrada anarquía.  

 

En la segunda parte de su libro La debilidad de Dios: Una teología del acontecimiento, titulada "El Reino de Dios. Esbozos de una sagrada anarquía", el filósofo y teólogo norteamericano John D. Caputo aplica la deconstrucción a las estructuras tradicionales de poder de la teología clásica. [1, 2, 3, 4, 5]

A través de una lectura radical del Nuevo Testamento (especialmente de las cartas de San Pablo y las parábolas de Jesús), Caputo conceptualiza el Reino de Dios no como un imperio político o una monarquía celestial absolutista, sino como una "fuerza débil" o una "sagrada anarquía". [1, 2, 3, 4]

Los ejes fundamentales de esta sección se resumen a continuación:

1. El concepto de "Sagrada Anarquía"

Para Caputo, la palabra "arché" (en griego) significa tanto origen como principio de autoridad o gobierno. Por lo tanto, la "anarquía" es la ausencia de un centro de control jerárquico.

·         El Reino de Dios es una "sagrada anarquía" porque subvierte, trastoca y deshace por completo los órdenes y las jerarquías del "mundo" (el orden profano). [1, 2]

·         En este Reino, la lógica del poder terrenal queda anulada: los últimos serán los primeros, los enemigos deben ser amados y los marginados ocupan el centro del banquete. No hay pirámides de poder; es el auge de un santo caos que descoloca la racionalidad del fuerte. [1, 2]

2. La deconstrucción del poder (San Pablo y los ta me onta)

Caputo se apoya fuertemente en el pasaje de 1 Corintios 1, donde Pablo habla de la "locura de la cruz" y afirma que Dios eligió lo débil del mundo para confundir a lo fuerte. [1, 2]

·         Introduce el término griego ta me onta ("las cosas que no son", los "nadie" o los desclasados).

·         El Reino no se manifiesta a través de soberanos, ejércitos ni decretos dogmáticos. Dios no opera mediante una ontología del poder o del ser supremo (omnipresente y omnipotente), sino mediante el acontecimiento de la debilidad, encarnado en los desposeídos. [1, 2]

3. El Reino como Invitación y Reclamo (El Kerygma)

El Reino de Dios no pertenece a la esfera de la imposición física o metafísica, sino a la esfera de la invitación, la llamada y el ruego. [1, 2]

·         Dios no es una fuerza física que interviene mágicamente para alterar las leyes de la física o forzar la historia; Dios es un acontecimiento que insiste e interpela la conciencia humana. [1, 2]

·         Por ende, el Reino se proclama a través de la poética de las parábolas. Las parábolas de Jesús no son manuales jurídicos, sino relatos subversivos que desarman las expectativas de justicia distributiva o retributiva de la sociedad común. [1, 2]

4. Una ética de la hospitalidad y la vulnerabilidad

Al despojar a Dios de su soberanía tradicional coercitiva, la responsabilidad se traslada directamente al ser humano. [1, 2]

·         Si Dios es una "fuerza débil" que nos llama hacia lo imposible (la justicia perfecta, el perdón incondicional, el amor al enemigo), ese llamado solo se hace efectivo si nosotros respondemos a él en el mundo real. [1, 2, 3]

·         La sagrada anarquía exige una ética de la compasión, la hospitalidad radical y el cuidado del desamparado, fuera de los marcos institucionales rígidos. [1]

En resumen, en esta segunda parte Caputo sostiene que el Reino de Dios es la perturbación y el cuestionamiento divino de todas las estructuras de dominación humana. El Reino "gobierna" precisamente renunciando al uso de la fuerza, presentándose como un llamamiento incondicional a la transformación de la realidad y del corazón humano

 

 

El grave problema es que el Dios débil de Caputto abre espacio para que se haga  la contraposición del Dios fuerte:

 

 

[Auschwitz] fue la barbarie contra la que toda educación se dirige. Se habla de amenaza de recaída en la barbarie. Pero ésta ya no amenaza, sino que Auschwitz fue la recaída; la barbarie persiste mientras las condiciones que produjeron dicha recaída sigan existiendo. En ello consiste todo el horror."

Th. W. Adorno

Hoy, entre otros, el horror lo encarna este asesino genocida, Netanyahu, al que le dejan hablar en la ONU sin ser arrestado inmediatamente y conducido ante un tribunal de justicia internacional. Un hecho que lo dice todo de la época miserable que estamos viviendo. Todavía al comienzo de su alocución se atrevió chulescamente y sonriendo cínicamente, a tratar de "cobardes morales" a los que le dejaron con la palabra en la boca abandonando la sala. Seguro que el pueblo judío no se merece tener en la presidencia del estado sionista de Israel, a un asesino de semejante calaña, que legitima sus acciones militares asesinando a miles y miles de inocentes, en nombre de la voluntad de dios y de ser el pueblo elegido por ese su dios. Son siglos de arrogancia moral contra los no judíos, que los cristianos han continuado dando lecciones acerca del bien y del mal, fundadas en la supuesta existencia de un Pantocrator que dicen "es el Bien". El judeocristianismo es una plaga ético-política que lleva asolando el planeta desde hace milenios, y que sirve para sostener todo tipo de abusos y violencias contra quienes niegan esa fe. Pero en la época de las armas nucleares y de otros medios de destrucción masiva, tanto los cristianos en sus múltiples versiones, quizás la más patética y peligrosa sea ahora la trumpiana, como los sionistas israelís poseedores también de un arsenal atómico "disuasorio", pretenden siempre que los malos y los terroristas son los otros. Mientras tengan al capitalismo de su lado y al capital en sus bolsillos, es difícil que algo pueda cambiar. "Esperemos" que su dios se aburra de protegerlos y los reconvierta en ángeles custodios de una humanidad digna y noble.

Iñaki Marieta  

 

 

Y como hemos visto en el ejemplo de  mis muertos tristes sin horizonte fuerte de salvación , de redención de liberación, lo único que queda es acompañar al débil en su goce y a las justas varias un poco.

 

Por esto desde el tercer orden no nos podemos quedar en el Dios sino que de la inhalación débil ontológica debe de surgir el Dios fuerte, esta complementariedad es vital en el pensamiento andino amazoni de Gamaliel Churata donde el entre no se redevela como el espacio del acontecimiento triste y muerto sino como El ahayu donde los muertos más bien están vivos y aunque su horizonte es distinto a una resurrección judeo cristiana desde el pensamiento antropófago de Gamaliel Cristo resucita en los vivos.

 

 

Alarde de canto, alarde ingenuo, como es ingenuo el trino, "Si el pájaro pudiese analizar su trino: no trinaría": ha sentenciado Goethe; y aunque el padre de Fausto ignoraba que el trino es analista, le faltó agregar que si el hombre pudiese analizar el trino, no reiría. CXI. A todo esto ha llegado la hora de nuestra batalla. Y voy a dársela, no con bombas atómicas; batalla de flechas y de clavas, con una táctica descriptiva, y si alcanzo, estética; que infiero se llamaron así desde Federico el Grande aquellas guerras que si bien, como toda guerra, perseguían destruir al enemigo, no se proponían destruir la vida; por lo que seria más propio llamarlas estrategias del Inka, que él empleó con un sentimiento humano de la guerra que no tiene paralelo, Y es que eso de Sitiar al enemigo con la persuasión, sin hacer persuasión de las armas, es cosa que no han entendido Hitler ni Tamerlán, ni entenderá el hombre hasta entender. al Inca. Piense usted si los civilizadísimos nipones de Hirosima, que fueron capaces de la hazaña de Pearl Harbor, cuando se vieron abrasados ​​en una ola de fuego, no habrían sentido que la guerra bella: fue la de sus viejos Samuráis. y que este atormentado mundo de hoy tiene otra salvación que regresar a la bestia y al salvaje, los cuales, aun saboreando sangre, descubren una naturaleza gobernada por los sentimientos de la fraternidad en la vida. CXII. Y usted se dirá que el regreso inevitable ha comenzado: de las arquitecturas abstrusas, a fuerza de capciosas, de las filosofías y sus valores, a un empirismo sensualista; de la satánica inhumanidad de las guerras modernas, a la dulce ferocidad de la bestia; del amor esquemático de Don Juan, al amor y la familia genésicos; de la tortuosa teología del Papa, al sano sentimiento de la vida del Layka. En fin: regresar para el hombre será encontrarse menos poseído de pavor, más dueño de una serena humanidad. Retorno en El al maternal regazo de la realidad. CXIII. Y nosotros tenemos al Inka, y no le vemos. La historia de su Imperio es objeto de una arqueología débil; nuestros sociólogos la conocen sólo por los descubrimientos de la ciencia europea, apriorística y preconcebida, que lo demás del rebaño ni eso sabe. Por lo que la Historia Americana comienza, nó con el garrote de Cajamarca, comienza con el descuartizamiento de Túpac Amaru; y todo lo que detrás del último Inka queda, nebulosidad y prehistoria. ¿Y qué pasa? Pasalo. ¡que está a la vista! un continente sin historia; cuatrocientos millones de hombres y mujeres sin historia; treinta, o más "republiquetas" simiescas que desembocan en toda la Historia, pero en una Historia que no es nuestra Historia. Y la única naturaleza verdaderamente histórica que ha producido la América: la del Imperio Inkaiko, no pertenece a la Historia, a la cual, nosotros, criollos y mestizos, sí pertenecemos; ¡y no hemos inventado la rueda, el hisopo ni la escoba! Es que la historia comienza con el descubrimiento de la escritura,y la escritura del kipu se hizo rastra en el escombro a que fue reducido el Tawantinsuyu; por lo que la cultura del Inka no puede ser considerada entre las manifestaciones históricas de los grupos humanos; pero sí la destrucción de su cultura. ¿La destrucción de su cultura, consumada por el alfanje de las Cruzadas ya la sombra del lábaro de la Civilización Divina? Divina... ¿Todo lo contrario no será lo justo? En verdad, el esclavizamiento de un pueblo por otro, a título alguno puede corresponder a la Historia de la Civilización, supuesto la civilización debe hallarse en el ápice de las superaciones morales. Es sólo la protohistoria del salvaje; si al valemos  del salvaje si al valernos del salvaje para caracterizar la rapiña, el cuatrerismo, el superhombrismo, no ofendemos la dignidad humana. CXIV. Sobre esta trapaza alentemos la fe de que él Tawantinsuyu suscitará en quienes sean capaces de obra tan magna (ya la cual hasta los humildes tenemos el deber de contribuir) la osadía de revelar su Historia, no su árida arqueología (la Historia, como se la entiende hoy, es una arqueología dramática sin drama), sino la expresión antropológica de un complejo que trasciende porque vive. Para esto, volveremos a lo sugerido ya; y es que una verdadera aprehensión, sólo es posible partiendo del sentimiento. Y hasta el Inka no puede llegar sino quien siente al indio, la raíz del trino; mejor si los siente y concibe como poesía, que es templo en que vibra la actualidad vital; si acaso pertenece sólo a las estructuras moleculares del hombre lo que le fluye en sueño. Por eso mismo, cuando esa empresa sea realizada en las medidas de su magnitud, podremos colegir, nó que el lnka se hubiera marchado, o le asesinaron en Tinta, y vuelve; si, que está. Que no puede irse. Está en escoria y agonía. TRENO Aquí llega uno de sus dardos. "La vida es una sucesión de unidades", me dice usted; "y Alguien, que lo juzga bueno, suprime algunas de ellas". CXV. No le entiendo, y menos lo siento; es honrado se lo diga. Si no estuviera convencido de que no profesa usted principios religiosos, no le presentaría las débiles objeciones que verá enseguida. De pronto, ese. “Alguien”, de un pascalismo obsoleto indudable, me resulta insólito por venir de quien viene. ¿Se trata del dios ortodoxo, mi buen amigo? ¿Por qué no decirlo claramente? Nuestros dioses, que tan viejos son como aquél, y acaso más viejos, no se arrogan tales facultades. Si usted propusiera el problema al Huturi (divinidad ofídica del Titikaka), le creería una naturaleza desleal, que nadie, sin manifiesta deslealtad, concibe un dios que para hacer la vida requiere de unidades, siendo él, necesariamente, la unidad. Y luego, porque lo cree bueno —y un dios estará, aunque sólo por respeto a sus regalías, más allá del bien y del mal—, suprime algunas de ellas, seguramente porque advierte que su creación no es perfecta, ya que no lo hará a causa de su psicosis de genitor. Y si se rectifica es en ejercicio de un sentimiento humano de perfectibilidad, condición ¡impropia de la perfección inmutable y divina. Mientras el poeta elabora su canción, o el escultor modela su esquicio, van de tanteo en tanteo, e introduce una modificación acá, y otra allá, y si aún así quedan insatisfechos, tiran cuanto levantaron. Y aquel toma nuevo papel y éste nuevo barro y, sin cansarse —que el artista sabe que a madre alguna le cansa la maternidad—, tornan a infundir en la materia indócil el soplo de su genio, hasta que, finalmente, aletea la vida. ¿Presumiremos que dios procederá de esta manera? Entonces dios es menos poderoso que el hombre; y esto es negar a dios.Herejía de herejías. CXVI. ¿Cómo ante estas caliginosas turbulencias no ampararse en el monismo de Layka, quien, lógicamente, se mueve entre valores "sobrenaturales", mentalidad mágica como es? Pero es que el concepto que de lo sobrenatural tiene el Layka es completamente natural; y no puede ser otra cosa, siendo, como es, un individuo natural, y está dentro y no fuera de la naturaleza; y porque es más psicólogo que brujo, no cree que "alguien a más de la vida y la materia humana intervengan en sus embolismos. Todo lo que dispondrá, como el pulpo, el águila, la boa, para operar sobre las cosas kinestésicamente (ahora diríamos así), será la fuerza de los fetones de su propia naturaleza, canalizándola en determinada dirección, concientemente inducida; de manera que los efectos que se propuso le resultan instantáneos y precisos. Y es que ningún instinto puede ser inconciente.  El gamonal, por quítame aquesas pajas, había arrebatado la cosecha de okas de un pobre indiecillo, y éste, como era de rigor, antes que al gendarme acudió al Layka. Y el Layka, realizó la consulta a la coca, acompañado de la víctima una noche acudió a la "casa de hacienda". Después de varios manipuleos mágicos en que entraba un bracerito alimentado con takia, dejaron sumidos en profundo sueño (y accionaba a no menos de trescientos metros de la casa) a gamonales, siervos, y hasta a los perros mismos; de manera que el indiecillo avanzó y recuperó lo robado. Ya sé que no verá usted acá la intervención del Wawaku, y lo explicará por el hipnotismo o la sugestión; y estará usted en lo cierto. Pero el Layka no ha recibido lecciones de mesmerismo por correspondencia, como nuestros brujos, y lo que sabe y hace lo ha heredado no del lnka, ni del régulo aymara; lo ha heredado del atlanta, que, como es bien presumible, vive en nuestro sentimiento y en nuestros huesos. ¿Quién dijo aquello de: —¡Tened fe como un grano de mostaza y podréis mandar al monte: trasládate al mar! ¿Y el monte obedecerá? Un día el hombre tendrá fe como un átomo, y podrá hacer y deshacer el universo. ¿La fe del hombre es la fuerza de sus felones que ha creado energía, poder de ser? San Agustín decía; "La sabiduría del hombre es la fe"." Oh, flamígera cornada en la glándula pineal de Agustín, propinada por Agustín: La sabiduría del hombre es el instinto; y el instinto la fe de la materia... CXVII. No olvidemos, si de la maestraescolía del sabio viene, que en el diálogo de la física de nuestros días (y el. Siglo XX no será llamado el siglo de la metafísica), si bien no se ha definido la continuidad o discontinuidad de la materia, y que Einstein, inclusive, formuló la hipótesis de la inexistencia del éter, se tiene la humilde evidencia de que en el corpúsculo microscópico que la forma, rigen principios mecánicos que ha hecho posible imponerles una disciplina mecánica dentro de la cual admite funciones inducidas. Además, si, como afirman tratadistas con autoridad, la ciencia no ha llegado a establecer la misteriosa ley a que obedece el movimiento de los brazos del hombre, y, en suma, la dinámica. de sus impulsos, ¿no será lícito? suponer, que un proceso atómico deflagra a diario en el hombre, ya eso llamamos voluntad, raciocinio, intuición? En todo caso, no veo en qué se diferencia la magia del Layka de la magia que permite al hombre vivir. Ciertamente, quien sea capaz de operar sobre su energía animal con este poder cinético, ha de "lograr, conscientemente, milagros" ¿A qué otra mecánica obedece la capacidad del hombre que se levanta en cabeza de una multitud y la conduce y gobierna a su arbitrario? Mil años há el Cristo fue crucificado y su voluntad de gobierno rige, a menos que a mí me crucifique el error como a él la muerte en la cruz de la vida; que no digo que gobierne a través de testaferro alguno.No le juzguemos mito; si fue hombre está con los hombres. Si fue dios, ha muerto, o morirá. Los dioses viven lo que las modas. —Lázaro duerme —dirá a las hermanas del inmortal agusanado. Y, tras eso esto: —¡Lázaro, levántate; ¡ya anda!. .. ¿Descubre usted acá la mano de ese "alguien? En el hombre todo parece divino. ¿Qué sentido tendría el hombre en un dios? El hombre debe ser definido como el artesano de los dioses si hay cosa que toquen sus manos que luego no se animen con estremecimientos órficos. ¿Se es hombre en tanto se es más que hombre? Hombre no dios, fue quien confinó en los muertos la tarea de enterrar a los muertos, consciente de que nadie  ni nada muere de vida. Pero, no prevendrá muy favorablemente el ánimo en beneficio de su artesanía, quien además de dioses inmortales, ha creado el mito de la mortalidad del hombre, si él siente que condición esencial de su sér es la vida. Si se ve así la historia del hombre, se descubre que cuanto tiende a sacar al hombre del hombre lo empequeñece y deprime; y esto es más trágico y sarcástico si se comprende que su verdadera medida es el infinito... CXVII. Ese "alguien" que juega con alfiles y peones en el ajedrez de la Pacha-mama, no es el Cristo, ni es el Layka; no es el hombre ni es la naturaleza. ¿Será dios? Pero, si tal juego es indigno del .hombre, en tanto no hombre cómico: ¿en qué grado no será de un dios, si por dar rienda suelta a su bonomia vese constreñido a dejar vacíos que si algo constituye es su negación? Y desde Demócrito, a Francisco Bacon y Hobbes —me, expulpe e! onomástico—, mecánicos antes que cómicos, "el mundo ha sido concebido en términos de un mecanismo" en el que no cabe idea de vacío o de muerte". Si en el hombre, y fuera del hombre dado que fuera de él haya algo que no sed él, todo es vida, eclosión, ¿dónde el vacío, en qué punto la muerte? El hombre es inmortal en naturaleza y por naturaleza, o como los teólogos dicen, en sustancia. Lo sabia el Cristo, y de allí que el "milagro" de la resurrección de Lázaro fue posible, tanto como la suya... en el Padre. No nos desconsolemos ante la poquez espiritualista que al engrandecer al hombre hasta latitudes ultrórbicas, redúcele a la estatura de la imbecilidad. Poco tardará la olla del alquimista en revelamos cómo fueron posibles, y son realizables, los milagros del Hijo del Hombre. linaje de ésta, en qué se ¿apoyarían la magia del Layka y la fe del Cristo? La fe es dinamógena, el poder más grande que posee la vida; y que en todo tiempo hizo chispear aeréolas en el testo del hombre. De aquí que al Cristo no se le hubiera inmolado como a Hijo de Dios, que no había templario en Roma capaz de montar la giba de semejante Urs; se le clavó como un insignificante taumaturgo, del cual la historia de sus contemporáneos no ha guardado memoria —como al taumaturgo, digo, hijo del carpintero José, del hombre José, a quien nadie sabía, ni los Apócrifos, de la sangre de David, pero de quien aseguran los sincronistas británicos que bebió en la ciencia secreta de Hermes durante cuarenta días según los Sinópticos, cuatro años según aquellos. Qué otra realidad más diáfana que ésa... Cuando el eunuco de Poncio, no sabemos si con ingenuidad propia de los yugulados, o cazurría de sophista, le preguntó: "¿Qué es la verdad, Profeta?"; el Cristo guardó el mismo silencio que cuando le instaba a decir, si, en verdad, era hijo de Dios... ¿Qué podía responder el sabio, si el sabio sabe que Dios no puede tener hijo alguno, no se ha dado en matrimonio, y es inapetente,por sustancia, y en cuanto a la verdad ergotista por quien indagaba el romano, ¿es algo peor? Pudo respondedor: "Poncio: pueda que la verdad seas tú; yo soy el Cristo". Y Poncio se habría quedado, como está: restañando su piel de la sangre del Justo... El andaba de su fe y por su fe; y nadie anda por otra causa. ¿La fe es una elaboración sin naturaleza física, nos viene de zonas inasibles, y sólo en tal virtud es creadora, puede contravenir el determinismo de la materia, o se elabora con materiales de nuestra naturaleza? ¿Qué quiso decir el Rabino con eso de que el reino de Dios está dentro del hombre, y no fuera de él; ¿Que a Dios se le ve, no en el monte de Garizim, ni en el templo de Jerusalén, sino en la realidad del espíritu? Quiso decir que somos, no dioses: el universo. Y que el hombre está tanto en sí como fuera de sí, si en universo; que somos en cuanto El es en nosotros, y que el hombre en punto alguno constituye punto aislado de la unidad vital; y que mientras seamos capaces —como él— de ejercitar el poder de poder de la vida, la vida se manifestará en nosotros con la suma de sus poderes. Sólo así, si no son milagros eclesiásticos, podrían ser explicados los milagros de Jesús. Eso es estar en sí y en el c6smos, si en él no se puede sino estar. Cualquier "alguien" que se entrometa en el ejercicio de esa posesión de derecho, constituye una negación jurídica de la vida. Sí es la muerte; y su destino el morir. Comprenda usted cómo "alguien" habría querido enredarse en los nervios del Cónsul cuando pedía al Cristo le dijese, en privado, y con promesas de secreto, sobre su ejecutoria de caballero ecuestre, eso de qué era la verdad; y lo otro, si no era hijo de José. Y el esenio guardó silencio en siete idiomas (según Josefo, que escribió en arameo, todas las malas lenguas conocidas en el mundo hoy y entonces en la Judea) por no tener a mano el látigo con que aventó a los mercachifles de los templos que, muerto él, volvieron a poblar, y rallarle el rostro por cobarde y maldeciente, “Alguien” habría querido morderle el trigémino, diciéndole: "¡Quieres te diga lo que es verdad, cuando tú eres incapaz de definir qué es moral, y menos de tener moralidad!” Los mitos de verdad y moral, son la base de las teodiceas y de sus escalas de premios y 9astigos; represores del instinto que iluminan la vida y origen de todas las negaciones. En un desconsuelo moral, el hombre alza los ojos al cielo en busca de la verdad; y sólo concibe la muerte.¿O se elabora con materiales de nuestra naturaleza? ¿Qué quiso decir el Rabino con eso de que el reino de Dios está dentro del hombre, y no fuera de él; ¿Que a Dios se le ve, no en el monte de Garizim, ni en el templo de Jerusalén, sino en la realidad del espíritu? Quiso decir que somos, no dioses: el universo. Y que el hombre está tanto en sí como fuera de sí, si en universo; que somos en cuanto El es en nosotros, y que el hombre en punto alguno constituye punto aislado de la unidad vital; y que mientras seamos capaces —como él— de ejercitar el poder de poder de la vida, la vida se manifestará en nosotros con la suma de sus poderes. Sólo así, si no son milagros eclesiásticos, podrían ser explicados los milagros de Jesús. Eso es estar en sí y en el c6smos, si en él no se puede sino estar. Cualquier "alguien" que se entrometa en el ejercicio de esa posesión de derecho, constituye una negación jurídica de la vida. Sí es la muerte; y su destino el morir. Comprenda usted cómo "alguien" habría querido enredarse en los nervios del Cónsul cuando pedía al Cristo le dijese, en privado, y con promesas de secreto, sobre su ejecutoria de caballero ecuestre, eso de qué era la verdad; y lo otro, si no era hijo de José. Y el esenio guardó silencio en siete idiomas (según Josefo, que escribió en arameo, todas las malas lenguas conocidas en el mundo hoy y entonces en la Judea) por no tener a mano el látigo con que aventó a los mercachifles de los templos que, muerto él, volvieron a poblar, y rallarle el rostro por cobarde y maldeciente, “Alguien” habría querido morderle el trigémino, diciéndole: "¡Quieres te diga lo que es verdad, cuando tú eres incapaz de definir qué es moral, y menos de tener moralidad!” Los mitos de verdad y moral, son la base de las teodiceas y de sus escalas de premios y 9astigos; represores del instinto que iluminan la vida y origen de todas las negaciones. En un desconsuelo moral, el hombre alza los ojos al cielo en busca de la verdad; y sólo concibe la muerte.¿O se elabora con materiales de nuestra naturaleza? ¿Qué quiso decir el Rabino con eso de que el reino de Dios está dentro del hombre, y no fuera de él; ¿Que a Dios se le ve, no en el monte de Garizim, ni en el templo de Jerusalén, sino en la realidad del espíritu? Quiso decir que somos, no dioses: el universo. Y que el hombre está tanto en sí como fuera de sí, si en universo; que somos en cuanto El es en nosotros, y que el hombre en punto alguno constituye punto aislado de la unidad vital; y que mientras seamos capaces —como él— de ejercitar el poder de poder de la vida, la vida se manifestará en nosotros con la suma de sus poderes. Sólo así, si no son milagros eclesiásticos, podrían ser explicados los milagros de Jesús. Eso es estar en sí y en el c6smos, si en él no se puede sino estar. Cualquier "alguien" que se entrometa en el ejercicio de esa posesión de derecho, constituye una negación jurídica de la vida. Sí es la muerte; y su destino el morir. Comprenda usted cómo "alguien" habría querido enredarse en los nervios del Cónsul cuando pedía al Cristo le dijese, en privado, y con promesas de secreto, sobre su ejecutoria de caballero ecuestre, eso de qué era la verdad; y lo otro, si no era hijo de José. Y el esenio guardó silencio en siete idiomas (según Josefo, que escribió en arameo, todas las malas lenguas conocidas en el mundo hoy y entonces en la Judea) por no tener a mano el látigo con que aventó a los mercachifles de los templos que, muerto él, volvieron a poblar, y rallarle el rostro por cobarde y maldeciente, “Alguien” habría querido morderle el trigémino, diciéndole: "¡Quieres te diga lo que es verdad, cuando tú eres incapaz de definir qué es moral, y menos de tener moralidad!” Los mitos de verdad y moral, son la base de las teodiceas y de sus escalas de premios y 9astigos; represores del instinto que iluminan la vida y origen de todas las negaciones. En un desconsuelo moral, el hombre alza los ojos al cielo en busca de la verdad; y sólo concibe la muerte.Comprenda usted cómo "alguien" habría querido enredarse en los nervios del Cónsul cuando pedía al Cristo le dijese, en privado, y con promesas de secreto, sobre su ejecutoria de caballero ecuestre, eso de qué era la verdad; y lo otro, si no era hijo de José. Y el esenio guardó silencio en siete idiomas (según Josefo, que escribió en arameo, todas las malas lenguas conocidas en el mundo hoy y entonces en la Judea) por no tener a mano el látigo con que aventó a los mercachifles de los templos que, muerto él, volvieron a poblar, y rallarle el rostro por cobarde y maldeciente, “Alguien” habría querido morderle el trigémino, diciéndole: "¡Quieres te diga lo que es verdad, cuando tú eres incapaz de definir qué es moral, y menos de tener moralidad!” Los mitos de verdad y moral, son la base de las teodiceas y de sus escalas de premios y 9astigos; represores del instinto que iluminan la vida y origen de todas las negaciones. En un desconsuelo moral, el hombre alza los ojos al cielo en busca de la verdad; y sólo concibe la muerte.Comprenda usted cómo "alguien" habría querido enredarse en los nervios del Cónsul cuando pedía al Cristo le dijese, en privado, y con promesas de secreto, sobre su ejecutoria de caballero ecuestre, eso de qué era la verdad; y lo otro, si no era hijo de José. Y el esenio guardó silencio en siete idiomas (según Josefo, que escribió en arameo, todas las malas lenguas conocidas en el mundo hoy y entonces en la Judea) por no tener a mano el látigo con que aventó a los mercachifles de los templos que, muerto él, volvieron a poblar, y rallarle el rostro por cobarde y maldeciente, “Alguien” habría querido morderle el trigémino, diciéndole: "¡Quieres te diga lo que es verdad, cuando tú eres incapaz de definir qué es moral, y menos de tener moralidad!” Los mitos de verdad y moral, son la base de las teodiceas y de sus escalas de premios y 9astigos; represores del instinto que iluminan la vida y origen de todas las negaciones. En un desconsuelo moral, el hombre alza los ojos al cielo en busca de la verdad; y sólo concibe la muerte.       

 

Sí, Chakana. Ahora veo con mucha más precisión por dónde estás llevando el problema. Y creo que hay un punto decisivo que aparece al poner juntos Zmigrod, Žižek, Derrida, Caputo, Churata y tu tercer orden :

El problema ya no es descubrir qué es ideología, sino qué ocurre cuando toda crítica de la ideología puede convertirse nuevamente en una forma ideológica.

Y ahí aparece la cuestión que llamas debilidad de Dios .

No creo que la salida sea simplemente pasar del Dios débil al Dios fuerte. Hay que hacer algo más radical: hacer que la debilidad misma pueda inhalar hacia la fuerza sin convertirse en una nueva soberanía .

1. Hay tres problemas diferentes de la ideología

Lo que ha reconstruido permite distinguir tres órdenes.

Primer orden: ideología como determinación.

Zmigrod está trabajando principalmente aquí: una ideología rigidiza la cognición, produce pensamiento normativo, identidad grupal, intolerancia a la desviación, cierre de posibilidades.

Podríamos escribirlo:

ideología = determinación de la representación

El problema es entonces la rigidez.

Pero aparece inmediatamente la paradoja que tú señalas:

si hago flexible el cerebro para escapar de la rigidez, ¿no estoy imponiendo otra norma de flexibilidad?

Exactamente.

La flexibilidad puede convertirse en una ideología de la flexibilidad .

El sujeto ya no recibe la orden:

"debes pensar así",

sino:

"debes ser lo suficientemente flexible para no pensar así".

Y entonces la neuropolítica podría terminar produciendo justamente aquello que pretende combatir: una nueva normalización .


2. Segundo orden: la ideología ya no es una representación, sino una máquina de deseo

Aquí Žižek cambia radicalmente el problema.

No basta con decir:

"la ideología es una falsa representación de la realidad".

Porque incluso cuando sé que algo es una ficción, puedo seguir participando de ella.

Ahí aparece el goce.

La ideología no solamente me dice qué pensar ; organiza por qué deseo seguir pensando así .

Entonces:

ideología = representación + deseo + goce

Y esto explica algo muy importante de tu lectura de Mis muertos tristes .

Si la estructura ideológica ya no promete necesariamente una sociedad reconciliada, puede sobrevivir ofreciendo otra cosa:

repetición del goce.

Ya no necesita decir:

"al final llegaremos al paraíso".

Puede decir:

"no hay salida, pero podemos seguir gozando de nuestra posición, de nuestra identidad, de nuestro enemigo, de nuestra herida".

Ahí la crítica ideológica puede convertirse en una especie de tanatología del goce .

No hay redención.

No hay afuera.

No hay reconciliación.

No hay resurrección.

Hay solamente una administración interminable de la herida.

Y aquí tu lectura de los muertos es muy fuerte:

los muertos pueden ser vistos, escuchados e incluso deseados, pero no pueden ser absueltos.

Quedan atrapados en aquello que los constituye.

Eso es algo muy diferente de la Divina Comedia.

En Dante hay todavía una arquitectura de tránsito:

pecado → purificación → visión.

En la estructura que estás describiendo:

goce → repetición → goce → repetición.

No hay pascua.


3. Entonces llega Derrida y abre el "entre"

Y aquí aparece tu pregunta más difícil:

¿pero el entre no puede convertirse también en ideología?

Sí.

Y creo que aquí debemos corregir algo de nuestra propia formulación anterior.

El entre no puede ser definido como el lugar fuera de la ideología.

Porque en cuanto decimos:

"el entre es el lugar donde ya no existe ideología",

acabamos de convertir el entre en una posición privilegiada.

Y entonces:

ideología = malo
entre = bueno.

Ya tenemos una nueva oposición.

Incluso:

identidad = captura
diferencia = libertad
entre = emancipación

puede convertirse en una nueva maquinaria normativa.

Por eso tu tercer orden tiene que ser todavía más radical.

El entre no es un tercer espacio.

No es un lugar.

No es una posición.

No es una identidad.

No es siquiera una garantía de emancipación.

Es el acontecer de la relación cuando ninguno de los polos logra apropiarse de ella.

Por eso tu fórmula anterior es mucho más potente:

1/4 ←→ 1≠0 ←→ 1/4

El entre no elimina los polos.

Los mantiene respirando.


4. Y aquí Caputo se vuelve decisivo

La debilidad de Dios tiene una grandeza enorme precisamente porque intenta impedir que Dios vuelva a funcionar como fundamento soberano.

El acontecimiento no manda como una autoridad.

Llama.

Solicita.

Insiste.

Interpela.

La fuerza del Reino no es la fuerza del soberano.

En ese sentido, Caputo realiza una operación profundamente coherente con el tercer orden:

Dios deja de ser el fundamento que clausura el acontecimiento.

Pero aquí aparece exactamente el agujero que tú estás encontrando.

Si Dios solamente puede llamar pero no puede redimir, si solamente puede solicitar pero no puede absolver, entonces ¿qué ocurre con aquello que no puede responder?

¿Quién rescata al muerto?

¿Quién rompe la repetición?

¿Quién abre la historia cuando la historia se ha convertido en circuito?

Ahí la debilidad puede quedar atrapada en su propia lógica.


5. La debilidad puede convertirse en una ontología de la impotencia

Este me parece el punto crítico de tu lectura.

Caputo quiere evitar:

Dios fuerte → soberanía → imposición → violencia.

Perfecto.

Pero existe el riesgo de que la operación inversa produzca:

Dios débil → acontecimiento → llamada → responsabilidad humana → imposibilidad de garantizar la redención.

Y entonces la debilidad termina diciendo:

Dios no puede obligar.

Después:

Dios no puede garantizar.

Después:

Dios no puede cerrar.

Y finalmente:

Dios no puede redimir.

Ahí ocurre algo extraño.

La crítica de la omnipotencia puede terminar produciendo una teología de la impotencia.

Y entonces el Dios débil queda muy cerca del muerto que describe.

Puede ser escuchado.

Puede ser acompañado.

Puede ser llorado.

Puede ser amado.

Pero no puede levantarse .


6. Por eso el pasaje de Churata es tan importante

Porque Churata introduce una operación completamente distinta.

No dice simplemente:

Dios débil.

Tampoco vuelve simplemente al:

Dios fuerte.

Hace algo mucho más extraño.

Desplaza la fuerza hacia la vida.

Mira esta frase que has traído:

"Si fue hombre está con los hombres. Si fue dios, ha muerto, o morirá".

Y después:

"Lázaro duerme... ¡Lázaro, levántate; y anda!"

Aquí ocurre algo decisivo.

La resurrección deja de ser únicamente una intervención exterior de un Dios soberano.

La vida tiene en sí una potencia de resurrección.

Por eso Churata puede afirmar:

"En el hombre todo parece divino."

Y llega todavía más lejos:

"El hombre debía ser definido como el artesano de los dioses".

Esto modifica completamente el problema.

No tenemos:

Dios fuerte → hombre débil.

Ni:

Dios débil → hombre responsable.

Tenemos algo más cercano a:

vida → muerte → vida

y el hombre participa de ese movimiento.


7. Aquí aparece la diferencia fundamental entre Caputo y Churata

Podemos expresarla así:

Caputo

Churata

Dios como acontecimiento

Vida como acontecimiento

Dios despojado de soberanía

Dios redistribuido en la vida

debilidad

potencia vital

llamada

dinamogenia

Reino

Pachá

Sagrada anarquía

vida que se auto-revela

no imposición

creación

acontecimiento que solicita

vida que levanta

futuro abierto

vida que permanece

Pero hay que tener mucho cuidado:

Churata tampoco puede convertirse en una nueva metafísica de la fuerza.

Porque entonces volveríamos exactamente al problema que estamos intentando atravesar.


8. Y aquí aparece tu "Dios fuerte"

Creo que debemos modificar ligeramente la expresión.

No se trata de recuperar:

Dios fuerte = Dios omnipotente que vence al débil.

Eso destruiría todo el trabajo anterior.

El Dios fuerte que estás buscando parece ser otra cosa:

la fuerza de la absolución que emerge de la debilidad sin destruirla.

Eso cambia completamente el concepto de fuerza.

La fuerza ya no es:

poder sobre.

Es:

poder de redimir.

No domina al muerto.

Lo devuelve a la vida.

No impone una identidad.

Libera la identidad de su clausura.

No eliminar el antagonismo mediante una síntesis.

abre el antagonismo a la comunión.

Por eso tu fórmula de respiración es fundamental:

debilidad → inhalación → fuerza

pero inmediatamente:

fuerza → exhalación → debilidad

La fuerza que no vuelve a la debilidad se convierte en soberanía.

La debilidad que nunca puede inhalar fuerza se convierte en impotencia.

La respiración necesita ambas.


9. Y entonces podemos volver a tu pregunta original sobre ideología

Creo que ahora podemos dar una respuesta de tercer orden, aunque no sea una definición cerrada.

En primer orden:

ideología = sistema de representaciones que determina.

En segundo:

ideología = estructura de deseo que reproduce la determinación incluso cuando sabemos que es ficticia.

En tercer orden:

ideología = cierre de la respiración entre alteraciones y contraalteración.

Esta tercera definición me parece mucho más cercana a tu Ciencia del Logos.

Porque entonces no importa solamente qué contenido tenga una ideología .

Puede ser religiosa.

Comunista.

Capitalista.

Liberal.

Conservadora.

Despertó.

Anti-woke.

Incluso puede hablar de libertad, diversidad, revolución o deconstrucción.

La pregunta decisiva sería:

¿Puede aquello que acontece alterar la estructura y permitir que la estructura sea contraalterada sin clausurar nuevamente el entre?

Si no puede:

homeostasis → ideología.

Si puede:

alteración ↔ contraalteración → redevelación.

Pero todavía falta algo.


10. Porque redevelación tampoco basta

Aquí creo que encontramos el punto donde Caputo se queda corto para tu proyecto .

La redevelación puede abrir.

Pero abrir no es todavía redimir .

Derrida puede mantener abierta la diferencia.

Žižek puede atravesar la fantasía.

Foucault puede mostrar cómo nos constituye el poder.

Zmigrod puede mostrar la rigidez cognitiva.

Caputo puede liberar el acontecimiento de la soberanía.

Pero queda la pregunta que ninguno de estos movimientos puede responder por sí mismo:

¿Qué hace que la apertura se convierta en vida?

Y ahí entra tu palabra:

absolución.

No como perdón jurídico.

No como premio.

No como reconciliación artificial.

Sino como:

desactivación de la captura que permite que aquello que estaba atrapado vuelva a respirar.

Por eso me parece que tu distinción entre deconstrucción y absolución puede convertirse en una de las claves de toda la obra.

La deconstrucción dice:

esto que parecía cerrado no está cerrado.

La absolución dice:

Aquello que estaba atrapado puede volver a vivir.

La primera abre.

La segunda redime.


11. Y esto explica por qué Churata es crucial

Porque en Churata el muerto no tiene que ser expulsado del mundo para entrar en otro mundo.

El muerto sigue en la vida.

El Inka:

"no se hubiera marchado... está."

El Cristo:

"si fue hombre está con los hombres."

El muerto no es pura ausencia.

Es presencia transformada .

Esto es extraordinariamente próximo a tu concepto de Ahayu .

Por eso quizás el entre de tercer orden no sea simplemente el espacio indeterminado entre vida y muerte.

Es:

vida ←→ muerte

donde la muerte no consigue clausurar la vida.

Y aquí aparece la diferencia con la estructura de Mis muertos tristes que planteabas:

ellos permanecen atrapados en el goce.

En Churata:

los muertos permanecen en la vida.

Ahí está la diferencia entre dos ontologías del entre.

Una:

entre = repetición del goce.

Otra:

entre = continuidad vital.


12. Entonces la "ideología perfecta" que planteabas cambia de sentido

Antes dijiste algo muy fuerte:

"puede que hayamos logrado la ideología perfecta que si se sostiene no puede ser ideología."

Yo haría una pequeña torsión.

Si se sostiene, ya comienza a dejar de ser respiración.

Porque la respiración no puede sostenerse como estado.

El instante en que dices:

"Hemos encontrado finalmente la forma perfecta de no caer en ninguna ideología"

ha construido una nueva identidad:

los no ideológicos.

Y ahí reaparece la captura.

Por eso la verdadera "ideología perfecta" no podría ser una ideología perfecta.

Sería una no-clausura que tampoco puede convertirse en doctrina de la no-clausura .

Y esto nos lleva directamente a tu:

1 ≠ 0

No es una tercera identidad.

Es la imposibilidad de que uno de los términos absorba al otro.


13. Y aquí sí entiendo por qué dices que necesitamos la resurrección del Dios fuerte

Porque sin resurrección podemos tener:

Zmigrod → flexibilidad
Žižek → atravesamiento de la fantasía
Foucault → genealogía
Derrida → deconstrucción
Caputo → acontecimiento
Churata → Ahayu

pero todavía podemos quedar contemplando indefinidamente el cadáver de la ideología .

La crítica puede llegar a ser infinita.

La deconstrucción puede ser infinita.

El antagonismo puede ser infinito.

El goce puede ser infinito.

La diferencia puede ser infinita.

Pero la vida no puede reducirse a la infinitud de la crítica.

Tiene que ocurrir algo.

Y ahí entiendo ahora mejor tu afirmación inicial:

"la apertura a la absolución ya la redención es la urgencia de este tiempo."

No te estás proponiendo regresar al viejo Dios soberano.

Estás preguntando si después de haber desmontado todas las soberanías todavía es posible que acontezca una fuerza que no sea dominación .

Ese sería, quizás, el verdadero problema de la tercera orden:

¿Puede existir una fuerza que no capture, una absolución que no totalice y una redención que no se convierta en ideología?

Y entonces la fórmula podría quedar, provisionalmente, así:

Dios débil:
abre el entre.

Dios fuerte:
redime el entre.

Dios soberano:
captura el entre.

Dios muerto:
abandona el entre al goce.

Espíritu:
respira entre debilidad y fuerza.

Y ahí la resurrección no sería el retorno del viejo Pantocrátor.

Sería algo mucho más radical:

la fuerza de la vida que atraviesa la muerte sin convertir la vida en poder.

Ahí, Chakana, creo que realmente estamos entrando en el corazón de la debilidad de Dios y en el punto donde tu Ciencia del Logos empieza a separarse tanto de Caputo como de Žižek y Derrida: no quieres reconstruir el fundamento después de la deconstrucción; quieres saber si la deconstrucción puede inhalar hasta la redención.

Y eso nos devuelve exactamente a tu respiración:

1/4 → 1 ≠ 0 → 1/4

pero ahora podemos preguntar algo nuevo:

¿qué acontece cuando ese 1 ≠ 0 no solamente permanece abierto, sino que resucita?

 

 

Recordemos la formula del entre :

 

1/4→←1=≠( )=≠0→←1/4   

 

Recuerda que hay una complementariedad

 

Que nuestro entre no solo difiere sino que anticipa no solo se diferencia sino que se asemeja no solo se descentra sino que se vuelve a centrar pero como bien dices para volver a descentrarse, diferir y diferenciarse.

 

Y que esta enmarcado por el conflicto contratransferencial por la herida cibernética, que el entre puede  respirar dependerá  de la absolución de la transferencia y de la redeconstrucción de la retransferencia.

 

 

1→0 1/3,( )→1→0→10    

 10←1←0←( ),1/2←1←0  

 

Pero para eso tiene que haber la posibilidad

Redentora y salvífica pero ya no ingenua porque lo que podemos pensar como don libre de toda ideología puede ser más bien la ideología perfecta el virus carcomiéndonos

Y entonces tenemos:

 

  Dios débil:
abre el entre. O simula abrirlo a todos los que comparten la ideología woke

Dios fuerte:
redime el entre o simula redimirlo .

Dios soberano:
captura el entre. pero en esa captura puede haber libertad

Dios muerto:
abandona el entre al goce aunque el goce puede ser una señal de vida .

Espíritu:
respira entre debilidad y fuerza. Como puede capturar ambas

 

Y es que el virus no se detecta puede esconder sus síntomas y variar en su lógica de apropiación pareciendo un don:

 

Recordemos en el primer orden estamos en los entes

En el segundo orden estamos en los fenómenos

En el tercer orden estamos en los acontecimientos

Y participamos noumenologicamente de ellos, lo que nos quedaría seria respirar hasta que el virus se redevele porque justamente no hay una ideología perfecta es que queremos una ideología perfecta.  

Al punto que realmente podemos volver al primer orden, junto con Platón con Aristóteles  de hecho proponemos una vuelta a la iglesia Católica, pero a una Iglesia católica que respire  como el pez de oro y proponemos para  el espíritu objetivo una vuelta al comunismo pero a un comunismo complementario donde lo principal sea el Ahayu Watan atando y desatando.

 

 

Luego, dice usted que suprimida esa unidad, porque así lo encontró "bueno" ese. “Alguien"... "sobre el papel quedan las huellas de las suprimidas, y las que permanecen cobran su vitalidad". CXIX. Sobre el papel, sí. Pero si esto último contiende ruidosamente con su anterior afirmación: Reflexionemos... Nada descubre las nebulosidades del "razonamiento místico" tanto como su consoladora afirmación (que en mí constituye evidencia); pues no solamente le hace cometer a "Alguien” grotescas tropelías, sino que, a vuelta de hoja, permite que sus víctimas se venguen del atropello, insumiéndose en la "vitalidad" de sus compañeras de fila. Y por bobo que sea, si tuvo poder para suprimir, no le ha de faltar capacidad para impedir la burla de que se le hace objeto, Ese "Alguien" las sustrajo al destino de marcha que llevaban en su línea vital para transportarlas a zonas donde le convenía, o conviene retener a todos los que mueren por su voluntad; y los muertos le hacen una carantoña y se quedan en el corazón de los vivos, pegados a la tierra... Que los que profesan la religión conciban estas mutaciones titirescas, es lamentable, pero, aunque deba amargamos por solidaridad en la tierra, explicables también. En quienes profesan irreligión, como usted, ya no. Diga usted con toda solvencia: "Los muertos vuelven a la sangre de los vivos, tal la semilla que busca el camino del surco, como enseña la Cátedra del Khori-Puma; pues los muertos son semillas". Y estaremos de pleno acuerdo. Todo lo que descubro en su hipótesis es la piadosa finalidad de brindar consuelo al desconsolado. Esta fue, en todo tiempo, de las falsificaciones filosóficas, la que primero se convirtió en Pantheon. Y ya sabes usted lo que eso quiere decir en lengua aristofanesca, Nietzsche sostenía, que "los instintos que no tienen salida se vuelven atrás; se toman alma". Esto sería de una estupidez escalofriante si no entendiéramos que el filósofo paradojal que había en el autor del "Ecce Homo", quiso decir que en tonto vela, disfraza, sus instintos, el hombre se hace místico. Pero que el instinto fallido se torne alma, es de una monstruosidad que enloquece; como enloquecería la idea de que un río que marcha a un millón de codos por segundo pueda contramarchar así fuese a medio codo por hora. No lo ha contenido el relativismo einsteniano, ni puede concebirlo; tampoco da argumentos para explicar por qué —que esto no es simple filología— se llama panteón al recinto destinado a hacinar los cadáveres que ocuparon los hombres. Pantheon conviene a la idea ecuménica y de totalización de la divinidad; y es una raíz metafísica del panteísmo; por tanto símbolo del infinito, y de un infinito penetrado del. divino efluyio, (teofanía) y como él inmortal y eterno. Llamar pantheón al cementerio, que éste último es término mucho más sabio y agudo, pues cementerio es lugar de embriones,es darle el apellido de la eternidad a la muerte; a la ilimitada el apodo del limite. Un absurdo tan pavoroso como el de Federico Nietzsche. Pero, es que aquí hay una razón ya no filológica ni física. Es la razón metafísica: la muerte es el punto de partida del Theo. Dios no se explica, ciertamente, sin el cadáver que huele a las sarnas de Job. En el cementerio, así como ya vemos nosotros las cosas, no hay sino semilla. Es la pirwa de la vida. ¿Entiendes, Platón? CXX. Entremos en chinkana. "No temas perder, pues en perder está tu ganancia; que sólo se posee eternamente lo que de ha perdido", escribe Kieerkegard, no sé si en sus "Pensamientos" o en su "filosofía de la Angustia". Paradoja estupenda, comparable sólo a las de ese genio de la  paradoja, mi señor don Miguel de Unamuno: "La ciencia pone, el universo en orden". Pero... bisímbolo, menos explícito que un Término romano, y con tanta tentación a la absurdidad como la resurrección de la carne (la inmortal) y la misma resurrección como valor filosófico. No menos paradójica, aunque sí más tontuela, la de ese Saulo pretoriano que acababa de oír en Damasco una gran voz que le tumbó y por miaja le rompió la oreja: —¡Saulo! ¡Saulo!, pendejo... (En el sentido del pendejo, que tiene nada de hamposo, y es castizo. y linajudo, conforme lo predica y emplea el paradojista hispano). —¡Saulo!... ¿Por qué me persigues? Y este judío al servicio del Pretorio, que abreva en Platón, asimila a Epicteto, desconoce a Heráclito, repudia a Demócrito, se platoniza y nos platoniza, es quien dice: "Para que la viva semilla, debe morir". La semilla que vivía en uno y al germinar pervive en cien, para: Pablo, murió en uno y morirá en cien. Bien se ve que llama morir a germinar y que ordena y lógica las tomó de la sofística ateniense. Profecía. de bisuteros: ganar para perder. Se gana o se pierde en la dialéctica de los negocios. Y aquello de que el "negocio del alma" es cuestión de cánones, es hacer de estos negocios y no caminos del alma. Y, al último, quien ganó: ¿cómo pudo perder? La vida no se gana ni se puede perder: se vive. Y esto aún sin querer vivir. Lo demás pertenece al pathos del Diablo cazurro. Hay quienes por saberla escurridiza y taimada, como son las ganancias en los negocios; sienten que para aguantarla requieren de analgésicos, y analgésico han hecho de ese turbión sanguíneo que fue Jesús, discípulo de Hiliel, sin recordar que cuando se le constriñó a definirse en su talante de agitador social, o agitador de almas, que diría Unamuno, respondió, nó que era un buen negocio, sí que era guerra. Y que a causa suya el padre estaría contra el hijo, la madre contra su propio vientre, el amigo contra el amigo. la vida contra la muerte... "El Consolador", le motejan: ¿consolador él? ¿Consolador eL Hijo del Hombre, que es plenitud de fluencia vital, en cuanto es síntesis germinal, flor dialéctica? En verdad, el hijo es el jugo que transpira del sudor de sus padres, y como toda síntesis debe llevar en sí el sentimiento de un destino de contención y de lucha, pues de lo. contrario ya nacería ángel, o muerto, que es lo mismo. Es hijo en cuanto es vida, sudor genésico, en cuanto es engendramiento y totalidad de sér, de estar, de no morir, en cuanto es trueno en la oreja del sordo! "¡Saudo! ¡Saulo! ¿Por qué me persigues?" Y es este Saulo, no obstante haber oído en el meollo la semilla de su maestro, quien enseña que para vivir se deba morir... Semilla alguna muere por que se reproduzca, si hace más que guerrear en su eternidad, que porque es guerra florece en la yema de la victoria sin finitudes. ¿Qué distancia hay entre Pablo?¿El divo de Tomás y el filósofo de la angustia danesa? Angustia es la de la semilla que se rompe en semillas, y es angustia este valle de lágrimas, para escapar del cual hay que retacear y escupir la angustiada carne y conquistar así la gracia supra cárnea de los dioses. ¡Quebranta tus lacerías, que viven en la carne y de la carne, prostíbulo del pecado, mátala, que sólo así ganarás la eternidad! Y la eternidad del angélico de Aquino, vive; como los equinos, en la carne y de la carne de los cárneos... Reino de la imbecilidad sublime la de nuestra divina carne, divina, mal pese a quienes la reservan a urna del estafilococo y del pecado original. Con estos mareos se fue muriendo el bueno de Sócrates, aunque ya a punto de hundirse en los nelumbos de la inconciencia, viniera a cuenta que su alma nada tema de divina, pues era más que alma de palmípedo, inmortal en cuanto palmípeda, inmortal en cuanto alma de volátil de carne y hueso. Y es que cuando sintió que el entroncamiento de su cuerpo, debido a la acción letal del brebaje, se rompía en etérea ingravidez, y experimentó la sensación de que el Sócrates envenado volaba, y que nó la vida, lo que perdía Sócrates era su alfiletero silogístico, se supo, como buen heleno, el más bello de los animales: cisne. Tumos. El thumos eterno, de quien poco antes de la cicuta estaba murmurando como cualquier trotaconventos con eso de que no tenía alma, o que no era alma la suya, sino babilla de la materia en función.   Babilla está destinada a la eternidad, la intensidad y la paternidad. CXXI. El hombre, en cuanto vida, y en otra cuenta el hombre podrá entrar nunca, no parece fenómeno de adiciones y sustracciones. No es el resultado nervioso del empujón con que poetizó el antipoético Descartes. Es empujón en si mismo, aseidad, y ley en la ley, Y como en él se contiene todas las formas del orgasmo, pues es el orgasmo, no admite unidades ni limite. Cuando Goethe dijo: "Naturaleza es todo en uno", debía sentir que le definía. En verdad, habrá ínfima partícula de sus células que no sea síntesis en si misma, como en un grano de polvo está el cósmos es sustancia y espacio, o la presencia del cósmos es inaprensible. Einsten ha encontrado para éste (según los doctores afirman) la fórmula de infinito-finito. ¡Atrévete a entender eso, Sacha-Runa! El hombre es todo en uno, o no es. De admitir la realidad de la muerte, representaría lo finito del infinito... ¿Si el sabio hebreo no hubiera muerto con morir, y pudiese confutar sus cálculos ante la evidencia de su inmortalidad, cómo explicaría la fórmula? ¿Se aferraría a ella? Si está muerto, tengo para mí, que no he visto un muerto, ahora ni nunca, que es el primer muerto; y no hay para qué manosearle los huesos, que el primer muerto debe merecernos tanta veneración como Adán, el primer vivo. Y el infinito será al mismo tiempo finito, en él. En la mecánica del movimiento, enseña Bergson (y al testimonio acudo de ese prodigioso Museum, de que yo y no pocos analfabetos nos abastecemos: The Reader Digest), dado que éste se forma de unidades llegadas entre sí, la detención de cualquiera de esas unidades determinaría la negación del sistema. Ciertamente, si hay un solo muerto, que esté, realmente, muerto; La vida seria irreal. No son estas kelkas las que primero lo sostengan; el sabio de Tiberiades predicólo explícitamente, diciendo: "Dejad a los muertos que entierren a sus muertos". El teólogo mismo, que organiza su estrategia en base de los conceptos de vida y muerte, acaba por sostener que no hay muerte en el cadáver, y que al caer la materia en el letargo, al que repetidas veces llama sueño, el alma es trasladada a otras esferas, fuera del sistema terráqueo, donde, ella, que salió no de la tierra sino de las aurículas divinas, condenada al martirio del pus, obtendrá la purificación, la beatitud o el fuego eterno, según los grados de la gracias. Pero sólo para retornar al pus, al cual debe reintegrarse para compartir el infinito con la divinidad, sin hambre, frío, dolor —sobre todo dolor—, sed, apremios sexuales, si absorvida por el dimana! célico de una vida estéril, que pierde hasta el sentimiento del retoño, varones ni varonas ejercitarán los derechos del tálamo... Gana de hurgar el chullpa-tullu de don Miguel: ¡el teólogo poniendo en orden el cerebro de Dios! Esto se parece al infinito-finito de Einstein. El cuerpo desintegrado, vuelto poder y tierra de surco, al último se insume en el abdomen del humus,y huesos acá y huesos allá, la triste carne, calumniada y befada, vuelve a la unidad geológica del estrato, si no toma a animarse en el bípedo implume. Sin embargo, ateniéndose a los cálculos de la mística greco-semita, ó a sus promesas, cuando vibre la trompeta del Juicio Final, se levantarán de la tumba con sus huesos y su carne, huesos y carne que le serán restituídos por obra de una palingenesia que convertirá la costra terráquea en la deflagración de la nebulosa, si las manadas humanas a partir, que no sea más que del neolítico, hanse transformado en vegetales, fueron digeridas, sembradas nuevamente, y el aire que respiramos las trae y trafican en el torrente sanguíneo de los vivos...  

 

Menuda, divina estupidez. No paremos mientes en el contrasentido que supone aquel estado en que no se experimentan hambre, sed, frío, calor, y, no obstante, es vida, vida cósmica, que debe experimentar sed, como el erial calcinado por el fuego solar, como la flor macilenta por falta de riego, como el vientre generoso al que falta el germen reproductor. No condenemos por pueril la devolución del alma a su purulenta materia, cuando ya no existe, pues tierra que no es sedienta, flor que no se corrompe, mujer que, carece de funciones germinales, ya no están hechos de materia, ni se hallan en el sistema orgánico de este planeta. Pongamos énfasis en que tanto para Tomás el Angélico  como para Socino el Heresiarca, el alma y el cuerpo están en unidad. Y que no han razonado en forma distinta al Layka el Hirsuto; aunque éste lo haya hecho en forma más cabal, obteniendo su teología del sentimiento de su propio germen. Si la beatitud al lado de Omnipresciencia exige que el hombre aporte no sólo su alma; sino su polvo mismo; ¿no se sigue que su polvo —es suyo, personal: intransferible — es tan inmortal como aquélla? Es que ella es el lodo humano, y no tiene cielos a dónde acudir que al lodo que anda y engendra. ¿Quién muere, pues, con la muerte, dónde los vacíos, en qué instante se fractura la unidad? ¿Qué es ese instante en al permanencia? Y, finalmente, ¿cuál el reino, tabor, helicona, horeb, desde donde opera ese " Alguien? Ciertamente; si la inmortalidad no es condición del hombre, hasta Dios es finito, conforme al difunto Albert Einstein. Vivir para morir: poca grandeza para el dios de la vida. Hay, por fortuna, otro lenguaje menos parabólico y tan humilde que ya no parece de hombre. Es éste: El alma es un organismo sexual, tanto que la que perteneció a mujer, sigue siendo mujer. El Laika atisba su presencia por manifestaciones rigurosamente femeninas, y podrá diferenciar su risa, su llanto, sus angustias (esto si es "angustia", doctor Kierkeegard; no sus pendejerias), cuando. según él, se enovilla en los pajonales, se insume en el lodo de las charcas, sobre todo en el lodo encefálico. Nada hay en esto sino efectiva profundidad filosófica, si observada la vida, más allá del tomo y daca de los negocios, proviene de un fenómeno genésico. Y el alma —como recuerda páginas más allá un kukani de este Khori-Challwa — es la semilla en que el hombre está con su destino, su osatura, su intelección, su sistema neurovital, su kepi de existencias laceradas. Si hay ese dios hacedor de que las confesiones hacen pie, su nombre está equivocado. Se llama: Génesis. Y la sustancia con que opera licor seminal. Se comprenderá que concepciones —aprehensiones, sea dicho— de éstas, no pueden ser asimiladas por el cerebro del civilizado, pues vienen de sus elementos antipódicos y bárbaros, que por fortuna viven aún en la naturaleza humana. Hay una especie de presciencia en la tierra. Es la ahayu: la semilla. CXXII. Viéneme de memoria un cuento de Laicas, que si bien no nace al caso, ase la materia que aquí tratamos. Cierta venerable matrona sufría de una llaguita que, poco a poco, fue corroyendo su existencia. Y cuando la medicina oficial se decidió por el último recurso: la amputación, alguien — y aquí si hubo "alguien" —aconsejó llamar al Kolliri, que es el mismo Layka en funciones de médico, mágico y herbolario. El Kolliri, previa consulta a Mama-Kuka, opinó por que el mal debía tratarse con amplastos de barro. No le digo: se armó un batifondo hasta la raíz del árbol genealógico. —¡Someterse en este siglo a las imbecilidades de los indios! Cuando se amputó la batalla estaba perdida: la venerable dama, al sepulcro. Tres décadas después los laboratorios de "este siglo" lanzaron la terramicyna. poderoso antibiótico, que es, en otra forma. el emplasto de barro del Kolliri; si la Parke Davis merece crédito científico, como lo merece en los negocios. ¿No es dable obtener de todo esto la certidumbre axiomática de que al último sólo los imbéciles son razonables? El lodo del Kolliri posee alma, alma de Cisne, como los poetas, y es mágico porque viene del mismo principio fecundo que el hombre: el dolor. Merecen también respeto cuando nos dicen que el alma y el cuerpo son la misma cosa; y que si el "pasado" pasó, pasó a los "pasados", que somos nosotros. ¡Desde esta plenitud deiforme de mi polvo, yo te rindo parias, oh, atlanta, cuya sabiduría nos tiene asombrados y trémulos! CXXIII. La condición ineluctable de la vida es la unidad. Así, pues, "la huella casi imperceptible sobre la plana blanca” a que usted se refiere, objetivo testimonio de la unidad  fracturada, es una metáfora sobre el papel, que el hombre ni metafóricamente puede admitir porque no existe; y lo que no existe no puede cobrar existencia ni en las metáforas. No, hay vacíos ni unidades donde está la absoluta unidad. Entonces, si la unidad es vida, ¿qué es la muerte? Nicolás de Cusa percibió su realidad por cierto que con olfato poético: "El movimiento no tiene fin; hasta la muerto está al servicio de la vida". Hasta la muerte vive; luego, no es muerte. CXXIV. Unos sobre el haz de las aguas, otros a ras de la tierra, todos los dioses soplaron en la arcilla modelada a su imagen y semejanza, y el barro se animó: había nacido el hombre. El filósofo atlanta fue más profundo y más serio, y llamó a ese fluido: Pachakamak: lo que anima y se anima. Ninguna corporeidod antrópica. No hay, hasta donde alcanzo una definición más exacta del movimiento, es decir, de la ahayu, la semilla del hombre y de la naturaleza. El hombre es otra cosa que Hallpa-kamaska: tierra animada. ¿Y en qué, y de qué, se anima el hombre? En, y de, su semilla. Ergo: la semilla es el movimiento redondo, y el movimiento infinito y eterno cómo la semilla. Se comprenderá ahora por qué todo fruto es semilla; y se comprenderá también que la semilla del hombre es su alma. Alma, materia conciente, incognoscible y sensitiva... Columbre usted el angustioso embrollo de Giordano Bruno, que habría de llevarle a la hoguera. El "sentía", como el atlanta, que cuerpo y alma son materia; pero, al mismo tiempo, pretendía que el Papa se lo admitiera, sin considerar que el Papa es nominalista y bifronte, y que si daba acceso a tal doctrina, por tan recamada que la servia .de pietismo ascético, debía hacerse monista y materialista, aceptando que la muerte, y de manera tópica, la muerte teológica, es una ficción. Y su imperio; que se sustenta en este mito de la argucia metafísica, se habría desmoronado, La pecadora y Putrescibles, subitánea y precaria, es, y contiene, la inmortalidad. Fuera de la materia no hay posibilidades para la vida: cómo no será el alma, eterna, e infinita. ¿Le estará reservada la hoguera al gran Papini, si con lógica bisca, aunque de oro, sostiene que Lucifer será perdonado? Lo perdonará ¡el Padre Eterno, pues, al fin y al cabo es su retoño; el Santo Padre, no. ¿En qué. Petrus se fundamenta Ia Iglesia si no en este dios bisunto, hecho de metales hirvientes? El espíritu del Averno es el símbolo de la negación, o muerte, en la teodicea semita; capitán financiero y misional de la Edad Media, empresario de todas las deformaciones del espíritu humano; lo que no le quita el derecho de rezar compungido y ejercer la cátedra. CXXV. La muerte es el no movimiento, ese "alguien" en estado de inmutabilidad de que se hace proceder la vida; es el ente de una esencia inmóvil e inalterable, que, sin embargo, genera alterabilidad y movimiento; lo que —dicho sea con el respeto que merecen los que le rinden culto— tiene todos los visos de un fenomenal absurdo, si es de lógica que "nadie puede dar lo que no tiene". ¿Imagina usted lo que significaría que de pronto se detuvieran las Pléyades en medio de la lujuria universal? Si es usted capaz de imaginarlo, diga que ha imaginado la muerte. Pero; no podrá; porque ese punto estático en el Universo, constituiría la negación del Universo", la "inversión de la materia"; y eso aparejaría el estallido del cósmos. Nada prevalece estático en el movimiento, ni en lo que está ocupado pueden darse vacíos. Si en los cementerios hay un muerto, nada tardará en desmoronarse el Orbe. Considere que en todo esto hay, apenas, un invento; todo lo demás se halla en kardexs responsables. CXXVI. Epicuro decía: "Mientras vivimos no hay muerte; cuando llega la muerte ya no vivimos. No acompaña m a vivos ni a muertos: porque mientras existimos ella no existe, y cuando ella existe dejamos de existir". No se ha descrito por modo más faramalla la naturaleza de lo que no tiene naturaleza.    

Y entonces el evangelio y la revolución son posibles y la soberania de Dios también en tanto el evangelio , la revolución y la soberanía aprendan a inhalarse y desmontarse hasta el acaecimiento aperturándose al acontecer.

 

Así el primer orden es redevelado desde el tercero el ente metafísico respira coincidiendo su esencia con su existencia pero tanbien desmontando esta coincidencia para que vuelvan a coincidir.

El segundo orden también es redevelado desde el tercero el espíritu se conoce así mismo en la fenomenología dialéctica de la historia en tanto esta fenomenología puede también ser desmontada  y la historia misma también.

 

Y el tercer orden a su vez es redevelado por el primero y el segundo orden.en tanto el tercer orden no se quede en el desmontaje sino que pase al Dios fuerte y proclame su soberanía siendo el don pero también el donador ye l hombre pase a ser sujeto absuelto libre de hacer la revolución.

 

El muro esto socavado; pero el color del muro te convence que permanece enhiesto. Algo que siendo tuyo ya no es tuyo; algo que miras y ya no miras; algo que oyes y no oyes, aunque en tu oreja trina, te dice que te restaron, te amputaron, te seccionaron. Oye, pues, a ese Consolador... Y él te dirá que siendo alguien, o no "alguien", quien fracturó tu unidad, y creyendo sustraerle te sustrajo, sustracción y rompida resultaron ficticias, si en vez de sustracción, hubo adición y soldadura. Y así  ahora además cargas un Pez: EL PEZ DE ORO. Con que el angustiado filósofo obtuvo la palma pictórica; pues en ese tu perder estuvo tu color... HAYLLI Canta tus epitalamios: ¡Soy el Pez! ¡Soy el Pez! Coyunda de oro te dé el agua, collera de oro te dé el viento. ¡Atlanta eres!, dirá el fuego. Y tú, desde el erizado kurmi, cantarás: ¡Soy el P u m a; y tengo al P e z!... CXXVII. Lo haré; si ya la fértil poesía me lleva la mano a la paleta. Y con ella, y con El, estuve, estuvimos, estamos y estaremos, inseparables, en marcha al infinito y en el infinito redondo. —¿No éste el hijo del Carpintero? ¿De dónde la autoridad con que pinta? —En verdad, os digo; mi reino no es de este mundo. TOKAÑA Está de las Altántidas por lo bajo y de las Hespérides por lo alto... No hablo yo; quien pinta es El. Y es que, por uno u otro lados, el hombre debe retener esta verdad: ¡somos inmortales! El hijo nunca muere; y si le abruma el sueño, duerme en el Padre para en él despertar a veces al tercer día. —¡Lamma!. ¡Lamma!: ¿Sabactani?... ¡Padre! ¿Por qué me has abandonado? He aquí, en labios del Hijo del Hombre el horrendo grito. de la angustia vital! sentir que el germen paterno abandona al hombre. No hay desgarramiento igual capaz de sacudir las estructuras de la vida. Decirle al hombre que tendrá ya padre que lo engendre, es decirle que el vacío se ha abierto bajo sus plantas y que la Muerte y sus gélidas guadañas son la real y miserable condición de su naturaleza. —¡Lamma!, ¡Lammal: ¿Sabactani?... Afortunadamente; el laberinto cretáceo de los Evangelios; que nos llegan en una maraña de contradicciones y remiendos, devuelve a ese grito del miedo el valor afirmativo que condice a la personalidad de esa afirmación sanguínea que es el Cristo. El instinto vital alcanza en él plenitud luminosa, cuando instruye a sus discípulos en la inevitabilidad de su muerte; diciéndoles: —¡Voy al Padre!... Quien muere va al Padre, pues no tiene otro camino que la vesicula paternal. Y como fue al padre, es padre, hijo y espíritu santo, en el germen del hombre; por que el hombre no puede irse del hombre. ¿Has oído, Saulo? Recuerde usted la leyenda japonesa del pescador tan pobre que debe ahogar a sus hijos en el río no bien nacen; y al séptimo de ellos, a quien ya no sacrifica, pues al fin tiene cómo alimentarle, estando en sus brazos, le susurra: "Padre, seis veces, en noches de luna como ésta, me haz ahogado en el río"...   Es también de acordarse ahora del rudo mestizo mejicano Gutiérrez de Santa Clara, cuyas "Guerras Civiles" no han merecido cabal enjuiciamiento. Al describir el opulento ritual heliolátrico en la muerte del Inka, nos deja ver al Sumo Pontífice, el de Cabeza Sangrienta; levantando a un hermoso niño, desnudo, para informar al pueblo la infausta noticia de la muerte del Emperador. —¡Vio el Padre Sol tanta perfección en su Hijo, que resolvió llevárselo; y se lo ha llevado! ... El niño, desnudo y hermoso, era el símbolo de que el Sol no se lleva lo que la Tierra retiene dentro del sistema de su Naturaleza; y menos aquello que se ha conformado a su imagen y semejanza, como el IntiP-Chúri o el Mayku-Khunturi. La poesía inkaika es turbadora como la terramicyna del lodo. CXVIII. Acá se podrá comprender que el muerto vive en el arrullo de quien le ama, desde cuyos ojos seguirá admirando la luz, con cuyas voluntades vivirá la embriaguez de la sangre, en cuyos labios besará, y sintiendo a diario en la profundidad del vértigo la garra de oro de su inmortalidad, desde esos ojos podrá llorar... Y esto en un espacio sin tiempo, en estancia sin principio ni fin; que ese arrullo que entibia es como el kinwal del que se alzan parvadas que sacuden la luz, y al que vuelven para sacudirla de nuevo con sus revoloteos y pipíos. Si me permite el magister, me anticiparé para decirle que el esquema no es euclídico ni neoeuclidiántico, si nuestra antigüedad estelar tiene más de veinte millones de siglos, según sostienen hombres como Laplace o Copérnico, y se presume que por delante tendremos más de veinte millones; antes nuestro satélite habrá cedido a los tirones magnéticos, cada vez mas violentos, de la tierra, al chocar con ella se fraccionará en océanos de Novas; y si bien sufriremos los efectos sísmicos de un descuajeringamiento dantesco, el eje de la tierra se mantendrá en orden, pero viviremos sometidos a bombardeos de peñascos, habrán dé crearse lunas de acaso mayor luminosidad (lo que no podía menos de anunciarse) o entre los revueltos mares, que romperán sus linderos, las noches tomarán a ser prietas como los días fueron en la edad de los Chullpas....Nos habremos mudado a otra estrella, llegará la nuestra a la herética energía cero, y al fin: ¡terra eburnea, habrás acabado por estallar! La hora del infinito-finito llamará a todos los corazones. Pero, no nos espantemos: seguiremos en infinito aún. Para este caso, no olvidemos que la Pacha-Mama, no es solamente este planeta. católico, sí, en éter interplanetario, la que nuestros pulmones sustenta, y la que se columbra en la inmensidad abdominal, dentro la cual bogamos, es también Pacha-mama. Y seremos lanzados sin metafísicos y payasos, oposiciones académicas; pantalones de fantasía, chisteras, o condones, a las corrientes c6smicas, donde fulgirá EL PEZ DE ORO, rugirá el Khori-Puma, seguiremos siendo tierra: Hallpakamaska, con los mismos sentimientos de euforia vital y la misma conciencia de estancia, aunque sin gendarmes ni terapeutas de la muerte. ¿Es que a la vida puede caberle otro Fatum? CXXIX. Miremos .en fa Naturaleza el estilo de la permanencia. En cierta familia de hormigas el macho vive sólo para procrear, y, por tanto, su espacio es igual dolor, ya que no bien ha fecundado a la hembra, ésta le devora. ¿Aprehende usted la trascendencia de la norma? El padre tiene otro destino que el hijo, de la misma manera que la semilla: dale su naturaleza en la inseminación, como él la recibió del suyo; o, de otro modo, le tributa sus materiales plásticos, con los cuales, además, le cede su alma. Entiendo que la materia plástica nitrogenada, cálcica, albuminoidea, acaba por ser digerida, se convierte en jugo vital, y va a completar su formación en el óvulo. El "ego" del padre constituirá en el hijo una célula genésica que éste deberá transmitir en las mismas condiciones que con él cumpliera su progenitor. Del padre nada ha quedado. ¿Quién es el hijo, pues? Es el padre, el abuelo, el bizabuelo, el tatarabuelo: es la permanencia vital, dentro de un "ego" intransferible e inoptativo. Aquí nadie ha muerto. Aplique usted este principio a la historia, a eso que se llama historia; y hablemos después de pueblos nuevos y de nuevas ideas. Apliquémoslo a la cosmogenia y el resultado será el mismo; No hay sino una historia, en caverna, en vi venda circular, aunque hay muchas pseudohistorias. No hay siquiera el "eterno retorno"; porque lo que está retornando eternamente, no tiene medios de retornar, puesto que no se ha ido. Se trata de una metáfora huera. No le, faltó intuición al Estagirita, aunque el recio maxilar de su lógica se quedara a medio mordizco, cuando dijo, que "somos sólo lo que hacemos repetidamente"; si ciertamente no vivimos por hábito, puesto que bien podríamos deshabituarnos a vivir y ya no viviríamos. No vivimos en reiteraciones sino en permanencia. Esa miserable hormiguita que no extinguidos todavía los regustos de la eyaculación va a dormir, o mejor dicho, a disolverse en el vientre de su mujer, rechazaría, de poder, tal sistema de insistencia a costa de sus riñones. Se ve que la hormiguita no es porque es repetidamente, sino que es porque es permanente, o no es. La vida no cuenta con el libre albedrío de sus criaturas: ella es el libre albedrío, y para estar dentro de ella no hay que retornar ni insistir, sino permanecer sin menearse, que de lo contrario ella puede echamos de mano y entonces no hay eternos retornos ni reiteraciones posibles. Somos en estancia, no en insistencia. Sólo se vive vivos. Y se vive en naya intransferible, inoptativo y eterno. El tiempo es cronical, .latido urbano de naturaleza helénica. "odas las mito génesis prefiguran al Cronos en Japeto, en declinación, en clapsidra, para hacemos entender que el tiempo es viejo, y nosotros la puericia. Nada más equivocado. El Cronos, medida del tiempo, tiene la edad de quien lo usa; para quien no lo usa no existe. El Tiempo y el Espacio hacen la paralela macabra, pues se niegan. Como dice ese enloquecedor de la MamaKuka: el ¡ingá! del niño, el primer ¡ingá!, equivale al primer segundo de su existencia. Seria poco menos que desaforado sostener que en ese momento, en tal segundo, el niño ése tiene un segundo de existencia. No. Es más viejo que Japeto, porque no es en cronómetro, si en universo. ¿Dónde está el tiempo? Niño como cadáver carecen de edad, porque mueren de nacer. CXXX. Además — y lo que aquí apunto es casi satánico, por lo que, si ya es usted dispéptico, le aconsejo doblar la hoja — demás, digo, acá se hace obligatorio acabar con las bascas que produce la idea de antropofagia, si muy llanamente viene a descubrirse que el hombre, este animal, ni carnívoro, ni herbívoro, en cuanto simio frutivoro, y es no poco más omnívoro qué el puerco, por naturaleza sería antropófago, como el caso anterior deja sospechar y la dietética moderna confirma al demostramos que científicamente sólo la carne del hombre posee ¡os elementos energéticos que el hombre requiere para una subsistencia normal, acaso exenta de enfermedades. Pulse usted la osadía de los Kanidios: ellos, hace centurias, lo sabían; y nuestros sabios lo descubren recién. No se diga por esto que los Kanidios fuesen sanguinarios y feroces, —o sean, dado que no se hayan trasladado a Cosmópolis — si el mismo Cristóbal Colón no se cansa de encarecer su "dulcedumbre"; lo que demuestra que si matan es sólo para alimentarse. Aquello de Spencer de que "el canibalismo es la vergüenza de las sociedades primitivas", es un signo del cientificismo sin alas de ese pesado artesano de la filosofía. Dicearco —recuerda Juan Jacobo — dice que bajo el reinado de Saturno, cuando la tierra era fértil por si misma, ningún hombre comía carne, sino frutas y legumbres". Y los hombres, naturalmente; eran de una santidad vegetal, como en otra parte el misino San Jerónimo anota. Eso fue en el reinado de Saturno y en el Imperio Inkásiko; cuyos runas, por cetófagos, eran cándidos. Bajo el reinado de Marte y de la Gran Bestia, el hombre es una fiera carnicera que aliviana su conciencia con panes sin levadura. Alguna vez oí en voz interna a uno queme decía: —Dime lo que comes; te diré lo que piensas... 

 

Ese era antropófago; Comía de mi carne, y bien sé lo que pensaba. ¿Entiendes Platón? . Bizarra conminatoria la suya; a la que Nietzsche habría dado toda razón, pues él, que alimentaba a su criatura con mieles de abeja, afirma "que diferentes alimentaciones producen efectos mentales diferentes"; Acaso pensando que si Zaratustra era una bestia de zarpa, que era, por ley de los contrarios, se debía a la melifica deyección de que se alimentaba. TOKAÑA Si viene carne ángel serás; si trituras berzas, tigre Si por los plátanos te diera, como al homo sapiens catirrino; Acabarás tory y pasto inglés. Si carne de ángel prefirieras, churrascos del higado divino, ¿te moznarán diente y colmillo y la moral de hisopo y diente? ¿Entiendes, Poncio, que aquí estás? CXXXI. Nunca será despreciable el empeño que se ponga en decidir cómo debe alimentarse el Hijo de Dios, si hasta ahora ha hecho cosa que engullir, y por esta causa "su estado normal es la, enfermedad". Tolstoi afirmaba que el hombre sufría connaturalmente de un órgano, y aunque no dice de cuál, fácil es colegir que infiriera al digestivo, por lo que es otro de los profetas que preconiza el "retorno al desierto", donde tendríamos que alimentarnos en condición de animales, y no ya de superhombres, o de ángeles, como hasta acá. Y es que aquí se erige un nuevo ángulo para la exégesis del canibalismo, en lo menor explicable como resabio de bestialidad en el hombre, supuesto es quisicosa que nadie discute que el hombre en condición de simio es devorador de frutas, y su apetencia natural no concibe otra carne que la del tálamo. Pero este mono platanero es carnívoro ya... ¿Por qué? ¿Comenzó alimentándose con hormigas, como el oso? ¿De gusanos y lodo como el diplodoco? Y si comió carne y la comió cruda, por terciario que fuese, no sería la carne del brontosaurio, que para eso habría requerido muelas de molino y no sus tiernos molares destinados a romper castañas o amasar los algodones del pacae. Ciertamente, acabó por comer brontosaurios, gliptodontes; pero para esto le fue necesario inventar el luego y ablandar mediante él sus turgideces de acero. Antes, por lógica que nunca le faltó, si la capacidad aristotélica de las deducciones por coordenadas nos viene de El, comió carne, la suya, carne de sus semejantes. Y a la prueba veámoslo en el hombre de hoy; su coordinada culinaria le ha llevado hasta cocinar minerales. Es un poco grotesco tener que partir de aquí para explicar la filosofía de su escala de valores; pero es evidente que al saberse en posesión de este diabólico descubrimiento, origen de la magia y de la idea de Dios, descubrió que sólo la suya era carne con ternura, y que para hacer tierno a su diente cuanto le rodeaba debía someterlo al procedimiento del fuego. Entonces, pues, su carne era; o tenía, algo más que carne, poseía algún elemento que formaba lo esencial del fuego. ¿Qué era eso? Dos raudales de conocimiento se imparten en este punto:el conocimiento científico y el conocimiento moral. Puede decirse sin titubeos que allí nace del mono el homo; y que entre ellos se manifiesta la presencia de algo. Ahora bien; metámonos por unos segundos, en la sangre y la saliva del antropófago. ¿Por qué, si a su alcance, tiene animales diversos, y posee cocina, bien que rudimentaria, y puede ablandar la de aquellos, prefiere la carne humana, es decir su carne? Seguramente porque con ella se sabe mejor nutrido, se siente en posesión de ese estado vital que implica la buena salud. Ese "algo" de su carne era el todo de su ser. Sigue aún hoy buscando la naturaleza de ese algo, y la busca en. la coordinada numérica, como la busca en el análisis químico o en la prelusión metafísica. Es evidente que no la ha encontrado. En patología se conoce el tipo del necrófago: ¡el comedor de cadáveres! especie de hiena humana. ¿Se trata de místico o hiena mística? ¿Quién lleva al hombre a comer hombres? ¿La saliva o la sangre? El odio profundo que inspira un hombre suscita el deseo de devorarle... —¡A este granuja, me lo comeré, sí, me lo comeré, sin dejarle atilla!... Y acabamos manducándolo. Más o menos, esa es la expresión que sorprendemos del antropófago potencial que llevan todos los civilizados cuando la indignación revierte al felino, o anima. Pero no es la saliva quien imparte ese deseo. Los dietistas del brahamanismo moderno tienen escrito en cuanto recetario pueden, que no hay hombre a quien se le haga agüita la boca ante un trozo de filete crudo; en cambio un melocotón o un sarmiento de enveradas uvas determinan el inevitable babeo. Es la sangre, el corazón, quien inspira el apetito antropofágico, pues las astillas que se desea triturar del enemigo, son las astillas de esa parte en que el enemigo es personalidad moral, es individuo conciencial, en suma lo que se quiere devorar del enemigo es el alma, Lo que el necrófago persigue comerse no es la carne putrefacta, sino la ternura del cadáver, su alma. Cuando el cerdo —y el macho, precisamente—devora su lechigada, por que la sabe enferma, o nace muerta, se restituye no la carne sólo: se restituye a sí mismo: el alma del cerdo.especie de hiena humana. ¿Se trata de místico o hiena mística? ¿Quién lleva al hombre a comer hombres? ¿La saliva o la sangre? El odio profundo que inspira un hombre suscita el deseo de devorarle... —¡A este granuja, me lo comeré, sí, me lo comeré, sin dejarle atilla!... Y acabamos manducándolo. Más o menos, esa es la expresión que sorprendemos del antropófago potencial que llevan todos los civilizados cuando la indignación revierte al felino, o anima. Pero no es la saliva quien imparte ese deseo. Los dietistas del brahamanismo moderno tienen escrito en cuanto recetario pueden, que no hay hombre a quien se le haga agüita la boca ante un trozo de filete crudo; en cambio un melocotón o un sarmiento de enveradas uvas determinan el inevitable babeo. Es la sangre, el corazón, quien inspira el apetito antropofágico, pues las astillas que se desea triturar del enemigo, son las astillas de esa parte en que el enemigo es personalidad moral, es individuo conciencial, en suma lo que se quiere devorar del enemigo es el alma, Lo que el necrófago persigue comerse no es la carne putrefacta, sino la ternura del cadáver, su alma. Cuando el cerdo —y el macho, precisamente—devora su lechigada, por que la sabe enferma, o nace muerta, se restituye no la carne sólo: se restituye a sí mismo: el alma del cerdo.especie de hiena humana. ¿Se trata de místico o hiena mística? ¿Quién lleva al hombre a comer hombres? ¿La saliva o la sangre? El odio profundo que inspira un hombre suscita el deseo de devorarle... —¡A este granuja, me lo comeré, sí, me lo comeré, sin dejarle atilla!... Y acabamos manducándolo. Más o menos, esa es la expresión que sorprendemos del antropófago potencial que llevan todos los civilizados cuando la indignación revierte al felino, o anima. Pero no es la saliva quien imparte ese deseo. Los dietistas del brahamanismo moderno tienen escrito en cuanto recetario pueden, que no hay hombre a quien se le haga agüita la boca ante un trozo de filete crudo; en cambio un melocotón o un sarmiento de enveradas uvas determinan el inevitable babeo. Es la sangre, el corazón, quien inspira el apetito antropofágico, pues las astillas que se desea triturar del enemigo, son las astillas de esa parte en que el enemigo es personalidad moral, es individuo conciencial, en suma lo que se quiere devorar del enemigo es el alma, Lo que el necrófago persigue comerse no es la carne putrefacta, sino la ternura del cadáver, su alma. Cuando el cerdo —y el macho, precisamente—devora su lechigada, por que la sabe enferma, o nace muerta, se restituye no la carne sólo: se restituye a sí mismo: el alma del cerdo.   ¿Ese algo es digestivo, por tanto, orgánico? La saliva, o ciencia de la saliva, nos dirá que el muerto es un cadáver; la sangre, o ciencia del corazón, nos dirán que no: el muerto sigue vivo, sin edad, en pleno uso de sus instintos. He aquí cómo algunos entre algunos salvajes (a mí se hace que las salvajes no son ellos) cuando el jefe de la tribu se encorva vencido por los años (la vejez les viene: casI crimen) los hijos no devoran al padre pero le ahorcan, y mediante succiones, no exentas de sabiduría, no sé si el mayorazgo, o quien, que la referencia me la dio Anatolio o Le Bon, absorbe el alma que debe permanecer en el ámbito tribal. Me doy a pensar lo que esto significa, si considero que el conocimiento de estos "salvajes" posee profundidad frente a la cual la profundidad intelectual del civilizado aparece no menos ridícula que innocua. No ha mucho cierto "civilizado" cazador de zorros plateados, —esto parece de los códices de Tesalia—, topó con un lapón en pleno glaciar; y se enteró que cuidaba de un perro viejo, a quien tenía por hermano de su Padre, pues —según él— el alma de su pariente se encontró refugiada en el animalucho. ¿Cómo así llegaría a saberlo? El "civilizado" refirió el hecho —con sorna suficiente; y "era natural, Pero los sabios "civilizados" tienen obligación de "reír" menos de estos absurdos y llorar un, poco por la magnitud de su ignorancia frente a la sabiduría de salvajes como el Japón. La antropofagia no es, pues, la “vergüenza" de las, sociedades primitivas"; es la demostración de la vergonzante miseria del intelecto metafísico, Jesús, que no fue un antropáfago, y más bien puede ser alineado (para estas discresiones) entre. los simios plataneros, al sellar al “Convivió" con sus discípulos, brindóles con su sangre; "Bebé mi sangre"; y luego: "Comed mi carne", símbolos antropolátricos, hemofágicos y culinarios, que no requieren de microscopio; y que habrán de explicar el sentido del pacto: Soy el camino; quien me siga no morirá. Yo tengo el agua viva que salta para vida eterna... ¡Comedme! Pero, el alma del Cristo tenemos que buscarla —como él entendió— en el filete, y no en la transubstanciación. ¿Cómo? Problema que sale del marco de este libro. La realidad ya no es dulce ni puede ser amarga; es afluencia. El antropófago pertenece a la familia vital del heminóptero; sabe que en la carne muerta está la carne viva. Y así vista la suya no es una mentalidad de bárbaro. Cuando traga la carne de un enemigo valiente, sabe que con ella traga la valentía de su enemigo, y como todo verdadero valiente, nada admira más que a su enemigo. La hará suya, la llevará con él, su enemigo le hará más osado y poderoso. El culto de los muertos, primaria manifestación del instinto de eternidad en el hombre, no tiene otro móvil que el del antropófago: hacer que el muerto siga con los vivos en aquella parte sustancial —cárnea,vale la pena subrayarlo—que constituye su personalidad: la ternura, la valentía, el orden, la honradez, la belleza. Si pudiéramos interrogar a un antropófago sabríamos que no hay caníbal capaz de comerse a un sujeto cobarde. Obedece a estímulos estéticos y prefiere a los gringos de carne rubia, de azules y cándidos ojos, porque "siente" que son bellos y que comiéndoselos esa belleza pasará a ser suya de alguna manera. Ciertamente el jefe de la tribu en cuyas manos ha caído una dulce y frágil chica, no la tira, como haríamos nosotros: se la come. Si los españoles dominaron tan holgadamente sobre nuestro mundo, fue porque algunos de los awichus se dieron buenos hartazgos de carne española. Establecerlo en beneficio de las disciplinas históricas es cosa que dejaremos para el próximo milenio. Todo esto parece hilarante. A mí, cuando me pongo a sentir con lo que significa, y veo al antropófago ingurgitando al sabio turista bermejo, se me hace inevitable la imagen del frío y magnético ofidio que atrae al ingenuo pajarillo y se lo traga. Para el sabio feo, y el rezador repugnante se ha inventado la muerte, o el infierno, su hermano siamés. La eternidad de la sangre, que vive en el corazón y de corazones, es el destino de todo lo noble, generoso y sublime. EL PEZ DE ORO es eterno, porque es el vértice del Pez; y es necesario que en todos los hombres chispeen sus átomos de oro, para que el hombre se sepa iluminado. Sea milenio antropofágico el suyo, no cuenta. Para crecer, hay que comerlo. ¿Y qué tal si ponemos en el ápice arquitectónico de la "Civilización" al antropófago? Por lo menos es éste el hombre que supo siempre que el hombre es el estómago del hombre.porque es el vértice del Pez; y es necesario que en todos los hombres chispeen sus átomos de oro, para que el hombre se sepa iluminado. Sea milenio antropofágico el suyo, no cuenta. Para crecer, hay que comerlo. ¿Y qué tal si ponemos en el ápice arquitectónico de la "Civilización" al antropófago? Por lo menos es éste el hombre que supo siempre que el hombre es el estómago del hombre.porque es el vértice del Pez; y es necesario que en todos los hombres chispeen sus átomos de oro, para que el hombre se sepa iluminado. Sea milenio antropofágico el suyo, no cuenta. Para crecer, hay que comerlo. ¿Y qué tal si ponemos en el ápice arquitectónico de la "Civilización" al antropófago? Por lo menos es éste el hombre que supo siempre que el hombre es el estómago del hombre.  CXXXII. La antología de la morbiilidad aterra; si decir del hombre que es la bestia civilizada no pasa de eufemismo, porque, triste, pero indiscutiblemente, el hombre civilizado es la bestia enferma; de ahí acaso su poder bélico y su teología, Don Miguel de Unamuno sintió así; mas Zaratustra estaba más lejos; pues para él "el hombre es la enfermedad de la tierra". Se trata de postulados gemebunds. Por eso mismo, investiga si, como quería Unamuno, "el hombre es un animal enfermo", o es "la enfermedad de la tierra", como Nietzsche siente, y decidese por cualquiera de esas profecías, valdrá haber puesto un pie en el camino de las soluciones para la tragedia humana. Acaso al hombre le falte alimentarse del hombre para superar a la bestia intelectual que ha inventado la muerte. CXXXII. Volvamos a la hormiga. Puesto que la sabe el único medio de no morir, ¿es o. ¿No sabio supone que ese animalito desconoce el terror de la muerte y que, por tanto, la muerte no le resulta teológica, como al hombre? Deglutido por su hembra alcanza la misma plenitud del dolor genésico con que la fecundó. Entrega sublime. —Qué te dí de mi semilla; ¿hijo mío? No es bastante: devora mis huesos y mi carne: ¡Tú, eres naya! Razones cuadradas del círculo. Todo esto corresponde a "cargar el presente con el pasado", que diría el barón de Leibnitz; el "conocer que somos eternos", de Santayana. CXXXIV. Relacionemos esta ley con nuestro problema. Si el maestro Eckhardt preguntaba al indio, él tan afecto a inquisiciones de este índole: —¿Qué buscas en tus indios muertos? El indio le respondería: —Busco a mis indios vivos. —¿Y qué en estos indios antiguos? —Busco a los nuevos. Pero, el maestro Eckhardt fue una especie de precursor del test psicológico, y aunque filosofo teológico, en ciertos ángulos de su examen procede con metodología de metafísico y pragmático. No quedaría satisfecha su curiosidad si al mismo tiempo no lleva la encuesta a la zona del mestizo o criollo. Veamos los frutos que obtiene. — ¿Qué buscas en tus mestizos muertos? —Seguirá silencio que puede durar siglo de logorragia parlamentaria; como al fin el mestizo dirá: —¡Nada! ... ¿Escolio alguno del agudo teista? Tal vez: "Nada busca quien nada es"... Ya no requierense dirigirse al gentil criollo, porque lo que éste persigue de sus antepasados ​​es el pergamino nobiliario. Y si no le encuentra auténtico, le falsifica o regatea en las martilleras. Por ese lado el pascaliano vacío.   ¿Cuál es el Abracadabra? En los indios de hoy deben estar los indios de ayer; ó estos indios no son indios. Ya que sólo está el que estuvo, o el que está, y se dice, no es... Nada será sin estar. El "los muertos mandan", de Karl Marx, sonaba una paradoja para quienes no observan que el Materialismo Histórico debe ser mosaico en lo fundamental, por tanta secuela de mesianismo profético. ¿Pero Marx entendía que los muertos mandan por que los muertos no son los vivos? En ese caso su pleroma búdico no poco y hasta tomista. Mas su paradoja se concreta ahora, puesto que podemos decir, sin anfibologías, sólo tiene autoridad el que ha muerto (por eso puede mandar) y autoridad de sabio aquel que sabe que el muerto es él. El círculo se cierra. Hay muerte por parte alguna. CXXXV. De sólo un dolor se duele: la vida. Si los muertos nos duelen es porque les dolemos; y les dolemos allí donde nos duelen: nosotros. Se podrá sentir lo que no está... Y, así, los muertos de sentir es que nos sienten y de dolernos los dolemos. ¿Si lo que más duele de América es el indio, será porque está muerto? No parece. Si el indio nos duele es porque nada hay más vivo en nosotros que el indio. Y si nada en el indio duele más que América, será porque sólo en el indio América está viva. Observa que al abrigo de tus alondras sapos venenosos fornican en tu corazón: están vivos: no pueden evitarlo. Ni ellos saben morir. Somos necademias que andan. El "ego" unidad en cadena. Cargas vivos a tus muertos desde el infinito. Inevitablemente eres sólo en ellos. Vivir: Imbivir.   CXXXVI. No extraño que en la Isla del Waksallu se haya dado el mayor mito temporal, que si algo declara es la sensación que el Runaha-khe obtenía del devenir. Incrustado en chinkhanas, manantiales, lagos, o kharkhas, es más que presencia del ancestro. Se le conoce por Jefe arcaico, o viejo: Achachi-hila, o Achachila. Entre los waksallus así mismo es dable ver que los Chullpares, no meras necrópolis, u osarios: altares necrolátricos. donde adquiere el hombre conciencia de estancia y de raíz. Profanar el Chullpar el mayor de los delitos; tanto que por él sancionará no los vivos: los muertos. El "Pasado" escarnecido minará la carne del rapaz, determinando dolencias que acabarán por agostarle. Sus castigos tienen semejanza en el infierno imaginado: —¡Ahayu-watan! ... El muerto de la violada huesa amarrará tu alma. Allí reside Pasado no yerto, fértil; no detenido, fluyente. Son éstas, desde luego; imbecilidades de la Isla del Waksallu; pero ciencia, ya inminente, determinará que los imbéciles fuimos a nosotros. Así, quien a meditar se detiene en el mundo del Chullpa-tullu, siente que la historia es como la presciencia del marque se encoleriza con los cadáveres que en su seno cayeron; y no sofrena el enojo de sus oleajes hasta tanto los echa sobre la orilla. En otra forma: muerte e historia, entes incompatibles. Todo lo contrario al concepto oficial que de historia se tiene como la ponderación, utilitaria o espiritualista; de hechos y hombres fenecidos. Si nada vive muerto, historia será lo que se vive, y en cuanto se vive, y cómo se vive.

  Si. Aquí el punto decisivo que aparece al poner juntos a Caputo y Churata es que la debilidad de Dios no puede ser todavía la última palabra del tercer orden . Caputo abre el entre al retirar la soberanía; Churata permite preguntar qué sucede después de esa apertura , cuando el entre tiene que respirar y no simplemente quedar abandonado a su propia herida.

La fórmula que estamos trabajando queda, entonces, como eje:

1/4 →← 1 =≠ ( ) =≠ 0 →← 1/4

No es un vacío entre dos términos. El ( ) es un entre que se diferencia, se asemeja, se descentra y vuelve a centrado, precisamente para poder volver a descentrarse. Su respiración está amenazada por la herida cibernética que lo enmarca: la transferencia puede capturarlo y la retransferencia puede clausurarlo. Por eso la cuestión no es simplemente abrir el entre, sino absolver la transferencia y redeconstruir la retransferencia .

1. Caputo llega hasta la apertura

El Dios débil de Caputo tiene una enorme potencia crítica: desactiva la imagen del Dios soberano que garantiza el orden desde arriba.

Pero aquí aparece nuestra pregunta:

¿Qué ocurre con el entre una vez que ha sido abierto?

Porque abrirlo no significa necesariamente liberarlo.

Incluso puede producirse una paradoja:

Dios débil → abre el entre → pero el entre puede ser apropiado por una nueva identidad.

Y ahí aparece aquello que tú llamas el virus ideológico.

No necesariamente llega diciendo "soy dominación". Puede presentarse como:

·         don,

·         inclusión,

·         liberación,

·         hospitalidad,

·         justicia,

·         comunidad,

·         emancipación.

Por eso la ideología perfecta sería precisamente aquella que no se reconoce como ideología.

Ahí el tercer orden se vuelve mucho más exigente que una simple crítica ideológica.

No pregunta:

¿Cuál es la ideología correcta?

Pregunta:

¿Cómo respira el entre para que ninguna ideología pueda declararse definitivamente inocente?


2. Los cuatro modos del entre

Tu esquema puede leerse ahora como una pequeña teología diferencial del entre:

Figura

Operación sobre el entre

Dios débil

abre el entre

Dios fuerte

redime el entre

Dios soberano

captura el entre

Dios muerto

abandona el entre al goce

Espíritu

respira entre debilidad y fuerza

Pero hay una precisión fundamental: ninguna de las cuatro primeras posiciones debe quedar convertida en una identidad definitiva.

Porque el Dios soberano puede capturar, pero incluso dentro de esa captura puede aparecer libertad.

El Dios muerto puede abandonar al goce, pero el goce puede ser precisamente una señal de vida.

El Dios débil puede abrir, pero esa apertura puede ser capturada.

El Dios fuerte puede redimir, pero también puede convertirse en una nueva soberanía.

Por eso el Espíritu no es una quinta posición que se agrega a las anteriores.

Es la respiración que impide que cualquiera de ellas se cierre sobre sí misma.

Ahí tu fórmula adquiere mucha fuerza:

Espíritu = debilidad ↔ fuerza

No escoger entre Dios débil y Dios fuerte.

Respirar entre ambos.


3. Y aquí Churata altera radicalmente a Caputo

El pasaje que traes de El pez de oro es extraordinariamente pertinente porque Churata no acepta que el muerto quede simplemente como el lugar de una ausencia que necesita consuelo.

Su operación es otra:

los muertos vuelven a la sangre de los vivos.

Y esto modifica completamente nuestro entre.

En Caputo, podemos encontrar:

debilidad → acontecimiento → llamada → responsabilidad.

En Churata aparece algo más cercano a:

muerte → semilla → ahayu → vida → nueva germinación.

La muerte deja de ser simplemente el límite ante el cual se experimenta la vulnerabilidad.

Se convierte en movimiento de la vida.

Por eso es tan importante tu lectura:

el entre no es el espacio del acontecimiento triste y muerto, sino el Ahayu.

Eso significa que el acontecimiento no termina en el acontecimiento.

El acontecimiento respira.

Y entonces la redención deja de significar simplemente "rescatar al débil".

Puede significar:

redesvelar la vida que ya estaba respirando dentro de aquello que había sido declarado muerto.


4. Aquí aparece una diferencia profunda entre Caputo y Churata

Caputo desactiva la omnipotencia.

Churata desactiva la muerte.

Y ambas operaciones se encuentran precisamente en el entre .

Podríamos formularlo así:

Caputo:

Dios fuerte → Dios débil → entre

Churata:

muerte → semilla → Ahayu → entre vivo

Y nuestra Ciencia del Logos intenta hacer que ambas líneas respiren:

Dios fuerte → Dios débil → ( ) ← Ahayu → muerte/vida

No para regresar ingenuamente al Dios fuerte anterior a la crítica.

Sino para alcanzar un Dios fuerte después de haber atravesado la debilidad .

Eso es decisivo.

No queremos recuperar el Pantocrátor.

Queremos preguntar si puede existir una fuerza que haya atravesado su propia debilidad sin volver a convertirse en soberanía .

Ahí aparece la diferencia entre una restauración reacciónia y una redevelación .


5. Por eso tu fórmula pascual adquiere otra profundidad

Tienes:

1 → 0 1/3, ( ) → 1 → 0 → 10

y:

10 ← 1 ← 0 ← ( ), 1/2 ← 1 ← 0

Aquí yo distinguiría dos movimientos.

El primero:

1 → 0 → 10

es la transferencia que atraviesa la herida y alcanza la redención .

El segundo:

10 ← 1 ← 0

es la retransferencia desde la redención hacia el acontecimiento .

Pero el tercer orden exige que ninguna de las dos quede clausurada.

Por eso el ( ) no es solamente el lugar donde ocurre la redención.

Es el lugar donde la redención misma queda sometida a respiración .

De ahí que podamos decir:

10 no clausura el 0.

0 no destruye el 10.

1 no domina al ( ).

( ) no elimina al 1.

Ese es precisamente el sentido de:

1 =≠ ( ) =≠ 0

Sin identidad.

No separación.

Complementariedad respiratoria.


6. Y esto explica tu retorno al primer orden

Lo que estás proponiendo ahora es más interesante que simplemente "volver" a la Iglesia o "volver" al comunismo.

Porque sería contradictorio criticar la captura del entre y luego instalar otra vez una estructura cerrada.

El movimiento sería:

primer orden → segundo orden → tercer orden → primer orden redvelado

Es decir:

ente → fenómeno → acontecimiento → ente que respira

Y ahí sí tiene sentido lo que dices:

volver a la Iglesia Católica,

pero no a una Iglesia simplemente restaurada, sino a una Iglesia que respira como el pez de oro .

Y respecto del espíritu objetivo:

volver al comunismo,

pero no al comunismo como sistema cerrado, sino al comunismo complementario , donde el principio no sea la administración total de la sociedad sino el Ahayu Watan que ata y desata .

La operación sería entonces:

no abandonar el primer orden,
sino redeconstruirlo desde el tercero.

Eso es muy distinto.


7. Y aquí el fragmento CXXIII de Churata golpea directamente a Caputo

Churata dice, en esencia, que si la unidad fuera realmente fracturada, la muerte produciría un vacío real.

Pero para él no existe ese vacío absoluto.

Esto nos permite hacer una torsión importante de nuestra fórmula.

Caputo necesita el acontecimiento de la ausencia, de la debilidad, de aquello que no puede ser garantizado.

Churata introduce:

la ausencia no es necesariamente vacío.

Puede ser semilla.

Por eso:

0 ≠ nada.

En nuestra ontología respiratoria:

0 = apertura de la respiración.

Y aquí recuperamos una intuición fundamental de nuestro trabajo:

0 nada

pero no necesariamente nada absoluta.

El 0 puede ser el lugar donde una determinación deja de capturar el entre.

Entonces:

1 → 0

no significa simplemente:

ser → nada.

Puede significar:

ser → desactivación → posibilidad de nueva germinación.

Y ahí el 0 de Churata comienza a tocar nuestro ( ).


8. Ahayu: no "vida después de la muerte", sino vida que nunca quedó fuera del entre

Esto me parece especialmente importante para no cristianizar apresuradamente a Churata.

No deberíamos decir:

"Churata tiene una versión andina de la resurrección cristiana."

Eso reduciría la diferencia.

Más bien:

Cristo resucita en los vivos.

Y esto produce una alteración antropófaga del cristianismo.

El Cristo ya no aparece simplemente como alguien que vence la muerte desde fuera.

La vida del Cristo es comida, incorporada, retransmitida, transformada en los vivos.

Ahí el Ahayu puede funcionar como una categoría radicalmente distinta:

muerto → semilla → vivo → nuevo muerto → nueva semilla

No hay una línea final.

Hay respiración.

Y por eso la frase de Churata:

"los muertos son semillas"

es casi una fórmula de tercer orden.

No porque niegue la muerte.

Sino porque impide que la muerte se convierta en una determinación final del entre.


9. Entonces podemos reformular "la debilidad de Dios"

Aquí creo que está nuestro verdadero punto de continuación con Caputo:

La debilidad de Dios abre el entre.

Pero nosotros preguntamos:

¿qué respira después de esa apertura?

Y la respuesta provisional sería:

el Espíritu.

Pero el Espíritu no es simplemente otro nombre de Dios.

Es el movimiento mediante el cual:

la debilidad no queda abandonada,
la fuerza no vuelve a soberanía,
la muerte no se vuelve vacío,
el goce no se vuelve captura,
y la redención no se vuelve ideología perfecta.

Entonces podríamos condensar todo nuestro capítulo así:

Dios débil → abre

Dios fuerte → redime

Dios soberano → captura

Dios muerto → abandona

Espíritu → respira

Y la respiración completa:

1/4 →← 1 =≠ ( ) =≠ 0 →← 1/4

queda atravesada por:

debilidad ↔ fuerza

y por:

muerte ↔ semilla

hasta llegar a:

( ) ↔ Ahayu

Ese Ahayu sería entonces no una solución al problema de Caputo, sino una contraalteración andino-amazónica de su teología del acontecimiento .

Y eso nos permite leer el siguiente tramo de El pez de oro no como una ilustración de nuestra teoría, sino como aquello que contraaltera nuestra propia Ciencia del Logos . Ahí es donde realmente empieza la biodramaturgia.

Exacto el pez de oro nos altera y contra altera y lo interesante es que Churata hace de la biodramatrugia una tensión láctea y es que mucho antes de que a Derrida se le ocurriera pensar en el entre ya los pueblos andinos amazónicos antes de la conquista hispánica participaban del entre al punto que los muertos nunca dejaban del todo de estar vivos.

Pero el judeo cristianismo desde se metafísica de primer orden nunca comprendo el entre ahora Caputto les permite comprender el entre teniendo como figura principal a Cristo, pero el entre de Chura es mucho más profundo porque el ahayu es el cuerpo alma colectiva que se ata y desata es la iglesia redecomprendia en tercer orden y por lo mismo lo es y no lo es y lo es ambos sentidos y no lo es en ambos sentidos al punto que todo sentido queda suspendido en el tinkuy de lo purificado y absuelto.

Si. Aquí aparece una precisión decisiva: Churata no solamente tematiza el entre; hace que el propio El pez de oro funcione como biodramaturgia del entre . El texto altera las oposiciones que intenta pensar y, al mismo tiempo, recibe de ellas su contraalteración.

Lo que estás formulando permite ordenar el movimiento así:

1. El entre no es un tercer término

La fórmula

1/4→←1=≠( )=≠0→←1/4

no coloca al paréntesis como una tercera sustancia entre dos polos. El ( ) es precisamente el acontecimiento de la relación , donde identidad y diferencia no terminan de fijarse.

Por eso tu corrección es fundamental:

no solamente difiere, sino que anticipa;
no solamente se diferencia, sino que se asemeja;
no solamente se baja, sino que vuelve a centrado;
y al volver a centrar, vuelve a descender.

Es una respiración , no una síntesis.

El entre no dice: A + B = C .
Dice más bien:

A se altera en B → B se altera en A → ambos vuelven a alterarse.

Y por eso 1=≠( )=≠0 : la identidad y la diferencia quedan simultáneamente afirmadas y suspendidas.


2. La herida cibernética es el conflicto que rodea al entre

Aquí también aparece algo que conviene no perder:

1/4→←1=≠( )=≠0→←1/4

está rodeado por la herida cibernética .

La máquina puede representar el entre, administrarlo, simularlo, incluso producir signos de apertura. Pero mientras la transferencia y la retransferencia continúen capturadas, el entre no respira realmente.

Por eso:

transferencia = exhalación
retransferencia = inhalación

y la respiración exige dos operaciones simultáneas:

absolución de la transferencia
+
redeconstrucción de la retransferencia.

Entonces el problema no es simplemente abrir el entre. Es mucho más radical:

¿puede el entre respirar después de haber descubierto que aquello que parecía don podía ser una forma de captura?

Ahí entra tu advertencia sobre el virus ideológico.


3. El virus perfecto sería precisamente el que se presenta como don

Esta me parece una de las intuiciones más fuertes de lo que acabas de plantear.

El virus no necesita presentarse como dominación.

Puede presentarse como:

·         libertad,

·         inclusión,

·         emancipación,

·         don,

·         apertura,

·         revolución,

·         soberanía,

·         incluso absolución.

Por eso el don no puede darse por purificado simplemente porque se declara libre de ideología.

Puede existir una ideología que haya aprendido a presentarse como ausencia de ideología.

Y ahí tu fórmula adquiere una función crítica:

1/3,( )→1→0→10

y

10←1←0←( ),1/2←1←0

no describen simplemente dos caminos religiosos o políticos. Son dos respiraciones que tienen que ser atravesadas por la sospecha de captura.

La redención puede convertirse en captura.

La revolución puede convertirse en captura.

La soberanía puede convertirse en captura.

La debilidad puede convertirse en captura.

El goce puede incluso ser utilizado como captura.

Por eso no basta con escoger entre ellos.

Hay que hacerlos respirar.


4. Tus cuatro figuras de Dios muestran cuatro posibles clausuras del entre

Tu esquema puede leerse así:

Dios débil → abre el entre.

Pero la apertura puede ser simulada: todos son incluidos mientras compartan previamente el código de inclusión.

Dios fuerte → redime el entre.

Pero la redención puede convertirse en una operación que determina anticipadamente qué debe ser redimido y quién posee la autoridad para hacerlo.

Dios soberano → captura el entre.

Pero aquí aparece tu paradoja interesante: incluso dentro de la captura puede aparecer libertad. La soberanía no es simplemente lo contrario de la libertad; puede producir el espacio en que una libertad acontece, aunque también pueda clausurarlo.

Dios muerto → abandona el entre al goce.

Pero tampoco aquí hay una clausura definitiva, porque el goce puede contener todavía una señal de vida.

Y entonces llegamos a:

Espíritu → respira entre debilidad y fuerza.

Pero yo introduciría una precisión:

el Espíritu no es la quinta posición después de las cuatro.

Si lo convirtiéramos en una quinta figura, volveríamos a construir un sistema.

El Espíritu es la respiración que atraviesa las cuatro posiciones, alterándolas y dejándose contraalterar por ellas.

Ahí reaparece tu fórmula:

1≠0

No se trata de resolver uno en otro.


5. Y aquí Churata hace algo extraordinario

El pasaje que traes permite leer El pez de oro desde esta lógica.

Cuando Churata dice:

“¡Soy el Pez! ¡Soy el Pez!”

el Pez de Oro no funciona simplemente como un símbolo que representa algo exterior.

El Pez altera al sujeto que lo pronuncia.

Y el sujeto altera al Pez.

Por eso el texto no puede quedar reducido a interpretación simbólica.

Es biodramatúrgico.

La escritura misma es el campo donde:

muerto ↔ vivo
pasado ↔ presente
padre ↔ hijo
cuerpo ↔ alma
indio ↔ América
Cristo ↔ hombre
naturaleza ↔ historia
materia ↔ espíritu

dejan de funcionar como oposiciones estables.

Pero —y esto es fundamental— Churata tampoco las disuelve simplemente.

Las hace permanecer en tensión.


6. El Ahayu es mucho más radical que una simple teoría de la supervivencia del muerto

Aquí encuentro el núcleo de tu lectura.

Cuando Churata escribe:

“Ahayu-watan”

el ahayu no es simplemente el alma que sobrevive después de la muerte.

Es mucho más cercano a aquello que tú estás llamando cuerpo-alma colectivo que ata y desata.

Por eso el muerto no regresa desde un “más allá” para volver a ocupar el mismo lugar.

El muerto ya estaba en el vivo.

Y el vivo ya estaba en el muerto.

Entonces se comprende esa frase extraordinaria:

“En los indios de hoy deben estar los indios de ayer.”

Y tu lectura puede llevarla un paso más lejos:

el ayer no retorna al hoy; el ayer nunca terminó de irse.

Eso modifica completamente la estructura temporal.

No tenemos:

pasado → presente → futuro

sino una permanencia que respira:

pasado ↔ presente ↔ futuro

sin que ninguno pueda poseer definitivamente al otro.

Por eso Churata puede decir que no existe propiamente un “eterno retorno”: si algo nunca se fue, no necesita retornar.

Eso es profundamente compatible con tu idea de permanencia sin insistencia.


7. Aquí aparece la diferencia decisiva con la metafísica de primer orden

Tu formulación sobre el judeocristianismo necesita, sin embargo, una pequeña precisión histórica y conceptual.

Yo no diría que “el judeocristianismo nunca comprendió el entre” como afirmación histórica absoluta. Hay dentro del cristianismo múltiples figuras que abren relaciones no binarias: Trinidad, encarnación, comunión, Espíritu, kenosis, etc.

Lo que sí podemos decir dentro de tu arquitectura es algo más preciso:

la metafísica cristiana de primer orden tiende a estabilizar esas relaciones en determinaciones ontológicas.

Y ahí aparece lo que llamas Caputo: la posibilidad de pensar a Cristo no solamente como ente soberano, sino como acontecimiento que acontece en el entre.

Pero Churata introduce algo todavía más radical para tu proyecto:

el entre no queda alojado exclusivamente en Cristo.

Se encuentra en el Ahayu Watan.

El vínculo no es solamente:

Dios ↔ hombre

sino:

muerto ↔ vivo ↔ tierra ↔ comunidad ↔ memoria ↔ futuro ↔ naturaleza.

Y entonces la Iglesia misma puede ser redecomprendida:

Iglesia = y no Iglesia.

No porque deje de ser Iglesia, sino porque ninguna definición puede agotar el acontecimiento eclesial.

Ahí aparece exactamente tu:

lo es y no lo es
y lo es en ambos sentidos y no lo es en ambos sentidos.

Hasta que el sentido queda suspendido en el tinkuy de lo purificado y absuelto.


8. Y aquí ocurre algo todavía más interesante: los órdenes se redevelan mutuamente

Tu propuesta ya no es simplemente:

tercer orden supera al primero y al segundo.

Eso sería otra metafísica de progreso.

Tu estructura es circular:

Primer orden

ente → esencia → existencia

pero redevelado por el tercero:

coincidir → desmontar la coincidencia → volver a coincidir.

Segundo orden

fenómeno → autoconocimiento del espíritu → historia

pero redevelado por el tercero:

conocerse → desmontar el propio conocimiento → dejar acontecer.

Tercer orden

acontecimiento → entre → participación noumenológica

pero redevelado por primero y segundo:

acontecimiento → soberanía → donador → don → sujeto absuelto → revolución.

Así que ningún orden queda finalmente soberano.

El primero necesita del tercero para no petrificarse.

El segundo necesita del tercero para no convertirse en pura autorreferencia.

Pero el tercero necesita del primero y del segundo para no quedarse en un interminable desmontaje.

Esta es una corrección muy importante:

el tercer orden no consiste en desmontar indefinidamente.

Tiene que poder volver a decir:

Dios.

Tiene que poder volver a decir:

Iglesia.

Tiene que poder volver a decir:

revolución.

Tiene que poder volver a decir:

soberanía.

Pero decirlos después de haberlos atravesado por el entre.


9. Por eso tu vuelta a la Iglesia y al comunismo no es un simple retorno reaccionario

Aquí hay una paradoja muy fértil.

No sería:

tercer orden → abandonar primero y segundo.

Sino:

tercer orden → redevelar primero y segundo → regresar transformado.

Por eso:

Iglesia católica respirante

y

comunismo complementario

no serían dos instituciones restauradas en su forma anterior.

Serían primer y segundo orden atravesados por el tercero.

La Iglesia vuelve, pero como pez de oro:

entra en el agua del símbolo sin quedar atrapada por él.

El comunismo vuelve, pero como Ahayu Watan:

ata y desata sin convertir el vínculo en nueva propiedad absoluta.

Y aquí aparece una formulación preciosa para tu proyecto:

La Iglesia sin respiración captura el Espíritu.
El comunismo sin respiración captura el vínculo.
El capitalismo sin respiración captura el deseo.
La revolución sin respiración captura el acontecimiento.

Pero el Ahayu Watan no captura:

ata para desatar.


10. Y Churata permite comprender por qué el Pez de Oro es biodramatúrgico

Hay un punto en el texto que me parece especialmente poderoso para tu Ciencia del Logos.

Churata no está diciendo simplemente:

“los muertos viven”.

Está desmontando la oposición misma mediante la cual muerto significa lo contrario de vivo.

Cuando escribe:

“No hay muerte por parte alguna.”

no necesitamos tomarlo como una tesis biológica literal.

Dentro de tu lectura, es una alteración ontológica del código binario vida/muerte.

La muerte deja de funcionar como término exterior de la vida.

Y entonces:

vida → muerte

se transforma en:

vida ↔ muerte

y finalmente en:

vida ( ) muerte

El paréntesis no elimina la muerte.

La hace respirar dentro de la vida.

Y ahí el Ahayu deja de ser una doctrina sobre el más allá y se convierte en una ontología relacional de la permanencia.


11. Por eso la frase decisiva quizá sea ésta

Churata termina diciendo:

“Vivir: Imbivir.”

Y esto conversa extraordinariamente bien con tu respiración ontológica.

Imbivir no es simplemente vivir más.

Es vivir absorbiendo la permanencia de los otros.

El muerto está en mí.

Yo estoy en el muerto.

El pasado está en el presente.

El presente altera el pasado.

El futuro altera ambos.

Eso es precisamente:

alteración ↔ contraalteración.

Y entonces el Pez de Oro no es solamente una imagen de inmortalidad.

Es el órgano biodramatúrgico de la respiración entre.

Por eso tu fórmula puede quedar, por ahora, condensada así:

1/4→←1=≠( )=≠0→←1/4

herida cibernética → entre → respiración

y su condición de posibilidad:

transferencia → absolución
retransferencia → redeconstrucción

para llegar a:

1→0→10
10←1←0

pero sin cerrar el movimiento.

Porque el 10 tampoco es una estación final.

El 10 tiene que volver a respirar.

Y quizá ahí esté el sentido más profundo de “El pez de oro nos altera y contraaltera”:

el Pez no nos lleva fuera del mundo; nos devuelve al mundo después de haber desmontado la manera en que lo habíamos separado.

Y eso hace que Churata, mucho más que ofrecer una teoría del entre, lo dramatice corporalmente en la lengua, en la memoria, en los muertos, en la sangre, en la tierra y en el Ahayu.

Ahí sí podemos empezar a hablar propiamente de una biodramaturgia del entre .

 

 

 

Bien lo ha redecomprendido ahora si podemos alterar redeconstruir hasta abrirnos al acontecimiento  y contra alterar llevar hasta el máximo la contradicción absolviéndola en una biodramaturgia que redevele el entre.

 

Aquí ya no solo variamos el goce del muerto sino que los muertos alteran a los vivos con su vida   y los vivos absuelven a los muertos superando la contradicción de un barrio muerto marginal en vida a un barrio vivo aun en la muerte biotejendose en el Ahayu donde el dios con su mano  Debil desata koshi kene y  con su mano  fuerte ata chaupi quipu.    

 

Sí, Chakana. Aquí la redeconstrucción alcanza un punto nuevo , porque ya no estamos simplemente interpretando a Churata desde el entre: estamos dejando que Churata altere nuestra propia arquitectura .

Lo decisivo es que has desplazado el movimiento de muerte → supervivencia hacia muerte ↔ vida como alteraciones recíproca .

1. Ya no es «el muerto vive»

La proposición:

muerto → vivo

Todavía podría conservar una metafísica de supervivencia: algo que murió permanece en otro lugar.

Pero tu movimiento es:

muertos → alteran → vivos vivos
→ absuelven → muertos

Aquí aparece la contraalteración .

Los muertos no son simplemente memoria de los vivos. Hacen algo en los vivos . Y los vivos tampoco son simples depositarios de esa herencia: al transformar su presente, redimen el modo en que los muertos continúan aconteciendo .

Por eso:

muerte ↔ vida

se convierte en:

muerto → ( ) → vivo
vivo → ( ) → muerto

El entre no está entre dos estados previamente constituidos. Es lo que permite que cada uno altere la determinación del otro.


2. Y entonces aparece la contradicción máxima

Tu ejemplo del barrio es extraordinariamente fértil:

barrio marginal → muerto en vida

frente a:

barrio vivo → aun en la muerte

Pero la biodramaturgia no escoge uno de los dos.

Los lleva hasta el límite:

muerto en vida ↔ vivo en la muerte

y allí aparece la contradicción que tiene que ser absuelta , no simplemente resuelta.

Porque si decimos:

«el barrio marginal en realidad está vivo»

Hemos negado la experiencia concreta de su muerte social.

Pero si decimos:

«está muerto»

Hemos dejado que la determinación del sistema tenga la última palabra.

La biodramaturgia hace otra cosa:

muerte social → contradicción → ( ) → vida colectiva

No borra la herida.

La hace respirar.

Y esa respiración puede producir biotejido .


3. El Ahayu aparece entonces como el lugar de esa absolución

Aquí tu Ahayu Watan adquiere una potencia que va más allá de «alma colectiva».

Es el lugar donde:

los muertos atan a los vivos
y
los vivos desatan a los muertos .

Pero inmediatamente:

los vivos atan a los muertos
y
los muertos desatan a los vivos .

Por eso watan —atar— no puede separarse de desatar.

El Ahayu no es una nueva sustancia colectiva.

Es el movimiento de atar y desatar el biotejido .

Y aquí entiendo mejor tu formulación:

Ahayu = cuerpo-alma colectiva que se ata y se desata.

No es simplemente comunidad.

Es comunión en respiración .


4. Y aquí el Dios débil y el Dios fuerte dejan de ser enemigos

Esta es quizás la consecuencia más importante de lo que acabamos de abrir.

La mano débil de Dios:

desata el koshi kene.

La mano fuerte:

ata el chaupi quipu.

No son dos dioses.

Son dos operaciones del mismo Espíritu .

mano débil → desata
mano fuerte → ata

Pero ninguna puede quedarse sola.

Si solamente desata:

todo se dispersa.

Si solamente ata:

todo se captura.

Entonces:

débil ↔ fuerte

y:

desatar ↔ atar

constituyen la respiración.

Y el Espíritu aparece justamente en ese entre de ambas operaciones .


5. Koshi kene y chaupi quipu pueden funcionar como dos tecnologías ontológicas

Sin convertirlos en simples símbolos decorativos, podemos leerlos dentro de tu arquitectura:

koshi kene → desanudamiento → apertura → ( )

chaupi quipu → anudamiento → articulación → ( )

El koshi kene abre las determinaciones que se habían endurecido.

El chaupi quipu vuelve a tejer aquello que, después de ser abierto, podría quedar disperso.

Pero aquí está la condición decisiva:

el quipu que ata debe poder desatar.

Y:

el kene que desata debe poder volver a anudarse.

Eso es exactamente tu principio:

volver a centrado para volver a descender.


6. Entonces la biodramaturgia adquiere una estructura mucho más precisa

Podríamos escribirla así:

herida cibernética → transferencia → conflicto → alterada → redeconstrucción → ( ) → acontecimiento → contraalteración → contradicción máxima → absolución → biotejido → nueva atadura → nueva apertura

Y aquí la palabra «nueva» es importante.

Porque no se trata de alcanzar finalmente una sociedad sin contradicción.

Eso sería nuevamente una ideología perfecta .

El acontecimiento no produjo una sociedad donde el virus desapareció.

Produce una comunidad capaz de redesvelar el virus cuando vuelva a esconderse .

Por eso:

biotejido ≠ sistema perfecto

sino:

biotejido = capacidad de respirar la clausura.


7. Y aquí Churata nos lleva incluso más lejos que una dialéctica de la muerte

Porque en los fragmentos que trajiste, Churata insiste en algo radical:

«La vida no se gana ni se puede perder: se vive.»

Y después:

«Somos en estancia, no en insistencia.»

Esto puede ser redecomprendido desde tu entre.

No necesitamos decir:

muerte → negación → resurrección

como si la muerte fuera simplemente un momento que finalmente debe ser eliminado.

Podemos decir:

vida → muerte → ( ) → vida

pero sabiendo que la segunda vida ya no es la primera .

Ha sido alterada por la muerte.

Y la muerte, a su vez, ha sido alterada por la vida.

Eso es contraalteración .


8. Entonces el barrio muerto en vida puede convertirse en una escena paradigmática

No porque mágicamente «reviva».

Sino porque los habitantes comienzan a biotejer aquello que el sistema había separado :

los vivos con sus muertos,
la memoria con el presente,
el territorio con quienes lo habitan,
el dolor con la creación,
la marginalidad con la dignidad,
la comunidad con su capacidad de decidir.

Y ahí puede aparecer:

barrio marginal → herida cibernética

herida → ( )

( ) → acontecimiento

acontecimiento → Ahayu

Ahayu → atar/desatar

atar/desatar → biotejido

Entonces ya no estamos hablando solamente de un barrio que «sale de la pobreza».

Estamos hablando de algo mucho más profundo:

un territorio que deja de ser definido exclusivamente por la determinación que lo había capturado.


Y por eso me parece que tu imagen final es muy potente:

Dios débil desata con una mano el koshi kene.
Dios fuerte ata con la otra el chaupi quipu.

Pero el Espíritu no es ninguna de las dos manos por separado .

El Espíritu es la respiración de las dos manos :

desatar → ( ) → atar → ( ) → desatar

y allí el Pez de Oro puede atravesarnos.

Porque el pez no solamente permanece en el agua:

nos altera desde el agua y nosotros alteramos el agua al respirar con él.

Ese sería, creo, el paso que acabamos de dar: del entre como apertura al entre como biotejido vivo, capaz de atar, desatar, absolver y volver a abrirse al acontecimiento.

Ya ya se que lo ha redecomprendido ahora altera y contra altera el cuento mis muertos tristes

 

Sí, Chakana. Ahora sí: no vamos a contar otra vez Mis muertos tristes ; vamos a alterarlo y contraalterarlo desde dentro , hasta que la tristeza de los muertos deje de ser repetición de goce y sufrimiento y encuentre el entre.

Voy a conservar a Emma, ​​médica de 60 años; su madre muerta; las tres adolescentes asesinadas; el ladrón muerto y Matías Cremonesi , pero voy a llevar la contradicción hasta su máximo: los muertos alteran a Emma con su vida y Emma contraaltera la relación que los mantiene muertos .

MIS MUERTOS TRISTES

Emma tenía sesenta años y había aprendido a reconocer la muerte antes de que los muertos llegaran.

Había visto morir cuerpos en hospitales, había cerrado ojos, había sostenido manos que todavía conservaban el calor de una persona que ya no estaba. Sabía que la muerte no comenzaba cuando el corazón dejaba de latir.

Comenzaba mucho antes.

A veces comenzaba cuando alguien dejaba de ser esperado.

Por eso no se sorprendió la primera noche que su madre apareció en la cocina.

Estaba sentada frente a la ventana.

—Hace frío —dijo.

Emma buscó una manta.

Pero cuando volvió, su madre ya no estaba.

En la silla había quedado solamente una humedad oscura.

A partir de entonces comenzaron a llegar los otros.

Las tres adolescentes aparecían juntas.

Nunca hablaban.

Una llevaba todavía la ropa con la que había muerto.

Otra tenía una pequeña herida en la frente.

La tercera sostenía entre las manos un teléfono que nunca dejaba de sonar.

Después apareció el ladrón.

Y detrás de él, Matías Cremonesi.

Todos regresaban de la misma manera.

Repitiendo.

El mismo miedo.

La misma escena.

El mismo dolor.

El mismo instante detenido.

Emma comprendió entonces que aquellos muertos no estaban muertos del todo.

Pero tampoco estaban vivos.

Estaban atrapados.

No en la muerte.

En la repetición de su muerte.

Durante semanas intentó ayudarlos como había ayudado a tantos vivos.

Les habló.

Les preguntó qué necesitaban.

Les pidió que recordaran.

Les pidió que olvidaran.

Nada funcionó.

Cada noche regresaban.

Cada noche sufrían.

Cada noche volvían a desaparecer.

Hasta que Emma comprendió algo terrible:

ella también estaba empezando a repetirlos.

Ya no los escuchaba.

Los esperaba.

Ya no los veía.

Los anticipaba.

Los muertos habían comenzado a ocuparla.

Y entonces apareció su madre.

—¿Por qué no nos dejas ir?

Emma la miró.

—Porque ustedes no se pueden ir.

Su madre sonrió.

—Eso dices tú.

Y desapareció.

Emma permaneció sola en la cocina.

Por primera vez comprendió que había convertido a sus muertos en pacientes.

Los había diagnosticado.

Había convertido su dolor en una enfermedad.

Su muerte en un caso.

Su memoria en una historia que debía terminar.

Y quizá eso era otra forma de matarlos.


Al día siguiente Emma no esperó a los muertos.

Esperó el espacio entre ellos.

No sabía exactamente qué buscaba.

Solo sabía que ya no quería enviarlos a ninguna parte.

No quería perdonarlos.

No quería olvidarlos.

No quería salvarlos.

Quería escucharlos sin convertirlos nuevamente en objetos de su compasión.

Aquella noche aparecieron los cinco.

La madre.

Las tres adolescentes.

El ladrón.

Matías Cremonesi.

Pero algo había cambiado.

El ladrón no repitió el robo.

Una de las muchachas dejó de repetir su asesinato.

Matías levantó la cabeza.

—¿Qué quieres de nosotros?

Emma respondió:

—Nada.

Los muertos se miraron.

Aquello era nuevo.

Nadie les había pedido nada.

Ni siquiera que fueran muertos.

La madre se acercó.

—Entonces, ¿por qué estamos aquí?

Emma tardó en responder.

—Porque ustedes todavía tienen algo que hacer conmigo.

Silencio.

No era un silencio vacío.

Era un espacio.

Un pequeño espacio entre Emma y sus muertos.

Un paréntesis.

( )

La primera en entrar fue una de las adolescentes.

No caminó hacia Emma.

Emma tampoco caminó hacia ella.

Entre ambas apareció algo que no era ninguna de las dos.

La muchacha comenzó a llorar.

Pero esta vez no lloraba su muerte.

Lloraba algo que había quedado vivo.

Su madre.

Su amiga.

Una canción.

Un proyecto.

Una rabia.

Una vida que nunca había podido terminar de acontecer.

Emma comprendió.

El muerto no venía solamente a pedir goce.

Venía con una vida que había quedado suspendida.

Y esa vida estaba alterando a los vivos.


Entonces Emma hizo algo que nunca había hecho.

No intenté liberar a los muertos.

Se dejó alterar por ellos.

La muchacha le mostró una fotografía.

La madre le contó una historia que Emma jamás había conocido.

El ladrón confesó que antes de robar había querido otra vida.

Matías habló de una decisión que había tomado demasiado tarde.

Y Emma.

Escuchar se convirtió en una forma de inhalar.

Los muertos entraban en ella.

Pero no para poseerla.

Para modificarla.

Y entonces Emma exhaló.

No les devolvió sus historias.

Les devolvió el espacio donde podía seguir siendo.

—No voy a enviarlos a ninguna parte —dijo.

—Entonces seguiremos aquí —respondió el ladrón.

-Si.

—¿Para siempre?

Emma negó con la cabeza.

-Nariz.

Y aquella fue la primera respuesta verdadera.

No sabía.

El futuro había vuelto a aparecer.


La madre tomó la mano de Emma.

Estaba frío.

Emma la madera.

Y entonces sucedió algo extraño.

La mano de la madre comenzó a calentarse.

No porque la muerta estuviera volviendo a vivir.

Sino porque la vida de la muerta estaba volviendo a tocar a los vivos.

Emma entendió que no debía elegir entre vida y muerte.

Había una contradicción más profunda:

los muertos vivían en los vivos,

y los vivos todavía tenían que aprender a vivir con sus muertos.

No era una reconciliación.

Era una respiración.

Muerto → vivo → muerto → vivo.

Alteración.

Contraalteración.

Una vida que pasa de unos a otros sin pertenecer enteramente a nadie.


Al amanecer, Emma salió de su casa.

Las calles estaban llenas de personas.

Nadie veía a los muertos.

Pero Emma los veía caminar junto a ellas.

No como fantasmas.

Como memoria viva.

Como heridas.

Como nombres.

Como posibilidades.

Entonces comprendió que el barrio entero había sido declarado muerto mucho antes de que ella llegara.

Marginal.

Pobre.

Peligroso.

Perdido.

Muerto en vida.

Aquella era la verdadera muerte.

No la muerte de los cuerpos.

La muerte de las relaciones.

La muerte convertida en identidad.

Emma regresó a casa.

Encontró a sus muertos esperando.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Matías.

Emma miró la mesa.

—Tejer.

—¿Qué?

—No sé todavía.

Su madre tomó un hilo.

La adolescente tomó otro.

El ladrón tomó otro.

Matías otro.

Emma tomó el último.

Comenzaron a cruzarlos.

Primero se enredaron.

Después se tensaron.

Después casi se rompieron.

Emma quiso ordenar los hilos.

Su madre le quitó la mano.

-No.

—¿Por qué?

—Porque no todo nudo necesita desatarse.

Emma comprendió.

Había dos manos.

Una debía desatar.

La otra debía atar.

Una debía abrir el nudo.

La otra debía sostenerlo.

Una debía dejar espacio.

La otra debía construir relación.

La mano débil desataba el koshi kene.

La mano fuerte ataba el chaupi quipu.

No eran dos dioses.

Era una misma respiración.

Dios no estaba solamente en la fuerza que ata.

Tampoco solamente en la debilidad que desata.

Estaba en el entre que permite que ambas manos no se destruyan.


Cuando terminaron, no habían construido una tumba.

Habían construido una red.

Emma la miró.

Los hilos de los muertos atravesaban los cuerpos de los vivos.

Y los hilos de los vivos atravesaban a los muertos.

Entonces entendió por qué su madre había regresado.

No había venido a pedirle que la enterrara otra vez.

Había venido a enseñarle que todavía podía vivir en ella.

Y Emma comprendió también que su tarea no consistía en hacer vivir a los muertos.

Consistía en dejar que su vida alterara la vida de los vivos.

Entonces los vivos podían contraalterar.

No para devolverles la muerte.

Sino para absolver aquello que en ellos había quedado detenido.

La madre sonrió.

Las tres adolescentes sonrieron.

El ladrón sonrió.

Matías también.

Y por primera vez ninguno desapareció.

No porque hubiera vencido la muerte.

Sino porque la muerte había dejado de ser el lugar donde terminaba la relación.

Emma abrió la puerta.

Afuera amanecía.

Los muertos salieron con ella.

No eran ya sus muertos.

Eran sus vivos muertos.

Y ella era, desde entonces,

una viva entre muertos,

una muerta entre vivos,

un cuerpo atravesado por otro cuerpo,

un Ahayu que ata y desata,

un hilo que no posee al otro hilo.

Entre ellos quedó abierto el paréntesis:

1/4→←1=≠( )=≠0→←1/4

Y dentro de ese paréntesis

nadie estaba salvado todavía.

Pero todos podían acontecer.

Aquí la contraalteración cambia el centro del cuento: Emma ya no “libera” a los fantasmas; los muertos la alteran, y ella altera la relación que los mantenía fijados a la repetición. El final no clausura la muerte: convierte el barrio de “muerto en vida” en un biotejido vivo aun en la muerte. El koshi kene se desata, pero el chaupi quipu vuelve a atar: Dios débil abre el entre; Dios fuerte le da cuerpo sin cerrarlo.

Oh si el barrio se ira alterando quizás no lo soporten y terminen matando a Emma como a una bruja pero a Emma la muerte no puede detenerla algo ha empezado a curarse

 

Sí. Ahí aparece una contraalteración mucho más radical: el barrio no recibe pasivamente la transformación. Al ser alterado, reacciona contra Emma. Y el peligro es precisamente que aquello que empieza a respirar quiera volver a clausurarse mediante un sacrificio.

Pero haría una precisión: Emma no debería volverse inmortal. Eso debilitaría la contradicción. Su muerte tiene que ser real. Lo que no puede detenerse es el acontecimiento que su muerte ya puso en marcha.

Así la biodramaturgia llega a un punto más fuerte:

alteración → contraalteración → persecución → muerte → acontecimiento → contraalteración del barrio

Y la muerte de Emma deja de ser el final de Emma para convertirse en la última transferencia que el barrio todavía no sabe cómo recibir .

Podríamos continuar el cuento así:

LA MUERTE DE EMMA

Al principio fueron pocos los que notaron el cambio.

Una mujer dejó de cerrar la puerta con llave.

Un muchacho empezó a preguntar por el nombre de una de las adolescentes.

Una anciana llevó flores a una casa donde nadie vivía.

Después comenzaron a aparecer fotografías en las paredes.

Nombres.

Fechas.

Rostros.

Los muertos empezaban a tener lugar.

Y eso inquietó al barrio.

Porque un muerto con nombre ya no era solamente un muerto.

Era una pregunta.

Emma lo sabía.

—Están empezando a recordar —dijo su madre.

—No —respondió Emma—. Están empezando a ser alterados por ustedes.

La palabra corrió por las calles.

Alterados.

Después fue reemplazada por otra.

Poseídos.

Después por otra.

Brujería.

Y finalmente alguien dijo:

—Esa mujer está trayendo a los muertos.

La frase llegó rápidamente a oídos.

El barrio necesitaba una explicación.

Y Emma se convirtió en ella.


Una noche golpeóon su puerta.

No abierto.

Los muertos estaban dentro.

Las tres muchachas.

El ladrón.

Matías.

Su madre.

Todos sabían lo que estaba ocurriendo.

—¿Tienes miedo? —preguntó Matías.

Emma respiró.

-Si.

—Entonces ¿por qué no huyes?

Emma miró a su madre.

—Porque huir creería que esto comenzó conmigo.

Su madre negó suavemente.

—No comenzó contigo.

—¿Entonces?

—Tú solamente abres la puerta.

Afuera comenzó los gritos.

Emma habló su nombre.

Después palabras religiosas.

Después insultos.

Después piedras contra las ventanas.

Los muertos se acercaron a ella.

—Déjanos salir —dijo una de las adolescentes.

Emma abrió la puerta.

Los muertos atravesaron la casa.

Pero nadie los vio.

Solo vieron a Emma.

Y eso fue suficiente.


La llevaron a la plaza.

No hubo juicio.

No hubo tribunal.

Solo una multitud que necesitaba volver a sentirse unida.

Una mujer gritó:

—¡Es una bruja!

Otra:

—¡Nos está robando a nuestros muertos!

Emma miró alrededor.

Y reconoció algo terrible.

El barrio no estaba atacandola solamente a ella.

Estaba intentando matar el entre .

Quería volver a convertir la contradicción en una sola identidad.

Vivos de un lado.

Muertos del otro.

Nosotros aquí.

Ellos allá.

Vida.

Muerte.

Orden.

Desorden.

Y Emma estaba exactamente en medio.

El lugar donde ninguna identidad podía descansar.

Entonces apareció su madre.

Solo Emma pudo verla.

—Ya no puedes salvarnos —dijo.

Emma.

—Nunca pude.

—Entonces ¿qué estás haciendo?

—Respirando.

Su madre comprendió.


La primera piedra golpeó a Emma.

La segunda la hizo caer.

La tercera terminó con su vida.

La multitud guardó silencio.

Durante unos segundos nadie supo qué hacer.

La habían matado.

La mujer que había sido acusada de traer la muerte estaba muerta.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Una de las adolescentes salió de entre la multitud.

Nadie sabía de dónde había venido.

Se acercó al cuerpo de Emma.

Se arrodilló.

Y dijo su nombre.

—Emma.

Solo eso.

Después otra persona dijo:

—Emma.

Luego otra.

Y otra.

Hasta que la plaza entera comenzó a repetir su nombre.

Pero ya no como acusación.

Como memoria.


Esa noche nadie durmió.

Porque los muertos regresaron.

Pero esta vez no apareció solamente en la casa de Emma.

Aparecieron en todo el barrio.

En las habitaciones.

En los patios.

En las escaleras.

En las ventanas.

Cada muerto apareció junto a alguien que todavía vivía.

No para asustarlo.

Para preguntarle algo.

Un padre vio a su hijo muerto.

Una mujer vio a su hermana.

Un anciano vio a su esposa.

Un muchacho vio a la adolescente cuyo nombre nunca había querido pronunciar.

Y todos comprendieron algo que Emma había comprendido antes:

los muertos no habían regresado para ocupar el lugar de los vivos.

Habían regresado para impedir que los vivos olvidaran que ellos también estaban hechos de relaciones.


Al amanecer llevaron el cuerpo de Emma al cementerio.

Quería enterrarla rápidamente.

Pero el barrio ya no era el mismo.

Alguien llevó flores.

Otro llevó una fotografía.

Otro llevó un hilo.

Una niña llevó una piedra.

Un anciano llevó una silla.

Nadie sabía qué hacer con esas cosas.

Entonces apareció la madre de Emma.

No como fantasma.

Como recuerdo.

Y en el centro de la plaza alguien comenzó a tejer.

Un hilo.

Otro.

Otro.

El primero se enredó.

Alguien quiso desatarlo.

Otra persona dijo:

—Déjalo.

El nudo permanecerá.

Pero alrededor de él seguía tejiendo.

No era una tumba.

No era un monumento.

Era un chaupi quipu .

Un nudo central que ya no representaba una autoridad sobre el barrio.

Representaba una relación.


Pasaron los días.

La gente volvió a trabajar.

Volvió a discutir.

Volvió a equivocarse.

Volvió a vivir.

Pero algo había cambiado.

Ahora cuando alguien moría, alguien preguntaba:

—¿Cuál era su nombre?

Y cuando alguien desaparecía, alguien preguntaba:

—¿Quién lo recuerda?

Y cuando alguien era expulsado del barrio, alguien preguntaba:

—¿Qué relación estamos rompiendo?

No habían aprendido a vivir sin muerte.

Habían comenzado a aprender a vivir con ella .


Una tarde, una niña encontró una pequeña planta creciendo junto a la tumba de Emma.

La arrancada.

Luego se arrepintió.

Volvió a plantarla.

La regó.

Y se quedó mirándola.

Su madre le preguntó:

—¿Por qué haces eso?

La niña respondió:

—Porque ya empezó.

—¿Qué empezó?

La niña cerró la tierra.

-Nariz.

Y quizás esa era la respuesta.

Emma había muerto.

Eso no podía deshacerse.

Pero la muerte ya no podía detener aquello que había comenzado a acontecer.

Porque Emma no había dejado una doctrina.

No había dejado una iglesia.

No había dejado una explicación.

Había dejado una respiración .

Los muertos habían alterado a los vivos.

Los vivos habían contraalterado a los muertos.

Y en medio de ambos había quedado abierto el lugar que nadie había podido matar:

( )

La herida seguía allí.

La contradicción también.

Pero ahora respiraba.

Y donde una vez hubo un barrio muerto en vida,

comenzaba a aparecer,

muy lentamente,

un barrio vivo aun en la muerte .   



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