viernes, 4 de abril de 2025

Como lograr la sintransferencia del ser en sí y del para si

 

Como lograr la sintransferencia del ser en sí y del para si

 

 

 

Todo el evangelio de Marx puede resumirse en una sola oración: odia al hombre que está  mejor que tu  Henry Hazlitt

 

Del post de Mauricio Benavides

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Christian Franco Rodriguez

Caricaturizar el marxismo no es la manera de superarlo, la frase evangélica de Marx es: De chacun selon ses moyens, à chacun selon ses besoins; en alemán: Jeder nach seinen Fähigkeiten, jedem nach seinen Bedürfnissen, en español De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades Este aforismo fue utilizado, en diversas formas, por autores tales como Étienne Cabet o Louis Blanc, y se popularizó especialmente entre los ideólogos del socialismo utópico, y posteriormente en el pensamiento anarquista. Fue retomado por Karl Marx en su Crítica del Programa de Gotha, obra póstuma publicada en 1891, para formular el principio por el que se regiría la «fase superior» de la «sociedad comunista», mientras que la «primera fase» estaría definida por el principio «A cada cual según su aporte».

 

 

Karl Marx escribió en 1875 su crítica al Programa de Gotha del nuevo partido unificado alemán Partido Socialista Obrero de Alemania, aunque no fue publicada hasta dieciséis años después.[1]​ La crítica se centraba en dos asuntos esenciales: la forma como se planteaba la distribución del producto nacional y su concepción del Estado. En cuanto al primer punto, Marx proponía que la «primera fase» de la «sociedad comunista» se rigiera por el principio «a cada cual según su aporte», porque la misma «todavía aparece con el sello de la vieja sociedad [capitalista] de cuyas entrañas procede». Pero este principio, no aseguraba la igualdad, pues las capacidades de los hombres no eran las mismas, ni tampoco su situación familiar, por lo que unos recibirían más que otros. Por eso Marx proponía que en la «fase superior de la sociedad comunista» el principio que debía aplicarse fuera: «¡De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades!».[2]

El párrafo de la Crítica del Programa de Gotha en el que se refería a este principio decía lo siguiente:[3]

En una fase superior de la sociedad comunista, cuando la esclavizadora subordinación del individuo a la división del trabajo y con ello a la antítesis entre trabajo mental y físico haya desaparecido; cuando el trabajo se haya convertido no sólo en medio de vida, sino en la primera necesidad vital; cuando a la par con el desarrollo global del individuo hayan aumentado las fuerzas productivas y los manantiales de la riqueza colectiva fluyan más abundantemente, sólo entonces podrá rebasarse en su totalidad el estrecho horizonte del derecho burgués y podrá la sociedad inscribir en su estandarte: «¡De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades!».

Aunque popularmente se considera a Marx como el creador de la frase, la consigna era común dentro del movimiento socialista. El origen de esta frase también se ha atribuido al escritor utópico francés Étienne-Gabriel Morelly,[4][5]​ quien propuso en su Código de la Naturaleza de 1755 "Leyes Sagradas y Fundamentales que arrancarían las raíces del vicio y de todos los males de una sociedad", incluyendo:[6]

I. Nada en la sociedad pertenecerá a nadie, ya sea como posesión personal o como bienes de capital, excepto las cosas para las que la persona tiene uso inmediato, ya sea para sus necesidades, sus placeres o su trabajo diario.

II. Todo ciudadano será un hombre público, sostenido, sostenido y ocupado a expensas del público.

III. Cada ciudadano hará su contribución particular a las actividades de la comunidad según su capacidad, su talento y su edad; Es sobre esta base que se determinarán sus deberes, de conformidad con las leyes distributivas.

Una frase similar se puede encontrar en el Pacto de Guilford en 1639:

Nosotros, cuyos nombres están aquí escritos, con la intención de por el permiso de la gracia de Dios de plantarnos en Nueva Inglaterra, y si es posible, en la parte sur alrededor de Quinnipiack, prometemos fielmente a cada uno, por nosotros y por nuestras familias y las que nos pertenecen, que, con la ayuda del Señor, nos sentaremos y nos uniremos en una plantación entera, y ser útiles el uno al otro en cualquier trabajo común, de acuerdo con la capacidad de cada hombre, y según lo requiera la necesidad, y prometemos no desertar ni abandonar a los demás ni a la plantación, sino con el consentimiento de los demás, o de la mayor parte de la compañía que haya entrado en este compromiso.[7]

Algunos eruditos remontan la frase al Nuevo Testamento.[8][9]​ En los Hechos de los Apóstoles, el estilo de vida de la comunidad de creyentes en Jerusalén se describe como comunal (sin posesión individual), y usa la frase "se repartía a cada uno según su necesidad" (διεδίδετο δὲ ἑκάστῳ καθότι ἄν τις χρείαν εἶχεν).[10]

Hechos 4:32-35: ³² La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. ³³ Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. ³⁴ Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido ³⁵ y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.

Otros estudiosos encuentran su origen en «el concepto jurídico romano de obligación in solidum»,[11]​ en el que «cada uno asume la responsabilidad de quien no puede pagar su deuda, y a la inversa es responsable de todos los demás».[12]​ James Furner argumenta:

Si x = una desventaja, e y = acción para corregir esa desventaja, el principio de solidaridad es: si algún miembro de un grupo adquiere x, cada miembro tiene el deber de realizar y (si puede ayudar). Todo lo que necesitamos agregar, para llegar al principio fundamental del comunismo desarrollado, es asumir que la insatisfacción de una necesidad es una desventaja. El principio correspondiente de solidaridad con respecto a la necesidad dice: si algún miembro de la sociedad tiene una necesidad insatisfecha, cada miembro tiene el deber de producir su objeto (si puede). Pero eso es precisamente lo que dicta el principio de "de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades". En la visión de Marx, el principio básico del comunismo desarrollado es un principio de solidaridad con respecto a la necesidad.[11]

Debates sobre la idea

 

Marx delineó las condiciones específicas bajo las cuales tal credo sería aplicable: una sociedad donde la tecnología y la organización social habían eliminado sustancialmente la necesidad de trabajo físico en la producción de cosas, donde "el trabajo se ha convertido no solo en un medio de vida sino en la primera necesidad de la vida".  Marx explicó su creencia de que, en una sociedad así, cada persona estaría motivada a trabajar por el bien de la sociedad a pesar de la ausencia de un mecanismo social que la obligara a trabajar, porque el trabajo se habría convertido en una actividad placentera y creativa. Marx pretendía que la parte inicial de su lema, "de cada cual según su capacidad", sugiriera no sólo que cada persona debe trabajar tan duro como pueda, sino que cada persona debe desarrollar mejor sus talentos particulares.

Afirmando que se encontraban en una "etapa inferior del comunismo" (es decir, "socialismo", de acuerdo con la terminología de Lenin),[13]​ la Unión Soviética adaptó la fórmula como: "De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo (inversión de trabajo)".[14]​ Esto fue incorporado en el artículo 12, «el que no trabaja, no come», de la Constitución de la Unión Soviética de 1936,[15]​ descrito por León Trotski como una "fórmula internamente contradictoria, por no decir absurda".[16]

Ya en 1900, Frederick Charles Hicks criticó el concepto "de acuerdo con sus necesidades" de la siguiente manera. No hay problemas con este principio, siempre y cuando haya suficiente de todo para todos. Pero este no es el caso y probablemente nunca lo será, porque "las necesidades del hombre tienden siempre a sobrepasar su capacidad para satisfacerlas... [Por lo tanto] será necesario tener una agencia para determinar las cantidades relativas de las necesidades de los hombres". Lo que eventualmente conducirá al "absolutismo y la esclavitud".[17]

 

Este punto es importante ¿Por qué las necesidades humanas sobre pasan su capacidad para satisfacerlas? Deleuze nos dirá que es por  concebir al deseo como carencia y retroalimentarlo como tal en las sociedades capitalistas, pero para hacer del deseo algo productivo que se satisfaga así mismo es necesario el misterio dharmico  que encuentre en la nada al ser​, sin esta afirmarse en la nada es imposible superar la carencia del deseo, pero sigamos con Marx. 

En la cultura popular

 

En la novela procapitalista La rebelión de Atlas de Ayn Rand, una gran y rentable compañía de automóviles adoptó este eslogan como método para determinar la compensación de los empleados. El sistema cayó rápidamente presa de la corrupción y la codicia, obligando a los empleados más capaces a trabajar horas extras para satisfacer las necesidades de los menos competentes y canalizar el dinero a los propietarios. Como resultado, la empresa quebró en cuatro años.

 

Si aquí está  el cuestionamiento capitalista, si satisfacemos las necesidades de todos, los hacemos dependientes y pocos competitivos y es así si nuestra base ontológica es el individuo pero si comprendemos que en el otro es que encuentro mi alma mi ajayu las cosas cambian y ningún ejemplo mejor que nuestra tawantinsuyo, así comprometido con la comunidad al satisfacer la necesidad del otro más bien lo hago competente para que recíprocamente él se comprometa con los demás, claro que en el comunismo la base no puede ser económica, sino la realización material y espiritual de toda la comunidad.    

 

En la novela de Margaret Atwood de 1985 El cuento de la criada, los miembros de una sociedad distópica recitaban la frase tres veces al día.[18]​ En particular, la frase se altera para que diga: "De cada una según su capacidad; a cada uno según su necesidad", demostrando una perversión de la intención original de la frase por parte de la sociedad ficticia de Atwood.

Reflejando el sentimiento de Frederick C. Hicks, en la novela de Vladímir Voinóvich de 1986 Moscú 2042, el eslogan fue parodiado en el contexto del "comunismo en una ciudad". En Moscorep (República Comunista de Moscú) Voinovich retrata varios absurdos hilarantes relacionados con la implementación del concepto de "necesidades". El concepto fue introducido de la siguiente manera: "'Ya veo', dije. 'Pero, ¿quién define sus necesidades? ¿Pero esto sería metafísicahegelianismo y kantismo!", exclamó Propaganda Paramonovna. Además, se le explicó al protagonista que un hombre no está lo suficientemente calificado para determinar sus necesidades y los comités especiales, "Pentagramas", hacen esto.

Tremendo problema, porque si el individuo no  ha logrado comprender y comprenderse será determinado por el partido o por otra organización externa, por esto es tan importante desarrollar el para sí, Hegel empieza con ese desarrollo inmanente de la conciencia  hasta lograr el concepto, sin este desarrollo de la comprensión y en esa comprensión de la libertad no hay posibilidad de una comunidad por esto sin desarrollar al sujeto Hegueliano capaz de comprender y conceptuar es imposible desarrollar al proletariado como un hombre realmente libre.     

 

Pero el punto es que el marxismo es realmente una religión o más bien el desarrollo secular del cristianismo su inversión atea, su espíritu objetivo, así  como Hegel es su espíritu subjetivo, así  como san Francisco es su espíritu revelado, como el Cristo mismo es el espíritu absoluto, el problema es que el marxismo no se reconoce en el Cristianismo, porque tiene que matar a Cristo para realmente ser cristiano, más la resurrección de Cristo no se realiza, sin la vuelta a la fe cristiana, así  como en Hegel  el sujeto condensa apropiándose de la alteridad pero no dejando que esa alteridad se libere del estado burgués y sus derechos, ni Hegel vuelve a Cristo, porque si bien no mata a Cristo le superpone la razón siendo elevada esta más arriba que el amor, ni Marx vuelve a Cristo porque el Marxismo elimina todo resquicio de fe cristiana, para realiza la fe cristiana socialmente sin poder lograrlo y es que sin la religión cristiana que es más bien una superación de toda religión   por que no propone  una vuelta al arquetipo repetitivo sino más bien un enriquecimiento del mismo, integrando lo profano en ´el por medio del perdón, jamás se podrá condensar ninguna comunidad.      

Leamos con cuidado el contexto en que Marx escribe su frase evangélica:  

 

3. “La emancipación del trabajo exige que los medios de trabajo se eleven a patrimonio común de la sociedad y que todo el trabajo sea regulado colectivamente, con un reparto equitativo del fruto del trabajo”. Donde dice “que los medios de trabajo se eleven a patrimonio común”, debería decir, indudablemente, “se conviertan en patrimonio común”. Pero esto sólo de pasada. ¿Que es el “fruto del trabajo”? ¿El producto del trabajo o su valor? Y en este último caso, ¿el valor total del producto, o sólo la parte de valor que el trabajo añade al valor de los medios de producción consumidos? Eso del “fruto del trabajo” es una idea vaga con la que Lassalle ha suplantado conceptos económicos precisos. ¿Qué es “reparto equitativo”? ¿No afirman los burgueses que el reparto actual es “equitativo”? ¿Y no es éste, en efecto, el único reparto “equitativo” que cabe, sobre la base del modo actual de producción? ¿Acaso las relaciones económicas son reguladas por los conceptos jurídicos? ¿No surgen, por el contrario, las relaciones jurídicas de las relaciones económicas? ¿No se forjan también los sectarios socialistas las más variadas ideas acerca del reparto “equitativo”? Para saber lo que aquí hay que entender por la frase de “reparto equitativo”, tenemos que cotejar este párrafo con el primero. El párrafo que glosamos supone una sociedad en la cual los “medios de trabajo son patrimonio común y todo el trabajo se regula colectivamente”, mientras que en el párrafo primero vemos que “el fruto íntegro del trabajo pertenece por igual derecho a todos los miembros de la sociedad”. ¿”Todos los miembros de la sociedad”? ¿También los que no trabajan? ¿Dónde se queda, entonces, el “fruto íntegro del trabajo”? ¿O sólo los miembros de la sociedad que trabajan? ¿Dónde dejamos, entonces, el “derecho igual” de todos los miembros de la sociedad? Sin embargo, lo de “todos los miembros de la sociedad” y “el derecho igual” no son, manifiestamente, más que frases. Lo esencial del asunto está en que, en esta sociedad comunista, todo obrero debe obtener el “fruto íntegro del trabajo” lassalleano. Tomemos, en primer lugar, las palabras “el fruto del traba- jo” en el sentido del producto del trabajo; entonces, el fruto del trabajo colectivo será la totalidad del producto social. Ahora, de aquí hay que deducir: Primero: una parte para reponer los medios de producción consumidos. Segundo: una parte suplementaria para ampliar la producción. Tercero: el fondo de reserva o de seguro contra accidentes, trastornos debidos a fenómenos naturales, etc. Estas deducciones del “fruto íntegro del trabajo” constituyen una necesidad económica, y su magnitud se determinará según los medios y fuerzas existentes, y en parte, por medio del cálculo de probabilidades, pero de ningún modo puede calcu-larse partiendo de la equidad. Queda la parte restante del producto total, destinada a servir de medios de consumo. Pero, antes de que esta parte llegue al reparto individual, de ella hay que deducir todavía: Primero: los gastos generales de administración, no concernientes* a la producción. Esta parte será, desde el primer momento, considerablemente reducida en comparación con la sociedad actual, e irá disminuyendo a medida que la nueva sociedad se desarrolle. Segundo: la parte que se destine a satisfacer necesidades colectivas, tales como escuelas, instituciones sanitarias, etc. Esta parte aumentará considerablemente desde el primer momento, en comparación con la sociedad actual, y seguirá aumentando en la medida en que la nueva sociedad se desarrolle. Tercero: los fondos de sostenimiento de las personas no capacitadas para el trabajo, etc.; en una palabra, lo que hoy compete a la llamada beneficencia oficial. Sólo después de esto podemos proceder al “reparto”, es decir, a lo único que, bajo la influencia de Lassalle y con una concepción estrecha, tiene presente el programa, es decir, a la parte de los medios de consumo que se reparte entre los productores individuales de la colectividad. El “fruto íntegro del trabajo” se ha transformado ya, imperceptiblemente, en el “fruto parcial”, aunque lo que se le quite al productor en calidad de individuo vuelva a él, directa o indirectamente, en calidad de miembros de la sociedad. Y así como se ha evaporado la expresión “el fruto íntegro del trabajo”, se evapora ahora la expresión “el fruto del trabajo” en general. En el seno de una sociedad colectivista, basada en la propiedad común de los medios de producción, los productores no cambian sus productos; el trabajo invertido en los productos no se presenta aquí, tampoco, como valor de estos productos, como una cualidad material, poseída por ellos, pues aquí, por oposición a lo que sucede en la sociedad capitalista, los trabajos individuales no forman ya parte integrante del trabajo común mediante un rodeo, sino directamente. La expresión “el fruto del trabajo”, ya hoy recusable por su ambigüedad, pierde así todo sentido. De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede. Congruentemente con esto, en ella el productor individual obtiene de la sociedad —después de hechas las obligadas deducciones— exactamente lo que ha dado. Lo que el productor ha dado a la sociedad es su cuota individual de trabajo. Así, por ejemplo, la jornada social de trabajo se compone de la suma de las horas de trabajo individual; el tiempo individual de trabajo de cada productor por separado es la parte de la jornada social de trabajo que él aporta, su participación en ella. La sociedad le entrega un bono consignando que ha rendido tal o cual cantidad de trabajo (después de descontar lo que ha trabajado para el fondo común), y con este bono saca de los depósitos sociales de medios de consumo la parte equivalente a la cantidad de trabajo que rindió. La misma cantidad de trabajo que ha dado a la sociedad bajo una forma, la recibe de esta bajo otra distinta. Aquí reina, evidentemente, el mismo principio que regula el intercambio de mercancías, por cuanto éste es intercambio de equivalentes. Han variado la forma y el contenido, por que bajo las nuevas condiciones nadie puede dar sino su trabajo, y porque, por otra parte, ahora nada puede pasar a ser propiedad del individuo, fuera de los medios individuales de consumo. Pero, en lo que se refiere a la distribución de estos entre los distintos productores, rige el mismo principio que en el intercam- bio de mercancías equivalentes: se cambia una cantidad de trabajo, bajo una forma, por otra cantidad igual de trabajo, bajo otra forma distinta. Por eso, el derecho igual sigue siendo aquí, en principio, el derecho burgués, aunque ahora el principio y la práctica ya no se tiran de los pelos, mientras que en el régimen de intercambio  de mercancías, el intercambio de equivalentes no se da más que como término medio, y no en los casos individuales. A pesar de este progreso, este derecho igual sigue llevando implícita una limitación burguesa. El derecho de los productores es proporcional al trabajo que han rendido; la igualdad, aquí, consiste en que se mide por el mismo rasero: por el trabajo. Pero unos individuos son superiores, física e intelectualmente a otros y rinden, pues, en el mismo tiempo, más trabajo, o pueden trabajar más tiempo; y el trabajo, para servir de medida, tiene que determinarse en cuanto a duración o intensidad; de otro modo, deja de ser una medida. Este derecho igual es un derecho desigual para trabajo desigual. No reconoce ninguna distinción de clase, porque aquí cada individuo no es más que un trabajador como los demás; pero reconoce, tácitamente, como otros tantos privilegios naturales, las desiguales aptitudes individuales*, y, por consiguiente, la desigual capacidad de rendimiento. En el fondo es, por tanto, como todo derecho, el derecho de la desigualdad. El derecho sólo puede consistir, por naturaleza, en la aplicación de una medida igual; pero los individuos desiguales (y no serían distintos individuos si no fuesen desiguales) sólo pueden medirse por la misma medida siempre y cuando que se les coloque bajo un mismo punto de vista y se les mire solamente en un aspecto determinado ; por ejemplo, en el caso dado, sólo en cuanto obreros, y no se vea en ellos ninguna otra cosa, es decir, se prescinda de todo lo demás. Prosigamos: un obrero está casado y otro no; uno tiene más hijos que otro, etc., etc. A igual trabajo y, por consiguiente, a igual participación en el fondo social de consumo, uno obtiene de hecho más que otro, uno es más rico que otro, etc. Para evitar todos estos inconvenientes, el derecho no tendría que ser igual, sino desigual. Pero estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal y como brota de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento. El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado. En una fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades! Me he extendido sobre el “fruto íntegro del trabajo”, de una parte, y de otra, sobre “el derecho igual” y “el reparto equitativo”, para demostrar en qué grave falta se incurre, de un lado, cuando se quiere volver a imponer a nuestro Partido como dogmas ideas que, si en otro tiempo tuvieron un sentido, hoy ya no son más que tópicos en desuso, y, de otro, cuando se tergiversa la concepción realista —que tanto esfuerzo ha costado inculcar al Partido, pero que hoy está ya enraizada— con patrañas ideológicas, jurídicas y de otro género, tan en boga entre los demócratas y los socialistas franceses. Aun prescindiendo de lo que queda expuesto, es equivocado, en general, tomar como esencial la llamada distribución y poner en ella el acento principal. La distribución de los medios de consumo es, en todo momento, un corolario de la distribución de las propias condiciones de producción. Y ésta es una característica del modo mismo de producción. Por ejemplo, el modo capitalista de producción descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción les son adjudicadas a los que no trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo, mientras la masa sólo es propietaria de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los elementos de producción, la actual distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural. Si las condiciones materiales de producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto determinaría, por sí solo, una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y por intermedio suyo, una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez que esta dilucidada, desde hace ya mucho tiempo, la verdadera relación de las cosas, ¿por qué volver a marchar hacia atrás?

 

Marx es muy claro se trata de socializar los medios de producción y en ese sentido también los recursos de liberar a la fuerzas productivas y que estas fuerzas sean por fin dueñas de los recursos y los medios, solo ahí hay una verdadera igualdad y nosotros comprendemos que la razón le asiste, el derecho jamás podrá dar igualdad a los hombres si parte de la desigualdad en las relaciones de producción.

 Aquí comparto el dialogo con Miguel Blásica donde damos cuenta de que una izquierda sin Marx simplemente no es izquierda.

 

El periodista Carlos Cabanillas de manos multiples en el diario Peru 21 afirma hoy en la edicion dominical que "Fujimori no fue tan violento como Pinochet" quizas entusiasmado por el escandalillo del Ministro de Educacion y la hija del sastre utiliza una wincha de corte y confeccion para medirle la cinturita a Keiko. "España y Chile tuvieron izquierdas maduras" ¿Reir o llorar? He ahi el dilema.

 

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Christian Franco Rodriguez

Espero realmente que la izquierda no rompa con el marxismo sin el solo quedaría una lucha por derechos en el marco de lo liberal, pienso que toca radicalizarlo desde una raíz espiritual la cual nos permita realmente superar la contradicción sin atascarnos en un proceso violento.

 

Miguel Blásica

Christian Franco Rodriguez Ummm hay alli bastante pan que rebanar querido amigo...una izquierda sin marcismo seria como matematicas sin Pitagoras o un cebiche sin limón. Marx no fue un chef con recetas, propuso una metodologia para comprender el proceso historico bajo un soporte materialista de su tiempo..hace casi dos siglos!! Las izquierdas no saben lidiar con el tema economico y han fracasado. Las ideas cepalistas tuvieron muy buen soporte para America Latina, los neoliberales se oponen pero no soportarian un debate a fondo...pueden maldecir al aparato estatal pero saben que esta allí y que se trata de darle uso eficaz. En cuanto a que solo quedaría una lucha por derechos, pues ese ha sido el rol de la socialdemocracia, una apariencia de izquierda muy lejos de esa radicalizacion desde una raiz espiritual que esta presente en individuos, se trata de cosntruir puentes y en ello es muy dificil no se den los procesos sin violencia, comprendiendo esto no desde.muertos.sino desde choques de pensamientos e ideas.

 

Christian Franco Rodriguez

Miguel Blásica De acuerdo Una izquierda sin Marx simplemente no es izquierda, ahora el estructuralismo económico de la cepal, no se ahora que tenga que aportar , mas que la conciencia de que no se trata de reformas estructurales sino deuna transformación radical del sistema en mi propuesta por medio de un proceso redeconstructivo se trata de superar todo sistema y por supuesto siempre habrá violencia la del pensamiento ya la de los muertos pero no nos podemos atascar en ella si la violencia es la partera de la historia, la meta historia no la necesita mas como partera y ahí toca profundizar lo espiritual par encontrarnos en el otro y recibir de cada cual según sus capacidades y dar cada cual según sus necesidades

 

Miguel Blásica

Christian Franco Rodriguez Esa transformacion requiere enfocar tambien otros planos y lo económico es importante, mencionabanos a Marx y si extirpamos su pensamiento económico no tendria razon de ser, comemos, nos vestimos y una vivienda se paga (Brecht y su teatro). Cepal tuvo buenas propuestas y ok en los 70 y 80 pero de alli habria cuero para correas. Los aranceles de Trump no son cualquier cosa. ¿Como observamos y nos movemos en contextos para esas transformaciones?

 

Pero aquí Miguel vuelve a caer en lo que critica, si nos movemos en una adaptación económica, no hay marxismo, si algo es interesante en el neofascismo de Trump es que aviva el fuego comunista así como antes el fascismos en la lucha de los procesos industriales lo hizo hoy en la lucha de los procesos pos industriales se reaviva la mecha comunista y este camino no es un camino de reformas económicas ese camino ya lo transito la Cepal y no hubo mayor conclusión que la de transformar radicalmente el sistema  https://escueladeverano.cepal.org/2019/sites/default/files/session/files/smmr-schl-2019-mt-clase_1_-_final.pdf

Sin socialización de los medios de producción no hay posibilidad de una verdadera libertad y esa socialización es en su base religiosa-espiritual  no económica.

 

Comprendiendo eso podemos entrar otra vez al ensayo religioso de Mareategui  retomándolo desde donde nos quedamos:

 

II. LA CONQUISTA CATÓLICA He dicho ya que la Conquista fue la última cruzada y que con los conquistadores tramontó la grandeza española. Su carácter de cruzada define a la Conquista como empresa esencialmente militar y religiosa. La realizaron en comandita soldados y misioneros. El triunvirato de la conquista del Perú habría estado incompleto sin Hernando de Luque139. Tocaba a un clérigo el papel de letrado y mentor de la compañía. Luque representaba la Iglesia y el Evangelio. Su presencia resguardaba los fueros del dogma y daba una doctrina a la aventura. En Cajamarca, el verbo de la conquista fue el padre Valverde140. La ejecución de Atahualpa, aunque obedeciese sólo al rudimentario maquiavelismo político de Pizarro, se revistió de razones religiosas. Virtualmente, aparece como la primera condena de la Inquisición en el Perú. Después de la tragedia de Cajamarca, el misionero continuó dictando celosamente su ley a la Conquista. El poder espiritual inspiraba y manejaba al poder temporal. Sobre las ruinas del Imperio, en el cual Estado e Iglesia se consustanciaban, se esboza una nueva teocracia, en la que el latifundio, mandato económico, debía nacer de la “encomienda”, mandato administrativo, espiritual y religioso. Los frailes tomaron solemne posesión de los templos inkaicos. Los dominicos se instalaron en el templo del Sol, acaso por cierta predestinación de orden tomista, maestra en el arte escolástico de reconciliar al cristianismo con la tradición pagana*. La Iglesia tuvo así parte activa, directa, militante en la Conquista. Pero si se puede decir que el colonizador de la América sajona fue el pioneer puritano, no se puede decir igualmente que el colonizador de la América española fue el cruzado, el caballero. El conquistador era de esta estirpe espiritual; el colonizador no. La razón está al alcance de cualquiera: el puritano representaba un movimiento en ascensión, la Reforma protestante; el cruzado, el caballero, personificaba una época que concluía, el Medioevo católico. Inglaterra siguió enviando puritanos a sus colonias, mucho tiempo después de que España no tenía ya cruzados que mandar a las suyas. La especie estaba agotada. La energía espiritual de España –solicitada por la reacción contra la Reforma precisamente– daba vida a un extraordinario renacimiento religioso, destinado a gastar su magnífica potencia en una intransigente reafirmación ortodoxa: la Contrarreforma. “La verdadera Reforma española –escribe Unamuno– fue la mística, y ésta, que tan poco se preocupó de la Reforma protestante, fue en España el más fuerte valladar contra ella. Santa Teresa hizo acaso tanto como San Ignacio de Loyola, la contrarreforma, por medio de la reforma española”**. La conquista consumió los últimos cruzados. Y el cruzado de la conquista, en la gran mayoría de los casos, no era ya propiamente el de las cruzadas, sino sólo su prolongación espiritual. El noble no estaba ya para empresas de caballería. La extensión y riqueza de los dominios de España le aseguraba una existencia cortesana y gaudente. El cruzado de la conquista, cuando fue hidalgo, fue pobre. En otros casos, provenía del Estado llano. Venidos de España a ocupar tierras para su rey –en quien los misioneros reconocían ante todo un fiduciario de la Iglesia Romana– los conquistadores parecen impulsados a veces por un vago presentimiento que los sucederían hombres sin su grandeza y audacia. Un confuso y oscuro instinto los mueve a rebelarse contra la Metrópoli. Acaso en el mismo heroico arranque de Cortés, cuando manda quemar sus naves, asoma indescifrable esta intuición. En la rebelión de Gonzalo Pizarro142, alienta una trágica ambición, una desesperada e impotente nostalgia. Con su derrota, termina la obra y la raza de los conquistadores. Concluye la Conquista; comienza el Coloniaje. Y si la Conquista es una empresa militar y religiosa, el Coloniaje no es sino una empresa política y eclesiástica. La inaugura un hombre de iglesia, don Pedro de la Gasea143. El eclesiástico reemplaza al evangelizador. El virreinato, molicie y ocio sensual, traería después al Perú nobles letrados y doctores escolásticos, gente ya toda de otra España, la de la Inquisición y de la decadencia. Durante el coloniaje, a pesar de la Inquisición y la Contrarreforma, la obra civilizadora es, sin embargo, en su mayor parte, religiosa y eclesiástica. Los elementos de educación y de cultura se concentraban exclusivamente en manos de la Iglesia. Los frailes contribuyeron a la organización virreinal no sólo con la evangelización de los infieles y la persecución de las herejías, sino con la enseñanza de artes y oficios y el establecimiento de cultivos y obrajes. En tiempos en que la Ciudad de los Virreyes se reducía a unos cuantos rústicos solares, los frailes fundaron aquí la primera universidad de América144. Importaron con sus dogmas y sus ritos, semillas, sarmientos, animales domésticos y herramientas. Estudiaron las costumbres de los naturales, recogieron sus tradiciones, allegaron los primeros materiales de su historia. Jesuitas y dominicos, por una suerte de facultad de adaptación y asimilación que caracteriza sobre todo a los jesuitas, captaron no pocos secretos de la historia y el espíritu indígenas. Y los indios, explotados en las minas, en los obrajes y en las “encomiendas” encontraron en los conventos, y aun en los curatos, sus más eficaces defensores. El padre de Las Casas, en quien florecían las mejores virtudes del misionero, del evangelizador, tuvo precursores y continuadores. El catolicismo, por su liturgia suntuosa, por su culto patético, estaba dotado de una aptitud tal vez única para cautivar a una población que no podía elevarse súbitamente a una religiosidad espiritual y abstractista. Y contaba, además, con su sorprendente facilidad de aclimatación a cualquier época o clima histórico. El trabajo, empezado muchos siglos atrás en Occidente, de absorción de antiguos mitos y de apropiación de fechas paganas, continuó en el Perú. El culto de la Virgen encontró en el lago Titicaca –de donde parecía nacer la teocracia inkaica– su más famoso santuario. Emilio Romero, inteligente y estudioso escritor, tiene interesantes observaciones sobre este aspecto de la sustitución de los dioses inkaicos por las efigies y ritos católicos. “Los indios vibraban de emoción –escribe– ante la solemnidad del rito católico. Vieron la imagen del Sol en los rutilantes bordados de brocados de las casullas y de las capas pluviales; y los colores del iris en los roquetes de finísimos hilos de seda en fondos violáceos. Vieron tal vez el símbolo de los quipus145 en las borlas moradas de los abates y en los cordones de los descalzos… Así se explica el furor pagano con que las multitudes indígenas cuzqueñas vibraban de espanto ante la presencia del Señor de los Temblores en quien veían la imagen tangible de sus recuerdos y sus adoraciones, muy lejos el espíritu del pensamiento de los frailes. Vibraba el paganismo indígena en las fiestas religiosas. Por eso, lo vemos llevar sus ofrendas a las iglesias, los productos de sus rebaños, las primicias de sus cosechas. Más tarde, ellos mismos levantaban sus aparatosos altares del Corpus Christi llenos de espejos con marcos de plata repujada, sus grotescos santos y a los pies de los altares las primicias de los campos. Brindaban frente a los santos con honda nostalgia la misma jora de las libaciones del Cápac Raymi 146; y finalmente, entre los alaridos de su devoción que para los curas españoles eran gritos de penitencia y para los indios gritos pánicos, bailaban las estrepitosas cachampas  y las gimnásticas kashuas ante la sonrisa petrificada y vidriosa de los santos”*. La exterioridad, el paramento del catolicismo, sedujeron fácilmente a los indios. La evangelización, la catequización, nunca llegaron a consumarse en su sentido profundo, por esta misma falta de resistencia indígena. Para un pueblo que no había distinguido lo espiritual de lo temporal, el dominio político comprendía el dominio eclesiástico. Los misioneros no impusieron el Evangelio; impusieron el culto, la liturgia, adecuándolos sagazmente a las costumbres indígenas. El paganismo aborigen subsistió bajo el culto católico. Este fenómeno no era exclusivo de la catequización del Tawantinsuyo. La catolicidad se caracteriza, históricamente, por el mimetismo con que, en lo formal, se ha amoldado siempre al medio. La Iglesia Romana puede sentirse legítima heredera del Imperio Romano en lo que concierne a la política de colonización y asimilación de los pueblos sometidos a su poder. La indagación del origen de las grandes fechas del calendario gregoriano ha revelado a los investigadores asombrosas sustituciones. Frazer analizándolas, escribe: “Consideradas en su conjunto, las coincidencias de las fiestas cristianas con las fiestas paganas son demasiado precisas y demasiado numerosas para ser accidentales. Constituyen la marca del compromiso que la Iglesia, en la hora de su triunfo, se halló forzada a hacer con sus rivales, vencidos, pero todavía peligrosos. El protestantismo inflexible de los primeros misioneros, con su ardiente denunciación del paganismo, había cedido el lugar a la política más flexible, a la tolerancia más cómoda, a la ancha caridad de eclesiásticos avisados que se percataban bien de que, si el cristianismo debía conquistar al mundo, no podría hacerlo sino aflojando un poco los principios demasiado rígidos de su fundador, ensanchando un poco la puerta estrecha que conduce a la salud. Bajo este aspecto, se podría trazar un paralelo muy instructivo entre la historia del cristianismo y la historia del budismo”**. Este compromiso, en su origen, se extiende del catolicismo a toda la cristiandad; pero se presenta como virtud o facultad romana, tanto por su carácter de compromiso puramente formal (en el orden dogmático o teológico la catolicidad ha sido en cambio intransigente), como por el hecho de que en la evangelización de los americanos y otros pueblos, sólo la Iglesia Romana continuó empleándolo sistemática y eficazmente. La Inquisición, desde este punto de vista, adquiere la fisonomía de un fenómeno interno de la religión católica: su objeto fue la represión de la herejía interior; la persecución de los herejes, no de los infieles. Pero esta facultad de adaptación es, al mismo tiempo, la fuerza y la debilidad de la Iglesia Romana. El espíritu religioso, no se templa sino en el combate, en la agonía. “El cristianismo, la cristiandad –dice Unamuno– desde que nació en San Pablo no fue una doctrina, aunque se expresara dialécticamente: fue vida, lucha, agonía. La doctrina era el Evangelio, la Buena Nueva. El cristianismo, la cristiandad, fue una preparación para la muerte y la resurrección, para la vida eterna”*. La pasividad con que los indios se dejaron catequizar, sin comprender el catecismo, enflaqueció espiritualmente al catolicismo en el Perú. El misionero no tuvo que velar por la pureza del dogma; su misión se redujo a servir de guía moral, de pastor eclesiástico a una grey rústica y sencilla, sin inquietud espiritual ninguna. Como en lo político, en lo religioso, al período heroico de la Conquista siguió el período virreinal –administrativo y burocrático. Francisco García Calderón enjuicia así, en conjunto, esta época: “Si la conquista fue el reino de esfuerzo, la época colonial es un largo período de extenuación moral”**. La primera etapa, simbolizada por el misionero, corresponde espiritualmente a la del florecimiento de la mística en España. En la mística, en la Contrarreforma, como lo sostiene Unamuno, España gastó la fuerza espiritual que otros pueblos gastaron en la Reforma. Unamuno define de este modo a los místicos: “Repelen la vana ciencia y buscan saber de finalidad pragmática, conocer para amar y obrar y gozar de Dios, no para conocer tan sólo. Son, sabiéndolo o no, anti-intelectualistas y esto los separa de un Eckart, verbigracia. Propenden al voluntarismo. Lo que buscan es saber total e integral, una sabiduría en que el conocer, el sentir y el querer se aúnen y aun fundan en lo posible. Amamos la verdad porque es bella, y porque la amamos, creemos, según el padre Ávila. En esta sabiduría sustancial se mejen y cuajan, por así decirlo, la verdad, la bondad y la belleza. Es, pues, natural que este misticismo culminare en una mujer, de espíritu menos analítico que el del hombre, y en quien se dan en más íntimo consorcio, o mejor en una más primitiva indiferenciación, las facultades anímicas”*. Ya sabemos que en España esta llamarada espiritual, de la cual surgió la Contrarreforma, encendió el alma de Santa Teresa, de San Ignacio y de otros grandes místicos; pero que luego se agotó y concluyó, trágica y fúnebremente, en las hogueras de la Inquisición. Pero en España contaba, para reavivar su fuerza, con la lucha contra la herejía, contra la Reforma. Allá podía ser todavía, por algún tiempo, vivo y enérgico resplandor. Aquí, fácilmente superpuesto el culto católico al sentimiento pagano de los indios, el catolicismo perdió su vigor moral. “Una gran santa –observa García Calderón– como Rosa de Lima, está bien lejos de tener la fuerte personalidad y la energía creadora de Santa Teresa, la gran española”**. En la costa, en Lima sobre todo, otro elemento vino a enervar la energía espiritual del catolicismo. El esclavo negro prestó al culto católico su sensualismo fetichista, su oscura superstición. El indio, sanamente panteísta y materialista, había alcanzado el grado ético de una gran teocracia; el negro, mientras tanto, trasudaba por todos sus poros el primitivismo de la tribu africana. Javier Prado anota lo siguiente: “Entre los negros, la religión cristiana era convertida en culto supersticioso e inmoral”. Embriagados completamente por el abuso del licor, excitados por estímulos de sensualidad y libertinaje, propios de su raza, iban primero los negros bozales y después los criollos danzando con movimientos obscenos y gritos salvajes, en las populares fiestas de diablos y gigantes, moros y cristianos,con las que, frecuentemente, con aplauso general, acompañaban a las procesiones.

 

 

Los religiosos gastaban lo mejor de su energía en sus propias querellas internas, o en la caza del hereje, si no en una constante y activa rivalidad con los representantes del poder temporal. Hasta en el fervor apostólico del padre de Las Casas, el profesor Prado cree encontrar el estímulo de esta rivalidad. Pero, en este caso, al menos, el celo eclesiástico era usado en servicio de una causa noble y justa que, hasta mucho tiempo después de la emancipación política del país, no volvería a encontrar tan tenaces defensores. Si el suntuoso culto y la majestuosa liturgia disponían de un singular poder de sugestión para imponerse al paganismo indígena, el catolicismo español, como concepción de la vida y disciplina del espíritu, carecía de aptitud para crear en sus colonias elementos de trabajo y de riqueza. Este es, como lo he observado en mi estudio sobre la economía peruana, el lado más débil de la colonización española. Mas, del recalcitrante medioevalismo de España, causante de su floja y morosa evolución hacia el capitalismo, sería arbitrario y extremado suponer exclusivamente responsable al catolicismo que, en otros países latinos, supo aproximarse sagazmente a los principios de la economía capitalista. Las congregaciones, especialmente la de los jesuitas, operaron en el terreno económico, más diestramente que la administración civil y sus fiduciarios. La nobleza española, despreciaba el trabajo y el comercio; la burguesía, muy retardada en su proceso, estaba contagiada de principios aristocráticos. Pero, en general, la experiencia de Occidente revela la solidaridad entre capitalismo y protestantismo, de modo demasiado concreto. El protestantismo aparece en la historia, como la levadura espiritual del proceso capitalista. La reforma protestante contenía la esencia, el germen del Estado liberal. El protestantismo y el liberalismo correspondieron, como corriente religiosa y tendencia política respectivamente, al desarrollo de los factores de la economía capitalista. Los hechos abonan esta tesis. El capitalismo y el industrialismo no han fructificado en ninguna parte como en los pueblos protestantes. La economía capitalista ha llegado a su plenitud sólo en Inglaterra, Estados Unidos y Alemania. Y, dentro de estos Estados, los pueblos de confesión católica han conservado instintivamente gustos y hábitos rurales y medioevales. (Baviera católica es también campesina). Y en cuanto a los estados católicos, ninguno ha alcanzado un grado superior de industrialización. Francia –que no puede ser juzgada por el mercado financiero cosmopolita de París ni por el Comité des Forges– es más agrícola que industrial. Italia –aunque su demografía la ha empujado por la vía del trabajo industrial que ha creado los centros capitalistas de Milán, Turín y Genova– mantiene su inclinación agraria. Mussolini se complace frecuentemente en el elogio de Italia campesina y provinciana y en uno de sus discursos últimos ha recalcado su aversión a un urbanismo y un industrialismo excesivos, por su influjo depresivo sobre el factor demográfico. España, el país más clausurado en su tradición católica –que arrojó de su suelo al judío– presenta la más retrasada y anémica estructura capitalista, con la agravante de que su incipiencia industrial y financiera no ha estado al menos compensada por una gran prosperidad agrícola, acaso porque, mientras el terrateniente italiano heredó de sus ascendientes romanos, un arraigado sentimiento agrario, el hidalgo español se aferró al prejuicio de las profesiones nobles. El diálogo entre la carrera de las armas y la de las letras no reconoció en España más primacía que la de la carrera eclesiástica. La primera etapa de la emancipación de la burguesía es, según Engels, la reforma protestante. “La reforma de Calvino –escribe el célebre autor del Anti-Dühring– respondía a las necesidades de la burguesía más avanzada de la época. Su doctrina de la predestinación era la expresión religiosa del hecho de que, en el mundo comercial de la competencia, el éxito y el fracaso no dependen ni de la actividad ni de la habilidad del hombre, sino de circunstancias no subordinadas a su control”*. La rebelión contra Roma de las burguesías más evolucionadas y ambiciosas condujo a la institución de iglesias nacionales destinadas a evitar todo conflicto entre lo temporal y lo espiritual, entre la Iglesia y el Estado. El libre examen encerraba el embrión de todos los principios de la economía burguesa: libre concurrencia, libre industria, etc. El individualismo, indispensable para el desenvolvimiento de una sociedad basada en estos principios, recibía de la moral y de la práctica protestante los mejores estímulos. Marx ha esclarecido varios aspectos de las relaciones entre protestantismo y capitalismo. Singularmente aguda es la siguiente observación: “El sistema de la moneda es esencialmente católico, el del crédito eminentemente protestante. Lo que salva es la fe: la fe en el valor monetario considerado como el alma de la mercadería, la fe en el sistema de producción y su ordenamiento predestinado, la fe en los agentes de la producción que personifican el capital, el cual tiene el poder de aumentar por sí mismo el valor. Pero así como el protestantismo no se emancipa casi de los fundamentos del catolicismo, así el sistema del crédito no se eleva sobre la base del sistema de la moneda”*. Y no sólo los dialécticos del materialismo histórico constatan esta consanguinidad de los dos grandes fenómenos. Hoy mismo, en una época de reacción, así intelectual como política, un escritor español, Ramiro de Maeztu descubre la flaqueza de su pueblo en su falta de sentido económico. Y he aquí cómo entiende los factores morales del capitalismo yanqui: “Su sentido del poder lo deben, en efecto, los norteamericanos a la tesis calvinista de que Dios, desde toda eternidad, ha destinado unos hombres a la salvación y otros a la muerte eterna; que esa salvación se conoce en el cumplimiento de los deberes de cada hombre en su propio oficio, de lo cual se deduce que la prosperidad consiguiente al cumplimiento de esos deberes es signo de la posesión de la divina gracia, por lo que hace falta conservarla a todo trance, lo que implica la moralización de la manera de gastar el dinero. Estos postulados teológicos no son actualmente más que historia. El pueblo de los Estados Unidos continúa progresando, pero a la manera de una piedra lanzada por un brazo que ya no existe para renovar la fuerza del proyectil, cuando ésta se agote”**. Los neoescolásticos se empeñan en contestar o regatear a la Reforma este influjo en el desarrollo capitalista, pretendiendo que en el tomismo estaban ya formulados los principios de la economía burguesa***. Sorel ha reconocido a Santo Tomás los servicios prestados a la civilización occidental por el realismo con que trabajó por apoyar el dogma en la ciencia. Ha hecho resaltar particularmente su concepto de que “La ley humana no puede cambiar la natura leza jurídica de las cosas, naturaleza que deriva de su contenido económico”*. Pero si el catolicismo, con Santo Tomás, arribó a este grado de comprensión de la economía, la Reforma forjó las armas morales de la revolución burguesa, franqueando la vía al capitalismo. La concepción neoescolástica se explica fácilmente. El neotomismo es burgués; pero no capitalista. Porque así como socialismo no es la misma cosa que proletariado, capitalismo no es exactamente la misma cosa que burguesía. La burguesía es la clase, el capitalismo es el orden, la civilización, el espíritu que de esta clase ha nacido. La burguesía es anterior al capitalismo. Existió mucho antes que él, pero sólo después ha dado su nombre a toda una edad histórica. Dos caminos tiene el sentimiento religioso según un juicio de Papini –de sus tiempos de pragmatista–: el de la posesión y el de la renuncia**. El protestantismo, desde su origen, escogió resueltamente el primero. En el impulso místico del puritanismo, Waldo Frank acertadamente advierte, ante todo, voluntad de potencia. En su explicación de Norte América nos dice cómo “la disciplina de la Iglesia organizó e hizo marchar a los hombres contra las dificultades materiales de una América indomada; cómo el renunciamiento a los placeres de los sentidos produjo máxima energía disponible para la caza del poder y de la riqueza; cómo estos sentidos, mortificados por principios ascéticos, adaptados a las rudas condiciones de la vida, tomaron su revancha en una lucha hacia la fortuna”. La universidad norteamericana, bajo estos principios religiosos, proporcionaba a los jóvenes una cultura “cuyo sentido era la santidad de la propiedad, la moralidad del éxito”***. El catolicismo, en tanto, se mantuvo como un constante compromiso entre los dos términos, posesión y renuncia. Su voluntad de potencia se tradujo en empresas militares y sobre todo políticas; no inspiró ninguna gran aventura económica. La América española, por otra parte, no ofrecía a la catolicidad un ambiente propicio al ascetismo. En vez de mortifica ción, los sentidos no encontraron en este continente sino goce, lasitud y molicie. La evangelización de la América española no puede ser enjuiciada como una empresa religiosa sino como una empresa eclesiástica. Pero, después de los primeros siglos del cristianismo, la evangelización tuvo siempre este carácter. Sólo una poderosa organización eclesiástica, apta para movilizar aguerridas milicias de catequistas y sacerdotes, era capaz de colonizar para la fe cristiana pueblos lejanos y diversos. El protestantismo, como ya he apuntado, careció siempre de eficacia catequista, por una consecuencia lógica de su individualismo, destinado a reducir al mínimo el marco eclesiástico de la religión. Su propagación en Europa se debió invariablemente a razones políticas y económicas: los conflictos entre la Iglesia romana y Estados y monarcas propensos a rebelarse contra el poder papal y a incorporarse en la corriente secesionista; y el crecimiento de la burguesía que encontraba en el protestantismo un sistema más cómodo y se irritaba contra el favor de Roma a los privilegios feudales. Cuando el protestantismo ha emprendido una obra de catequización y propaganda, ha adoptado un método en el cual se combina la práctica eclesiástica con sagaces ensayos de servicio social. En la América del Norte, el colonizador anglosajón no se preocupó de la evangelización de los aborígenes. Le tocó colonizar una tierra casi virgen, en áspero combate con una naturaleza cuya posesión y conquista exigían íntegramente su energía. Aquí se descubre la íntima diferencia entre las dos conquistas, la anglosajona y la española: la primera se presenta en su origen y en su proceso, como una aventura absolutamente individualista, que obligó a los hombres que la realizaron a una vida de alta tensión. (Individualismo, practicismo y activismo hasta ahora son los resortes primarios del fenómeno norteamericano). La colonización anglosajona no necesitaba una organización eclesiástica. El individualismo puritano, hacía de cada pioneer un pastor: el pastor de sí mismo. Al pioneer de Nueva Inglaterra le bastaba su Biblia. (Unamuno llama al protestantismo, “la tiranía de la letra”). La América del Norte fue colonizada con gran economía de fuerzas y de hombres. El colonizador no empleó misioneros, predicadores, teólogos ni conventos. Para la posesión simple y ruda de la tierra, no le hacían falta. No tenía que conquistar una cultura y un pueblo sino un territorio. La suya, dirán algunos, no era economía sino pobreza. Tendrán razón; pero a condición de reconocer que de esta pobreza surgieron el poder y riqueza de los Estados Unidos. El sino de la colonización española y católica era mucho más amplio; su misión, más difícil. Los conquistadores encontraron en estas tierras, pueblos, ciudades, culturas: el suelo estaba cruzado de caminos y de huellas que sus pasos no podían borrar. La evangelización tuvo su etapa heroica, aquella en que España nos envió misioneros en quienes estaba vivo aún el fuego místico y el ímpetu militar de los cruzados. (“Al mismo tiempo que los soldados –leo en Julien Luchaire– desembarcaban, en multitud, y escogidos entre los mejores, los curas y los monjes católicos”)*. Pero –vencedor el pomposo culto católico del rústico paganismo indígena– la esclavitud y la explotación del indio y del negro, la abundancia y la riqueza, relajaron al colonizador. El elemento religioso quedó absorbido y dominado por el elemento eclesiástico. El clero no era una milicia heroica y ardiente, sino una burocracia regalona, bien pagada y bien vista. “Vino entonces –escribe el doctor M.V. Villarán– la segunda edad de la historia del sacerdocio colonial: la edad de la vida plácida y tranquila en los magníficos conventos, la edad de las prebendas, de los fructuosos curatos, de la influencia social, del predominio político, de las lujosas fiestas, que tuvieron por consecuencias inevitables el abuso y la relajación de costumbres. En aquella época la carrera por excelencia era el sacerdocio. Profesión honrosa y lucrativa, los que a ella se dedicaban vivían como grandes y habitaban palacios; eran el ídolo de los buenos colonos que los amaban, los respetaban, los temían, los obsequiaban, los hacían herederos y legatarios de sus bienes. Los conventos eran grandes y había en ellos celda para todos: las mitras, las dignidades, las canonjías, los curatos, las capellanías  las cátedras, los oratorios particulares, los beneficios de todo orden abundaban. La piedad de los habitantes era ferviente y ellos proveían con largueza a la sustentación de los ministros del altar. Así pues, “todo hijo segundo de buena familia era destinado al sacerdocio”*. Y esta Iglesia no fue ya siquiera la de la Contrarreforma y la Inquisición. El Santo Oficio no tenía casi en el Perú herejías que perseguir. Dirigía más bien su acción contra los civiles en mal predicamento con el clero; contra las supersticiones y vicios que solapada y fácilmente prosperaban en un ambiente de sensualidad y de idolatría, cargado de sedimentos mágicos; y, sobre todo, contra aquello que juzgaba sospechoso de insidiar o disminuir su poder. Y bajo este último aspecto, la Inquisición se comportaba más como institución política que religiosa. Está bien averiguado que en España sirvió los fines del absolutismo antes que los de la Iglesia. “El Santo Oficio –dice Luchaire– era poderoso, antes que todo, porque el rey quería que lo fuese; porque tenía la misión de perseguir a los rebeldes políticos igual que a los innovadores religiosos; el arma no estaba en las manos del Papa sino en las del rey; el rey las manejaba en su interés tanto como en el de la Iglesia”**. La ciencia eclesiástica, por otra parte, en vez de comunicarnos con las corrientes intelectuales de la época, nos separaba de ellas. El pensamiento escolástico fue vivo y creador en España, mientras recibió de los místicos calor y ardimiento. Pero desde que se congeló en fórmulas pedantes y casuistas, se convirtió en yerto y apergaminado saber de erudito, en anquilosada y retórica ortodoxia de teólogo español. En la crítica civilista, no escasean las requisitorias contra esta fase de la obra eclesiástica en el Perú. “¿Cuál era la ciencia que suministraba el clero? –se pregunta Javier Prado en su duradero y enjundioso estudio–. Una teología vulgar –se responde– un dogmatismo formalista, mezcla confusa y abrumadora de las doctrinas peripatéticas con el ergotismo escolástico. Siempre que la Iglesia no ha podido suministrar verdaderos conocimientos científicos, ha apelado al recurso de distraer y fatigar el pensamiento, por medio de una gimnasia de palabras y fórmulas y de un método vacío, extravagante e infecundo.  

 

Aquí, en el Perú, se leía en latín discursos que no se comprendían y que, sin embargo, se argumentaban en la misma condición; había sabios que tenían fórmulas para resolver, nuevos Pico de la Mirandola, todas las proposiciones de las ciencias; aquí se solucionaba lo divino y lo humano por medio de la religión y de la autoridad del maestro, aunque reinara la mayor ignorancia no sólo en las ciencias naturales sino también en las filosóficas y aun en las enseñanzas de Bossuet y Pascal”*. La lucha de la Independencia –que abrió un nuevo camino y prometió una nueva aurora a los mejores espíritus– descubrió que donde había aún religiosidad –esto es misticismo, pasión– era en algunos curas criollos e indios, entre los cuales, en el Perú como en México, la revolución liberal reclutaría algunos de sus audaces precursores y de sus grandes tribunos. 

 

A Mareategui le conmueve el misticismo Católico  es especial el de Santa Teresa de Jesús ¿Qué encuentra en ese misticismo? 

 

La comunión del en sí y del para sí Católico.

 

El en si Católico esta´ dado por los padres de la iglesia, pero el para si es San Francisco como encarnación de Cristo al punto que la figura de San francisco remueve la teofanía histórica esto lo estudia Ratzinger más conocido como el papa  Benedicto XVI en su tesis la teología de la historia de San buenaventura  

https://drive.google.com/file/d/1CKjC3xFYD9Buz7-u_KbJce8dQ4KZvPZw/view?fbclid=IwY2xjawJaFTVleHRuA2FlbQIxMAABHZj4aC9ZpjIInwIpXyFhv4JABagris2t0MPQeACsJ_6_8nmg2RyBj9gZeA_aem_9TiDsP8xHrxfXyO4J2WhRA

 

Desde el cual haremos la reflexión del para sí Católico:

 

El propósito del Hexaemeron es poner la imagen de la verdadera sabiduría

cristiana frente a las desviaciones espirituales de la época. Sin embargo,

para Buenaventura, que se encuentra enteramente dentro de su tiempo con

las horas marcadas por el ritmo de la historia de la salvación, esta sabiduría

es impensable e inexplicable si se prescinde de la época histórica en la que

se encuentra situada; de este modo, el desarrollo del ideal de sabiduría crece

por sí mismo, hasta formar un tratado sobre la teología de la historia. Esta

peculiar relación entre la forma de conocer del momento y el tiempo

histórico que le corresponde se muestra con claridad ya en el plano general

de toda la obra: distingue seis grados de conocimiento que están indicados

alegóricamente en los seis días de la historia de la creación, en los que

también están representadas, a la vez, las seis edades de la historia de la

salvación. Para Buenaventura, esta doble relación no es ni una casualidad ni

una arbitrariedad, sino un reflejo exacto de la realidad, la cual está

caracterizada por un aumento históricamente gradual del conocimiento1.

 

Pero de esta manera, el Santo también llega a una nueva teoría de la

interpretación de la Escritura que acentúa el carácter histórico de los

enunciados bíblicos, oponiéndose a la interpretación de los Padres y de los

escolásticos más fuertemente orientada a una idea de inmutabilidad

permanente.

 

Para Buenaventura la palabra de la Escritura tiene, por decirlo así, tres

niveles de significación: en primer lugar, la spiritualis intelligentia, que más

allá del sentido de la palabra, se remonta hasta su interpretación alegórica,

tropológica o anagógica2. Pero no le basta sólo con esta clasificación tradicional, sino que coloca al lado del llamado «sentido espiritual» de la

Escritura las «figurae sacramentales» como una segunda dimensión, con las

cuales la Escritura, en todos su libros, habla de Cristo y del Anticristo3; por

último, y en tercer lugar, las «multiformes theoriae» de las que dice:

«¿Quién puede abrazar con sus conocimientos el número ilimitado de las

semillas que existen, pues de una semilla nacen bosques enteros, que a su

vez engendran nuevamente un número incontable de semillas? Así,

innumerables ‘teorías’ se pueden extraer de la Escritura, que sólo y

únicamente Dios puede abarcar sabiamente. Así como de las plantas vienen

nuevas semillas, así también de la Escritura, nuevas teorías y nuevos

sentidos... Todas las ‘teorías’ que se sacan de la Escritura, se comportan por

eso, respecto a todas las que están inscritas en ella, como una gota sacada

del mar respecto al mar entero»4. Por este número ilimitado, las «teorías» se

diferencian del sentido espiritual y de las figuras sacramentales (figurae

sacramentales), que se mueven dentro de un marco conocido, claramente

determinado5.

 

La pregunta que ahora nos importa es la siguiente: ¿Qué entiende

verdaderamente Buenaventura con las llamadas «teorías»? Aunque no se

encuentra en él una definición exacta, se podría exponer su pensamiento

aproximadamente, sobre la base del material existente: las teorías son el

reflejo de los tiempos futuros en la Escritura. La Escritura apunta al futuro,

pero esta interpretación anticipada del futuro sólo puede ser comprendida

en ella por quien conoce el pasado, porque toda la historia se desarrolla

siguiendo una línea de sentido ininterrumpida, en la cual lo que en cada

momento viene es accesible para el que mira desde el pasado. Por tanto, si

las «teorías», en sentido estricto, significan también la alusión al futuro

escondida en la Escritura, entonces su definición exige el conocimiento de

la historia de salvación pasada, que representa la base imprescindible de la

comprensión de lo que todavía está por venir6.

 

De este modo, Buenaventura hace suya la interpretación de la Escritura que

Joaquín de Fiore había desarrollado en su obra Concordia veteris et novi testamenti, obra de la que también está tomada la triple interpretación de la

obra de los seis días7. Confirma así aquella concepción fundamentalmente

histórica de la Escritura que es peculiar de la novedad decisiva aportada por

el abad calabrés opuesta a la mentalidad propia de los Padres. A partir de

esto, resulta claro también ahora el significado de una imagen ya recordada

en el texto arriba citado: el significado espiritual de la Escritura está

indicado en la purificación de las aguas al tercer día de la Creación; las

figurae sacramentales están significadas en el mandato «produzca la Tierra

hierba verde», y las teorías, finalmente, aparecen como trasfondo cuando

habla de los frutos y de los árboles que producen la semilla8. Como puede

verse, en efecto, esto significa nada menos que la transposición de la teoría

de las rationes seminales a la Sagrada Escritura9. Desde un punto de vista

objetivo, la Escritura está ya completa sin duda, pero su significado se

comprende, a lo largo de la historia, dentro de un desarrollo permanente que

aún no ha acabado. La Escritura contiene, como también el mundo físico,

«semillas», es decir, semillas de significado que en el decurso del tiempo se

entienden en continuo crecimiento.

 

Nosotros podemos interpretar muchas cosas que los Padres aún no podían

exponer porque para ellos el futuro permanecía aún oscuro, mientras que

para nosotros es un pasado comprensible; otras muchas permanecen todavía

oscuras para nosotros10. De la Escritura aún surgen vigorosos

conocimientos siempre nuevos; en cierto modo, en ella acontece algo y tal

acontecer, esta historia, progresará mientras haya historia en general. Para el

teólogo, para el intérprete de la Escritura, este es un descubrimiento

importante; pues este conocimiento le demuestra que él, en su

interpretación, no puede prescindir de la historia, ni de la pasada ni tampoco

de la futura. Así, la interpretación de la Escritura se vuelve teología de la

historia, la explicación del pasado se convierte en profecía sobre el

porvenir.  

 

 

Según lo ya dicho, Buenaventura con su Hexaemeron quiere algo parecido

en muchos aspectos, a lo que había querido Agustín con su De civitate Dei:

hacer comprensible el presente y el futuro de la Iglesia a partir de su

pasado. Para Agustín, el esquema tradicional de las siete edades del mundo

sólo desempeñó un papel muy secundario1. Su punto de vista principal es la

representación de los acontecimientos del mundo en un juego de contrarios

entre Civitas Dei y Civitas terrena, entre corpus Christi y corpus diaboli; en

esta dualidad, que teniendo en cuenta ambos lados (pasado y futuro) se

extiende abarcando la historia humana, es refundido el curso entero de esta

historia humana.

 

Exactamente lo contrario sucede en Buenaventura: es cierto que menciona

de vez en cuando el principio agustiniano de la historia cuando dice por

ejemplo: «... en todos los misterios de las Escrituras se explica Cristo con su

cuerpo y el Anticristo y el Diablo con su cuerpo. Y de este modo compuso

San Agustín el libro sobre la ciudad de Dios...»2. Pero el Doctor seráfico

atribuye este modo de considerar la Escritura no a las «theoriae», y por

tanto tampoco a la teología de la historia, sino a las «figurae

sacramentales», las cuales se podrían quizá oponer como «tipología» a la

«alegoría» que se oculta bajo el «sentido espiritual»3. Por eso, Agustín será

excluido de la auténtica teología de la historia4 (y de forma consciente)

desde un principio; hecho cuyo conocimiento no carece de importancia para

una recta valoración de lo que sigue.

 

2. La nueva forma de la teología de la historia

 

Dentro de las «theoriae», es decir, de la auténtica consideración de la

Escritura desde la teología de la historia, Buenaventura realiza de nuevo una

cuidadosa clasificación de los elementos recibidos de la tradición. Él

presenta aquí dos tipos de esquemas históricos:

 

a) Las divisiones de la historia de la teología escolástica, de las que se citan

tres:

 

α) La teoría de las siete edades desde Adán a Cristo tal como se la conocía

por la obra De civitate Dei de Agustín5.

 

β) Una división de la historia del mundo en cinco edades, a la luz de la

parábola de Jesús, los obreros enviados a la viña (Mt 20,1-6), que habla de

una llamada a primera hora de la mañana, a la tercera, a la sexta, a la novena

y a la undécima hora. Basándose en una homilía de Gregorio Magno6, la

Edad Media encuentra insinuada en esa parábola una doctrina sobre las

cinco edades del mundo cuyas secciones están marcadas por los nombres de

Adán — Noé — Abraham — Moisés — Cristo7.

 

γ) Por último, se menciona la conocida división tripartita de la historia según

el tiempo de la ley de la naturaleza, tiempo de la Escritura y tiempo de la

gracia8. De paso nótese que si se suman las tres cifras 7, 5 y 3, al número 15

que resulta de esta suma se le atribuye también un sentido misterioso.

 

 

b) Pero Buenaventura no se sirve de ninguno de estos esquemas para la

construcción del suyo propio, ni siquiera del esquema septenario, como

podría hacer creer una consideración superficial. Antes bien el Santo

contrapone a todas estas imágenes un pensamiento tomado de la Concordia

de Joaquín de Fiore que después será determinante para su propia

concepción: el conocimiento de la historia se mueve, según él, en una forma

de oposición entre Antiguo y Nuevo Testamento; ambos son, por decirlo así,

los dos querubines colocados sobre el arca de la alianza de Dios; las dos

partes del tiempo histórico que tienen la misma idéntica figura. Por tanto, no

sólo hay una correspondencia de los siete días de la creación con las siete

edades desde Adán a Cristo, como había enseñado Agustín, sino que además

existe la correspondencia entre la historia veterotestamentaria y la

neotestamentaria, que Agustín no había enseñado, sino que más bien la había

rechazado decididamente10. El Antiguo y el Nuevo Testamento se relacionan

entre sí «como un árbol con otro árbol, como la letra con la letra, como la

semilla con la semilla. Y como el árbol nace del árbol, la semilla de la

semilla y la letra de la letra, así el Testamento del Testamento»11.

 

Buenaventura afirma aquí, en efecto, una doble relación entre los

Testamentos: una dinámica, consiste en que uno tiene su origen a partir del

otro, en que uno procede del otro; y la otra estática, consiste en estar

colocado uno frente al otro de forma acabada y definida.   

 

 

Siguiendo esta formulación nosotros comprenderíamos la historia de esta manera:  

 

 

 

   Etapa cero Adán Noé      Cristo iglesia primitiva   

 

Etapa 1 patriarcas             Padres de la iglesia

 

Etapa 2 Moisés                   Ordenes mendicantes San francisco Santo Domingo

 

Etapa tres David Profetas     Reforma Lutero Contra reforma San Juan de la Cruz Santa Teresa de Jesús

                                                                                                                                 

                 

Etapa cuatro Sacerdotes                     Teología de la liberación           

Vuelta del exilio

 

 

Etapa 5 anawin María                             Matria la maestra 

 

 

  Etapa 6                      Anticristo 

 

Etapa 7 Cristo Reino milenario

Juicio final

Nuevo cielo nueva Tierra  

 

 

Así la Historia que es más bien una meta historia, está  comprendida como  la sintraferencia del en si del antiguo testamento y del para sí del nuevo testamento, este acto de comunión lo realiza Cristo realizando el misterio pascual con su resurrección, pero la historia es la realización del misterio pascual por parte de su iglesia  donde el En si Es Cristo un en sí que es la comunión del en sí y del para sí, del padre y del hijo en el Espíritu Santo  y el para sí es la iglesia   que es un cuerpo que niega a su cabeza , que se  niega una y otra vez a su salvador como el pueblo judío se negó una y otra vez a su creador pero aquí la negación es perdonada y de alguna manera aceptada, clave es la comprensión de la parábola del hijo prodigo, donde solo el que vuelve arrepentido comprende el amor del padre, pero para realizar esta comprensión hay que alcanzar sabiduría y esto es lo esencial del texto de san buenaventura las sabidurías que se alcanzan, no tanto los esquemas históricos y es que la realidad es que no sabemos cuando será la venida del Señor , pero si podemos alcanzar en este proceso histórico la  comprensión de su amor.

 

 

Buenaventura presenta en  la meta de la doctrina cristiana y

esa meta es la sabiduría. A su vez la sabiduría (que, por lo demás, no puede

ser alcanzada sólo por medio de la ciencia, sino únicamente por medio de la

santidad) tiene cuatro diferentes grados y se divide en

 

sapientia uniformis (uniforme)

sapientia multiformis (multiforme)

sapientia omniformis (omniforme, en todas las formas)

sapientia nulliformis (sin forma).

 

La «sabiduría uniforme» resplandece en el conocimiento de las reglas

eternas, de aquellos principios fundamentales de todo conocimiento, de los

cuales se sigue que no puede haber un juicio sobre ellos sino más bien sólo

por medio de ellos. Por tanto, con esta sabiduría el hombre comprende

aquellas verdades primeras, simplemente dadas, las cuales sólo se pueden

contradecir contra toda razón, «ad exterius rationem». Estas reglas y, por

tanto, la sabiduría que les corresponde, tienen su fundamento en Dios y

conducen a Dios, el cual, no obstante, no puede ser aprehendido

inmediatamente por ellas. Moisés es el tipo de esta sabiduría. Aquí se trata

además, y de manera más clara, de la forma de sabiduría relacionada con la

filosofía, es decir, de una sabiduría «sola ratione», por usar una fórmula;

este primer grado de la sapientia puede quedar fuera de nuestra

consideración en las discusiones ulteriores.

 

En comparación con este primer grado, la sapientia multiformis representa

un progreso significativo. Buenaventura tomó este concepto de la carta a los

Efesios, donde se dice: «Mihi omnium sanctorum minimo data est haec

gratia, in gentibus evangelizare investigabiles divitias gratiae Christi..., ut

innotescat... multiformis sapientia Dei» (Ef 3,8-10)6. Esta sabiduría, de la

que Pablo mismo en la carta se reconoce professor , consiste en la

comprensión del lenguaje misterioso de la sagrada Escritura: la Escritura

habla en imágenes y en parábolas, está «velada» (velata) para los

orgullosos, pero «revelada» (revelata) para los pequeños y los humildes.

Quien posee esta sabiduría posee la «facies revelata» (descubierta), de la

que habla el apóstol (2 Cor 3,18). En una palabra: esta sabiduría es la

sabiduría que procede de la revelación. Por tanto, así como la sapientia

uniformis es la sabiduría del conocimiento racional cierto, así también la

sapientia multiformis, de la que aquí se trata, es la sabiduría que procede de

la revelación de Dios. A su definición más exacta dedicaremos nuestra

atención en lo que sigue a continuación.

 

En tercer lugar, Buenaventura llama sapientia omniformis (de todas las

formas) a aquella sabiduría que descubre en todas las cosas el reflejo del

 

Creador, que rastrea sus huellas en todo lo creado. Su tipo es Salomón; pero

entre sus representantes se cuentan también los filósofos que, muy a

menudo han sucumbido al peligro de quedarse parados precisamente en las

cosas mismas, en lugar de rastrear las huellas del Creador y, por medio de

las cosas, tratar de llegar a él, de modo que su sabiduría se ha vuelto

necedad. Esta sabiduría también se apoya en la revelación, en concreto la

revelación en la que piensa Pablo cuando dice en la carta a los Romanos:

«Deus enim illis revelavit» (Rm 1,19).

 

Si hasta este momento se ha podido señalar una abundancia creciente de

figuras que va desde la sapientia uniformis hasta la sapientia multiformis y

omniformis, al llegar ahora al cúlmen de este movimiento el resultado es la

transformación total en una completa ausencia de figuras en la sapientia

nulliformis. En ella, el místico, que entra en la noche del entendimiento,

cuya antorcha a estas alturas se apaga lentamente, se mueve

silenciosamente hacia el misterio del Dios eterno. Más aún que para los dos

niveles precedentes vale aquí la frase: «Non est cuiuslibet, nisi cui Deus

revelat. Esta es la sabiduría que Pablo ha enseñado a los perfectos —a

Timoteo y Dionisio—, pero que ha permanecido escondida para los

creyentes normales. Para ellos sólo era maestro de la sapientia multiformis,

mientras que la sapientia nulliformis, de momento permanecía restringida

sólo para un pequeño grupo de elegidos como se dice claramente en la

primera carta a los Corintios: «Sapientiam loquimur inter perfectos...

sapientiam absconditam, quam nec oculus vidit nec auris audivit nec in cor

hominis ascendit; nobis autem revelabit Deus per Spiritum suum» (1 Cor

2,6-10)12. Quiénes son estos perfectos, a los que se refiere el «nobis autem

revelavit», se sabe por los escritos del Areopagita: además de Pablo,

también se piensa, como ya se dijo, ante todo en el mismo Dionisio y en

Timoteo. Así, desde el comienzo del cristianismo se establece una doble

revelación de cuya división, así como de su esperada y aún no lograda plena

unificación, procede todo el dinamismo de la teología de la historia en

Buenaventura. Estamos aquí en el punto en el que por primera vez se puede

reconocer con claridad la tensión teológico-histórica que según

Buenaventura tenía que ser el resultado de su original comprensión del

concepto «revelatio».  

En cuanto me ha sido posible ver, Buenaventura en ninguna parte menciona

la Escritura misma como «revelación»1. Más aún, se hablará de «revelare»

y de «facies revelata» únicamente allí donde se halle presente una

determinada comprensión de la Escritura, es decir, aquella «sabiduría divina

multiforme» que consiste en la comprensión del triple sentido espiritual de

la Escritura, sentido alegórico, anagógico y tropológico; esta tríada ha de

ser comprendida por analogía con las tres virtudes teologales de la fe, la

esperanza y la caridad2. No sólo en el Hexaemeron, sino también en el

breve tratado del Breviloquium y en la Reductio artium ad theologiam, se

dice expresamente que lo que hay que creer no se aprehende por medio de

la letra de la Escritura sino tan sólo por medio de la alegoría3. La letra sola

es únicamente el agua que, se convierte en vino solo por la comprensión

espiritual4; es piedra que tan sólo ha de convertirse en pan5; es, como

Buenaventura dice con Joaquín, la cáscara dentro de la cual sólo se halla el

auténtico fruto6; en efecto, como se expondrá después con más detalle, es

árbol del conocimiento del bien y del mal que se ha vuelto causa de

perdición para los judíos y los ha expulsado del jardín del Paraíso de la

joven Iglesia, pues sólo por la comprensión espiritual se convierte la

Escritura en árbol de vida7.

 

Así, a la letra le corresponde el judaeus, no el christianus, y es indiferente

que se trate de la letra del Nuevo o del Antiguo Testamento8. Con otras

palabras: allí donde sólo hay letra, está el Antiguo Testamento, está el

judaísmo, pues da igual que a la letra se le denomine «Nuevo» Testamento

o «Antiguo». La mera letra no es en absoluto «Nuevo» Testamento sino que

el verdadero Nuevo Testamento sólo existe allí donde la letra es superada

por el espíritu. Así lo que hay de neotestamentario del Nuevo Testamento

consiste no tanto en un nuevo libro, cuanto en el espíritu que vivifica los libros. Por tanto, «Revelación» significa aquí, subrayándolo una vez más, lo

mismo que la comprensión espiritual de la Escritura; ésta consiste en el

acto, don de Dios, de la comprensión y no en la letra meramente objetiva.

Sólo el que comprende espiritualmente la Escritura posee una «facies

revelata» 

 

 

II. «Revelación» e inspiración de la Escritura

 

P. Dempsey llama la atención, en su estudio sobre los principios exegéticos de san Buenaventura, sobre cómo el

Doctor Seráfico usa indistintamente los conceptos de «inspiratio» y «revelatio» y cómo prescinde del todo de la

distinción entre «inspiración» y «revelación»10, lo cual, después de todo lo dicho, no nos puede sorprender. A esto

se añade que la definición de profecía, formulada por vez primera por Casiodoro y luego asumida generalmente en

la teología medieval, se explica como «inspiratio vel revelatio»11; de este modo los tres conceptos mencionados

eran situados en una relación conceptual lo más estrecha posible y por de pronto así permanecieron. Bruno Decker

y después de él, hace poco, Hans Urs von Balthasar, han destacado en sus esmeradas investigaciones, desde la

crítica de las fuentes, las relaciones existentes entre los diferentes teólogos en la cuestión de la «revelación

profética», y han podido demostrar una estructura fundamental muy común a las diversas teorías doctrinales12.

Vamos a presentar el pensamiento común de fondo por medio de un texto de Ruperto de Deutz, subrayado por

Wilhem Kamlah13, en el que se expone con especial claridad el estado de la cuestión que nos ocupa. Partiendo de

san Agustín14 se distinguen aquí tres clases de visiones:

 

La visio corporalis —corpus (visión corporal externa)

La visio spiritualis —spiritus (capacidad imaginativa interior — sueño: el faraón que ve el sueño pero su contenid

La visio intellectualis—mens Dei spiritu illuminata (José, que comprende el sueño por la iluminación de Dios en el Únicamente donde se da la tercera visio se puede hablar de revelatio. Esta tercera visión espiritual es idéntica al

«tercer cielo» al que Pablo fue arrebatado; esta equiparación también la había sostenido ya Agustín15. Sin

embargo, ahora hay que decir que el rapto al tercer cielo también les sucedió a todos los apóstoles y a los escritores

inspirados, no sólo a Pablo que habla explícitamente de ello; sin duda alguna, este rapto es idéntico al proceso de

la inspiración16. Quiere decir, por tanto, que la Escritura ha nacido de un contacto místico de los hagiógrafos con

Dios, por eso sólo puede ser entendida correctamente desde un plano que, en último término, ha de ser

denominado «místico». Queda claro así que su sentido se halla en el plano de la visio intellectualis, por lo que este

sentido se le escapa necesariamente a quien lo aborda sólo desde el plano de la visio corporalis o spiritualis.

 

A pesar de todas las diferencias, con sus detalles, que pudieran apartar la doctrina bonaventuriana de la revelación

de este texto, comparte, sin embargo, con Ruperto y Agustín la estructura formal fundamental. Al igual que ellos,

distingue las tres «visiones»17; una serie de textos muestra que el proceso de la «revelación», que tuvo lugar por

«inspiración», es entendido como una visio intellectualis, como una mirada que penetra a través de todo lo que está

en primer plano hasta llegar al núcleo espiritual y así adquiere en definitiva una categoría mística18. Con todo, no

hay que unir necesariamente a ella una afirmación sobre la santidad personal del hagiógrafo: Buenaventura admite

el caso extremo de una «revelación» a pecadores y por medio de pecadores; Balaam, Saúl, Salomón después de su

pecado son ejemplo de ello19. Con todo, también aquí se considera «revelatio» un penetrar con la mirada a través

de lo que es evidente, sensible, hasta llegar a lo espiritual y auténtico, o sea, un nuevo modo de ver y entender lo

dado a partir de su verdadera profundidad de sentido, es decir, «revelatio» incluye la visio intellectualis20.

 

A partir de aquí se comprende ahora, de una forma nueva, por qué no es la letra lo que hay que considerar como el

contenido más auténtico de la fe, sino el sentido espiritual que hay detrás de la letra; y por qué a la Escritura en

cuanto Escritura no se le denomina revelación sino que este nombre lo recibe, al menos indirectamente, la

comprensión de la Escritura que tiene lugar en la teología21. Esto se comprende fácilmente desde el acontecimiento

de la revelación, en el que, de hecho, la «revelación» se presenta justamente como la comprensión del sentido

espiritual. El hecho de que el «quid credendum» (lo que hay que creer) tenga que ser visto no en el sentido literal

sino en el sentido alegórico de la Escritura, presupone a su vez este otro hecho: que el proceso de la inspiración

incluye un pasar a través del mundus sensibilis hacia el mundus intelligibilis y que ciertamente en esa travesía

reside su categoría particular en cuanto revelación (revelatio= descubrimiento); es evidente que esta última idea

postula la primera como su consecuencia necesaria. De hecho, el escritor sagrado no puede transmitir su visio

intellectualis en su desnuda espiritualidad; la envuelve más bien con los «pañales de la palabra escrita»22, de modo

que lo que para él constituye en sentido propio la «revelación», es verdaderamente accesible en la letra redactada

por él; pero en cierta medida permanece escondido tras la letra y entonces es necesario un nuevo desvelamiento. 

 

Es posible aquí el riesgo de un malentendido. Podría preguntarse si con ello no se ha suprimido la objetividad del

hecho de la revelación en favor de un actualismo subjetivista. Pero un pensamiento semejante no tiene ningún

punto de apoyo en el mundo intelectual del Santo doctor. Pues el sentido profundo de la Sagrada Escritura, según

el cual es sobre todo «revelación» y contenido de fe, no depende de la voluntad del individuo sino que, en parte, es

objetivado en la enseñanza de los Padres y de la teología; de este modo es accesible en sus líneas maestras

sencillamente por la aceptación de la fe católica23, que en su síntesis del Credo es ya principio de interpretación de

la Escritura24.

 

A partir de aquí, y de forma renovada, se entiende la identificación entre «sacra scriptura» y «theologia»25: sólo la

Escritura que se comprende desde la fe es plenamente sagrada Escritura; por eso la Escritura es teología en su

sentido pleno, es decir, libro y comprensión del libro según la fe de la Iglesia; en sentido inverso, la teología puede

ser denominada Escritura ya que no es otra cosa que la comprensión de la Escritura, comprensión que ante todo

produce la Escritura según la fecundidad propia de la revelación. Así se comprende también por qué Buenaventura  en el prólogo programático del Comentario a las Sentencias, designa al teólogo como «revelator absconditorum» y

a la teología, por tanto, como «revelatio absconditorum»26.

 

La distinción respecto de una falsa interpretación actualizadora quedaría así aclarada con ello. Dicho con brevedad

consiste en esto: que la comprensión, sobre todo la que a su vez eleva la Escritura a «revelación», no puede ser

concebida como un asunto de cada lector individual, sino que únicamente se da en la comprensión vital de la

Escritura propia de la Iglesia. La objetividad propia de la exigencia de la fe queda así garantizada indudablemente.

Teniendo esto presente, se puede decir ahora que, sin menoscabo de esta objetividad, la significación verdadera de

la Escritura sólo se alcanza con el recurso de ir a lo que hay detrás de la letra; su comprensión, por tanto, requiere

por parte de cada lector, más allá de su mero conocimiento «objetivo», una actitud que, en último término frente a

todo conocimiento natural, se llamaría «mística» en su sentido más profundo: la fe, por medio de la cual el hombre

se introduce en la comprensión viva de la Escritura por la Iglesia, para recibir de este modo, y sólo así, la

«revelación».

 

Comienzan ya ahora a dibujarse con claridad las consecuencias de todo esto en cuanto a la teología de la historia.

Pues está claro que la fe sencilla sólo representa el estadio más bajo de una tal penetración mística de la

Escritura27. Los grados de la fe que son al mismo tiempo los grados de la mística, aparecen también, de forma

evidente según esta perspectiva, como los grados de la «revelatio», que ciertamente no designa la letra sino una

comprensión de la letra que es capaz de crecer28. Si ahora se admite una época, en la que la capacidad de una

auténtica elevación mística se le regalará a todos, entonces, desde esta perspectiva de las cosas, se podrá definir,

también de forma totalmente nueva, un tiempo tal como un tiempo de revelación; lo mismo que se debe admitir,

por el contrario, que el verdadero sentido de la época neotestamentaria, la «revelación», se ha cumplido hasta el

momento presente sólo de una forma limitada.

 

Por eso, también resulta claro que Buenaventura no percibe la esperada revelatio escatológica futura según la

forma primitiva de Gerardo de Borgo San Donnino, en una nueva Escritura29, sino (más bien en el sentido del

Joaquín original) en una nueva comprensión de la antigua y permanente Escritura; con lo cual el Santo puede

acentuar contra Gerardo y Joaquín, a pesar de o justamente gracias a su esperanza de revelación, el carácter

definitivo del Nuevo Testamento: «Post novum testamentum non erit aliud, nec aliquod sacramentum novae legis

subtrahi potest, quia illud testamentum aeternum est»

 

 

III. Las diferentes formas de comprensión de la Escritura

 

Está claro que la comprensión espiritual de la Escritura se considera

«revelación» y hemos tratado de mostrar la coherencia de este pensamiento

con la forma de entender la inspiración del Doctor seráfico. Después de

estas afirmaciones fundamentales aun falta profundizar más la cuestión,

aludida ya brevemente, de saber cómo Buenaventura ha concebido

concretamente esta inteligencia espiritual de la Escritura. La respuesta no es

totalmente uniforme en él. Oscila entre una perspectiva más escolar y

científica y otra más profética.

 

Así, por un lado está, en primer lugar, la afirmación de que la revelata facies

es el resultado de aquella speculatio en la que lo credibile se aclara en

intelligibile 31. Esta tesis, expresada sobre todo en la Collatio X, también se

repite, especialmente, en el gran esquema de las jerarquías, que se ofreció

en la página 96. En este esquema se atribuye al penúltimo grado jerárquico

del desarrollo, al ordo cherubicus o, en concreto, a la orden franciscana o a

la dominica, la «speculatio», como su carisma especial; pero a la vez se

presenta la «revelatio» como el don propio de este grado32, con lo que se

identifican así, en buena medida, la «revelatio» y la explicación científica

especulativa de la Escritura. En este contexto, se puede subrayar que en la

Escolástica frecuentemente se identificaba la profecía con la gratia

interpretandi 33. Es cierto que nunca hay que olvidar del todo (al menos en

Buenaventura) que también esta «speculatio» es, en sí misma, verdadera

«gratia», de modo que el rasgo carismático-místico nunca se pierde del

todo.

 

La esperanza en una plenitud creciente del tipo de revelación así descrita se

ha cumplido ya, según la opinión de Buenaventura, en la Orden de los  franciscanos y en la Orden de predicadores34. Cuando se considera el

enorme impulso dado a la ciencia teológica y también a la predicación

misma, que ambas órdenes habían propiciado en el corto plazo de tiempo de

su existencia35, del que Buenaventura debería haber sido testigo y, en parte,

coautor, entonces se podrá comprender sin dificultad y así entender que el

Santo no podía ver en ello sólo un progreso natural de la ciencia, sino ver

ahí un signo de Dios dado a la Iglesia que avanza hacia el tiempo final. Pero

si se considera, por otra parte, la profunda insatisfacción que Buenaventura

sintió, sobre todo hacia el final de su vida, respecto de toda la ciencia

escolástica (véase cap. 4), se entenderá entonces también que él esperaba

una revelatio nueva, más pura, que sólo podría hacerse real ante todo en la

orden del tiempo final36.

 

Las alusiones que ofrece sobre esto son demasiado escasas como para

delinear una imagen detallada y no se llega, en la práctica, más allá de las

suposiciones. Con todo, parece que son dos las vías de pensamiento que

tienen un papel a desempeñar: la «revelatio» del tiempo final conduce, más

allá de la sapientia multiformis del presente, hacia la sapientia nulliformis,

descrita sobre todo por el Pseudo-Dionisio. Si Agustín, en cuanto maestro

predominante de la «allegoria» es ante todo el Padre de la Iglesia del

presente y de su estado de revelación, Dionisio está, sobre todo, proyectado

a lo que está por venir37. Pero (¿cómo se podría esperar otra cosa?) no sólo

Dionisio, sino también Francisco, constituye una representación anticipada

del nuevo estado de revelación. Lo que en él resulta evidente es la

superación del pensamiento discursivo de la exégesis contemporánea en

favor de una simple aprehensión interior de acuerdo con la palabra del

Señor: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has

ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a

pequeños» (Mt 11,25)38.

 

Esta palabra del Señor que en los comentarios de la Escritura de

Buenaventura no desempeña ningún papel relevante, y que no aparece

absolutamente en el Comentario a las Sentencias, a partir de las quaestiones

 

de perfectione evangelica se vuelve presente cada vez con más frecuencia y

juega justamente un papel significativo en la interpretación que el Santo

hace de Francisco: Francisco aparece cada vez más como el parvulus

convertido en ejemplo, en quien esta palabra del Señor se ha cumplido del

modo más sorprendente39. Se podrá decir con el Doctor seráfico: entre

humilitas y revelatio existe según la palabra del Señor, muy en general, una

relación esencial según la cual aquel que se coloque fuera de la humilitas se

volverá al mismo tiempo incapaz de cualquier conocimiento de

revelación40. La gradación de la humilitas significa también, por tanto, una

gradación en la percepción de la revelación41, y aquella edad en la que la

humildad de san Francisco sea la forma de vida universal, deberá también

aparecer evidente por sí misma como una edad de revelatio42. Esta

«revelación» del tiempo final se distinguirá de la forma de revelación que

se ha cumplido actualmente en los dominicos y en los franciscanos, por su

carácter no discursivo, absolutamente no escolástico: será una sencilla

familiaridad interior con el misterio de la palabra de Dios.

 

 

IV. La transmisión de la revelación

 

Después de lo dicho, la «revelatio» debe ser entendida siempre como gratia

gratis data y, por tanto, como una acción de Dios sobre el individuo44. Sin

embargo, sería equivocado imaginarse esta revelatio de forma puramente

individual, como una relación exclusiva yo-tú, por ejemplo; se encuentra,

más bien, dentro de un contexto jerarquizado cósmicamente, pues en ella

está implicado no sólo el Espíritu divino sino, de alguna manera, el cosmos

entero de las inteligencias, que no sólo se sitúan esencialmente entre Dios y

el hombre, sino que de hecho tienen también una función mediadora.

 

La antigua concepción de la historia como un transcurso de hechos aislados,

cuyo rasgo general común no se conoce y de la que, por tanto, no puede

haber verdadera ciencia, que trata de lo que es general, es la concepción que

Agustín dejó en herencia a la teología occidental cuando escribía, por

ejemplo, en su libro De diversis quaestionibus 83: «Alia sunt, quae semper

creduntur et nunquam intelliguntur, sicut est omnis historia temporalia et

humana gesta percurrens»1. Pero hay que decir, por eso, que tal componente

histórico sólo es «creído» pero no «entendido», porque en cuanto es pura

realidad externa, no le es inherente ninguna inteligibilidad interna. Este

pensamiento ahistórico experimentó claramente desde el principio del

cristianismo su necesaria limitación en la interpretación profética de la

historia veterotestamentaria dada por la Escritura, la cual iluminaba con

claridad la coherencia del proceso histórico y hacía visible su unidad interna

y su significación. 

 

Este estado de cosas influyó en adelante eficazmente en la valoración

concreta de lo histórico, que justamente juega un papel importante en

Agustín; pero, de momento, no anuló en principio el juicio de fondo antes

mencionado sobre la importancia de la historia2.

 

Permanecía así la sensación predominante de que la historia se encontraba

situada fuera del ámbito de la verdadera inteligibilidad y, de esta manera,

por debajo del ámbito de los contenidos propios de la teología. Esta

representación junto con la concepción agustiniana de la inspiración y del

concepto de revelación, ha podido mantenerse incluso en la «obra de los

seis días» de Buenaventura, al lado de aquellas tendencias de distinta

orientación que ahora expondremos, por ejemplo, cuando se dice: «Nota etiam, quod quaedam sunt credibilia, non tamen intelligibilia per rationem,

ut, ‘Abraham genuit Isaac’ sive facta particularia; quaedam autem credibilia

sunt intelligibilia, et quando intelliguntur, rationes solidas habent»

 

 

En el Hexaemeron se hace valer la mentalidad simbólica con mayor fuerza

que la concepción racional-escolástica de Escritura e historia, apenas

presentada, que con escasa legitimidad se puede remontar a Agustín. Esa

mentalidad simbólica domina la representación de la historia de esta obra.

A decir verdad, tampoco es uniforme. En el contexto de la problemática

presente, donde no se trata de la división de la historia en cuanto tal, sino de

la relación entre historia y Escritura, me parecen claras dos orientaciones

principales: por una parte, la retrospectiva propia de la primera escolástica,

especialmente de Hugo de san Víctor, la cual pretende una cierta

canonización y fijación del simbolismo patrístico; por la otra, la forma de

pensar de Joaquín, orientada al futuro, que no se arredra ante la

transformación y la recreación porque está convencida de que el presente

puede decir cosas de las que los Padres aún no sabían nada.

 

 

Hemos considerado hace un momento que el verdadero sentido de la

Escritura se entiende, ante todo, cuando es comprendida en sentido

espiritual. Quien no comprende la Escritura espiritualmente, en realidad no

la entiende, es «Judaeus». A esta tesis, cuyas raíces nosotros tratamos de

descubrir en el concepto de revelación e inspiración de Buenaventura, se

suma ahora, en efecto, el siguiente complemento significativo: «Mas no

puede el hombre llegar por sí mismo a esta inteligencia (espiritual de la

Escritura) sino sólo por medio de aquellos a quienes Dios la ha revelado, a

saber, por los escritos de santos como san Agustín, san Jerónimo y otros»5.

Esto significa que la comprensión espiritual ya no se realiza simplemente

como un puro avanzar desde la letra hasta el espíritu, que como tal se

coloca más allá del mero mundo de la letra y que, por eso, sólo puede ser

comprendido respectivamente caso por caso, sino que dicha comprensión

ya ha recibido sus reglas obligatorias, su contenido, en los escritos de los

Padres. A ellos les ha sido «revelada» de una vez por todas esta

comprensión, que el hombre por sí sólo no es capaz de alcanzar. Aquí se

abre paso, pues, de un modo completamente imprevisto, un concepto de

«revelación» que comprende la revelación como una realidad,

absolutamente única, delimitada y objetivada, que ha encontrado su fijación

por escrito en las obras de los Padres que interpretan la Escritura. 

 

 

Con esta fijación de la interpretación espiritual de la Escritura enlaza

Buenaventura, a partir de lo ya dicho por los Padres, con la interpretación

de la sagrada Escritura que había sido desarrollada ante todo por Hugo de

San Víctor y —a pesar de o más bien justamente a causa de su lucha contra

el predominio ilimitado de la glosa— por Roberto de Melún, influido tanto

por Hugo como por Abelardo, la cual en sus líneas fundamentales era

común, sin duda, a la mayor parte de la primera escolástica. Para Hugo,  Padres y Escritura, como lo expresa Grabmann, confluyen «juntos en una

única gran Sacra Scriptura»6. La misma actitud fundamental emerge más

claramente en Roberto de Melún, quien en el prólogo de su Libro de las

sentencias distingue cuatro tipos de auctoritas, o mejor, de escritos que

deben ser considerados como auctoritas:

 

a) Aquellos cuya auctoritas les corresponde en virtud del autor = escritos de

los profetas y de los apóstoles.

 

b) Aquellos cuya auctoritas les corresponde en virtud de la acceptio

(recepción) por parte de la posteridad, por ejemplo, el libro de Job.

 

c) Escritos heréticos en sí, a los que corresponde, sin embargo, una cierta

auctoritas en algunas cosas, en virtud de la acceptio (recepción) posterior,

por ejemplo, las obras de Orígenes.

 

d) Escritos cuya auctoritas les corresponde primariamente por la acceptio

(recepción), secundariamente por su autor; así, por ejemplo, las obras de

Agustín, Jerónimo, etc7.

 

Al comparar entre sí el segundo y el cuarto grupo, por ejemplo, está claro

que una fijación del concepto de canon tal como lo entendemos nosotros no

existía aún, o bien, que los Padres están entremezclados indisolublemente

con la Escritura y se encuentran colocados al mismo nivel de muchas partes

del Libro sagrado, que aún no era visto como un libro con su unidad propia.

Poco antes, se encuentra en Aimerico de Angulema, en su Ars lectoria

escrita en 1086, una mezcla mucho más variopinta de libros de la Escritura

y obras de los Padres. Distingue cuatro niveles de auctoritas, de acuerdo  con los cuatro metales: oro, plata, estaño (stagnum) y plomo. En la plata,

estima que entran, entre otros, el libro de Daniel, el libro de la Sabiduría de

Salomón, los dos libros de los Macabeos, la carta a los Hebreos, las cartas

de Cipriano, los escritos de Ambrosio, Jerónimo, Hilario, Agustín, Gregorio

y los cánones de los cuatro concilios principales8.

 

El resultado es el mismo: la frontera entre Escritura y Padres aún no se ha

trazado, o dicho de otro modo: la Edad Media, en virtud de su veneración

por los Padres se veía colocada, una vez más y de un modo completamente

nuevo, ante el problema del canon que ya había sido definido esencialmente

en la antigüedad cristiana. Esta definición nueva del canon, que adquirió un

significado decisivo en la formación del concepto católico de tradición,

representa un acontecimiento que, por lo que conozco, apenas si se ha

tenido en cuenta hasta ahora. Cuando Buenaventura pronunció sus

conferencias sobre la obra de los seis días, la decisión ya había sido tomada

naturalmente, en sus líneas generales, mucho antes. Para él, el canon ya está

esencialmente establecido en el mismo sentido en el que está aún hoy en

vigor9, pero los Padres no han sido eliminados simplemente, sino que son

portadores de una nueva «revelación» espiritual, sin cuya aceptación la

Escritura no resulta eficaz como revelación10.

 

La razón por la que vamos a hablar de este problema, dentro de este

contexto, se basa ante todo en que aquí se da una fijación de la comprensión

simbólica de la Escritura sobre la que tratamos; por otra parte, sin embargo,

había que demostrar que aquí ya tiene lugar una ampliación de la edad de la

revelación, que va más allá del tiempo habitual para nosotros, que de

ordinario ve fijado el límite de la revelación en la muerte del último apóstol.

Toda la concepción del canon con la que nosotros nos hemos encontrado

aquí, sólo es concebible, en definitiva, en el supuesto de una comprensión

dinámica de la revelación que no se adapta a fijaciones temporales

definitivas. El resultado es que así se da, ante todo, una cierta fijación que,

sin embargo, lleva ya en sí verdaderamente el germen de su superación.

Quien conozca este estado de cosas, no encontrará tan injustificada ni tan  incomprensible la presencia de Joaquín, como era el caso en la

investigación conocida hasta ahora. 

 

a) La nueva situación de la interpretación creada por el acontecimiento

«Francisco»

 

La tradición patrística de la interpretación, en apariencia tan segura hasta

entonces, fue puesta en cuestión de forma imprevista por el acontecimiento

«Francisco». Francisco se había atrevido con el intento inaudito de traducir

la palabra del sermón de la montaña a la acción viva de su propia existencia

y de volver a hacer del espíritu de Jesucristo, del mandamiento inmediato

del Evangelio, la única norma de la vida cristiana. Su regla sólo podía ser,

en efecto, un resumen del sermón de la montaña, de las palabras centrales

del Evangelio11. A la vez, el acontecimiento «Francisco» activaría, sin

embargo, una ruptura en una tradición concebida demasiado

canónicamente. La vida misma de Francisco se había desarrollado en

contacto inmediato con la Escritura que él quería entender y vivir a la letra,

«sine glossa», en un encuentro inmediato con el Señor, que nos habla en

ella12. Un eco de este espíritu se percibe en las palabras de Buenaventura:

«Unde rationes, exempla et auctoritates concedendae sunt ad istam partem,

ad quam sufficientissime astruendam una sola auctoritas expressa ex ore

Christi consulentis dimittere omnia esset sufficientissima etiam si multa

glossarum et expositorum dicta viderentur contraria»13. Ninguna tradición

puede nada contra la palabra inmediata del Señor; ésta es la audaz sabiduría

de la Palabra con la que Buenaventura, siguiendo a su maestro Francisco,

descubre el paso al encuentro inmediato con la Escritura.   

 

Esta nueva disposición a la comprensión literal de la Escritura necesita, en

efecto, una justificación ante sus contemporáneos y prepara el camino para

una nueva comprensión de lo que debía llamarse «tradición». La

controversia escolástica hasta ese momento había sido una lucha entre los

dialécticos y los anti-dialécticos14. En la controversia sobre la pobreza, que

también justamente debe ser entendida como una lucha por la recta

comprensión de la Escritura y de la tradición, surge un frente contrario  completamente nuevo: se trata, en efecto, del sentido de la Escritura misma

y del modo de interpretarla. Los mendicantes, especialmente los

franciscanos, aluden al hecho concreto de la vita apostolica que ha vuelto a

ser un acontecimiento con Francisco y, con ello, legitiman su comprensión

de la Escritura frente a la teología del tiempo. Pero precisamente porque

ahora es cada vez más discutido este mismo hecho concreto, es importante

una vez más proporcionarle una base firme que lo confirme. Ésta se

encuentra en la Iglesia y, en concreto, en la sedes apostolica que ha

canonizado a Francisco y a Domingo y ha aprobado sus reglas15.

 

Combatir la forma de vida franciscana es atacar a la Iglesia misma,

declararla culpable de error. «Se debería concluir... , que toda la Iglesia

universal se equivoca y está sumergida en el error, y que todos los que han

adoptado esta forma de vida han incurrido en la perdición. Es horrible y

absolutamente increíble, por tanto, la hipótesis de que Dios permita

equivocarse así a todo su pueblo santo»16. Junto a los «santos» clásicos de

la teología, a los Padres de la Iglesia, se coloca aquí el «pueblo santo de

Dios», la Iglesia del presente, como nuevo criterio interpretativo igualmente

legítimo. De este modo la alegoría puramente retrospectiva de la primera

escolástica queda delimitada por un principio de interpretación de carácter

claramente progresivo.

 

Se añade aún algo más. En la polémica de Buenaventura contra los

adversarios de los mendicantes no es sólo el populus sanctus del presente el

que está colocado al lado de los sancti del pasado, sino que después de que

la santidad de Francisco y Domingo fuera garantizada por la sanción de la

Iglesia, ellos mismos serían incorporados como testigos en el argumento de

la tradición17. De este modo se vuelve aceptable una historia de los santos

mismos. Como explicación se incluye aquí, casi espontáneamente, la idea

de Joaquín de una historia progresiva de la Iglesia. Así es como las

quaestiones disputatae ya asumen la división de la Iglesia en ecclesia prima,

media y finalis y señalan, de este modo, la primera toma de contacto con las

ideas de Joaquín18. La comparación del acontecimiento «Francisco» con las  predicciones de Joaquín es aún hoy, para el historiador, lo suficientemente

asombrosa como para hacerle comprender el alegre estupor de los

franciscanos que reconocieron en esta coincidencia una confirmación

segura del carácter histórico-salvífico de la obra de Francisco19. De esta

manera, la interpretación progresiva de la Escritura de Joaquín penetró

también en la obra de Buenaventura. 

 

 

b) La fe en el desarrollo histórico progresivo de la Escritura

 

La influencia de la exégesis de Joaquín sobre la comprensión

bonaventuriana de la Escritura, o mejor, la teología de la historia de él

derivada, ya ha sido descrita en una sección particular (§§ 4 y 5). Se

demostraba entonces que el concepto hermenéutico clave es el de las

«theoriae», con el que Buenaventura añade al antiguo método alegórico y

tipológico una nueva forma de interpretación tipológico-histórica y

profética que él mismo trata de explicar con el concepto de rationes

seminales. La Escritura está llena de fuerzas germinales ocultas que sólo se

desarrollan en el curso de la historia y así permiten incesantemente nuevas

perspectivas que no eran posibles en el período precedente (§ 2). Por tanto,

la relación de la Escritura y de la historia, puede ser resumida, de ahora en

adelante, en las dos afirmaciones siguientes:

 

α) La Escritura ha crecido de manera histórica. Sólo quien conoce su

historia comprende su sentido. La historia es un elemento estructural de su

forma significativa. «Scripturae intelligi non possunt nec mysteria, nisi

sciatur decursus mundi et dispositio hierarchica»20.

 

β) Pero la Escritura no es sólo el producto de una historia pasada, sino que

al mismo tiempo es declaración o predicción del futuro que, mientras tanto,

se ha vuelto ya, en parte, pasado, y en parte aún tiene que llegar21. Esto

significa al mismo tiempo que todo el sentido de la Escritura aún no se ha

manifestado. Es más, su última «revelación», es decir, el tiempo de una

comprensión completa de la revelación está aún por venir. «...Isaias: repleta

est terra scientia domini sicut aquae maris operientis (Is 11,9) ...Et hoc

potissime refertur ad tempus novi testamenti, quando scriptura manifestata

est et maxime in fine, quando scripturae intelligentur, quae modo non  intelliguntur. Tunc ‘erit mons’; scilicet ecclesia contemplativa, et tunc ‘non

nocebunt’, quando fugient monstra haeresum sapientiae usura. Sed hodie

mons Sion propter vulpes dispernt (Lm 5,18), i.e. propter expositores

versipelles et foetidos»22. La esperanza de la revelación según Buenaventura

resulta así orgánicamente de las corrientes hermenéuticas de su tiempo en

las que él se encontró situado. 

 

§ 11 LA SAPIENTIA OMNIFORMIS (DE TODAS FORMAS):

 

CREACIÓN Y REVELACIÓN

 

Entre las dos formas principales de la revelación divina, que se expresan en

la sapientia multiformis y nulliformis, Buenaventura introduce también, en

la segunda conferencia arriba reproducida sobre la obra de los seis días, la

sapientia omniformis, en la que la letra de la creación se vuelve

comprensible y nos habla de la gloria del Creador. Puesto que esta

«sapientia omniformis» podría ser un elemento esencial de la imagen

franciscana del mundo1, no puede ser olvidada del todo en nuestra

exposición.

 

Buenaventura también habla de «revelación»2 a propósito de esta forma de

sabiduría y, de manera significativa, esta revelación también se vuelve

comprensión de una «letra» ya dada antes. Como la Escritura, las cosas del

mundo también tienen primero, un aspecto externo «literal» y, como en ella,

también aquí el espectador corre el peligro de quedarse en la letra y así

pasar por alto el verdadero significado de las cosas. Este peligro se ha

vuelto especialmente acuciante debido a nuestra situación en la historia

salvífica: la sabiduría, sin duda, clama en todas las cosas con su seductora y

atractiva llamada pero «la encontramos no como un profano que no conoce

las letras, ni se preocupa del libro que tiene en las manos. Así para nosotros

también: la Escritura de la creación se ha vuelto para nosotros griega,

bárbara, hebrea, e incluso, radicalmente desconocida»3.

 

Así pues, existe un paralelismo decisivo entre la revelación de la Escritura y

la revelación de la creación. En ambos casos, la revelación se esconde,

principalmente, detrás de una letra que vela y cuyo desvelamiento se le da

sólo a aquel espíritu que en virtud de un cumplimiento existencial, vital supere él mismo el nivel de pensamiento literal y se eleve hasta el plano

intelectual y espiritual. Según esto, en ambos casos existe el peligro de

aferrarse a la letra, de donde se derivan los dos errores religiosos

fundamentales: lo que en el ámbito de la interpretación de la Escritura es el

judío, eso es el filósofo en el ámbito de la comprensión de la creación, que

se olvida de reconducir las cosas a su sentido o incluso lo niega

abiertamente4. Que en la presente situación de salvación en la que la

capacidad de contemplación del hombre se ha apagado5, la comprensión de

la letra de la creación se ponga en movimiento únicamente por la revelación

de la gracia que sana y ayuda, es una opinión que Buenaventura ya había

desarrollado exhaustivamente en el Comentario a las Sentencias6.

 

Esta convicción sobre el carácter de signo que tiene toda la creación es la

raíz del simbolismo de la creación según Buenaventura, que ha puesto de

relieve magistralmente Gilson en su libro sobre Buenaventura. El

documento más significativo de esta comprensión de la Creación es el

Itinerarium mentis in Deum, que trata de construir, como el Francisco de las

Legendae de Tomás de Celano, una «escala» hacia el Creador con todas las

cosas de este mundo. «Luego el que con tantos esplendores de las cosas

creadas no se ilustra, está ciego; el que con tantos clamores no se despierta,

está sordo; el que por todos estos efectos no alaba a Dios, está mudo; el que

con tantos indicios no advierte el primer Principio, ese tal es necio. Abre,

pues los ojos, acerca los oídos espirituales, despliega tus labios y aplica tu

corazón para en todas las cosas ver, oír, alabar, amar y reverenciar, ensalzar

y honrar a tu Dios, no sea que todo el mundo se levante contra ti. Pues a

causa de esto todo el mundo peleará contra los insensatos (Sb 5,21), siendo,

en cambio, motivo de gloria para los sensatos, que pueden decir con el

profeta: me has recreado, Señor, con tus obras; y al contemplar las obras de

tus manos salto de alegría, oh Señor (Sal 91,5). Cuán grandes son tus obras,

Señor; todo lo has hecho sabiamente. Llena está la tierra de tus posesiones

(Sal 103,24)»7. Este texto podría mostrar mejor que cualquier análisis

pormenorizado hasta qué punto Buenaventura abandona, en cualquier caso,

todo lo que no es más que «teología física» griega, cuya renovación no

apoyada en la Biblia es a menudo y de buena gana reprochada a la

«Theologia naturalis» católica8. La alabanza de Buenaventura al Dios 

 

creador crece totalmente dentro de la religiosidad de los salmos; la herencia

griega, que tampoco rechaza, ha entrado aquí toda entera al servicio de la fe

cristiana. 

 

 

Según Buenaventura, la «sabiduría multiforme» de la comprensión

alegórica de la Escritura es superada aún en la «sabiduría sin forma» de la

relación mística más íntima con Dios, cuyo maestro representante es

Dionisio Areopagita1. Dado que esta sabiduría procede también de la

«revelación», o mejor, es «revelación»2 y que la «revelación» del tiempo

final está pensada claramente en el sentido de esta forma de sabiduría3, su

lugar en el conjunto del pensamiento bonaventuriano de la historia debe ser

aún mejor precisado, lo cual significa al mismo tiempo una limitación del

papel que Buenaventura reconocía al Pseudo-Dionisio dentro de su

teología. 

 

 

1. El renacer de Dionisio en el siglo XIII

 

Uno de los datos más conocidos de la historia espiritual de las ideas de la

Edad Media es que la visión global del mundo del siglo XIII está marcada

de una manera decisiva por el descubrimiento de la obra completa de

Aristóteles que es accesible desde mediados del siglo XII; un

acontecimiento que marcó con su sello decisivo las controversias

intelectuales de la gran escolástica4. Pero ha sido menos tenido en cuenta

hasta ahora, sin embargo, otro hecho: que, en la misma época, también tuvo

lugar el descubrimiento del Pseudo Dionisio y que el renacimiento de

Dionisio que de ello resultó fue igualmente de una gran importancia para la

reorganización de la teología. Fácilmente podría inducir a error el hecho de

que, en efecto, ya en el siglo IX Juan Escoto Eriúgena había presentado una

traducción de la obra de Dionisio. Con todo, esta traducción permaneció

entonces hasta tal punto inoperante cuanto toda la obra del gran escocés5.

Por eso, Juan Sarraceno tuvo que decir al comienzo del siglo XII, en el

prólogo de su nueva traducción de Dionisio, que la obra del Areopagita

«prae nimia difficultate intelligendi vix legantur ab aliquo»6, que hasta

entonces había aportado «parum aut nihil utilitatis»7, y que la obra de

Dionisio era «rarior» de encontrar8. Tomás Gallo también se expresa en un

sentido parecido en el prefacio a su resumen llamado «compendiosa

extracto»9 Que ninguno de los dos exagera se deduce de que tanto Abelardo

como Pedro Lombardo seguramente sólo conocían a Dionisio por las citas

que de él hace Gregorio Magno10. Realmente Juan Sarraceno y Tomás de

Vercelli han logrado su objetivo, en sentido amplio, de abrirle a Dionisio las

puertas de la teología latina. Ya la Summa de Alejandro cita frecuentemente

a Dionisio en la traducción del Sarraceno11 y aún más Buenaventura, dato

que los editores de sus obras no pudieron comprobar, ya que la traducción

del Sarraceno les era evidentemente desconocida12. También las obras del

abad de Vercelli, como consta, eran conocidas por el Doctor seráfico13. Su

texto, que representa una ampliación a modo de un targum del original,

demasiado conciso y oscuro, tenía que manifestarse como especialmente  significativo para ayudar a la comprensión y a la difusión de las ideas de

Dionisio14.

 

Estas notas histórico-literarias previas eran necesarias para ver la

importancia general del Pseudo-Dionisio para el siglo XIII, con su luz

adecuada y para darle un poco más de claridad a la imagen de este mismo

siglo, por lo que nos concierne. Se confirma otra vez una constatación ya

hecha (§ 9, IV): la mera contraposición de aristotelismo y agustinismo no

basta para explicar este siglo agitado; un hecho sobre el que tendremos que

volver en la valoración global de Buenaventura. 

 

 

2. La teología de Dionisio en la obra de Buenaventura

 

Presentar detalladamente la influencia del Areopagita en Buenaventura

exigiría una monografía completa. Sólo nos importa indicar aquí los puntos

capitales de esta influencia y hacer ver cómo la teología dionisiana de

Buenaventura se polariza cada vez más en torno al concepto de revelación

con el cual ella no tiene, en principio, nada que ver, pero que al fin y al cabo

contribuye a darle su cuño esencial.

 

En el Comentario a las Sentencias, el Doctor seráfico conoce a Dionisio

sólo desde la perspectiva de la teología escolástica, es decir, ante todo como

el autor de la doctrina de las jerarquías, que desarrolla en dependencia

bastante estrecha de Pedro Lombardo15. En este punto es ciertamente

sorprendente una cosa: desde el principio la imagen de mundo de

Buenaventura (como más tarde la de santo Tomás de Aquino)16 está

dominada por el binomio conceptual egressio - reductio (salida / retorno),

que recuerda indudablemente la forma de pensar del Areopagita. Sin

embargo, no se puede deducir de ello un contacto personal con las obras de

este último, que vaya más allá de la medida acostumbrada y, por tanto, la

cuestión de saber cómo los conceptos mencionados han llegado a esta

posición dominante deberá permanecer abierta.

 

Este contacto se vuelve mucho más visible como una línea espiritual nueva

sólo al final de la actividad como Magister de Buenaventura y, además, al

mismo tiempo en las Quaestiones de perfectione evangelica, en las

Quaestiones de scientia Christi y en De mysterio trinitatis, así como en el

Breviloquium. Mientras que en las Quaestiones sobre la pobreza es sólo la

doctrina de las jerarquías la que se desarrolla y se precisa17, en las obras

siguientes se añaden dos observaciones más: por una parte, el concepto  dionisiano de «teología» experimenta una acentuación nueva sobre la que,

sin embargo, no podemos profundizar aquí18; por otra, la mística de

Dionisio gana importancia en una medida absolutamente sorprendente.

 

No se trata de que se pueda demostrar algún tipo de cambios notables en

cuanto a la teoría de la mística defendida por Buenaventura. El Doctor

seráfico siempre había tenido suficientes razones para adherirse a una

doctrina que, como la cima más alta del impulso de la criatura hacia Dios,

proponía un contacto totalmente no cognitivo, supraintelectual, con este

 

Dios. Lo que le alentaba a ello no era sólo la expresión del Pseudo-

Bernardo citada a menudo por él, que dice «el amor llega más lejos que la

 

vista»19; también le era sugerido por su valoración más alta, conforme al

pensamiento franciscano, del «affectus» por encima del «intellectus»20. Ya

en el Comentario a las Sentencias habla de un «ignote ascendere»21, de

«docta ignorantia»22, e incluso antes, en el temprano Comentario a Juan,

habla de un modo de alcanzar a Dios «in caligine» (en tiniebla), que es más

un «sentire» que un «cognoscere»

 

 

Pero estos textos habían permanecido aislados; habían señalado, de alguna

manera, una zona marginal de lo posible que no parecía gozar de especial

importancia para el verdadero transcurso de las cosas. Esto cambió

aproximadamente desde las Quaestiones disputatae de scientia Christi. La

idea del conocimiento de Dios en un ámbito del que se dice: «Sola affectiva

vigilat et silentium omnibus aliis potentis imponit24»; esta idea adquiere un

predominio cada vez mayor. Lo repito una vez más: lo que aquí sucede, no

es un cambio de contenido, sino una repartición nueva del peso dentro de la

totalidad, que confiere al cuadro general de la teología bonaventuriana un

significado nuevo.

 

A esto se añade aún otro proceso que le asegura al que acabamos de

exponer su alcance completo: por primera vez, en el Itinerarium mentis in

Deum y después, con renovada insistencia, en el Hexaemeron, este contacto  místico es calificado como «revelación»25. Antes de que intentemos definir

definitivamente la nueva situación que surgía de ahí para el concepto de

revelación, aún se nos permitirá una breve consideración relativa a la

historia de las ideas, que hace al caso. Desde Max Scheler, nos hemos

habituado a hablar frecuentemente de un primado del amor en el

pensamiento de Agustín, lo mismo que antes se había hablado de un

primado de la voluntad; e incluso la doctrina de que el amor precede al

conocimiento se remontaba a Agustín26.

 

Quien conoce a Agustín, sabe, sin embargo, que tales conceptos no se

 

encuentran en su obra27. Su verdadero padre no es Agustín sino el Pseudo-

Dionisio. Con todo, ni siquiera en las obras de este último he podido

 

encontrar un párrafo en el que se afirme expresamente el primado del amor

frente al conocimiento. Tal formulación, por lo que parece, hay que

adjudicarla únicamente a Tomás de Vercelli que, en efecto, la descubre,

como de paso y por sí misma, al seguir el pensamiento de Dionisio, cuando

dice: «...per unitionem dilectionis (quae effectiva est verae cognitionis)

unitur Deo intellectualiter ignoto»28. La representación del amor, que sólo

produce el conocimiento en la oscuridad de la inteligencia, encuentra

realmente su puesto originario y adecuado en esta concepción mística. 

 

Ahora ya estamos preparados para comprender la síntesis decisiva

sobre la que se funda la esperanza escatológica de la revelación en

Buenaventura y el concepto de revelación sobre el que se basa.

 

a) La concepción originariamente cósmica de las jerarquías de Dionisio

se trasforma históricamente en el esquema de las jerarquías del

Hexaemeron (p. 96), es decir, no existe una única jerarquía fija,

escalonada de arriba a abajo, sino un desarrollo jerárquico de la

historia explicado en este esquema. Vista desde la Iglesia, la figura

completa de la jerarquía de nueve coros no se ofrece simplemente como

algo acabado y completo desde el principio, sino que es el resultado de

un progreso histórico ascendente que se desarrolla en el curso del

tiempo de la salvación.

 

b) A este desarrollo histórico-jerárquico, que se refleja en la figura de la

jerarquía celeste, le corresponde también, ya ahora, un desarrollo del

conocimiento que va desde el nivel más bajo del conocimiento de fe

hasta la forma suprema de una relación con Dios supraintelectual y

místico-afectiva. El crecimiento histórico ascendente de la Iglesia, desde

los Patriarcas de los comienzos hasta el pueblo de Dios de los últimos

días, es también al mismo tiempo un auge del carácter revelado de Dios;

con otras palabras, no es sólo la idea de jerarquía la que es historicizada

sino también la mística; la mística no es una gracia individual

independiente del tiempo, sino que se determina según el desarrollo

 

histórico de la revelación divina29. La mística enseñada por Dionisio,

que había sido concedida a los Apóstoles en cuanto «perfectos», describe

el grado de revelación de la Iglesia escatológica que será una Iglesia de

perfectos30. Con esto queda definitivamente claro que la revelación del

tiempo final no supone ni una supresión de la revelación de Cristo, ni

una superación del Nuevo Testamento. Significa, más bien, el acceso a la

forma de conocimiento de los Apóstoles y con ello, el verdadero

cumplimiento de la revelación del Nuevo Testamento, comprendida

hasta este momento de manera sólo imperfecta31. Así, sólo el tiempo

final será verdaderamente y en el pleno sentido de la palabra, «Nuevo

Testamento»32.

 

c) El concepto que sostiene y funda esta síntesis global me parece que es

el de seraphim. La visión de san Francisco, a quien se le aparece

Jesucristo crucificado en figura de serafín, ya no abandonó a

Buenaventura desde su propio retiro en el monte Alverna33. Para el

espíritu meditativo del teólogo tuvo que aparecer indudable que la

esencia de la experiencia plena del misterio se anunciaba en esta visión:

la comprensión de Cristo había alcanzado aquí el grado supremo del

amor, el grado de los serafines. Del mismo modo que los estigmas

atestiguaban al Poverello como angelus cum signo Dei vivi, así la figura

del serafín del Señor apareciéndosele indicaba la posición jerárquica de

Francisco y su momento histórico; tenía que pertenecer a la Iglesia

seráfica del tiempo final. Así se esconde ya, en la extraña doble figura de

aquella visión, la síntesis que abarca la idea de las jerarquías, de la

mística y de la historia, con la cual Buenaventura trataba de dominar la

herencia teológica y religiosa de su tiempo34.

 

d) La gradación jerárquica permanece finalmente operante incluso en el

mundo celestial del más allá y de la eternidad de Dios. Pues los hombres

serán repartidos, según el nivel de su existencia, en cada uno de los

diferentes coros angélicos particulares y allí rellenarán los huecos vacíos

dejados por la caída de los malos espíritus; pero aquellos hombres cuyos

 

méritos no alcanzaron el nivel necesario, formarán juntos un décimo

coro y ocuparán la décima esfera cósmica35.

 

Esta doctrina, conocida también por el resto de la escolástica36, se sitúa

aquí, gracias a su nuevo contexto, bajo una luz nueva, pues ahora indica

que la posición histórica del individuo contribuye también a determinar,

de alguna manera, su puesto en la eternidad. Benz afirma incluso que

Buenaventura, en su Legenda sobre Francisco, defendía la opinión de

que al humilde santo de Asís se le había reservado en el cielo el puesto

libre del orgulloso Lucifer, de modo que con Francisco la caída del

Príncipe de las tinieblas sería reparada y así la historia de la salvación

llegaría verdaderamente a su meta37. En realidad esta representación se

encuentra sólo en el Speculum perfectionis, pero no en las obras de

Buenaventura38. Por supuesto, para Buenaventura también es cierto

que en el santo que llevó las llagas de la muerte de Cristo y por eso, «el

sello del Dios vivo» (Ap 7,2), ha brillado, llena de esperanza, la aurora

de un tiempo nuevo, en el cual nunca más «se alzará pueblo contra

pueblo» (Is 2,4), sino que se podrá decir de él: «Y entonces será la

paz».

 

 

Es en San francisco que nosotros comprendemos el culmine del espíritu revelado y de todo arte y es en San Francisco que se devela el para si como un no ser que se afirma en la nada para encontrar en la nada el ser, sabiduría que solo será alcanzada por la filosofía en la escuela de Kioto en Japón más entendamos estas comprensiones, estas sabidurías, la sabiduría uniforme impulsada por el amor erótico  tiene como mejor representante a Platón y en el cristianismo a San Agustín, la sabiduría multiforme es el amor platónico mismo comprendiendo los pasos para llegar al arquetipo pero comprendiendo aun algo más profundo la identidad esta lograda en la integración con el otro, esta sabiduría se encuentra desarrollada en la filosofía de Lévinas El trabajo de Lévinas se basa en la ética del otro, dónde propone a la ética como filosofía primera. Para Lévinas, el Otro no es capaz de ser conocido y no debe ser objetivado o realizado, como lo hace la ontología. Lévinas prefiere pensar en la filosofía como “sabiduría que nace del amor” en vez de “Amor a la sabiduría” (significado etimológico de filosofía).[15]

Lévinas deriva el principio de su ética de la experiencia del encuentro con el Otro. El encuentro cara-a-cara es la relación inevitable en la que la cercanía y la distancia de la otra persona logran sentirse y tener un efecto.

“La relación ética cara-a-cara, contrasta también con toda relación que se podría llamar mística, […] en la que los interlocutores se encuentran jugando un papel en un drama que ha comenzado fuera de ellos”. [16]

El rostro en el que se presenta el Otro no niega ni viola al Mismo (quien también es un Otro). Los dos interlocutores permanecen al mismo nivel, terrenales y reales. Para Lévinas el tener el rostro del Otro frente a uno mismo genera un sentimiento de compromiso, ya que se tiene noción de la existencia del Otro que forma parte del Mismo y sus experiencias, por eso nace la necesidad de prever por el Otro. A su vez, la revelación del rostro hace que se reconozca la trascendencia y heteronomía del Otro.

 

Pero en Lévinas aun el otro es otro, mientras que en la especualación de Hegel el otro es lo que configura la identidad en la especualación de la idea y mucho antes que en Hegel en la religión me religo con el otro porque en el otro encuentro mi alma, esta es la base del ajayu el alma complementaria de los Inkas y las culturas prehispánicas y entonces no se trata de una ontología que objetive al otro sino de que encuentro en la integración con el otro el absoluto así el mandamiento de amar a mi prójimo como a mí  mismo no es otra cosa que un llamado a la revelación de mi identidad como reflejo de la identidad trinitaria de Dios, podemos decir que la base es la identidad que se formula desde el entendimiento con el principio de no contradicción pero no es cierto la identidad humana está  en el encuentro con el otro así  lo comprendían todas las religiones antiguas, donde el hombre era un reflejo del cosmos, en Platón hay dos mundos, pero si se comprende a Platón dialécticamente en el mundo de la copia arquetípica se refleja el mundo arquetípico y la cuestión es que el en si del arquetipo logre la síntesis con él para sí del mundo que lo refleja ahí está  el amor platónico, en ser un perfecto reflejo del en sí, cosa que logra San francisco de Asís, revelar el arquetipo.  

 

Mas las sabidurías del para si esta primero en la omniforme donde se encuentra a Dios en todas las formas, base de todo panteísmo eso lo encontramos en San francisco claramente, el ve a Dios en todo, hermanándose con el Sol, con el hermano lobo y con la hermana muerte, este amor que se apega a la naturaleza, este amor panteísta, es realmente el primer amor, primero empieza la acción y con ella yo me vuelvo en aquello que quiero conocer creando el en si de aquí deviene el amor erótico, para lo que es necesario un tanatismo que vaya destruyendo este primer amor y nos vaya llevando de la naturaleza a la idea más esto no es posible sin la sabiduira nulli formis donde nos desapegamos de la naturaleza para gestar el espíritu , lo que hace el yoga en la cultura oriental  pero en occidente se vuelven a descubrir estas sabidurías  y le que lo hace primero en el marco místico religioso es San francisco, claro hay una base en Dioniso Aeropagita que nos llevara a las teologías apofáticas de Escoto Erigena, El maestro Eckhart llegando a Nicolas Cussa, pero es en Francisco como antes en Cristo y en San pablo donde esta sabiduría realmente se comprende, y es en esta sabiduría que se revela el amor de Dios así tenemos:                   

 

 

 

En si

  

Amor erótico sabiduría uniforme

 

Amor platónico Sabiduría multiforme

 

Para si

Amor pantesista-tanático sabiduría omniforme

Amor iluminado Sabiduria nulliformis  

 

Solo cuando el en si ha logrado la sabiduría de las muchas formas integrando al otro en la identidad y el para sí ha logrado la sabiduría de ninguna forma encontrando en la nada al ser en si es que es posible la complementariedad, la comunión de amor.

Esa comunión es la que se revela en la subida al monte Carmelo:

https://caminodesanjuandelacruz.org/subida-al-monte-carmelo/

DÍA 1: COMENZAR A CAMINAR O SUBIR EL MONTE

Oración para el camino: “Guía, Señor, mis pasos por el Camino de la paz.” “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Aguas del espacio, bendecid al Señor; fríos y heladas, bendecid al Señor. Sol y luna, bendecid al Señor; astros del cielo, bendecid al Señor. Lluvia y rocío, bendecid al Señor; vientos todos, bendecid al Señor. Montes y cumbres, bendecid al Señor; cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor” (Dn 3,57-88).

TEMA DEL DIA: Comenzar a caminar o subir el Monte, sería como ya ponerse en camino todos los días del año, con una persona como San Juan de la Cruz, dado que para San Juan de la Cruz «caminar hacia el interior», es una de las realidades o capacidades que tiene la persona, cuando también da información al corazón. El  ponerse en camino, con la imagen de San Juan de la Cruz de caminante que empezamos este Camino 2018, es poner nuestra «atención», que significa en ser conscientes a donde queremos llegar, el estar abiertos a la sorpresa o dejarnos sorprender de por todo lo que nos rodea: «andariegos», el ánimo que empezamos, lo que esperamos de este camino, el por qué estoy aquí, la acogida que tenemos, en donde descansamos, donde compartimos todo, etc. La gran interrogante está si estoy dispuesto que este «camino de San Juan de la Cruz» pase por mí…, si es en positivo será querer entender el dibujo que realizó San Juan de la Cruz, el «montecillo» del Monte Carmelo.

Centrando el tema para el «camino»

* ¿Me he sentido alguna vez delante de situaciones vistas o «miradas» como montañas a subir, como camino o realidades que no tengo más remedio que vivir?

* ¿Qué camino o montañas se me presentan ante mi vida? ¿Qué posibilidades o fuerzas tengo para llegar a la cima de cada montaña o al final de cada situación?

* Muchas veces la sociedad, la familia, el ambiente, los medios de comunicación presentan caminos o montañas ya hechos, ¿es éste mi caso? ¿Qué opino – de verdad- de esas propuestas? ¿Me atrevería a elegir un camino o «montaña» por mi cuenta? ¿Intento dar significado por mí mismo a eso que se me propone?

* Empezar este camino, es querer subir a esta montaña que nos propone San Juan de la Cruz y para esto se necesita mucha confianza, ¿Cómo está tu nivel de confianza?

Texto para pensar

Para llegar a la cima del monte o «montecillo», está la cuarta columna de la base del dibujo, realizado por San Juan de la Cruz, donde ya no orienta o propone, sino exige «desnudez y libertad de espíritu», pero entendiendo que no es camino por la montaña de negación, sino de CONFIANZA (FE)-ESPERANZA-AMOR

«En esta desnudez halla el
espíritu su descanso, porque no
comunicando nada, nada le fatiga hacia
arriba, y nada le oprime
hacia abajo, porque está en
el centro de su humildad.»

NOTAS PARA RECORDAR…

DIA 2: SABER MIRAR, DESCUBRE LAS SENDAS DEL CAMINO.

Oración para el camino: “Guía, Señor, mis pasos por el Camino de la paz.” “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Aguas del espacio, bendecid al Señor; fríos y heladas, bendecid al Señor. Sol y luna, bendecid al Señor; astros del cielo, bendecid al Señor. Lluvia y rocío, bendecid al Señor; vientos todos, bendecid al Señor. Montes y cumbres, bendecid al Señor; cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor” (Dn 3,57-88).

Centrando el tema para el «camino».

Cuando «MIRA» uno el camino que traza San Juan de la Cruz para subir la montaña o el monte, «montecillo» pude descubrir tres sendas o caminos:

Dos laterales, anchos y cómodos, que se demoran o desvían ir por las laderas del monte, por la derecha, los «bienes del suelo»: «poseer, gozo, saber, consuelo, descanso» y por la izquierda los «bienes del cielo»: «gloria, gozo, saber, consuelo, descanso». Y otro, el más estrecho, directo hacia la cima de la montaña, está en el centro del dibujo, con siete “nada” como pavimento que asciende hacia arriba: «nada, nada, nada, nada, nada, nada y, aun en el monte nada»

Hazlo con tu vida. Quien mejor habla siempre es la vida. Mira por donde “andas”en este momento de tu vida o en qué  camino o senda de tu vida estás o quieres estar. El lenguaje de lo interior oye y el lenguaje que mejor oyen los que te rodean es «el callado amor», escribirá San Juan de la Cruz. Escucha tu corazón, escucha a las personas que te quieren, escucha lo que lees de San Juan de la Cruz…

Texto para pensar

«En una noche oscura,
Con ansias, en amores inflamada,
¡Oh dichosa ventura!,
Salí sin ser notada, estando mi casa sosegada»
(Libro de la Subida del Monte Carmelo, canción 1)

«Llamamos aquí noche a la privación del gusto en el apetito de todas las cosas; porque, así como la noche no otra cosa sino privación de la luz, y, por el consiguiente, de todos los objetos que se pueden ver mediante la luz, por lo cual se queda la persona a oscuras y sin nada» (ILibro de la Noche, cap 3,1)

NOTAS PARA RECORDAR…

DIA 3: NO TE PARES… ESCUCHA TU INTERIOR

Oración para el camino: “Guía, Señor, mis pasos por el Camino de la paz.” “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Aguas del espacio, bendecid al Señor; fríos y heladas, bendecid al Señor. Sol y luna, bendecid al Señor; astros del cielo, bendecid al Señor. Lluvia y rocío, bendecid al Señor; vientos todos, bendecid al Señor. Montes y cumbres, bendecid al Señor; cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor” (Dn 3,57-88).

Centrando el tema y texto del dibujo para pensar y hacer experiencia para el «camino»

Este camino por las sierras de Segura, con sus sendas, personas, pueblos, andariegos… nos puede hacer cambiar de camino o senda. Si hacemos caso a San Juan de la Cruz, será descubrir el camino o senda de  las siete «NADA», esto puede ser un cambio de dirección, de nosotros mismos, puede ser en relación a Dios. “No creo en Dios”, dicen muchos, pero la Biblia responde: “Dios cree en ti”,

Hay en todo lo que supone San Juan de la Cruz una invitación a que revises tu vida, pregúntate si estás satisfecho con lo que llevas cargado en tu mente, corazón-interior, en tu vida. ¿Todo es carga para la mochila de tu vida?, ¡Qué pena! A lo largo del camino puedes quitar peso de tu mochila, vas viendo o puedes ver que te sobran cosas que pensabas que eran necesarias, también pueden ser realidades, ideas, juicios, prejuicios, imágenes, opciones, etc. has ido quitando peso de la mochila. Hoy te proponemos que alivies también tu “mochila interior”.  Con San Juan de la Cruz en el dibujo del monte está escrito «NI ESOTRO», en la parte horizontal del dibujo y está cabeza abajo: «ni esotro – ni esotro – ni esotro – ni esotro- ni esotro. Estos seis «ni esotro» se refieren, como lo evidencia el trazo o raya que parte de ellos, a los cinco géneros de bienes del cielo enumerados en el camino de la izquierda y, además, al cielo englobando cuando sigue». NO se puede uno parar o elegir ni lo que parece importante para la vida de material o espiritual, por muy bueno que sea.

También, para no parar en este camino, está en el dibujo «NI ESO»,  en la parte horizontal está escrito : «ni eso – ni eso – ni eso- ni eso –ni eso- ni eso –ni eso». Estos seis «ni eso» afectan, como se ve también por el trazo que sigue a cada uno, a los cinco bienes ya transcritos y al suelo tomando globalmente. A igual de lo espiritual están las necesidades materiales, donde para San Juan de la Cruz no son en sí mismo, realidades o valores para la libertad de la persona…

Y además, está lo que hace más interesante para darte cuenta que por estos caminos o sendas no merece la pena continuar, pues en el interior o corazón está el sentimiento CUANTO MÁS…, escrito sobre la serie de  «ni esotro», expresando «Cuánto más tenerlo quise con tanto menos me hallé.». Y sobre la serie de «ni eso»: «Cuanto más buscarlo quise con tanto menos me hallé». ¡Para pensar…!.

NOTAS PARA RECORDAR…

DÍA 4: QUÉ SE QUIERE DE LA VIDA…

Oración para el camino: “Guía, Señor, mis pasos por el Camino de la paz.” “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Aguas del espacio, bendecid al Señor; fríos y heladas, bendecid al Señor. Sol y luna, bendecid al Señor; astros del cielo, bendecid al Señor. Lluvia y rocío, bendecid al Señor; vientos todos, bendecid al Señor. Montes y cumbres, bendecid al Señor; cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor” (Dn 3,57-88)

Centrando el tema y texto para el «camino»

Ahora es tiempo de ponerse la pregunta ¿Cuándo…?, cuando puedo ser feliz, estar lleno, sanar mis heridas, cumplir mis/nuestros sueños, ideales, proyecto de vida…

San Juan de la Cruz en el dibujo presenta, un CUANDO, que a la izquierda, verticalmente dice bien claro «cuando ya no lo quería téngolo todo sin querer», cuando menos lo espero, lo tengo aquello que quiere de la vida, de los sueños, proyectos de vida, ideales, etc… Y en la derecha, verticalmente también se tiene escrito de una manera tan provocadora «cuando menos lo quería téngolo todo sin querer». NO consiste en querer de la vida, sino saber acoger lo que la vida te da…que sería descubrir los dones, capacidades que tienes, en el dibujo hay un arco de frutos, virtudes y dones. De izquierda a derecha siguiendo el arco, está:

LA PAZ, GOZO, ALEGRÍA, DELEITE, SABIDURIA, JUSTICIA, FORTALEZA, CARIDAD, PIEDAD.

Y el mismo dibujo, San Juan de la Cruz escribe «NO ME DA». Ya en la mitad superior, a la derecha: «no me da pena nada». Y en la derecha, en el mismo nivel: «no me angustia nada», llegar aquí significa en no ser un pasota o pasar de todo, sino que nada, ni nadie le puede quitar el deseo de ir más al interior, donde la persona tiene su verdadera libertad y paz… Y no hay engaños o dobles palabras o imagées.

NOTAS PARA RECORDAR…

DÍA 5: ¿DÓNDE ESTÁ MI HONRA Y GLORIA?

Oración para el camino: “Guía, Señor, mis pasos por el Camino de la paz.” “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Aguas del espacio, bendecid al Señor; fríos y heladas, bendecid al Señor. Sol y luna, bendecid al Señor; astros del cielo, bendecid al Señor. Lluvia y rocío, bendecid al Señor; vientos todos, bendecid al Señor. Montes y cumbres, bendecid al Señor; cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor” (Dn 3,57-88).

Centrando el tema y texto del dibjo para pensar para el «camino»

Centrando el tema para final de este «camino» hacia el interior, con este dibujo llamado del «Montecillo o Monte de perfección o Monte Carmelo» siendo una síntesis virtual del programa de vida interior que San Juan de la Cruz utiliza como recurso pedagógico para enseñar cómo se puede descubrir y vivir una vida llena de sentido y como él mismo, hace distintas copias que distribuye el mismo San Juan de la Cruz, entre sus religiosos/as, precisamente al lugar donde termina este camino material (El Calvario y Beas) con dedicatorias y comentarios apropiados, como reclamo permanente de unos principios fundamentales que debían tener siempre delante como parte de llegada: LA CIMA DEL MONTE o en el dibujo que hemos ido viendo, copia notarial del original, sería EN EL CIRCULO, que figura como la pura cima y que el mismo símbolo de Dios, ya expresado en el Cantico Espiritual cap. 37, 7 y el texto de Jeremias cap. 2,7 « Introduxi vos in terran Carmeli ut comederetis fructum eius et bona illius», que significa «Luego os traje a la tierra del vergel para comer su fruto y su bien». Y dentro está el gran tesoro y descubrimiento de San Juan de Dios en su vida y en la vida de los demás: «Sólo mora en este monte honra y gloria de Dios».

Y en lo más alto bordeando la línea o arco final, el dibujo expresa algo grandioso para el que lo descubre en su vida, como consecuencia de todo:

«YA POR AQUÍ NO HAY CAMINO PORQUE PARA EL JUSTO NO HAY LEY; ÉL PARA SÍ SE ES LEY»

  

 

 

Así descubrimos dos sabidurías más:

La medial impulsada por el amor filial, donde yo me hago medio para que tu subas al encuentro con el amado con él  en sí Que s cristo así como me hago medio para que bajes a la desnudez total y te hagas un niño como Francisco como la liberación del eterno retorno de lo profano en Nishitani logrando el juego.

 

Y la sabiduría de la coincidencia de opuestos, del ajayu del alma complementaria donde el en Si y el para si logran la sintransferencia haciéndose uno y múltiple en comunión de amor   permitiendo tanto el desplazamiento como la condensación, este amor ágape solo es posible en el amor filial.  

Amor filial Sabiduría medial

0←1←0←(1←0←1) mediación←0←1←0←→1→0→1→(0→1→0)mediación→1→0→1

Amor ágape Sabiduría complementaria

 Iluminación 10←1←0←(1←0←1) mediación←0←1←0←→1→0→1→(0→1→0)mediación→1→0→10 Santidad 

 

En el marxismo se intenta cumplir con el evangelio cristiano sin haber logrado con las sabidurías que lo hacen posible, lo cual solo lleva al fracaso ¿Pero es posible que el proletariado alcanza estas sabidurías?  Desde una conciencia de clase jamás, porque la conciencia de clase olvida que la identidad se forma con el otro, más si el proletariado se abre al otro  estas sabidurías se hacen posibles. Pero abrirse al otro que explota  y oprime no es humano es divino y exige una alteración de esos sistemas de opresión, realmente no se logra la comunión sin socializar los medios de producción pero luego de socializarlos comprendemos que los medios no son de nadie y son de todos y entonces no peleamos por ellos sino que cada cual da de su capacidad a los otros según su necesidad, más el amor que está  detrás de esto pude ser comprendido en la práctica comunitaria.

¿Y entonces que es primero la socialización o la comprensión que permitirá la socialización?

Para nosotros es claro que la comprensión pero sin una socialización esta comprensión no se realiza por esto proponemos el comunismo complementaria el cual lee a Marx desde una meta estructura Mágico religiosa donde la transferencia ontológica es la base de la cibernética de tercer orden y en ella se logra la sintransferencia del en sí y del para sí.

 

Y esta comprensión es una revelación e inspiración divina, Mareategui describe a grandes rasgos la conquista y colonialidad del Perú y creemos que acierta, no hay una verdadera evangelización en parte porque el catolicismo ha perdido su fuerza, luego de la mística carmelita pareciera lo católico haberse quedado sin espíritu y los indios perdiendo suajayu su alma colectiva en la conquista están como muertos y es que individualmente son nada, una nada que no encuentra su ser profundizando la herida ontológica de la caída del cosmos.

¿Qué  hacer?

Recrear los espíritus, mediar para que se den las comprensiones y se alcancen las sabidurías uniformes, multi formes, omni formes , nulli formes, de mediación formal y no formal y de coincidencia de la forma y la no forma, este es un trabajo difícil por no decir imposible que solo se logra con Dios y en Dios pasando por su negación por una apostasía radical para luego encontrar a Dios en esa negación, más solo así se hará posible  la religación , el reencuentro la sanación del ajayu y es en esa alma colectiva que se hace posible el comunismo y en  el comunismo la sintransferencia del en sí y del para si en una  comunión Santa.