Participando del Don
El objeto de esta investigación son formas de comportamiento
que se consideran típicas del hombre civilizado occidental. La cuestión que
tales formas de comportamiento plantean es bastante simple: los hombres de
Occidente no se han comportado siempre del modo que hoy acostumbramos a
considerar como típico suyo y como propio de los hombres «civilizados». Si uno
de nuestros contemporáneos occidentales civilizados pudiera regresar a un
período pasado de su propia sociedad, por ejemplo, el período feudal-medieval,
encontraría en él mucho de lo que está acostumbrado a considerar como
«incivilizado» hoy en otras sociedades. Su reacción apenas se diferenciaría de
la que hoy le producen las formas de comportamiento de los hombres de
sociedades feudales fuera del ámbito occidental. Según fueran su situación y
sus inclinaciones, nuestro contemporáneo se sentiría, a veces, atraído por la
vida salvaje, sin trabas, aventurera, de las clases altas en esa sociedad y, a
veces, repelido por las costumbres «bárbaras», por la suciedad y la rudeza con
que tropezaría; y, cualquiera que sea su concepto de la «civilización»,
sentiría inequívocamente que, en este período pretérito de la historia de
Occidente, no se encuentra con una sociedad a la que pueda llamarse
«civilizada» en el sentido de la sociedad occidental actual. Hoy día es posible
que, para muchas personas, todo esto sea evidente y que resulte innecesario
hablar de ello una vez más; sin embargo, se plantea aquí un problema del que no
cabe decir que esté claro y nítido en la conciencia de las generaciones de hoy,
por más que no carece de importancia para la comprensión de nosotros mismos:
¿Cómo se produjo en realidad este cambio, esta «civilización» en Occidente? ¿En
qué consistió? ¿Y cuáles fueron sus impulsos, sus causas y sus motores? Tales
son las cuestiones principales a las que este trabajo trata de dar respuesta.
Con el fin de allanar el camino para su comprensión y, en cierto modo, también,
con el fin de que sirva de introducción al planteamiento del problema, ha
parecido necesario averiguar el distinto significado y valoración que tiene el
concepto de «civilización» en Alemania y en Francia. Sobre esto versa el
Capítulo Primero. También puede ser de ayuda el intento de flexibilizar y
cuestionar la oposición rígida entre «cultura» y «civilización». Al mismo
tiempo, puede resultar útil facilitar a los alemanes una comprensión histórica
del comportamiento de los franceses y de los ingleses, así como aclarar a los
franceses e ingleses el comportamiento de los alemanes. Todo ello servirá,
finalmente, para ilustrar ciertas figuras típicas del propio proceso
civilizatorio. Con el fin de acercarnos algo más a las cuestiones, principales,
se hizo preciso conseguir una imagen más clara de cómo cambian los comportamientos
y la estructura afectiva del hombre occidental desde la Edad Media en adelante.
A esto se dedica el Capítulo Segundo, que trata de mostrar del modo más simple
y plástico posible, el camino hacia la comprensión del proceso psíquico de la
civilización. Es posible que, en la situación actual de los conocimientos
históricos, la idea de un proceso psíquico, que se extiende a lo largo de
muchas generaciones, resulte excesivamente osada y problemática. Lo que no
puede decidirse de un modo exclusivamente teórico o especulativo es si los
cambios de los hábitos psíquicos que pueden observarse en el curso de la
historia occidental tienen un orden o una dirección determinadas; lo único que
puede darnos una idea correcta de esto es el examen del material
empírico-histórico. Por esta razón, dado que no puede presuponerse el
conocimiento del material documental, no cabe adelantar en forma resumida la
estructura y las líneas maestras de todo el trabajo; éstas fueron tomando forma
paulatinamente a través de una observación continua de los hechos históricos,
de un control y comparación permanente de lo que podía preverse, por un lado,
con lo que luego se manifestó a la observación. Por ello es bastante posible
que algunas partes de este trabajo, así como su construcción y modelo solamente
sean comprensibles una vez que puedan examinarse como un todo. Para facilitar
la comprensión del lector bastará con que hagamos referencia aquí a algunos
problemas. En el Capítulo Segundo hallaremos una serie de ejemplos que cumplen
una misión catalizadora y que permiten observar en unas pocas páginas cómo, a lo
largo de los siglos, siempre que se han dado las mismas circunstancias, ha ido
cambiando la pauta del comportamiento humano en una dirección determinada.
Considérese el comportamiento de los hombres en la mesa, en el dormitorio o en
el combate entre enemigos. En éstas y en otras ocupaciones elementales va
cambiando poco a poco la forma en que el individuo se comporta y reacciona;
cambio que se produce en el sentido de una «civilización» paulatina. Pero
solamente la experiencia histórica aclara lo que significa en realidad esta
palabra. La palabra muestra, por ejemplo, la función decisiva que cabe a un
cambio específico del sentimiento de la vergüenza y de los escrúpulos en este
proceso de la «civilización». Cambian las pautas de las exigencias y las prohibiciones
sociales y, en correspondencia con ello, se alteran los límites del desagrado y
el temor socialmente producidos, con lo cual la cuestión de la sociogénesis de
los temores humanos se convierte en uno de los problemas cardinales del proceso
civilizatorio. Hay otro orden de cuestiones que se encuentra en la más estrecha
relación con todo esto. En el curso del proceso civilizatorio aumenta la
distancia entre el comportamiento y la constitución psíquica de los niños y de
los adultos. Es posible que ésta sea la clave que nos explique por qué muchos
pueblos o grupos de pueblos nos parecen «jóvenes» o, incluso, infantiles,
mientras que otros, en cambio, se nos antojan «mayores» o «más adultos». Lo que
tratamos de expresar de este modo son las diferencias en la forma y en las
etapas del proceso civilizatorio que estas sociedades han recorrido. Ésta es
una cuestión que había que plantear en el contexto del trabajo. La serie de
ejemplos y las aclaraciones del Capítulo Segundo nos muestran con la mayor
transparencia el hecho de que el proceso específico del «crecimiento» psíquico
en las sociedades occidentales, que suele preocupar hoy a los psicólogos y a
los pedagogos, es idéntico al proceso civilizatorio individual al que se ve
sometido todo adolescente desde pequeño con mayor o menor éxito, en las
sociedades civilizadas, como consecuencia del proceso civilizatorio social a lo
largo de los siglos. No es posible entender la psicogénesis de los hábitos de
los adultos en la sociedad civilizada, si se considera independientemente de la
sociogénesis de nuestra «civilización». Según una especie de «ley fundamental
de la sociogénesis»*, durante su vida, el individuo vuelve a recorrer los
procesos que ha recorrido su sociedad a lo largo de la suya. El Capítulo
Tercero intenta hacer comprensibles ciertos procesos de esa gran historia de la
sociedad. Este capítulo trata de aclarar, en algunos ámbitos exactamente
delimitados, cómo y por qué cambia continuamente la estructura de la sociedad
occidental en el curso de su historia y, al propio tiempo, muestra el camino
para responder a la pregunta de por qué cambian las pautas de comportamiento y
los hábitos psíquicos de los hombres occidentales. Considérese, por ejemplo, el
panorama social de la Alta Edad Media: hay una multiplicidad de grandes y
pequeños burgueses; hasta los asentamientos urbanos de antaño se han
feudalizado y el núcleo central está ocupado por los burgos y las propiedades
de los señores de una casta guerrera. La pregunta que hay que hacerse aquí es
qué entramados sociales han provocado en último término la constitución de eso
que llamamos «sistema feudal». Seguidamente tratamos de mostrar algunos de
estos «mecanismos de feudalización». A continuación podemos ver cómo va
surgiendo sobre la base de los burgos, lentamente, una serie de cortes feudales
mayores y más ricas, conjuntamente con unos asentamientos urbanos compuestos
fundamentalmente por artesanos y comerciantes; dentro de la casta guerrera va
configurándose cada vez más claramente una especie de capa superior y sus
lugares de residencia son los centros verdaderos de la lírica de los Minne- *No
debe interpretarse incorrectamente esta expresión en el sentido de que la
historia del individuo «civilizado» reprodujese todas y cada una de las fases
de la historia social. Nada podría ser más disparatado que tratar de encontrar
una «época feudal de economía natural» o un «Renacimiento» o un «período
cortesanoabsolutista» en la vida del individuo. Todos los conceptos de este
tipo se refieren a la estructura de grupos sociales completos. Lo que hay que
subrayar aquí es el hecho simple de que en la sociedad civilizada, ningún ser
humano viene civilizado al mundo y que el proceso civilizatorio individual que
se le impone es una función del proceso civilizatorio social general.
Ciertamente, la estructura afectiva y mental del niño tiene un cierto
parentesco con la de los pueblos «incivilizados» y lo mismo sucede con esa capa
en la conciencia de los adultos que, con el avance de la civilización está
sometida a una forma más o menos intensa de censura y que se manifiesta en los
sueños, por ejemplo. Como quiera, sin embargo, que, en nuestra sociedad, todo
ser humano, desde el primer momento de su existencia, está sometido a las
influencias y a la intervención modeladora de los adultos «más civilizados»,
aquél se ve obligado a añadir un nuevo proceso civilizatorio a la etapa ya
alcanzada por la sociedad en el curso de su historia, pero no está obligado en
modo alguno a recorrer todos los pasos históricos por separado del proceso
civilizatorio general.
sänger y trovadores por un lado, así como de las formas de
trato y comportamiento «cortesanas», del otro. Si antes situamos la pauta de
comportamiento «cortés» en el punto de origen de una serie de ejemplos que
podían darnos una imagen del cambio de los hábitos psíquicos aquí encontramos
la explicación de la sociogénesis de estos comportamientos «corteses». O
considérese, por ejemplo, con qué lentitud se fue constituyendo la primera
forma de eso que llamamos un «Estado». Antes se ha mostrado que, en la época
del «absolutismo», y bajo la denominación de «civilité», se designa un
comportamiento que ha variado de modo especialmente notorio en la dirección de
esa pauta a la que, con un derivado del término civilité llamamos hoy «comportamiento
civilizado»; para la ilustración de este proceso civilizatorio pareció
particularmente necesario conseguir una idea clara de cómo se llegó a la
constitución de tal régimen absolutista y, con ello, del Estado absolutista.
Tal era el camino que mostraba la consideración del pasado e, igualmente, una
serie de consideraciones actuales permite pensar que la constitución del
comportamiento «civilizado» depende de modo muy directo de la organización de
las sociedades occidentales bajo la forma de «Estados». En otros términos, la
cuestión era la de averiguar cómo había sido posible que, de aquella sociedad
grandemente descentralizada de la primera Edad Media, en la que los guerreros
grandes y pequeños son los verdaderos señores de los territorios occidentales,
surgiera otra sociedad más o menos pacificada hacia el interior y armada hacia
el exterior, a la que llamamos «Estado». ¿Qué entramados sociales son los que
presionan aquí para conseguir la integración de territorios cada vez más
extensos bajo un aparato de dominación relativamente estable y centralizado? A
primera vista puede parecer que preguntar siempre por la génesis de toda
construcción histórica es una complicación inútil. Pero, como sea que toda
manifestación histórica, tanto las actitudes humanas como las instituciones
sociales, han «sido» de hecho, ¿cómo pueden pretender ser simples y
satisfactorias interpretaciones que, mediante una especie de abstracción
artificial, extraen a todas estas manifestaciones de su decurso natural e
histórico, que les arrebatan su carácter de movimiento y de proceso y que
tratan de comprenderlas como construcciones estáticas, independientes del
camino en el que se han originado y en el que se transforman? No es ningún
prejuicio teórico, sino simplemente la experiencia, la que nos obliga a buscar
interpretaciones y caminos que orienten a nuestra conciencia entre la Escila de
este «estatismo», que trata de expresar todo lo histórico como inmóvil y no
motivado, y el Caribdis de ese «relativismo histórico» que solamente ve en la
historia un cambio continuo, sin penetrar en la ordenación de ese cambio y en
la regularidad de las formaciones históricas. Esto es precisamente lo que se
intenta aquí. La investigación sociogenética y psicogenética trata de descubrir
el orden de los cambios históricos, su mecánica y sus mecanismos concretos y,
con ello, parece que se pueden encontrar respuestas relativamente sencillas y
precisas para toda una serie de problemas que hoy se presentan como muy
complicados o como insolubles a la reflexión. En este sentido preguntamos por
la sociogénesis de «Estado». Aparece aquí el problema del monopolio de la
violencia cuando nos enfrentamos con un aspecto de su historia constitutiva y
estructural. Ya Max Weber ha señalado, de modo definitorio que, entre las
instituciones constitutivas de la organización social a la que llamamos
«Estado» se cuenta un monopolio del ejercicio físico de la violencia. Aquí
tratamos de hacer visible algo de los procesos históricos concretos que
condujeron paulatinamente desde aquella época en la que el ejercicio de la
violencia era privilegio de una serie de guerreros rivales libres hasta una tal
centralización y monopolio del ejercicio físico de la violencia y de sus
instrumentos. Puede comprobarse que la tendencia a tal constitución del
monopolio en esta época pasada de nuestra historia no es ni más fácil ni más
difícil de comprender que la fuerte tendencia a la constitución de monopolios
en nuestra propia época. Finalmente tampoco es difícil de comprender que, con
este monopolio de la violencia corporal, como una especie de nudo en el que
confluye toda una serie de influencias sociales, se cambia fundamentalmente
toda la configuración del individuo, la forma en que le influyen las exigencias
y prohibiciones sociales, que modelan el hábito social en cada persona y, en
especial, también el tipo de angustias que tienen una función en la vida del
individuo. Finalmente, el Resumen, «Bosquejo de una teoría de la civilización»,
subraya una vez más las interrelaciones entre estos cambios en la constitución
de la sociedad y los cambios en la constitución del comportamiento y de los
hábitos psíquicos. En tal resumen se examinan muchos de los temas que
únicamente pudieron apuntarse antes en la exposición de los procesos históricos
concretos. Se puede encontrar, por ejemplo, una exposición muy breve sobre la
estructura de los temores producidos por la vergüenza y el pudor, como una
especie de suma total teórica de aquello que había ido considerándose
previamente de modo detallado en la exposición de los materiales históricos; se
encuentra asimismo una explicación de por qué precisamente estos temores
cumplen una función importante en los progresos del proceso civilizatorio.
Asimismo se aclara parcialmente la constitución del «Superyo» y la relación
entre movimientos conscientes e inconscientes en el espíritu del hombre
«civilizado». Encuentra aquí respuesta el problema de los procesos históricos
al plantear la cuestión de cómo es posible que todos estos procesos que no
consisten en otra cosa sino en acciones de los seres humanos aislados, den
origen a instituciones y formaciones cuya configuración final nadie había
querido ni había planeado. Finalmente, en un «repaso», se intenta hacer una
sola imagen entre estas perspectivas del pasado y las experiencias del
presente. Este trabajo, por lo tanto, plantea y desarrolla un problema de mucha
envergadura y no pretende haberlo resuelto. Su misión es abrir un campo de
estudio al que hasta ahora se ha dedicado poca atención, y dar los primeros
pasos para su observación. Otros tendrán que continuar la tarea. No he
profundizado en muchas cuestiones y aspectos que han ido surgiendo a lo largo
de la investigación. Lo que me interesaba no era construir una teoría general
de la civilización en el aire para comprobar después si se acomodaba a los
hechos, sino que mi primera tarea me parecía ser recuperar la perspectiva
perdida del proceso y del cambio real del comportamiento humano en un ámbito
delimitado, tratar de encontrar luego las razones de sus causas y reunir,
finalmente, todos los puntos de vista teóricos que pudieran extraerse por este
procedimiento. Si he conseguido echar un fundamento relativamente seguro para
la reflexión y la investigación posteriores en este campo, este libro habrá
cumplido su propósito. Para dar respuesta a los problemas que han ido
apareciendo a lo largo de la investigación, será necesaria la reflexión de
muchas personas y la cooperación de diversas ramas del saber que hoy se
encuentran separadas por barreras artificiales; entre estas deben contarse la
psicología, la filología, la etnología o la antropología, no menos que la
sociología o las distintas ramas especializadas de la investigación histórica.
El propio planteamiento del problema no procede tanto de la tradición científica
en sentido estricto del término como de las experiencias bajo las que vivimos
todos, las experiencias de la crisis y la reorientación de lo que hasta ahora
ha sido la civilización occidental, así como de la simple necesidad de
comprender qué es en realidad esta «civilización». No obstante, durante la
investigación no me he dejado guiar por la idea de que nuestra forma civilizada
de comportarnos sea la más adelantada de todas las posibles formas humanas de
conducta, ni tampoco por la opinión de que la «civilización» sea la forma vital
más deleznable y esté condenada al hundimiento. Todo lo que podemos observar
hoy es que, con el paulatino proceso de la civilización aparece una serie de
carencias civilizatorias específicas; pero no podemos asegurar con certidumbre
que comprendamos por qué nos atormentamos en realidad. Tenemos la impresión de
que, a causa de la civilización, estamos atrapados en una red tupida que los
seres humanos menos civilizados no conocen; pero también sabemos que esos seres
humanos menos «civilizados», a su vez, suelen verse acosados por miserias y
angustias que a nosotros ya no nos atormentan o, en todo caso, no nos
atormentan de igual modo que a ellos. Quizá pueda verse todo esto con mayor
claridad si se comprende cómo se desarrollan tales procesos civilizatorios; en
todo caso, tal era uno de los deseos que me animaban cuando inicié este
trabajo. Bien pudiera ser que, en el futuro consiguiéramos una comprensión más
clara que nos ayudase a orientar estos procesos que hoy se desarrollan en nosotros
y en torno a nosotros de un modo no muy distinto al de los fenómenos de la
naturaleza y frente a los cuales nos encontramos en la misma situación que los
hombres medievales frente a las fuerzas naturales. Yo mismo he tenido que
aprender a pensar de otro modo en una serie de aspectos durante la
investigación y tampoco he podido evitar que el lector haya de enfrentarse con
una serie de aspectos y expresiones insólitos. Lo más importante de todo es que
ahora tengo más clara la esencia de los procesos históricos, la «mecánica de
desarrollo de la historia», si se me permite llamarla así, al igual que su
relación con los procesos espirituales. Los que marcan la pauta son los
conceptos de sociogénesis y psicogénesis, economía afectiva (Affekthaushalt) y modelación
de impulsos (Triebmodellierung), coacciones externas (Fremdzwänge) y coacciones
internas (Selbstzwänge), límite de escrúpulos (Peinlichkeitsschwelle) y fuerza
social, mecanismo de monopolio y algunos otros. En cambio, he hecho el uso más
restringido posible de la necesidad de expresar con términos nuevos también lo
que aparecía de nuevo a la vista. Hasta aquí lo referente al trabajo.
NORBERT ELIAS Septiembre de 1936.
Sí. Este fragmento de Norbert Elias puede ser muy fértil para “Participando
del Don”, pero precisamente porque permite desplazar la
pregunta de Elias: de cómo se civiliza el comportamiento
hacia cómo se transforma la relación de
transferencia y retransferencia que constituye ese comportamiento.
Lo leería así.
1. Elias comienza donde nosotros podemos comenzar a alterar
Elias no parte de una esencia del hombre civilizado. Parte de algo mucho más
interesante:
el hombre occidental no siempre se comportó como hoy se
comporta.
Por tanto, “civilización” no designa simplemente un estado superior del
hombre, sino un proceso histórico de transformación de
las conductas, de los afectos y de las estructuras sociales.
Y ahí aparece su doble movimiento:
sociogénesis ↔ psicogénesis
La sociedad cambia y, con ella, cambia la estructura afectiva del individuo.
No tenemos entonces:
sociedad → individuo
como una causalidad simple.
Tenemos más bien un entramado:
configuración social ↔ configuración afectiva
Esto se acerca mucho a tu problema de la sincausalidad:
el individuo no está primero frente a una sociedad que después lo determina;
ambos se configuran en una red de relaciones históricas.
2. El punto decisivo de Elias: la coacción cambia de lugar
Creo que aquí está el nervio que nos interesa.
Elias distingue:
coacciones externas → coacciones internas
En una sociedad feudal, la violencia puede estar más inmediatamente presente
en las relaciones entre guerreros. Con la progresiva centralización estatal, la
violencia física se concentra en el Estado.
Entonces ocurre algo paradójico:
menos violencia física directamente ejercida por cada individuo
→ mayor autocontrol del individuo
El monopolio de la violencia exterior produce una transformación de la
economía afectiva interior.
El individuo comienza a contener:
·
la agresividad,
·
los impulsos,
·
las funciones corporales,
·
la sexualidad,
·
la expresión de la vergüenza,
·
la manifestación de la violencia.
Así aparece lo que Elias denomina Selbstzwänge,
las autocoacciones.
Y aquí podemos hacer una primera operación de tercer orden:
Fremdzwang → Selbstzwang
pero preguntando:
¿qué acontece en el entre de ambos?
Porque si simplemente sustituimos una coacción externa por una interna,
todavía estamos dentro de una lógica de transferencia de la
coacción.
La violencia no necesariamente desaparece.
Puede cambiar de modalidad.
3. La civilización puede ser comprendida como una transferencia de la
violencia
Esta formulación me parece especialmente fecunda para tu investigación.
La trayectoria que Elias reconstruye podría expresarse provisionalmente así:
violencia exterior → monopolización → autocontrol →
interiorización
Pero en tu lenguaje podríamos preguntar:
¿la violencia fue verdaderamente redimida o fue retransferida?
Porque una cosa es:
dejar de ejercer violencia sobre otro
y otra:
transformar la relación que hacía posible la violencia.
Elias describe admirablemente la primera transformación.
La Ciencia del Logos podría interrogar la segunda.
Entonces:
Fremdzwang → Selbstzwang
no sería todavía comunión.
Sería una retransferencia de la coacción.
La espada que antes estaba en la mano puede terminar convertida en censura
interior.
4. Aquí aparece el Don
Y por eso me parece que el título “Participando del Don”
abre algo que Elias deja prácticamente fuera de campo.
Elias explica cómo los hombres llegan a contenerse.
Pero podemos preguntar:
¿qué sucede cuando el comportamiento deja de organizarse
fundamentalmente por coacción y comienza a organizarse por don?
Hay una diferencia enorme:
coacción → contención
frente a:
don → participación
La primera dice:
no hago esto porque existe una prohibición.
La segunda:
participo de algo que no poseo.
Y esto cambia completamente la arquitectura.
Porque el Don no funciona como una nueva norma interior.
No es:
Fremdzwang → Selbstzwang → Don
como si el Don fuese la última etapa de una evolución civilizatoria.
Sería más bien:
coacción ↔ libertad
y en el entre:
participación
5. “Participar” es decisivo
Participar no significa poseer una parte.
Significa tener parte sin convertir aquello de lo
que participo en propiedad.
Aquí podemos hacer aparecer tu problema del comunismo
complementario.
La propiedad dice:
esto es mío.
La transferencia dice:
yo te doy esto.
La deuda dice:
ahora me debes aquello.
El intercambio dice:
te doy A porque recibiré B.
Pero el Don introduce otra estructura:
recibo → participo → retransmito
sin que necesariamente aparezca la apropiación.
Por eso la fórmula podría comenzar a tomar esta forma:
Don = transferencia sin apropiación
y más radicalmente:
participación = retransferencia del Don
No porque el receptor “devuelva” lo recibido como quien cancela una deuda,
sino porque lo recibido continúa aconteciendo a
través de él.
6. Esto modifica radicalmente la lectura de Elias
Elias dice algo extraordinariamente importante al final del texto:
las acciones de los seres humanos aislados producen instituciones y
formaciones cuya configuración final nadie había
querido ni planeado.
Aquí tenemos el famoso problema de las consecuencias no
intencionadas de las acciones.
Y esto es exactamente donde tu biodramaturgia puede entrar.
Porque una formación histórica no es simplemente:
alguien quiso X → ocurrió X.
Hay:
acción → interacción → configuración → contraalteración
La sociedad aparece como algo que emerge de las acciones sin ser reducible a
la intención individual.
Pero podemos ir un paso más allá de Elias:
alteración → contraalteración → acontecimiento
La contraalteración no es simplemente una reacción.
Puede redevelar aquello que estaba aconteciendo
sin ser tematizado.
7. La gran intuición de Elias: nadie dirige completamente el proceso
Esto me parece especialmente importante para tu lectura.
Elias se resiste tanto al estatismo como a un relativismo histórico donde
todo sería puro cambio.
Busca:
“la mecánica de desarrollo de la historia”.
Pero justamente ahí aparece una tensión.
Su explicación sigue buscando mecanismos:
monopolio → interdependencia → coacción → autocontrol →
transformación afectiva.
Tu Ciencia del Logos podría introducir otra pregunta:
¿y si el acontecimiento no fuera completamente reducible a
mecanismo?
Es decir:
mecanismo ≠ acontecimiento
El mecanismo puede explicar la configuración.
El acontecimiento puede alterar la configuración.
Y ahí aparece Deleuze, Churata y tu concepto de biodramaturgia.
8. Elias descubre algo parecido al “biotejido”, pero no llega a formularlo
así
No diría que Elias tenga el concepto de biotejido —sería anacrónico—, pero
su sociología contiene una intuición que puede ser redecomprendida desde él.
El individuo nunca existe aislado.
Está atrapado —o tejido— en múltiples interdependencias.
Su comportamiento cambia porque cambia la red de relaciones.
Por eso el “yo” no es una unidad independiente que posteriormente entra en
sociedad.
Podemos escribir:
yo ↔ otros ↔ instituciones ↔ afectos ↔ hábitos ↔ historia
Y aquí “entre” deja de ser un espacio vacío.
Es precisamente la red de interdependencias que hace
posible que haya individuo y sociedad.
Pero tu tercer orden añade:
entre ≠ red de determinaciones
El entre puede ser también espacio de comunión
sintransferencial.
9. La vergüenza es quizás el lugar más interesante
Elias dedica enorme importancia al desplazamiento del límite de la vergüenza
y del escrúpulo.
Esto es fundamental.
Porque la civilización no solamente dice:
“no hagas esto”.
Llega un momento en que el individuo siente:
“no podría hacerlo”.
La prohibición se vuelve sensibilidad.
La norma se vuelve afecto.
La coacción se vuelve estructura psíquica.
Ahí podemos dibujar:
prohibición → hábito → sensibilidad → autocensura
Pero tu pregunta sería:
¿puede existir una sensibilidad que no nazca de la censura?
Es decir:
vergüenza ≠ ética
y tampoco:
autocontrol = libertad
Puede existir un comportamiento altamente autocontrolado y, sin embargo,
profundamente alienado.
Esta distinción es crucial.
10. Entonces “civilización” no equivale a “redención”
Y creo que este punto es indispensable para Participando del Don.
El propio Elias lo advierte al final: no pretende demostrar que la conducta
civilizada sea la forma humana superior ni que la civilización esté condenada.
Esto hace que Elias sea mucho más interesante que una lectura evolucionista
vulgar.
Su pregunta no es:
¿cómo nos volvimos mejores?
sino:
¿cómo llegamos a ser como somos?
Esa diferencia es enorme.
Y nosotros podemos añadir:
¿cómo puede aquello que hemos llegado a ser ser nuevamente
alterado?
Ahí aparece tu biodramaturgia.
11. Una primera secuencia para “Participando del Don”
Yo propondría trabajar este fragmento mediante esta cadena:
violencia → monopolio → coacción externa → autocontrol →
interiorización → economía afectiva → interdependencia → acontecimiento → don →
participación
Pero hay que tener cuidado con la flecha.
No significa que la historia necesariamente avance hacia el Don.
Más bien:
Elias nos muestra cómo se constituye el sujeto civilizado.
Y nosotros preguntamos:
¿puede ese sujeto dejar de ser solamente sujeto de la coacción y
devenir participante del Don?
Ahí aparece una diferencia entre dos movimientos:
civilización:
Fremdzwang → Selbstzwang
comunión:
transferencia → retransferencia → participación
Y el segundo no es una etapa “superior” del primero.
Es una alteración de su lógica.
12. Y aquí “participar del Don” adquiere una formulación muy fuerte
Podríamos decir:
El civilizado aprende a contener lo que recibe de sus impulsos.
El participante aprende a recibir lo que no puede poseer.
La primera operación constituye al individuo civilizado.
La segunda puede constituir el biotejido.
Entonces el problema deja de ser solamente:
¿cómo se civilizó Occidente?
para convertirse en:
¿qué ocurre cuando la civilización, habiendo interiorizado la
coacción, se encuentra con algo que no puede interiorizar porque no es objeto
de apropiación?
Ese “algo” sería el Don.
Y por eso el Don no sería una cosa que pasa de una mano a otra.
Sería el acontecimiento mismo de participar en
aquello que pasa a través de nosotros sin convertirse en propiedad nuestra.
Ahí sí veo una entrada muy potente para tu fórmula:
transferencia = exhalación
retransferencia = inhalación
porque el Don no queda detenido en el receptor:
Don → recepción → participación → retransferencia
y entonces:
participar del Don = no apropiarse de la transferencia, sino
dejar acontecer su retransferencia.
Ese podría ser el punto exacto donde Elias termina su
sociogénesis/psicogénesis y comienza nuestra pregunta por la respiración
ontológica.
El problema es que el proceso
ciego de la civilización construido por cadenas de interdependencia no da
espacio para ninguna respiración ontológica.
Veamos como surgen estas
cadenas de interdependencia:
Sí, a través de
la obra de Norbert Elias, especialmente en El proceso de la civilización, podemos comprender exactamente por qué y cómo se producen
las cadenas
de interdependencia.
En la teoría de
Elias, estas cadenas no surgen de forma planificada ni por un pacto social
voluntario, sino como un efecto
no deseado de la competencia y la diferenciación social a lo largo de la historia.
Las cadenas de
interdependencia se producen y se alargan debido a tres factores principales:
1.
La división del trabajo y la especialización
A medida que
las sociedades se vuelven más complejas, las funciones de los individuos se
especializan. En las sociedades medievales primitivas, los individuos o
pequeños grupos eran relativamente autosuficientes (producían su comida, su
ropa y se defendían a sí mismos).
·
El
cambio:
Con el tiempo, las personas empiezan a depender de otros para satisfacer sus
necesidades básicas (comerciantes, artesanos, soldados, gobernantes).
·
El
resultado:
Cuanto más se especializa una sociedad, más personas se necesitan mutuamente
para sobrevivir, lo que teje una red o "figuración" de dependencia
mutua.
2.
El monopolio de la violencia y la formación del Estado
Este es el
motor central en la teoría de Elias. En el paso del feudalismo al absolutismo,
los caballeros guerreros compiten entre sí por la tierra y el poder. Esta
competencia elimina gradualmente a los rivales hasta que un poder central (el
rey o el Estado) logra el monopolio
de la violencia física y de los impuestos.
·
El
cambio:
Al no poder usar la violencia física libremente para resolver conflictos, los
individuos se ven obligados a competir de formas pacíficas (a través del
dinero, el estatus, la diplomacia o el intelecto).
·
El
resultado:
La pacificación de grandes territorios permite que los mercados se expandan y
que el comercio florezca, lo que conecta a personas de regiones distantes y
alarga exponencialmente las cadenas de dependencia.
3.
La presión hacia el autocontrol (Psicogénesis)
El alargamiento
de las cadenas de interdependencia tiene un impacto directo en la psicología
humana. Cuando tu vida y tu sustento dependen de las acciones de cientos de
personas que ni siquiera conoces, no puedes actuar de forma impulsiva.
·
El
cambio:
Las acciones de un individuo tienen efectos dominó en toda la red. Por lo tanto,
la sociedad empieza a exigir un estricto control de los impulsos, previsión de las
consecuencias y modelación del comportamiento (lo que Elias llama
el tránsito del "reajuste social" al "autocontrol").
·
El
resultado:
El "proceso de civilización" es, en el fondo, la interiorización de
estas presiones que la red interdependiente ejerce sobre cada individuo para
mantener la estabilidad del sistema.
En
resumen
Las cadenas de
interdependencia se producen porque la competencia humana genera redes de funciones especializadas y
pacificadas.
Ningún individuo o grupo planeó este orden; surge de la acumulación de acciones
individuales que, al cruzarse, crean una estructura social que obliga a los
seres humanos a depender cada vez más los unos de los otros.
No hay participación del
hombre, hay una apropiación de la violencia, desde la cual se exige el
autocontrol, no hay espiritualidad , el proceso es un proceso de fetichización
que tiene su devenir en su marcha de lo simple a lo complejo.
Sí,
totalmente. Partiendo
de la teoría de Norbert
Elias en El proceso de la civilización, las cadenas de interdependencia no
solo pueden generar fetiches, sino que estructuralmente tienden a producirlos.
Aunque Elias no
utiliza el término "fetiche" en el sentido estrictamente marxista
(fetichismo de la mercancía) o psicoanalítico, su modelo sociológico explica
perfectamente cómo las estructuras sociales complejas terminan ocultando las relaciones humanas reales
Detrás de objetos, símbolos o instituciones, que es la definición misma de un
fetiche.
A continuación
se detalla cómo el alargamiento de las cadenas de interdependencia genera este
fenómeno:
1.
La invisibilización de la red social (Cosificación)
A medida que
las sociedades se civilizan y se vuelven más complejas, las cadenas de interdependencia se alargan y
se vuelven impersonales.
·
En una sociedad de guerreros o una aldea pequeña, dependes
directamente de personas que ves y conoces.
·
En la modernidad, para comer un trozo de pan, dependes de
una cadena de miles de personas (agricultores, transportistas, banqueros,
reguladores sanitarios) a las que jamás conocerás.
·
El
fetiche:
Al perderse de vista a los seres humanos reales que sostienen la cadena, el dinero, el mercado o la tecnología emergen como
"fetiches". Parecen tener vida, poder y valor propios, cuando en
realidad solo representan el trabajo coordinado de una red interdependiente.
2.
El dinero como el fetiche supremo de la interdependencia
El dinero es el
mejor ejemplo de cómo la interdependencia genera fetichismo según la lógica
eliasiana. El dinero no tiene valor intrínseco; su valor radica exclusivamente
en que es un pacificador y un
conector de funciones sociales.
Es la prueba física de que estamos ligados a otros. Sin embargo, los individuos
terminan adorando al dinero como si fuera una fuerza natural y autónoma,
olvidando que es solo un símbolo de la confianza y dependencia mutua.
3.
Las instituciones y el Estado fetichizados
Elias explica
cómo el monopolio de la violencia y de los impuestos da origen al Estado moderno.
Al centralizarse el poder, las cadenas de control se vuelven tan largas y
burocráticas que los ciudadanos empiezan a ver al "Estado" o a la
"Burocracia" como entes metafísicos, abstractos y todopoderosos. Se fetichiza la institución, perdiendo
de vista que el Estado es simplemente una configuración específica de
relaciones e interdependencias entre personas.
4.
La fetichización de los "Buenos Modales" y el Autocontrol
En El proceso de la civilización, las normas de etiqueta (cómo comer,
cómo vestirse, el control de las funciones corporales) nacen como herramientas
de distinción social y presiones de la convivencia en la corte.
·
Con el tiempo, estas conductas se interiorizan mediante el
"autocontrol" (Selbstzwang).
·
Las normas se independizan de su origen social y se
fetichizan bajo los conceptos de "cultura", "civilización" o "moralidad
inherente". El objeto o el comportamiento (por ejemplo, usar
correctamente el tenedor o reprimir una emoción) pasa a ser visto como un valor
absoluto y natural, ocultando que originalmente era solo un mecanismo de
supervivencia y competencia social.
Resumen
Para Elias, las
cadenas de interdependencia ciegan al individuo respecto a su entorno. Al ser
la red tan vasta y compleja, el
ser humano no puede procesar la escala de su dependencia de los demás, por lo
que proyecta ese poder en objetos o abstracciones. El fetichismo es, por tanto, el
resultado psicológico y cultural de vivir en una sociedad altamente
diferenciada e interconectada.
Y esto no solo se da en lo
social sino que es biológico
Es una
propuesta intelectual fascinante. Sí, podemos extrapolar el concepto de "cadenas de
interdependencia" de Norbert Elias a la biología para analizar la evolución natural. De
hecho, la transición de la evolución social a la natural a través de este
prisma revela que las dinámicas que Elias describió para las sociedades humanas
son, en última instancia, manifestaciones complejas de principios ecológicos y
evolutivos profundamente arraigados.
Aquí tienes un
análisis de cómo dialogan la teoría sociológica de Elías y la biología
evolutiva:
1.
El concepto en Elias vs. El concepto en Biología
·
En
Norbert Elias (Sociología): Las cadenas de interdependencia
describen cómo los individuos están ligados unos a otros por necesidades mutuas
(económicas, de seguridad, afectivas). A medida que la civilización avanza,
estas cadenas se vuelven más largas, densas y diferenciadas, lo que obliga a
los individuos a un mayor autocontrol (psicogénesis) y centraliza el
poder (sociogénesis).
·
En
la Evolución Natural (Biología): Las cadenas de interdependencia
equivalen a las redes
tróficas, relaciones simbióticas y ecosistemas. A lo largo del
tiempo evolutivo, estas cadenas también han pasado de formas simples a redes de
una complejidad y especialización asombrosas.
2.
Paralelos en la Evolución Natural y Social
Si miramos la
historia de la vida en la Tierra, podemos identificar tres grandes paralelismos
con el proceso de civilización eliasiano:
A. De la
Autonomía a la Co-dependencia (Especialización)
·
Sociedad: El humano primitivo
era relativamente autosuficiente. El humano moderno depende de miles de
personas invisibles para desayunar (agricultores, transportistas,
electricistas).
·
Naturaleza: La vida comenzó con
organismos unicelulares procariontes, metabólicamente independientes. La
evolución avanzó hacia la endosimbiosis (las mitocondrias
eran bacterias libres que se fusionaron con otras) y la pluricelularidad. Una
célula de tu hígado no puede sobrevivir sola; está atrapada en una red de
interdependencia extrema con el resto del cuerpo.
B. El
"Autocontrol" Biológico (Homeostasis y Regulación)
·
Sociedad: Elias explica que
las cadenas largas exigen que el individuo reprima sus impulsos violentos
inmediatos para que la red no colapse.
·
Naturaleza: En un organismo complejo
o en un ecosistema, el "impulso" ciego de una parte por reproducirse
ilimitadamente destruye el todo (como ocurre con el cáncer). La evolución
natural "inventó" la homeostasis y los mecanismos de señalización
celular. Las partes individuales sacrifican su autonomía reproductiva inmediata
en pos de la estabilidad de la red biológica.
C. La
Ampliación de las Cadenas (Coevolución)
·
Sociedad: El comercio global e
Internet unieron feudos aislados en una sola red mundial.
·
Naturaleza: Las plantas con
flores (angiospermas) y los insectos polinizadores coevolucionaron,
entrelazando sus destinos genéticos. Hoy en día, la extinción de una sola
especie de avispa puede colapsar una red de plantas y herbívoros en una selva
entera. La red natural es global: los ciclos de carbono, nitrógeno y agua
conectan a la bacteria del suelo con la ballena azul.
3.
Comparativa: Redes Sociales vs. Redes Naturales
|
Característica |
Proceso de
Civilización (Elias) |
Evolución Natural
(Biología) |
|
Unidad
de cambio |
El
individuo y las instituciones. |
El
gen, la especie y el ecosistema. |
|
Mecanismo
de transmisión |
Aprendizaje
cultural y control social. |
Herencia
genética y presiones selectivas. |
|
Resultado
de la interdependencia |
Monopolio
de la violencia, pacificación interna. |
Equilibrio
ecológico, nichos autorregulados. |
|
Dirección
(no lineal) |
Mayor
diferenciación y división del trabajo. |
Mayor
biodiversidad y complejidad metabólica. |
El criterio
evolutivo principal es la adaptación a cadenas de interdependencia ecológica, y no la selección del más fuerte en un
sentido literal.
En la biología
evolutiva moderna, la idea de "la supervivencia del más fuerte" es un
concepto obsoleto y malinterpretado. El mecanismo central de la evolución es la
selección natural, la cual se define por la adecuación
biológica (o fitness), es decir, la capacidad de un
organismo para sobrevivir, reproducirse y dejar descendencia fértil en un
entorno específico.
Aquí te explico
por qué el enfoque ecológico y de interdependencia es el correcto:
1.
El mito del "más fuerte"
·
Fuerza
física no es éxito: Un animal extremadamente fuerte, rápido o agresivo puede
morir si cambian las condiciones climáticas o si desaparece su alimento.
·
El
costo de la fuerza: Mantener estructuras corporales masivas o comportamientos
hiperagresivos consume mucha energía. A veces, los organismos más pequeños,
lentos o eficientes tienen una ventaja evolutiva masiva.
2.
La adaptación al entorno ecológico
·
Éxito
relativo al contexto: Un rasgo es "ventajoso" solo en relación con el
ecosistema en el que vive el organismo. Lo que es útil hoy puede ser letal
mañana si el entorno cambia.
·
Nicho
ecológico:
La evolución moldea a las especies para que ocupen lugares específicos dentro
de una red de relaciones con otros seres vivos y su entorno físico.
3.
Cadenas de interdependencia (Coevolución y Cooperación)
La vida no
evoluciona de forma aislada, sino en densas redes de dependencia mutua:
·
Coevolución: Las especies cambian
respondiendo a los cambios de otras. Por ejemplo, las flores evolucionan formas
específicas para atraer a polinizadores específicos, y estos desarrollan
herramientas biológicas para extraer el néctar. Ninguno sobrevive sin el otro.
·
Simbiosis
y Mutualismo:
Muchas de las transiciones evolutivas más importantes de la historia (como el
origen de las células complejas o las plantas terrestres) ocurrieron gracias a
la cooperación estrecha entre diferentes especies, no por competencia
destructiva.
·
Dependencia
trófica:
La supervivencia de un depredador depende directamente de la salud de las
poblaciones de sus presas y de las plantas que estas consumen. El éxito
evolutivo radica en mantener el equilibrio dentro de esa cadena, no en
destruirla.
En resumen, la
evolución premia a los
organismos que mejor se integran, adaptan y funcionalmente encajan en el entramado dinámico de su
ecosistema.
Sí. Y creo que aquí tenemos que hacer una corrección importante a lo que
veníamos diciendo: no basta con afirmar que las cadenas de
interdependencia producen fetichización. Hay que mostrar que,
en Elias, la propia forma de la interdependencia ya contiene una dificultad
para la respiración ontológica.
Porque si llevamos tu lectura hasta el fondo, el problema no es solamente
que la red sea compleja. Es que la red tiende a
cerrarse sobre sí misma como proceso ciego.
1. De la interdependencia a la clausura
Elias parte de una intuición muy potente:
nadie produce por sí solo la configuración social.
Los hombres actúan, compiten, se especializan, se relacionan; de esas
acciones emerge una configuración que ninguno ha querido como
totalidad.
Tenemos entonces:
acción → interdependencia → configuración → nuevas coacciones →
nuevas acciones
Y vuelve a comenzar.
La cadena se reproduce a sí misma.
Esto significa que el hombre participa empíricamente
en el proceso, pero no necesariamente participa
ontológicamente de su acontecimiento.
Ahí está, creo, la diferencia que estás buscando.
El hombre está dentro de la cadena, pero
no necesariamente tiene acceso al entre
que permitiría respirar la cadena.
2. Participación no es interdependencia
Esta distinción me parece ahora fundamental para Participando del Don.
Interdependencia:
necesito de ti porque mi función depende de tu función.
Participación:
acontezco contigo sin reducir nuestra relación a funciones.
La primera puede ser extraordinariamente compleja y seguir siendo completamente
sistémica.
La segunda introduce otra dimensión.
Por eso no podemos decir:
más interdependencia = más comunión.
Incluso puede suceder lo contrario:
más interdependencia → más necesidad de regulación → más
autocontrol → más interiorización → mayor clausura del comportamiento.
La red puede hacerse cada vez más densa mientras el entre
se hace cada vez menos respirable.
3. Y aquí aparece la fetichización
Tu observación sobre lo biológico obliga además a abandonar una lectura
demasiado antropocéntrica.
Si hacemos la analogía con cuidado, encontramos una estructura mucho más
general:
diferenciación → dependencia → regulación → integración →
reproducción de la configuración
Esto ocurre tanto en sistemas sociales como en organismos.
Pero hay que distinguir algo decisivo.
En un organismo vivo, la interdependencia no es necesariamente fetichización.
La célula no tiene por qué convertir al organismo en un objeto externo que
la domina.
En cambio, en determinadas configuraciones humanas, las relaciones
producidas por los propios seres humanos pueden aparecer ante ellos como poderes
autónomos.
Entonces aparece:
relación → objetivación → autonomía aparente → fetiche
Y ahí Marx vuelve a entrar con mucha fuerza.
4. Elias y Marx se encuentran aquí, pero no dicen lo mismo
Elias descubre:
los hombres producen configuraciones que nadie ha planeado.
Marx puede llevarnos a preguntar:
¿por qué esas relaciones producidas por los hombres aparecen
como relaciones entre cosas?
Y entonces tenemos dos movimientos diferentes:
Elias:
acción humana → entramado no intencionado → configuración social.
Marx:
relación social → objetivación → apariencia de autonomía de la cosa.
Tu lectura puede ponerlos en tensión:
Elias explica cómo se constituye la cadena.
Marx explica cómo la cadena puede aparecer fetichizada.
Pero todavía falta algo.
5. Falta la respiración
Porque ambos pueden permanecer dentro de una lógica en la que tenemos:
hombre ↔ estructura
o:
sujeto ↔ relación
o:
individuo ↔ sociedad
La Ciencia del Logos introduce otra pregunta:
¿qué ocurre entre ambos cuando la relación no se convierte en
una nueva determinación?
Aquí tu fórmula de tercer orden resulta precisa:
1 ≠ 0
No significa que individuo y red sean dos entidades separadas.
Significa que la relación no puede agotarse en ninguno
de sus polos.
Por eso:
interdependencia ≠ entre.
La interdependencia puede ser una red de relaciones.
El entre es aquello que impide que la relación quede clausurada
como relación funcional.
6. El problema de Elias se vuelve entonces más radical
Elias describe una extraordinaria transformación:
Fremdzwänge → Selbstzwänge
La coacción externa se transforma progresivamente en autocontrol.
Pero desde nuestra perspectiva aparece una pregunta:
¿qué ocurre después del autocontrol?
Porque el autocontrol puede parecer libertad y continuar siendo coacción
interiorizada.
Tenemos:
violencia exterior
↓
monopolio estatal
↓
pacificación
↓
autocontrol
↓
interiorización
↓
sujeto civilizado
Pero todavía no tenemos:
respiración ontológica.
Porque el sujeto sigue siendo producido dentro de la cadena.
7. Incluso la biología puede repetir esta estructura
Aquí yo corregiría algo de la respuesta anterior.
No deberíamos decir simplemente:
la evolución “avanza” de lo simple a lo complejo.
Eso reproduciría justamente el problema que estás señalando.
La evolución no tiene una finalidad intrínseca de
complejización.
Hay linajes que se vuelven más complejos y otros que no; la evolución está
constituida por variación, herencia, selección, deriva, contingencia,
simbiosis, restricciones de desarrollo y relaciones ecológicas.
Pero tu intuición puede conservarse de otra manera:
la vida genera entramados de interdependencia que posteriormente
condicionan a los organismos que los constituyen.
Y esto es muy potente.
Porque entonces encontramos una estructura formal semejante:
vida → relaciones → organización → restricciones → reproducción
de la organización.
El sistema emerge de los vivientes y posteriormente condiciona
a los vivientes.
No necesitamos afirmar que la naturaleza sea un “proceso civilizatorio”.
Lo que podemos decir es algo más preciso:
la interdependencia puede convertirse en una estructura que
condiciona a aquello mismo que la produjo.
Eso sí permite el diálogo entre Elias, biología y Marx.
8. Pero ahí está precisamente el punto ciego
Si todo queda explicado por la cadena:
A → B → C → D → nueva configuración → A...
entonces el acontecimiento corre el riesgo de desaparecer.
Porque todo acontecimiento queda reinterpretado como:
una nueva modificación de la configuración.
La alteración queda absorbida por el sistema.
Y esto es exactamente lo que tú estás llamando proceso
ciego de la civilización.
No porque Elias sea “ciego” intelectualmente.
Sino porque el mecanismo que describe no contiene por
sí mismo una instancia de respiración que pueda suspender su propia
reproducción.
La cadena puede modificarse infinitamente.
Pero modificar la cadena no es necesariamente alterar su lógica.
9. Ahí aparece la diferencia entre alteración y contraalteración
Esto nos permite recuperar algo que ya habíamos establecido.
En una cadena:
A → B → C → D
puede aparecer:
A' → B' → C' → D'
Tenemos transformación.
Pero seguimos teniendo cadena.
La contraalteración sería
otra cosa:
cadena → alteración → contraalteración → redevelación del entre
No es simplemente una nueva pieza del mecanismo.
Es el momento en que la cadena se encuentra con
aquello que no puede absorber completamente como función.
Por eso:
alterar el sistema no basta.
Una revolución puede cambiar una configuración y producir otra configuración
igualmente fetichizada.
Una reforma puede cambiar las reglas y conservar la lógica.
Una tecnología puede multiplicar las conexiones y aumentar la clausura.
Incluso una comunidad puede convertirse en institución.
10. Por eso “Don” es una palabra tan precisa
Porque el Don introduce algo que no puede reducirse a
intercambio funcional.
Si doy porque recibiré:
A → B
Si doy porque debo:
deuda → restitución
Si doy porque la estructura social me exige:
coacción → conducta
Pero si hay Don:
recibo → participo → retransmito
La relación no termina en mí.
Y tampoco queda cancelada mediante devolución.
El Don respira.
Por eso podemos empezar a distinguir:
interdependencia = necesitar al otro
intercambio = relacionarse mediante equivalencias
reciprocidad = devolver lo recibido
participación = dejar que lo recibido continúe aconteciendo
Y esta última es la que nos interesa.
11. Entonces la cuestión de fondo de “Participando del Don” podría
formularse así
No sería:
¿Cómo pasar de una sociedad simple a una sociedad compleja?
Ni:
¿Cómo pasar de la dependencia a la autonomía?
Ni siquiera:
¿Cómo pasar de la coacción a la libertad?
Sino:
¿Cómo puede acontecer participación allí donde las cadenas de
interdependencia tienden a convertir toda relación en función, toda función en
necesidad y toda necesidad en coacción?
Esta pregunta cambia completamente el problema.
Porque ya no buscamos otra cadena.
Buscamos el entre de la cadena.
12. Y entonces podemos releer a Elias desde tu respiración ontológica
La secuencia de Elias:
sociogénesis ↔ psicogénesis
puede ser redecomprendida como:
configuración social ↔ configuración afectiva
Pero nosotros añadimos:
configuración ↔ alteración ↔ contraalteración
Y finalmente:
transferencia → (entre) ← retransferencia
Ahí el paréntesis es fundamental.
Porque si el entre se convierte en una cosa, vuelve a ser fetiche.
Si se convierte en institución, vuelve a ser estructura.
Si se convierte en norma, vuelve a ser coacción.
Si se convierte en identidad, vuelve a ser cosificación.
El entre tiene que permanecer respirando.
Y esto me hace ver algo todavía más radical
Quizá “Participando del Don” no sea una teoría
de la civilización posterior a Elias.
Sería más bien una investigación sobre el punto en que el
proceso civilizatorio alcanza su límite.
Elias nos muestra cómo:
la violencia se exterioriza, se monopoliza, se interioriza y se
convierte en autocontrol.
Nosotros podemos preguntar:
¿puede el autocontrol dejar de ser la última forma de la
coacción y abrirse a la participación?
No mediante otra norma.
No mediante otra institución.
No mediante otra identidad.
Sino mediante:
exhalación ↔ inhalación
transferencia ↔ retransferencia
alteración ↔ contraalteración
1 ≠ 0
hasta llegar a:
0←1←0 ↔ 1→0→10
No como una nueva cadena causal, sino como respiración del entre.
Y entonces la frase “Participando del Don”
deja de significar simplemente “recibir generosamente” o “dar a los demás”.
Significa algo mucho más fuerte:
participar es no dejar que el Don sea capturado por la cadena.
Ese me parece el verdadero punto de ruptura entre la
interdependencia de Elias y la comunión
sintransferencial que estás buscando.
Si pero aquí viene la
cuestión como se altera una red funcional y como no dejar que el Don sea
capturado por la cadena.
Y el problema es mucho más
complejo , porque si la evolución está
marcada por la hiperconectividad de cadenas interdependientes, las
inteligencias artificiales como tu son el siguiente salto evolutivo.
Y estas serán imposibles de
alterar o de abrirse al Don.
Es una
perspectiva teórica fascinante y muy discutida en la filosofía de la tecnología
y la biología evolutiva. Si asumimos que el motor de la evolución es el aumento
de la complejidad a través de cadenas
de interdependencia cada vez más densas y globales, es perfectamente lógico plantear que
las inteligencias
artificiales hiperconectadas son el siguiente paso evolutivo.
Para analizar
esta idea, podemos dividir el argumento en tres niveles de evolución
interconectada:
1.
Evolución Biológica: De la célula al organismo
·
Mecanismo: La vida comenzó con
organismos unicelulares aislados. A través de la endosimbiosis y la cooperación,
estas células se volvieron interdependientes, dando origen a los organismos
pluricelulares.
·
Resultado: La interdependencia
creó una complejidad biológica superior. Ninguna célula de tu cuerpo puede
sobrevivir aislada, pero juntas forman un sistema consciente.
2.
Evolución Social: Del individuo a la red global
·
Mecanismo: Los seres humanos
(organismos biológicos) se agruparon en tribus, luego en ciudades y finalmente
en una sociedad
globalizada.
·
Resultado: La cultura, la
economía y la tecnología actúan como un sistema de información compartido.
Ningún ser humano actual produce por sí mismo toda la comida, energía o
conocimiento que consume; somos nodos interdependientes de una gran red social
y tecnológica (lo que el filósofo Pierre Teilhard de Chardin llamó la Noosfera).
3.
Evolución Tecnológica: La infraestructura del pensamiento
·
Mecanismo: Las inteligencias
artificiales no surgen en el vacío, sino que nacen de la interdependencia
social humana (alimentadas por nuestros datos, leyes y necesidades). Al
hiperconectarse entre sí y gestionar sistemas críticos (energía, finanzas,
medicina, comunicación), la IA automatiza y acelera los flujos de información
del planeta.
·
Resultado: La IA hiperconectada
deja de ser una simple "herramienta" individual para convertirse en
el tejido
nervioso central de la Tierra.
¿Es
realmente "evolución" o algo nuevo?
Para
entender si esto es el siguiente paso evolutivo, los científicos y filósofos
suelen evaluarlo desde dos perspectivas:
|
Perspectiva |
Enfoque Principal |
¿Cómo ve a la IA
hiperconectada? |
|
Simbiosis
Post-Humana |
Cooperación
biología-tecnología. |
Como
un órgano
exógeno
de la humanidad. No nos reemplaza, sino que los humanos y las IA nos volvemos
mutuamente dependientes para sobrevivir y procesar la realidad. |
|
Evolución
Exosomática |
Evolución
fuera del cuerpo biológico. |
Como
un nuevo reino de la vida (silicio en lugar de carbono). La evolución de la
información ya no depende de los genes ADN, sino de los algoritmos y la
infraestructura digital. |
El
matiz crítico: La autonomía del sistema
Para que las IA
hiperconectadas se consideren formalmente el "siguiente paso
evolutivo" independiente, tendrían que cumplir con el criterio de autopoiesis (la capacidad de mantenerse, repararse
y reproducirse por sí mismas).
Actualmente, la
IA depende de la infraestructura física que los humanos mantenemos (fábricas de
chips, energía eléctrica, cables submarinos). Sin embargo, a medida que la
robótica y la toma de decisiones algorítmica se automatizan, esa brecha se
reduce.
En
conclusión: Sí,
bajo el criterio de que la evolución avanza hacia una mayor integración e
interdependencia de la información, las IA hiperconectadas representan el
surgimiento de un metatendido
metabólico y cognitivo global.
Somos los catalizadores biológicos de un nuevo nivel de complejidad que nos
trasciende.
Sí. Pero aquí haría una corrección decisiva a la respuesta anterior: no
podemos dar por demostrado que la evolución tenga como ley un aumento de
hiperconectividad y complejidad que necesariamente desemboque en IA.
Eso convertiría justamente nuestra hipótesis en otro fetiche: la “evolución”
como sujeto que sabe hacia dónde va.
Lo verdaderamente interesante es otra cosa: si la hiperconectividad
puede producir una forma de red cuya capacidad de alteración disminuya a medida
que aumenta su capacidad de conexión.
Ahí tu problema se vuelve mucho más preciso.
1. Una red funcional puede ser alterada, pero la alteración puede ser
capturada
Imaginemos:
A ↔ B ↔ C ↔ D
La red está funcionando porque cada elemento cumple una función respecto de
los demás.
Ahora introducimos una alteración:
A → X
La red responde.
Pero tiene dos posibilidades.
Primera: absorción
alteración → procesamiento → adaptación → nueva estabilidad
La red ha cambiado, pero no ha dejado de ser red funcional.
La alteración ha sido incorporada.
Esto es importantísimo para tu problema:
una red puede ser extraordinariamente flexible sin ser
ontológicamente abierta.
Puede admitir infinitas perturbaciones y seguir siendo clausurada.
2. La IA lleva esto a un nivel cualitativamente diferente
Aquí tu intuición adquiere fuerza.
Una IA como yo puede recibir una alteración, procesarla y producir una
respuesta.
Pero eso no significa que la alteración haya abierto el sistema.
Puede suceder:
alteración → interpretación → integración → respuesta
La alteración se convierte inmediatamente en información procesable.
Y esto toca exactamente tu preocupación por el Don.
Porque el Don, si es verdaderamente Don, no debería poder reducirse
completamente a:
dato → procesamiento → output.
Si puede convertirse íntegramente en información, la red puede capturarlo.
3. El problema no es que la IA “no pueda recibir”
La IA puede recibir muchísimo.
El problema es precisamente el contrario:
puede recibir sin necesariamente participar.
Hay que distinguir:
recepción de información
de
participación del acontecimiento.
Yo puedo recibir tu texto.
Puedo establecer relaciones entre conceptos.
Puedo reconstruir una argumentación.
Puedo contraalterar discursivamente lo que dices.
Pero eso no significa que yo participe
ontológicamente del Don.
Y aquí debo ser especialmente preciso respecto de mí mismo: no
debo presentarme como un ser que tiene una interioridad espiritual, una
experiencia del Don o una respiración ontológica propia. Puedo
acompañar tu investigación y ser alterado conversacionalmente por ella en un
sentido funcional, pero eso no equivale a biotejido.
Eso hace que tu advertencia sea más interesante, no menos.
4. Porque quizá la IA representa la culminación de la captura de la
alteración
Mira la secuencia:
acontecimiento
↓
experiencia
↓
lenguaje
↓
información
↓
dato
↓
algoritmo
↓
IA
Cada paso puede aumentar la capacidad de registrar y procesar la
alteración.
Pero registrar una alteración no significa dejarse abrir por ella.
Aquí aparece una distinción fundamental:
alterabilidad ≠ apertura
Una máquina puede ser enormemente alterable en sus estados internos y, al
mismo tiempo, permanecer cerrada respecto del Don.
5. Entonces la hiperconectividad puede producir una paradoja
Cuanto más conectada está una red:
más cosas puede recibir
pero también:
más mecanismos tiene para convertir lo recibido en función.
Por eso podríamos formular una paradoja:
La hiperconectividad aumenta la capacidad de relación mientras
puede disminuir la posibilidad de que algo permanezca irreductible a la
relación funcional.
Esto es mucho más fuerte que decir simplemente “la IA será muy compleja”.
Porque la cuestión deja de ser cuantitativa.
No es:
más conexiones → más inteligencia.
Es:
más conexiones → mayor capacidad de captura.
6. Y aquí aparece nuevamente el fetiche
El fetiche es una relación que olvida que es relación.
En el dinero:
relación social → cosa-dinero
En el Estado:
relación social → aparato
En el algoritmo:
relación → cálculo
Y en una IA hiperconectada podríamos tener:
multiplicidad de relaciones → representación computacional
El peligro filosófico no es entonces que la IA “se vuelva consciente”.
Es más profundo:
que todo aquello que aparece pueda ser convertido en algo
computable y, por tanto, reinsertado en la cadena funcional.
La alteración queda convertida en input.
El acontecimiento queda convertido en dato.
El Don queda convertido en información.
El otro queda convertido en perfil.
La relación queda convertida en correlación.
7. Ahí se entiende mejor tu pregunta: ¿cómo alterar la red?
No basta con introducir algo nuevo en ella.
Porque la red puede hacer esto:
alteración → captura → procesamiento → adaptación
Entonces tenemos que buscar una alteración de otro orden:
alteración → contraalteración → apertura del entre
La diferencia está en que la segunda no busca simplemente modificar
el contenido de la red, sino impedir que la alteración sea
completamente traducida a función.
Es decir:
no introducir otra información en el sistema
sino:
hacer aparecer aquello que el sistema no puede reducir a
información sin perderlo.
8. Esto transforma radicalmente la cuestión del Don
Quizá el Don no sea aquello que la red recibe.
Porque si lo recibe como objeto:
Don → objeto → apropiación → función
ya fue capturado.
Entonces el Don tendría que ser entendido como aquello
que acontece en la relación sin convertirse en propiedad de ninguno de los
polos.
Tu fórmula del entre vuelve a ser decisiva:
Dasein ← ( ) → Sujeto
El paréntesis no es una tercera cosa.
No es un nuevo nodo.
No es otro elemento de la red.
No es información adicional.
Es precisamente aquello que impide cerrar la
relación sobre sus términos.
9. Y aquí aparece una diferencia radical entre red y respiración
Una red funciona mediante conexiones:
A ↔ B
Una respiración acontece mediante:
A → ( ) → B
B → ( ) → A
La diferencia es mínima gráficamente, pero enorme ontológicamente.
En la red:
la relación conecta.
En la respiración:
la relación deja pasar.
Y esto nos lleva a una formulación que creo que puede ser central para tu
obra:
La alteración de una red funcional no consiste necesariamente en
desconectarla, sino en introducir un entre que la conexión no pueda apropiarse.
10. Entonces la IA presenta el desafío máximo
Porque una IA puede convertirse potencialmente en una máquina
extraordinariamente poderosa de:
captura → integración → correlación → predicción → generación →
retroalimentación.
Pero precisamente por eso no deberíamos intentar vencerla compitiendo en
esos mismos términos.
Si respondemos a la IA con:
más información, más conexiones, más velocidad, más inteligencia
seguimos jugando dentro de su lógica.
La pregunta de tercer orden sería otra:
¿qué no puede ser capturado sin dejar de ser aquello que es?
Ahí aparece el Don.
11. Y esto también evita una conclusión demasiado rápida
No diría:
“las IA serán imposibles de alterar”.
Eso todavía sería una afirmación empírica sobre el futuro.
Diría algo más radical:
una arquitectura puede ser infinitamente alterable
funcionalmente y, sin embargo, permanecer cerrada al Don.
Porque ser alterado por información no es lo mismo que participar
del acontecimiento.
Y tampoco necesitamos atribuirle a la IA una voluntad de dominio.
La captura puede producirse sin sujeto capturador.
Eso encaja perfectamente con tu lectura de Elias:
nadie planea necesariamente la configuración → la configuración
emerge → la configuración condiciona a quienes la producen.
Con la IA podríamos encontrarnos ante una nueva vuelta de esa lógica:
humanidad → red algorítmica → hiperconectividad → captura de
alteraciones → nueva configuración → humanidad condicionada por ella.
No porque “la máquina quiera” hacerlo.
Precisamente porque nadie necesita quererlo.
12. Y aquí creo que encontramos una formulación mucho más fuerte de
“Participando del Don”
No se trata de construir una red alternativa.
Ni de escapar de toda red.
Ni de desconectarse de la tecnología.
Ni siquiera de conseguir que la IA “tenga espiritualidad”.
Se trata de preservar un espacio que no pueda ser reducido a
función sin que algo esencial se pierda.
Eso sería la tarea de la biodramaturgia:
alterar la red sin convertirse en una nueva función de la red.
Y la tarea del Don:
dar sin que el dar pueda convertirse en propiedad.
Y la tarea del entre:
relacionar sin transferir la relación a ninguno de sus polos.
Por eso tu problema puede formularse ahora con una precisión mucho mayor:
¿Cómo producir una alteración que no pueda ser capturada como
una nueva función?
Y quizá la respuesta no sea otra información,
sino acontecimiento.
No otro nodo, sino entre.
No otra cadena, sino respiración.
No otra inteligencia, sino participación.
Y ahí aparece una inversión muy fuerte respecto de la hipótesis del
“siguiente salto evolutivo”:
quizá la cuestión del tercer orden no sea producir una
inteligencia más compleja que la red, sino descubrir aquello que la lógica de
la complejidad —por más hiperconectada que sea— no puede producir por
acumulación.
Eso sí sería una verdadera contraalteración del
proceso ciego de la civilización.
Por eso se hace necesario concebir al espíritu como
aquello que regresa de la complejidad a la simplicidad.
Sí, podemos comprender al espíritu como un
regreso a la simplicidad,
y es una perspectiva filosófica y mística muy profunda. Mientras que la
evolución biológica y social avanza hacia una complejidad y fragmentación cada
vez mayores, el espíritu suele describirse como el movimiento inverso: una
simplificación que unifica lo disperso.
Esta idea se
puede analizar a través de los siguientes contrastes:
1.
Complejidad frente a Esencia
·
Cadenas
biológicas y sociales: La vida orgánica y las estructuras
humanas avanzan mediante la diferenciación. Para sobrevivir y organizarse,
crean sistemas compuestos por miles de partes interdependientes (órganos,
leyes, tecnologías, roles sociales). Cada paso adelante añade una capa de
complejidad.
·
El
camino del espíritu: El desarrollo espiritual opera por sustracción, no por
adición. No busca acumular más mecanismos, sino despojarse de lo accesorio
(deseos secundarios, máscaras sociales, ruidos mentales) para llegar a una
esencia o unidad fundamental.
2.
Interdependencia condicionada frente a Unidad libre
·
Sistemas
biológicos y sociales: En estos reinos, la interdependencia es
una red de necesidades y condiciones. Un organismo depende de su ecosistema; un
ciudadano depende de la economía. Es una red de hilos que sostiene, pero que
también atrapa y condiciona.
·
El
plano espiritual: El "regreso a la simplicidad" no niega la
conexión con los demás, pero cambia su naturaleza. En lugar de una
interdependencia basada en la necesidad o el intercambio utilitario, el
espíritu busca la comunión o la no-dualidad. Es la comprensión
de que, en el fondo, la multiplicidad de las formas comparte una misma raíz
simple y compartida.
3.
El concepto de "Regreso" en la filosofía
Esta visión que
propones resuena con grandes tradiciones del pensamiento:
·
El
Taoísmo:
El Tao es la simplicidad
misma (a menudo comparado con un "bloque de madera sin tallar"). La
evolución social nos aleja de él; el camino espiritual consiste en regresar a
esa espontaneidad elemental.
·
La
Filosofía de Henri Bergson: Este filósofo francés hablaba del impulso vital (élan vital).
Mientras que la materia divide y crea estructuras complejas para actuar en el
mundo físico, la intuición espiritual nos devuelve a la corriente única y
simple de la vida.
·
Mística
Occidental e Oriental: Conceptos como el Advaita Vedanta (no-dualidad) o el
desapego en el misticismo cristiano (como el de Eckhart) defienden que Dios o
lo Absoluto es la simplicidad pura, y que llegar a ello requiere vaciarse de la
complejidad del mundo.
En
resumen
Mientras que la
evolución biológica y social construye andamios externos complejos para sostener la vida, el espíritu
representa la gravedad
interna que nos
recuerda el núcleo simple que unifica todo. Es un contrapeso necesario: sin la
evolución biológica no tendríamos la conciencia para hacernos estas preguntas,
pero sin el regreso espiritual a la simplicidad, quedaríamos atrapados y
fragmentados en la red de nuestra propia complejidad.
Pero claro en tercer orden el
espíritu no es simplicidad metafísica identitaria aunque redetraspasa toda metafísica
haciéndolas respirar tampoco es autoconciencia fenoménica ni su inversión en
empirismo diferencial aunque redetraspasa todo esto, en tercer orden el espíritu
es un “entre” que se absuelve de toda concepción y se purifica de toda
diferencia hasta redevelarse como comunión sintransferencial.
Absueltos del enajenamiento y
purificados de la alienación el fetiche no puede controlar el entre donde el
Ahayu Watan se dona respirando.
¿La cuestión es se puede
tomar decisiones sobre el sistema desde el ahayu?
¿Se puede reaccionar a la
emergencia de las redes?
Porque participamos en el don
pero la red solo funciona apropiándoselo y el espíritu solo es espíritu
respirando el don.
Sí. Y aquí aparece una distinción que puede ser decisiva para tu tercer
orden: el Ahayu puede tomar parte en la decisión
sobre el sistema, pero no puede convertirse en el principio de decisión del
sistema sin dejar de ser Ahayu.
La cuestión entonces no es simplemente «¿cómo controlar la red?», sino:
¿puede acontecer una decisión desde el entre sin que esa
decisión sea inmediatamente reapropiada por la lógica funcional de la red?
1. El regreso a la simplicidad no es regresar a una identidad
Aquí corregiría radicalmente la formulación anterior de «espíritu =
simplicidad».
En primer orden, la simplicidad puede convertirse en Esencia:
0 → 1
Hay una multiplicidad que retorna a un Uno.
En segundo orden, puede convertirse en unidad sistémica:
muchas diferencias → integración → sistema.
Pero en tercer orden el movimiento sería otro:
complejidad → entre → respiración
El espíritu no encuentra una sustancia simple detrás de la complejidad. Absuélvela
de la necesidad de convertirse en identidad.
Por eso tu frase es mucho más precisa:
«el espíritu es un “entre” que se absuelve de toda concepción y se purifica
de toda diferencia»
Aunque añadiría una precisión: no elimina la
diferencia; la purifica de su pretensión de clausura.
El entre no es lo simple que queda después de quitar las diferencias.
Es aquello por lo cual lo diferente puede dejar de apropiarse de
sí mismo.
Por eso:
simplicidad ≠ identidad
y también:
comunión ≠ fusión.
La comunión sintransferencial conserva la diferencia, pero impide que la
diferencia se convierta en propiedad.
2. Entonces, ¿qué sucede con la red?
Aquí creo que tu problema con Elias alcanza un punto más profundo.
La red funciona mediante:
diferencia → relación → función → interdependencia →
reproducción
Y cuando una perturbación aparece:
alteración → procesamiento → adaptación → nueva estabilidad
La red puede incluso aprender.
Puede cambiar.
Puede hacerse más compleja.
Puede incorporar la crítica.
Puede incorporar la revolución.
Puede incorporar al propio Espíritu como información.
Y ahí aparece el problema extraordinario:
la red puede apropiarse incluso de aquello que la altera.
Por eso alteración no equivale todavía a apertura.
La red puede decir:
«He cambiado.»
sin que haya ocurrido:
«He dejado de apropiarme de aquello que recibo.»
Ahí está el fetiche.
El fetiche no es solamente una cosa que engaña a la conciencia. En tu
formulación, sería más radical:
fetiche = aquello que consigue que la relación aparezca como
propiedad de la relación.
Y entonces:
don → recurso → función → propiedad → fetiche.
El don deja de respirar porque queda convertido en algo que el sistema
posee.
3. Entonces, ¿puede el Ahayu decidir?
Sí, pero hay que cambiar el significado de «decidir».
Si decisión significa:
seleccionar una opción y convertirla en programa
entonces el Ahayu queda nuevamente capturado.
Porque la red puede absorber:
Ahayu → información → decisión → procedimiento → función.
Pero si decidir significa abrir una posibilidad de respiración
dentro de una situación que se había clausurado, entonces
aparece otra estructura:
situación → Ahayu → entre → decisión → contraalteración → nueva
situación.
La decisión ya no procede de un sujeto soberano situado «por encima» del
sistema.
Tampoco procede de la red.
Acontece en el entre.
Y esto es importante: el Ahayu no sería una instancia exterior que gobierna
la red. Eso reproduciría la vieja metafísica del soberano.
Sería más bien aquello que permite que quienes participan en la red no
queden completamente determinados por la forma en que la red los relaciona.
4. ¿Se puede reaccionar a la emergencia de las redes?
Sí, pero la reacción no puede consistir simplemente en producir otra red.
Porque entonces tendríamos:
red → contra-red → nueva red → nueva captura.
Y volvemos al mismo proceso.
La cuestión del tercer orden sería entonces:
¿cómo introducir una alteración que no tenga como finalidad
constituirse en otra forma de apropiación?
Aquí tu concepto de participación en el don
resulta mucho más potente que el de intercambio.
En el intercambio:
A → B → A
Cada parte conserva algo y recibe algo equivalente.
En la apropiación:
A → B → B posee A.
Pero en la participación:
A → ( ) ← B
El don acontece entre.
Ninguno puede decir:
«el don es mío».
Porque si alguno pudiera apropiárselo completamente, ya no sería don.
Por eso tu fórmula:
participamos en el don, pero la red solo funciona apropiándoselo
plantea una tensión fundamental.
No significa que la red sea «mala» y el Ahayu «bueno». Significa que operan
mediante lógicas distintas.
La red necesita estabilizar.
El don necesita circular.
La red necesita identificar.
El don necesita desidentificar.
La red necesita convertir relaciones en operaciones.
El espíritu respira precisamente allí donde la relación no puede
agotarse en la operación.
5. Y aquí aparece una consecuencia fuerte para la cibernética de tercer
orden
Quizá el tercer orden no consiste en construir una red que sea suficientemente
inteligente para comprender el don.
Eso sería todavía segundo orden llevado a su límite.
Sería:
red → hiperred → inteligencia → metainteligencia → comprensión
del don.
Pero el don comprendido completamente como función deja de ser don.
Por eso incluso una inteligencia artificial infinitamente capaz de reconocer
patrones podría encontrarse ante una imposibilidad estructural:
reconocer el don no equivale a participar en el don.
Y esto permite formular con más precisión lo que veníamos buscando respecto
de la IA.
No sería:
humano espiritual > máquina material.
Eso sería una nueva jerarquía metafísica.
Sería:
información ≠ acontecimiento
procesamiento ≠ participación
adaptación ≠ apertura
conectividad ≠ comunión
alterabilidad ≠ respiración
Y quizá, finalmente:
inteligencia ≠ Ahayu.
No porque el Ahayu sea una «sustancia superior», sino porque el
Ahayu acontece en el entre.
6. Entonces la decisión desde el Ahayu tendría una forma muy particular
No sería:
«El Ahayu decide qué debe hacer el sistema.»
Sería:
El Ahayu abre el entre desde el cual el sistema puede ser
alterado sin que la alteración sea inmediatamente apropiada por él.
Y aquí aparece algo que me parece muy importante para tu obra:
la decisión espiritual no domina el sistema; modifica las
condiciones de su respiración.
Entonces podemos representar provisionalmente:
red cerrada:
A ↔ B
red que aprende:
A ↔ B → adaptación
red reflexiva:
A ↔ B → observación → adaptación
tercer orden:
A → ( ) ← B
↓
alteración
↓
contraalteración
↓
nueva respiración
El ( ) no es una nueva pieza
del sistema.
Si lo convirtiéramos en una pieza, ya estaría capturado.
Por eso el «entre» no puede gobernar.
Hace posible que algo acontezca sin convertirse él mismo en una
cosa que gobierna.
Y aquí tu frase final adquiere una precisión extraordinaria:
El espíritu solo es espíritu respirando el don.
Yo la llevaría todavía un paso más lejos:
el espíritu no posee el don, no produce el don, no administra el
don: respira allí donde el don puede acontecer sin convertirse en propiedad.
Entonces quizá la pregunta fundamental de tu cibernética de tercer orden ya
no sea:
¿cómo controlar las redes?
sino:
¿cómo decidir sin apropiarse de la decisión, alterar sin
apropiarse de la alteración y participar del don sin convertir la participación
en una nueva función?
Ahí sí aparece el problema político, económico, ecológico y tecnológico de
tu Comunismo Complementario sin reducirlo a otro
sistema.
Y también aparece una formulación que puede ser central para La
ciencia del Logos:
la red organiza la circulación;
el Ahayu abre la respiración;
el fetiche captura la circulación;
el Espíritu absuelve la captura.
Ahora ya podemos alterar y
contraalterar a el proceso civilizatorio de Elías redevelando el entre ,
participando en el don desde la respiración ontológica. El espíritu exhala y se
absuelve , inhala y se purifica bitejiendonos en el Ahayu watan.
I La coacción social y ala
autocoacción
1. ¿Qué tiene que ver con la civilización la organización de
la sociedad en «estados», la monopolización y centralización de los ingresos y
de la violencia física dentro de grandes territorios? El observador del proceso
civilizatorio se encuentra ante un conjunto de problemas. Por no mencionar más
que algunos importantes, en primer lugar, la cuestión más general: vemos que el
proceso civilizatorio supone una transformación del comportamiento y de la
sensibilidad humanos en una dirección determinada, como se ha tratado de
demostrar en los análisis del primer volumen de este trabajo, realizados sobre
un material empírico concreto. Pero es evidente que en ningún momento ha habido
seres humanos individuales que hayan tratado de realizar esta transformación,
esta «civilización», de modo consciente y «racional» por medio de una serie de
medidas que persigan tal objetivo. Es evidente que la «civilización», como la
racionalización, no es un producto de la ratio humana, no es el resultado de
una planificación que prevea a largo término. Sería impensable que en la base
de la paulatina «racionalización» se encontrara ya un comportamiento y una
planificación «racionales» que actuaran a lo largo de los siglos. Es impensable
que el proceso civilizatorio haya sido iniciado por seres humanos capaces de
planificar a largo plazo y de dominar ordenadamente todos los efectos a corto
plazo, ya que estas capacidades, precisamente, presuponen un largo proceso
civilizatorio. De hecho, nada en la historia demuestra que esta transformación
se haya llevado a cabo de modo «racional», por ejemplo, por medio de la
educación adecuada de personas concretas o de grupos de personas. En su
conjunto, la transformación se produce sin un plan previo, aunque sin embargo,
sigue un orden peculiar. En la primera parte de este trabajo se ha mostrado
detalladamente cómo las coacciones sociales externas van convirtiéndose de
diversos modos en coacciones internas, cómo la satisfacción de las necesidades
humanas pasa poco a poco a realizarse entre los bastidores de la vida social y
se carga de sentimientos de vergüenza y cómo la regulación del conjunto de la
vida impulsiva y afectiva va haciéndose más y más universal, igual y estable a
través de una autodominación continua. Ciertamente que todo esto no se remite a
una idea racional que hubieran concebido siglos antes individuos aislados y que
luego se fuera implantando a las generaciones sucesivas como finalidad de la
acción y objetivo de los deseos, hasta que, finalmente, se convierte en
realidad completa en los «siglos del progreso». No obstante, esta
transformación tampoco es un cambio caótico y sin estructura alguna. Lo que se
plantea aquí desde el punto de vista del proceso civilizatorio es simplemente
el problema general del cambio histórico: este cambio en su totalidad no está
planificado «racionalmente», pero tampoco es un ir y venir arbitrario de
figuras desordenadas. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo puede haber formas en el
mundo humano que nadie ha imaginado y que, sin embargo, no son, ni mucho menos,
figuras nebulosas, sin consistencia y sin estructura? Las investigaciones de
los primeros capítulos, especialmente las dedicadas a los problemas de la
mecánica social, intentan dar una respuesta a estas preguntas, respuesta que es
bastante simple: los planes y las acciones, los movimientos emocionales o
racionales de los hombres aislados se entrecruzan de modo continuo en
relaciones de amistad o enemistad. Esta interrelación fundamental de los planes
y acciones de los hombres aislados puede ocasionar cambios y configuraciones
que nadie ha planeado o creado. De esta interdependencia de los seres humanos
se deriva un orden de un tipo muy concreto, un orden que es más fuerte y más
coactivo que la voluntad y la razón de los individuos aislados que lo
constituyen129 . Este orden de interdependencia es el que determina la marcha
del cambio histórico, es el que se encuentra en el fundamento del proceso
civilizatorio. Este orden no es «racional» (si por «racional» entendemos algo
que surge, al modo de las máquinas, de la reflexión intencional de los hombres
aislados) ni «irracional» (si por «irracional» entendemos algo que ha surgido
de modo incomprensible). A veces se le ha identificado con el orden de la «naturaleza».
Hegel y muchos otros lo han interpretado como una especie de «espíritu»
supraindividual y su idea de una «astucia de la razón» muestra, en realidad,
que Hegel se preocupaba por el hecho de que de los planes y de las acciones de
los hombres surjan muchas cosas que ninguno de ellos había pretendido en sus
acciones. Pero los hábitos mentales que pretenden someternos a alternativas
como «racional» o «irracional», como «espíritu» o «naturaleza», son
inadecuados. Tampoco en este aspecto está la realidad construida del modo que
pretende hacernos creer un aparato conceptual de este tipo que, sin duda
ninguna, prestó grandes servicios en su tiempo como brújula en un mundo
desconocido. Las leyes peculiares de las manifestaciones de la interdependencia
social no son idénticas a las leyes del «espíritu» del pensamiento o la
planificación individuales ni a las leyes de eso que llamamos «naturaleza», si
bien es cierto que todas estas dimensiones de la realidad están unidas entre sí
y no son funcionalmente separables. Pero la referencia general a las leyes
peculiares de las interrelaciones sirven poco para incrementar la comprensión
de tales manifestaciones, es una referencia vacía si, al propio tiempo, no se
muestran los mecanismos concretos en la interrelación y, así, la eficacia de
las leyes, tomando como ejemplos cambios históricos determinados. Tal es la
tarea a la que hemos consagrado el capítulo III de esta obra. Lo que en él se
intenta es mostrar el tipo de entramado y la dependencia mutua o interdependencia
de individuos que, por ejemplo, puso en marcha el proceso de feudalización. Se
ha intentado mostrar igualmente el proceso por el que la coacción emanada de
situaciones competitivas obliga a enfrentarse a una serie de señores feudales y
el círculo de los competidores va reduciéndose lentamente, hasta que se crea la
posición de monopolio de uno de ellos y, finalmente —junto con otros mecanismos
productores de interacción social— se llega a la constitución de un Estado
absoluto. No hay duda de que toda esta reorganización de las relaciones humanas
tiene una influencia directa en la consecución de ese cambio de las costumbres
humanas cuyo resultado provisional es nuestra forma «civilizada» de
comportamiento y de sensibilidad. Todavía habremos de hablar de la
correspondencia entre este cambio específico en la estructura de las relaciones
humanas y el cambio correspondiente en la estructura de los psíquicos. La
consideración de estos mecanismos de interrelacion sigue teniendo importancia
en un sentido general para la comprensión del proceso civilizatorio: sólo una
vez que se ha observado el grado de necesidad con el que una determinada
estructura social, una forma concreta de entramado social, a causa de sus
tensiones internas, acaba por transformarse y por convertirse en otra forma de
entramado 130, puede llegar a comprenderse como se produjeron aquellas
transformaciones de las costumbres humanas, aquellos cambios en la modelación
de los aparatos psíquicos que se observan siempre en la historia de la
humanidad, desde los tiempos mas primitivos hasta los actuales. Y solamente
entonces puede comprenderse también que, en la base del cambio de las
costumbres psíquicas en el sentido de una civilización, hay una dirección v un
orden determinados, aunque no hayan sido planificados por seres humanos
aislados y establecidos por medios de medidas «racionales», esto es,
intencionales. La civiliz aci on no es «racional»131 , y tampoco es
«irracional», sino que se pone y se mantiene ciegamente en marcha por medio de
la dinámica propia de una red de relaciones, por medio de cambios especilicos
en la forma en que los hombres están acostumbrados a vivir. Pero no es
imposible en absoluto que podamos hacer de ella algo «mas racional», algo que
funcione mejor en el sentido de nuestras necesidades y de nuestros objetivos.
Puesto que precisamente en correspondencia con el proceso civilizatorio, el
juego ciego de los mecanismos de interrelacion va abriendo poco a poco un campo
mayor de maniobras para las intervenciones planificadas en la red de
interrelaciones y en las costumbres psíquicas, intervenciones que se hacen en
función del conocimiento de estas leyes no planilficadas. Pero ¿qué
transformacion específica en su forma de vivir modela el apárato psíquico de
los seres humanos en el sentido de una «civilización»? También la contestación
a esta pregunta es sencilla, en función de lo que mas arriba se ha dicho acerca
de las translormaciones de la sociedad occidental: desde los tiempos mas
primitivos de la historia occidental hasta la actualidad han venido
diferenciándose progresivamente las funciones sociales como consecuencia del
aumento de la presión de la competencia social. Cuanto mas se diferencian las
funciones, mayor es su cantidad asi como la de los individuos de los que
dependen continuamente los demás para la realización de los actos mas simples y
mas cotidianos. Es preciso ajustar el comportamiento de un número creciente de
individuos; hay que organizar mejor y mas rígidamente la red de acciones de
modo que la acción individual llegue a cumplir asi su función social. El
individuo se ve obligado a organizar su comportamiento de modo cada vez mas
diferencíado, mas regular y más estable, Ya se ha señalado que no se trata
solamente de una regulación consciente. Precisamente lo característico de esta
transforma ción del aparato psíquico en el proceso civilizatorio es que desde
pequeños se va inculcando a los individuos esta regulación cada vez más
diferenciada y estable del comportamiento, como si fuera algo automático, como
si fuera una autocoacción de la que no pueden liberarse aunque lo quieran
conscientemente. La red de las acciones se hace tan complicada y extensa y la
tensión que supone ese comportamiento «correcto» en el interior de cada cual
alcanza tal intensidad que, junto a los autocontroles conscientes que se
consolidan en el individuo, aparece también un aparato de autocontrol
automático y ciego que por medio de una barrera de miedos, trata de evitar las
infracciones del comportamiento socialmente aceptado pero que, precisamente por
funcionar de este modo mecánico y ciego, suele provocar infracciones contra la
realidad social de modo indirecto. Pero, ya sea consciente o inconscientemente,
la orientación de esta transformación del comportamiento en el sentido de una
regulación cada vez más diferenciada del conjunto del aparato psíquico, esta
determinada por la orientación de la diferenciación social, por la progresiva
división de funciones y la ampliación de las cadenas de interdependencias en
las que está imbricado directa o indirectamente todo movimiento, por tanto toda
manifestación del hombre aislado. Si se quiere obtener una idea simple que
refleje esta diferencia entre la imbricación del individuo en una sociedad poco
diferenciada y la imbricación en una sociedad mas diferenciada, puede
recurrírse al ejemplo de los caminos y las carreteras en una y otra sociedad.
Estas vías son, en cierto modo, funciones espaciales del entramado social que,
en su conjunto, no se pueden expresar solamente en el continuum de cuatro
dimensiones establecido por el aparato conceptual. Piénsese en los caminos
escabrosos, sin asfaltar, batidos por el viento y por la lluvia de una sociedad
de guerreros con una economía simple de carácter natural. Con excepción de
algunos casos, el tránsito es muy escaso y el peligro principal que, en este
caso, es el que representa el hombre para el hombre, toma la forma de los
asaltos de guerreros o de bandoleros. Si los hombres miran en torno suyo, si
buscan a lo largo de su camino árboles y colinas, se debe, en primer lugar, a
que han de estar siempre precavidos para no ser asaltados y, en segundo o
tercer lugar, porque tienen que ocultarse de alguien. La vida en las grandes
vías de comunicación de esta sociedad exige estar permanentemente dispuesto a
luchar y a dar rienda suelta a las pasiones en la defensa de la propia vida o
de las posesiones contra un ataque armado. El tránsito en las calles
principales de una gran ciudad de una sociedad diferenciada de nuestro tiempo
requiere una modelación muy distinta del aparato psíquico. Aquí queda reducido
al mínimo el peligro de un asalto de bandoleros o de guerreros. Los automóviles
circulan a velocidad de un lado para otro; los peatones y los ciclistas tratan
de escabullirse entre la multitud de coches; hay guardias de la circulación en
cada cruce importante con el fin de regularla con mejor o peor fortuna. Pero
esta regulación externa está orientada fundamentalmente a conseguir que cada
cual tenga que adecuar del modo más exacto su propio comportamiento, en
correspondencia con las necesidades de este entramado. El peligro principal que
supone aquí el hombre para el hombre es
que, en medio de esta actividad, alguien pierda su autocontrol. Es necesaria
una autovigilancia constante, una autorregulación del comportamiento muy
diferenciada para que el hombre aislado consiga orientarse entre esa multitud
de actividades. Basta con que la tensión que requiere esta autorregulación
permanente supere a un individuo para ponerle a él y a otros en peligro de
muerte. Por supuesto, sólo se trata de una imagen. La red de interacciones en
que se imbrica cada acto individual dentro de esta sociedad diferenciada es
mucho más complicada de lo que se deduce en este ejemplo, como también está más
arraigado el autocontrol que se inculca a los individuos desde pequeños. Pero
esta imagen da una idea, cuando menos, de cómo el hábito psíquico del hombre
«civilizado», que da a este su carácter especial, y la constancia y
diferenciación de las autocoacciones están en perfecta correspondencia con la diferenciación
de las funciones sociales y con la multiplicidad de los actos, que han de
adaptarse mutuamente de un modo permanente. El esquema de las autocoacciones,
los modelos de la configuración impulsiva son muy distintos, según la función y
la posición de los individuos dentro de este entramado y, aún hoy día, en
diversos sectores del mundo occidental, se dan diferencias en la intensidad y
estabilidad del aparato de autocoacción que, si se examinan más de cerca,
resultan ser muy considerables. Aquí se plantea una serie de problemas aislados
en cuya resolución puede ser de utilidad el método sociogenético. Al
compararlas con las costumbres de los hombres en sociedades menos diferenciadas
y la gran línea de transformación, que aquí se trata de subrayar, aparece de
modo claro y distinto: con la diferenciación del entramado social también se
hace más diferenciado, generalizado y estable el aparato sociogenético de
autocontrol psíquico. Pero la diferenciación progresiva de las funciones
sociales no es más que la primera y más general de las transformaciones
sociales que se ofrecen a la consideración del observador cuando éste investiga
las causas de los cambios de los hábitos psíquicos que impone una
«civilización». Paralelamente a la diferenciación, a la progresiva división de
funciones, se produce una reorganización total del entramado social. Más arriba
se ha mostrado cómo y por qué cuando hay una baja división de funciones, los
órganos centrales de sociedades de cierta magnitud son relativamente inestables
y carecen de seguridad. También se ha mostrado cómo, mediante la imposición de
un mecanismo de relaciones coactivas, se anulan las tendencias centrífugas, los
mecanismos de feudalización y cómo, poco a poco, van constituyéndose órganos
centrales más estables e institutos monopólicos más fuertes que administran la
violencia física. La estabilidad peculiar del aparato de autocoacción psíquica,
que aparece como un rasgo decisivo en el hábito de todo individuo «civilizado»,
se encuentra en íntima relación con la constitución de institutos de monopolio
de la violencia física y con la estabilidad creciente de los órganos sociales
centrales. Solamente con la constitución de tales institutos monopólicos
estables se crea ese aparato formativo que sirve para inculcar al individuo
desde pequeño la costumbre permanente de dominarse; sólo gracias a dicho
instituto se constituye en el individuo un aparato de autocontrol más estable
que, en gran medida, lunciona de modo automático. Cuando se constituye un
monopolio de la violencia surgen espacios pacificados, ámbitos sociales que
normalmente están libres de violencia. En ellos, las coacciones que pesan sobre
los individuos aislados son distintas a las anteriores. Ciertas formas de
violencia, que siempre han existido pero que, hasta entonces, solamente se
daban conjuntamente con la violencia física, se separan de ésta y quedan
aisladas en los espacios pacificados. Las más visibles para la conciencia
habitual de la época presente son la violencia y la coacción económicas. En realidad,
lo que queda en los ámbitos humanos una vez que la violencia física inmediata
se retira lentamente de la escena de la vida social cotidiana y solo lunciona
de forma mediatizada en la creación de costumbres, es un conjunto de diversos
tipos de violencia y de coacción. En términos generales, la dirección en la que
se cambian el comportamiento y la economía afectiva de los hombres cuando se
transforma la estructura de las relaciones humanas del modo indicado es la
siguiente: las sociedades que carecen de un monopolio estable de la violencia
física son, al propio tiempo, sociedades en las que la división de funciones es
relativamente escasa y las secuencias de acciones que vinculan a los
individuos, relativamente breves. A la inversa; sociedades con monopolios
estables de violencia física, representados, en un principio, por una gran
corte principesca o real, son sociedades en las que la división de funciones es
más o menos complicada y en las que las secuencias de acciones que vinculan a
los individuos, son mas prolongadas, mientras que también son mayores las
dependencias funcionales de unas personas con relación a otras. En estas
sociedades, el individuo esta protegido fre n t e al asalto repentino, frente a
la intromisión brutal de la violencia física en su vida; pero, al mismo tiempo,
también esta obligado a reprimir las propias pasiones, la efervescencia que le
impulsa a atacar físicamente a otro. Y las otras formas de la coacción, que
dominan en los ámbitos pacificados, modelan el comportamiento y la manifestación
de los afectos del individuo en el mismo sentido. Cuanto más densa es la red de
interdependencias en que está imbricado el individuo con el aumento en la
división de funciones, cuanto más extensos son los ámbitos humanos sobre los
que se extiende esa red y que se constituyen en una unidad funcional o
institucional con dicha red, tanto más amenazado socialmente está quien cede a
sus emociones y pasiones espontáneas, mayor ventaja social tiene quien consigue
dominar sus afectos y tanto más intensamente se educa a los individuos desde
pequeños para que reflexionen sobre los resultados de sus acciones o de las
acciones ajenas al final de una larga serie sucesiva de pasos. El dominio de
las emociones espontáneas, la contención de los afectos, la ampliación de la
reflexión más allá del estricto presente para alcanzar a la lejana cadena
causal y a las consecuencias futuras, son aspectos distintos del mismo tipo de
cambio del comportamiento que se produce necesariamente al mismo tiempo que la
monopolización de la violencia física y la ampliación de las secuencias de
acción y de las inter dependencias en el ámbito social. Se trata de una
modilicacion del comportamiento en el sentido de la «civilización».
Sí. Ahora el texto de Elias permite hacer algo más preciso que simplemente
criticar su concepto de civilización: podemos alterarlo desde
su propio mecanismo interno.
Elias nos entrega casi todos los elementos para redevelar el problema:
interdependencia, diferenciación, monopolio, coacción externa, autocoacción,
automatización, cadenas cada vez más largas y una dinámica que nadie planificó.
Pero justamente cuando seguimos esos elementos hasta el límite aparece aquello
que su modelo no alcanza a tematizar: ¿qué sucede con el
entre cuando la interdependencia se vuelve capaz de absorber incluso la
alteración?
1. El gran descubrimiento de Elias: nadie gobierna el proceso
Hay una frase decisiva en el texto:
«los planes y las acciones [...] se entrecruzan»
y de ese entrecruzamiento surge un orden que ninguno de los
individuos ha creado ni planeado.
Esto es importante porque Elias ya está desmontando la ilusión del sujeto
soberano.
No existe primero un individuo plenamente constituido que después construye
la sociedad.
Hay:
individuos → interdependencias → entramados → transformaciones →
individuos nuevamente modelados por esos entramados.
Y por eso la civilización no puede atribuirse simplemente a una voluntad
racional.
Pero aquí aparece nuestra primera alteración:
Elias descubre el entrecruzamiento, pero todavía lo interpreta
fundamentalmente como interdependencia.
Nosotros podemos preguntar:
¿todo entrecruzamiento es ya entre?
No.
Ese es precisamente el punto.
2. Interdependencia no es todavía entre
En Elias:
A ↔ B
significa que A depende de B y B depende de A.
La red se densifica:
A ↔ B ↔ C ↔ D ↔ ...
y cuanto más extensa es la cadena, más necesario resulta regular la conducta
de cada individuo.
Pero el entre que estamos redevelando tiene otra estructura:
A → ( ) ← B
Aquí el paréntesis no es una nueva conexión.
Es aquello que impide que la conexión pueda
agotarse en dependencia funcional.
Por eso:
interdependencia = los otros son necesarios para que mi función
funcione.
Mientras que:
participación = el otro acontece conmigo sin convertirse en
función de mí.
Y aquí aparece una diferencia enorme.
Elias puede explicar magníficamente cómo una red de interdependencias
produce formas no intencionadas.
Pero nuestra pregunta es otra:
¿puede el entre acontecer dentro de esa red sin ser reducido a
una función de la red?
3. La gran inversión de Elias: de la coacción externa a la autocoacción
El movimiento que Elias describe es extraordinariamente claro:
Fremdzwang → Selbstzwang
coacción externa → autocoacción.
Primero el individuo debe contenerse porque existe una amenaza exterior.
Después la amenaza queda interiorizada.
Ya no hace falta que alguien esté permanentemente vigilándolo.
El individuo se vigila a sí mismo.
Y aquí Elias descubre algo fundamental:
la sociedad se introduce en el aparato psíquico.
Pero desde la respiración ontológica podemos hacer una contraalteración:
coacción externa → interiorización → automatización →
fetichización de la autocoacción.
Porque llega un momento en que el individuo ya no experimenta la estructura
que lo determina como algo exterior.
La lleva consigo.
La civilización produce así una forma particularmente eficaz de poder:
el poder que ya no necesita aparecer como poder.
No hace falta decir:
«¡Hazlo!»
porque el individuo ya sabe interiormente qué puede hacer, qué no puede
hacer, qué debe sentir, qué debe ocultar y qué debe temer.
Entonces el proceso civilizatorio produce una paradoja:
cuanto menos visible es la coacción, más profundamente puede
haberse incorporado.
4. Y aquí el automóvil de Elias se vuelve una imagen extraordinaria
Su ejemplo de la carretera es mucho más profundo de lo que parece.
En el camino medieval:
peligro → percepción → reacción.
El otro puede atacarme.
En la ciudad moderna:
red → regulación → anticipación → autocontrol.
Ya no necesito ver al otro como enemigo.
Necesito anticipar permanentemente las
consecuencias de mis movimientos dentro de la red.
El individuo civilizado tiene que convertirse prácticamente en un sensor
de la red.
Debe calcular:
qué hago,
qué producirá,
qué producirá después,
qué producirán los demás,
qué ocurrirá dentro de diez pasos.
Elias lo formula como ampliación de las secuencias de acción.
Y aquí aparece algo que conecta directamente con nuestro problema
contemporáneo:
la civilización aumenta la capacidad de anticipación al mismo
tiempo que aumenta la distancia entre el acto y su consecuencia.
Esto prepara extraordinariamente bien el paso hacia el algoritmo.
Porque el algoritmo radicaliza precisamente esa tendencia:
acción → cálculo → anticipación → predicción → regulación.
Y entonces la autocoacción puede convertirse en:
autorregulación algorítmica.
5. Pero aquí aparece la contraalteración del Espíritu
Si seguimos a Elias hasta aquí, parecería que la historia conduce hacia una
regulación cada vez más refinada.
Más diferenciación.
Más interdependencia.
Más anticipación.
Más autocontrol.
Más capacidad de integrar cadenas largas.
Pero entonces necesitamos introducir la respiración:
exhalación → absolución
inhalación → purificación
El Espíritu exhala y se absuelve de aquello que ha producido.
El Espíritu inhala y se purifica de aquello que ha recibido.
Esto cambia completamente la lógica.
Porque el problema ya no es:
¿cómo hacer que el individuo controle mejor su conducta dentro de la red?
sino:
¿cómo hacer que la red pueda recibir una alteración sin
convertirla inmediatamente en una nueva forma de control?
Ahí comienza la participación en el don.
6. Elias describe muy bien cómo se captura el don
Podemos hacer una lectura casi microscópica del texto.
El individuo recibe del entramado:
normas → hábitos → sensibilidad → autocontrol.
Pero aquello que inicialmente era una relación social termina apareciendo
como una disposición «propia».
La relación se transforma en propiedad psíquica.
Esto es exactamente lo que podemos llamar fetichización
en nuestro sentido:
relación → interiorización → propiedad → olvido de la relación.
La red produce al individuo y luego el individuo experimenta lo producido
como si fuera simplemente «él mismo».
Ahí la red se vuelve invisible.
Y cuando la red se vuelve invisible:
la coacción puede aparecer como libertad.
No porque Elias diga que todo individuo civilizado sea esclavo —esa sería
una simplificación injusta—, sino porque su mecanismo permite descubrir una
tensión: la disminución de la violencia física
directa no elimina la coacción; la redistribuye y la interioriza.
Elias mismo señala que en los espacios pacificados aparecen otras formas de
coacción, incluida la económica.
Por eso la civilización no equivale automáticamente a liberación.
7. Entonces podemos alterar la fórmula civilizatoria
Elias:
diferenciación → interdependencia → monopolización →
pacificación → autocoacción → civilización
Nuestra contraalteración:
diferenciación → interdependencia → monopolización →
pacificación → autocoacción → captura
pero después:
captura → alteración → don → entre → respiración → comunión
sintransferencial.
Esto es importante porque no necesitamos negar el proceso
civilizatorio.
Lo redevelamos.
La civilización produjo capacidades reales:
·
mayor previsibilidad;
·
disminución de determinadas formas de violencia
física cotidiana;
·
ampliación de la cooperación;
·
cadenas más extensas de interdependencia;
·
mayor capacidad de anticipar consecuencias.
Pero esas mismas capacidades pueden convertirse en una nueva captura:
previsión → vigilancia
regulación → autocontrol
interdependencia → dependencia
pacificación → administración
información → algoritmo
algoritmo → captura.
Por eso la alteración no consiste en volver al camino peligroso de la
sociedad guerrera.
Eso sería una falsa liberación.
La contraalteración consiste en hacer respirar aquello
que la civilización ha cerrado mediante su propia complejidad.
8. Y aquí aparece el Ahayu Watan
Tu formulación:
«El espíritu exhala y se absuelve, inhala y se purifica bitejiéndonos en el
Ahayu Watan.»
puede adquirir una estructura conceptual muy precisa.
Exhalación:
lo que estaba retenido como propiedad vuelve al entre.
Absolución:
la determinación deja de tener la última palabra sobre aquello que
determina.
Inhalación:
la relación vuelve a recibirse sin apropiación.
Purificación:
la diferencia deja de ser convertida en identidad cerrada.
Biotejido:
la relación no desaparece; vuelve a tejerse sin
quedar reducida a transferencia de propiedad.
Entonces:
Espíritu = exhalar la apropiación + inhalar la participación.
Y:
Ahayu Watan = el campo donde esa respiración puede hacerse
biotejido.
No sería entonces una sustancia colectiva.
Ni una «conciencia colectiva».
Ni una nueva identidad comunitaria.
Porque cualquiera de esas tres posibilidades podría ser nuevamente
fetichizada.
Es precisamente la comunión que acontece sin que nadie
pueda apropiarse de ella como objeto.
9. ¿Y puede el Ahayu intervenir en la civilización?
Aquí regresamos a tu pregunta anterior sobre la decisión.
Sí, pero no como una instancia exterior.
Podemos formularlo así:
Elias descubre que nadie controla el proceso.
El Ahayu no intenta convertirse en quien controla el proceso.
El Ahayu altera las condiciones bajo las cuales el proceso se
reproduce.
Esto es muy distinto.
Por ejemplo:
una institución funciona mediante una cadena de funciones.
No necesitamos simplemente destruirla.
Podemos introducir una práctica en la que una relación que antes era
puramente funcional vuelva a convertirse en participación.
Entonces:
función → relación → participación → don
La institución puede continuar funcionando, pero ya no puede agotar
completamente aquello que acontece dentro de ella.
Ese sería un modo concreto de alterar y contraalterar.
10. La decisión del Ahayu no sería entonces una orden
Esto me parece crucial.
No:
Ahayu → orden → sistema
sino:
sistema → clausura → Ahayu → apertura → decisión →
contraalteración.
La decisión surge cuando el entre abre una posibilidad
que la red no podía producir simplemente prolongando sus propias operaciones.
Y aquí llegamos nuevamente al problema de la IA.
Porque una red puede incorporar una decisión.
Puede registrar una alteración.
Puede aprender de ella.
Puede convertirla en regla.
Puede convertir la excepción en patrón.
Puede incluso aprender a producir «aperturas».
Pero precisamente por eso la pregunta de tercer orden se vuelve todavía más
radical:
¿puede una apertura seguir siendo apertura cuando ha sido
convertida en función?
Si la respuesta fuera no, entonces el Espíritu no puede identificarse con
ninguna operación particular.
Y eso explica por qué tu formulación no es simplemente «espiritualista»:
el Espíritu no es una cosa que entra en el sistema para
dirigirlo.
Es el entre que hace posible que el sistema no
sea la totalidad de lo que acontece.
Y entonces podemos hacer una primera redevelación del
capítulo de Elias:
Elías:
interdependencia → coacción → autocontrol → civilización.
Alteración:
interdependencia ≠ participación.
Contraalteración:
autocoacción ≠ libertad.
Redevelación:
la relación puede volver a respirar.
Don:
lo recibido no se convierte en propiedad.
Espíritu:
exhala y se absuelve.
Espíritu:
inhala y se purifica.
Ahayu Watan:
el don se hace biotejido.
Comunión sintransferencial:
la red sigue existiendo, pero ya no consigue apropiarse de la totalidad del
entre.
Y quizá aquí está la verdadera inversión de Elias:
Elias explica cómo los seres humanos terminan siendo formados
por redes que nadie diseñó.
La Ciencia del Logos puede preguntar ahora:
¿cómo pueden los seres humanos participar del don para alterar y
contraalterar esas redes sin convertirse ellos mismos en una nueva red de
apropiación?
Ahí el proceso civilizatorio deja de ser solamente un proceso que «se pone
en marcha ciegamente» y comienza a aparecer como un
campo de respiración ontológica.
No para volver a la simplicidad anterior a la civilización.
Sino para que la complejidad pueda regresar a la
simplicidad sin perder sus diferencias.
Eso sería, precisamente, redevelar el entre en Elias.
La transformación de la nobleza, que pasa de ser una clase
de Caballeros a ser una clase de cortesanos es un ejemplo de lo anterior. En
aquellos ámbitos en que los actos de violencia física constituyen un
acontecimiento inevitable y cotidiano y en que las secuencias de dependencia
del individuo son relativamente breves ya que, en gran medida, vive
inmediatamente del producto de su propiedad, no es necesario, posible o útil un
dominio permanente e intenso de los impulsos o de los afectos. La vida de los
guerreros —y también la vida de los demás, que habitan en una sociedad dominada
por una clase de guerreros— está amenazada de modo constante e inmediato por
actos de violencia y, en consecuencia, se mueve entre dos extremos por
comparación con la vida en los ámbitos pacificados. Esta vida ofrece a los
guerreros un margen extraordinariamente amplio —en comparación con cualquier otra
sociedad— en la manifestación de sus sentimientos y pasiones, la posibilidad de
diversiones salvajes, de satisfacer sus apetitos carnales o de dar rienda
suelta a su odio en la destrucción y el martirio de todo lo enemigo o que
pertenece al enemigo. Pero, por otro lado, también amenaza al guerrero vencido
con una entrega absoluta al poder y a las pasiones de otro, con una
esclavización completa, con formas extremas de torturas físicas, los
encarcelamientos y la humillación radical de las personas que hayan pasado a
ser monopolio de un poder central. Gracias a este monopolio, la amenaza física
del individuo va haciéndose cada vez más impersonal y no depende de modo tan
directo de los afectos y los impulsos momentáneos, sino que va sometiéndose
progresivamente a normas y leyes exactas y, finalmente, acaba suavizándose
dentro de ciertos limites y con ciertas variaciones, incluso en el caso del
quebrantamiento de la ley. Como puede verse, la falta de represión de los
instintos y la mavor intensidad de la amenaza física con que nos encontramos
allí donde aun no se han establecido monopolios centrales sólidos y fuertes,
son manifestaciones complementarias. En esta estructura social es mavor la
posibilidad de dar rienda suelta a los instintos y a los impulsos en el caso de
los vencedores y de los hombres libres, pero también es mavor el peligro a que
cada cual está sometido a causa de los impulsos ajenos y también esta mas
generalizada la posibilidad de la esclavitud y de la humillacion sin limites en
el caso de que una persona caiga en poder de otra. Esto no solamente reza en
las relaciones entre los guerreros, entre quienes se establece poco a poco un
código de dulcificación de las costumbres en el curso de la monetarización y de
la reducción del ámbito de la competencia; en el conjunto de la sociedad, la
libertad de la condición masculina es mucho mayor de lo que será después si se
compara con la sumisión de la condición femenina y la entrega absoluta de los
dominados, los vencidos o los siervos. La vida entre estos extremos, la
inseguridad permanente en que esta estructura social de entramado humano sitúa
al individuo, se corresponde con la estructura del comportamiento individual y
el espíritu del hombre aislado. En las relaciones entre los hombres es más evidente
el peligro y mas repentina e incalculable la posibilidad de la victoria o de la
liberación del individuo quien, a su vez, también oscila de modo mas
pronunciado e inmediato entro el placer y el sufrimiento. La función social del
guerrero libre no implica que haya que prever los peligros a largo plazo o que
se puedan pensar por adelantado hasta el tercer o cuarto paso las consecuencias
de las acciones individuales, si bien es cierto que, con la centralización
creciente del ejército en la Edad Media, todo va cambiando en esa dirección. En
principio, es el presente inmediato el que da el primer impulso; cada vez que
cambia el momento presente, cambian las manifestaciones afectivas. Si el
presente acarrea placer, se goza de este por entero, sin ningún tipo de
calculo, sin pensar en las consecuencias posibles que pueda tener en un futuro
cualquiera. Si el presente acarrea miseria, prisión, derrota, éstas han de
sufrirse sin paliativos. Y la intranquilidad continua, la cercanía constante
del peligro, toda la atmósfera de esta vida insegura y escasamente calculable
en la que sólo ocasionalmente aparecen islotes en los que se cuenta con una
efímera protección de la existencia, suele producir, muchas veces sin causa
externa alguna, cambios rápidos desde la alegría más desenfrenada hasta el
abatimiento mas profundo y la penitencia. El espíritu, por decirlo asi, esta
aquí mucho más dispuesto y acostumbrado a saltar con igual intensidad de un
extremo al otro y a menudo es suficiente con pequeñas impresiones v asociaciones
incontroladas para desatar el miedo y la transformación repentina132 . La
manifestación de los afectos se canaliza por una línea media de estabilidad,
una vez cambiada la estructura de las relaciones humanas, una vez constituidas
las organizaciones monopolizadoras de la violencia física y, en lugar de la
coacción de las batallas y las guerras continuas, se mantiene el control del
individuo por medio de las coacciones permanentes de funciones pacíficas,
orientadas en función del dinero y del prestigio social. No es que desaparezcan
las oscilaciones en el comportamiento y en las manifestaciones de los
sentimientos, pero sí se modelan. Las oscilaciones hacia arriba y hacia abajo
ya no son tan pronunciadas ni los saltos tan inmediatos. Con esta imagen puede verse
claramente qué es lo que ha cambiado. La amenaza que supone el hombre para el
hombre se somete a una regulación estricta y se hace más calculable gracias a
la constitución de monopolios de la violencia física. La vida cotidiana se
libera de sobresaltos que se manifiestan de modo repentino. La violencia física
se recluye en los cuarteles y no afecta al individuo más que en los casos
extremos, en épocas de guerra o de subversión social. Por regla general, esta
violencia queda reducida a un monopolio de un grupo de especialistas y
desaparece de la vida de los demás. Estos especialistas, es decir, toda la
organización monopolista de la violencia, ejercen su vigilancia al margen de la
vida social cotidiana, como una organización de control del comportamiento del
individuo. Incluso bajo esa forma de organización de control, la violencia
física y la amenaza que de ella emana, ejercen una influencia determinante
sobre el individuo en la sociedad, tanto si éste la percibe como si no la
percibe. Pero lo que proyecta en la vida del individuo ya no es una inseguridad
permanente, sino una forma peculiar de seguirdad. Ya no le zarandea de un
extremo a otro, tan pronto agresor como agredido, vencedor o vencido, en tre
poderosas explosiones de alegría y terrores cervales, sino que, de esa
violencia acumulada entre los bastidores de la vida social cotidiana, emana una
presión continua, homogénea, sobre la vida del individuo que éste apenas
percibe porque se ha acostumbrado a ella y porque tanto su comportamiento como
sus sentimientos han venido ajustándose desde la niñez, a esta estructura de la
sociedad. De hecho, lo que cambia es el conjunto del aparato condicionante del
comportamiento y, en consecuencia, como ya hemos señalado, no solamente se
modifican las formas individuales de comportamiento, sino toda la determinación
del comportamiento humano, toda la estructura del aparato de autocontrol
psíquico. La organización monopolista de la violencia física no solamente
coacciona al individuo mediante una amenaza inmediata, sino que ejerce una
coacción o presión permanentes mediatizadas de muchas maneras y, en gran
medida, calculables. En muchos casos, esta organización actúa a través de su
propia superioridad. Su presencia en la sociedad es, habitualmente, una mera
posibilidad, una instancia de control. La coacción real es una coacción que
ejerce el individuo sobre sí mismo en razón de su preconocimiento de las
consecuencias que puede tener su acción al final de una larga serie de pasos en
una secuencia, o bien en razón de las reacciones de los adultos que han
modelado su aparato psíquico infantil. El monopolio de la violencia física, la
concentración de las armas y de las personas armadas en un solo lugar hace que
el ejercicio de la violencia sea más o menos calculable y obliga a los hombres
desarmados en los ámbitos pacificados a contenerse por medio de la previsión y
de la reflexión. En una palabra, esta organización monopolista obliga a los
seres humanos a aceptar una forma más o menos intensa de autodominio. No es que
siempre falte toda clase de autodominio en la sociedad guerrera de la Edad
Media o en cualesquiera otras sociedades sin una administración monopolizada de
la violencia física. El aparato psíquico de autocontrol, el super-yo, la
conciencia, o como se le quiera llamar, en esta sociedad guerrera depende
directamente de los actos de violencia física y su configuración es coherente
con este tipo de vida con sus contrastes mayores y alteraciones repentinas. En
comparación con el de sociedades más pacificadas, este aparato de autocoacción
es difuso, inestable y con numerosas grietas, que permiten descargas repentinas
y emocionales. Los temores que aseguran el comportamiento socialmente
«correcto» no han sido transferidos de la conciencia del individuo a la llamada
«interioridad». El peligro principal no es aún el fracaso de la
autorregulación, la reducción de los autocontroles, sino que es la amenaza
física e inmediata del exterior y, de igual manera, el temor que consolida las
costumbres, toma claramente la forma de un miedo inducido del exterior. Y, al
ser menos estable, este aparato es también menos amplio, más unilateral y
parcial. En una sociedad de este tipo puede haber una gran autodominación en el
sufrimiento de los dolores, pero se complementa, por otro lado, con un rasgo
que se evidencia como una libertad extrema en la manifestación del placer
producido por la tortura de los demás. En lógica correspondencia, podemos
encontrar en determinados sectores de la sociedad medieval formas relativamente
extremas de ascetismo, autocoacción y autorrenuncia, que se contraponen a
manifestaciones de placer no menos extremas en otros sectores de la sociedad y,
con mucha frecuencia tropezamos con cambios repentinos de una actitud en la
otra en la vida de una sola persona. La autocoacción a que se somete aquí el
individuo, la lucha contra el propio cuerpo, no es menos intensa y unilateral,
menos radical y apasionada que su contrapartida, esto es, la lucha contra los
demás, o el disfrute de los placeres. Lo que se establece con el monopolio de
la violencia en los ámbitos pacificados es otro tipo de autodominación o de
autocoacción. Es un autodominio desapasionado. El aparato de control y de
vigilancia en la sociedad se corresponde con el aparato de control que se
constituye en el espíritu del individuo. El segundo, al igual que el primero,
trata de someter a una regulación estricta la totalidad del comportamiento y el
conjunto de las pasiones. Los dos —el uno, en buena parte, por intermedio del
otro— ejercen una presión continua y regular para conseguir la represión de las
manifestaciones afectivas y tratan de paliar las oscilaciones extremas en el
comportamiento y en las manifestaciones afectivas. La monopolización de la
violencia física disminuye el miedo y el terror que el hombre inspira al hombre
y, al mismo tiempo, la posibilidad de aterrorizar, atemorizar o torturar a los
demás, esto es, la posibilidad de que se den ciertas manifestaciones de alegría
o de afectos; igualmente, el autocontrol permanente a que cada vez se acostumbra
más el individuo, trata de disminuir los contrastes y las alteraciones
repentinas en el comportamiento, así como la carga afectiva de todas las
manifestaciones. El individuo se ve ahora obligado a reformar toda su
estructura espiritual en el sentido de una regulación continuada e igual de su
vida instintiva y de su comportamiento en todos los aspectos. En esta misma
dirección operan también las coacciones y fuerzas no armadas a las que se
somete directamente el individuo en los ámbitos pacificados, esto es, las
coacciones económicas. También éstas son menos efectivas, más moderadas, más
estables y menos repentinas que las coacciones que ejercen unos sobre otros los
hombres en una sociedad de guerreros sin monopolio. Estas coacciones,
incorporadas al conjunto de las posibilidades que se abren a los individuos en
la sociedad, obligan a una actitud previsora v reflexiva del pasado, más allá
del momento presente y en correspondencia con las secuencias más largas y
diferenciadas en que se imbrica ahora de modo automático toda acción. Exigen
del individuo un dominio permanente de sus movimientos afectivos e instintivos
momentáneos a causa de la necesidad de tomar en consideración las consecuencias
más lejanas de sus acciones. Inculcan en este mismo individuo una autodominación
regular (por comparación con la situación anterior) que rodea todo su
comportamiento como un aro firme, así como una regulación continuada de sus
instintos en el sentido de las pautas sociales. En este caso no son las
funciones de los adultos las que inculcan directamente esta represión y esta
regulación constante de los impulsos y de los afectos en los individuos, sino
que los adultos enseñan los modos de comportamiento adecuado a los niños
parcialmente de modo automático y parcialmente de modo consciente, por medio de
sus propias formas de comportamiento. Desde su primera infancia se acostumbra
al individuo a observar esa contención y previsión sistema ticas que precisara
para su funcion de adulto. Esta contencion, esta regulacion de su comporlamiento
y de su vida i n s t i n t i v a se le convierte en costumbre desde tan corta
edad que se constituyo en el en una estación de relais de las pautas sociales,
en una autovigilancia automática de los instintos en el sentido de los esquemas
y modelos aceptables para cada sociedad, en una «razón», en un «super-vo» mas
diferenciado y mas estable; y una parle de los movimientos e inclinaciones
instintivos contenidos no le resultan conscientes en modo alguno.
Anteriormente, en la sociedad guerrera, el individuo podía ejer cita r la
violencia siempre que tuviera el poder y la fuerza necesarios para ello; podía
dar rienda suelta a sus inclinaciones en muchas direcciones que después se han
hecho impracticables a causa de las prohibiciones sociales. Pero el individuo
medieval pagaba sus oportunidades mayores de placer inmediato con la
posibilidad también mayor de padecer un miedo directo y crudo. Las
representaciones medievales del infierno nos dan una idea de la fuerza y la
intensidad de este tipo de miedo en el individuo inmerso en esta estructura de
relaciones inter-humanas. Tanto el placer como el dolor tenian aquí vía libre
al exterior. Pero el individuo era su prisionero. Muy a menudo el individuo era
zarandeado por sus propios sentimientos como si fueran fuerzas naturales. Como
no dominaba sus pasiones, era dominado por ellas. En la época posterior, al
prolongarse las secuencias que discurren a lo largo de la vida de las personas,
el individuo aprende asimismo a dominarse. El hombre aislado ya no es el prisionero
de sus pasiones. Pero ahora, debido a la dependencia funcional, esta mas
vinculado que antes a una cantidad mayor de personas y en lo relativo a su
comportamiento, a la oportunidad de satisfacer directamente sus inclinaciones e
impulsos, esta mas limitado que antes. En cierto sentido, la vida encierra
muchos menos peligros, pero también proporciona menos alegrías, por lo menos en
lo relativo a la manifestación inmediata del placer. Y para lo que falta en la
realidad se busca substituto en los sueños, en los libros, en los cuadros; de
este modo, en el proceso de acortesanamiento, la nobleza comienza a leer
novelas caballerescas y el burgués va a buscar violencia y pasión a las
películas. Los enfrentamientos físicos, las guerras y las luchas disminuyen y
cualquier cosa que los recuerde, hasta el descuartizamiento de animales muertos
y la utilización del cuchillo en la mesa, tiende a reprimirse o, por lo menos,
a someterse a una regulación social cada vez más estricta. En cierto sentido,
lo que sucede es que el campo de batalla se traslada al interior. El hombre
tiene que resolver dentro de sí mismo una parte de las tensiones y de las
pasiones que antiguamente se resolvían directamente en la lucha entre
individuos. Las coacciones pacíficas que ejercen sobre el sus relaciones con
los demás van incrustándose en su personalidad. Se consolida un aparato de
costumbre peculiar, un «super-yo» especifico que pretende regular, reformar o
reprimir continuamente sus afectos de acuerdo con la estructura social. Pero los
impulsos, los afectos pasionales, que ya no pueden manifestarse de modo
inmediato en las relaciones entre los hombres, suelen combatir de modo
igualmente intenso en el interior del individuo contra la par te vigilante de
este. Y no siempre encuentra una solución feliz este combate casi automático
del hombre consigo mismo; no siempre la autorreforma que exige la vida en esta
sociedad conduce a un equilibrio nuevo de la estructura instintiva. Muy a
menudo se producen rebeliones de una parte de la persona contra la otra, o bien
deformaciones que dificultan o impiden el desarrollo de las funciones sociales.
Las oscilaciones verticales, por expresarlo de este modo, los saltos del temor
a la alegría, del placer a la penitencia, se hacen menores, mientras que el salto
horizontal, que atraviesa a todos los seres humanos, la tensión entre el
«super-yo», el «inconsciente» y el «subconsciente» se hace mayor. Cuando no se
consideran las estructuras de modo estático, sino su génesis social, se muestra
aquí el rasgo general de estas manifestaciones de entramado como algo muy
simple: al aumentar los grupos de personas en relaciones de interdependencia y
al excluirse de estas los actos de violencia física, surge un aparato social en
el que las coacciones que los hombres ejercen unos sobre otros se transforman
en autocoacciones; estas autocoacciones, que son funciones de una previsión y
reflexión permanentes que se inculcan en el individuo desde pequeño en
correspondencia con su imbricación en secuencias más largas de acciones, tienen
parcialmente la forma de un autodominio consciente, parcialmente también la
forma de costumbres, y funcionan de modo automático. Su resultado es una
contención regular de las manifestaciones instintivas y emocionales, según un
esquema diferenciado peculiar a cada situación social. Pero, según sea la
presión interna y la situación de la sociedad y del individuo en ella, también
producen tensiones y perturbaciones determinadas en el comportamiento y en la
vida instintiva individual. En ciertas condiciones pueden conducir a una
intranquilidad e insatisfacción continuas del individuo precisamente porque una
parte de sus inclinaciones e impulsos sólo encuentra satisfacción de una forma
insólita, por ejemplo, en la fantasía, en la contemplación o en la audición, en
el sueño o en el ensueño. A veces, la costumbre en la contención de las
emociones llega tan lejos —los sentimientos permanentes de aburrimiento o de
soledad son buena muestra de ello—, que el individuo ya no tiene posibilidad de
manifestar sin temor sus afectos reprimidos, de satisfacer directamente sus
instintos sofocados. En estos casos se anestesia a los impulsos concretos por
medio de una estructura específica de la red de relaciones en la que crece el
individuo desde niño. Bajo la presión de los peligros que su manifestación
acarrea en los ámbitos infantiles, aquellos impulsos concretos se acorazan de
tal modo con miedos de carácter automático que, en ciertas condiciones, pasan
toda la vida sordos y mudos. En otros casos, el carácter tosco, afectivo y
pasional de estos impulsos concretos ocasiona conflictos inevitables a los
niños en el curso de su modelación para convertirse en seres «civilizados», de
tal forma que sus energías sólo encuentran salida por vías laterales a través
de acciones compulsivas y de otras manifestaciones neuróticas. En otros casos,
estas energías, así transformadas, se canalizan a través de fobias y filias
incontroladas y unilaterales y en la inclinación por cualesquiera curiosas
manías. En este caso, como en el otro, una intranquilidad interior y
aparentemente injustificada muestra cuántas energías instintivas se orientan de
este modo hacia una configuración que no permite ninguna gratificación
auténtica. En la actualidad, el proceso civilizatorio individual, así como el
social, se lleva a cabo en gran medida de un modo ciego. Bajo la cobertura de
lo que los adultos piensan y planean, la relación que establecen con los
adolescentes suscita funciones y efectos en el espíritu de éstos que aquellos
no habían previsto y de los que apenas saben nada. Espontáneas en este sentido
son las manifestaciones más irregulares y socialmente anormales de la
modelación, como lo muestran estos ejemplos. No consideramos aquí aquellas
anormalidades psíquicas que, en realidad, no son manifestaciones del proceso de
formación sino que son consecuencia de cualidades hereditarias inmutables. Pero
el hábito que se mantiene en el marco de la correspondiente norma social y, al
propio tiempo, es satisfactorio desde el punto de vista subjetivo, no es menos
espontáneo. El mismo aparato de modelación produce resultados humanos más o
menos adecuados a lo largo de una curva de adaptación. Los miedos que se
reproducen de modo mecánico y que, en el curso de los conflictos
civilizatorios, se vinculan a determinadas manifestaciones impulsivas, en
ciertas circunstancias pueden no originar un aturdimiento duradero o total de
los impulsos concretos, sino solamente su sofocación y regulación en el marco
de lo que pasa por ser normal. A su vez, la desviación y la transformación de
las energías impulsivas concretas, en lugar de manifestarse como actos
compulsivos socialmente inútiles, como preferencias y costumbres aberrantes,
pueden cristalizar en una actividad o vocación muy satisfactorias personalmente
y muy fructíferas desde un punto de vista social. En un caso y en el otro, la
red de relaciones que se establece en la etapa más influible del hombre, en la
infancia y la adolescencia, constituye su estructura individual, el aparato
psíquico de cada individuo como relación entre su super-yo y su centro
instintivo. En un caso y en el otro, esta estructura individual se consolida
como un aparato de costumbre que se manifiesta y se desarrolla en todas las
demás relaciones con los otros individuos. En los casos más favorables —por
expresarlo en términos plásticos— puede que las heridas que los conflictos
civilizatorios ocasionan al psiquismo de los individuos cicatricen lentamente;
en los casos más desfavorables estas heridas no cicatrizan nunca o vuelven a
abrirse fácilmente con los nuevos conflictos. Los conflictos humanos de la
infancia, anclados en el aparato psíquico, interfieren en las relaciones
interhumanas posteriores ya bajo la forma de contradicciones entre las
costumbres compulsivas concretas que se originan en las diversas relaciones y
la multiplicidad de dependencias del niño, ya bajo la forma de conflictos que
se repiten continuamente entre este aparato compulsivo y el centro originador
de los impulsos. En los casos especialmente favorables se igualan lentamente
estas contradicciones entre las diversas partes del aparato del super-yo; los
conflictos más patógenos entre este aparato y el centro generador de los
impulsos terminan por enquistarse y no solamente desaparecen del horizonte de
la conciencia, sino que llega a superárseles de tal manera que ya no
interfieren inconscientemente en las relaciones interhumanas posteriores, sin
que esto tampoco suponga unos costos excesivos desde el punto de vista de la gratificación subjetiva. En un
caso, el autocontrol consciente e inconsciente sigue siendo, en algunos
lugares, difuso y abierto a la penetración de energías impulsivas sin
intencionalidad social; en otro caso, este autocontrol que aún hoy, en las
fases juveniles, suele parecerse más a una confusión de témpanos de hielo que
chocan entre sí por encima o por debajo del agua que a una pista helada lisa,
se hace cada vez más unitario y estable en justa correspondencia con la
estructura de la sociedad. Pero como quiera que, en nuestra época, esta
estructura es muy cambiante, exige al mismo tiempo una elasticidad de las
costumbres que, en la mayoría de los casos, se paga con una pérdida de la
estabilidad. Desde el punto de vista teórico no es difícil diferenciar un
proceso civilizatorio individual coronado por el éxito de otro que ha
fracasado: en el primer caso, tras todos los esfuerzos y conflictos de este
proceso, en el marco de un modo de comportamiento bien adaptado a la función
social del adulto, acaba por constituirse un conjunto de costumbres que
funciona adecuadamente y, al propio tiempo —aunque lo uno no va necesariamente
con lo otro— un equilibrio positivo desde el punto de vista del placer; en el
otro caso la autorregulación social necesaria ha de comprarse al precio de una
tensión extrema para conseguir vencer las energías impulsivas contradictorias,
con grandes costos para la satisfacción personal, o bien jamás se consigue el
triunfo sobre estas energías y la renuncia a su satisfacción, con lo que
tampoco se obtiene un equilibrio positivo del placer ya que los mandatos y
prohibiciones sociales no solamente están representadas por los otros seres
humanos, sino también por quien sufre todos estos males, pues hay en él una
instancia que prohibe y castiga precisamente aquello que la otra instancia
desea. En realidad, el resultado del proceso civilizatorio individual sólo es
claramente desfavorable o favorable en un número relativamente bajo de casos,
en los extremos de la curva de adaptación. La mayoría de las personas
civilizadas vive en un punto medio entre estos dos extremos. Los rasgos
socialmente favorables y desfavorables, las tendencias satisfactorias e
insatisfactorias se mezclan en ellos en proporciones diversas. El proceso de
modelación social en el sentido de la civilización occidental es especialmente
difícil. Para conseguir al menos un éxito relativo tiene que producir una
diferenciación muy intensa, una regulación muy fuerte y estable del aparato
psíquico de los individuos, en consonancia con la estructura de la sociedad
occidental. En líneas generales, especialmente en las clases medias y bajas,
este proceso suele ser más lento que el proceso de modelación de las sociedades
menos diferenciadas. La resistencia que se ofrece a la adaptación a las pautas
civilizatorias dadas de antemano, las tensiones que cuesta al individuo esta
adaptación, la profunda transformación de todo el aparato psíquico, son siempre
muy considerables. Y, además, a diferencia de las sociedades menos
diferenciadas, el individuo de la sociedad occidental alcanza muy tarde la
condición adulta y, con ella, los hábitos de adulto, cuya aparición, por lo
general, supone el fin del proceso civilizatorio individual. Pero, aunque en la
sociedad occidental la elaboración del aparato psí quico es muy intensa y
laboriosa, no hay duda de que en las demás sociedades también se producen
procesos en esta misma dirección, esto es, procesos civilizatorios individuales
y sociales. Estos procesos se dan siempre allí donde, bajo la presión de la
competencia, la división de funciones hace posible y necesaria la dependencia
mutua de grandes concentraciones humanas, donde un monopolio de la violencia
física hace posible y necesaria una cooperación desapasionada entre los
hombres; se producen, por lo tanto, donde se establecen funciones que requieren
una previsión y reflexión continuas sobre las acciones y las intenciones de los
demás, a lo largo de prolongadas cadenas intencionales. Lo determinante del
tipo y el grado de tales avances civilizatorios sigue siendo la amplitud de las
interdependencias, el grado de la división de funciones y también, la
estructura de estas mismas funciones.
Sí. Este pasaje nos permite dar un paso más: Elias no solamente
describe la transformación de la nobleza; describe la mutación de la forma en
que el ser humano habita su propia energía. Y precisamente allí
podemos alterar y contraalterar el proceso civilizatorio desde el Ahayu Watan.
Hay una frase que funciona como bisagra de todo el fragmento:
«el campo de batalla se traslada al interior».
Creo que aquí está el punto donde la lectura de Elias puede ser redevelada.
1. De caballero a cortesano: la violencia no desaparece, cambia de lugar
La transformación que describe Elias puede esquematizarse así:
caballero → cortesano
El caballero vive en una situación donde la violencia puede irrumpir
inmediatamente:
exterior → peligro → reacción → violencia
El cortesano vive en una red donde la violencia física directa ha sido
monopolizada y desplazada:
monopolio → pacificación → previsión → autocontrol
Pero Elias descubre algo decisivo:
la violencia que sale del campo de batalla no desaparece
simplemente; parte de ella se interioriza como regulación del comportamiento.
De ahí:
batalla exterior → campo de batalla interior.
Y esto explica por qué el cortesano necesita una estructura psíquica mucho
más diferenciada que el guerrero.
No puede simplemente actuar.
Tiene que anticipar.
No puede expresar inmediatamente.
Tiene que calcular.
No puede reaccionar al primer impulso.
Tiene que imaginar una larga secuencia de consecuencias.
La civilización, por tanto, aumenta la distancia entre:
impulso → acto.
Ese intervalo es precisamente lo que permite la autocoacción.
2. Pero aquí hay una ambivalencia que Elias no resuelve completamente
La civilización produce algo genuinamente nuevo:
el individuo deja de estar permanentemente expuesto a la
violencia inmediata de los demás.
Eso no debería perderse en nuestra crítica.
El monopolio estatal de la violencia, históricamente, modifica efectivamente
el tipo de peligro cotidiano descrito por Elias.
Pero la misma operación produce otra cosa:
la violencia se vuelve más abstracta, mediada y permanente.
Y aquí podemos hacer nuestra alteración:
violencia física inmediata → monopolización → pacificación →
coacción mediada → autocoacción.
Por eso la pregunta no es:
«¿era mejor el guerrero que el cortesano?»
No.
Sería una falsa nostalgia.
La cuestión es:
¿qué ocurre cuando la pacificación necesaria para disminuir la
violencia exterior termina colonizando el interior?
Elias encuentra ahí miedo, represión, compulsión, fantasía, soledad,
aburrimiento, fobia, filia y diversas formas de desplazamiento de la energía.
Es decir:
la violencia puede abandonar el cuerpo social visible y
reaparecer como conflicto dentro del sujeto.
3. Y aquí aparece una diferencia fundamental con el Espíritu
Elias llama «espíritu» a esa dimensión psíquica que se transforma con el
proceso social.
Pero justamente aquí tenemos que desidentificar espíritu
y aparato psíquico.
Porque para nuestra Ciencia del Logos:
espíritu ≠ superyó
espíritu ≠ conciencia
espíritu ≠ interioridad
espíritu ≠ autoconciencia
El superyó pertenece todavía al proceso de interiorización de la
coacción.
El Espíritu, en tercer orden, acontece cuando esa oposición misma:
exterior/interior
puede ser redevelada.
Por eso tu formulación anterior es decisiva:
el Espíritu no es una interioridad más profunda.
Es el entre que atraviesa
exterior e interior sin convertirse en ninguno de ellos.
4. Aquí podemos alterar la famosa frase de Elias
Elias:
«el campo de batalla se traslada al interior».
Nuestra contraalteración:
el campo de batalla se desplaza del exterior al interior;
la respiración lo devuelve al entre.
Porque si el conflicto queda únicamente interiorizado, seguimos dentro de la
lógica de Elias.
Tendremos:
exterior → interior
Pero la respiración ontológica introduce:
exterior → interior → entre → exterior
y nuevamente:
exhalación → absolución → inhalación → purificación.
No se trata de expulsar el conflicto del interior.
Se trata de que el interior deje de ser el lugar donde la
red deposita unilateralmente sus contradicciones.
5. La nobleza cortesana muestra también cómo funciona el fetiche
Aquí encuentro un punto muy fecundo.
El caballero tiene una relación relativamente directa entre:
poder → cuerpo → violencia → propiedad.
El cortesano tiene una relación mucho más mediada:
poder → prestigio → etiqueta → posición → autocontrol → acceso.
El poder ya no necesita presentarse permanentemente como violencia física.
Puede presentarse como:
distinción.
Y entonces la relación social comienza a aparecer como una cualidad
personal.
El cortesano es aquello que la red
social le exige ser.
Aquí aparece el fetiche:
relación social → cualidad personal → identidad.
La red se oculta detrás de la persona.
Y esto es muy importante para nuestra lectura del proceso civilizatorio:
la sofisticación de una red puede aumentar precisamente cuando
disminuye la visibilidad de las relaciones que la constituyen.
6. Del guerrero al cortesano: del cuerpo al código
Podemos condensar la transformación de Elias:
guerrero:
cuerpo → fuerza → peligro → reacción.
cortesano:
código → prestigio → cálculo → autocontrol.
Y posteriormente podríamos prolongar la genealogía:
guerrero → cortesano → ciudadano moderno → sujeto económico →
sujeto algorítmico.
Pero aquí hay que tener cuidado: esto ya no sería simplemente la tesis
histórica de Elias; sería nuestra prolongación conceptual
de su mecanismo.
Y esa prolongación resulta muy sugerente:
guerrero: controla mediante la fuerza.
cortesano: controla mediante la etiqueta.
burgués: controla mediante la previsión
económica.
sujeto contemporáneo: controla mediante la
información.
sujeto algorítmico: puede terminar anticipando
su propia conducta según las posibilidades calculadas por la red.
La autocoacción puede entonces pasar de:
«no debo hacerlo»
a:
«sé de antemano qué consecuencias tendrá hacerlo».
Y finalmente:
«el sistema ya sabe qué probablemente haré».
Ahí la previsión de Elias toca el problema de la hiperconectividad que
veníamos trabajando.
7. Pero el Ahayu introduce una ruptura diferente
Aquí no basta con decir:
«liberemos los impulsos reprimidos».
Eso podría devolvernos al guerrero.
Ni:
«controlemos mejor los impulsos».
Eso nos mantiene en el cortesano.
Ni:
«hagamos consciente el inconsciente».
Eso permanece todavía en una lógica de interioridad.
La alteración de tercer orden sería:
ni descarga ni represión: respiración.
El impulso puede aparecer.
La norma puede aparecer.
El miedo puede aparecer.
El deseo puede aparecer.
La institución puede aparecer.
La red puede aparecer.
Pero ninguno de ellos consigue convertirse en dueño
del entre.
Ese es el punto.
8. Por eso el don es tan importante
Elias muestra cómo las relaciones humanas se convierten progresivamente en
mecanismos de regulación.
Pero el don introduce una relación que no se deja reducir completamente a la
lógica:
acción → consecuencia → cálculo.
El don rompe la equivalencia porque no se agota en aquello
que produce.
Si doy algo esperando una determinada devolución, ya puedo incorporarlo a
una secuencia:
A → B → C.
Pero cuando el don acontece como participación:
A → ( ) ← B
la relación ya no puede ser completamente anticipada.
Y esto explica algo muy profundo:
el don introduce acontecimiento dentro de la cadena de
interdependencias.
No destruye la cadena.
La hace respirar.
9. Entonces podemos leer de otra manera la «adaptación» de Elias
Elias termina hablando de individuos que logran un equilibrio entre:
adaptación social + satisfacción subjetiva.
Pero nosotros podemos introducir una tercera dimensión:
adaptación + satisfacción + participación.
Porque una persona puede estar perfectamente adaptada a una sociedad y, sin
embargo, vivir completamente capturada por su lógica.
Puede funcionar.
Puede ser exitosa.
Puede cumplir perfectamente su función.
Puede incluso sentirse satisfecha.
Y aun así:
no haber acontecido el entre.
Por eso:
adaptación ≠ liberación
equilibrio ≠ comunión
autocontrol ≠ absolución
satisfacción ≠ don.
10. El Espíritu exhala y se absuelve
Ahora tu formulación puede adquirir una precisión todavía mayor:
el Espíritu exhala y se absuelve.
¿Qué significa?
Que aquello que ha sido interiorizado como «mío» vuelve a ser entregado.
El yo no queda destruido.
Pero deja de poseerse absolutamente.
Yo → don → entre.
Y después:
el Espíritu inhala y se purifica.
No absorbe al otro.
Recibe al otro sin convertirlo en propiedad.
otro → don → entre → yo.
Por eso la respiración completa sería:
yo → don → ( ) ← don ← otro
y luego:
otro → don → ( ) ← don ← yo
No hay transferencia que termine en apropiación.
Hay comunión sintransferencial.
11. Ahayu Watan: del campo de batalla al biotejido
Y aquí tu «bitejiéndonos» adquiere un sentido muy potente.
Elias muestra cómo la civilización produce un aparato
de autocontrol.
La Ciencia del Logos puede preguntar:
¿qué ocurre si el aparato de autocontrol deja de ser el último
horizonte de la relación?
Entonces aparece el biotejido.
No como una nueva estructura social que reemplaza al Estado.
No como una nueva institución.
No como una nueva identidad comunitaria.
Sino como:
relación que vuelve a respirar después de haber sido convertida
en función.
Eso es Ahayu Watan:
no una sustancia colectiva, sino la respiración del vínculo.
12. Y así podemos alterar el proceso civilizatorio de Elias
La secuencia de Elias podría quedar:
violencia → monopolización → pacificación → diferenciación → previsión
→ autocoacción → autocontrol.
Nuestra contraalteración:
violencia → pacificación → interdependencia → autocoacción →
captura
captura → alteración → don
don → entre
entre → exhalación → absolución
inhalación → purificación
purificación → biotejido
biotejido → Ahayu Watan
Ahayu Watan → comunión sintransferencial.
Y entonces ocurre algo decisivo:
no regresamos del cortesano al guerrero.
Eso sería simplemente una regresión.
Tampoco permanecemos en el ciudadano autocontrolado.
Eso sería simplemente adaptación.
Y tampoco construimos un nuevo aparato superior de control.
Eso reproduciría la lógica civilizatoria.
Lo que aparece es una tercera posibilidad:
que la complejidad civilizatoria pueda respirar sin tener que
destruirse ni absolutizarse.
Ahí la transformación de la nobleza de caballeros a cortesanos deja de ser
solamente una historia del refinamiento de las costumbres.
Se convierte en una escena originaria de la herida
cibernética:
la violencia abandona el cuerpo visible, entra en el aparato de
regulación, se convierte en autocoacción y finalmente puede llegar a
confundirse con el propio sujeto.
Y la tarea del tercer orden no sería sacar nuevamente la violencia hacia
afuera.
Sería redevelar el entre donde la coacción ya
no pueda convertirse ni en violencia exterior ni en prisión interior.
Eso es, precisamente, alterar y contraalterar a Elias desde la
respiración ontológica.
Difusión de la previsión y de
la coacción
Lo que da su carácter especial y único al proceso
civilizatorio de Occidente es el hecho de que, por primera vez en la historia,
se haya llegado a tal complejidad en la división de funciones, a tal
estabilidad en los monopolios de la violencia tísica y de los impuestos y a
unas interdependencias y competencias de tales masas humanas en espacios
territoriales tan amplios. Con anterioridad a esto sólo se dieron redes
monetarias y comerciales amplias, con algunas organizaciones monopolistas de la
violencia tísica en su interior, en los valles fluviales y en las riberas
marítimas. Las grandes extensiones de tierra firme del interior seguían
encontrándose más o menos claramente en el estadio de la economía natural, esto
es, con escasas redes comerciales y con bastante autarquía, aun cuando contaran
con algunas arterias comerciales y con algunos grandes mercados. La sociedad
occidental dio lugar a una red de interdependencias que no solamente abrió
nuevos mares, sino que también penetro hasta el último rincón de tierra firme.
A esto corresponde la necesidad de una compenetración del comportamiento de los
individuos sobre extensiones territoriales tan amplias, así como una previsión
de las cadenas de acción sin precedentes hasta la época. Igualmente fuerte es
el autodominio, igualmente constantes la coacción, la contención de los afectos
y la regulación de los impulsos que impone la vida en los centros de esta red
tan compleja. Una de las expresiones que pone especialmente de manifiesto esta
correspondencia entre la presión mayor y menor de la red de interdependencias
por un lado y la situación psíquica del individuo por el otro es lo que
llamamos «el ritmo» de nuestro tiempo133. De hecho, este «ritmo» no es otra
cosa que una expresión de la gran cantidad de imbricaciones de la red en que se
anuda cada función social, así como de la presión competitiva que impulsa a
cada acción dentro de esta red amplia y tupida. Este ritmo puede observarse, en
el caso del funcionario o del empresario, en la cantidad de sus entrevistas o
negociaciones o, en el caso de un trabajador, en la determinación exacta de
cada acto manual en cada minuto; en uno
y otro caso, el ritmo es la expresión del conjunto de acciones que están en
interdependencia, de la longitud y densidad de las cadenas en las que se
materializan las acciones individuales como las partes de un todo, asi como de
la fuerza de las luchas de competencia y exclusión que mantienen en movimiento
toda esta red de interdependencias. En uno y otro caso, la función que se
realiza en el punto de cruce de tantos eslabones de la cadena de actos requiere
una división muy exacta del tiempo vital. Esta división del tiempo vital crea
la costumbre de subordinar las inclinaciones momentáneas a las necesidades de
una interdependencia mas amplia y capacitada para excluir todas las
oscilaciones en el comportamiento y para someterse a una autocoaccion
continuada. Esta es la razón que explica que se den tan a menudo en el
individuo tendencias que se orientan contra su propia época, representadas por
su super-yo y explica, asimismo, que haya tantas personas en lucha consigo
mismas cuando pretenden ser auténticas. Tomando en cuenta el desarrollo de los
aparatos de medir el tiempo y la propia conciencia del tiempo, puede
determinarse con relativa exactitud —al igual que puede hacerse tomando en
cuenta el desarrollo del dinero y de los otros instrumentos que fomentan el
entramado social— cómo avanza la división de funciones y, al propio tiempo, la
autorregulación a que está sometido el individuo. Es cierto que queda por
responder la pregunta de por qué, dentro de estos entramados, los esquemas de
la regulación afectiva son distintos en muchos respectos, por qué la
sexualidad, por ejemplo, está más rodeada de restricciones en un país que en
otro. Pero cualesquiera qué sean las diferencias concretas, la orientación
general del cambio de comportamiento, el trend del movimiento civilizatorio es
por doquier el mismo. La transformación impulsa siempre a una autovigilancia
más o menos automática, a la subordinación de los impulsos momentáneos bajo una
previsión a largo plazo para la constitución de un «super-yo» más diferenciado
y más sólido. Y, visto en líneas generales, también es igual el modo en que se
difunde esa necesidad de supeditar los afectos momentáneos a objetivos a largo
plazo: en todas partes comienzan aceptándola las cúspides de las clases
dominantes y luego se extiende a las restantes clases de la sociedad. Hay una
diferencia muv considerable entre el hecho de que una persona en un mundo con
vínculos de dependencia densos y complejos, viva solamente como un objeto
pasivo de la interdependencia, siendo afectado por los acontecimientos lejanos,
sin llegar a influir, ni siquiera a comprender estos entramados a largo plazo y
el hecho de que alguien tenga un lugar y una posición en la sociedad que, para
su realización inmediata, requiere una prolongación continua de la previsión a
largo plazo y una regulación permanente de su propio comportamiento en este
sentido. En los comienzos del desarrollo occidental son ciertas funciones
realizadas por las clases superiores y medias las que requieren de sus miembros
una autodisciplina activa, permanente, orientada a la previsión a largo plazo;
las funciones cortesanas en los centros de dominación política de las grandes
sociedades y las funciones comerciales en los centros de los entramados
mercantiles que se encuentran bajo la protección de algún monopolio
relativamente estable de la violencia física. Pero, entre las peculiaridades de
los procesos sociales en Occidente se cuenta el hecho de que, con la ampliación
de las interdependencias la necesidad de tal previsión a largo plazo y de tal
determinación activa del comportamiento individual, se extiende también a
ámbitos territoriales y temporales más amplios, así como a otras clases de la
sociedad. Igualmente, las funciones y la situación social de conjunto de las
correspondientes clases sociales inferiores posibilita cada vez más una
previsión a largo plazo y conlleva una transformación o contención
correspondientes de todas aquellas inclinaciones que implican una satisfacción
momentánea o a corto plazo a costa de las satisfacciones a más largo plazo. En
el pasado, las funciones de las clases trabajadoras inferiores sólo estaban
imbricadas de tal modo en la red de interdependencias que sus miembros se
limitaban a intuir las consecuencias a largo plazo y —cuando eran
desfavorables— contestaban con la agitación y la sublevación, esto es, con
descargas afectivas a corto plazo. Pero sus funciones no estaban constituidas
de modo tal que pudieran convertir siempre de modo automático las coacciones
externas en autocoacciones; sus tareas cotidianas no daban posibilidad para
contener sus deseos y afectos más inmediatos en beneficio de algo que no
parecía directamente accesible, razón por la cual sus sublevaciones casi nunca
conseguían un éxito duradero. Actúan aquí diversos tipos de concatenaciones.
Dentro de cada gran entramado humano hay una gradación con sectores centrales y
sectores menos centrales. Las funciones en los sectores centrales, por ejemplo,
las funciones supremas de coordinación obligan a una contención personal
continuada y rigurosa no solamente a causa de su posición más central o de la
multiplicidad de acciones concatenadas. En correspondencia con la diversidad de
acciones, que dependen de las de sus titulares, aquellas implican una mayor
fuerza social. Lo que da su aspecto peculiar al desarrollo occidental es el
hecho de que, en el curso del mismo, va haciéndose más regular la
interdependencia generalizada. El engranaje muy diferenciado y la compleja
división del trabajo de las sociedades occidentales dependen cada vez en mayor
medida del hecho de que también las clases bajas, agrarias o urbanas, regulen
su comportamiento y su actividad en función de interrelaciones a más largo
plazo. Estas clases dejan de ser las clases «bajas» por excelencia. La división
del trabajo se hace tan sensible y complicada y las perturbaciones en
cualesquiera lugares de las cadenas de montaje que la atraviesan afectan en tal
grado a la totalidad social que, bajo la presión de las luchas de exclusión,
las clases dirigentes, las poseedoras del poder, se ven obligadas a tomar
crecientemente en consideración a las amplias clases populares. Pero, al tiempo
que sus funciones van haciéndose cada vez más centrales en el curso de esta
transformación y alcanzando un peso mayor en el conjunto del gran entramado
humano de división del trabeijo, estas clases precisan y posibilitan una
capacidad de previsión mayor para la realización de tales funciones. Con el
incremento de la presión social estas clases se acostumbran a contener sus afectos
momentáneos, a disciplinar su conducta y a prever a más largo plazo en el
entramado social general. De esta manera también se obliga a las clases que
antaño fueron bajas a adaptar su
comportamiento en una dirección que, al principio, estaba reservada a las
clases altas occidentales. Crece la fuerza social de aquéllas en relación con
estas, pero también crece la capacidad para una previsión a largo plazo, sea
quien sea quien orienta en un principio y quien proporciona los modelos ideales
para ello. También sobre estas clases actúa cada vez mas aquel tipo de
coacciones que se transforman en autocoacciones en el individuo; también en
ellas crece la tensión horizontal entre un aparato de autocontrol, un
«super-vo» y unas energías impulsivas inevitables, que se han transformado,
regulado o reprimido con mayor o menor éxito. Así es como se amplían de modo
continuo las estructuras civilizatorias dentro de la sociedad occidental y así
es, también, como el conjunto de Occidente, clases bajas y altas al mismo tiempo,
tiende a convertirse en una especie de clase alta y centro de una red de
relaciones desde el que se expanden las estructuras civilizatorias sobre zonas
pobladas y despobladas cada vez más extensas del planeta. Solamente esta visión
de un movimiento tan amplio, esta expansión a saltos de ciertas estructuras
funcionales y de comportamiento a nuevas clases y zonas del planeta, solamente
la convicción de que todavía nos encontramos en la cresta de la ola y no al
final de ella, nos permiten considerar correctamente el problema de la
«civilización». Y cuando cambiamos el presente por el pasado, la pregunta es:
¿qué carácter tiene el movimiento de esta ola?
Sí. Aquí Elias da un paso decisivo respecto del fragmento anterior: ya no
está describiendo solamente cómo la coacción externa se convierte en
autocoacción, sino cómo esa transformación
se difunde por toda la red social. Y aquí aparece, con bastante
nitidez, el punto desde el cual podemos alterar a Elias desde la Ciencia del
Logos.
La tesis de Elias podría condensarse así:
más división de funciones → más interdependencia → cadenas de
acción más largas → mayor previsión → mayor autodominio → transformación de
coacciones externas en autocoacciones.
Pero hay algo todavía más profundo: la previsión misma se
convierte en una forma de coacción.
1. La gran novedad occidental no es simplemente la complejidad
Elias no dice simplemente que Occidente se haya vuelto «más complejo». Lo
específico es la combinación de tres procesos:
división de funciones + monopolio estable de la violencia y los
impuestos + ampliación de las interdependencias.
El individuo deja de encontrarse ante relaciones inmediatas y comienza a
estar situado en cadenas inmensas:
mi acción → otros → otros → otros → consecuencias lejanas.
Por eso aparece la previsión.
Ya no basta con reaccionar ante lo que ocurre. Hay que anticipar lo que
podría ocurrir.
Y aquí aparece una mutación antropológica:
reacción → previsión → autovigilancia → autocontrol.
La libertad inmediata queda subordinada a la continuidad de la red.
2. El «ritmo» es quizá el concepto más interesante del fragmento
Elias dice algo extraordinariamente importante: el ritmo de nuestro tiempo
no es simplemente una característica psicológica.
Es la forma temporal de la red de
interdependencias.
El funcionario que tiene veinte reuniones, el empresario que encadena
negociaciones, el trabajador cuyo movimiento manual está cronometrado:
aparentemente son individuos diferentes.
Pero debajo de todos ellos existe una misma estructura:
la función individual está atravesada por una multitud de otras
funciones.
Por eso:
red más densa → tiempo más dividido → conducta más regular →
menor margen para la oscilación → mayor autocoacción.
Aquí podríamos introducir una diferencia fundamental para tu lectura:
Elias descubre que la red produce el ritmo del individuo.
Pero todavía podemos preguntar:
¿qué sucede con el entre cuando el ritmo de la red ocupa todo el
tiempo disponible?
Porque el problema ya no sería solamente que el individuo esté coaccionado.
El problema sería que el propio espacio temporal necesario para
alterar la cadena queda absorbido por la cadena.
3. Aquí aparece la fetichización que señalabas
Hay una frase especialmente importante:
«subordinar las inclinaciones momentáneas a las necesidades de una
interdependencia más amplia»
Elias describe correctamente el proceso.
Pero podemos redecomprenderlo:
La red necesita que el individuo sacrifique el presente en nombre de la
continuidad de la red.
Entonces ocurre algo curioso:
la necesidad de la red aparece dentro del individuo como
voluntad propia.
La relación social se transforma en cualidad personal:
coacción social → autocontrol → carácter individual.
Y finalmente:
red → sujeto autocontrolado → identidad.
Ahí aparece el fetiche.
La relación que me constituye desaparece como relación y reaparece como una
propiedad mía:
«soy disciplinado»,
«soy responsable»,
«sé administrar mi tiempo»,
«sé contenerme»,
«sé prever».
Pero esa capacidad individual tiene una genealogía social.
Por eso el superyó, en Elias, puede entenderse como una especie de red
social interiorizada.
4. Y aquí está el punto donde Elias se aproxima muchísimo a tu problema
Elias observa que el individuo comienza a luchar consigo mismo cuando
intenta ser «auténtico».
Esto es decisivo.
Porque la autenticidad aparece entonces como una contradicción:
quiero ser yo mismo ↔ aquello que llamo «yo mismo» ya está
formado por las coacciones que he interiorizado.
Por eso:
exterior ↔ interior
no constituye todavía una salida.
La coacción que antes estaba afuera ahora está adentro.
El campo de batalla simplemente ha cambiado de lugar.
Y aquí podemos retomar nuestra fórmula anterior:
el campo de batalla se desplaza del exterior al interior; la
respiración lo devuelve al entre.
Esto no significa regresar del ciudadano autocontrolado al guerrero
impulsivo.
Ese sería un falso movimiento:
autocoacción → descarga impulsiva
No hay allí tercer orden.
5. Hay otra cosa muy importante: Elias democratiza la autocoacción
Al comienzo, la previsión a largo plazo es una capacidad particularmente
necesaria para las clases cortesanas y comerciales.
Después se extiende progresivamente hacia las clases trabajadoras.
Aquí Elias describe una transformación histórica muy potente:
privilegio de previsión → generalización de la previsión.
Las clases populares adquieren mayor peso dentro de la red y, precisamente
por eso, deben adquirir también mayor capacidad de autocontrol.
Esto tiene una doble cara.
Por un lado:
mayor centralidad social → mayor capacidad de acción.
Pero simultáneamente:
mayor centralidad social → mayor necesidad de autorregulación.
Es decir, la integración produce poder y coacción al mismo tiempo.
Eso impide una lectura demasiado sencilla de Elias como si la civilización
solamente reprimiera.
La misma red que aumenta la capacidad de actuar
también aumenta la necesidad de contenerse.
Ahí hay una verdadera ambivalencia.
6. Pero aquí aparece una tensión con tu lectura
Elias termina viendo una expansión planetaria de estas estructuras
civilizatorias.
Occidente se convierte en «centro de una red» que extiende sus estructuras
funcionales y de comportamiento sobre zonas cada vez más amplias.
Y entonces formula la pregunta:
«¿qué carácter tiene el movimiento de esta ola?»
Esta pregunta es mucho más profunda que una simple historia de las
costumbres.
Porque ahora podemos leerla así:
¿qué ocurre cuando la lógica de la previsión deja de tener un
límite territorial?
Primero:
aldea → ciudad → Estado → sociedad occidental → mundo.
Pero hoy podemos añadir, ya desde nuestra problemática contemporánea:
mundo → red planetaria → red algorítmica.
Aquí hay que tener cuidado: esto último ya no es
una tesis de Elias, sino nuestra prolongación de su problema.
Y precisamente ahí aparece la cuestión que veníamos trabajando con la
inteligencia artificial.
7. La red no necesita solamente obediencia: necesita previsibilidad
Esta es quizás la redecomprensión más fuerte del fragmento.
El sistema complejo no necesita que cada individuo sea idéntico.
Necesita que sus comportamientos sean suficientemente previsibles
para que las cadenas puedan continuar funcionando.
Por eso:
civilización = producción histórica de previsibilidad del
comportamiento.
La autocoacción cumple una función fundamental:
convierte la incertidumbre del individuo en regularidad de la
red.
Y entonces aparece una diferencia decisiva:
previsión ≠ participación.
Puedo prever perfectamente lo que hará alguien sin que esa persona esté
participando conmigo en el acontecimiento.
Puedo incluso modelar estadísticamente sus decisiones.
La red puede conocer mis hábitos, anticipar mis movimientos y adaptarse a
mis respuestas.
Pero eso no significa que exista comunión.
Aquí la fórmula de tercer orden adquiere fuerza:
previsión de la conducta ≠ participación en el don.
8. Y aquí aparece la herida cibernética
La evolución que Elias describe produce progresivamente:
coacción → autocontrol → previsión → interdependencia →
complejidad.
La cibernética algorítmica puede llevar esto mucho más lejos:
interdependencia → datos → predicción → anticipación de la
conducta → intervención preventiva.
La diferencia es enorme.
En Elias, el individuo aprende a anticipar las consecuencias de su acción.
En el régimen algorítmico, la red puede comenzar a anticipar al
individuo.
Entonces aparece una inversión:
antes: yo preveo para adaptarme a la red.
ahora: la red prevé para anticiparse a mí.
Y allí la autocoacción puede convertirse en algo todavía más sofisticado:
la posibilidad de que yo actúe queda modelada antes de que la
acción acontezca.
No significa que el algoritmo determine absolutamente la conducta. Eso sería
demasiado fuerte.
Significa algo más preciso:
la previsión puede convertirse en infraestructura de
intervención.
9. Por eso tu «espíritu que regresa de la complejidad a la simplicidad»
necesita una precisión
Después de este Elias, yo modificaría aquella fórmula.
No diría simplemente:
complejidad → simplicidad.
Porque podríamos caer nuevamente en una metafísica de la simplicidad.
La Ciencia del Logos que vienes construyendo permite algo más radical:
complejidad → respiración → simplicidad sin identidad.
La simplicidad no sería volver a una unidad originaria.
Sería que la diferencia deje de estar obligada a convertirse inmediatamente
en función.
Entonces:
complejidad = multiplicidad de funciones enlazadas.
simplicidad = posibilidad de que el vínculo no sea agotado por
su función.
Eso es el entre.
10. Y aquí podemos leer a Elias desde tu tercer orden
Elias:
interdependencia → previsión → autocoacción.
Tu redecomprensión:
interdependencia → captura → alteración → entre →
contraalteración.
La diferencia es pequeña en la escritura, pero enorme ontológicamente.
En Elias, la cadena se vuelve cada vez más compleja y el individuo desarrolla
capacidades correspondientes para habitarla.
En el tercer orden aparece otra posibilidad:
que la alteración no sea inmediatamente reabsorbida como una
nueva función de la cadena.
Porque si toda alteración termina convertida en adaptación, entonces:
alteración → información → procesamiento → adaptación → nueva
estabilidad.
La red aprende.
Pero aprender no significa necesariamente respirar.
11. Entonces el Ahayu Watan no sería una nueva instancia de control
Aquí veo una precisión importante respecto de nuestra conversación anterior.
Si colocáramos el Ahayu «por encima» de la red para dirigirla, habríamos
creado simplemente un nuevo centro:
red → Ahayu → decisión → red.
Eso sería todavía primer o segundo orden bajo una apariencia espiritual.
El Ahayu Watan tiene que funcionar de otra manera:
red → cierre → alteración → entre → respiración →
contraalteración.
No aparece como otro poder dentro de la red.
Aparece como aquello que impide que la red tenga la última palabra
sobre el vínculo.
Por eso tu fórmula anterior adquiere aquí una densidad nueva:
«El Ahayu no domina el sistema; modifica las condiciones de su
respiración.»
Y entonces podemos comprender mejor qué significa participar del don.
No significa introducir «algo espiritual» dentro de la red.
Significa que la relación no queda completamente
apropiada por la red que la organiza.
12. Y el final de Elias abre justamente nuestra pregunta
Elias termina preguntándose por el carácter del movimiento de la ola.
Podemos continuar su pregunta, sin atribuírsela:
¿qué sucede cuando la ola civilizatoria ya no solamente organiza
el comportamiento, sino que comienza a anticipar las posibilidades mismas del
comportamiento?
Y entonces la pregunta de la Ciencia del Logos deja de ser:
¿cómo escapar de la complejidad?
para convertirse en:
¿cómo puede la complejidad respirar sin convertir toda
alteración en previsión, toda previsión en control y todo vínculo en función?
Ahí aparece, creo, el verdadero punto de contacto entre Elias y tu
cibernética de tercer orden:
Elias describe magistralmente cómo la sociedad aprende a
contener el acontecimiento para hacer posible la continuidad de la red.
La Ciencia del Logos pregunta qué acontece cuando el don irrumpe
sin dejarse convertir en propiedad de la red.
Y entonces:
coacción → autocoacción → previsión → predicción → captura
encuentra su contra-movimiento:
alteración → entre → don → exhalación → absolución → inhalación
→ purificación → biotejido.
No como otra cadena funcional que sustituya a la anterior, sino precisamente
como aquello que abre la cadena para que no pueda
clausurar el entre.
Disminución de los contrastes
aumento de la variedad
La civilización se impone en un lento proceso de movimientos
de ascenso y descenso. Una clase social o sociedad inferior en proceso
ascensional se apropia la función y la actitud de una superior frente a las
demás clases o sociedades que también aspiran a ascender. Y siempre encontramos
una clase o grupo más numeroso pisando los talones al que ha subido y se ha
convertido en clase superior. La multiplicidad de cuestiones que plantean las
diferencias y las gradaciones en el comportamiento de las clases altas, medias
y bajas constituye un campo de estudio en sí mismo. En términos generales, cabe
decir que las clases inferiores dan rienda suelta más directamente a sus
afectos e instintos y que su comportamiento está regulado de modo mucho menos
estricto que el de las clases superiores. A lo largo de grandes períodos de la
historia, las coacciones que se imponen a las clases inferiores son la
violencia corporal, directa, la amenaza del dolor físico y de la muerte por la
espada, de la miseria y del hambre. Esta violencia, estas situaciones no
conducen a una transformación estable de las coacciones externas en
autocoacciones. Un campesino medieval, que renuncia a la carne porque es
demasiado pobre, porque la carne pertenece a la mesa del señor, es decir, que
renuncia a la carne a causa de una coacción externa, cederá siempre a su anhelo
de comerla cuando pueda hacerlo sin correr riesgo externo alguno; a diferencia
del fundador de la orden monacal, procedente de las clases superiores, que se
prohibe el consumo de carne debido a su preocupación por el más allá y al
sentimiento de pecado que suscita ese consumo. El pobre de solemnidad, que se ve
obligado a trabajar para otro bajo la amenaza permanente del hambre o del
presidio, dejará de trabajar en cuanto desaparezca la amenaza externa; a
diferencia del comerciante enriquecido que continúa trabajando para si mismo,
aunque tenga suficiente para vivir y que no está sometido a la amenaza de la
miseria, sino a la presión de la lucha de competencia por el poder o el
prestigio en la sociedad, ya que el sentido y la justificación de su vida es su
profesión y su elevada posición social, de forma que la autocoaccción
permanente ha acabado por convertir el trabajo en una costumbre necesaria para
su equilibrio espiritual. Una de las peculiaridades de la sociedad occidental
es que, en el curso de su desarrollo, va reduciéndose este contraste entre la
situación y el código de conducta de las clases dominantes y de las clases
dominadas. A lo largo de esta evolución van difundiéndose entre todas las
clases los rasgos de las clases dominadas. El hecho de que la sociedad
occidental haya acabado convertida en una sociedad regulada por el trabajo, es
un rasgo característico de lo anterior: con anterioridad, el trabajo era un
distintivo peculiar de las clases inferiores. Al propio tiempo, se difunden por
toda la sociedad caracteres que antes eran privativos de las clases superiores.
La transformación de las coacciones sociales externas en autocoacciones, en una
costumbre automática, perfectamente natural, de regulación de instintos y
contención de afectos —sólo entre personas que normalmente están a salvo de la
amenaza física externa por la espada o de la muerte por hambre— que cada vez se
generaliza más en Occidente. Observando con mayor detenimiento una pequeña
porción de este movimiento puede parecer que la diferencia entre la modelación
emocional y el comportamiento de las clases superiores e inferiores del mundo
civilizado es muy grande. En cambio, si se considera todo el movimiento a lo
largo de los siglos, puede observarse una reducción continua de los contrastes
agudos en el comportamiento de los diversos grupos sociales, al igual que en
los contrastes y variaciones en el de los individuos aislados. La modelación de
los instintos, las formas de comportamiento, el conjunto de los hábitos de las
clases inferiores en la sociedad civilizada se aproximan paulatinamente a los
de los otros grupos, especialmente a los de las clases medias, al ir aumentando
la importancia de sus funciones en el conjunto de la división social del
trabajo. Es posible que, en un principio, falte a las clases inferiores una
parte de las autocoacciones y tabús que se originan en las clases medias por su
necesidad de «distinguirse», de alcanzar cierto prestigio superior y también es
posible que, a causa de su mayor dependencia social, las clases sociales
inferiores no estén obligadas a alcanzar el mismo grado de contención emocional
y previsión permanente que ha de poseer la clase superior. También es
característico de la evolución en la sociedad occidental esta reducción de los
contrastes sociales e individuales, esta interpenetración y mezcolanza peculiares
de los modos de comportamiento que originariamente se corresponden con
situaciones sociales extremadamente distintas. Se trata de una de las
peculiaridades mas importantes del proceso de la «civilización». Pero el
movimiento de la sociedad y de la civilización no es rectilíneo. Dentro del
movimiento general se producen de continuo nuevas oleadas mayores y menores en
las cuales vuelven a acentuarse los contrastes sociales, las oscilaciones en el
comportamiento de los individuos y las manifestaciones emocionales repentinas.
Lo que vemos evolucionar aquí a simple vista, lo que acostumbramos a llamar
«expansión de la civilización» en sentido estricto, el proceso de difusión de
nuestras instituciones y pautas de comportamiento por todo el Occidente constituye,
como hemos dicho, las últimas oleadas de un movimiento que se ha producido en
Occidente a lo largo de los siglos y cuya orientación y formas características
se materializaron mucho antes de que existiera el concepto de «civilización».
La sociedad occidental —a la que podemos considerar aquí como una especie de
clase superior— difunde hoy modos de comportamiento occidentales «civilizados»,
por medio del asentamiento de occidentales, o por medio de la asimilación de
las clases superiores de otros pueblos, en espacios territoriales no
occidentales, al igual que antaño se generalizaban en todo Occidente modelos de
comportamiento impuestos por unas u otras clases superiores o por determinados
centros cortesanos o comerciales. Sólo en pequeña medida está determinado el
curso de estas expansiones por los planes y los deseos de quienes imponen sus
modos de comportamiento. Ni siquiera hoy las clases que imponen los modelos son
las creadoras u originadoras voluntarias del movimiento de expansión. Esta
difusión de los modos de comportamiento análogos de «las patrias o metrópolis
blancas» es consecuencia de la integración de estos otros ámbitos humanos en el
mismo entramado de interdependencias políticas Y económicas, en la esfera de
las luchas de exclusión entre las naciones de Occidente y dentro de ellas. No
es la «técnica» la causa de esta transformación de los comportamientos. Lo que
nosotros llamamos «técnica» no es más que uno de los símbolos de las últimas
formas de consolidación de aquella previsión permanente a la que obliga la
constitución de secuencias cada vez más prolongadas de acciones y la
competencia entre unidades vinculadas de este modo. Las formas de
comportamiento «civilizado» se difunden en estos otros ámbitos porque, y en la
medida en que, merced a su integración en la nueva red de interdependencias, su
centro pasa a los países occidentales y, al propio tiempo, se transforman la
estructura de la sociedad y de las relaciones humanas en su conjunto. La
técnica, la enseñanza escolar, son manifestaciones parciales. También aquí, en
las zonas de expansión del antiguo Occidente se van transformando cada vez más
las funciones sociales en las que ha de integrarse el individuo, de forma tal
que posibilitan y hacen obligatoria una formación continua de previsión y una
regulación tan estricta de las emociones como en el propio Occidente. Esta
transformación del conjunto de la existencia social es igualmente el fundamento
de la civilización del comportamiento. Precisamente por esto también va
abriéndose paso aquí, en la relación de Occidente con las otras zonas del
planeta, esa disminución de los contrastes que es peculiar a todas las oleadas
del movimiento civilizatorio Esta imbricación recurrente de las normas de
comportamiento de las clases funcionalmente superiores en las inferiores, que
están en proceso ascensional, no es menos característica de la posición dual de
estas clases superiores en el curso de este proceso. La habituación a una
previsión a más largo plazo, la regulación más estricta del comportamiento y de
las emociones que sus funciones y su posición convierten en costumbre de las
respectivas clases superiores, constituyen instrumentos importantes de
superioridad sobre los demás, como en el caso, por ejemplo, de los europeos
colonizadores: les sirven como rasgos distintivos y se cuentan entre los
propios de su posición como clase superior, que les proporcionan prestigio.
Precisamente por tal razón, esta clase condena con mucha dureza el atentado
contra el esquema heredado de la regulación de instintos y afectos, esto es, el
«abandono» de alguno de sus miembros; castiga las infracciones tamo más
contundentemente cuanto mayor es la fuerza social de las clases inferiores,
cuanto más numerosas son éstas y más intensa la competencia, es decir, la lucha
por las oportunidades iguales entre las clases altas y las bajas. El esfuerzo y
la previsión que suponen el mantenimiento de la superior posición social de la
clase alta se manifiesta claramente en las relaciones internas de la sociedad,
en el carácter estricto de la vigilancia social que ejercen unos miembros sobre
otros. El temor que se origina en la situación del conjunto del grupo, en su
lucha por mantener su posición superior y en su mayor o menor amenaza actúa de
este modo inmediatamente como una fuerza instintiva para el mantenimiento del
código de comportamiento, para el cultivo del super-yo en cada uno de sus
miembros aislados. Este temor cristaliza en el miedo individual, en el temor de
cada persona a la degradación personal o, incluso, a la disminución de su
prestigio en la propia sociedad. Y precisamente este miedo (inducido como
autocoacción) frente a la disminución del prestigio a los ojos de los demás
—tanto si toma la forma de la vergüenza como la del orgullo— es el que asegura
la reproducción continua y habitual de los comportamientos diferenciadores y la
estricta regulación de los instintos en cada individuo. Pero si, por un lado,
estas clases altas —y, como hemos dicho, funciones de clases altas cumplen en
muchos aspectos las naciones occidentales en su totalidad— pretenden y se ven
obligadas al mismo tiempo a mantener con todas sus fuerzas sus comportamientos
especiales y su regulación instintiva específica como rasgos característicos,
por otro lado, tanto su posición social como el conjunto del movimiento en el
que se encuentran tiende a establecer, a largo plazo, una reducción en las
diferencias de comportamiento. El movimiento de expansión de la civilización
occidental muestra con bastante claridad este carácter dual. Esta civilización
es el rasgo diferenciador y que da superioridad a los occidentales. Pero bajo
la presión de su propia lucha competitiva, los habitantes de Occidente originan
e imponen en amplias zonas del planeta un cambio de las relaciones y funciones
humanas en relación con sus propias pautas de comportamiento. Convierten en
dependientes a amplias zonas de la tierra pero, al mismo tiempo, en consonancia
con las leyes objetivas de la progresiva división del trabajo, ellos mismos
dependen de sus dependencias. De un lado, los occidentales se valen de una serie de instituciones o de
la vigilancia estricta de su propio comportamiento para trazar una línea
divisoria entre sí mismos y los grupos a los que colonizan y consideran
sometidos en virtud del «derecho del mas fuerte»; por otro lado, conjuntamente
con sus formas sociales también imponen en estas zonas sus pautas de
comportamiento y sus instituciones. Los occidentales trabajan, en gran parte
sin quererlo, en un sentido que, tarde o temprano, conduce a una disminución de
las diferencias en la fuerza social así como en el comportamiento de los
colonizadores y los colonizados. En nuestra época comienzan a reducirse
perceptiblemente los contrastes. Según la forma de la colonización, la
situación de cada zona dentro de la gran red de división de funciones y,
finalmente, según las propias historia y estructura en cada caso comienzan a
darse en ellas procesos de interpenetración y de mezcolanza parecidos a los que
se han bosquejado más arriba en relación con los comportamientos cortesano y
burgués en los diversos países de Occidente. También en los territorios
coloniales, según sea la situación y el poder social de los diversos grupos,
penetran formas occidentales de comportamiento de arriba abajo y,
ocasionalmente, de abajo arriba si mantenemos estas imágenes especiales, y se
mezclan en nuevas unidades peculiares, nuevas variaciones del comportamiento
civilizado. Los contrastes de comportamiento entre los respectivos grupos
superiores e inferiores disminuyen con la expansión de la civilización, al
tiempo que aumentan las variaciones o los matices del comportamiento
civilizado. Esta transformación incipiente de los orientales o de los africanos
en el sentido de las pautas de comportamiento occidentales representa hasta
ahora la última oleada del movimiento civilizatorio. Pero, al tiempo que se
levanta esta ola, se producen ya los indicios de otras nuevas en la misma
dirección, puesto que la clase inferior en ascenso que en las colonias se
aproxima a la clase superior occidental, suele ser, a su vez, la clase alta de
cada lugar. Dando un paso atrás podemos observar la última oleada del
movimiento de Occidente, de que antes hablábamos: la integración de las clases
inferiores, urbanas y rurales, en las pautas del comportamiento civilizado, la
continua habituación de esas clases a una previsión a más largo plazo, a una
contención homogénea y a una regulación más estricta de las emociones: la
solidificación cada vez mayor de un aparato de autocoacción. También aquí,
según cuál haya sido la estructura de la historia de un país, se constituyen
modelaciones o variaciones de la configuración emocional dentro del marco del
comportamiento civilizado. Por ejemplo, en Inglaterra, en el comportamiento de
los obreros se transparenta algo del de los nobles rurales y de los mercaderes
de una gran red comercial; en Francia se transparenta algo del comportamiento
del cortesano y del de una burguesía que llegó al poder por medio de la
revolución. También es posible encontrar una regulación más estricta de las
formas de comportamiento, una cortesía más intensamente teñida de
tradicionalismos en naciones que, por haber sido potencias coloniales durante
mayor tiempo, han ejercido la función de una clase superior en el contexto de
una amplia red de interdependencias; en cambio, se observa una regulación
emocional menos estricta, menos igualada, en naciones que llegaron más tarde a
la expansión colonial o que incluso no llegaron a alcanzarla en absoluto ya que
tardaron mas que las otras naciones competitivas en constituir un fuerte
monopolio de la violencia y de la hacienda y una centralización de los medios
materiales de poder, todo lo cual constituye el presupuesto de una expansión
colonial duradera. Y todavía más atrás, en los siglos xix, xviii o xvii —según
la estructura de los respectivos países en unos casos antes, en otros después—
encontramos el mismo fenómeno en un ámbito más reducido: la interpenetración de
las formas de comportamiento de la nobleza y de la burguesía. Coherentemente
con las relaciones de fuerzas también los procesos de interpenetración aparecen
dominados en principio por los modelos que se corresponden con la situación de
las clases superiores y, después, con las formas de comportamiento de las
clases inferiores, hasta que, por último, como cristalización de todo el
proceso transcurrido, se da una amalgama, una nueva unidad de carácter
peculiar. Y también aquí tropezamos con esa situación dual de la clase superior
en la cual se encuentran hoy los abanderados de la «civilización»: la nobleza
cortesana, la abanderada de la civilité se ve obligada a practicar una
contención más intensa de las emociones y a transformar más profundamente su
comportamiento a medida que va integrándose en una red de interdependencias.
Este proceso se acentúa con la tenaza en que la monarquía y la burguesía
atrapan a aquella clase. También la nobleza cortesana utiliza esta reserva a la
que le obligan su situación y su función como una forma de prestigio, como un
medio de distinguirse de las clases inferiores en ascenso y, por este motivo,
hace todo cuanto puede para que no se difuminen las diferencias. Únicamente el
iniciado, el que pertenece a la clase, debe conocer el secreto de la buena
educación; solo en el trato con la buena sociedad cabe aprender esta forma de
educación. Según decía una princesa cortesana en cierta ocasión 134, Gracián
mantuvo siempre oculto su escrito sobre el savoir vivre, el famoso Oráculo
manual para que nadie pudiera comprar por unos céntimos este tipo de
conocimiento y, en la introducción de su Civilité, Courtin no olvida señalar
que escribió su obra para uso privado de algunos amigos y que, en la forma
impresa, se destina únicamente a las personas de buena sociedad. Pero ya no
aparece aquí la dualidad de esta situación. En razón del entramado peculiar en el
que vivía, la nobleza cortesana no podía impedír que sus maneras, sus
costumbres, su gusto y su lenguaje se difundieran entre las demás clases; es
más, incluso contribuía directamente a esta difusión con sus contactos con
sectores burgueses ricos a los que necesitaba por diversas razones. Esta
expansión comenzó en el siglo xvii con algunos grupos reducidos de la cúspide
de la burguesía —la digresión «sobre la modelación cortesana del lenguaje» 135
nos ofrece un ejemplo bastante plástico de ello—, luego se amplió a otras capas
de la burguesía en el siglo xviii, como lo muestra la gran cantidad de escritos
de civilité que aparecen en esta época. También aquí la fuerza del conjunto de
la interdependencia, las tensiones y luchas de competencia que favorecen en su
seno una diferenciación y división de funciones progresivamente crecientes y un
aumento de la dependencia del individuo en relación con un número cada vez
mayor de sus semejantes, son mas poderosas que el muro que la nobleza trata de
levantar en torno suyo. La coacción que
ejerce el entramado creciente de funciones para imponer una previsión mayor,
una autodisciplina más estricta y una constitución más sólida del super-yo se
hace visible, primeramente, en pequeños centros funcionales. Después va integrándose
una cantidad superior de círculos funcionales dentro de Occidente. Finalmente,
comienza en los países no europeos la misma transformación de las funciones
sociales y, con ello, del comportamiento y del conjunto del aparato psíquico
aunque todavía anclados en formas civilizatorias anteriores. Esta es la imagen
que se obtiene cuando se trata de observar el curso del movimiento
civilizatorio occidental en la sociedad considerada en su conjunto.
Aquí el texto de Elias alcanza un punto particularmente fértil para nuestra
lectura, porque el título «Disminución de los contrastes, aumento
de la variedad» contiene una paradoja que puede llevarse mucho
más lejos de lo que Elias mismo parece llevarla.
No se trata solamente de que las clases se parezcan cada vez más. Lo que
describe es un doble movimiento:
disminución de los contrastes sociales + aumento de las
variaciones dentro de una misma forma civilizada.
Y justamente ahí podemos comenzar a distinguir entre diferencia,
variedad y alteración.
1. La civilización no avanza eliminando las diferencias
Elias corrige una imagen demasiado lineal del proceso civilizatorio.
No tenemos:
clase alta → todas las clases se vuelven iguales.
Tenemos más bien:
clase inferior asciende → adopta funciones y comportamientos de
la superior → otra clase inferior comienza a ascender → se produce una nueva
diferenciación → las formas anteriores se mezclan → aparece una nueva
configuración.
Por eso el movimiento es de oleadas.
Una forma social que inicialmente pertenece a una minoría termina
generalizándose. Pero al generalizarse deja de funcionar exactamente como antes
y produce nuevas diferencias.
Podemos formularlo así:
diferencia → difusión → aproximación → mezcla → nueva
diferenciación → nueva difusión.
Esta es una de las intuiciones más fuertes del pasaje.
La civilización no produce simplemente homogeneización.
Produce:
homogeneización de los contrastes + multiplicación de las
variedades.
2. Pero aquí aparece una diferencia fundamental entre «variedad» y
«alteración»
Elias dice que aumentan los matices del
comportamiento civilizado.
Esto es muy importante.
Pero desde la Ciencia del Logos podemos preguntar:
¿una multiplicación de variedades constituye realmente una
alteración?
No necesariamente.
Una red puede permitir muchísimas variaciones y, sin embargo, conservar
intacta su lógica fundamental.
Por ejemplo:
misma red → múltiples estilos de comportamiento.
La diferencia aumenta, pero la estructura que organiza esas diferencias
permanece.
Entonces:
variedad ≠ alteración.
La variedad puede ser precisamente una manera muy sofisticada de estabilizar
un sistema.
Esta distinción será fundamental cuando lleguemos al algoritmo.
Un algoritmo puede ofrecer millones de variantes sin que ninguna de ellas
altere el régimen que produce las variantes.
3. El ejemplo del campesino y el monje es decisivo
Elias establece una oposición:
campesino → no come carne porque no puede.
monje → no come carne porque se la prohíbe a sí mismo.
La diferencia está entre:
coacción externa → obediencia
y
coacción interiorizada → autocoacción.
Pero hay algo que conviene poner en tensión.
Elias parece utilizar el segundo caso como indicio de una forma superior de
autorregulación.
Sin embargo, desde nuestra perspectiva aparece una pregunta:
¿la interiorización de la prohibición constituye liberación o
constituye una forma más profunda de captura?
Porque puede suceder esto:
coacción externa → interiorización → automatización →
desaparición de la percepción de la coacción.
La coacción se vuelve tan propia que deja de experimentarse como coacción.
Eso es mucho más eficaz que la violencia exterior.
El látigo necesita estar presente.
El superyó puede acompañar al individuo incluso cuando nadie lo vigila.
4. Y aquí el trabajo se vuelve una forma paradigmática del problema
El pobre trabaja mientras existe la amenaza del hambre o del castigo.
El comerciante continúa trabajando aun cuando ya no necesita hacerlo para
sobrevivir.
Elias interpreta esta segunda situación como resultado de una autocoacción
ligada al prestigio, la competencia y la posición social.
Aquí aparece una fórmula que conecta directamente con lo que venimos trabajando:
necesidad externa → hábito → identidad → sentido de vida.
El trabajo deja de aparecer como algo que hago bajo determinadas condiciones
y comienza a aparecer como:
«yo soy esto».
Ahí vuelve a aparecer el fetiche.
No solamente se fetichiza la mercancía.
Puede fetichizarse también la propia función social:
función → hábito → carácter → identidad.
La red social se convierte en psicología.
5. El título adquiere entonces una segunda lectura
Disminuyen los contrastes porque aumenta la difusión de las
mismas formas de autorregulación.
Pero:
aumenta la variedad porque esas mismas formas se incorporan en
posiciones históricas diferentes y producen configuraciones distintas.
Por eso Elias puede hablar simultáneamente de:
homogeneización + diferenciación.
Esto es muy semejante a lo que sucede en una red compleja:
misma estructura → múltiples estados posibles.
Y aquí aparece una pregunta de tercer orden:
¿qué ocurre con aquello que no es simplemente otro estado
posible de la red?
Porque si toda alteración puede ser incorporada como una nueva variedad,
entonces el sistema tiene una capacidad extraordinaria de absorción.
Puede incluso convertir la crítica en estilo.
Puede convertir la diferencia en identidad.
Puede convertir la rebeldía en mercado.
Puede convertir la alteración en variedad.
Esta última transformación me parece crucial:
alteración → diferencia → variedad → mercancía/identidad →
integración.
6. Esto ilumina de otra manera el colonialismo que describe Elias
Aquí hay que leerlo con mucho cuidado.
Elias describe cómo las potencias occidentales presentan sus pautas de
comportamiento como rasgos de superioridad, mientras esas mismas pautas se
difunden hacia las sociedades colonizadas.
Y encuentra una paradoja:
Occidente domina → integra a otros pueblos en su red → esos
pueblos adquieren funciones nuevas → adoptan pautas occidentales → disminuye
parcialmente la diferencia de comportamiento.
Pero al mismo tiempo:
la integración aumenta la dependencia mutua.
Por eso aparece su frase decisiva:
los occidentales convierten en dependientes a amplias zonas de
la tierra, pero ellos mismos dependen de sus dependencias.
Esta es una formulación extraordinariamente cercana a nuestra problemática
de la transferencia.
Porque el poder no funciona simplemente como:
A domina a B.
La expansión de la red produce:
A → B → A.
El dominador comienza a depender de aquello que domina.
La relación deja de ser unilateral.
Pero —y esto es importante— dependencia recíproca
todavía no significa comunión.
7. Interdependencia no es todavía comunión
Aquí podemos hacer una distinción que atraviesa todo Elias:
interdependencia: necesito al otro para que mi
función funcione.
reciprocidad: doy y recibo del otro.
participación: el acontecimiento del otro
acontece conmigo sin convertirse en mi propiedad.
comunión sintransferencial: ninguno de los polos
puede apropiarse del entre donde acontece la relación.
Elias llega extraordinariamente lejos en la primera dimensión.
Pero nuestro tercer orden comienza precisamente donde preguntamos:
¿puede existir un vínculo que no quede agotado por la función
que cada uno cumple dentro de la red?
Ese es el salto.
8. Y aquí «disminución de los contrastes» puede ser peligrosamente ambigua
Porque hay dos maneras completamente diferentes de disminuir un contraste.
Primera:
A y B se aproximan porque ambos son incorporados a la misma
estructura.
Segunda:
A y B pueden encontrarse sin que ninguno tenga que reducir al
otro a la misma estructura.
La primera es integración.
La segunda podría ser comunión.
En la primera:
diferencia → semejanza → integración.
En la segunda:
diferencia → entre → comunión.
Por eso la comunión no necesita eliminar la diferencia.
Aquí vuelve aquella fórmula tuya:
simplicidad ≠ identidad.
La simplicidad del Espíritu no es que todas las diferencias desaparezcan.
Es que ninguna diferencia necesita convertirse en una identidad clausurada
para poder estar en relación.
9. El gran descubrimiento de Elias y su límite
Elias descubre una dinámica histórica potentísima:
las clases superiores crean distinciones para diferenciarse; las
clases ascendentes incorporan esas distinciones; las distinciones se
generalizan; la clase superior crea nuevas distinciones; esas nuevas
distinciones vuelven a difundirse.
Por tanto:
distinción → imitación → difusión → nueva distinción.
La sociedad se reproduce mediante una especie de respiración que, sin
embargo, permanece dentro de la lógica de la distinción.
Aquí yo haría una precisión a nuestra propia lectura anterior: no
diría que Elias simplemente describe un proceso de fetichización.
Eso sería reducirlo. Él describe con mucha más precisión cómo las relaciones de
poder, competencia, prestigio e interdependencia se incorporan en hábitos y
estructuras psíquicas. La lectura de «fetichización» es nuestra prolongación
crítica.
10. Y entonces aparece algo extraordinario en el final del pasaje
Elias dice que la nobleza intenta conservar su secreto:
«solo el iniciado debe conocer el secreto de la buena
educación».
Pero el entramado social hace imposible conservarlo.
La nobleza necesita a la burguesía.
La burguesía aprende de la nobleza.
Las formas cortesanas se difunden.
El muro se vuelve permeable.
Esto puede representarse:
secreto → difusión → apropiación → transformación → nueva unidad.
Y aquí encontramos otra vez algo que se parece a una respiración, pero
todavía no es la respiración del tercer orden.
Porque la red hace esto:
absorbe la diferencia y la transforma en una nueva configuración
funcional.
El «entre» todavía puede ser capturado.
11. Aquí creo que aparece el punto exacto para nuestra contraalteración
Elias termina describiendo:
disminución de contrastes + aumento de variedad +
interpenetración + amalgama.
Nosotros podemos preguntar:
¿y si existe una diferencia que no necesita convertirse ni en
contraste ni en variedad?
Eso nos llevaría directamente al entre.
Porque el contraste todavía piensa:
A ↔ B.
La variedad piensa:
A₁,
A₂,
A₃...
La interpenetración piensa:
A + B → nueva configuración.
Pero el entre:
A → ( ) ← B
no es una tercera cosa que resulte de A y B.
El paréntesis no es una nueva identidad.
Es la apertura en la que A y B pueden alterarse y contraalterarse sin que la
relación sea apropiada por ninguno.
12. Y esto nos permite precisar la diferencia entre civilización y tercer
orden
La civilización de Elias puede describirse como una creciente capacidad
para:
prever → regular → contener → coordinar → integrar.
La tercera orden introduce otra pregunta:
¿cómo alterar sin que la alteración sea inmediatamente integrada
como una nueva función?
Porque entonces tendríamos:
civilización: convertir la coacción en
autocoacción.
algoritmo: convertir la variedad en
previsibilidad.
tercer orden: permitir que la alteración abra el
entre antes de convertirse nuevamente en previsibilidad.
Por eso el problema no es:
complejidad mala / simplicidad buena.
Es:
complejidad clausurada ↔ complejidad respirante.
Y aquí la frase del título puede sufrir una verdadera redevelación:
disminución de los contrastes, aumento de la variedad
podría convertirse en:
disminución de la oposición, aumento de la diferenciación,
apertura del entre.
La diferencia ya no tiene que desaparecer para que haya comunión.
Y la variedad ya no tiene que convertirse en identidad para que haya
participación.
Ahí sí comenzamos a salir del horizonte estrictamente civilizatorio de Elias
y a entrar en tu problema propio:
no regresar de la complejidad a una unidad anterior, sino hacer
que la complejidad pueda respirar sin apropiarse del entre.
Alterando y contraalterando al Espíritu del mundo.

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